Capítulo 13: "Cercanos."
Cayó de espaldas en los suaves cojines del sofá del living de Kagome. Se arrellanó con el delicado rebotar que provoco su peso, extendiendo sus brazos en la cabecera al tiempo que estiraba sus largas piernas cruzando los tobillos en la pequeña mesita de té que se encontraba en frente. ¡Qué comodidad sentía! Sonrió tirando su cabeza hacia atrás. Después de esa tensa conversación en la cocina con esa loca amiga de Kagome, no se había quedado tranquilo, a pesar de que ya había pasado hace unos cuantos días. Abrió sus ojos —los cuales cerró cuando saboreo la comodidad— mostrando una oscura sombra de preocupación, haciéndolo ver sombrío por un momento. ¿Qué se supone que haría ahora? Sin sus alas no podría volver a los cielos —aunque bien poco le importaba— pero tampoco podría ir al infierno…
Se cruzó de brazos observando el techo blanco y limpio.
—Cuando sientas el primer sentimiento que te hace humano, tus alas estallaran en mil plumas blancas y desaparecerán lentamente —había explicado Kami Sama cuando le propuso su «trato»—. Tranquiló, no me veas así. Las recuperaras cuando consigas experimentar los dos sentimientos que te harán ángel de nuevo.
—¡Ja! ¿Y si no lo consigo? ¿Qué es lo que sucederá? —Preguntó, altanero— ¿No podre volver a los cielos? ¿Al fin me enviaras al infierno? Dime, muero por saberlo.
Kami Sama, lo observo serio, cómo si lo que tuviera que decir fuera la peor de las condenas que podían llegar a existir.
—Te volverás un alma vacía, —sentenció—. De las que vagan por la Tierra sin encontrar consuelo ni se les permite la entrada al infierno ni mucho menos a los cielos. Vagaras eternamente por el mundo de los vivos, sólo, sin siquiera sentir algo. No tendrás ni un cuerpo ni una forma, con lo único que existirás será con tu conciencia.
Un escalofrió horroroso le recorrió toda la columna vertebral erizándole los pelos de la nuca. ¡Maldición! Recordaba claramente esa estúpida conversación que tuvo con Kami Sama antes de ser enviado a la Tierra. Frunció su ceño, ante la preocupación qué de pronto lo embargó. ¿Qué se supone que haría ahora? ¿Qué sucedería de ahora en adelante con él?
«¡Maldita sea!»
Ladeó la cabeza a un lado observando la puerta por donde Kagome había desparecido. Ahora ambos estaban unificados, desde ese día del cual ya se habían hecho dos semanas. Ambos compartían el mismo latido. Ambos compartían los mismos sentimientos. Ambos estaban unidos. Y no sabía si esa unión duraría mucho tiempo o solo sería por un simple lapso. Debía ir a hablar con el viejo de Kami Sama y sacarse todas las dudas que lo tenían inquieto…
… porque si se ponía a recordar, lo que Kami Sama le había dicho de no poder entrar ni al cielo ni al infierno y vagar eternamente sería si no conseguía obtener los sentimientos y las plumas que le faltaban pero jamás dijo algo sobre si él entregaba una de ellas para salvar a la persona que se le era encomendada… ¿Tendría una oportunidad de volver a los cielos o se iría directo al infierno al ya no completar las plumas? Hasta ahora nada de ambas cosas habían sucedido así que no tenía ni la más mínima idea de lo que sucedería con él.
Un movimiento silencioso y ágil lo sacó de sus cavilaciones, haciéndolo llevar su mirada de donde había percibido ese movimiento…
Su expresión se volvió aburrida: era Kouga. El estúpido Arcángel al cuál le habían encomendado la misión de vigilarlo. El gato gordo lo miró con desafío, sacando sus garras repentinamente, pudiendo percibir que estaba sonriéndole por la manera en que lo observaba.
—No tienes otra cosa que hacer más que molestarme ¿verdad? —inquirió fastidiado—. ¿Qué es lo que quieres…, bola de pelos?
El gato siseó de manera ofendida preparándose para a tacar a cierto ángel/demonio/humano que sonreía burlonamente, satisfecho de hacerlo enojar.
—Oh, vamos, Sarnoso, no puedes enfurecerte por llamarte: bola de pelos. —Ironizó maliciosamente.
El gato maulló de manera amenazante.
—¿Quieres pelear? —ínsito con si típica maldad. Separando su espalda del sillón.
—¡Maauuu…! —chilló.
—Cuando quieras…
Y en ése momento el gato se abalanzó sobre él con sus garras afiladas y listas para lastimarlo, cuando Inuyasha al mismo tiempo se agazapo con sus manos a los lados de su cabeza como si tuviera sus garras listas para dañarlo al igual que lo haría en su forma de hanyuo, esperando el impacto que tendría con ese pequeño gato quién era Kouga.
Todo se veía en cámara lenta, solo faltaban segundos para que ambos chocaran cuerpo animal con cuerpo humano… cuando justo en ese preciso momento se escucho una voz femenina, firmé y enfadada.
—¡Abajo! —sentenció sin piedad.
Un golpe seco se escuchó por toda la pequeña habitación creando una leve vibración sobre sus pies.
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El anciano que vivía debajo del departamento de Kagome frunció su ceño, preguntándose si la joven de arriba habría subido de peso para hacer temblar así el techo.
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Con los puños apretados y el ceño más fruncido que nunca se encontraba una muy enfadada Kagome fulminando con la mirada a cierto Ángel/demonio/humano que yacía de bruces en el suelo.
—Kagomeeee… —masculló con la voz amortiguada, esperando que el estúpido hechizo que le hizo Kami Sama desapareciera.
—¡¿Qué se supone que estaban por hacer?! —inquirió exaltada.
—¡Mau, mau, mau, mau! —maullaba Kouga cómo si se encontrara hablando y quisiera defenderse.
Ella lo observó alzando una ceja para luego levantar la palma de su mano.
—Lo siento, Arcángel Kouga pero no entiendo ni una sola palabra de la que maúllas.
El gato la observó estupefacto abriendo su mandíbula cómo si estuviera ofendido por alguna razón.
Inuyasha sonrió contra el suelo, satisfecho de cómo Kagome había tratado a ese estúpido lobo que ahora era un gato. ¡Qué justa que era la vida a veces!
«¡Ja! Te lo mereces.»
—Tú —llamó la chica acuclillándose enfrente de Inuyasha—. ¿Por qué siempre quieres pelear con el Arcángel Kouga, eh? Él, ahora es un gato y tú eres humano, no puedes pelear con él en semejante desventaja.
Levantó su cabeza motivado por la furia que le provocó esa ciega chiquilla, ignorando el hechizo que pareció no hacerle más efecto ante la rabia de las palabras pronunciadas. ¿¡Que él siempre quería pelear con el estúpido lobo ese?! ¿Estaba ciega o qué? ¡El que siempre comenzaba todo era Kouga, provocándolo, haciéndolo salir de sus cacillas, era Kouga no él! ¡Estúpida mocosa ciega!
—¡¿Por qué lo defiendes!? —Vociferó, casi mostrándole los dientes—. ¡A él es a quién tienes que regañarle! ¡Él fue el que comenzó a provocarme!
—¡Pero tú eres le humano aquí! no puedes sentirte resentido por cada cosa que haga el Arcángel Kouga —respondió de la misma manera que él chico.
El gato le lanzó una mirada furibunda a la chica por haberlo considerado animal. Aunque ninguno de esos dos le prestó atención alguna.
—¡Lamento informarte que hago lo que se me da la gana! —Se desafiaron con la mirada por un momento hasta que sintió sus piernas de nuevo y se sentó de rodillas quedando casi a la misma altura de ella—. ¡Y ya deja de nombrarlo con tanto respeto, no lo merece!
Lo dijo de una manera tan seria y con una voz tan profunda que logro dejarla muda, estupefacta, teniendo con los ojos fijos en su rostro.
Inuyasha se irguió del suelo y pasó por un lado de ella.
—Es un cretino.
«¿Qué?»
Volteó él rostro, observándolo desde arriba de su hombro, sorprendida por sus palabras. Esa era la actitud de un niño… ¿celoso?
Parpadeó confundida y sus mejillas se volvieron levemente de un color carmesí, ante su descubrimiento, al mismo tiempo que el corazón comenzó a bombear sangre furiosamente por sus venas, haciendo los latidos casi insoportables. Él tenía una manera muy peculiar de hacerle salir a flote todos sus sentimientos. ¿Se había sentido celoso de que ella trataba con respeto al Arcángel Kouga? ¿De qué lo estaba defendiendo? Pero ¿Por qué? No tenía sentido… Inuyasha, no sentía nada por ella…
O ¿sí?
No, —sacudió la cabeza con una suave sonrisa en los labios, irguiéndose del suelo— él no sentía nada por ella, quizás simplemente sentía apreció, solo eso. Seguro, claro que sí… aunque ella no compartía solo eso con él… ya que sí sentía algo más que aprecio… a pesar de no deber hacerlo.
Inuyasha se detuvo y volteó para verla por encima de su hombro. Él también había sentido el latido presuroso de Kagome y lamentablemente no podía evitar compartir los mismos sentimientos que ella.
«Pero no puedes.»
Apretó los puños con fuerza y volteó de nuevo, caminando hacia fuera, abriendo la puerta del balcón que daba a la calle. Debía hablar con Kami Sama y rápido, pensó serio, observando sin mirar. Ya qué —aunque lo negara— sentía como si unos hilos invisibles lo atarán lentamente a ella… con cada minuto que pasaba.
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Caminó hacia la cocina pasando a un Inuyasha muy cómodamente tumbado en el sofá del living viendo la televisión, al parecer muy entretenido. Pero también por su cara diría que se encontraba sumamente aburrido. Ya era sábado, y como todos los sábados hoy no trabajaba, aunque siempre tenía el teléfono de emergencia encendido por si un accidente o inesperado problema surgía.
Se detuvo en el umbral de la puerta de la cocina observando su aburrida figura. Con un pie colgando del apoyabrazos, y su pierna derecha flexionada dentro del sofá, su cabeza apoyada en un cojín, y por último con una mano cambiando de canal a una velocidad muy rápida. Sonrió de medio lado al verlo de ésa manera, solo faltaba que suspirara y ahí sí que parecería un niño aburrido.
Suspiró.
Rió melodiosamente tirando su cabeza hacia atrás. ¡Esto era increíble!
El Ángel Guardián alzó la cabeza mirándola desconcertado y frunció el ceño levemente al encontrarla tan divertida. En un segundo estuvo a su lado, ya que la curiosidad —como siempre—, pudo más. ¿Se estaría riendo de él?
—¿Qué es lo gracioso, niña?
Kagome limpió una lagrimita que se le escapo de su ojo con el dorso de su dedo índice, y lo miró con una suave sonrisa en los labios.
—Nada, es que parecías un niño aburrido ¡por favor, no te enfades! —pidió al verle ya cambiar la expresión, alzando una ceja.
—¿«Un niño aburrido»? —Repitió lentamente.
—Sí, solo fue un pensamiento.
Se cruzó de brazos con él ceño fruncido observándola desde su altura.
—No me gustan tus pensamientos.
«Y es una suerte que no te los diga todos.»
—Bueno, pero al menos no me equivoco en lo del aburrimiento ¿verdad? —esbozó una radiante sonrisa que logró incomodar a Inuyasha.
Él no le respondió.
—Lo tomare por un: sí. —Volteó entrando a la cocina casi saltando.
El mitad ángel la siguió.
—Hey, espera ¡Yo no he dicho nada!
—Pero tu expresión dice que sí.
—¡No es verdad!
—Sí, lo es.
—¡Que no!
Giró repentinamente cuando su camino llego a su fin, deteniéndose frente a la mesada de su cocina, con una deslumbrante sonrisa en los labios. Lo contemplo jovial, al hacerlo enfadar con tanta facilidad. Era divertido.
Inuyasha posó las palmas de sus manos en la mesa a los lados de la de cintura de la joven mirándola con su típico ceño fruncido. Bien, ahora la tenía acorralada. Pero cuando notó su feliz sonrisa toda su determinación flaqueó.
«¡Maldita sea!»
Era tan alegre, a pesar de todos sus dolores. Pareciera como si fuera mil veces más fuerte que todos ellos, era increíble. Sin saber cómo comportarse y porque ya se había quedado un buen rato observándola —lo notó porque ella desvió la mirada sonrojada— carraspeó y miró hacia cualquier lugar, hablando distraídamente.
—He dicho qué no. —Murmuró en un tono tan bajo que Kagome lo escucho por casualidad.
¡Pero qué momento tan incomodo! No sabía qué hacer para que él volviera en sí, se había ensimismado en sus pensamientos observándola como si en ella se perdiera. Tragó con dificultad sintiendo un leve calorcito que crecía en sus mejillas por la incomodidad y el estúpido pensamiento que tuvo en ese instante.
El silencio era cada vez más ensordecedor entre los dos y lo único que lo rellenaba era la TV. que se podía escuchar a los lejos. Se obligó a tranquilizar por la incomodidad del momento y le dio la espalda a su Ángel Guardián buscando algo qué hacer, para distender el tenso momento que se estaba creando alrededor de ellos… era increíble lo que lograba sentir por él.
—Qui… —mordió su labio al ver qué no podía crear una estúpida oración porque comenzaba a tartamudear. Y para tranquilizarse cerró sus ojos, respiró hondo y volvió a intentarlo.
Se volteó con una sonrisa más intensa y forzada, no como la anterior que sí era sincera.
—Hey, Inuyasha ¿Qué tal si vamos al centro comercial?
Él la observo desconcertado.
—¿Eh?
—Sí, ya sabes, a comparte ropa, para matar el tiempo —explicó, rezando a Kami Sama porque no se enfadara. Conociéndolo lo poco que lo conocía sentía que se enfadaría, su naturaleza más bien era de enfadarse fácilmente.
—Para ¿qué quieres comprarme ropa? —Inquirió con su ceño fruncido.
La chica se cruzó de brazos, obstinada, entornando los ojos.
—Para ti. La única ropa que te he visto llevar es la que tienes en estos momentos y ya hace poco más de dos semanas que tú y yo nos conocernos —replicó imitando su ceño fruncido.
—No quiero ir a ninguna parte. —Sentenció—. Con esta ropa estoy bien.
—¡¿Pero es qué no se bañan ustedes los ángeles?! —preguntó exasperada.
Se ladeó apoyando su espalda en la pared de la cocina aun con los brazos cruzados observando la tarde que mostraba la ventana. Habló distraídamente, al igual que si estuviera viendo el cielo que tanto detestaba.
—En el cielo es casi imposible que te ensucies porque todo está hecho de nubes y tu cuerpo no suda porque es obvioque estás muerto. —Se inclinó un poco para estar a la altura de ella y hacerla entender su explicación, mirándola fijamente.
Kagome pareció confundida por un momento y luego lo observó tímidamente. Bien, ella no sabía nada de ángeles y esas cosas, así que no estaba muy segura de si mentía o decía la verdad. Bajó su mirada al suelo jugueteando con sus dedos y debatiéndose en su interior si formular o no la pregunta que colgaba de su lengua.
—¿Quieres decir ya lo que tanto te inquieta? —Incitó con su típica brusquedad, haciéndola alzar su cabeza para verlo con el rostro ladeado sin observarla—. Esto ya me exaspera.
¿Cómo sabía que quería decirle algo y no se atrevía? Vaya… que perceptivo.
—No es muy difícil averiguar lo que piensas si se estudia tus reacciones —le explicó, respondiendo a su pregunta silenciosa—, si se te observa con atención, eres como un libro abierto.
—¡Por supuesto qué no! ¡No soy así de predecible!—respondió automáticamente, ya un poco molesta por haberle dicho que era fácil de descifrar—. No sabes nada.
—Sí que lo sé. —Se desafiaron con la mirada. Ella enfadada y él con una sonrisa de suficiencia—. Aunque estuve por poco tiempo aquí, note que eres muy previsible. Hasta en tu rostro se puede leer lo que estas pensando ─presumió solo para hacerla enfadar.
Se detuvo a pensar un momento en sus propias palabras para luego decirse a sí mismo con su ceño fruncido y el espanto plasmado en el rostro:
—¡Vaya, eso sí que fue cursi! ¿Salió de mí?
Kagome rió ante su exageración dándole un suave golpecito en el brazo, encaminándose fuera de la cocina.
—Tonto.
—¡Hey!
Volvió a seguirla pisándole los talones.
—¿Me dirás lo que estabas pensando de una vez por todas o seguirás dudando? —preguntó exasperado, entrando al dormitorio de la joven.
—No. —fue su simple respuesta abriendo el placar buscando quien sabe qué.
Inuyasha resoplo sentándose pesadamente en el borde de la cama con una pierna doblada debajo de la otra que tocaba el suelo y los brazos cruzados mirando sus movimientos, serio, mientras ella se encontraba de espalda.
—¿Por qué no?
—No es importante. —Respondió distraídamente casi sin prestarle atención, aun metida en el placar.
—Pero dudaste cuando estábamos en la cocina ¡tiene que ser algo importante!
—No es nada Inuyasha, no te preocupes.
—¡Dime lo que pensaste! —estalló enfadado, tensando los puños, fulminándola con la mirada.
—¡Aquí esta! —sonrió al ver la prenda que tanto buscaba extendiéndola para ver si se encontraba con alguna arruga por estar tan escondida entre toda su ropa.
Se le desencajo la mandíbula cuando ella volteo sin siquiera haberle prestado un poco de atención a sus reclamos. ¡Maldita mocosa distraída! Él hablándole y ella sumida en sus cavilaciones. Bien, entonces el haría lo mismo con ella. Desvió la mirada un lado, claramente ofendido, soltando un despectivo «¡Feh!» con los ojos cerrados, haciendo obvio su desinterés hacia lo que sea que la estaba haciendo feliz de haber encontrado.
—Ahora sí podremos irnos a comprarte ropa. —Exclamó muy segura colocándose el delicado abrigo para primavera de una fina tela.
—¿Qué? —volvió el rostro para observarla desconcertado. Sacudió la cabeza al verla arreglarse en el espejo de su habitación, frunciendo el ceño—. Yo no voy a ningún lado, ya te lo he dicho: no necesito ropa. Mi estadía aquí no será por mucho tiempo. —Su expresión se volvió impasible, seria, al igual que su voz tomó un tono grave como si recordarlo le molestara irremediablemente—. Creo que no hace falta recordarte que no me quedare por mucho tiempo, solo estoy aquí para recuperar mis alas y poder cumplir el mal nacido trato qué hice con el viejo ese de Kami Sama.
La vio tensarse, dejando de acomodar el abrió que ya llevaba puesto, inclinando la cabeza hacia delante dejando que su flequillo ocultara sus ojos, tal vez para que no pudiera ver el dolor que ellos mostraban.
Una punzada de dolor pincho su corazón… el dolor que esas palabras le causaron a Kagome.
Tensó la mandíbula queriéndose golpear por haberla lastimado pero es que no tenía otra opción, debía evitar a toda costa que ella sintiera algo por él… ya que no podía permanecer —como la chica quisiera—, a su lado eternamente. No era de ese mundo, tampoco de ese tiempo, ni quiera pertenecía a los cielos y en los infiernos dudaba que no recibiera una «cálida» bienvenida con las llamas del infierno...
Corrió su mirada a un rincón de la habitación ya recordando todo lo que no podía hacer. No creía que algún día llegara a dolerle, pero estúpidamente separarse de Kagome le estaba creando una dificultad muy grande a sus objetivos.
Sintió un suave movimiento por donde se encontraba ella y alzó su mirada al escuchar su melodiosa voz hablarle, descubriendo y haciéndolo odiarse por provocar eso en ella, la acomplejada expresión de su rostro.
Sonrió, obligándose a no mostrarse débil ante él.
—No importa —musitó son esa sonrisa forzada en sus labios—, aunque sea por el poco tiempo que te quedes aquí tendrás ropa para cambiarte —se acercó sentándose a su lado— hasta puedes llevártela si quieres cuando tengas que irte. Será tuya, piensa que es como un regalo ¿quieres?
—No.
Se observaron por un eterno instante. Ella con los ojos cerrados, una suave sonrisa en sus labios qué lentamente se fue tornando forzada y claramente fingida. Él, serio, sintiendo cómo una gotita de sudor rodaba desde su sien hasta desaparecer en la curva de su mandíbula. Por un momento se arrepintió de ser tan terco.
—¿No quieres? —Abrió sus ojos dejando ver una mirada fría cómo un iceberg, con ahora una sonrisa malévola en los labios—. ¿De verdad?
Dudó de responder alejándose suavemente de ella.
—Inuyasha… te he hecho una pregunta. —Afirmó, inclinándose hacia él, con esa terrorífica expresión en el rostro, que parecía ser amable pero ocultaba a un monstro detrás— ¿no quieres ir de compras?
Tragó.
Y Kami Sama decía que ella tenía bondad.
Continuará…
N/A:¡Hace tanto que no escribía una nota de autora! ¡Tantos recuerdos! Qué lindo :) Espero les haya gustado el capitulo.
Dulce!
