Feliz semana santa a ustedes los que sean católicos y a nosotros los demás feliz semana de flojera mil

Ni tanto… estuve haciendo tarea y traduciendo bla bla bla

TENGO ALGO IMPORTANTE QUE DECIR AL FINAL!

CAPITULO 7

¿Que cada uno vaya vestido como quiera? Freddie tenía la mirada fija en la carretera

-¿No te parece un poco extremista?

-El extremismo es lo único que mi familia entiende.

-Creía que tu madre y a Melanie iban a desmayarse.

-No son de las que se desmayan -contestó Sam- Además, tenía que hacer algo; si no, mi madre iba a empezar a mandar las invitaciones de boda.

La tensión se hizo palpable en la cabina de la camioneta. Freddie no necesitaba una antena para sintonizar las emisoras de radio con Sam sentada tan cerca a su lado. Encendió la radio y encontró un emisor con un solo de saxofón de jazz.

-El miércoles por la tarde. Pero no quiero que vengas, será más fácil sin ti.

-Entonces, no iré -dijo él aliviado-. Pero la fiesta... Sam, sería una maravilla para mi carrera que me presentaran a tanta gente importante dentro del mundo de las inversiones de capital. Aunque sé que no te apetece nada la fiesta.

-¿Que no me apetece? -Sam lanzó una irónica carcajada-. Será un suplicio. ¿Sabes por qué Melanie quiere dar la fiesta de compromiso?

-Por ti.

-No. Se trae algo entre manos, pero no sé qué es. Creo que quiere que rompamos.

-¿Te ha dicho eso?

-No, pero es evidente. Piensa en el comentario que te hizo y en lo de acompañarme a encontrar un vestido apropiado. Creo que lo que intenta es decirte que no soy la esposa apropiada para ti.

-Eso no es verdad. Serás una maravillosa esposa para el hombre con el que te cases -Freddie no podía permitirse el lujo de olvidar que Sam no era su tipo.

-El hombre con el que me case no va a ser una estrella en el mundo de las inversiones de capital.

Cierto. Sam reprobaba todo lo que él llevaba tanto tiempo tratando de conseguir en la villa. No funcionaría. A menos que la presionaran hasta hacerla cambiar de idea.

-¿Tanto odias el mundo de los negocios?

-Sí. Y la famosa fiesta es el no va más de lo que no soporto.

¿La había llevado Kian a fiestas, o Greg? Freddie trató de imaginarla entre canapés de caviar y champán, pero no pudo. Sam no encajaba en las fiestas de alta

-¿Lo dices por experiencia? ¿Has estado en muchas fiestas de ese tipo?

-Antes trabajaba para Richardson y Scott.

Richardson y Scott era una de las más prestigiosas compañías de inversiones del país. ¿Sam, con sus vestidos de flores, trabajando en una empresa conservadora?

-¿Qué hacías?

-Era analista de sistemas.

-¿Por qué lo dejaste? -preguntó Freddie, sorprendido de la confesión de ella.

-Porque no me gustaba el trabajo.

-Es una empresa extraordinaria. Muchas horas de trabajo, pero compensa.

De soslayo, la vio encogerse de hombros.

-No me gustaba.

¿Qué era lo que le gustaba? Richardson y Scott promocionaban el trabajo de la mujer más que cualquier otra de las grandes empresas. Debía estar loca para dejar ese trabajo.

-¿Por qué?

-Por muchas razones. No soportaba levantarme temprano. No soportaba quedarme hasta tarde trabajando. Y no soportaba el politiqueo de la empresa. Pero lo peor eran las medias y los tacones.

¿Medias y tacones? ¿Había dejado un trabajo excelente porque no le gustaban las medias ni los tacones? Con sus largas y bien formadas piernas debía haber estado preciosa. Freddie se la habría quedado mirando con incredulidad de no ser porque no podía apartar los ojos de la carretera.

-Te agotaste. ¿Por qué no te tomaste unas largas vacaciones sin sueldo?

-Lo hice -Sam sonrió-. Permanentemente.

-Pero...

-No lo entiendes, ¿verdad? -Sam se mordió los labios- No era sólo mi trabajo, Freddie, lo que no soportaba era ese mundo. Me sentía muy mal, nunca sonreía, siempre al borde de una úlcera. Era horrible. Me miraba al espejo y no lograba reconocerme a mí misma. Acabe por no saber ni quién era.

-Debías tenerlo todo.

-Lo que tenía era un maravilloso piso en la Marina, ropa de diseño y un coche alemán deportivo. Ganaba mucho dinero; pero cuando se trabajan ochenta horas a la semana, ¿para qué sirve el dinero? No tardé mucho en darme cuenta de que el dinero no era tan importante como creía.

El dinero era importante. Si Sam se hubiera criado en una familia como la suya, luchando por llevarse algo que comer a la boca, pensaría de otro modo.

-Decir eso es fácil cuando se tiene un padre como el tuyo detrás.

-Nunca le he pedido dinero a mi padre -el enfado asomó a sus ojos- ¿Crees que mi padre me manda un cheque todos los meses?

-No sé qué creer.

-Soy dueña de una librería, una librería que compré con el dinero que gané en Richardson y Scott, con el dinero que saqué de la venta del coche y con el dinero que pedí prestado al banco -Sam arrugó la nariz-. Al menos, ese trabajo me dio algo bueno.

-¿Y el dinero para la gasolina?

-Todo el dinero que me da mi padre lo meto en una cuenta de ahorros. Una vez al año, lo uso para comprarle abonos de golf en su campo preferido. ¿Has satisfecho ya tu curiosidad?

-Sí -Freddie la había enfadado- No debería haber supuesto que...

-¿Puedo hacerte yo una pregunta?

-Sí.

-¿Es importante para ti el dinero?

Freddie vaciló.

-No lo comprenderías.

-Ponme a prueba.

-Tú te criaste rica, yo me crié en una granja en la que mis padres tenían que hacer milagros para poner comida en la mesa -Freddie suspiró- Nunca tuvimos dinero. Nunca.

Freddie volvió a suspirar y prosiguió:

-Recuerdo una Navidad que estábamos más estrechos de dinero que de costumbre porque la lluvia había estropeado la cosecha del otoño y, para colmo, mi padre se había roto una pierna. No había dinero para regalos, así que mi madre y yo nos pasamos la noche de antes en vela preparando pastelillos en la cocina y caramelos para que mis hermanos tuvieran algo de regalo. Aquella Navidad decidí que jamás lo pasaría tan mal como mis padres. Quería ser capaz de ayudar a mi familia, quería que jamás tuvieran que preocuparse por la comida y por los regalos de Navidad.

-¿Cuántos años tenías? -preguntó Sam.

-Doce.

-¿Eras feliz?

-Sí, antes de darme cuenta de lo mucho que mis padres luchaban por sacarnos adelante -dijo él- Sé que para ti es difícil comprenderlo, Sam, pero no creas que esa vida es romántica. No se puede ser pobre y feliz al mismo tiempo.

Sam se quedó mirando por la ventanilla al paisaje.

-Tampoco ser rica garantiza la felicidad.

XX

El martes por la noche, Freddie colgó el teléfono. Pam Puckett era increíble. Esa mujer no sabía lo que era aceptar una negativa. Sam se iba a enfadar. Mejor darle la noticia con tiempo para que se calmara. Pelearse con almohadas era una cosa, pero otra muy distinta que rompiera la porcelana y el cristal de una de las tiendas más caras de San Francisco.

Además, quería hablar con Sam. También quería verla. Estar con ella le volvía loco, y se volvía loco cuando no estaba con ella. No sabía qué hacer. Descolgó el teléfono y marcó el número de Sam.

Después de cuatro llamadas saltó el contestador.

-Hola, Sam, soy Freddie. Freddie Benson. Tu madre me ha llamado para invitarme a ir con vosotras a preparar la lista de regalos. No sé cómo, ha logrado fiarme. Llámame.

Odiaba los contestadores automáticos. Colgó el teléfono. Se pasó la mano por el cabello.

Freddie miró el reloj. Las nueve. No sabía si había cerrado la librería, pero debía seguir trabajando. Le llamaría cuando llegara a su casa.

Las once. Freddie empezó a preocuparse en serio. No era posible que tuviera la librería abierta hasta tan tarde. Y si no estaba en la librería, ¿dónde estaba? Más importante aún, ¿con quién?

A medianoche, Freddie se estaba paseando por su casa. No podía dormir y no podía trabajar. Sam aún no le había llamado. Freddie descolgó el auricular y volvió a llamar. Cuando la máquina respondió, colgó de un golpe.

¿Y si le había pasado algo? ¿Un accidente? Se le encogió el estómago. Esperar era un suplicio. Pero podía haber sido peor... si ella fuera su novia de verdad.

Cuando Sam entró en su casa, bostezó. Había sido una noche muy larga, no se había dado cuenta del mucho trabajo que se le había amontonado. Un trabajo que no se podía hacer con la tienda llena de clientes. Un trabajo que la mantenía ocupada evitándola pasar las horas muertas en casa pensando en Freddie.
Dejó caer la bolsa en el suelo y se desató los cordones de las botas negras. Al agacharse, un agudo dolor le recorrió la espalda. Eso le pasaba por haber dormido en el suelo la noche anterior. En fin, lo que necesitaba era una ducha caliente. Se quitó las botas con los pies.

Fue entonces cuando vio el parpadeó del contestador automático. Quería dormir, pero podía tratarse de un mensaje importante.

Apretó el botón.

-Tiene dos mensajes -dijo la voz digital-. Mensaje dejado el martes a las veinte horas catorce minutos.

-Hola, Sam-dijo Pam-. Siento molestarte, pero he tenido una idea maravillosa. ¿Qué te parece si Freddie nos acompaña mañana? ¿No sería estupendo? Como no estás, le llamaré. Hasta mañana por la tarde en la tienda. A las siete. No te retrases.

Estupendo. Justo lo que necesitaba, su madre viendo como ella y Freddie elegían la porcelana y la cristalería.

-Mensaje dejado el martes a las veinte horas cincuenta y nueve minutos -dijo la máquina.

-Hola, Sam, soy Freddie. Freddie Benson. Tu madre me ha llamado para invitarme a ir con vosotras a preparar la lista de regalos. No sé cómo, ha logrado liarme. Llámame.

Freddie era demasiado educado. Lo más probable era que hubiera dicho que si sin pelear antes.

¿Qué hora era? Apretó la tecla del reloj del contestador automático. Eran las ocho y siete minutos de la mañana del miércoles. Qué temprano. Ya no le extrañaba que no pudiera mantener los ojos abiertos. Debería acostarse. Tenía que volver a la tienda a mediodía, así que se acostaría temprano por la noche. Elegiría la porcelana y la cristalería...

Se quedó mirando el teléfono. Debería llamar a Freddie para decirle que no podía acompañarlas, pero no quería hablar con él. Bueno, quizá sí. Ojalá pudiera olvidarle, pero era más fácil de decir que de hacer. Freddie Benson era un hombre difícil de olvidar.

Las ocho. Freddie estaría en la oficina, así que no tendría que hablar con él. Le dejaría un mensaje en el contestador automático. Perfecto.

Sam marcó su número.

A la tercera llamada...

-¿Sí?

Se vio presa del pánico durante unos segundos, pero el sentido común le dijo que tenía que decir algo.

-Hola, Freddie.

-¿Sam?

-Sí, soy yo -dijo ella, pensando que debería estar trabajando. Aunque eso a ella le daba igual-. Me ha alegrado oír tu mensaje.

-¿Que te ha alegrado?

No, no era esa la palabra adecuada. Dios, el sueño no la dejaba pensar con lógica.

-No, lo que he querido decir es que he recibido tu mensaje.

-¿No es un poco temprano para ti?

-Acabo de llegar a casa.

-¿Que acabas de llegar?

-Sí -Sam bostezó-. ¿No trabajas hoy?

-Tengo una reunión.

-Ah, muy bien -debía ser igual que ir al dentista. Sam echó la cabeza hacia atrás y volvió a sentir otra punzada de dolor en la espalda.

-¡Ay!

-¿Te pasa algo, Sam?

-Estoy cansada y la espalda me está matando -Volvió a bostezar pensando en lo bien que estaría en la cama. Mejor si Freddie la acompañara. Esos pensamientos eran peligrosos. Debía estar agotada-. No he dormido mucho anoche. Voy a acostarme tan pronto como cuelgue.

Silencio.

-¿Freddie?

Más silencio.

¿Había colgado?

-Freddie, ¿estás ahí?

-Sí -contestó él por fin.

Sam se encogió de hombros, lo que le produjo más dolor en la espalda. No sabía qué le pasaba a Freddie, aunque tampoco le importaba.

-Freddie, no tienes que venir esta tarde con nosotras.

Sam se imaginó a sí misma con Freddie eligiendo vajillas y cristalería. Muy íntimo, típico de una pareja. La línea divisoria entre la realidad y la ficción se estaba borrando.

-¿No crees que nos sentiríamos... incómodos?

-Sí, pero tu madre ha decidido que debo ir.

-Te estás convirtiendo en un yerno modelo.

-No tengo otra opción.

No, Freddie no la tenía. No iba para complacerla a ella, la ambición era lo que le motivaba.

-Lo sé.

-Pasaré a recogerte e iremos juntos a la plaza de la Unión -dijo él-. Tu librería está en la calle Veinticuatro de Noe Valley, ¿verdad?

Sam bostezó.

-Sí.

-¿Cómo se llama?

-El Atico de Sam.

-Estaré allí a las seis y media.

-Bien. Y Freddie, gracias, sé que esto tampoco es fácil para ti.

-No tiene importancia.

-Hasta esta tarde.

Aquella tarde, Freddie recorría la calle Veinticuatro. El olor a aceite de oliva y a cordero le lleno la nariz al pasar por un restaurante griego. Inhaló preguntándose si la comida sabría tan bien como olía. Le rugió el estómago. No había desayunado gran cosa y apenas había almorzado. No había podido comer gracias a Sam.

Debía haber conocido a otro. Pero ella le había dicho que no le interesaban los hombres. Debía ser un hombre especial.

Ya se había acostado con él. Incluso se había hecho daño en la espalda. ¿Acaso lo que pasó el sábado no significaba nada para ella? No había sido un beso de nada, sino mucho más que eso.

Sonaron campanillas de alarma.

Se iluminaron las señales de peligro.

Se estaba enamorando de Sam Puckett. Nunca se había enamorado.

No tenía sentido. Su rutina se había visto interrumpida por una mujer que no veía nada malo en pedir un postre de primer plato en un restaurante de lujo. Una mujer a la que conocía desde hacía poco más de una semana.

A Freddie se le hizo un nudo en el estómago.

Maldición.

No quería sentir lo que sentía. Tenía un trabajo estupendo y participaciones en la empresa al alcance de la mano. En unos cuantos años, sería millonario y tendría todo lo que quería. Su familia ya no tendría que preocuparse de nada. No quería enamorarse.

Pero no podía dejar de pensar en Sam besando a otro hombre. Freddie quería darle un puñetazo a alguien, preferentemente a ese otro hombre. Le subió la temperatura, se metió los puños en los bolsillos.

Le llevó un minuto darse cuenta de que había pasado de largo la tienda. Volvió sobre sus pasos. El Ático de Sam era más grande de lo que había pensado. Además del piso principal, había un ático. Sin saber por qué, había supuesto que la librería estaba especializada en libros raros; pero, con sorpresa, vio en el escaparate Bestsellers y el New York Times.

Sam estaba detrás del mostrador, sonriendo y hablando con un cliente. Llevaba cola de caballo y pendientes de cristales. Estaba preciosa.

Y tenía un amante.

Freddie se adentró en la librería y notó que olía a canela y clavo. Las estanterías de madera estaban viejas y arañadas, pero quedaban bien en aquel ambiente informal. A las paredes les vendría bien otra capa de pintura. Sam podía transformar el ático en un café bar. Pero incluso sin las mejoras, la tienda tenía el encanto de un establecimiento tradicional.

-Ahora mismo estoy contigo, Freddie -le dijo Sam desde el mostrador al verlo.

Sam volvió su atención a una mujer de edad avanzada. Después, salió del mostrador y se acercó a un pasillo. De una de las estanterías sacó un libro de bolsillo y luego rió con la mujer como si fueran buenas amigas. Tan pronto Sam hubo terminado con ella, otro cliente se acercó al mostrador con un montón de libros de bolsillo en la mano.

Sam miró a Freddie.

-No te preocupes por mí, me he adelantado dijo él.

A Freddie le intrigó ver el lado responsable, profesional de Sam. Sonrió. Le gustaba ese lado de Sam, se ganaba su respeto.

Otro cliente se acercó al mostrador y Sam gritó:

-¡Moe!

Un joven corrió escaleras abajo. Tenía pelo negro corto a lo Mohawk, era alto y delgado con una sonrisa de oreja a oreja. Sam le susurró algo al oído y Moe se metió detrás del mostrador.

Cuando Sam empezó a acercarse a Freddie, se echó un pequeño bolso sobre los hombros. Su larga falda floreada le acarició las piernas.

-Siento haberte hecho esperar.

-Me gusta tu librería.

Ella sonrió.

-Gracias.

Freddie indicó con un gesto al hombre que se había puesto detrás del mostrador, el hombre que observaba todos los movimientos de Sam.

-¿Trabaja para ti?

Sam volvió la cabeza.

-¿Te refieres a Moe?

Freddie asintió.

-No sé qué haría sin él, es mi mano derecha.

¿Moe era su nuevo novio? Freddie apretó los dientes. -¿Cuánto tiempo lleva trabajando para ti?

-Desde que abrí la librería. No sé de dónde viene, pero es mi ángel de la guarda desde que puso un pie aquí -le hizo un gesto a Moe-. Adiós.

Moe sonrió. A Freddie le pareció una sonrisa demasiado ladeada, pero era evidente que conseguía engañar así a las mujeres. Debía advertirle a Sam contra ese tipo de hombres.

-Que te diviertas, Sammy.

¿Sammy? ¿Moe la llamaba Sammy? Freddie esperó a que le corrigiese, pero Sam se limitó a sonreír.

-¿Listo, Freddie?

Listo para matar a Moe.

-¿Es Moe el diminutivo de Mohawk?

Sam se echó a reír.

-Claro que no, es un apodo. Su verdadero nombre es Zayn.

Freddie abrió la puerta y le cedió el paso.

-Hablando de todo un poco, ¿te encuentras ya mejor?

¿Por qué le hacía esa pregunta? No quería saber los detalles. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que era masoquista.

-Sí, lo estoy, gracias -Sam salió de la tienda-. Pero la culpa la tengo yo, a pesar de que Moe me lo advirtió. Pero nunca hago caso a lo que me dicen.

Freddie no quería enterarse de los detalles íntimos de una noche de pasión entre Sam y un salvaje llamado Moe.

-Sam, yo...

-Me dijo que ya no tengo veinte años, que no podía quedarme en vela toda la noche trabajando...

-Sam, de verdad que... -se interrumpió. ¿Qué había dicho?‑. ¿Trabajando?

-Sí -respondió ella- Me he pasado la noche reorganizando los libros y viendo cómo podía cambiar las estanterías. Moe se tuvo que marchar a las dos de la madrugada, pero me hizo prometerle que no iría andando a casa sola.

«Gracias, Moe». Alguien tenía que cuidar de Sam. A Freddie le dieron ganas de estrechar la mano de ese hombre.

-¿Y lo de la espalda?

-He dormido en el suelo, en la trastienda. No, supongo que ya no soy una niña.

-Ya no lo somos ninguno -dijo Freddie sintiendo un enorme alivio.
No había necesidad de estar celoso. Aunque, por supuesto, él no tenía celos de nadie... ¿Celoso? ¿El? Ni hablar.

Oficialmente cancelaré la historia… ah! Yo y mis bromas de mal gusto. No chicos, como creen, si apenas comienza lo bueno :D

¿Creen que Sam si rompa la vajilla? Hahaha Gracias por sus reviews, son geniales! Sigan respondiendo tan bien y yo sigo editando a toda prisa.

LO IMPORTANTE:

En un par de minutos subiré un 3-shoot, espero me apoyen y lo lean, me gustó mucho como me quedó. Se llamará "For the first time, there's something right where we belong"

Si, así de largo… Ya verán porque, Léanlo, no se arrepentirán

Nos leemos pronto, se les quiere! Muchas gracias!