Capítulo 17: "Pasado"
Tomó aire profundamente llenando sus pulmones del frío oxigeno de afuera. Era bueno salir de ese agobiante lugar, al menos podría distraerse un momento.
Agradeció silenciosamente la sugerencia del joven que caminaba a su lado. Estar sola con él, la llenaba de tranquilidad. Se preguntaba si eso sucedía solo porque era su Ángel Guardián.
Vislumbro un pequeño parque al otro lado de la calle por donde caminaba. Tenía unos cuantos bancos para sentarse y una maquina de bebidas electrónica a un lado.
─¿Quieres beber algo caliente? ─sugirió, señalando con su dedo pulgar la máquina de refrescos─. También hay bancos en donde nos podemos sentar un momento.
Inuyasha considero por un momento el lugar, era una simple plaza con unos cuantos árboles y arbustos. Se encogió de hombros sin darle mucha importancia.
─No veo porqué no.
Ella esbozo una sonrisa, volteándose para cruzar la calle arrastrándolo a él en el trayecto.
Se la veía más relajada que antes y eso lo reconfortaba enormemente. Le dolía verla tan vulnerable a la tristeza y desasosiego, sin siquiera poder ayudarla a sentirse mejor. Por lo menos esta vez, creía haberla hecho sentir un poco mejor.
Soltaron sus manos cuando llegaron a la banca de la plaza, ambos percatándose del repentino sentimiento de soledad que los embargo. Aun podían sentir la calidez del otro en sus palmas.
Inuyasha tomó asiento mientras que ella elegía las bebidas de la maquina. Alzó sus ojos al cielo, contemplando las millones de estrellas que lo cubrían, titilando suavemente. Vaya, era la primera vez en mucho tiempo que podía volver a observarlas desde la Tierra. ¿Cuándo tiempo abría transcurrió desde la última vez? ¿Cien años? ¿Doscientos? Perdió la cuenta luego de unos días viviendo en el cielo. Suspiró lleno de nostalgia. Casi ni recordaba lo que era vivir entre los humanos. Sentía tanto odio hacia todos, por lo que había sucedido en su vida pasada que cuando volvió a caminar entre ellos, lo único que deseaba era escapar lejos de todos y no tener que hablar nunca con nadie más.
Y justo en ese momento cuando estaba planeando marcharse para siempre se encontró con Kagome. Esa ingenua y bondadosa muchacha que llevaba un rostro casi exactamente igual a la maldita mujer que lo engaño en el pasado. Tenía la leve sospecha que todo eso fue una cruel trampa de Kami Sama; pero no, las cosas simplemente se dieron de esa manera. ¿Quién sabe para qué? Pero así fue, a veces el destino era difícil de comprender.
─Aquí tienes ─sacándolo de sus cavilaciones, extendió una pequeña lata de metal para él.
Escudriñó, perdido en sus cavilaciones el rostro de cierta chica que le sonreía con su típica sinceridad e inocencia que tanto la caracterizaban, percatándose que en sus mejillas y la punta de la nariz estaban sonrosadas por el creciente frío de la noche.
─Está caliente, así que ten cuidado al sostenerla ─dijo la chica, sentándose a un lado de él.
Ella apareció en su vida por alguna razón que aun no comprendía. Apartando el hecho de que lo ayudaría a conseguir sus plumas, él tenía el presentimiento que había algo más, estaba seguro.
─¿En qué piensas?
─¿Huh? ─volteó su rostro por arriba de su hombro mirándola sorprendido de ser atrapado.
Le dio un sorbo a su té caliente antes de hablar.
─Hace ya un buen rato que pareces distraído ─argumentó tornando sus ojos para verlo─. Y tu mirada se veía pérdida en algún recuerdo, quizás ─alzó su dedo pulgar e índice, disparándole imaginariamente, sonriendo traviesa─ ¿Acerté?
Él alzó una ceja sin comprender la extraña interpretación de Kagome.
─Tal vez ─concedió, encogiéndose de hombros restándole importancia. No quería indagar más en un tema tan complicado que ni siquiera él comprendía del todo. Trato de distraerse, examinando la pequeña lata caliente girándola en todos los ángulos posibles tratando de encontrar la manera de abrirla igual que lo hizo la muchacha un momento atrás─ ¿Qué diablos…? ─soltó cuando fue incapaz descifrar la manera de abrir esa maldita cosa.
Rió suavemente, al ver la inquisidora expresión del semi-demonio.
─Solo tienes que levantar ésta tapita ─le señaló─ y ¡ta-daan! Ya está abierto.
Inuyasha le frunció el ceño murmurando algo como «ya lo sabía» y ejerciendo las indicaciones que le dio la muchacha abrió la lata, escudriñándola curioso cuando de está salió un siseo poco común para él. La olfateó, aspirando el vaho que desprendía su contenido y sin encontrar nada extraño le dio un fugaz sorbo, olvidando completamente que el contenido estaba caliente.
─¡Puffff! ─Escupió todo el té caliente que quemo su lengua─ ¡Edto edta muyd cadiente! ─gritó o balbuceó sintiendo como su lengua se volvía áspera e incómoda, la saco igual que un perro, deseando que de esa manera se enfriara rápidamente.
La fulmino con la mirada cuando la vio retorcerse en una risa silenciosa, cubriendo sus labios intentando que no se le escapara ninguna carcajada.
─¡De gué te dies! ─le reprocho─ ¡Edto ed pod tu cudpa!
─¿¡Qué!? ─exclamó ofendida, dejando de reír abruptamente, limpiándose una lagrimita de su ojo─ ¡Te advertí que tuvieras cuidado porque estaba caliente! ¡Tú fuiste el que lo tomo de un solo movimiento! ─objeto señalándolo con su dedo índice acusatoriamente─ ¡hasta lo oliste antes de beberlo, tonto!
El muchacho iba a abrir la boca para replicar algo, pero se arrepintió y la volvió a cerrar. Era mejor no comenzar a discutir con ella, no cuando al fin se la veía más calmada. Hasta la escucho reír con su desgracia.
─¡Jah! ─bufó cruzándose de brazos aun con la lengua afuera y desviando la mirada al lado contrario de la chica que le frunció el ceño al ver su despectivo gesto.
Preferiría mil veces escucharla reír por algo tonto como eso que verla llorar como hace un momento atrás. Sería mejor olvidar ese estúpido incidente y concentrarse en cualquier otra cosa.
Luego de un largo momento en silencio y ya un poco más calmados. Ambos contemplaron el cielo minado de estrellas que lentamente se iban aclarando en el horizonte. Seguramente en unas cuantas horas más amanecería.
Dejo vagar sus pensamientos por esas brillantes y hermosas luces que iluminaban el firmamento, preguntándose si antes, mucho antes de que ella naciera o que su madre u abuelo nacieran, las estrellas brillarían de la misma manera que ahora.
─Me pregunto… ─musitó absorta en sus pensamientos, sin dejar de contemplar el nocturno cielo, llamando la atención del muchacho─ …si en antaño las estrellas brillarían de la misma manera que las que podemos ver hoy ─tornó su rostro a él regalándole una dulce sonrisa─. Es algo que siempre rondo en mi cabeza desde pequeña.
Contemplo los cálidos ojos de la muchacha minuciosamente, cavilando en sus palabras. No recordaba mucho de aquel tiempo en el que era un Hanyou libre y no un Ángel Guardián. Entrecerró levemente los ojos buscando en sus recuerdos cómo eran las estrellas cuando él estaba vivo ¿Brillarían de la misma manera que ahora?
─No ─musitó, más para sí que para ella.
─¿Huh? ─murmuró desconcertada ante la repentina negación de él─ ¿Qué dices?
─Las estrellas ─replicó sin mirarla con los ojos clavados en el firmamento─, las estrellas eran más brillantes en el pasado.
Kagome parpadeó confundida por la respuesta de su mitad ángel/demonio. Se lo veía tan perdido en sus pensamientos que no supo qué decir.
─¿Cómo lo sabes?
─Porque pude verlas en el pasado.
─¿Qué?
Él le clavó su mirada en la de ella, mostrando un rostro tan serio que inconscientemente la joven se sintió nerviosa creyendo que había dicho algo malo.
─Cuando estaba vivo y era un Hanyou, podía verlas ─murmuró─. Creo que fue en la Era Sengoku Jidai.
La joven se atraganto.
─¿¡Cómo?! ─abrió sus ojos desmedidamente─ ¡Eso fue hace quinientos años!
El chico se encogió de hombros.
─Quizás, no lo sé.
─¿Pero qué edad tienes? ─exclamó aun sorprendida y un poco exaltada por la noticia. Vio como él cerraba sus ojos pensativo, frunciendo su ceño.
─Cuando morí tenía unos veinticinco años ─recordó─, pero después de tantos siglos allá arriba, no estoy seguro de que edad debería tener exactamente.
Boquiabierta lo contemplaba aún sin creer en sus palabras. ¡Él había vivido hace quinientos años atrás! No tenía idea de qué pensar acerca de eso. Fue hace tanto tiempo atrás. Ahora comprendía porque le sorprendían tanto las cosas de su mundo, ella creyendo que eso era solo porque en el cielo no existían ese tipo de cosas. Aunque él conocía bastantes cosas. Pero todo era tan desconcertante. Quería hacerle un millón de preguntas, pero no sentía el valor suficiente como para bombardearlo de esa manera.
Bajó su mirada a sus manos que descansaban en su regazo jugueteando distraídamente con sus dedos. ¿Cómo debería empezar? ¿Cómo lo tomaría él? ¿Se enfadaría? ¿Y si le parecía mal que ella preguntara tanto? ¡Pero es que sentía tanta curiosidad por saber de él que no se podía controlar! Conocer a una persona que vivió hace quinientos años atrás, que había vivido la historia de Japón, ¡Era como conocer a una estrella de cine!
Se mordió el labio, dudosa ¿qué debería hacer?
─¿Quieres preguntar de una maldita vez? ─la regañó. Kagome le devolvió una mirada desconcertada y él entrecerró sus ojos, molesto─. ¡Es obvio que te mueres por preguntar! ¡Hazlo de una buena vez! Y terminemos con esto.
Ella volvió a dudar un segundo debatiéndose en su interior que debería preguntar primero.
─Bueno, solo quería saber cómo era el pasado. ─¡Noo, esa pregunta era muy general! ¡Tonta, tonta!
─En la Era Sengoku no existían ninguna de todas las cosas que puedes observar en este lugar. No existían esas carrosas con ruedas ─señalo a un par de autos que se encontraban estacionados enfrente de la plaza─, ni tampoco cajas mágicas que dieran bebidas. Todo era muy diferente.
─¿Y los monstruos de verdad existían?
Él la fulmino con la mirada mientras que la joven le parpadeaba sin comprender.
─¿Es que acaso, no me ves?
─¡Oh, es verdad!
─¡Feh!
Se tomo un momento para pensar bien esta vez la pregunta que le haría.
─¿Y cómo eran?
Inuyasha lo consideró un momento.
─Existían de todo tipo. Los horrendos de más de 3 brazos, los pequeños que eran Kitsunes (esos eran terriblemente molestos), habían algunos que tenían más de 2 ojos, otros (los enormes) tenían caparazones y eran difíciles de derrotar, median como quince o veinte metros de alto. ─Guardo silencio meditando sus propias palabras un momento, cuando visiones de peleas pasadas inundaron su mente.
─¿Y tú en qué categoría de monstruo te encontrabas? ─hablo sacándolo abruptamente de sus cavilaciones.
Su pregunta despertó un doloroso recuerdo que lo perturbo brevemente haciéndolo fruncir su ceño. Apresar de los casi quinientos años transcurridos, aun no lograba olvidar esos sentimientos de rechazo y soledad que embargaban su corazón.
─Yo no pertenecía a ninguna categoría ─sentenció con la voz ronca, cargada de congoja─. Me rechazaban por ser un Hanyou. Y muchas veces debía ocultarme o escapar, porque era muy débil para enfrentarme a un monstruo que deseaba destruirme solo por diversión.
Kagome sintió una punzada en su corazón al escucharlo. No podía creer que él tuviera que pasar por aquello, solo por ser diferente. Ni si quiera podía hacerse una idea de cuánto dolor tuvo que pasar para hasta poder defenderse. ¿Es que acaso nadie se apiadaba de él? ¿No tuvo una madre o un padre que lo pudieran ayudar? ¿Así de solo se encontraba en ese momento que no existía un lugar a donde poder ir?
─¿Pero nadie se preocupaba por ti? ─inquirió afligida al imaginárselo escapando de los peligros.
─No ─mascullo adusto─. Cuando nací, mi padre murió quitándome la dicha de conocerlo. ¡Jah! ─ironizo─. Tuve un medio hermano que jamás consideré como uno. ─notó que la muchacha fruncía su ceño desconcertada y agrego dejando sus ojos en blanco, creyendo que era lo obvio─. Intento matarme varias veces.
─¡Oh!
Luego de un breve momento, recordó a la única persona que había considerado su familia.
─Mi madre… ─se interrumpió abruptamente cuando la imagen de su progenitora surco como un rayo su mente, obligándolo a tensar intensamente su mandíbula, conteniendo la pena que se intensifico en su interior, para que no se notara al hablar─… mi madre, también murió, por una enfermedad cuando era apenas un niño.
Se llevó una mano a su boca cuando su corazón dio un vuelco que casi la hizo jadear al escuchar su complicado pasado.
─Debía hacerme fuerte, para defenderme cuando alguien quisiera atacarme… ─cerró su mano en un puño, ejerciendo tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos y las venas se hincharon por la presión─. Es por eso que…
Calló abruptamente al sentir su pequeña mano sobre la de él. Ejerciendo un poco de presión en ese minúsculo, pero incondicional gesto. Sabía lo que estaba intentando transmitirle en ese dulce gesto.
Embelesado por la desinteresada y sincera preocupación de la chica, volteo su mano hacia arriba entrelazando sus dedos. Notando los finos que eran los de ella; su delicada piel y lo pequeña que se veía a comparación de la suya.
Acarició, distraídamente con su dedo pulgar el revés de su mano y alzo su mirada a esos enormes ojos marrones en los que sin querer, sucumbió.
─Nunca más, te sentirás solo otra vez ─le aseguró solemne, acercándose a su lado para recostar su cabeza en el hombro del chico. Deseando poder transmitirle la veracidad de sus sentimientos─. Yo… quiero permanecer a tu lado, Inuyasha.
Abrió desmedidamente sus ojos al escuchar sus fervientes palabras, advirtiendo como su corazón iniciaba un desenfrenado palpitar, llevándolo hasta el punto de dolerle. ¿Qué era lo que le sucedía? ¿Por qué de repente sentía una felicidad y adrenalina tan inmensa correr por su sangre? Dándole la confianza de que podría mover una montaña si quisiera. Era tan extraño, pero tan familiar a la vez. Era como si una parte de él que creía muerta hubiera…
… despertado.
Todas las barreras que alguna vez creó para que nadie lo volviera a lastimar endureciendo su corazón, se derrumbaron en un abrir y cerrar de ojos sin que él pudiera hacer algo por evitarlo, desconcertándolo a tal punto que se sentía perdido. Todo ese odio, rencor, ira, resentimiento con el que alguna vez creyó que era lo mejor para vivir, desapareció.
Ella lo borro todo.
Kagome sin que lo supiera, lentamente, estaba sanando su corazón.
Y como si con eso alguien le diera la razón, unos suaves destellos de luz comenzaron a dar su aparición de entre el horizonte, iluminándolo todo a su alrededor. Borrando toda la oscuridad que en algún momento se hizo presente en el lugar. De la misma manera que el amor de Kagome, borraba cualquier atisbo de dolor que alguna vez se encontró en él. Ella era como los rayos del sol, ella transmita esperanza. Con ella cerca, sabía que no podía perderse, sabía que jamás lo lastimaría.
Cerró sus ojos cuando los cálidos rayos del sol acariciaron su piel. Toda la desconfianza que momentos atrás lo invadió, había desaparecido al ver el amanecer. ¿Por qué no confiar en Kagome? Jamás le dio motivos para dudar de ella. Y algo dentro de él le decía que a su lado al fin podría ser aceptado.
Inclinó su cabeza a un lado apoyándose en la coronilla de la muchacha. Notando la pausada respiración de esta última. Se había dormido. Sonrió de medio lado, suspirando, sintiéndose al fin tranquilo del revuelo de sentimientos y desconfianza que lo perturbo momentos atrás. Aunque sabía que estaba mal disfrutar de estar de esa manera con ella, por la situación del abuelo, no podía evitarlo. No podía dejar de desear estar así con Kagome por un rato más. No ahora qué finalmente comprendía sus sentimientos hacia ella.
Y sin que ambos se percataran, unos cuantos rayos de luz se escaparon de entre el bolso de la muchacha.
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Forzosos jadeos se escuchaban por el lugar, siendo acompañados por fuertes y veloces pisadas. Mientras que cabellos plateados se remolinaban por la velocidad del viento tras la espalda de un muchacho que corría con todo lo que podía dar por el frondoso camino, esquivando ramas y troncos que se le cruzaban por su camino.
Estaba tan ansioso por llegar, que ni siquiera le prestó atención a la quemazón que subía por sus piernas del esfuerzo ejercido. ¡No podía esperar por llegar! Aumento su velocidad dando un gran salto de esos que solo los de su especie lograban dar, tan alto que sobrepasaba las copas de los árboles, soltando un grito lleno de euforia.
Hoy era el día acordado, hoy al fin la se verían y hoy su vida cambiaria para siempre.
Una enorme sonrisa apareció en sus labios iluminando su rostro, mostrándolo tan jovial que sin duda segaría a cualquier persona que lo viera. Rió con entusiasmo, cuando advirtió los desenfrenados latidos de su corazón retumbar dentro de él. ¿Cuándo podía faltar para llegar? Giró su cabeza por sobre su hombro notando a lo lejos el típico rio de la aldea. Bien, faltaba poco, solo un poco más y llegaría.
Aún tenía dando vueltas la simple charla que tuvo con la muchacha hace solo dos días atrás.
─Oye ─dijo el muchacho tratando de llamar la atención de la chica que se encontraba sentada a su lado admirando el atardecer que se presentaba frente a ellos, con su típico rostro inmutable.
Ella torno volteó hacia él, para esbozar una simple sonrisa, que acelero el corazón del chico desenfrenadamente.
─¿Sí?
─Huh ─él bajo su mirada, dejando de sentir la seguridad que antes lo embargaba para decir lo que había pensado hace ya un tiempo.
─¿Qué sucede? ─inquirió la joven un poco preocupada cuando noto que él no dejaba de arrancar distraídamente trozos de césped y tirarlos tras su espalda. Su expresión se volvió seria, temiendo que algo estuviera mal─. Dime ─demando con su típica delicadeza.
─Eh… oh, bueno… ─balbuceó rascándose el cuello distraídamente. ¡Demonios! ¡Se estaba comportando como un imbécil! ¿Pero qué demonios le estaba pasando? Él jamás dudaba al hablar y de repente le costaba decir lo que pensaba. Parecía retardado.
Volvió su ceñuda mirada a ella nuevamente decidido a decirle lo que estaba pensando y cuando vio la preocupación en el rostro de la chica todas sus fuerzas flaquearon… de nuevo. ¿Qué era lo que estaba haciendo perdiendo el tiempo de esa manera? Lo había decidido, era el momento, después de nunca haber confiado en alguien, después de haber vivido tanto tiempo solo en ese mundo, al fin podía sentir el deseo de querer estar cerca de una persona. No, no de cualquier persona sino de ella.
─Kikyou.
Ella lo observo atenta.
─Hace tiempo que lo he pensado y al fin tome una decisión ─se acomodo para estar frente a la joven, poniéndose de pie, dejando su mirada fija en la muchacha que lo contemplaba en silenciosa curiosidad. Apretó sus puños con fuerza, dándose valor, para que de esa manera poder quitar todas las inseguridades que lo carcomían por dentro─. Kikyou, ¿puedo usar la perla para convertirme en un humano?
Por un efímero instante pudo ver como los ojos de Kikyou se abrieron levemente sorprendidos para luego volver a su habitual tranquilidad y esa leve sombra de tristeza que los opacaba.
─¿Eso es lo que quieres? ─preguntó mientras se incorporaba del suelo levantando su arco y carcaj de flechas para estar a la altura del muchacho posando su seria mirada hacia él─. ¿Estás seguro?
─Sí ─asintió sin dudarlo un segundo, dando un paso hacia ella para acortar la distancia.
Le sonrió suavemente.
─Sí, puede usarse para ese fin ─afirmó, dejando su mirada vagar un momento por el atardecer rosa─. Si tus sentimientos son puros la perla cumplirá tu deseo y desaparecerá, al fin de este mundo ─calló abruptamente cavilando en sus palabras, para luego observarlo a los ojos fijamente─. Pero si llegaras a dudar o tuvieras oscuridad en tu corazón, la perla se volvería en tu contra y te convertiría en un monstruo que estaría cegado por el anhelo de matar. Jamás te permitiría ser quien alguna vez fuiste. ─Sentencio.
Ninguno de los dos dejo de sostener la mirada del otro, completamente absortos en su acompañante. Mientras que el tiempo transcurría levemente y el sol se ocultaba cada vez más detrás del horizonte, nadie movió ni centímetro de su cuerpo.
─Aún sabiendo lo que puede llegar a suceder; ¿estás dispuesto a arriesgarte, Inuyasha? ─le pregunto una vez más, dando un paso hacia él.
─Sí ─exclamó ronco, por el peso de su sinceridad, dando el último paso para estar completamente cerca el uno del otro.
─Nos veremos aquí, en dos días ─acordó la muchacha, posando sus manos en el pecho del chico─ traeré la perla ¿me esperaras?
─Lo hare ─musitó el Hanyou envolviéndola en sus brazos tiernamente, aspirando el dulce aroma que lo transportaba a un lugar en donde podía sentirse completamente rodeado de paz.
Saltó lo más alto que pudo deseando en esos momentos poder volar en vez de correr, así llegaría más rápido al lugar acordado con Kikyou. Pero se maldijo internamente por no poder hacer más que eso y tener que conformarse.
No cabía duda, estaba completamente resuelto a convertirse en humano, para poder vivir a su lado. Sus sentimientos no podrían ser más puros que los de ese momento. Al conocerla supo que la sacerdotisa de triste mirada era igual a él, jamás pudo sentirse más comprendido. Ambos estaban solos en ese mundo, ambos sufrían porque no ser completamente normales: ella por su lado, no le estaba permitido ser una mujer con dudas o sentimientos, ya que a su cargo estaba una perla que se alimentaba de sus emociones y él, un simple hanyou que jamás sería aceptado ni por los humanos ni por los monstruos, porque no era ni una cosa ni la otra. Siempre solos. No les estaba permitido ser completos.
Hasta que se conocieron.
En ese momento ambos sintieron que en el otro había algo que los completaba o que simplemente podía hacerlos sentirse comprendidos. Algo que sin saberlo, buscaban desde hace mucho tiempo.
Un intenso olor a humo lo saco de sus profundas meditaciones haciéndolo detenerse de súbito de su enfurecida carrera, tropezándose varias veces hasta que llego a un alto. Giró su rostro repentinamente por donde el aroma a quemado provenía, abriendo sus ojos desmesuradamente cuando supo del lugar que nacía.
La aldea de Kikyou.
─¡Mierda!
Se lanzó sin pensárselo dos veces cambiando la ruta de su desenfrenada carrera. Algo andaba mal, lo presentía. Seguramente otro demonio deseaba obtener la perla y comenzó un incendio o una batalla con la gente del lugar. No estaba seguro de nada, pero lo único que lo hacía preocuparse hasta la medula era saber que Kikyou se encontraba en ese lugar y que corría peligro.
¿Por qué ahora? ¿Por qué justo en ese momento que estaban a punto de cambiar sus vidas para siempre? ¿Quizás sería una señal de lo que estaban por hacer era malo? No, eso era imposible. Por primera vez en toda su vida, sabía lo que quería y estaba cegado en que eso era lo correcto. Y no se arrepentiría de su decisión. Quería permanecer para siempre al lado de la mujer que se enamoro.
Con una velocidad que casi podía igualar a la de un rayo, traspaso todo el bosque en un abrir y cerrar de ojos llegando a su destino, bañado en sudor. Su brusca respiración era lo único que podían captar sus sensibles orejas perrunas, mientras que sus ojos se movían inquietos por toda la aldea que se encontraba en llamas. Gritos de mujeres, hombres, y llantos de niños se oían a lo lejos, pero los ignoro a todos. Por más egoísta que sonara en un momento así, lo único que quería encontrar era el rostro de la sacerdotisa que lo tenía completamente preocupado ¿Dónde demonios se encontraba?
Se adentro en el caos, esquivando uno que otro caballo que trotaba despavorido por todas las llamas que crecían al devorar las chozas de los aldeanos. Con la manga de su Haori, cubrió su rostro y comenzó a rodear el lugar buscándola desesperadamente, temeroso de que algo malo le hubiera sucedido. Era una mujer fuerte, lo sabía, pero no dejaba de ser una humana.
─¡Kikyou! ─llamó, dando un gran salto tratando desde esa altura poder ver algo.
Pero no había rastro de ella.
─¡Kikyou! ¡¿Puedes oírme!? ─volvió a llamar.
No se veía a la sacerdotisa ni mucho menos al demonio culpable de todo aquello. ¿¡Qué diablos sucedió en ese lugar?!
Y repentinamente como si respondieran a su pregunta, un destello rosáceo surco el cielo ennegrecido por todo el humo del fuego, purificándolo por un momento.
Una flecha.
─Ahí estas. ─Sonrió de lado, comenzado nuevamente una carrera en dirección de donde salió esa luz.
Le tomo menos de tres minutos cruzar toda la aldea para llegar a su destino. Esperanzado por verla allí, la sonrisa que traía en el rostro se borro tan rápido como apareció, cuando sus ojos encontraron lo que menos esperaba ver en ese momento.
Kikyou se encontraba recostada contra el tronco de un árbol con una horrible y gigantesca herida en el hombro izquierdo surcando todo su torso, bañando de sangre su kosode blanco. La carne de la herida sobre salía de la tajeada tela pudiendo de esa manera ver claramente lo dolorosa que podía llegar a ser, mientras que sonoros e irregulares jadeos escapaban de sus labios.
Sin dudarlo un segundo, se precipito a su lado pasando de la manera más delicadamente posible uno de sus brazos por la espalda de ella queriendo acercarla a él, sintiendo como un enorme nudo se acumulada en su garganta y la desesperación y desconsuelo crecían a pasos agigantados dentro de él ¿Qué es lo que podía llegar a hacer en un momento como ese? ¡Maldita sea! ¡¿Cómo podría salvarla?! Oculto su mirada detrás de su flequillo, cuando su rostro comenzó a desfigurarse lentamente por el llanto que lo estaba invadiendo, haciéndolo mostrar sus enormes colmillos blancos.
Golpeó con todas sus fuerzas su puño en el suelo, haciendo rebotar las piedritas que se encontraba esparcidas. Queriendo de esa manera poder sacar un poco de toda la impotencia que lo estaba invadiendo en ese momento. ¿Por qué no pudo llegar antes? ¿Por qué no lo espero para poder enfrentarse a lo que sea que ataco la aldea? ¿¡Por qué no lo pudo notar a tiempo?! ¡Ella lo necesitaba y él no fue capaz de llegar!
Sentía tanta culpa e impotencia dentro de él, que podía sentir como su corazón dolía cada vez que palpitaba y una angustia tan grande que le era difícil asimilar. Todas las sensaciones que lo invadían en ese momento, lo perturbaban inimaginablemente. Y sus pensamientos no dejaban de carcomerlo, pensando en todas las posibilidades que tuvo para salvarla y no las vio. Pero nada de eso servía ahora. Kikyou estaba muriendo y él no podría salvarla, no había solución a su alcance que pueda ayudarla, no había manera, no había cura ¡No existía nada, maldita sea!
Pesadas y calientes lágrimas rodaron por sus mejillas cuando alzó su mirada al cielo. Rogando porque alguien pudiera ayudarlo, porque existiera algo para salvarla, porque pudiera hacer algo… deseaba… deseaba…
La perla.
─Inu… ─jadeó la mujer.
El Hanyou bajo su mirada de súbito al rostro masacrado por el esfuerzo de aguantar el insufrible dolor de la sacerdotisa que lentamente alzo una mano para tocar la húmeda mejilla de él, haciéndolo olvidar su último pensamiento cuando escucho el inicio de su nombre. Pero ni siquiera alcanzo a rosar sus dedos en su piel ya que él intenso dolor de su hombro izquierdo le negó poder estirar más su brazo. Siseó desfigurando su rostro ante la intensa lastimadura.
─¡No te esfuerces! ─le regaño con la voz trémula del llanto que se acumulaba en su garganta, convirtiendo su propio rostro en completa agonía por tener a la única mujer que llego a amar con todo su corazón muriendo en sus brazos.
─No llores ─susurró la mujer, tratando de sonreírle─. Tienes que ser fuerte ─jadeó sintiendo que ya le quedaba poco tiempo─, y perdonarme.
─¿Qué? ─la contemplo anonadado sin comprender a que se refería con esas palabras─. ¿De qué…?
Y todo lo que pensaba decir murió en sus labios ante una gélida punzada que traspaso su omoplato derecho logrando que su corazón comenzara a latir cada vez más lento al haber tocado una parte vital de ese órgano, llevándose su vida sin que pudiera notarlo antes.
Bajó su petrificada mirada hacia los anegados ojos de la mujer que tenía entre sus brazos, al mismo tiempo que pudo identificar la punta de una de las flechas de ella saliendo de su pecho completamente bañado en sangre. Para después tornar su mirada en los ojos marrones que reflejaban su propio rostro. Sin poder creer que lo que estaba sucediendo era verdad.
─¿Por qué tu…? ─susurró agónico.
─Perdóname ─rogo la mujer, al mismo tiempo que millones de lágrimas caían de sus ojos─ tengo que salvar a los aldeanos ─tomó aire entre irregulares jadeos─ y-y para eso necesito, yo necesito…
Unos sonoros aplausos se dejaron oír en el lugar, haciendo voltear lentamente a la agónica pareja bañada en sangre.
Inuyasha frunció su ceño, soltando un gruñido gutural cargado de ira cuando pudo atisbar un cuerpo enfrente a ellos. La luz solar, no dejaba ver quién era, solo enmarcaba y oscurecía su frente, dejando ver la silueta de un hombre, no, un demonio de largos cabellos ondeados. Instintivamente y con casi las nulas fuerzas que aún le quedaban aferro a Kikyou a su lado, notando cómo lentamente todo giraba a su alrededor borroso, cambiando lentamente a un color completamente negro.
─Oh, antes de que mueras ─habló el demonio con una suave y socarrona voz─ déjame decirte que todo fue un vil engaño y como el estúpido hanyou que eres caíste ─Sonrió ampliamente cuando los ojos de la sacerdotisa lo contemplaron como si hubiera visto un fantasma─. Muere, como el solitario perro que alguna vez fuiste.
─Tú ─masculló Inuyasha, sintiendo como sus parpados se cerraban, involuntariamente de él. Se sentía tan cansado.
Lo último que pudo escuchar, fue una irritable risa que lentamente se iba alejando.
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Jadeó, despertando tan bruscamente que se ahogo con su propia saliva. Tosió estruendosamente en la pequeña sala del hospital en donde se encontraba, aferrando una mano a su pecho inclinándose hacia delante. No sin antes contemplar el lugar, terriblemente desorientado, aún luchando por respirar.
¿En dónde demonios estaba?
─¡Shhhh! ─siseó una mujer toscamente, frunciéndole el ceño a más no poder, vestida con una extraña vestimenta blanca─. ¡Es un hospital jovencito, guarde silencio o lo hare echar!
Inuyasha parpadeó completamente confundido mirando detenidamente a la mujer procesando sus palabras. ¿Hospital? ¿Qué era un…? ¡Oh, era cierto! Él estaba ahí porque el abuelo de Kagome se encontraba enfermo y ellos fueron a verlo. Luego salieron a tomar aire para así ella lograra relajarse un poco. Después regresaron; quedándose él esperando que su protegida regresara de ver al anciano en esa silenciosa sala que lo hizo dormirse sin haberlo notado…
Eso quería decir que todo lo demás fue un completo sueño. Recostó su espalda en el respaldo de la silla dejando sus codos en las reposeras del asiento contemplando un punto fijo del suelo meditando todo lo que había soñado momentos atrás. Inmensamente petrificado.
Un simple sueño…
Un jodido y puto sueño. Tomo su frente con una de las manos tirando su cabeza hacia atrás, completamente confundido. Sentía todo tan extraño. Parecía como si en realidad hubiera viajado al pasado y revivido todo, una vez más. Se sentía tan desconcertado.
─¡Ah! ¡Maldición! ─gruñó tomando su cabeza entre sus manos, golpeando con las suelas de sus zapatillas el piso repetidas veces queriendo arrancarse todos esos malditos recuerdos de su mente de una vez por todas. ¡Estaba arto de todo aquello! ¡Quería olvidar todo y…!
Una dolorosa punzada golpeo su nuca, haciendo que cayera de cara al suelo golpeando su nariz.
─¡Quieres cerrar la maldita boca! ─regañó un muchacho de piel morena─ ¡o es que acaso no entiendes que te encuentras en un hospital!
─¡¿Qué?! ─se levanto el medio demonio, limpiando con la manga de su abrigo un hilito de sangre que salió de su nariz al encontrarse con el suelo de lleno─ ¡quién te crees para golpearme, lobo sarnoso!
Kouga lo contemplo seriamente, dejando todas las replicas de Inuyasha morir antes de poder decirlas. ¿Qué demonios le pasa a ese lobo llorón para verlo de esa manera?
─Tenemos que hablar ─sentenció.
Continuará…
N/A: ¡Tan-tan-taaaaan¡ (música de misterio). Me quedo un poquito largo este capítulo, pero no pudo evitarlo xD Al fin, se aclararon unas cuantas dudas y se crearon otras. Pero en fin, todo se resolverá a su tiempo :)
¡Ah! ¡Y otra vez tengo internet! ¡Bien por mí! :D
¡Muchas gracias a «haru10» por su review! :') Siempre me dejas tu lindo comentario y eso me anima a seguir con este fanfic. ¡Lo aprecio mucho, gracias!
Y si llegaste a leer hasta este punto (sí, vos, que estas sentando enfrente de tu PC/notebook/netbook/tablet/celular del otro lado) y te gusto esta historia, no tengas miedo a dejarme tu opinión. Me ayudarías mucho, diciéndome si te gusto o no, o si es entretenida al menos. ¡Ayúdame a terminar este fanfic dejando tu review! :)
¡Ojala todos tengan una linda semana! Próximo capítulo: "Adiós"
Dulce!
