Capítulo 10: "Unificación."
—Kagome… —llamó en un suave susurró.
Temblaba notablemente, con la vista desencajada y los ojos tan abiertos que pensó se caerían de sus ojos. Se encontraba empapada por la lluvia qué parecía no querer detenerse y caía con una impetuosidad única. Su corazón se calmo levemente y el miedo de perderla se había apaciguado junto con la ira que lo embargo minutos atrás, con solo observar esa mirada llena de pánico que le propinaba, bastaba para abofetearlo imaginariamente. Sacándolo del odio y la sed de matanza. No dejo de observarla fijo, herido en su corazón como si hubieran hecho una notoria hendidura simplemente por una mirada triste y brillosa, con la preocupación haciendo arrugas en su frente.
Apretó los puños de súbito, tensando la mandíbula aún más. ¡Maldita sea! ¡¿Por qué demonios no se había controlado?! ¡¿Por qué no pudo llegar a tiempo?! Solo unos minutos más y la habría salvado de ese miedo que la hacía temblar y sollozar. Gruñó, bajando la mirada con el ceño tan fruncido y los ojos cerrados que desfiguraba su rostro totalmente. Mostro los colmillos para contener la tristeza que comenzó a embargarlo de pronto. No le importaría que otras personas o simplemente Kami Sama lo observaran con temor o repulsión, le importaba un bledo lo que los demás pensasen de él, todos se podían ir al infiero… pero… que ella quien desde que llego a la Tierra no dejo de tratarlo como una persona común y corriente, con sus sonrisas amables y cálidas, lo mirara con el asco, horror, miedo… reflejando su rostro…
Eso… no le gustaba, no lo hacía sentirse bien… no.
Se sentía un monstruo.
Que irónico, sonrió amargamente, él que siempre se decía ser un demonio y eso era sinónimo de monstruo, ahora le dolía un poco al imaginarse como lo diría ella. Alzo su mano mirando la palma abierta completamente cubierta de sangre de ese gusano que se encontraba inconsciente en el suelo. Desangrado. Hizo un desdén con su cabeza, para luego observar a Kagome que respiraba un poco más calmada aunque sin abandonar esa expectación de horror.
«¿Por qué…?»
—¿Por qué cuando todo está comenzando a parecer agradable, sucede esto? —lamentó, dando un paso hacia delante.
Kagome dio un respingo al verlo acercársele gimiendo de dolor por como la había maltratado ese depravado. Estaba atemorizaba y, actuaba como si no lo conociera. La miro algo acongojado. Eso era su culpa, debió simplemente sacarla de allí… pero no podía, debía matar a ese infeliz que trato de propasarse con Kagome, no debían vivir personas como él. Basura enfermiza. Debía matarlo ahora mismo por lo que causo en ella. Le lanzo una mirada fulminante al cuerpo del hombre que se encontraba tirado en el suelo, deseando arrancarle la cabeza de los hombros y despedazarlo por partes, lentamente, para luego…
La escucho sollozar…
De alguna manera eso fue como una fuerte patada en el estomago.
—Kagome… escúchame —dijo; extendió las manos hacia el frente para que ella se calmara al ver sus lentas reacciones—. Tienes que tranquilizarte, déjame ayudarte, soy Inuyasha. Me conoces. ¿Lo recuerdas?
—¡No te acerques! —Espetó horrorizada pegándose más en el muro; con voz insegura y trémula por el llanto que se agolpaba en su garganta haciéndole doler. El corazón latiendo a mil—. ¡No quiero que ningún hombre me toque! ¡Aléjate, déjame sola! ¡VETE!
Más llanto brioso se le escapo haciendo agitar sus hombros al tiempo que ocultaba su rostro entre sus manos heladas y temblorosas. La garganta le dolía por tanto llorar y sus lágrimas parecían pequeñas gotitas de agua hirviendo que corrían por sus gélidas mejillas. Sentía mucho frío, pero al mismo tiempo no quería moverse aunque todo el cuerpo se encontrara entumecido por la lluvia. No tenia las fuerzas para hacerlo, aun tenia los nervios a flor de piel, el corazón casi en la mano, y una y otra vez las imágenes de cómo Inuyasha atacaba a ese hombre se repetían en su mente. Sentía mucho miedo, casi fobia a los hombres, a cualquier cosa que sea del sexo masculino, no quería saber nada de nadie. Esto era demasiado para ella. La gota que derramo el vaso…
—Kagome, jamás te lastimare —exclamó, consolidativo ya enfrente de ella, estirando su mano—. Soy tu ángel… no puedo dañarte —frunció el ceño esta vez con la mirada en el suelo frunciendo de manera temblorosa sus cejas al recordar algo, tal vez—. Perdóname… te di un mal recuerdo, no fue mi intención.
Ella descubrió su rostro sin alzar la mirada para observar una de las rodillas de Inuyasha que este último posaba en el suelo mojado para estar a la altura de ella. Vio su mano y la observo por un momento tenso y largo. Aun sentía miedo y también se sentía sucia, con repulsión hacia lo masculino, a cualquier cosa que fuer aun hombre, pero él…
«No, no, no, no, él casi mata… puede hacerme daño también…»
—Confía en mi… cuidare de ti con mi vida —sonrió en una mueca triste al ver la duda en sus ojos castaños al mirar su mano. Sin saber porqué, sentía la necesidad de que ella creyera en sus palabras—. Hare lo que sea necesario para que no temas a nada, confía en mí… seré el mejor Ángel Guardián qué alguna vez te protegió.
La vio derramar lágrimas que se mesclaban con las gotas de lluvia al rodaban por sus mejillas. Lentamente alzo su rostro a él mostrándoselo de lleno, logrando que su corazón diera un vuelco intenso casi haciéndolo jadear, y latiera como loco al ver sus labios casi violetas por el frio, los ojos rojos de tanto llorar, rasguños en sus mejillas, un poco de sangre seca que se mostraba desde su sien hasta desaparecer en su mandíbula. Frunció el ceño al verla tan maltratada, ese infeliz.
Entonces no supo cómo, pero ella se encontraba en sus brazos… llorando desesperadamente, aferrándose a él como si fuera su bálsamo que la salvaría del mar de la locura. Parpadeo desconcertado, dejando sus manos abiertas detrás de ella sin saber bien lo que debía hacer, un poco turbado por su reacción y algo intimidado, miro hacia los lados buscando algo que lo hiciera entender que debía hacer, jamás lo habían abrazado y se sentía un poco incomodo con esa situación, olvidando casi por completo lo que sucedió. Pero, entonces la escucho decir entre violentos llantos:
—¡Pensé que moriría! —Hipó, aferrándose más a su cuello—. Tuve mucho miedo y, tú no llegabas…
Entre cerro sus ojos sintiéndose culpable, con un grave vuelco en su corazón por lo que tuvo que pasar la mocosa. Suspiró, encerrándola casi torpemente con sus brazos para tenerla más cerca de él percibiendo su propio corazón latiendo a mil por segundo al estar así con ella y poderla consolar como también calmar. Cerró sus ojos, posando una de sus manos en la nuca de ella acariciando la melena negra que se encontraba tan mojada que chorreaba agua de las puntas. Sentía el pequeño corazón de Kagome golpeando su propio pecho, desesperado por paz después de tanto esfuerzo y miedo. Temblaba violentamente muerta de frio, estaba helada. ¡Mierda!
Pasó un antebrazo por detrás de sus rodillas mientras que la mano qué acariciaba su cabeza la bajo hasta la pequeña cintura de Kagome para sostenerla mejor. Se irguió, con ella entre sus brazos y comenzó a saltar los techos de las casas para salir de allí y llegar al departamento en donde podría hacerla entrar en calor y lograr que dejara de temblar.
Moriría de hipotermia sino actuaba rápido.
Al llegar, de una sola patada abrió la puerta de madera haciendo una abolladura donde había golpeado. Entro en la residencia tan apresurado olvidando que estaba mojando todo. También poco le importaba. Con tanto cuidado como si estuviera hecha de cristal la deposito en la cama donde dormía. Para luego rápidamente sacar la ropa que llevaba puesta Kagome quien se encontraba inconsciente —al parecer se había desmayado en el trayecto para llegar a su departamento— agitado saco presuroso la chaqueta y camiseta que se encontraba un poco rasgada. Ese maldito insecto intento desnudarla.
Tenso la mandíbula frunciendo el ceño, dejando sus manos como puños sobre la ropa de la joven. No, debía calmarse, no podía hacer nada ahora, ella podría morir de hipotermia si no le daba una fuente de calor rápido. Sin pensarlo más quito toda la ropa que ella llevaba haciendo todos sus esfuerzos por no ver más de la cuenta. Lanzándolo lejos de ellos para que no mojaran la cama donde Kagome yacía inconsciente y pudiera arroparla con las fradas cecas y tal vez cálidas.
La envolvió en ellas rogando que entrara en calor para así dejara de temblar con esas feas convulsiones. Estaba pálida, demasiado para su gusto, con los labios amoratados y las mejillas demasiado gélidas. Trago con fuerza temiendo que no zafara de esta.
—No sé que más hacer…
—¿Por qué no usas una de las plumas?
Inuyasha volteo el rostro sorprendido ante la repentina voz de ese lobo sarnoso. ¿Qué, no era un gato gordo?
—¿Qué demonios haces aquí? —indagó, irguiéndose del borde de la cama donde se encontraba sentado, ocultando casi a Kagome detrás de él, como si quisiera protegerla del Arcángel.
Kouga se cruzo de brazos sonriendo casi con burla.
—Veo que eres muy tonto.
—¿¡Qué?! —gruñó, apretando los puños. Lo menos que quería en esos momentos era que lo molestaran con esas estupideces, la vida de Kagome estaba en juego y no podía dejar que esa mocosa muriera. No entendía bien porqué pero no que quería que muriera, no, ella no—. ¡No molestes! Este no es el momento y, Kagome, se encuentra en mal estado.
—Sí, por tu culpa.
Inuyasha abrió sus ojos desmesuradamente, absorto.
—Si no te hubieras marchado esta tarde de su tienda ella no estaría pasando por esto —fijo su mirada en la joven como un halcón, ignorando a Inuyasha quien se encontraba ocultándola casi, sintiendo un estremecimiento al ver como se encontraba. Ella no debía morir ni mucho menos pasar por aquello, su amiga no debía sufrir—. Eres un, estúpido —.Escupió casi con odio mirándolo de manera fulminante—. Así jamás conseguirás tus alas nuevamente. ¡Tu deber es proteger a quien se te ha encomendado, no abandonarlo a su suerte!
—¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! —rugió, picado por la culpa, ese infeliz tenía razón en todo lo que decía—. Si Kagome sobrevive de esta, no dejare que nada malo le suceda nunca más. Jamás nadie tocara uno de sus cabellos con malicia… —tenso los brazos apretando su mandíbula con tanta fuerza que sus dientes rechinaron— … no volverá a derramar lágrimas.
El Arcángel lo escudriño con su mirada. Tenía la cabeza baja con los hombros tensos como si llevara el mundo sobre sus ellos, y ni siquiera lo miraba. A todas luces le costó demasiado decir todo aquello, lo conocía para decir que no era un hombre de muchas palabras. Mantenía los puños tan apretados que sino los soltaba seguro sangrarían.
Levanto el mentó observándolo indiferente.
—¿Quieres que mejore?
Inuyasha alzo su mirada de súbito observándolo inquisitivo con sus ojos que parecían llamas ardiendo en plena oscuridad ya que nada se encontraba encendido y veían gracias a las ventanas que se mantenían con las cortinas abiertas.
—¿Quieres o no? —preguntó esta vez de manera exigente, presionándolo por una respuesta.
—¡Dime que es lo que debo hacer!
Fingió sonreír de manera maliciosa.
—Pero te advierto que no recuperaras tus alas si falta una simple pluma… —intensificó su mirar— ¿serias capaz de hacer ese sacrificio por ella? ¿Por alguien que se parece a la persona que te vendió por una simple perla?
El silencio reino y lo único que se escucho fueron los latidos desenfrenados del corazón de Inuyasha y los lentos y débiles de Kagome. En su forma de Hanyuo podía escuchar claramente cualquier cosa, hasta la caída de un simple alfiler. Por ese motivo era capaz de escuchar el corazón de la joven.
Un trueno cruzo el cielo iluminando la habitación, al mismo tiempo que él giro su cabeza hacia atrás para poder observarla. Ella podría ser la supuesta reencarnación de Kikyuo, se parecían tanto… y al mismo tiempo no tenían nada en común. Una niña que era alegre, bondadosa, sensible, cálida, no se parecía a nada con la Kikyuo que él conocía: fría, seria, nada sensible, y callada. Apretó los puños dejando esta vez que sus garras rasgaran un poco la piel de sus manos. Ella no era Kikyuo, ella era Kagome, no tenía nada que ver con esa perra que dio su vida por una simple perla, sin siquiera preguntarle si quería hacer el sacrificio. Mostro los colmillos ocultando su mirada con su flequillo plateado.
«Observa, Kikyuo… como me sacrifico una vez más por propia voluntad.»
Alzo su mirada observando fijamente a Kouga.
—¿Qué es lo que debo hacer? —inquirió ronco.
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Se quito la camiseta que llevaba puesta dejándola a un lado, tomando delicadamente la pluma entre sus manos y colocándola en su pecho, cuando recostó su espalda en las almohadas de la cama. Extrañamente esta última brillaba con intensidad cómo si una pequeña lucecita se encontrara en medio, pura, simple. Tomo a Kagome de los costados notando lo liviana que era y la coloco sobre él haciéndolo sisear del frio que desprendía ella, estremeciéndolo y golpeando su pecho haciendo que los bellos se le erizaran. Mierda, estaba helada. La acomodo sobre su cuerpo dejándola casi como de forma fetal para luego envolverla con sus brazos desde la espalda y cubrirla con las sabanas y frazadas para que recuperara el calor corporal mucho más rápido.
Cerró sus ojos.
¿Estaría bien lo que hacía?
—Tienes que tomar una de las plumas que ha aparecido y ponerla en el medio de los dos —le había dicho unos minutos atrás, explicándole lo que debía hacer—. De esa manera curaras sus heridas y le darás las fuerzas que necesita. Eso sí, tienes que estar piel con piel para que la pluma entre en ella de manera pura.
—¿Y por qué demonios tiene que ser piel a piel? —Le pregunto enfadado, incomodo por lo íntimo que sería— ¿no puede ser de otra manera?
—No —le respondió despreocupadamente.
—¡¿Por qué?!
—Porqué de esa manera le transmites tu propia fuerza, ya que los corazones estarán conectados y acompasados es una manera para unirlos a ambos, como un pacto entre los dos. Por eso la pluma, ella ayudara.
Y desapareció de la manera más teatral, dejando sus asquerosas plumas regadas por la habitación. Frunció el ceño.
—No olvides que debe ser piel a piel…—se escucho desde algún lugar.
Maldición.
Y ahora se encontraba con la mocosa entre sus brazos transmitiéndole calor y fuerzas para que no muriera de hipotermia. Por eso no le gustaban los humanos, eran demasiado delicados para vivir, por una simple enfermedad sus vidas estaban en peligro. Bufó, esto era estúpido. Bajo su mirada hacia ella, buscando su rostro entre los mechones que caían sobre ella. Mantenían la cabeza posada en su hombro con la cara casi metida en el hueco de su cuello, haciéndole cosquillas con la respiración que se había vuelto pausada —para su alivio— suspiró, dejando caer la cabeza en las almohadas esponjosas y suaves. Estaban cuerpo a cuerpo, casi sin ropa, ella con sus prendas íntimas, ya que no fue capaz de desnudarla, cosa de pudor, él simplemente con su pantalón jeans. Siendo capaz de percibir lo menuda que era, tan pequeña que si la quisiera ocultar solo debía mantenerla en su espalda. Pequeña, enana, delicada Kagome.
¿Por qué hacia eso? No debería… pero… lo último que deseaba era ver sufrir a una humana, a ella, capas por su madre, ya que era un ser humano, y murió de tristeza por su padre, también había ayudado la enfermedad que pesco en la época del invierno.
No… no deseaba ver a otra mujer que paso por su vida morir. Ya no. Y protegería a esta mujer aunque arriesgara perder sus alas con ello, ya no interesaba, debía ponerse serio, no era un juego. Le dieron una oportunidad de vivir y a una humana para cuidar. Cerró sus ojos con fuerza, aferrándola más en su abrazo.
—Te protegeré con mi vida…
Escucho los latidos de su propio corazón junto con el de Kagome en un mismo unísono. Entreabrió sus ojos. ¿Estaría haciendo efecto su pluma? Comenzó a sentir que los parpados le pesaban y bostezo involuntariamente acurrucándose más en las sabanas junto con Kagome. Cerró sus ojos suspirando al percibir el suave aroma a ella, su cálido calor que comenzaban a transmitirse mutuamente…
Como si fueran uno…
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—Pensé que eras un gato… —rió estruendosamente tirando su cabeza hacia atrás y posando sus manos en su estomago como si se pudiera abrir en cualquier momento—. Me sorprende que vengas aquí ¿algo malo paso? —comentó ya un poco más serio quitándose las lagrimitas de sus ojos.
Kouga apretó los piños mirándolo casi con rencor, por la broma de su señor.
—Kagome, ha sido atacada por un hombre y casi es violada sino hubiera llegado, Inuyasha —explicó, recordando lo que vio—. Llego como loco con ella en brazos sin saber qué hacer entonces yo…
—Le dijiste lo de la pluma unificadora —lo miro sonriendo—. ¿No es así?
—Sí, señor.
—Ya veo… —cerró sus ojos dejando su espalda descansar en el respaldo de su mejor silla giratoria.
Kouga bajo su mirada meditabundo.
¿Qué sucedería de ahora en adelante? ¿Habría hecho bien en unirlos más de la cuenta? Pero es que también temía, no quería que su amiga muriera aunque ella no lo recordara a él, Kouga sentía un gran afecto hacia esa muchacha de dulce sonrisa. Tenía que salvarla, fue un momento de desesperación, no había pensado en sus consecuencias. Ahora ellos estarían unificados, y sería un gran problema cuando Inuyasha obtenga todas sus alas. ¿Cómo se separarían? ¡Demonios!
—Kougaaa… —le advirtió Kami Sama— no maldigas en un lugar sagrado, ya se lo he dicho a ese niño que se encuentra ahora unido a una humana —el Arcángel se sintió culpable.
Kami Sama sonrió tiernamente.
—Basta, Kouga, tú no tienes la culpa, deja de castigarte.
—Pero fui yo quien le dijo a ese necio de Inuyasha que lo hiciera, sino… jamás se hubiera unido a ella —suspiró aun mas acongojado por haber logrado que después Kagome se sintiera mas infeliz con su vida.
—Muchacho, creo que hay algo que no sabes —exclamó con voz seria, ya sin esa alegría habitual pero con la misma calidez que siempre—. Esos dos son almas que se buscan a través de los tiempos y barreras de cielos, infiernos y mundos. Son almas que están hechas para vivir juntos, ya sea como arboles, animales, humanos, ángeles, demonios lo que fuera, son pocas almas que existen para estar con quien deben amar. El destino hizo que Kagome hiciera esa oración en el instante que yo pensaba qué hacer con, Inuyasha, el destino hizo que tú le dijeras lo que debía hacer para salvar a Kagome y unificarse a ella. Simplemente el destino los unió porque sus almas fueron creadas para estar el uno con el otro… desde tiempos remotos.
—Entiendo… —murmuró pensativo, cuando de la nada una pregunta golpeo su cerebro mirando a su señor ahora no tan seguro de lo que le dijo—. Pero, señor ¿Inuyasha, no había amado ya a una mujer humana quien lo traiciono?
—Esa mujer no era, Kagome. Y se puede amar a otras personas hasta encontrar a tu otra mitad.
—¿Qué? ¿Pero no tiene el alma de Kagome? —inquirió ya consternado y dudando un poco de las palabras de su señor.
—Kouga, Kagome, tiene en la mitad de su alma la de la mujer que engaño a Inuyasha hace quinientos años, pero, eso no quiere decir que ella sea esa mujer porque al dividirse las almas y haber una mitad tuvieron que crearse nuevas ánimas y mezclarlas, formando una nueva esencia completa, no solo una mitad. De ahí el parecido a la mujer que amo, Inuyasha, en su tiempo y que su alma sea la otra mitad de él, porque tiene un poco de ella misma y de la otra, transformándose así en el único amor del chico—salió de la habitación siendo seguido por Kouga—. Es un capricho también del destino, la vida no sería justa si todo sería tan fácil ¿verdad?
»Por algo en la tierra hay una mujer que se parece al antiguo amor de Inuyasha.
—¿¡Cómo?!
—Sí, pero no te preocupes, las cosas se mejoraran.
Kami Sama se encontraba muy misterioso, había algo que le ocultaba, y ya no estaba muy seguro de lo que pasaría con esos dos que se encontraban ahora unificados.
¿Qué había una mujer que se parecía al antiguo amor de Inuyasha?
Esto le olía a problemas, grabes problemas.
Continuará…
N/A: Me gusta esto del amor ideal. Soñar qué las almas que fueron hechas para estar con su otra mitad se buscaran. El amor seria mágico si eso pasara —sonrisa— es una pena que solo algunos lo encuentren. En mi caso no tengo ni la más mínima idea donde esta mi alma gemela… aunque antes de encontrarla tengo que hallar a esa musa escurridiza que al parecer le encanta jugar a la escondida…
.°.°.°Dulce Kagome Lady°.°.°.
