Capítulo 5: Encomienda De Kami Sama.

—¡Oh, Kagome! —se presuroso hasta ella y sin saber para donde correr, más la impresión de ver a un hombre que jamás había visto que la tratara con una familiaridad absoluta, la pasmo.

El hombre la abraso con fuerza alzándola en vuelo mientras reía con una risa tan estridente y grave que le pareció que con quien se encontraba no era nada más ni anda menos que Santa Claus. Contuvo la respiración solo unos minutos ya que con tanto movimiento tuvo que soltar todo el aire retenido sin poder volver a llenar sus pulmones por la presión con que la abrazaba, colocando su cabeza en el redondeado hombro del hombre.

—Hey… suéltala —dijo con el rostro completamente serio y casi frunciendo su ceño— ¿no ves que no puede respirar?

—¿Eh? —la alejo un poco para verle el rostro y abrió sus ojos de par en par al ver su mirada cansada por el esfuerzo de respirar, su rostro claramente asfixiado— ¡oh, disculpa, hija!

Kagome se tambaleo al tener los pies sobre el suelo y lentamente se fue hacia atrás, cayendo de lo más suavemente. Ouh… dolería, de eso estaba segura. Cerró sus ojos y espero el doloroso impacto que daría su trasero y espalda en el suelo…

Pero el golpe jamás llego.

Sintió unos cálidos brazos duros, sostenerla desde atrás, acercándola a un cuerpo tibio que rápidamente la tomo en vuelo, alzándola y acomodándola en él. Entreabrió sus ojos levemente y vio la mirada dorada sobre ella tan cerca de nuevo que no pudo evitar sonrojarse abriendo sus ojos al máximo notando lo cerca que se encontraban sus rostros. Como en el callejón…

—¡Keh! Si que eres débil —se quejó.

Ella enrojeció más al notar la posición en que se encontraban, la manera que él la sostenía firme y sin siquiera hacer esfuerzo, como si ella no pesara nada. De manera nupcial. Y también por llamarla débil. Abrió su boca para reprocharle pero la grabe voz de Kami Sama la interrumpió casi gritando:

—¡Bien! —Alentó— veo que ya están comenzando a llevarse bien. Ni se imaginan cuan feliz me hacen.

—¡Feh! ¿Llevarnos bien? Si qué se te zafo un tornillo, anciano —se burlo Inuyasha— solo la ayudo porque mi madre me enseño educación.

—¡Ohh, claro, por eso es que casi me matas cuando nos encontrábamos en la Tierra! —le reprocho. ¡Uy, pero que sínico podía ser! Decir que él tenía educación cuando casi la estrangula sin ninguna razón aparente. Frunció el ceño recordando lo que paso y comenzó a removerse inquieta entre los brazos del hombre/demonio—, ¡suéltame! —Le ordenó moviendo sus piernas para que la bajara—, ¡no quiero tenerte cerca!

—Yo tampoco, me repugnas — ijo como quien no quiere la cosa y a continuación, la soltó sin el más mínimo toque de delicadeza.

Kagome chillo del susto y cayó al duro suelo golpeándose —como tenía previsto— su trasero. Gimió de dolor y unas cuantas lagrimitas se le escaparon de sus ojos ante el profundo dolor que sintió. ¡Ouh…! la caída había sido dura, lo observo queriendo matarlo con la mirada y notó que era lo suficientemente alto como para que una caída como esa le doliera demasiado.

Abrió su boca para quejarse pero —nuevamente— antes de poder decir lago, él se le adelanto caminando hacia Kami Sama como poseído por el odio y rencor.

—Oye tú, maldito mentiroso —comenzó apretando los puños con demasiada fuerza—. ¡¿Por qué demonios me mandaste con una mujer que se parece tanto a ella, eh?! ¿No podía ser una mujer cualquiera? O ¿un afeminado? ¡Preferiría mil veces a un homosexual que a esta mujer!

—¡Hey! ¿Qué te hice para que me tuvieras como la peor cosa del mundo? —se defendió Kagome ya de pie.

—Pues lamento informarte… ¡que lo eres! —le respondió dejándola muda ante la mirada llena de profunda tristeza con odio que le propino, provocando un profundo dolor en el pecho a Kagome… como si pudiera sentir el mismo dolor que él. Se volvió hecho una fiera ante Kami quien lo observaba sin un atisbo de emoción escuchando todo lo que el demonio tenía pensado decirle—, ¡eres un…!

—¡Inuyasha! —se escucho el rugido como si se tratara de un trueno, retumbando en el pequeño pasillo de la casa. Fue Kouga quien rápidamente se acerco a él propinándole un gran puñetazo en su mejilla dejándolo sorprendido, por tomarlo desprevenido—. ¿Eres estúpido o qué? ¿Cómo se te ocurre alzarle la voz a nuestro señor?

Con el dorso de su mano se limpio un hilillo de sangre que comenzaba a salir de su labio inferior, sin dejar de mirarlo igual que lo hace un depredador a su presa: sediento de sangre. Hablo de una manera tan letal que hasta Kagome sintió escalofríos al escucharla.

—Pues para mí no es mi señor…

—Jamás, dijimos que con quien te encontrarías debía ser Kikyô —fue la letal respuesta de Kami—. Fuiste tú quien se hizo ilusiones con volverla a ver —se acero hasta Kagome posando una gran mano sobre su hombro derecho haciendo que ella quedara enfrente del demonio, observándolo con una mirada que no supo clasificar como temor o lastima. Frunció su ceño, odiaba que le tuvieran lastima—. Mírala, Inuyasha, ella solo se parece a Kikyô por fuera… pero si la miras detenidamente veras que son completamente diferentes una de la otra.

—Tsk…

Su nombre era Inuyasha… así que ese era el nombre del muchacho que casi la mata de un susto en más de una ocasión. Lo observo fijamente por un largo instante. Se encontraba de brazos cruzados y su mirada estaba anegada en tristeza y dolor, ocultada por el enojo. Era la primera vez que veía esa oscuridad en sus ojos, sabía que él ocultaba algo pero no lograba entender que era lo que tanto ocultaba… aunque ya creía tener algo: todo esto tenía relación con una mujer de nombre Kikyô. El mismo nombre que ella detestaba…

Le lanzo una mirada cargada de odio provocando que Kagome rápidamente bajara la mirada dando un pequeño respingo cuando él la descubrió escudriñándolo. ¿Porque presentía que no le caía nada bien a este hombre? Era claramente obvio que su presencia lo incomodaba, hasta el límite de quererla ahorcar como en el callejón. Tímidamente alzo su mirada a él advirtiendo que evitaba mirarla teniendo su rostro de soslayo observando algún punto fijo de la pared… aunque de vez en cuando desviaba sus ojos hacia ella.

«Jamás pedí esto…»

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—A ver… —comenzó Kami Sama sentándose en un gran sillón que se encontraba detrás de un escritorio.

Kagome observo la espaciosa sala que en donde se encontraban. Todo parecía normal, con un escritorio al frente, estantes llenos de libros detrás, ventanas en las paredes mostrando el paisaje bañado en nubes. Luego en unos rincones al lado de los sofás que se encontraban pegados a la pared había veladores con raros dibujos y escritos sobre ellos. Era un lugar cálido nada extravagante, más bien parecía como si allí trabajara un abogado ya que tenía un aire a oficina que Kagome recordaba haber visto en algún lugar…

Todos se encontraban de pie a acepción de ella y el gatito que se encontraba en su regazo.

—Como ya te has de imaginar —empezó a decir dirigiéndose a Kagome— te he encomendado a un medio demonio ángel.

La joven lo observo inclinando la cabeza hacia un lado pasmada ante la confesión. ¿Había escuchado bien? ¿Un medio demonio ángel? ¿Encomendado? ¿A ella? ¿Por qué? ¿Cuando sucedió que ella no lo notó? Parpadeo repetidas veces y volteo para observa a Inuyasha quien murmuró: ¡Tsk! Sin ningún atisbo de estar contento ante lo que Kagome descubrió.

—¿C-como?

Kami Sama rio divertido ante el rostro de la chica.

—Tranquila que él no es malo.

—¡Jah! Eso es lo piensas —murmuró sin mirarlo.

—Como decía —retomo su plática lanzándole una mirada reprochante a Inuyasha—, te he encomendado la enseñanza de Inuyasha.

—¿Enseñanza?

—Sí, tienes que mostrarle lo que es ser alguien sin odio en su corazón. Veras, él ha sufrido mucho en su pasado y tiene…

—¡No tienes que decirle nada de eso! —lo interrumpió le medio demonio golpeando con su puño el escritorio de Kami Sama provocando qué Kagome diera un respingo ante la explosión del medio hombre y que su deidad lo observara serio— ella no es nadie para saber lo que me paso o no, en el pasado ¡es mi pasado y no tienes derecho a contárselo a nadie!

—Ella es quien te mostrara…

—¡No me interesa! No tiene derecho a saber nada de mí, eso no estaba en el trato, Kami Sama —le reprocho, lleno de furia e incomodidad. Nadie debía saber nada de él, fue su vida y no quería compartirla con nadie, con nadie. Mostro sus colmillos observando a Kagome quien trataba por todos los medios no mirarlo, con sus ojos brillosos del miedo que él le provocaba.

—Cre… —tomo aire acariciando distraídamente el pelaje del animal, rogando por todos los medios que su voz sonara firme y no temblorosa. Cerró sus ojos y soltó el aire retenido—. Creo que si él no quiere que sepa nada de su vida pasada, está bien. Era su vida ¿no? aparte… no es necesario saber nada de… —dubitativa alzo sus ojos al demonio, sorprendiéndose que la escuchara atentamente— Inuyasha…. De todas maneras creo saber lo suficiente sobre lo que es ahora, el pasado no es importante en estos momentos —explico a Kami Sama quien asintió sabiamente.

—Hice bien en elegirte, Kagome —se en orgullo relajando sus hombros.

Inuyasha frunció su ceño escudriñando a la chica que no dejaba de mimar al pequeño gatito que sostenía en su regazo. ¿Por qué había estado de acuerdo en no querer saber nada sobre él? a cada ángel que conocía, siempre salía corriendo hacia Kami Sama preguntando sobre lo que le había sucedido en su vida pasada… en cambio esta mujer… ella no quería saber nada, ni tampoco parecía morirse por saber de él. ¿Quién era en realidad? ¿Se estaría ya imaginando lo que le sucedió? ¿En el momento que le diera la espalda saldría corriendo a averiguar su anterior vida? ¿O simplemente entendía lo que era no querer revelar nada ante cualquiera? Se incorporo sin quitarle los ojos de encima cruzándose de brazos sobre el pecho, sin duda esta mujer ocultaba algo… que él no tardaría en descubrir.

—Señor —se aventuro a decir— ¿podría explicarme porque fui yo la elegida para mostrarle a —dudo en nombrarlo— I-Inuyasha lo que es tener bondad?

Kami Sama le sonrió afablemente.

—Hija, puedes llamarme Kami Sama, (Kami para los amigos) —le guiño un ojo—. Y pues, sobre lo de la elegida fue algo inesperado. Jamás te tuve en mente, solo quería a alguien quien le pudiera enseñar lo que es vivir tranquilamente sin odiar a todo el mundo simplemente por existir

—¡Jah! —se burlo.

Kami Sama volvió a mirarlo amenazadoramente y al volver hacia Kagome sus ojos cambiaron de nuevo a esa calidez tan palpable que él lograba transmitir.

—Fue cuando tu oraste una noche tan fervientemente que pensé que te tenía enfrente, tienes una gran capacidad para sentir y expresarte tu bondad enfrente de otra persona ¿sabes?

Kagome abrió sus ojos desmesuradamente recordando esa fatal noche cuando quisieron aprovecharse de ella y llego llorando a su casa, orando a Kami Sama. Entonces él le envió a Inuyasha para…

—Ajá, es lo que estas pensando —cerro sus ojos y entrelazo los dedos sobre el escritorio para luego observarla fijamente—. No creas que no escuche tu pedido, claro que lo hice hija, es por eso que tu e Inuyasha se harán bien mutuamente. Él te protegerá y ara compañía mientras tú le enseñas la palabra bondad.

—¿Qué? —exclamaron ambos al unisonó.

—¡Eso no estaba en el trato!

—¡Tonto, de eso se trata ser un ángel guardián! —Le explico Kouga golpeándole la cabeza de una palmada, hablando por primera vez— por algo nos llamamos ángeles guardianes, porque somos los guardianes de la persona que nos encomiendan.

—Exacto. Y tú serás quien cuide de que esto se cumpla…

Kouga observo a su señor con los ojos casi cayéndosele de las cuencas.

—¡¿Qué?! ¿¡Tengo que cuidar a este tonto!?

—¡Estúpido! —lo golpeo Inuyasha de la misma manera que él aludido lo hizo con este— ¿no sabes que ese es el deber de los ángeles guardianes? —Ironizo imitando la vos de Kouga— ¡cuidar a otra! Ese es su deber.

—Basta ya niños.

—¡Cállate cara de perro! —rugió sacándose la mano de Inuyasha quien sonreía satisfecho.

—El que debe callarse aquí eres tu lobo llorón recuerda que aun me debes un puñetazo —exclamo haciendo crujir sus nudillos, sin abandonar esa expresión de diversión en su varonil rostro.

Kagome trago saliva con pánico viendo el odio hacer destellar sus ojos, notando las ganas de pelear de Inuyasha. Como si con pelear pudiera descargar toda su ira, como si lastimando a otros encontrara la paz en su interior o la ira se apaciguara. Observo asustada a Kami Sama, queriéndole decir con la mirada que los detuviera, que se harían daño si peleaban, ya que ninguno de los dos se veía débil.

—Donde quieras, perro —concedió el arcángel Kouga quitándose la túnica que llevaba encima, mostrando una vestimenta que a Kagome le pareció de la época Sengoku, en donde los monstruos peleaban con esos trajes tan raros.

—¡Señor! —chilló, volteando hacia Kami quien ya se encontraba de pie y a un lado de ellos. Lo vio alzar sus manos sobre su cabeza e imagino lo peor: los golpearía. ¡¿Pero que les pasaba a todos?! ¡Este era el cielo! En donde se reina la paz y la armonía, no donde todos pelean y hasta Kami Sama es violento como una persona cualquiera. Sus ojos se llenaron de lágrimas ante la desilusión de encontrar todo lo que creía dado vuelta. Cerro sus ojos con fuerza al tiempo que su deidad hizo un simple chasqueo en los dedos… odiaba ver las peleas, no le gustaba ver sangre, jamás le gusto pelear y no quería ver a dos hombres golpeados por el dios que tanto amo.

Los segundo pasaron y el rose del gatito que abrazaba firmemente sobre su mejilla obligo a que paulatinamente abriera sus ojos, quedando helada ante lo que vio.

El arcángel Kouga e Inuyasha se encontraban desmayados en el suelo.

Con los ojos abiertos como platos se obligo a mirar a Kami Sama quien se encontraba de pie, donde se encontraba cuando cerró sus ojos. Mil lágrimas comenzaron a resbalar de sus mejillas, desilusionada por quien pensó que era alguien que te daba la bienvenida al llegar al cielo, y no te desmayaba de un solo golpe. Se irguió de la silla en donde se encontraba sentada y observo una vez a su deidad que la miraba con tristeza.

—Yo... yo no quiero ayudarlo —sollozó suavemente, comenzando a encaminarse hacia la puerta pero estas se cerraron de súbito. Kagome soltó un grito ahogado y volteo llena de pánico hacia su deidad que seguía observándola con tristeza.

—Tranquila… —comenzó a decir.

—¡No se me acerque! —ordenó pegando su espalda a la puerta.

—Kagome… hija, yo jamás golpee a nadie —explico acercándose latamente hacia ella como temiendo que pudiera huir en cualquier momento igual que un animal asustadizo—. Solo los he dormido, están durmiendo. Escuchaste el chasquido de dedos ¿verdad? bien, eso fue porque al chasquearlos provoco un repentino sueño en quien yo quiera.

Ella lo observo dudosa aun sin creerle.

Kami Sama suspiro y señalo al gatito que tenía entre los brazos.

—Pequeño, se bueno y enséñale lo que le estoy explicando.

—¿Qué?

El gato la observo y de un momento a otro en su mente imágenes de lo que había sucedido aparecieron invadiéndole todo por completo. Mostrándole lo que su deidad le explico momentos atrás. Pestaño cuando todo acabo y observo ahora llena de incomodidad a Kami quien se sonreía de medio lado.

—¿Ves?

—S-sí… —susurró, con las mejillas rojas de vergüenza al dudar de alguien que jamás podría lastimar a otra persona, que tonta al dudar de él, que tonta al no confiar.

—Ven. Acompáñame por favor —pidió caminando hacia la puerta en donde ella se encontraba afirmada. Se hizo a un lado y él traspaso él umbral con ella pisándole los talones, no sin antes voltear y observar si se encontraban bien ambos hombres. Sonrió al ver como Inuyasha se volteaba dándole la espalda. Parecía un niño…

«Es como un niño.»

—¡Kagome! ¿Vienes?

—¡Síííí!

Y salió del lugar.

Continuará…

.°.°.°Dulce°.°.°.