¡Hola! ¡Ya estoy aquí con el siguiente capítulo!

La verdad es que a partir de ahora me gusta más como va yendo la historia, le veo que tiene un poquito más de movimiento (cosa rara en mí, porque mis historias suelen ser bastante lentas x'D). Mil gracias a todos los comentarios (ahora contesto el que no tiene cuenta) y a los favoritos y follows que he recibido: (Fran-Shi, Sonicathehedgehog24, MyobiXHitachiin, london bridge is falling down, mari, Jare la de los gatos, Mariasa y Moth Starwitch) ¡Espero que os guste el capítulo ^^

Mari: Arthur y Alfred pegan muchísimo para la película x'D Aunque el final de la misma es mejor que la del libro, que es bastante ambiguo x'D

Disclaimer: ni "Warm bodies", ni "Frank Sinatra", ni "Roy Orbison", ni "The Beatles", ni "Elvis Presley", ni "Capitán América", ni "Hetalia" y sus personajes ( y mucho menos los objetos o "cosas" que pueda mencionar aquí y que estén registradas me pertenecen y esto solo lo hago por amor al arte (?) y porque estoy enferma y no puedo desengancharme de esos dos)

P.D: Os recomiendo que escuchéis las canciones "Hey Jude" de "The Beatles", "Love me tender" de "Elvis Presley" y "You're Sensational" de "Frank Sinatra" cuando aparezcan. ¡Creo que las letras pegan mucho para ese momento de la historia" ^^

P.D.2: El siguiente capítulo lo subiré el martes o el miércoles ;D Nos leemos ^^


Capítulo 3

No intercambiamos ninguna palabra más, ni un solo comentario. Pasamos entre los demás zombis arrastrándonos y gimiendo de cuando en cuando. Y sé que a Arthur todo esto le parece una estupidez. Solo hay que ver el ceño fruncido que lleva. Veo a lo lejos a mi amigo G, que gruñe y se da la vuelta. ¿Sigue enfadado porque no quise compartir con él el trozo de cerebro? Me da completamente igual. Ahora estoy con Arthur, es todo lo que me importa. Llegamos sin ningún impedimento al 704 y cierro la puerta, atrancándola desde dentro. Arthur se mueve por los pasillos mirando los objetos que he ido coleccionando a lo largo de mis incursiones a la ciudad. Se ha quedado quieto al lado del tocadiscos; lo observa y se gira, dedicándome una pequeña sonrisa sarcástica.

—Qué silencio —murmura. Comienza a buscar entre los discos y suspira—. ¿Qué pasa con todos estos vinilos? ¿No puedes encontrar la manera de hacer funcionar un mp3?

—Mejor… sonido —contesto con una sonrisa y escucho como él suelta una carcajada.

—Un purista, ¿eh? Eso está bien, me gusta.

Si hubiera podido sonrojarme, lo habría hecho. Inclusive, podría decir que sentí un poco de calor en la zona de las mejillas. Si no estuviera muerto, y fuera consciente de ello, lo habría tomado como algo normal. Me acerco y hago un movimiento de giro en el aire con el dedo, como el movimiento que hacían los pizzeros para darle forma a la masa de la pizza.

—Más real… Más… vivo —contesto. Me siento orgulloso de mí. Estoy consiguiendo hacer frases más rápidas y completas. Soy el mejor. Veo como Arthur asiente y continúa mirando las pilas de discos.

—Sí, es verdad. Aunque son mucho más problemáticos —pasa los vinilos y bufa—. No tienes nada más reciente que de… 1998… ¿Fue cuando moriste? —pregunta sin sacar las manos de entre los discos.

Es una buena pregunta, pero otro obstáculo para determinar mi edad. No tengo ni idea del año en el que vivimos. 1998 pudo haber sido hace una década o más tiempo, inclusive ayer. Podría tomarse en consideración los edificios y las calles en ruinas, crear una línea del tiempo. Pero eso tampoco era lo más sensato. ¿Qué le pasó al mundo? Quién sabe. Fue algo gradual y he olvidado lo que era realmente, aunque todavía conservo unos débiles y fugaces recuerdos fetales, antes de despertarme en… esto. Realmente me cuesta trabajo entender todo aquel lío del apocalipsis. Pudo ser por una guerra con armas químicas, o virus transmitido por el aire o un mono infectado por una fuga radiactiva. La verdad es que eso, ahora, no importa. Me desperté un día así y todo había desaparecido.

—Y ahí vamos otra vez —murmura Arthur sacándome de mis pensamientos y haciendo que le mire a los ojos—. A la deriva. ¿Sabes? Tengo mucha curiosidad por saber qué piensas cuando… te aturdes de esa manera —me encojo de hombros y él suelta un gruñido de hastío y molestia—. ¡Deja de encogerte de hombros! You, little peasant! And answer to my question, rigth now!¿Por qué el retraso en el desarrollo musical?

Hago el amago de encogerme de hombros pero cuando veo sus ojos furiosos, me detengo con cierta dificultad. Es algo que llevo haciendo mucho tiempo. No puedo cambiarlo de la noche a la mañana. Además, ¿cómo se lo explico en palabras?

—Nosotros no… pensamos en… cosas nuevas —empiezo, esforzándome en la dicción, la poca y corta de la que dispongo—. You know… yo… encuentro cosas… a veces. Pero no… buscamos.

—¿En serio? —pregunta alzando una ceja, como si le costara creer lo que le estaba diciendo—. Shit! ¡Eso es una tragedia! —sigue registrando entre mis discos y su tono de voz va aumentando. No puedo decir si está enfadado o emocionado, y me inclino a pensar en el segundo tono cuando continúa hablando—. ¿No piensas en cosas nuevas? ¿No "buscas"? ¿Qué quieres decirme con eso? Please, bloody hell! ¡La música es vida! ¡Es una emoción física! —continúa hablando sin dejar de rebuscar—. You can touch it! Es como la energía de neón absorbida de los espíritus mágicos y cambiada a ondas de sonido para que tus oídos puedan asimilarlo. ¿Acaso no tienes tiempo para ello? —recrimina pero no hay nada que pueda hacer o decir a eso. No sé porqué, pero de pronto me encuentro rezando al cielo porque Arthur nunca cambie, por lo menos, que esa pasión que acaba de poner, no desaparezca nunca—. De todos modos —continúa—. Tienes cosas muy buenas aquí. Gran material —dice, dejando que la indignación se esfume—. Mm… The BeatlesOh, my God! —exclama sacando un disco y observándolo—. Love this album! —contesta poniéndolo en el tocadiscos y comenzando a sonar.

Hey Jude… Don't make it bad…

Arthur sonríe, dedicándome una sonrisa retorcida y murmura: —Mi canción —contesta mientras se mueve por el avión.

Take a sad song… And make it better…

No puedo evitar que mis ojos le sigan, observen cada movimiento. Parece que está flotando por los pasillos, aunque solo camine como siempre. Me gustaría tanto el poder bailar con él.

Remember to let her into your heart.

La música continúa sonando y no puedo evitar el cerrar los ojos, disfrutando de la suave melodía y la voz del cantante.

Then you can start… To make it better.

Inspiro y toco el bolsillo de mi pantalón. Ahí tengo una patata frita que le había quitado antes a Arthur, cuando él estaba más pendiente de otras cosas. Siento una curiosidad morbosa, porque no puede llamarse de otra manera. La saco y me la llevo a la boca, masticándola. No hay ningún gusto en absoluto. No siento nada. Ninguna reacción. Es como si masticara el aire, comida imaginaria. Lo escupo en la palma de la mano y lo envuelvo en un trozo de papel. ¿De verdad Arthur lo encontraba sabroso?

—A… —dice en un tono de curiosidad informal—. ¿A quién mataste?

Me pongo rígido mientras la música continua sonando en todo el avión.

Hey Jude… don't be afraid… You were made to go out and get her…

Arthur me mira y yo le devuelvo la mirada. ¿Por qué tiene que preguntarme esto? ¿Y justo ahora? ¿Por qué sus recuerdos no pueden… simplemente, desvanecerse como los míos? ¿Por qué no puede vivir en la oscuridad conmigo, a solas, nadando en el abismo de una historia tachada con tinta negra?

The minute you let her under your skin… Then you begin to make it better…

—No voy a juzgarte. Solo necesito saber quién era —su expresión no revela nada, ni una emoción, ni un sentimiento. Sus ojos permanecen fijos en los míos, sin pestañear.

And anytime you feel the pain… Hey Jude… Refrain…
Don't carry the world upon your shoulders…

Hasta la música parecía haberse puesto en mi contra. O tal vez había sido Arthur, que la había escogido a propósito. Pero no, eso era imposible. Arthur no sabía en lo que estaba pensado. No podía saberlo.

—Nadie —murmuro—. Algún chico…

Se sienta en uno de los asientos vacíos de objetos y apoya la cabeza sobre el reposacabezas.

Do you want to know something? —pregunta, con los ojos cerrados—. Hay una teoría que dice que… vosotros… coméis cerebros porque así es como conseguís a vivir la vida de esa persona. Is it true? —me encojo de hombros y él suelta un bufido, aunque permanece con los ojos cerrados. Es como si supiera cuáles son mis movimientos a cada momento. En aquel momento, me siento como un niño atrapado en plena travesura, como si hubiera pintado las paredes con rotuladores o ceras—. ¿Quién era? ¿No te acuerdas?

La música sigue sonando pero ninguno de los dos le presta ya atención. La primera opción que se me ocurre es la de mentir, pero no sé qué hay en mí que no me lo permite. No puedo mentirle a Arthur. Pero tampoco puedo decirle que lo único que recuerdo son algunas de las caras de aquella habitación, que lo único que hice, en sentido metafórico, era tirar los dados y elegir una. Tal vez lo dejara de lado si le decía eso. Pero no puedo hacerlo. No puedo mentirle más de lo que estoy haciendo ya, dado que ignora que yo soy el único asesino de su "novio". Arthur baja sus ojos durante un segundo, para luego vacilar.

—¿Fue Iván? —pregunta, intentando ofrecerme algo de ayuda—. ¿El chico alto, de pelo casi blanco y gran nariz? Seguro que fue Iván. Ese tipo era un completo idiota. Estuvo insistiendo a Lovino para que se acostaran juntos… Parece que le gusta el peligro… Lovino es alguien peligroso. Y a mí no dejaba de molestarme con que era muy infantil y que no hacía más que creer en cuentos de hadas —suelta una carcajada amarga y sonríe melancólicamente—. Francis ni siquiera se percató de que lo estaba pasando mal. Así que, si se trata de Iván, estoy contento de que lo hayas conseguido —me acerco más a él. Parece que está destrozado e intento hacer que me mire, pero es él el que ahora rehúye el contacto visual—. De todos modos… quien fuera que haya matado a Francis… —suspira—. Quiero que sepas, que no le culpo por ello.

—Tú… ¿no? —pregunto asombrado.

—No. Quiero decir, que lo entiendo. Puedo llegar a entenderlo. No tienes otra opción, ¿no? Y, para ser honesto… No se lo he dicho a nadie, pero… —se pasa una mano por el cabello, despeinándolo más si puede, aunque su intención fuera peinárselo—. Es una especie de alivio que finalmente ocurriera.

—¿Qué? —frunzo el ceño. No le estoy entendiendo nada.

—Ser capaz finalmente de ya no temerlo.

—Francis… ¿muriendo?

Arthur asiente y me lamento al instante por decir su nombre. Mi lengua está rememorando el sabor de su sangre. Un silencio se ha formado entre nosotros, es algo totalmente incómodo, y solo el sonido de la música nos envuelve.

—Algo, le pasó. Un montón de cosas, en realidad. Y creo que llegó un momento en el que simplemente no pudo superarlas. Antes era un chico brillante, tenía un comportamiento que me sacaba de quicio pero… estaba lleno de sueños. Después, se unió a la seguridad del refugio. Daba miedo. Cambió muy rápido y me instó a que creciera y enfrentara la realidad. Asumir responsabilidades y todo eso. Por eso se llevaba tan bien con mi hermano Scott… —suspira—. Todo lo que podía gustarme de él, comenzó a pudrirse. Se había cansado de vivir. Y sacaba el tema de la muerte todo el tiempo, inclusive después de… —un sonrojo se apoderó de sus mejillas y apartó la vista, mirando hacia un lateral del avión—. You know… That… —asentí con la cabeza aunque supiera que él no me observaba. En aquel momento me alegraba de que "Francis", hubiese muerto. No podía soportar la sola idea de que estuviera unido a Arthur de una manera tan íntima—. No me considero una persona especialmente romántica pero… no creo que hablar sobre eso después de lo otro, fuera lo más indicado. Traté de hacerlo callar y de atarlo a una vida… "normal", si se puede llamar así dentro del refugio. Pero simplemente se había ido. Ciertamente, yo no fui suficiente para él —contesta amargamente y me mira—. Aunque, ¿volverá a la vida? Como uno de vosotros, quiero decir.

Ambos permanecemos en silencio. Niego con la cabeza imperceptiblemente y sé que él lo ha captado, porque suelta un suspiro y vuelve a cerrar los ojos.

—Francis me engañó una vez —contestó Arthur, más como si hablara consigo mismo que conmigo—. Había una chica, morena con coletas, muy guapa. Su padre le dio refugio mientras los hogares de acogida se estaban terminando y… bueno, bebieron hasta que ya no lo soportaron más y sucedió. Recuerdo que él me dio una confesión sincera, o eso quise creer, de que lo sentía y que le perdonara, que me quería demasiado —soltó una risa—. Pero eso no me bastó. Toda la confianza que tenía en él se había esfumado. Mi cabeza siguió reproduciéndolo una y otra vez, y yo no podía volver a mirarle a la cara de la misma manera que siempre. Lloré mucho, ¿sabes? —suelta una risa y niega con la cabeza—. ¿Pero por qué te estoy contando esto? —suspira—. Es fácil hablar contigo, A… Siento como si no fueras a reírte de cualquier cosa que te contara. Pero, no quiero que pienses que no me duele que Francis ya no esté. Le echo de menos, pero, de alguna manera, sabía que morir era lo que él quería. Solo eso.

Se levanta y se acerca hasta el tocadiscos, dispuesto a cambiar de canción. Puedo observar como sus ojos verdes y hermosos ahora estaban completamente rojos y algo húmedos y cristalinos, vidriosos por las lágrimas contenidas. Quiero abrazarle y decirle que todo estará bien, pero es otra mentira. ¿De verdad estaría bien viviendo conmigo?

—Pensarás que soy un imbécil. No hago más que hablar sobre Francis y soltar un montón de mierda. Holly hell… Pero yo también soy un desastre, un desastre que va en progreso y… no sé porqué te cuento esto, de nuevo —muestra una sonrisa ausente, que aumenta cuando mira por la ventana. Su voz, cuando vuelve a hablar, está más calmada, pero es completamente plana, carente de sentimientos—. No soy un santo, ni tampoco soy una buena persona. Tomé algunas drogas cuando era más joven, comencé con doce años y ya he probado casi todo. Bebo y fumo a ratos, siempre que tengo la oportunidad, aunque no es algo que me guste y disfrute realmente. Incluso me acosté con un hombre por dinero una vez. Solo tenía trece años, pero me sentía tan horriblemente mal que incluso sentí que lo merecía. Fue cuando murió mi madre, por una enfermedad allí en el refugio —mira unas cicatrices delgadas en sus muñecas y me las enseña. No puedo hacer otra cosa más que acercarme y acariciarlas con suavidad y lentitud con mis dedos fríos y muertos. Aunque él no se molesta en apartarme y me deja proseguir—. Intenté suicidarme, varias veces, pero no tengo nunca el valor suficiente como para terminar lo que empiezo. Todas las cosas horribles y asquerosas que se hace la gente a sí mismos… Solo hay una manera de ahogar tu propia voz y de matar tus recuerdos sin tener que morir —hay un silencio prolongado entre nosotros. Sus ojos se posan en la alfombra y yo continúo observándole. Parece tan frágil en aquel momento, que le abrazo. Su respiración se torna profunda y, puedo imaginar que esboza una pequeña sonrisa—. Encogimiento de hombros —murmura y se separa ligeramente—. La indiferencia es lo que puede matar todo eso —fuerza una sonrisa.

Asiento y me acerco al tocadiscos. El disco que Arthur había puesto, ha terminado, por lo que decido poner uno de mis discos favoritos. Una recopilación solitaria de canciones de Frank Sinatra. No tengo ni idea de por qué me gusta tanto este. Pero tengo un vago recuerdo en el que la gente decía que la música era el mejor comunicador de sentimientos. Pongo el disco y comienzo a mover la aguija mientras se reproduce, saltando canciones, bailando por las espirales hasta encontrar las palabras que quiero que llenen el aire. Me gusta que la voz de barítono de Frank diga de mejor forma lo que yo quiero expresar.

I don't care if you are called… The Fair Miss Frigidaire… 'Cause you're sensational…

Me separo y dejo que el disco siga con su repertorio normal. Me siento junto a él y le observo. Continua con los ojos rojos. Aprieto mi mano contra su pecho y siento el suave golpe de su interior. Una pequeña voz hablando en clave. Una clave que me gustaría desentrañar. Arthur inhala y se limpia la nariz.

—¿Qué eres? —pregunta por segunda vez y solo puedo atinar a sonreír un poco. Me levanto y me dirijo a una pila de revistas, libros… y cojo uno de ellos, llevándolo de vuelta hacia nuestro asiento. Lo alzo y le muestro la portada con una pequeña sonrisa, alzando nuevamente el pulgar hacia arriba. Arthur lo mira fijamente y sonríe divertido—. Captain America… Así que… ¿un héroe?

YesA hero… I'm your hero… —murmuro dejando que las últimas palabras murieran en mi boca, sin salir al exterior, quedando como un secreto, antes de volver a centrarme en la música que suena.

Esa noche, tendido en el suelo de la cabina del piloto del 704, pasó algo extraño. Demasiado extraño. Giré mi cabeza y vi a Arthur, tumbado en un asiento con el respaldo inclinado. Tenía los ojos cerrados, estaba tapado por una manta y tenía una expresión de felicidad en el rostro. Bueno, tal vez de felicidad no, porque no sonreía. Pero, sus facciones estaban tan relajadas que parecía un ángel. Sonreí amargamente y miré al techo. Debe de molar eso de dormir. Nosotros, los muertos, lo máximo que podemos llegar a hacer es colapsar al cabo de unos días; caemos al suelo y podemos tirarnos en ese letargo horas, días e incluso semanas, hasta que nos levantamos nuevamente y a comer. A continuar con nuestra rutina. Ojalá pudiera dormir como Arthur. Ojalá pudiera soñar. Pero no tengo esa posibilidad. Los muertos no soñamos, no podemos hacerlo. Y lo más cerca que estamos de ello, es comiendo cerebros; adueñándonos de la vida de aquellos a los que matamos.

Sé que había dicho que no volvería a comer del cerebro del novio de Arthur, ex-novio, me recuerdo con una sonrisa, pero no puedo evitarlo. Meto la mano en el bolsillo y saco el último fragmento de cerebro. Ha pasado un tiempo desde que lo arranque de las entrañas de aquel rubio, pero, a medida que el cerebro muere, la vida en su interior se aclara y se destila. Envejece como un buen vino. El pedazo en mi mano se ha marchitado algo, y ha tomado una tonalidad marrón grisácea, que mucho tiene que envidiarle a la rosada y carnosa forma que tenía al principio. No sé qué es lo que me espera con este último trozo, seguro que unos minutos intensos de la vida de Francis. Lo meto en la boca y lo mastico, pensado y, casi rogando: No te marchites todavía, Francis. Necesito un poco más, solo un poco más… Please…

Salgo de la oscuridad a la que me veo sometido siempre que como uno; es como si saliera de un túnel subterráneo y en la entrada estuviera la luz blanca y cegadora, acompañada por un ruido. Hay un olor muy fuerte y conocido, al igual que el ruido. Pero ambos se hacen muy pesados y sofocantes. Me encuentro en una habitación oscura y torcida, recogiendo material médico y cargándolo en bolsas. Un pequeño grupo de reclutas vestidos de civiles están conmigo en este salvamento; todos ellos fueron elegidos por el coronel Kirkland. Excepto uno, un rubio de espesas cejas y penetrantes ojos verdes.

—¿Has oído eso? —pregunta Arthur, mirando a su alrededor. Aprieta con fuerza el fusible que sostiene entre las manos.

—No —contesto al instante y me mantengo concentrado en cargar más medicinas y botes.

Una mano se posa en el hombro de Arthur y le sonríe, cosa que no me pasa desapercibida.

—Yo lo hice —dice Lovino, sacándose un rizo rebelde de los ojos, colocándoselo junto al flequillo, haciendo que cobre vida y se mantenga erguido hacia un lado—. Stupido Bonnefoy, tal vez deberíamos…

Lovino es un chico alto, de pelo castaño oscuro y ojos verde oliva. No tiene cara de persona amable, pero si se lleva con Arthur, tiene que tener algo bueno. Bufo y niego con la cabeza.

—Estamos bien —exclamo enfadado—. Estamos fuera de alcance, estamos seguros. Ahora, ponte a trabajar.

El resto de personas intercambian miradas y continúan trabajando, como si fueran celadores de un hospital, preparados para intervenir. Los únicos pensamientos que hay en mi cabeza son los de no dejarles en la estocada. Los observo como siguen buscando botes de cristal que guardar en los bolsos y mochilas que llevan. Pero mis ojos no pueden apartarse de Arthur, permanece al lado de Lovino, con el arma entre las manos, vigilando una de las salidas. Un ruido, lo escucho ahora, y con mayor claridad. Es el rumor de pasos por la escalera, acompañado por los gemidos de los zombis. Veo como Arthur se tensa un poco y continúa mirando por toda la habitación, intentando observar por entre la densa oscuridad reinante. Recojo la escopeta y me doy la vuelta. Pero… No soy yo el que se da la vuelta, es Francis. Me mira con sus ojos azules y sonríe.

—Estos son mis recuerdos, mon ami. Tú no eres más que un invitado. Si no quieres ver lo que ocurre a continuación, será mejor que escupas lo que te has metido en la boca. Mi cerebro…

Abro los ojos. Esta memoria ha venido sin guión, sin pautas, y me veo, en este momento, conversando con esa misma mente, la cual digiero. Quiero negar con la cabeza. Ya no sé que es todo esto. ¿Cuánto de esto es realmente de Francis y cuánto es mío? No lo sé, pero me dejo arrastrar, envolver en aquella conversación. ¡Debería estar viendo tu vida! Grito hacia él. ¡Y no esto! ¿Por qué querrías que tu último pensamiento fuera la repetición sucia y sin sentido de tu muerte? ¿Cuál es el motivo detrás de todo esto? Pero Francis solo sonríe socarronamente y ladea la cabeza.

Mon ami, ¿no te das cuenta? —pregunta—. Esta es mi venganza. ¿Acaso piensas que la muerte no tiene sentido? ¿No te gustaría recordar la tuya si pudieras? —sonríe y se lame los labios, provocándome un escalofrío de terror. ¿Desde cuándo este tipo daba tanto miedo?—. Dime… A. ¿De qué otra manera vas a cambiar para transformarte en algo nuevo? —parpadeo. ¿Algo nuevo, dices? Eso es imposible. Vuelve a reírse, esta vez, de forma cruel—. Por supuesto que no, cadáver lerdo —se coloca el arma y se dispone a disparar a lo que sea que va a aparecer por la puerta—. Hay miles de tipos de vidas y muertes. No quieres estar muerto el resto de tu… vida, ¿verdad?

Niego con la cabeza. No, no quiero estar muerto. Quiero estar con Arthur, aunque sepa que es imposible. Al parecer, no soy más que una tercera persona en el recuerdo, un mero espectador, un invitado como ha dicho Francis.

—Entonces, relájate y déjame hacer lo que tengo que hacer.

Siento un nudo en la garganta que intento tragar mientras asiento, dándole total potestad sobre sus actos. Recoge la escopeta y gira, justo cuando las pisadas llegan a la habitación. Las puertas se abren de golpe y una oleada de ellos aparece por allí. Disparan sus armas, todos en posición y protegiéndose los unos a los otros, pero la locura y el anarquismo han tomado forma entre ellos, dejándoles a merced de los zombis. Son demasiados y son rápidos. Francis se agacha cubriendo a Arthur, que está ayudando a escapar a Lovino con las mochilas llenas de fármacos. No escucho las palabras que se dicen, pero el castaño solo suelta una maldición y desaparece por una de las puertas laterales. Cierro los ojos por un momento. No recordaba a aquel chico, ni que estuviera en la habitación, ni que hubiera escapado. Tampoco sabía si estaría o no con vida. Escucho un grito proveniente de la garganta de Francis y me giro a mirarles. Están teniendo la misma conversación que escuché en aquel momento. Oh, no… Esto no quería verlo. Un chico rubio y alto está detrás de Francis, tomando sus piernas. Cae y se golpea en la mesa, cerrando los ojos al instante por culpa de la brecha. No sé hasta qué punto estamos conectados, pero mi visión se vuelve roja y, después, negra.

Miro fijamente al techo del avión. Escupo el último pedazo del cerebro de Francis, el cual he estado masticando desde que volví a despertar. Pero no ocurre nada. Toda la vida que tenía se ha marchitado y marchado. Siento un nudo en la garganta y una sensación de pesadumbre en el alma, el cual creo no tener. Los ojos me escuecen, me pican, tengo ganas de llorar, aunque sé que no puedo. Me vuelvo para intentar cerrar los ojos, aunque no pueda soñar. Los recuerdos de Francis continúan refulgiendo en mi mente como las luces de las luciérnagas. Sin embargo, no quiero cerrar los ojos, no puedo. Tengo miedo. Nadie puede decirme que vaya a despertar al día siguiente. No quiero morir de nuevo, no ahora. Esto se ha vuelto más claro para mí desde hace poco. Es un deseo tan fuerte y concentrado que me asusta, sin poder creer que sea realmente mío. No quiero desaparecer. Quiero quedarme, aquí, en la Tierra, con Arthur.

Gritos. Es todo lo que escucho y me levanto algo contrariado y tambaleante. El sonido es algo lejano, pero sé de dónde proviene. De la puerta de embarque del 704. Corro lo más rápido que puedo y me encuentro a Arthur en la salida. Está acorralado y empuña una moto sierra. Siete tambaleantes y babeantes muertos se intentan acercar a él, cercándole. No puedo permitir que le hagan daño. Corro y me tiro sobre ellos, embistiéndolos y dejándolos caer al suelo como si estuviera jugando a los bolos. Me levanto sonriendo y mirando a Arthur, que entrecierra los ojos. No sé si está molesto por mi intervención o agradecido. Es el humano más difícil que me he encontrado nunca. Aunque, antes tampoco me había molestado en intentar estudiarles. Veo como abre los ojos y me grita, algo que no llego a entender, pero que seguro no ha sido nada agradable por como frunce el ceño. Siento como uno de ellos me agarra por detrás y me da un mordisco en la carne de mi costilla. Gruño enfadado y me giro para darle un manotazo y quitármelo de encima, pero pronto la cabeza del zombi cae partida en dos. Arthur está a mi lado, con la moto sierra llena de sangre negra y mirándome, respirando entrecortadamente. Me pregunta si estoy bien y asiento, con una sonrisa y levantando el pulgar. Se ha vuelto un tic. Él bufa y me observa coger un brazo de aquel zombi que ha caído al suelo. Me coloco frente a Arthur, blandiendo el brazo muerto y los demás zombis dejan de avanzar, observándonos.

—¡Arthur! —les grito y señalo hacia él—. ¡Arthur! —ellos se miran meciéndose hacia atrás y hacia delante—. ¡Arthur! —digo otra vez, acercándome a él y presionando mi mano contra su corazón. Tiro el brazo y hago que él pose su mano sobre el mío—. Arthur —repito.

La habitación está silenciosa, completamente. El aire está cargado por un aroma extraño, putrefacción junto al aroma rancio de la gasolina. Miro al suelo y sonrío. Allí hay varios cadáveres decapitados, con los que yo no me había peleado en aquel mismo instante, que yacían a nuestros pies. Sonreí orgulloso pensando en lo sorprendente que era Arthur.

—¡¿Qué… demonios?! —gruñe una voz profunda detrás de mí. Me giro y veo una figura alta y voluminosa. Es G. No le había reconocido en la oscuridad y la tensión del momento—. ¿Qué haciendo… estás…? —se calla, confundiéndose con el orden de las palabras. Señalo a Arthur y digo su nombre. Como si con eso fuera un argumento irrefutable. Los demás nos observan en silencio. G está sorprendido y furioso, pero de pronto exclama—. ¡Vivo! ¡Comer! —sacudo la cabeza—. ¡Comer!

—¡No! —grito.

—Comer, mierda…

—¡Hey! —grita alguien. G y yo nos giramos y vemos como Arthur ha salido de detrás de mí. Mir sacude la moto sierra—. Go to hell, son of a bitch —dice mientras enlaza su brazo alrededor de mi codo. Sonrío ante el taco. Un cosquilleo de calor recorre mi cuerpo, es una sensación muy agradable. G le mira y después me mira a mí. Su sonrisa es delgada, sarcástica y superior. Es la misma mueca de siempre.

G ladea la cabeza y se aleja, sobre todo cuando escucha un pequeño bocinazo, un murmuro, un rumor, un zumbido. Los Huesudos están cerca, es mejor que nos marchemos cuanto antes. Observo como el resto de los zombis se marchan siguiend me giro hacia Arthur. Se ha vuelto a quitar la sangre del rostro, por lo que meto mi mano en la herida del lateral de mi abdomen y le acaricio la cara y un poco el cuello y torso, cubriéndole con mi sangre. Arthur me mira cansado y sonríe lentamente. Siento como mi corazón lanza pequeños silbidos y señalo a las puertas de cristal que llevan hasta el avión. Tenemos que ponernos a salvo. Es importante. Arthur baja la mirada y, pocos segundos después, la sube y sonríe melancólicamente.

—Han pasado un par de días —murmura—. Dijiste que serían unos pocos días.

—Quería… llevarte a tu casa —contesto—. Decir adiós.

Arthur suelta una risa frustrada y se revuelve el cabello.

—¿Y cuál es la diferencia? —pregunta—. Tengo que irme igualmente. I mean… —suspira—. No puedo quedarme aquí. Te das cuenta de ello, ¿verdad?

Bajo la mirada y cierro los ojos. Sí. Por supuesto que me doy cuenta, ¿cómo no voy a hacerlo? Él tiene toda la razón, como siempre. Y yo soy el único que está siendo ridículo. Sonrío levemente. Una idea loca se pasa por mi mente. Quiero hacer algo imposible, una locura, sorprendente e insólito. Quiero montar en una nave espacial, volar junto a Arthur a la luna y colonizarla. O, mejor, reflotar un barco pirata hundido y navegar hasta una isla desierta donde nadie se queje de nosotros. ¡No! ¡Mucho mejor! Buscar algún libro de hechizos e introducirnos a ambos en la magia que nos transporta a los muertos como yo los cerebros de los vivos, y utilizarlo para estar allí con Arthur, donde todo es cálido, tranquilo y encantador. Siento su mano sobre mi hombro y alzo la vista. Arthur me está mirando y sonríe.

—Pareces un niño perdido, confundido y triste… —suspira—. A, gracias por… salvarme —añadió— otra vez.

Hago un esfuerzo sobrehumano, o eso creo, salgo de mi ensoñación y le sonrío.

—En cualquier… momento… I'm a hero… remember?

Arthur asiente sonriendo levemente y me abraza levemente. Es tentativo al principio, un poco temeroso, pero después se relaja. Y yo no me lo termino de creer. Siento como su cabeza descansa sobre mi cuello frío, noto su respiración tranquila y cálida y cómo me aprieta un poco contra él. Shockeado, pongo mis brazos alrededor de su cintura y permanezco así, completamente quieto. Y, casi puedo jurar que noté el golpeteo de mi corazón. Regresamos al 704 y permanecemos allí en silencio. Arthur ha decidido posponer su escape y yo lo agradezco. Ahora estoy junto al tocadiscos poniendo otra canción, poniendo en esta ocasión un vinilo de Elvis Presley.

—¿Recuerdas cómo era vivir con las personas? —pregunta mientras se sienta y disfruta de la suave melodía con los ojos cerrados. Le miro y sonrío, negando con la cabeza—. Bueno, ha cambiado. Tenía siete años cuando mi ciudad fue invadida, así que recuerdo poco de lo que solía ser. Pero, ahora todo es más pequeño y estrecho, ruidoso y frío… —hace una pausa y suspira—. Solo vivimos acorralados en el refugio, sin nada que pensar salvo sobrevivir. Y ya nadie escribe, ni lee, ni conversa con sinceridad.

—Debido a nosotros —murmuro y el niega con la cabeza.

Bloddy hell, no! —exclama—. No es por culpa tuya. Quiero decir, sí, es debido a vosotros, pero no sólo a ti. Así que no te eches las culpas de todo.

But I'm a hero —contesto y él no puede evitar poner los ojos en blanco.

—Deberías dejar de coleccionar cómics de superhéroes, no es realista. Aunque, ¿qué lo es ahora, realmente? —se levanta y se acerca a una de las ventanas—. ¿De verdad no recuerdas como era nada antes? ¿El colapso político y social, la inundación global, las guerras civiles, mundiales, los disturbios y bombardeos constantes? —da una patada al aire y niega con la cabeza—. Oh, God… Era como otra Guerra Mundial. Vosotros solo habéis sido el detonante, el juicio final. El mundo ya estaba bastante perdido bastante antes.

—Pero nosotros somos… los que estamos matándoos. Ahora.

Arthur se encoge de hombros.

—Sí, ¿y qué? Aunque los zombis seáis la amenaza más obvia, la solución no se va a encontrar matando a un millón de zombis. Siempre regresan, siempre hay más, es como si se multiplicasen… A mi hermano Scott no le importa nada de eso. Es un coronel del ejército que lo único en lo que piensa es en localizar la amenaza, matar la amenaza y esperar órdenes de gente superior a él. Pero, ¿qué se supone que debemos hacer realmente? Fuck! Nadie lo sabe. No hacemos nada —me mira fijamente. Su rostro está completamente serio—. Básicamente, la idea de mi hermano Scott es la de, para salvar a la humanidad, hay que construir una gran caja, una realmente grande, meter a todo el mundo dentro y permanecer con la puerta cerrada acechándola con armas hasta que envejezcamos y muramos —camina de nuevo hacia su asiento y se sienta—. No sé si me estás entendiendo, A. Pero, lo que quiero decir es que, aunque es jodidamente importante permanecer con vida, tiene que haber algo más allá, ¿no?

Love me tender… Love me sweet… Never let me go…

—A, can I tell you something? —pregunta, aunque sé que va a continuar hablando como si nada—. Es agradable, aunque sea un poco, estar aquí, contigo —suelta una carcajada cuando me giro a mirarle fijamente—. ¿Y sabes que es lo más loco que me ha pasado por la cabeza? —dice—. A veces, me cuesta creer que seas un zombi. Simplemente, es como si estuvieras utilizando maquillaje para Halloween, porque, cuando sonríes… Bueno, es bastante difícil de creer.

Sonrío y me siento junto a él, disfrutando de la música que continúa sonando.

You have made my life complete… And I love you so…

A la mañana siguiente, el suave ronquido de Arthur se apaga, desapareciendo. Permanezco tumbado en el suelo, con los ojos cerrados, aunque abro uno para ver como se estira, el desplazamiento de su cuerpo, la inhalación de su respiración y un pequeño gemido.

—A… —dice, adormilado. Solo recibe como respuesta un sí que se parece más a un gruñido que a una afirmación—. Lo he estado pensando. Tengo que marcharme cuanto antes —no digo nada pero noto algo en su voz. Desesperación, quizás—. Uno de los nuestros escapó. Cuando tu grupo nos atacó en el edificio, mi amigo Lovino se escabulló por una de las puertas con nuestra ayuda. Sabe que continúo con vida, me vio cuando me llevaste con tu grupo, como si fuera uno más —suspira y se sienta—. Puede tomarle algún tiempo, pero la seguridad del refugio nos rastreará y vendrán aquí. Scott te matará.

—Yo… ya estoy… muerto —replico acariciándole el rostro y él sonríe levemente.

—No, no lo estás —contesta y me mira— Obviamente no lo estás—se levanta y estira las piernas por el avión—. No quiero ser el responsable de que acaben con todos vosotros, ¿de acuerdo? —parece estar sopesando algo mientras habla puesto que su voz está algo tensa—. A mí siempre me han enseñado, desde pequeño, que los zombis son solo cadáveres caminantes que deben ser eliminados. Que no son cosas naturales pero… Oh, bloddy hell… Look at you! Tú eres más que eso. ¿Y si hay otros como tú? —se sienta y me coge una mano. Nunca le había visto tan decidido—. A… Quizás estás lleno de la suficiente sapiencia como para encontrar romántico el martirio. Solo hay que mirar los cómics que tienes en el avión o los libros…

—No puedo leer… Me mareo —contesto con una pequeña sonrisa y Arthur me mira sorprendido.

—Si no puedes leer, ¿a qué viene tú actitud heroica? —pregunta alzando una ceja—. Tal vez, no estés muerto del todo y haya una solución… Una cura —murmura para sí mismo—. Tengo que marcharme.

—Sí… Tienes que… hacerlo —digo levantándome también—. Pero yo… voy contigo.

Arthur se ríe y niega con la cabeza.

—Dime que es una broma de mal gusto —contesta, pero al ver que sacudo la cabeza, bufa y me da un pequeño golpe en toda la frente con la palma abierta. Está furioso—. ¡Piénsalo durante un momento, ¿quieres?! ¡Mírate! ¡Eres un zombi! Fuck! Da igual lo tan bien conservado que estés o lo encantador que resultes —sonrío imperceptiblemente ante el cumplido—, ¡sigues siendo un zombi! ¿Te puedes hacer una idea de para lo que se entrena todo el mundo en el refugio? Exactamente —contesta con mi silencio—. Para matar zombis. No puedes venir conmigo; si lo haces, te matarán.

Me cruzo de brazos y aprieto la mandíbula, acribillándole con la mirada. No puedo creer que se piense realmente que me va a dejar aquí tirado. No puedo permitirlo. Yo… ¡Soy un héroe! Y los héroes siempre salvan a las personas. Y, no pienso dejar a Arthur solo, a merced de los Huesudos. Niego con la cabeza.

—¿Y qué? —pregunto y él me mira como si me hubiera vuelto loco. Bufa, se agarra el cabello y da vueltas como un león enjaulado, propinando patadas al aire.

—¡¿Cómo que "y qué"?! ¡¿Estarás de broma?! —al ver cómo me encojo de hombros, comienza a proferir maldiciones e insultos—. ¡¿A dónde crees que vas?!

Me giro y sonrío.

—A… pensar. Traba la… puerta —contesto antes de irme.