¡Hola! ¡Ya soy libre como el sol cuando amanece y como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar y...! Tengo que dejar de escuchar y cantar a Nino Bravo. No me hace bien a la cabeza x'D
Aquí traigo el segundo capítulo, pero tengo que aclarar unas cuantas cosas. Y todo porque el primer capítulo ha traído cierta... polémica.
Parece ser que hay ya un fic en fanfiction basado en "Warm bodies", lo escribe "hoshiko2kokoro" y se llama "A is for". Bien, pues la polémica ha saltado porque le han mandado mensajes a la autora diciendo que yo estaba escribiendo una historia y que se parecía mucho a la suya. Y ella, que es un amor de persona, me ha escrito para ponerme sobre aviso y para decirme que si alguien me decía algo, que no me preocupara porque nuestras historias son distintas y que estaba enterada del asunto. Quiero decir que me parece un detallazo por su parte el que se tomara la molestia de avisarme y con tanta educación (puesto que hay gente algo maleducada que te insulta a la primera de cambio) y también aclarar que, si alguien encuentra similitud entre nuestras historias o me acusa de plagio, es porque ambas se han basado tanto en la película como en el libro de Isaac Marion. Obviamente, va a haber cosas en las que se parecen (dejando de lado la pareja, que es la misma). Y, señores, no podríais tampoco acusarme de palgio como tal porque, por esa misma razón, todas las historias que se basan, por poner un ejemplo, en "Romeo y Julieta" de Shakespeare, serían un plagio de esta obra. ¡Inclusive la historia del mismo Shakespeare sería un plagio de la novela ligera de Arthur Booke que plagió a su vez la historia "Los amantes de Verona" del italiano Marco Bandello. (Sí, es un ejemplo que me caló muy hondo durante una clase de Literatura en Bachillerato x'D)
Con esto no quiero decir que el plagio sea bueno. ¡Por supuesto que no y me opongo a ello! Pero tampoco lo es dar resoluciones anticipadas de una historia solo porque pueda parecer parecida (valga la redundancia) a otra. Ya he explicado antes el por qué. En fin, que esta historia la he escrito yo sola, basándome tanto en el libro como en la película de nombre homónimo y que no tenía conocimiento de la existencia de otro fic con la misma temática (de hecho, creo que ni siquiera habría escrito esta historia de no ser por el concurso, que fue una especie de "sorteo"). Eso es lo que quería aclarar.
Quiero dar las gracias a todos los reviews recibidos, a las personas que lo han puesto en favoritos y/o alertas (MyobixHitachiin, isa-kagamine, Wien, london bridge is fallind down, guest, mi ossom nombre, Fran-Shi, Helado de tomate, Ivychankasumi, Naruki Sakurazuka, Ariz Archy, Mapple Syrup, Mariasa y mery38alice -espero no haberme dejado a nadie). De verdad, mil gracias ;). ). ¡No os podéis imaginar los ánimos que me han dado para mis últimos exámenes! ¡Mil gracias! Contesto los reviews que no tienen cuenta y deciros que el siguiente capítulo lo subiré el domingo, lo más probablemente o cuando me digáis, yo cumplo órdenes.
Guest: When i saw your review for the first time, i didn't understand it. But, then, i search the title and i was like "Ok... Someone sent me the link to another story for some reason i don't understand". And then, I think about that you were, maybe, warning me somehow. So, thanks to your review and I have already talk with the author of "A is for" so... That's it all.
Mi ossom nombre: Bueno, yo no había visto la película y, tras verla, no puedo decir que la odie pero tampoco que la ame. Es simplemente entretenida, a mi parecer. Pero gracias por compartir conmigo tú opinión sobre la película. Está bien conocer otros puntos de vista x'D
Disclaimer: ni "Warm bodies", ni "Frank Sinatra", ni "Roy Orbison", ni "The Beatles", ni "Hetalia" y sus personajes ( y mucho menos los objetos o "cosas" que pueda mencionar aquí y que estén registradas me pertenecen y esto solo lo hago por amor al arte (?) y porque estoy enferma y no puedo desengancharme de esos dos)
P.D: De nuevo, siento haberos dado tanto la charla y siento haber sonado borde, leerlo por favor con cierto tono humorístico (que yo no suelo enfadarme nunca ;D). Un besito muy grande ;D Dejadme vuestra opinión abajo para mejorar en futuras ocasiones.
Capítulo 2
Decidí ir a visitar a G. Estaba en su casa, la cual tenía en el cuarto de baño de mujeres, sentado frente a un televisor. Estaba visualizando una película X para adultos, aunque no produjera ningún efecto en él. Ya había visto a G con alguna de sus "novias", permanecían desnudos mirándose el uno al otro y, en ocasiones, se frotaban entre ellos cansadamente. Pero no sucedía nada más. Me siento a su lado y le miro. Al cabo de unos minutos jugamos con un cerebro premio de nuestra cacería de hoy. Le damos pequeños mordiscos y disfrutamos de breves visiones de experiencia humana.
—Buena… mierda —resuella G.
El cerebro contiene la vida de un joven de ojos verdes y mirada somnolienta que, pese a estar viviendo en aquel mundo apocalíptico, se deja llevar por los placeres de la vida. Estaba enamorado de una joven castaña y de ojos verdes, se llevaba bien con el rubio del que me había comido el cerebro y echaban de menos a otros jóvenes. Diversos rostros aparecían por sus mentes. No me está gustando meterme dentro de aquellos pensamientos. Ya he tenido suficiente con el rubio de hoy. G parece disfrutarlo, se está riendo. Cuando se despierte, todo desaparecerá y él estará vacío de nuevo. Estará muerto.
Tras una hora o dos, nos queda una reducida porción que G acaba por metérsela en la boca. Él está feliz, pero yo no estoy satisfecho. Saco furtivamente de mi bolsillo un trozo del tamaño de un puño que me he estado guardando. Este trozo es diferente, es especial. Le doy un mordisco y mastico.
Vuelvo a ser Francis Bonnefoy, un chico de dieciséis años que mira a su novio mientras lee un libro. La cubierta es de cuero negro desgastado, el interior es un laberinto de letras. Una música suena por toda la estancia y me suena muchísimo. Tal vez lo he escuchado antes. Estoy sentado en el sofá con Arthur acurrucado en mi regazo, leyendo ávidamente. Asomo mi cabeza sobre su hombro, tratando de echar un vistazo.
—No —dice, y vuelve su atención a su lectura.
—¿Sobre qué es el libro? —pregunto aspirando el aroma de su cabello.
—Shakespeare —me muestra la portada rápidamente.
—¿Teatro o poesía?
—Ambos, frog —murmura.
Le envuelvo con mis brazos y entierro mi rostro en su pelo y beso su nuca. Salgo de la visión y veo que G me está mirando.
—¿Tú… tienes más? —gruñe. Extiende su mano para que se lo pase, pero no lo hago. Le doy otro mordisco y cierro los ojos. Los recuerdos vuelven a acosarme.
—Francis —dice Arthur.
—Sí.
Estamos en nuestro lugar secreto en el tejado del Estadio, el campo de baseball de algún equipo local de los Estados Unidos, donde estamos ahora tras la evacuación. Estamos tumbados sobre nuestras espaldas, en una manta roja sobre los paneles blancos de acero.
—Extraño los aviones —dice y asiento.
—Yo también.
—Pero no volar en ellos. Nunca llegué a hacerlo. Sin embargo, solo extraño los aviones. Extraño el tronar sordo de sus motores, las líneas blancas que recorrían el cielo azul, el modo en que se deslizaban por el cielo… Me recuerda a épocas más felices. Como cuando mis padres estaban vivos.
No puedo evitar sonreír, pero vuelvo al mundo real, a ser simplemente A. G sigue mirándome e intenta agarrar el pedazo de cerebro que tengo en mi mano. Me alejo y gruño, advirtiéndole. Antes prefiero morirme que dejarle hurgar en esos recuerdos. Frunce el ceño y se levanta, encerrándose en una cabina del baño. Le escucho antes de marcharme pronunciar unas pocas palabras.
—Nada… asombroso.
Me alejo del cuarto de baño y me deslizo por la puerta del 704, mi hogar, y me quedo quieto en silencio, dejando que la poca luz que entra me envuelva como si fuera un halo celestial. Arthur está allí, en el mismo sitio de antes, recostado en un asiento inclinado, roncando suavemente. Comienzo a caminar para sentarme en otro asiento y quedarme allí, quieto, observándole dormir. Parece un ángel. Pero tropiezo y golpeo sin querer un lado del fuselaje, haciendo que se incorpore rápidamente, completamente despierto. Me mira con cautela, pero ya no hay miedo en sus ojos, aunque los míos estén ardiendo. ¿Qué me está pasando? No debería de sentir eso. Me acerco con lentitud hacia él sin que me quite un solo ojo de encima y se aparta un poco cuando rebusco en la pequeña mochila que llevaba él a cuestas. Encuentro su billetera y saco una foto. La fotografía del rubio con barba. La sostengo frente a su rostro, intentando posársela a la altura de sus ojos.
—Lo… siento… —digo con voz ronca, pero solo me mira, con el rostro endurecido como una roca. Quiero decirle que fui yo, y se lo intento hacer saber con señas. Me señalo la boca, aprieto mi estómago, apunto a su boca y toco su estómago, después, señalo a la ventana, hacia el cielo oscuro despejado de estrellas, como un enorme agujero que parecía querer devorarnos de un solo mordisco. Aprieto la mandíbula. Es la excusa más débil por asesinato que podía dar, pero es todo lo que tengo. Hay veces en las que no soy dueño de mis actos. El labio de Arthur está tenso, y sus ojos, sus bonitos ojos verdes están rojos y húmedos.
—¿Cuál de ustedes lo hizo? —pregunta. Su voz es un hilo que está a punto de quebrarse—. ¿Fue el grande? ¿El maldito psicópata que casi me coge? —pregunta.
Suspiro, mientras le miro por un momento sin comprender del todo sus preguntas. Y luego lo acabo entendiendo y abro los ojos. No sabe que fui yo. No ha entendido nada de lo que le he intentado hacer saber. La habitación estaba a oscuras y no debió de ver mi rostro. ¿Debería alegrarme por eso? Sus ojos, penetrantes, me acribillan, con algo que distingo como curiosidad. ¿De verdad piensa que soy una criatura digna de recibir su atención? No lo soy, pero me gusta que me mire. Me siento… Me siento… Como si estuviera vivo de nuevo. ¿Estúpido? Sí, como todo lo que pienso. Si supiera que fui yo quién mató a su amante, le arranqué la vida, la consumí y digerí su alma… Si supiera que guardo en mis pantalones un trozo de su cerebro, el cual quema cual carbón incandescente por la culpa… Suspiro y me alejo algo de él. No acabo de comprender esa misericordia que tiene hacia mí.
—¿Por qué yo? —exige mientras una lágrima cae por su mejilla. Trago saliva, o al menos hago los mismos movimientos y hago la intentona de quitarle dicha gota.
—Estás… llorando… —gruño.
Me aparta la mano con un manotazo furioso y me mira, poniéndose de cuclillas sobre el asiento, apuntándome con el cuchillo, el cual ha vuelto a sacar.
—No… estoy… llorando… —muerde entre dientes las palabras, con rabia y furia. Su rostro está sonrojado pero supongo que es porque está enfadado y sus ojos se han vuelto más vidriosos. Quiero abrazarle—. Bloody hell… ¿Por qué me salvaste a mí? —pregunta nuevamente poniendo especial énfasis en el pronombre. Me observa durante unos segundos. Sus iris se mueven, tiemblan, hasta que quedan ocultos tras sus párpados, me da la espalda y se acurruca en la silla, abrazándose por los hombros—. De todos nosotros… de todos los que éramos… —murmura mirando por la ventana—. ¿Por qué yo?
Me sorprendo. No puedo evitarlo. ¿Así que esas eran sus primeras preguntas? De normal, las primeras preguntas de alguien que está en esa situación, en la que no sabe muy bien que va a suceder, son sobre su propio bienestar, el misterio del porqué conozco su nombre o la perspectiva de lo que podían ser mis planes para él; como tenerle para el primer plato del desayuno. Pero no. Sus primeras preguntas son por otros. Por sus amigos, por su amante, como si se preguntara por qué él no pudo tomar su lugar. Me siento como una mierda. Tal vez lo sea. No, seguro que lo soy. No hay tiempo para vacilaciones y dudas. Soy lo peor, el fondo del universo, el escalafón más bajo de la basura del fondo del universo. Dejo la fotografía en el asiento y miro al suelo. No tengo ganas de quedarme allí encerrado.
—Lo… siento —digo de nuevo, sacando una manta de uno de los compartimentos superiores y abriéndola. La pongo sobre su cuerpo y me alejo. Es lo mejor. Desaparezco de nuevo del avión.
Me encierro en el aparcamiento, dentro de un deportivo rojo descapotado y me llevo nuevamente un trozo de cerebro a los labios. Cierro los ojos y me vuelvo a ver dentro del cuerpo del rubio de la barba.
—Arthur —llama.
—¿Qué?
—Ven aquí —dice tendiéndole una mano—. Mira esto.
El sonido se cuela entre los cristales del pequeño laboratorio en el que estamos metidos, recogiendo medicinas. Arthur se acerca hasta el borde de la ventana conmigo y mira hacia abajo. Abre los ojos y la boca, asombrado.
—¿Q-qué está haciendo? —pregunta
Me encojo de hombros.
—No lo sé.
Estamos en pleno invierno y la nieve ha caído sobre toda la ciudad. El suelo está cubierto por ese fino manto blanco pero que queda tan lejano desde donde estamos, que parece polvo. Allí, en medio de esa imagen desoladora, hay un zombi que camina completamente solo, haciendo círculos sobre sí mismo, andando y desandando todos los pasos que ha dado. Choca contra un coche, se tambalea y retrocede lentamente hasta darse contra la pared de un edificio en ruinas. Gira y arrastra los pies hacia otra dirección. Pero no hace ningún ruido. No gruñe, ni gime, ni habla… Y tampoco parece estar buscando comida. Arthur y yo lo vemos durante unos minutos en completo silencio.
—No me gusta esto —dice él—. Es… triste.
—Sí —es todo lo que atino a contestar.
—¿Qué le pasa?
—No lo sé.
El zombi se detiene y permanece completamente quieto. Casi parece una estatua, una figura de cera como las que hay en los museos. Su cuerpo comienza a balancearse ligeramente y su cara no muestra ningún tipo de reacción, ningún sentimiento. Miro a Arthur que tiene los ojos cerrados y está murmurando cosas.
—¿Otro de tus hechizos? —pregunto con algo de diversión, aunque solo recibo una mirada furibunda.
—You're such an idiot —murmura pero niega con la cabeza—. Me pregunto cómo se siente… —ante mi mirada interrogante, suspira—. Como se siente ser cómo ellos.
Miro al zombi que continúa tambaleándose, sin rumbo alguno y se derrumba. Queda completamente quieto, sin moverse, allí, en aquel frío lugar, mirando el suelo congelado, con los ojos envueltos completamente por el manto de la muerte.
—¿Qué…? —comienza Arthur y se detiene. Hay algo que le impide hablar. Intercala miradas entre mi persona y el zombi—. ¿Está…? ¿Acaba de morir? —pregunta como si no acabara de creérselo. Y yo no contesto, me quedo en completo silencio y volvemos nuestras miradas al cuerpo. No se mueve, no vuelve a hacer ningún movimiento. Me revuelvo incómodo, como si hubiera algo retorciéndose en mi interior, algo que se mueve con insistencia y recorre mi espina dorsal. Escucho como él suspira y le miro—. Vamos —dice y se aparta de la ventana. Le sigo de vuelta al edificio y volvemos a casa sin pensar en nada.
Detente. Quédate completamente quieto.
Respiro y abro los ojos. Observo mi mano, todavía tengo entre los dedos, en la palma, ese pedazo de vida que intento volver a llevarme a los labios. Arrugo la nariz… Confuso… ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Y dónde estoy? Tengo que parar, pero necesito más… Más de esas memorias. Más tiempo con Arthur siendo alguien normal, aunque realmente no sea yo quién está con él. Aprieto los ojos y me llevo el trozo de cerebro a la boca, saboreándolo con los labios antes de mordisquearlo y exprimir todo el jugo que suelta. Solo un poco más…
Observo el túnel del embarque 704 durante alrededor de una hora antes de volver a entrar. Abro la puerta del avión en silencio. Arthur está acurrucado en primera clase, durmiendo, envuelto en la manta con la que yo mismo le había tapado. El sol de la mañana que se cuela por la ventana se refleja en sus cabellos dorados, haciéndole parecer un ángel.
—Arthur—susurro. Sus ojos se abren lentamente y me observan. Pero esta vez no se aparta de mí. Solo me mira con los ojos cansados e hinchados, esperando pacientemente mi respuesta—. ¿Cómo… es…?
—¿Cómo crees que estoy, stupid peasant? —pregunta, sin darme la oportunidad de terminar la frase, girándose y dándome la espalda de nuevo. Me hubiera gustado fruncir el ceño o pedirle que no me insultara, pero comprendía que estuviera enfadado. Le miro durante unos segundos. Su espalda es, ahora mismo, como un muro infranqueable de duros ladrillos. Bajo la cabeza y me giro, dispuesto a marcharme, sin embargo, antes de que alcance la puerta, le vuelvo a escuchar hablar—. Espera… —mi corazón da un pequeño vuelco al sentirme necesitado. ¿Por qué me comporto de semejante manera? Es extraño, demasiado… Me giro y le veo sentado, con la manta arrugada sobre su regazo—. Tengo… hambre —es todo lo que dice.
Le miro horrorizado por unos instantes con mis ojos azules velados. ¿Hambre? ¿Quiere comerse a sí mismo? Pero pronto me recrimino por semejante estupidez. Él está vivo. Y eso me recuerda lo que significa estar vivo y lo que solía significar tener hambre, apetito. Recuerdo filetes de carne jugosa, panqueques, cereales, frutas y verduras… Esa, pintoresca aunque divertida, pirámide alimenticia. Hay veces en las que me pregunto cómo será volver a comer con normalidad, como un ser vivo. El sabor y la textura… Pero, trato de no pensar demasiado. Ni siquiera podemos alimentarnos de animales, simplemente porque su energía no es compatible con la nuestra. Nuestra nueva hambre, reclama al sacrificio, sufrimiento humano como precio de nuestros oscuros placeres. Arthur me mira esperando una respuesta.
—Ya sabes a lo que me refiero, ¿no? —pregunta e imita el acto de llevarse un bocado a la boca—. Comida. ¿Pescado? ¿Arroz? ¿Sándwiches? Tal vez… ¿Pizza? Algo que no implique matar personas —dice alzando las cejas cuando llega al verbo "matar".
—De acuerdo… Yo voy… conseguir… algo…
—Déjame ir contigo —dice levantándose de un salto, cosa que le admiro por hacerlo con tanta rapidez—. ¿Qué estás…? —comienza a preguntar pero parece que no le gusta como ha comenzado dicha oración—. ¿Por qué me mantienes aquí encerrado? —pregunta finalmente acribillándome con sus ojos verdes.
Pienso por un momento, si es que lo que hago se llama pensar. Lo mejor es que se lo enseñe para que lo entienda. Camino hasta una de las ventanas y señalo con mis largos dedos a la pista de aterrizaje de abajo. Arthur se acerca, precavido, y mira también. Hay una gran congregación de muertos allí abajo. Un completo enjambre de la muerte.
—Mantenerte… seguro.
Me mira y frunce el ceño, arrugando la nariz, juntando sus cejas y apretando los labios, aunque no exactamente por la rabia. Espero…
—¿Por qué? ¿Cómo sabes mi nombre? —exige saber las respuestas. Y yo lo sabía. Teníamos que llegar finalmente a ese punto—. En ese edificio, dijiste mi nombre. Lo recuerdo a la perfección. Tell me… ¿Cómo demonios sabes mi nombre?
Solo le miro. No tengo intención de responder. ¿Qué quiere que le diga? ¿Qué sé cómo se llama porque me comí el cerebro de su amante-novio-loquefuera? No volvería a comer más de aquel trozo de cerebro. No. Había comenzado a odiar a aquel rubio barbudo por pasar tanto tiempo con Arthur. Simplemente, no quería saber más acerca de los momentos felices que compartieron. Y, aunque intentara explicárselo, no podría con mi vocabulario salido de una guardería, o de un centro especializado para niños con un déficit en el área del lenguaje.
—¡Deja que me vaya! —grita enfadado y solo atino a parar una estocada hecha con el cuchillo. Le sujeto la muñeca con suavidad, siempre he tenido más fuerza que los demás zombis, y miro como su brazo tiembla ligeramente por el tacto.
—Estás helado.
—Yo… muerto… —gruño y le miro fijamente—. Es peligroso… salir fuera…
Frunce el ceño y se cruza de brazos. Me ha soltado del agarre y ahora parece que se abraza a sí mismo, como si estuviera infundiéndose valor o calor. Ambos, tal vez.
—Oh, bloody git —murmura gravemente—. He entrado aquí y nadie me ha comido. Déjame ir contigo a conseguir comida… —hace una pequeña pausa—. Please… —susurra seriamente y se yergue como si fuera un perfecto caballero. Inspira profundamente y luego va soltando el aire poco a poco—. Además, no sabes lo que me gusta.
Quise reírme en su cara. Eso no era del todo… cierto. Le encanta la comida india, por no hablar de la inglesa que es la que lleva comiendo desde que tiene memoria. Se muere por los dulces y postres franceses. Y babea por una hamburguesa de queso grasienta, aunque exclame que es comida para gordos y estúpidos. Pero no puede comerla desde hace tiempo por las rutinas de la resistencia. Y, aunque me duela, no puedo utilizar ese conocimiento. No es mío. Es robado de la mente del rubio barbudo. Asiento con la cabeza y le apunto.
—Muerto… —pronuncio. Aprieto mis dientes y exagero aún más mis movimientos como zombi. Asiente con la cabeza y avanzo alrededor de un círculo imaginario con pasos lentos, pasos inseguros, volviendo a su lado y dejando escapar algún que otro gemido ocasional. Asiente nuevamente y frunce el ceño. Parece que cree que tanta precaución es excesiva. Ambos salimos del avión y nos vamos moviendo entre los grupos de zombis. Le tomo por la muñeca y caminamos juntos por el pasillo, indicando los pequeños grupos de zombis que hay a nuestro alrededor—. No… corras —asiente y se lleva una mano al corazón, alzando las cejas en un movimiento rápido. Inspiro profundamente. Estoy tan cerca de él, y no en como en los recuerdos del otro chico; siendo un intruso dentro de su cuerpo. Estoy a su lado como yo mismo, aunque no sea nada. Cierro los ojos levemente y sonrío para mis adentros. Puedo olerle de nuevo. Puedo oler su vida. Giro la cabeza y le miro. Arthur ha eliminado gran parte de la sangre negra que le había puesto en la piel y puedo detectar a través de los huecos, rastros de su energía vital. Es tan atrayente, brilla como las burbujas del champán, despertando mis instintos. Todavía sosteniendo la mirada en su rostro, froto mi mano en una herida reciente de mi brazo y consigo sacar una delgada capa de sangre, la cual difundo como si fuera una crema en su mejilla y cuello. Noto cómo se estremece por el tacto, pero no se aparta. Es un chico muy inteligente—. ¿Estás bien? —le pregunto, alzando las cejas.
Arthur cierra los ojos, inspira profundamente y, tras estremecerse por un escalofrío a causa de olor de mis fluidos, asiente. Camino y me sigue, dando tumbos detrás de mí y gimiendo cada dos o tres pasos. Es como un actor de teatro, exagerando, sobreactuando, pero pasa como otro muerto. Nadie nos mira ni cuando caminamos entre una multitud de muertos, arrastrando los pies. No puedo evitar mirarle de cuando en cuando. En algunos puntos, hago el esfuerzo por no sonreír, o por no poner una mueca de felicidad, cada vez que Arthur deja escapar un gemido particularmente adorable. Su miedo parece estar disminuyendo a una velocidad increíble a medida que caminamos. Y, aunque lo que estemos haciendo no sea nada del otro mundo, me siento cada vez más unido al rubio. Esto es… nuevo. Completamente nuevo.
Acompaño a Arthur hasta la zona de los restaurantes y siento su mirada en mi espalda cuando me muevo hacia el restaurante hindú.
—Oh, my God… —le escucho murmurar.
Se ha tapado la nariz y está mirando los calentadores delanteros con asco. Soy casi insensible al olor ahora, pero a juzgar por su expresión, es asqueroso. Le sonrío culpablemente y le conduzco hasta la parte trasera, pero la comida que hay en los congeladores, tiene peor aspecto. Y, así, vamos por los diferentes restaurantes. Encontramos hamburguesas, pero están cubiertas de moho y moscas, hasta se pueden ver pequeñas larvas blancas jugueteando entre la carne. El olor es bastante fuerte y Arthur no es inmune a él; su cara se ha vuelto pálida.
—¿Y bien? —pregunta en un susurro, temiendo que alguno de los otros zombis le escuchara.
Miro hacia la distancia, pensando. Pero no hay nada más que pueda gustarle, al menos no por aquí. La comida se ha echado a perder. Sé que había un restaurante de sushi por ahí, pero… Recuerdo un poco sobre sushi y, si en pocas horas un filete de hamachi se echa a perder, puesto que huele peor que un cadáver en un avanzado estado de putrefacción, no quiero ni imaginarme lo que han podido hacer los años—. God… —dice mientras me observa mirando al horizonte mientras pienso—. Tú sí que sabes planear una cita, ¿eh? —murmura en tono de broma soltando una risa, que a mí me parece lo más melodioso del mundo, más que las conversaciones fluidas de los vivos—. Nunca has hecho esto antes, ¿verdad? —pregunta y entrecierra los ojos ante mi expresión de confusión—. Quiero decir a traer un humano vivo aquí… A tú casa…
Le miro durante unos segundos y sacudo la cabeza, a modo de disculpa, pero frunzo el ceño y tengo ganas de romper algo. No me ha gustado su uso de la palabra "humano". Él está vivo y yo muerto, pero me gusta pensar que ambos somos todavía humanos… No sé… Llámame soñador, idealista. Levanto la mano para detenerlo.
—Un… último lugar…
Salgo de aquel pequeño restaurante y comienzo a caminar hacia un área lateral, que no está marcada y señalada. Pasamos muchas puertas, pasillos, para llegar a la zona de almacenamiento del aeropuerto. Me acerco lo más rápido que puedo y abro la puerta de uno de los congeladores, que deja salir una nube de aire helado y blanco. Suspiro, pero intento ocultar mi alivio al notar como Arthur se acercaba hacia mí. Entremos dentro y encontramos estanterías a rebosar de bandejas de comida, de esas que daban en los vuelos de largas distancias. Arthur comienza a cotillear entre las bandejas mientras hace ruiditos de concentración. Saca unas cuantas bandejas hasta dar con el plato indicado. Sonríe y me muestra una sonrisa blanca y perfecta, debido al aparato dental que llevó en su juventud.
—Mira —señala frunciendo los labios pero mostrando todavía una sonrisa—. Me encanta…
Él coge solo una bandeja pero, cuando camina hacia la salida, aprovecho y cojo más bandejas, escondiéndolas entre mi cuerpo y la chaqueta. No quiero que ninguno de los muertos vea a Arthur comiendo… "esto", por lo que llevaré a casa unas cuantas. Le llevo tan lejos como puedo de los ojos indiscretos y muertos de los demás, y nos escondemos detrás de una mesa, sentándonos en el suelo como indios. Estamos completamente tapados y esto parece un fuerte. Sonrío, porque eso me recuerda a… algo relacionado con vaqueros. Arthur abre la bandeja y me mira cuando le digo que disfrute de ella. Pincha un trozo de la comida y me observa fijamente con sus ojos verdes.
—No recuerdas nada, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo hace que comiste comida real? —pregunta y me encojo de hombros. Frunce el ceño viendo que no iba a conseguir sacarme ninguna respuesta en claro—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que… moriste? —tampoco le contesto. No sé la respuesta. Él me mira y bufa—. Bueno, no ha podido pasar mucho tiempo. Te ves bastante bien para ser un cadáver.
Me encojo de hombros y siento un escalofrío recorrerme el cuerpo, de nuevo, por su lenguaje. Parece ser que Arthur no conoce las sensibles connotaciones culturales de la palabra "cadáver". O si las conoce, no piensa que van a dolerme. Pero, cuando las escucho salir de sus labios, aunque no sea con el ánimo de molestarme, siento como una indignación de defensa apareciese en mi mente. Respiro profundamente y lo dejo pasar, mirando hacia un lado.
—Cómo sea, da igual —murmura y se levanta con la bandeja—. No puedo comérmelo así… Iré a buscar un microondas —se levanta y entra en uno de los restaurantes, pero sin actuar como un zombi. Es peligroso, y no me importa. Me gusta el movimiento de su cuerpo al caminar con normalidad, aunque solo pueda admirarlo mientras está de espaldas. No tarda demasiado en llegar con la comida humeante. Pincha un trozo y se lo mete en la boca, soltando un gemido de gusto—. Oh, my God… It's delicious! —exclama mientras mastica. Cierra los ojos y sonríe. Me gusta que sonría, ya lo había dicho, ¿no? Abre los ojos y me mira—. Mm… Hacía tanto que no comía comida real —ante mi interrogante, sacude la cabeza—. La comida que tomamos está basada en nutrición básica y comida que está… digamos que tratada para que aguante durante mucho tiempo. Pero claro, no hay otra cosa.
Estoy sentado a su lado mientras le observo comer. Siento algo de envidia, también me gustaría poder probar la comida real, esa con la que tanto está disfrutando. Aunque, me gustaría más probar sus labios. Son rosados y seguro que están tan calientes, o tibios, como el resto de su cuerpo. Arthur está intentando que unos fideos, o la masa que los formaba, bajaran por su garganta. Me levanto y camino hasta la nevera, de donde saco una botella de cerveza tibia la pongo sobre la mesa. Arthur deja de comer y sonríe.
—Vaya… Mr. Zombie —murmura con una sonrisa quitando la tapa y dando un largo trago—. Me has leído la mente —se la vuelve a llevar a los labios—. Hace también muchísimo que no tomaba cerveza —me mira y bufa—. Tener que estar alerta todo el tiempo, el no bajar la guardia, tener los sentidos al cien por cien, y un largo etcétera. Mm… —me lanza una mirada evaluadora—. Tal vez no seas tan malo como había pensado en un principio, Mr. Zombie.
Tomo su mano llamando su atención y la llevo hacia mi pecho.
—Mi… nombre… —tartamudeo, pero no sé cómo continuar. Parece que he despertado su curiosidad.
—¿Tienes nombre? —pregunta tragando la poca cerveza que quedaba en su garganta. Asiento y sus labios se curvan en una media sonrisa divertida—. ¿Y cuál es?
Cierro los ojos y me esfuerzo en pensar, tratando de sacarlo de la nada, esperando que en mi cerebro haya algo que pueda sacar a relucir.
—Aaa… —digo, tratando de pronunciarlo.
—¿Aaa? ¿Tú nombre es Aaa? —sacudo mi cabeza y vuelvo a pronunciarlo—. ¿Empieza con A? —asiento y cierra los ojos—. Arthur no te llamarás, ¿verdad? —pregunta jocosamente, pero niego con la cabeza—. Menos mal… ¿Anthony? ¿Aaron? ¿Ashton? —a cada nombre que me ha dado, he negado con la cabeza. Suspira y sonríe melancólicamente—. Bueno, pues te llamaré A. Es un comienzo… Y yo soy Arthur, pero eso ya lo sabes, aunque no quieras decirme el porqué… —levanta la botella de cerveza y la extiende hacia mí—. Bebe, toma un trago.
Alzo una ceja y miro la botella durante un segundo, sintiendo una náusea repentina al pensar en lo que hay en el interior del recipiente de cristal. Un líquido color ámbar, orina sin vida. Vale, resulta asqueroso, pero es lo que parece, sobre todo con la temperatura que tiene. Y, seguro que esto no es más que una obsesión de muerto. Según G, tengo muchas manías, aún para ser un zombi. Pero, acabo por tomar la botella y darle un trago. Y, sorprendentemente, puedo sentirla recorrer por todo mi cuerpo. Noto un zumbido agradable en mi cerebro. Pero no es posible, no tengo ningún torrente sanguíneo que me recorra… Pero, lo siento y es agradable. Quizá es un recuerdo de mi vida antigua, un pequeño resquicio de la experiencia que tenía al beber. Arthur me vuelve a tender la botella y me anima a volver a beber ante mi expresión estupefacta.
Tomo otro trago y me imagino que le acabo de besar. Besar esos labios suaves, carnosos, brillantes por la saliva y la cerveza, cálidos… Al fin y al cabo, hemos compartido la boquilla de la botella. Y, no puedo evitar imaginármelo mientras se prepara para un concierto, con el cabello rubio suyo algo despeinado por mucho que lo intente peinar, con un look casual, o tal vez con la camiseta del grupo del concierto… Y, después, besándole, contrastando sus labios rosados, llenos de vida, sobre mis labios grises. Vuelvo a notar un cosquilleo y decido dejar de beber. No me está haciendo ningún bien. Arthur suelta una risa enmascarada por un susurro y vuelve a su comida, ignorándome durante unos minutos. El silencio que se ha formado entre nosotros es incómodo, para mí, al menos. Y eso que no soy el más adecuado para hablar. Inspiro e estoy a punto de hacer un condenado intento de conversación cuando él me mira y todos los rastros de jovialidad y amabilidad que había visto hasta hacia nada, desaparecen de su rostro.
—Así que… Dime, "A". ¿Por qué me tienes aquí?
Es una pregunta que me toma por sorpresa. Aunque ya se la había respondido… De pronto, el techo del aeropuerto se ha vuelto sumamente interesante.
—Mantenerte a salvo.
—Tonterías —suelta tras unos segundos, gravemente. Arthur me mira con dureza y aparto mis ojos, retirándolos a observar el suelo—. Escucha —comienza—. Entiendo que salvaste mi vida en la ciudad. Te lo agradezco, no te voy a decir lo contrario porque mentiría, y eso no es de caballeros. Por tanto, gracias. Gracias por salvar mi vida —murmuró—. No me volverás a escuchar decirlo, por lo que espero que lo hayas entendido y asimilado. Sin embargo, tú me has traído a este lugar del que, estoy seguro, me puedes sacar —contesta y aparta la bandeja de comida. Ya se la ha terminado y me mira fijamente, como si estuviera intentando leer mi mente—. Te lo preguntaré otra vez, y espero, peasant, que me contestes. ¿Por qué me tienes aquí encerrado?
Trago saliva y le sonrío, intentando quitar hierro al asunto. Pero eso es lo que es. Siento sus ojos como hierros al fuego, al rojo vivo sobre mi rostro y sé, que aunque quiera, no podré escapar de esa pregunta. Algún día tendré que dar una respuesta. Coloco una mano sobre mi corazón, ese órgano podrido y sin vida que tengo dentro del cuerpo. ¿Puedo seguir contando con él? Quiero decir, ¿este órgano lamentable todavía representa algo en mi vacía existencia? No se mueve, está inmóvil, pero los sentimientos que se relacionaban con él parecen que nacen aún dentro de esas frías paredes. Estoy triste, desamparado, porque sé que Arthur quiere irse, porque sé que no podré retenerle conmigo todo el tiempo que quiera… Pero también estoy feliz de poder estar a su lado, de poder compartir aunque sea, una discusión de pocas palabras, en las que el tono victorioso fuera del rubio. Presiono mi mano y después, me acerco a Arthur, presionando la misma mano en su corazón. Me mira con asco, como si no entendiera lo que estoy haciendo y como si le molestara el contacto que acabábamos de producir.
—¿Qué demonios piensas que estás haciendo? —pregunta mirando mi mano, la cual reposa sobre su pecho, por encima de la ropa—. Me estás jodiendo, bloddy git —responde.
Agradezco no ser capaz de sonrojarme y aparto la mano, esbozando una pequeña sonrisa, que espero que no pase desapercibida por él. Es muy importante.
—Necesitas… esperar —murmuro mirándole a los ojos—. Ellos… piensan que tú eres un… un nuevo convertido. Si te vas… se darán cuenta.
—¿Cuánto tiempo? —pregunta impaciente.
—Pocos… días. Ellos… olvidarán… pronto.
—Oh, my God —suspira y se cubre los ojos con las manos—. This is not happening. It's just a horrible nightmare…
—Tú… estarás bien —le digo con una sonrisa, levantando una mano, cerrándola y alzando el pulgar hacia arriba—. Lo prometo. It's… the promise of… a hero… —contesto y me mira fijamente.
Arthur aparta la mirada un momento y suspira. Me vuelve a mirar y entrecierra los ojos, dándome una mirada penetrante que hace que me estremezca. Me estoy estremeciendo demasiado en el poco tiempo que le conozco.
—Tú eres… diferente, ¿no es verdad? —pregunta pero no respondo. Se ha hecho ya una especie de rutina en este poco tiempo. Él continúa—. Porque, sinceramente, nunca he escuchado hablar a un zombi, aparte de "cerebros" y todos esos estúpidos gemidos. Y nunca he visto a un zombi tener algún interés en humanos más allá que como fuente de comida. Y, definitivamente, nunca he tenido a ninguno que se preocupara por mi bebida. ¿Hay… más como tú?
Sonrío y bajo la mirada. Me agrada que piense que soy diferente, eso me da alguna oportunidad. Pero, ¿oportunidad para qué? ¡Hola! ¡A, vuelve a la tierra! ¡Estás muerto! ¡No tienes ninguna posibilidad con un vivo!
—No… No lo sé.
—Unos pocos días, ¿eh? —repite como si se intentara convencer de algo. Aunque no estaba seguro del todo. Suspira y deja de jugar con el tenedor. Aunque había terminado la comida, deslizaba el cubierto por la superficie de la bandeja—. Y dime, A… ¿Qué se supone que haré aquí hasta que sea seguro escapar?
Sus ojos verdes no me quitan la vista de encima y me siento importante. Quiero que él se sienta también importante y que no quiera irse de mi lado. Tal vez pueda conseguirlo. Miro de nuevo al techo y pienso durante un momento. Un destello de imágenes inunda mi mente. Probablemente son fragmentos de películas viejas que he visto, casi todas cursis y románticas, con historias totalmente imposibles. Aunque me gustaría que fueran reales. Pero no, tengo que contenerme. Vamos… Mm…
—Yo… te entretendré —digo ofreciéndole una sonrisa poco convincente pero que, viniendo de un zombi, es la mejor garantía que puedes tener—. Tú eres… un invitado…
Arthur mueve la cabeza y asiente.
—Cómo sea —dice y se queda mirando fijamente por una de las ventanas de la habitación llena de mesas en la que estamos. El cielo está completamente cubierto por nubes de distintas tonalidades de gris.
Miro a Arthur. Aquí, aún estando acompañado por una compañía de lo más macabra y siniestra, está completamente tranquilo. Su corazón late al ritmo normal, sin sobresaltos… Su vida late con una fuerza impresionante que me hace cerrar los ojos. Puedo olerla, es como un brillante vapor blanco brillante, como el que ha salido de congelador o eso quiero imaginar, flotando por debajo de mi sangre negra y pútrida. ¿Qué está pasando conmigo? Bajo la mirada y observo una de mis manos; carne gris pálida por todos lados, fría y rígida. Sin embargo, me la imagino rosada, cálida y flexible, capaz de guiar, de construir, de agarrar, de acariciar… Cierro los ojos e imagino cómo mis células necróticas se deshacen del largo letargo al que están sometidas, inflando e iluminando como si fueran luces de Navidad el fondo de mi oscuro corazón. Sacudo la cabeza y sonrío mirándome nuevamente la mano. ¿Qué estoy haciendo? ¿Estoy inventando todo esto como un efecto secundario de la cerveza? ¿Es una ilusión óptica? No lo sé, y de cualquier manera, siento como la delgada e insignificante línea de mi existencia se rompe, creando campos de inimitable belleza con cada latido de mi corazón.
No sé en qué momento sucede, pero Arthur se levanta y me mira, fijamente. Sus ojos verdes parecen cansados, están rodeados de largas pestañas negras y sus cejas se encuentran fruncidas acompañando a sus labios que forman una fina y delgada línea. Me tiende una mano, para ayudarme a levantar, que miro algo cohibido. ¿Por qué tanta amabilidad?
—Bloody git! Are you gonna to take the hand? Yes or no? —pregunta mirando hacia otro lado. Tiene algo sonrojadas las mejillas y me parece la imagen más adorable del mundo.
Acabo aceptando la mano y me levanto, para que ambos pongamos dirección hacia el avión, mi casa. Murmuro un tenue "gracias" y él solo se encoge de hombros, mirándome fijamente con esas dos esmeraldas.
—No lo hecho para ayudarte, sino porque quiero volver a algún lugar en el que esté a salvo —contesta—. Así que, vamos.
