Capítulo 8: "Comenzando A Disfrutar."
Observo con su típico ceño fruncido los movimientos de la joven que serbia en una pequeña mesa apartada en una habitación al fondo de la tienda Veterinaria en unas tazas de mármol, café.
Mostraba un semblante muy triste, y a todas luces algo la agobiaba por dentro. Bajó la cabeza dejando que su flequillo tapara su semblante, mirándola cómo a escondidas. Por alguna extraña razón que no entendía, verla de esa manera lo dejaba inquieto por averiguar qué era lo que tanto dolor le causaba. Lanzo una mirada asesina a la pelirroja que no dejaba de sorber su nariz totalmente triste con los ojos hinchados de tanto llorar, y las mejillas sonrosadas cuando se enjugaba las lágrimas que le caían como ríos de dolor, estaba seguro de que ésa mujer había provocado ese sentimiento de tristeza en la chiquilla con quien debía vivir.
—¡Jah! —soltó despectivamente, ladeando la cabeza a un lado.
Pero ¿qué demonios le pasaba? ¿Se estaba preocupando por ella? ¡Qué tontería más grande! que estúpido, preocuparse por otro… sí, sí, cómo no.
—¿Sucede algo, Inuyasha? —preguntó observándolo desde donde se encontraba.
Inuyasha abrió sus ojos un poco sorprendido por la repentina pregunta de ella, pero era que él no había notado que desdeñosamente soltó un bufido por pensar tan concentradamente.
—¿Te importa? —replicó displicente.
Ella suspiro sin fuerzas ni siquiera para lanzarle una mirada cargada de ira. Se sentía tan triste. Era increíble como de un segundo a otro podía cambiar su humor con una simple oración. Sonrió sin ganas a Inuyasha y este se tenso con el simple acto mirándola sorprendido.
—Es verdad —dijo como si nada volviendo su mirada a una sensible Ayame—. No los he presentado ¿cierto?
La joven de cabellos rojizos sacudió la cabeza completamente sumisa —cabizbaja— antes de tomar un sorbo a su café.
—Bien —cerró sus ojos al tiempo que tomaba aire para darse valor.
«Que todo salga bien, que todo salga bien, que todo salga bien…»
—Él es, Inuyasha, un pariente lejano que vino de visitas a la casa de mi madre —explicó señalándolo con la palma abierta a cierto medio demonio que no emitía ninguna palabra y que mucho menos las observaba teniendo la cabeza ladeada como si a su costado hubiera algo mucho mejor que observar que a ellas. Frunció su ceño ante su despreciativo comportamiento—. Ella es mi secretaria, Ayame, y una muy buena amiga que trabaja aquí conmigo, Inuyasha.
Y fingió una enorme sonrisa.
Ayame ni siquiera lo notó, pero para cierto medio hombre fue demasiado obvio que no era sincera.
—Mucho gusto —dijo la joven estirando su mano hacia Inuyasha que observo la mano extendida hacia él, sin saber muy bien qué hacer.
Kagome mordió su labio al ver que él ni siquiera se movía para confirmar su presentimiento. Los pelos se le pusieron de punta y sus manos comenzaron a sudar, mientras que su estomago se encogía de los nervio, más las repentinas ganas de matarlo que la invadían en ese momento. ¡No podía ser más tonto! Lo menos que podía hacer era no llamar la atención, pero no. Él se comportaba como el estúpido y presuntuoso que era. ¡Tarado! Entonces en ese momento el temor la invadió… ¿y sí…?
—Lo mismo digo —exclamó encerrando la mano de la chica con la suya.
Soltó el aire contenido mientras se relajaba en la silla donde se encontraba sentada. Uf, parecía como si estuviera corriendo por una calle sin fin y que hace solo un instante llegara a su meta. Sonrió de manera agradecida a Inuyasha y esté le esquivo hacia otro lugar de manera grosera. Parpadeo algo confundida ante su reacción ya sin prestarle demasía atención volviendo su mirada a Ayame quien tenía las mejillas algo rojas como si…
«Inuyasha, hubiera provocado eso en ella…»
Algo dentro de Kagome punzo su corazón y por poco… y siente… ¿celos? Nah… celos de su amiga e Inuyasha ¡era imposible! Hasta casi gracioso. Desvió sin querer sus ojos a Inuyasha quien seguía ignorándolas y ella no pudo evitar esbozar una sonrisa, ante lo ignorante que era sobre los sentimientos de una mujer hacia él. Bueno, a todas luces él no era muy observador. Sin embargo… él tampoco era consciente de su atractivo.
Embelesada lo observo por un instante, mientras ellos estaban en su mundo y ninguno de los dos le prestaba atención. Era verdad, a pesar de ser grosero, quisquilloso, temperamental, orgulloso, sínico, petulante y muy pero muy idiota… tenía algo que lo hacía atractivo, tal vez todas esas facetas de él lo hacía tener ese algo que a ella comenzaba a gustarle. Con su cara de mal humor, su cabello tan largo y sedoso, su piel de tono leonado, su cuerpo bien formado, y esos venditos ojos azules que lograban paralizarte con su intensidad al mirar. Suspiro sin darse cuenta justo en el momento que coloco su mentón en la palma de su mano y lo observaba como una tonta adolecente que se enamora del chico más codiciado de toda la escuela, él la miro…
Y para su mayor horror el medio demonio clavo su mirada en ella alzando una ceja al ver su escudriño.
—¿Qué tanto me ves, chiquilla? —frunció su ceño cuando vio el sonrojo que se elevo por el rostro de la mujer que tenía enfrente.
Parpadeo y observo hacia otro lado llena de vergüenza rogando a Kami Sama que Ayame no pudiera ver la estúpida escena que se estaba comenzando a crear.
—¡Bien! —se irguió del asiento mostrando una sonrisa tan forzada que obligo a su secretaria estirar las comisuras de sus labios, creando casi una sonrisa. Tenía que comenzar con su día sino quería que todo terminara mal—, Ayame —la observo seria—, puedes tomarte el día libre hoy. Ve a ver a tu padre, no creo que venga mucha gente hoy ya que no tenemos en la agenda preparada ninguna operación ¿te parece? —la joven abrió su boca para replicar pero Kagome se le adelanto hablando ella primero— y no aceptare que me digas no. Además no voy a estar sola, —señalo a Inuyasha quien le frunció el ceño sin que ella lo notara, no muy gustoso de lo que ella iba a decir pues ya se lo venia venir— mi querido primo me ayudara ¿verdad?
Lo observo de una manera tan pero tan terrorífica que no supo como logro intimidarlo y que él asintiera repetidas veces obedientemente, como un tonto.
—Perfecto —sonrió tomando sus manos, victoriosa. Para luego mostrar un semblante cerio y comprensivo—. Ve con tu familia y procura cuidar a tu padre en todo momento ¿de acuerdo?
Ayame sabía bien lo que le había sucedido con su padre a la edad de los once años. También era consciente de cuanto le hacía falta su padre en esos momentos a su familia. A pesar de ser una chica que trataba de todo el tiempo sonreír para que los demás no se preocuparan, no era feliz con su vida. Hace tiempo que no lo era. Era como si le faltara algo que aun no sabía descifrar con exactitud, como si fuera una mujer incompleta. Suspiro tratando de que el nudo que se formaba en su garganta se esfumara para evitar llorar enfrente de ella una vez más. A pesar de estar viviendo una vida como la de Kagome, ella siempre salía sonriendo y ahora trataba de ayudarla como pudiera dándole fuerzas mientras quien más las necesitaba era su amiga y no ella.
—Gracias… —murmuró no sin antes abalanzarse una vez más sobre la joven y abrasarla fuerte, tratándole de dar ánimos aun que eso fuera de lo que carecía hoy.
Se separo de ella aun con el molesto nudo en su garganta y se echo a correr hacia la puerta antes de que alguno de los dos la viera derramar más lágrimas.
—¡Feh! Las mujeres son demasiado aspaventosas —comentó desde atrás de ella aun sentado en la repisa de la cocina en donde casi había pasado la mayor parte de la mañana, platicando sobre el incidente del padre de Ayame.
—No —volteó para verlo de frente—. Está bien lo que hizo, Ayame, eso no es nada aspaventoso al lado de reacciones de muchas mujeres a quienes les pasa la situación de mi amiga.
Lo vio dar un respingo de la repisa al suelo y caminar hacia la puerta de la cocina despreocupadamente.
—Ustedes las mujeres hacen un libro de un mísero problema —y desapareció por la puerta, dejando a una Kagome muy pasmada ante el razonamiento de Inuyasha.
Por primera vez desde que llegaron a su querida Tierra él no había hablado con ella en ningún momento, ni solo para hacerle un comentario, claro, aparte de solo gritarte y decir dos o tres palabras, pero eso ya era demasiado. ¿Qué le estaría pasando? ¿Al fin cooperaria?
—¡¿Chiquilla, vas a atender este lugar o qué demonios piensas hacer!? —gritó desde la parte delantera de la tienda.
¿Kami Sama tendría algo que ver con el cambio de Inuyasha?
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—Bien, solo dele estas gotitas cada doce horas y se desparasitara de a poco —explico acariciando el lomo del cachorro que había asistido a su tienda por paracitos— no lo olvide cuarenta y ocho gotas cada doce horas, mezclado con agua o puede dárselo puro. Como gus…
Frunció su ceño al ver que era la quinta adolescente que en esa tarde asistía y que se quedado embobada observando a Inuyasha quien ni siquiera las miraba. Estaba tan entretenido con los medicamentos para animales que ella le dio para que los ordenara que solo alzaba su mirada cuando salían del pequeño cuarto en donde ella atendía.
—Señorita, ¿me ha escuchado? —inquirió con un tono algo molesto en la voz.
—¿Eh? —la adolescente parpadeo como si fuera despertada de un sueño, sonrojándose al recordarlo. Kagome entorno los ojos al ver el rubor en las mejillas de la chica que tomo a su cachorro en brazos y sonrió como disculpándose— ¿Qué ha dicho, Doc?
Kagome suspiro como resignada y le entrego un papel.
—En este papel están las indicaciones y precauciones que debes tomar al darle las gotas al animal ¿sí? —Acaricio la cabeza del animal—. Trata de no moverlo mucho ya que la inyección que le puse puede provocar mareos y que vomite repentinamente, así que si no quieres ensuciarte: no lo muevas y pon diarios en donde lo sientes o lleves —alzo su mirada para sonreírle a la chica que nuevamente no le estaba prestando nada de atención.
La chica saco los yenes a Kagome mientras esta buscaba el cambio para entregarle a cierta adolescente que descaradamente se sentó enfrente del escritorio donde se encontraba Inuyasha dejando el perro sobre su regazo sonriéndole seductoramente. Kagome volteo para entregarle a la joven su vuelto pero se dio con la sorpresa que está se encontraba enfrente de su medio demonio quien al parecer no sabía si quiera de la existencia de la mocosa que le presumía. Sacudió la cabeza con un suspiro de resignación cruzándose de brazos ya un poco disfrutando cuando estas se desilusionaban cuando Inuyasha prácticamente las despechaba sin siquiera mirarlas. Sonrió esperando ver que aria está con él.
—Hola —saludó la chica.
Inuyasha ni siquiera le prestó atención y siguió acomodando los medicamentos para animales por tipo y marca.
La joven parpadeo sorprendida y se inclino un poco más sobre el escritorio insinuándosele para que él la mirara.
—¿Qué haces?
—Nada qué te importe —le respondió aun sin observarla.
Kagome soltó una risita sin poder contenerse ante el rostro de la muchachita que ni siquiera esperaba una respuesta de esa manera. Para ella una respuesta como esa ya era típica en él.
—Oh… ya veo… —lo observo fijamente por un instante tal vez pensando que preguntarle—. ¡Ah! ¿Y cómo te llamas?
Él se detuvo en su trabajo y la observo con una frialdad que la adolecente contuvo la respiración y Kagome pudo ver como comenzaba a tensarse lentamente ya intimidada por el medio demonio.
—No molestes —le dijo de manera amenazante.
Y el perro vomito sobre sus piernas.
A la muchacha se le cayó la mandíbula al ver a su cachorro ensuciarle su pantalón nuevo y se puso de todos colores al quedar en ridículo enfrente de Inuyasha. Kagome mordió su labio al ver en enchastre que hizo el pequeño animal y sonrió negando con su cabeza.
—Creo que el interrogatorio ha acabado con un regalito de cierto animal —bromeó, acercándose a la chica que estaba a punto de llorar. Poso una mano en su hombro extendiendo el vuelto de la adolescente— toma. Mejor ve a tu casa que yo debo limpiar esto, no creo que mi asistente quiera continuar con tu pequeño interrogatorio.
—¡Pe-pero yo…! —roja de la vergüenza abrazo al cachorro y salió corriendo de allí como alma que lleva el diablo.
—Creo que otra vez has desilusionado a otra de tus nuevas admiradoras —le sonrió divertida con sus manos en la cintura.
—¡Jah!
Y rio sin poder aguantarse.
Inuyasha la observo sorprendido al escuchar por primera vez una risa tan melodiosa y cálida, que lograba hacerle sentir algo en el estomago, como si fueran hormigas caminando por dentro o… o… ¡bah! Esas eran boberías…
Se quedo pasmado cuando la vio que le sonrió, como si esa sonrisa fuera para él, solo para él. Había algo distinto de las sonrisas que esas mocosas le regalaron cuando se le acercaban a hablarle, a la de esta chiquilla que lograba hacerlo sentirse extraño como si… como si tuviera el poder de hacerlo ver las cosas de otra manera. Inclino la cabeza sintiéndose incomodo ante la familiaridad con que ella lo comenzaba a tratar, como si ya se estuviera acostumbrando a su presencia.
—Ven —hizo un movimiento con la mano— vamos a limpiar el lindo regalito que nos dejo nuestro amigo.
Dudo en seguirla y la observo hasta que desapareció por una puerta. Lentamente comenzó a impacientarse cuando los segundos pasaban y ella aun no salía del cuarto, moviendo impaciente su pierna derecha. Ya inquieto se irguió y camino hacia el cuarto. Y justo en ese instante, la puerta como la puerta por donde salía Kagome se abrieron, haciendo que él por curiosidad observara quien había entrado a la tienda, logrando así que chocara con el balde que ella tenía lleno de agua... y siendo tan bruco e inesperado el choque, la chica trastabillo hacia atrás sin poder agarrarse de algo por tener las manos ocupadas.
Soltó un grito ahogado cerrando sus ojos con fuerza esperando el estrepitoso ruido del agua al esparcirse por el piso y la punzada de dolor que la recorrería de arriba hacia abajo. Pero entonces fue cuando sintió las enormes manos tibias del medio demonio tomándola por los brazos acercándola hacia su pecho, estabilizándola entre sus brazos.
El corazón de Kagome latió a mil, dentro de su pecho, mientras su respiración era agitada. Con la cabeza inclinada hacia delante cerro sus ojos sintiendo aun el vértigo y miedo de caer al suelo mojándolo todo con el agua —que por cierto había mojado su camisa— suspiro ya cuando los latidos de su corazón dejaron de retumbarle en la cabeza y alzo los ojos hacia Inuyasha que se encontraba muy quieto. Frunció su ceño al notarlo tan paralizado…
… Entonces se encontró con sus ojos…
Tan cerca… que le recordó al callejón. Trago saliva con dificultad sin poder contener el jadeo que soltó sintiendo el rubor que comenzaba a subir por sus mejillas. Esa cercanía era muy intima para compartirla con alguien que prácticamente ni siquiera te soporta. Mordió su labio sin saber muy bien qué hacer. ¡Quería desviar su mirada hacia otro lado! Pero algo la mantenía unida a la de Inuyasha… al igual que como imanes, acercaban sus rostros lentamente, algo mas allá de la voluntad y la conciencia de ambos, como si eso fuera algo sobrenatural lo que los unía… algo…
Y la puerta de adelante se cerró con un azote.
Rompiendo el momento con ello.
Ambos desviaron la mirada hacia el sonido de la puerta. Kagome se separo de Inuyasha dejando que las manos de él cayeran sin vida a los lados de su cuerpo, caminando a pasos presurosos hacia el recibidor y ver quien había entrado o salido de esa manera. Pero no vio a nadie, frunció el ceño. ¿Quién podría haber cerrado de esa manera la puerta, sin siquiera avisar que se encontraba esperando? Esto era raro y no le gustaba nada.
«Pudo haber sido un ladrón.»
—Inuyasha, ¿alguien entro cuando estaba preparando el balde? —inquirió dejando dicho balde en el suelo a un lado de ella, volteando para verlo.
—Fue… —se detuvo buscando las palabras exactas para describir el momento en que ambos se encontraban como envueltos en algo que no supo explicar—, ¡feh! —De seguro Kami Sama tendría la culpa— fue cuando chocamos. Alguien abrió la puerta… —desvió la mirada a un lado cruzándose de brazos—. Es por eso que no te vi…
Kagome se sonrojo recordando lo cerca que estuvieron sus rostros de un beso.
Lo escucho resoplar y observo como volteaba volviendo al cuarto donde atendía a los animales.
—Si no hubiera escuchado el ruido de esa puerta no te hubieras mojado la camisa —se detuvo para mirarla por sobre su hombro, despreocupadamente—, mejor cámbiatela antes que enfermes.
¿Él había dicho lo que acababa de escuchar? Parpadeo sorprendida.
—¿Te sientes bien?
—¡Keh! ¡Claro, qué sí tonta! Lo digo porque tu camisa esta mojada y… —le dio la espalda—traslucida…
Ella bajo la mirada paralizada hacia su pecho, quedando en shock al ver que la camisa se pegaba a su sostén dejando poco a la imaginación. Chilló, roja como un tomate cruzando sus brazos sobre el pecho tapando todo lo que pudo mientras sin pensarlo dos veces gritaba un «Abajo» tan fuerte que las cerámicas del suelo casi se parten. Paso corriendo por un lado de él azotando la puerta del baño sin dejar de insultarlo en ningún momento.
Luego de un minuto cuando el maldito conjuro paso, Inuyasha se volteo quedando boca arriba mirando el techo blanco con las mejillas, boca y nariz algo sonrosadas.
Maldita mocosa, mira que lanzarle el conjuro en su forma humana. ¡Pudo haberlo matado! Estúpida. Aunque… ahora que lo pensaba mejor, para ser estúpida era muy bonita. Recordó el rostro de ella a solo centímetros del suyo, cerró los ojos tratando que las imágenes de su delicada cara se viera mejor en su mente. Podía ver patente los brillantes ojos de ella sobre los suyos, ese color chocolate que tenia matices mieles logrando con ellos que sus ojos se vieran más claros de lo que eran, las mejillas completamente sonrosadas y sus labios… esos que probo solo una vez pues lo recordaba, no estaba dormido ni desmallado en ese callejón… podía… recordar lo suave que eran.
Uso una de sus manos como almohada tras su cabeza y con la otra usando la yema de su dedo índice roso sus labios… si se dejaba llevar por la imaginación, lograba sentir esa calidez de los labios de la chiquilla, su suavidad.
—Esto no esta tan mal después de todo… —sonrió de lado.
Al parecer comenzaba a disfrutar de estar en ese mundo extraño.
Continuará…
N/A: Parece que cierto medio demonio/ángel/humano está comenzando a sentir cosas por una humana que conozco ;D
Dulce Kagome Lady.~
