¡Hola!
¡Ya estamos de nuevo por aquí!

Solo quedan dos capítulos para llegar al final. Y este capítulo justo acaba antes de que empiece todo lo que a mi más me gusta de la historia. Mil gracias a todos los comentarios y a los favoritos y follows que he recibido, por supuesto, también a todos los lectores fantasmitas que hay que aunque no comenten, me hace ilusión ver que han entrado para mirarse y leerse la historia. ¡Mil gracias!: (Fran-Shi, MyobiXHitachiin, emi-arlette, Mariasa y DilarisPersefone) ¡Espero que os guste el capítulo ^^

Disclaimer: ni "Warm bodies", ni "Frank Sinatra", ni "Roy Orbison", ni "The Beatles", ni "Elvis Presley", ni "Capitán América", ni "Hetalia" y sus personajes ( y mucho menos los objetos o "cosas" que pueda mencionar aquí y que estén registradas me pertenecen y esto solo lo hago por amor al arte (?) y porque estoy enferma y no puedo desengancharme de esos dos)

P.D: El siguiente capítulo lo subiré el viernes ;D Nos leemos ^^


Capítulo 4

Encuentro a G mirándose al espejo, estudiando su reflejo. Me sitúo a su lado y gruño, a modo de saludo. Él solo me mira y vuelve a mirar por al espejo. No parece querer responderme.

—¿Podemos… hablar… un minuto? —se encoge de hombros y me sigue hasta el conjunto de sillas más cercano—. Perdón… en serio —digo—. Irritable… últimamente…

G arruga la frente.

—¿Qué… sucede… contigo? —me encojo de hombros—. ¿Trajiste de vuelta… al chico vivo? —pregunta y le miro, a lo que suelta lo que parece a mis oídos una risa—. Estás… loco. ¿Cómo… se siente? Sexo… con vivos —le lanzo una mirada de advertencia y se ríe—. Él es… sexy… Yo…

—Cállate —murmuro tétricamente. Es un gruñido gutural y peligroso lo que ha salido de mi garganta—. No es… eso… No es… así. Es algo… más —murmuro ante su mirada interrogante.

—¿Qué? ¿Amor? —reflexiono ante esto y no encuentro ninguna respuesta más que encogerme de hombros. G echa su cabeza hacia atrás y hace su mejor imitación de risa, golpeándome en el hombro—. ¡Mi… chico… amoroso!

No contesto, solo le miro y le suelto la bomba: —Le llevaré… a casa —ante la mirada horrorizada de G le sonrío—. Le mantendré… a salvo. ¿Qué… pasa? —pregunto y G se encoge de hombros. Su semblante es serio.

—Cambiando… Cuando… lo averigües… Dímelo. Dínoslo —no se ríe ni suelta ninguna broma, por lo que me parece sincero y asiento, contestándole con un sí leve antes de volver junto a Arthur. Es hora de que nos marchemos.

Y, cuando salimos, las cosas no son precisamente agradables. A medida que salimos a la luz del día, siento un nervioso zumbido en mis oídos. Los Huesudos se están acercando, observando con sus cuencas vacías y podridas a Arthur, de arriba abajo. Quiero romperles la cabeza por ello. Suena un gruñido agudo y estridente de sus cuerpos marchitos y se tiran hacia nosotros, que salimos huyendo por la pista. Un coche descapotable amarillo aparece con G al volante, que se baja y nos mira, sobre todo a Arthur.

—Tú… estarás bien.

Arthur expulsa aire y grita.

—¡¿Quién coño te ha preguntado, jodido embutido de sangre? Debí haberte cortado por la mitad ayer.

Tiro de Arthur hacia el coche cuando G se gira alzando la cejas y metiéndonos prisa, mientras se dirigía hacia los Huesudos, que no hacían más que repetir en mi cabeza: Él no se irá, le vamos a matar. Así es cómo se hacen las cosas. Siempre lo han sido, y siempre lo serán. Arthur se monta en el asiento del conductor y lo pone en marcha, soltando el embrague y lanzándonos hacia delante. Pone el motor a mil revoluciones y salimos disparados, alejándonos del aeropuerto, viendo como G pelea junto a más zombis contra los Huesudos. Nos damos la oportunidad de respirar tranquilos y Arthur sonríe dando gracias. El coche avanza por la autopista. Nos miramos y sonreímos cuando las primeras gotas de agua empiezan a caer.

La tormenta comenzó a caer con más fuerza y en diez minutos estuvimos completamente empapados. Observo a Arthur temblar ligeramente y le señalo un grupo residencial abandonado. Asiente y conduce mientras sus dientes castañean. Paramos frente a una casa y apaga el motor. Salgo y cojo la mano de Arthur para llevarlo hasta una de las casas. La puerta está cerrada pero podrida, por lo que no nos cuesta demasiado entrar. Arthur deambula por la cocina y sonríe cínicamente.

—Hogar, dulce hogar —contesta antes de mirar por las encimeras y sonreír—. ¡Mira! —me apunta y aprieta un botón. Un flash cegador me deja sin visión durante unos segundos y cuando me recupero, le veo moviendo un trozo de papel y soplando. Me la enseña y sonríe—. Es importante conservar los recuerdos —contesta simplemente tomando otras fotografías de la habitación. Me entrega la cámara y espera a que la coja—. Deberías estar siempre sacando fotos. Si no puedes hacerlo con una cámara, hazlo con la mente. Los recuerdos que "capturas" a propósito son más intentos y fuertes que los que se toman por accidente.

Aprieto la cámara entre mis manos y sonrío. Él posa ligeramente y tomo la foto. Cuando sale de la cámara, me tiende la mano para que se la dé, pero la escondo detrás de mi espalda. Bufa y pone los ojos en blanco, cogiendo la mía y observándole.

—¿Por qué tus ojos son así? —pregunta y le miro con cautela—. Es un azul extraño… No parecen los ojos de un cadáver, no están nublados —no le contesto. ¿Para qué? No tengo respuesta a eso tampoco—. Es espeluznante… They're like… supernatural. ¿Alguna vez cambian de color?

Suspiro y niego con la cabeza.

—Creo que… piensas en… vampiros…

Arthur alza las cejas y asiente.

—Claro, claro… Menos mal que esos no son reales todavía. Si no… Oh, God… No quiero ni imaginármelo. Demasiados monstruos a los que seguirles la pista —y antes de que pudiera sentirme ofendido, me mira y sonríe—. De todos modos, me gustan tus ojos. Son bonitos… Tienen algo… Inocencia, creo…

Es el mejor cumplido que he recibido en toda mi vida de muerto. Y, aunque ahora debiera de tener una mirada de idiota total mientras le observo, Arthur me ignora y sube por las escaleras, adentrándose en la casa. La tormenta arrecia con fuerza fuera y algunos truenos hacen que la casa se ilumine durante segundos. Arthur baja por las escaleras y me muestra dos vaqueros, con una pequeña sonrisa.

—Mira, ¿qué te parecen? —pregunta mientras los estira—. Podemos usar esto como tienda de campaña si nos perdemos mañana —bufa y los deja a un lado de la barandilla—. Oh, my God. Esta gente debió de ser un banquete de lujo para unos zombis afortunados —gruño y me pongo de pie con una mueca de asco en mi cara, a lo que él me mira con sorpresa pero diversión—. ¿Qué? ¿No comes gente gorda?

—Grasa… No vivo. Desperdicio de producto. Mejor… carne pura.

Oh, what the hell? ¡Así que no solo eres un melómano purista con la música, sino que también un esnob de la comida! —deja escapar un profundo suspiro—. Bueno, está bien… Me voy a dormir, la cama no está demasiado podrida ni asquerosa, así que…

Asiento y me tumbo en el estrecho sofá, dispuesto a quedarme de nuevo a solas con mis pensamientos, pero no escucho los pasos de marcha de Arthur, por lo que me giro. He visto esa mirada antes, así que, simplemente me preparo para aquello que sea que va a lanzarme con su rápida lengua.

—A… ¿Tú… tienes que comer gente? —pregunta, aunque sé que sabe la respuesta.

Me siento y suspiro, pasándome una mano por mi pelo. Está empapado y no lo había notado hasta ahora. ¿Por qué tiene siempre que hacerme esas preguntas tan horribles? Vale, los monstruos no tenemos privacidad pero… ¡Yo no soy un monstruo!

—Sí —contesto simplemente.

—¿O morirás? —asiento de nuevo. Me estoy cansando de tanta pregunta—. Pero… —parece que no sabe como continuar—. No me comiste —su frase era vacilante, insegura, como si estuviera buscando las palabras adecuadas para decirlo con tacto—. Me salvaste, como tres veces —no parece entenderlo—. Pero no has comido a nadie desde entonces —entonces frunzo el ceño en concentración. Él tiene toda la razón. Sin contar los mordiscos que le propiné a algún cerebro de sobra, se puede decir que me he mantenido célibe desde que le conocí. Veo que aparece una sonrisa bastante peculiar en su cara—. Estás… cambiando —parpadea y carraspea, dándose cuenta de la mirada que me estaba echando y de la que yo no podía estar más que encantado. Me había estado mirando como alguien a quién admirar, aunque hubiese durado poco—. B-buenas noches —contesta cerrando la puerta del dormitorio.

Me quedo observando el techo que tiene diversos cercos de tonalidades que van desde el amarillo más claro al naranja oscuro, por el agua de las goteras. Cierro los ojos y puedo escuchar los sonidos magnificarse. La lluvia repiqueteando en cualquiera de las superficies exteriores, el crujido de la madera podrida, el cosquilleo de los viejos y mohosos cojines a través de los agujeros de mi camiseta. Pienso acerca de cuándo fue la última vez que estuve tanto tiempo sin comer cuando escucho la puerta del dormitorio abrirse de nuevo. Me giro y veo a Arthur en la puerta. Sus brazos están cruzados sobre su pecho y se está apoyando contra el marco de la puerta.

—¿Qué? —pregunto haciendo que se sobresalte un poco, aunque vuelve a tomar la misma expresión serena de siempre. Pero esta no dura demasiado.

—Bueno… —comienza a decir—. He estado pensando. La cama es de tamaño matrimonial así que… si quieres… No me importaría si me acompañas allí —levanto las cejas y sonrío, a lo que él se sonroja y se apresura por explicarse tras carraspear—. Mira, lo que estoy diciendo es que no me importa compartir contigo un trozo de la cama. Estas habitaciones son un poco fantasmales, you know? Y, teniendo en cuenta de que no me he duchado en más de una semana… No hueles mucho peor que yo… —se encoge de hombros esperando alguna reacción por mi parte, pero solo bufa y desaparece hacia el interior de la habitación.

¿Me está pidiendo que duerma con él? Si Dios existe, sus milagros son maravillosos y él es grande. Poder compartir con Arthur el mismo espacio vital, hace que toda mi piel se erice. Espero unos minutos y, algo dubitativo, me levanto y le sigo. Él ya está metido en la cama, acurrucado en posición fetal con las mantas ajustadas a su alrededor. Me tumbo en el lado opuesto y le miro con una pequeña sonrisa. Realmente no necesito ninguna manta para mantenerme cálido, estoy siempre a temperatura ambiente. Y, a pesar de la pila de edredones que tiene enrollados en su cuerpo, continúa temblando.

—La ropa esta… —murmura y se sienta en la cama bufando—. Fuck —me mira—. La voy a tender para que se seque —me dice y se sienta en el borde de la cama. Cuando va a empezar a quitarse la primera prenda, gira la cabeza y me mira por encima del hombro—. No mires.

—Tranquilo… —contesto y observo cómo se da la vuelta.

Se quita la chaqueta y la camisa, quedándose desnudo de cintura para arriba. Quiero acariciar su cuerpo. Su piel es de un tono azul blanquecino por culpa del frío. Casi del mismo tono que el mío. Ahora sé cómo sería si él fuera un zombi, pero le prefiero con su piel rosada y cálida. Se levanta, desabrocha el botón de su pantalón y se lo quita, quedándose en bóxers negros. Coge toda la ropa y la cuelga en una percha del armario, intentando que así, al menos, se seque algo, para inmediatamente después, arrastrarse de nuevo bajo las sábanas y enrollarse.

Good nights —dice. Pero antes de que demos por finalizado esta… conversación, se gira y me mira—. A… Eres una buena persona, ¿sabes?

Cierro los ojos y niego con la cabeza.

—Fui yo —murmuro en un tono bajo, apenas audible.

Arthur me mira fijamente, sin emitir una sola palabra. Y yo noto como me pongo más nervioso. El nudo y el desasosiego que hay en mi pecho son cada vez más grandes y estoy incómodo. Demasiado. Abro la boca y cierro los ojos, al verme incapaz de decir nada. Hasta que escucho a Arthur repetir mis palabras.

—Fuiste tú… —murmuró—. En el fondo, ya lo sabía, aunque aún guardaba la esperanza de que no fueras tú —contesta suspirando.

—Arthur… yo… lo siento —consigo decir entre susurros, intentando expresarle mi arrepentimiento, pero nada parece surtir efecto. Se ha vuelto a dar la vuelta y ahora solo puedo ver su espalda cubierta por las mantas.

Me tumbo de nuevo con los brazos cruzados mirando hacia el techo. Ambos estamos cada uno en un borde de la cama, dejando un espacio de unos dos metros entre nosotros. No sé por qué, pero tengo la sensación de que no es mi naturaleza macabra lo que le hace tan cauteloso. Aunque esté muerto, e impotente a todos los efectos, todavía parezco ser un hombre a sus ojos y teme que pueda hacerle algo. Ni que fuera el pervertido que tenía por novio… Entonces, ¿por qué estamos compartiendo la misma cama? ¿Es una prueba para mí? ¿Para él? ¿Está midiendo mi autocontrol? Sé que le acabo de confesar que fui yo pero… Me siento ofendido por ello. Aunque se me pasa enseguida cuando escucho su respiración lenta y le miro. Está dormido. Después de unas horas, se da la vuelta, acortando la brecha entre nosotros. Y tengo su rostro cerca del mío. Su respiración débil me hace cosquillas en la cara. Si despertara ahora, ¿gritaría? No voy a negar que su cercanía no encienda en mí el instinto innato de matar y comer. Pero, a pesar de eso, todo lo que quiero es estar a su lado. Y, llámame romántico, llámame idealista, o simplemente tonto o imbécil, pero todo lo que quisiera ahora es que él apoyara su cabeza en mi pecho, dejara escapar un suspiro cálido y satisfecho y durmiera. No sé realmente que me está pasando, pero el pasado que antes se me tornaba nubloso y negro, ahora no me lo parece. Sobre todo desde que conocí a Arthur. Puedo recordar a la perfección todo lo que hemos hecho juntos, lo que he hecho por separado, pero siempre tomando el punto de conocerle como referencia e inicio. Y, descubro con estupor que, lo que más me horrorizaría, sería perder el recuerdo de alguno de esos días.

En algún momento antes del amanecer, mientras permanezco acostado cerca de Arthur, el cual ha pasado un brazo alrededor de mi cintura haciendo que sonría, siento como un sueño destella en mi mente. Noto un resplandor en los ojos que me hace cerrarlos a toda costa. Cuando me recupero, me veo en un paraje hermoso. Una playa. Pero no una playa real, de esas que han sido talladas durante milenios por las grandes embarcaciones del océano; esas ya no existen, están todas bajo el agua. Ahora estamos en la orilla de una ciudad portuaria recientemente inundada. Se pueden apreciar las pequeñas costras de arena que hay sobre los adoquines del paseo. Farolas iluminadas salen de las fauces del mar en dirección al cielo. Arthur está sentado en una roca puesta en medio del paseo como decoración y mira al mar con una sonrisa.

—Muy bien —dice tirando un palo al agua— Tiempo de respuestas, ¿qué queréis hacer con vuestra vida?

—¡Oh, pero si tenemos aquí al coronel Kirkland! —exclama Francis sentándose a su lado pero Arthur simplemente le ignoró.

—Lovino, tú primero —dice girándose al castaño que observa el océano, con una mirada triste—. Y no me refiero a lo que crees que vas a terminar haciendo, sino lo que quieres hacer de verdad.

Lovino alzó la mirada y se encogió de hombros, levantándose y jugando con los pocos guijarros que se habían salvado de quedar sepultados bajo toneladas de agua. Se acaricia el cabello y mira al horizonte. Su pelo castaño brilla con los rayos, sus ojos verde oliva, aunque están opacados, tienen algo de vida y su piel está algo bronceada.

—Querría dedicarme a la moda pero, hay algo que me llama más la atención ahora —murmura y ambos chicos le miran—. Enfermería. Curar a la gente, salvar vidas, trabajar en una cura, tal vez…

—¡Puff! —se burla Francis—. ¿Enfermero? ¿Y por qué no médico? —contesta—. Esto parece un programa infantil.

—Oh, claro —contesta Lovino con una sonrisa sarcástica en su rostro—. ¿Siete años de universidad? —suelta una carcajada cruel—. Dudo mucho que la civilización aún vaya a durar tanto, stupido bastardo —añade cruzándose de brazos.

—No está mal querer ser enfermero. A mí me parece bien —contesta Arthur con seriedad—. ¿Y tú, frog? ¿Serás médico? —ante la mirada horrorizada de Francis, ambos chicos ríen.

—Demasiada sangre y vísceras vistas para toda una vida, merci —hace una pausa—. No, me gustaría ser escritor… O cocinero, eso sí que estaría bien.

Lovino le dedica una mueca irónica que Francis le devuelve con un beso lanzado, haciendo que Arthur ponga los ojos en blanco.

—¿Qué hay de ti, Arthur? —pregunta Lovino—. ¿Cuál es tu castillo en el aire?

—Quiero ser profesor —respira profundamente y cierra los ojos—. Y pintor, cantante, poeta, piloto…

No puedo evitar sonreír ante todo lo que dice Arthur. Y mi sonrisa no dura demasiado puesto que Francis se levanta y me mira fijamente.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunta. Me giro y, al no ver a nadie más, me señalo—. Sí, tú. ¿Estás soñando ahora mismo?

—Yo… —le miro. ¿Qué contesto? No se me ocurre nada—. Eh, no… Yo… No estoy seguro.

—No puedes soñar, cadáver —dice con una sonrisa—. Soñar es de humanos.

Shut up, Francis! Puede soñar si quiere —exclama Arthur poniéndose de pie y acercándose a mí—. ¿Y tú qué, A? ¿Qué querrías ser? —pregunta.

—No lo sé… Ni siquiera sé lo que soy ahora.

Arthur sonríe y se encoge de hombros.

—Bueno, puedes ser lo que tú quieras —mira un momento al cielo. Está completamente despejado y con unas pocas nubes blancas de aspecto algodonoso—. A hero, maybe.

Me despierto con los rayos de sol, abriendo molesto los ojos. ¿Acabo de soñar? No puedo evitar sonreír. Pero la alegría inicial me dura bastante poco. Arthur no está a mi lado. Ha desaparecido. Me levanto con rapidez y bajo las escaleras, con la esperanza de que esté abajo. Pero no hay nadie. Le llamo, pronuncio su nombre, pero es inútil. No está, simplemente, se ha marchado. Reparo entonces en una pequeña nota, que está sobre la mesa del comedor. Parece que hay algo escrito en ella, letras que por mucho que me esfuerce no puedo unir en palabras; pero que tiene a su lado dos fotografías Polaroids. Ambas fotografías son de Arthur, tomadas por el rubio, sujetando la cámara con el brazo extendido y señalándose a sí mismo. En una de ellas, está saludando, pero en la otra, su gesto es lánguido y triste. Sus ojos están húmedos, sus labios esbozan una triste sonrisa y su mano libre reposa sobre su corazón.

Adiós, A. Es como si la imagen me susurrase las palabras. Ha llegado el momento. Es hora de decirlo. ¿Puedes decirlo? Quiero romper algo. Continúo sosteniendo la foto en mi mano, sin dejar de mirarla. Quiero llevarla conmigo pero, tomo una decisión. No estoy dispuesto a que Arthur sea solo un recuerdo. Quiero estar con él. Salgo de la casa dejando las fotografías y la nota sobre la mesa. No lo digo. Jamás diré adiós.

Comienzo a caminar de regreso al aeropuerto sin saber muy bien qué es lo que allí me espera. ¿Una muerte completa y definitiva? Muy posible, los Huesudos deben de estar muy enfadados tras la conmoción que provoqué. Por mí, como si me usan de reserva de comida. Pero, estoy solo otra vez. Tengo que despedirme de los sueños. Que tonto soy. Uno no puede ser lo que quiere. Lo único que seré será un lento, pálido y encorvado zombi de mirada muerta. ¿Qué creía que iba a pasar? ¿Qué realmente iba a querer quedarse conmigo? Es inútil. Esto me pasa por querer más. Por no conformarme con lo que tenía. Las cosas no cambian, tengo que aceptarlo. Es más fácil no sentir, entonces no tendría que sentirme así. Camino rápido y fuerte, como si estuviera marchando militarmente. Bajo de la autopista y subo por una pequeña carretera comarcal, chocando a través de la maleza e introduciéndome en un bosque de cedros.

Decido sentarme, el pecho me duele mucho y acabo por cerrar los ojos, deseando que todo este dolor se disipe. Otro rayo parpadea y me veo en un parque, con el sol sobre mi cabeza. Pero estoy con Arthur ahora, ambos estamos sentados en un banco observando el agua caer de la fuente. Y, me doy cuenta de que esto es un sueño. Un sueño de verdad y no una repetición de la absurda vida de Francis Bonnefoy.

—Así que ahora sueñas —dice Arthur casualmente y sonrío nerviosamente.

—Supongo que sí.

—Supongo que no tenías nada que soñar hasta que tuviste problemas con chicos —murmura. No sonríe y sus ojos están fríos, completamente opacos. Suelta una carcajada—. Eres como un niño de primaria tratando de llevar un diario.

—Estoy cambiando —le digo nervioso. Puede que tenga razón en eso de ser un niño.

—No me importa —responde él negando con la cabeza—. Ahora estoy en casa. Estoy de vuelta en el mundo real, donde no existes. El campamento de verano se ha acabado, A. Ya no estoy —dice mirándome a los ojos duramente—. Fue divertido, pero se acabó. Así es como funcionan las cosas en este mundo.

—No estoy listo para decirte adiós —contesto sacudiendo la cabeza y evitando la mirada.

—¿Qué pensabas que iba a suceder?

—No lo sé —murmuro—. Estaba esperando algo. Un milagro, tal vez.

Arthur suelta una risa y le miro. No es el Arthur que yo conozco. Es una imagen distorsionada y horrenda de él, alejada totalmente de la realidad.

—Los milagros no existen. Hay causa y efecto, sueños y realidad —hace una pausa—, vivos y muertos —dice recalcando esa diferencia—. Tu esperanza es absurda y tu romanticismo vergonzoso —sonríe retorcidamente y veo unos colmillos irregulares y amarillos—. Es hora de que crezcas, A. Arthur ha vuelto al lugar al que pertenece y tú volverás a tu lugar, esa es la forma en que son las cosas. Siempre lo han sido y siempre lo serán —contesta antes de besarme, mordiendo mis labios y desgarrándolos como trozos de carne blanda, llenándome de sangre la boca, ahogándome en ella. En sangre caliente.

Abro los ojos y me pongo en pie. Se ha hecho de noche y no sé cuánto tiempo he estado durmiendo. El sueño que he tenido ha sido horroroso. Arthur no es tan frío, no es tan cruel. Salgo de los árboles y subo al paso con desnivel. Allí, desde lo alto, puedo ver la carretera vacía y el oscuro horizonte que se encuentra más allá de ella. Me muerdo los labios. Me niego a caer en la provocación de los Huesudos, cuyas últimas palabras han estado resonando en mi cabeza. Te equivocas. Todos ustedes, monstruos de mierda están equivocados. Acerca de todo. Yo no soy uno de vosotros. Soy un héroe y voy a demostrarlo.

Por el rabillo del ojo vislumbro una silueta al otro lado del paso. La forma oscura se mueve hacia mí con pasos firmes y pesados y me encorvo preparándome para una pelea. Un muerto que lleva vagando mucho tiempo solo, pierde totalmente el sentido y se comería cualquier cosa, porque no pueden imaginar otra forma de actuar. Atacarían a los de su propia especie con tal de sobrevivir. La sombra imponente se tambalea más cerca. Estoy preparado. Que venga con todo. La luz de un relámpago le ilumina la cara y dejo caer los brazos a un costado.

—¿G?

Casi no lo reconocí al principio. Tiene el rostro completamente magullado, lleno de heridas abiertas que ya no sangran.

—Hola —gruñe. La lluvia se acumula en su rostro, estancándose en las heridas—. Salgamos… de… lluvia.

Pasamos junto a los árboles goteantes y nos colocamos debajo de la autopista, sentándonos en el suelo rodeados de latas de cerveza oxidadas y jeringuillas. Le miro fijamente.

—¿Qué… hace… aquí… fu…fuera? —le pregunto y quiero golpearme la cabeza. Menos de un día en silencio y ya estoy oxidado.

—Adi…vina —dice G señalando sus heridas—. Huesudos. Me echaron.

—Lo siento.

G gruñe y sonríe.

—Qué… les… jodan —dice pateando una lata de cerveza—. Pero… adivina —le miro con curiosidad y me señala a un grupo de figuras que se acercan tambaleantes hacia nosotros—. Algunos… vinieron conmigo.

—¿Vinieron… contigo? —pregunto— ¿Por qué?

—Las cosas… locura… en casa. Rutinas… sacudidas —me golpea—. Tú… Tú y… él. Algo… en el aire… Movimiento —se queda callado durante unos segundos y me mira—. ¿Dónde está… chico?

—Su nombre es Arthur —esta frase sale de mi boca con fluidez y me siento cada vez mejor.

—Ar… thur… —repite G con un poco de esfuerzo—. Está bien. ¿Dónde está… él?

—Se fue. Fue a su casa.

—¿Tú… bien? —me pregunta dejando caer una mano sobre mi hombro. Cierro los ojos. Mi respiración es lenta. Niego con la cabeza y abro los ojos, mirando hacia la autopista, hacia la ciudad y sonrío. Un sentimiento, después un pensamiento y luego una decisión me recorren todo el cuerpo.

—Voy tras él —miro a G, que me mira sin entender—. A salvarlo… de todo —antes de levantarme, le miro

—Tuve… sueño… anoche. Sueño verdadero. Recuerdos. Recordé... cuando joven. Verano. Wurst… Un niño… pequeño… rubio… hermano. ¿Qué… es lo que se siente? —le miro sin llegar a comprender—. Has… sentido. ¿Sabes… qué es?

—¿De qué… hablas?

—Mi sueño —dice con el rostro lleno de asombro—. Esas cosas… ¿el amor?

Un escalofrío recorre mi espina dorsal pero no sé qué contestarle. Tampoco sé qué está pasando. G está recuperando recuerdos y soñando, haciendo preguntas que resultan sorprendentes. Junto a nosotros hay nueve muertos, todos esperando pacientemente a que lleguemos a una resolución.

—Yo… voy contigo… —comienza G—, a salvarle —se gira y les pregunta a los muertos si nos acompañan. Una sonata de gemidos y gruñidos resuenan en nuestros podridos oídos dándonos a entender que era una afirmación—. Salvar… ¿Ar… thur? —pregunta cerrando los ojos y concentrándose. Asiento con la cabeza y me levanto. No puedo sentirme más feliz en ese momento. No sé que estoy haciendo o cómo lo estoy haciendo, pero sé que voy a volver a ver a Arthur, que no le tendré que decir adiós. Espero que aparezca un milagro. Aunque no creo mucho en ellos. Es el momento de entrar en acción. Partimos hacia el norte y un trueno resuena en las montañas, lejanas y a nuestras espaldas. Aquí estamos, y no pensamos marcharnos a ninguna parte.

No sé cuánto tiempo llevamos caminando, pero no parece que haya sido más de un día. Hemos llegado a la ciudad y el olor a vivos se hace cada vez más fuerte a medida que llegamos al Estadio, el cual sirve de entrada al refugio de Arthur y sus compañeros. Recuerdo una de las muchas memorias que recibí de Francis. En ella, ambos salían por una especie de puerta trasera, oculta tras un callejón maloliente, la cual no tenía ninguna vigilancia. Ese sería mi plan. Entrar por ahí y buscar a Arthur, aprovechando que era de noche y no habría tanta gente despierta. Me despido de mis compañeros, la comitiva de muertos cambiantes que he llevado a mis espaladas acompañándome. G se acerca y sonríe como siempre.

—No… mueras —dice a lo que asiento levemente. No pensaba morir, no podía morir. Tenía que encontrar a Arthur y contarle todo lo que me había estado pasando, a mí y al resto de mis compañeros—. Te espero… aquí.