¡Hola!
¡AHGSFAHDASDAHDS!
¡No os podéis imaginar lo contenta que estoy!

Este capítulo es uno de mis favoritos, por no decir mi favorito. Aunque este y el siguiente son los mejores, donde está toda la acción y hay más sentimientos y... No digo más cosas que me emociono y hago spoilers x'D ¡DIOS! No os podéis imaginar lo feliz que me hace ver tantos comentarios y seguidores en favoritos o en follows... ¡SOIS UN COMPLETO AMOR! ¡AAAAH! ¡QUIERO GRITAR! *insertar grito fangirl aquí* De verdad, mil gracias: (Fran-Shi, MyobiXHitachiin, Mapple Syrup, Mariasa, Darklolita666, Nakuh y Yuukii Kirkland) ¡Espero que os guste el capítulo! ^^

Disclaimer: ni "Warm bodies", ni "Frank Sinatra", ni "Roy Orbison", ni "The Beatles", ni "Elvis Presley", ni "Capitán América", ni "Hetalia" y sus personajes ( y mucho menos los objetos o "cosas" que pueda mencionar aquí y que estén registradas me pertenecen y esto solo lo hago por amor al arte (?) y porque estoy enferma y no puedo desengancharme de esos dos)

Disclaimer 2: A continuación, dentro del capítulo, veréis una pequeña mención de los hermanos de Arthur y, como no son míos, tengo que dar su correspondiente crédito. Owen (Gales) es de Beek, Liam (Irlanda del Norte) es de Shadz, Scott (Escocia) pertenece a los artistas de Pixiv, Niamh (República de Irlanda -mujer) es de HurrHurr y Peter y Arthur pertenecen a Himaruya. Por cierto, os recomiendo que os paséis por los tumblrs de estas personas y veáis su arte. Y por el de "Ask the UK Bros" ¡Es genial! Aquí os dejo una foto de todos los niños (aunque es de cuando son pequeños) (Quitar los asteriscos)

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P.D: El siguiente capítulo (¡Y último!) lo subiré el domingo. Hay, que veo que me voy a poner sentimental en el siguiente... AHGSFADSHAGDS x'D Nos leemos ^^


Capítulo 5

Camino por las calles cercanas y me introduzco en el callejón. Si el aeropuerto olía mal por la cantidad de cuerpos en descomposición que había, aquella calle debía de ser la culminación de todos los malos olores. Vapor cálido y blanco salía de las alcantarillas, nublando la vista. Los cubos de basura estaban a reventar y las ratas danzaban a sus anchas por los baldosines de roca del suelo. Paso cerca de la escalera metálica de emergencia de una de los bloques de edificios y llego hasta el final. No es más que una tapia de madera, alta y gruesa. Puedo romperla, pero no quiero llamar la atención, no demasiado. Respiro hondo y la observo. La puerta tiene que estar por alguna parte. Alzo mis manos y comienzo a tantear las maderas en busca de cualquier cosa; una abertura, una manivela, una muesca, cualquier cosa estaría bien. Me paso la lengua por los labios agrietados y sonrío al encontrarlo. Uno de los tablones está suelto y consigo desplazarlo, abriendo una pequeña apertura en la valla por la que me cuelo y la que después consigo tapiar para evitar alguna otra incursión de seres indeseados. Camino por las calles de detrás de la valla con rapidez e intentando aparentar normalidad. Sin embargo, me detengo antes de llegar a una especie de cobertizo que obstruye totalmente la continuación.

Bajo la mirada y me observo detenidamente. No puedo presentarme así delante de tantos vivos. Se darán cuenta de que soy un zombi. Y no creo que entiendan que lo único que quiero hacer es salvar a Arthur. Me abrocho la chaqueta y me paso la mano por el pelo, tal y como he visto hacer a Arthur varias veces cuando estaba conmigo. Me coloco la montura de las gafas y respiro, intentando tranquilizarme. ¡Aunque es muy difícil! Mi corazón no late pero siento como si estuviera bombeando a mil por hora, como si en cualquier momento fuera a escapárseme del pecho. Doy un paso al frente y empujo la puerta del cobertizo, la cual está abierta. Lo cruzo y bufo. ¿Ahora como salgo de ahí? ¡No hay ninguna otra puerta…! Espera, que sí que la hay. Aunque no es una puerta realmente. Aparto unos cuantos botes de pintura y sonrío nuevamente. Ahí hay un agujero lo suficientemente grande como para que pueda colarme sin problemas.

Al momento en que salgo del pequeño cobertizo, mi pecho se llena y colapsa de golpe por el olor humano. Me paso las manos por la cara, descolocando la montura y cerrando los ojos. Este olor es demasiado dulce y penetrante. Me duele. Siento como si me estuviera ahogando en un frasco de perfume sofocante. Y, sin embargo, a pesar de todo ese olor, puedo percibir a Arthur. Su olor característico es como una pequeña vocecilla que grita ayuda entre toda esa marea. Sonrío y la sigo, me guío por el olfato. Voy hacia allí, Arthur. Solo espera. Las calles son del ancho de una acera, muy estrechas, y ninguna está enumerada por nombres de estados, presidentes o algún nombre significativo. No. Allí solo hay gráficos simples; manzana, pelota, gato, perro… Una pequeña guía alfabética para niños que contrasta con los residuos de la vida cotidiana de los vivos; latas de refresco, colillas, envoltorios, condones usados y cartuchos de balas. Me reprendo por estar mirando la ciudad como si fuera un turista, se supone que tengo que pasar desapercibido. Muevo la cabeza, negando en el proceso, intentando tranquilizarme y aclarar mis ideas. Solo tengo una misión; encontrar a Arthur y contarle los cambios que he estado… sufriendo. Sé que él me creerá. Lo sé.

A medida que camino, la intensidad del olor de Arthur se duplica a cada edificio que paso. Algunas pequeñas y tímidas estrellas iluminan el firmamento. Un balido me hace bajar la vista y comienzo a alejarme con algo de prisa, mientras no dejo de murmurarle que se marche. Y, me sale con una naturalidad que me da miedo. Giro en una esquina y me detengo bajo un solitario edificio de piedra cuya fachada es bastante recargada. Parece una universidad. Hay un balcón en uno de los laterales de aspecto romántico del que sale una luz naranja y unas voces. Me escondo detrás de una pila de cajas en el patio trasero de césped artificial y me dispongo a escuchar. Oigo a Arthur. Arthur y otro chico, hablando de algo en un tono nervioso y sincopado, como el jazz, encontrándome bailando mentalmente al ritmo de su conversación. No me doy cuenta en qué momento se apaga la conversación, pero Arthur sale al balcón, apoyándose en la barandilla con los codos y vistiendo tan solo una camiseta negra y nos pantalones largos a juego. No puedo evitar sonreír y mirarle como un bobo. El sentimiento de reunirme con él es demasiado fuerte, aunque solo haya pasado un día. Escucho como bufa y mira hacia la luna.

—Aquí estoy de nuevo —murmura hacia el aire—. Scott me ha dado una palmada en la espalda en cuanto entré en casa, como si fuera un maldito entrenador de fútbol. Ni si quiera Owen, Liam, Niamh o Peter me han saludado como esperaba –dado que no estaban-, tan solo la fría frase de "Me alegro que estés bien", para salir a alguna estúpida reunión —se muerde el labio y me veo haciendo lo mismo que él, solo que sin poder quitar los ojos de su rosada boca, deseando ser yo quién se los mordiera—. Nunca ha sido especialmente cariñoso pero… Podría haber mostrado un poco de alegría. Se supone que cuando desaparecí tendría que haberme dado por muerto. Y vale, sí, envió a los grupos de búsqueda pero… Bah. Seguro que no lloró, no puedo imaginármelo llorando —mira fijamente al suelo como si allí fuera a encontrar todas las respuestas—. ¿Qué demonios pasa con la gente? ¿Les falta alguna pieza en la cabeza? O, a lo mejor es a mí a quién le falta —gruñe y se pasa una mano por el pelo, mirando nuevamente a la luna—. ¡Y encima, extraño a ese estúpido de A! —suelta una carcajada y yo contengo la respiración cuando escucho sus palabras, omitiendo el estúpido. Aunque sé que cuando dice algún insulto, lo dice desde el cariño, o eso quiero creer—. Oh, God! ¡Tengo que estar volviéndome loco! ¡Esto no es más que una locura! ¿Pero es realmente una locura? Solo por el hecho de que él es… Well, lo que sea… ¿No es acaso "zombi" solo un nombre tonto que se nos ocurrió para describir un estado que no entendemos? ¿Qué hay en un nombre? Si fuéramos… Si hubiera algún tipo de… —abre los ojos y se golpea la frente—. Debo dejar de leer a Shakespeare. ¡¿Pues no estoy retocando el monólogo de Julieta?! Parezco un imbécil que…

—Arthur —murmuro saliendo de las sombras y provocando que calle abruptamente. Noto como todo su cuerpo se tensa—. Arthur… —vuelvo a susurrar. Arthur suelta una carcajada y se gira lentamente para mirarme a la cara, como si no se creyera lo que sus ojos veían—. Hola.

Sonríe brevemente y siento como mi cuerpo entero se derrite, aunque su sonrisa no haya durado demasiado.

Bloody hell… A… ¿eres tú? ¿Qué estás haciendo aquí? —sisea intentando mantener la voz baja.

Me encojo de hombros y sonrío.

—Vine… a verte.

—A… Yo tenía que volver a casa, ¿te acuerdas? —me pregunta suavemente—. Se suponía que ibas a decirme adiós.

Niego con la cabeza: —No sé por qué… dijiste adiós. Me gusta más… hola.

—¡Agh! —bufa molesto llevándose las manos al pelo—. ¿No lo entiendes A? ¡Es peligroso! —murmura sin poder evitar subir el tono de voz—. Podrían matarte, ¿lo entiendes?

—¡Arthur! ¡Cállate! —se queja una voz masculina desde el interior de la casa—. ¡Estoy intentando dormir!

Sorry, Lovino —grita de vuelta Arthur, entonces me mira fijamente—. Esto es una locura. Vas a morir, da igual lo cambiado que estés. Las personas a cargo no les va a importar una mierda, no escuchan, solo disparan y… ¡¿Qué demonios estás haciendo?! —me pregunta pero no le contesto. Me he enganchado a la tubería del desagüe y estoy trepando, aunque no lo estoy llevando tan bien como esperaba. Todavía queda muy lejos de mis capacidades, de momento—. ¡¿Estás escuchándome?! —la voz de Arthur suena molesta, pero tiene un pequeño deje divertido. Me dejo caer de espaldas, no llevo ni un metro escalado, y escucho como Arthur se ríe, aunque intenta evitarlo.

—¡¿Estás hablando con alguien, pirado?! —vuelve a gritar Lovino—. ¿Has perdido totalmente a cabeza?

—¡No! —grita Arthur molesto dándose la vuelta. Escucho como una puerta se abre y la voz del chico que ha estado gritando antes, se hace más fuerte.

—En serio, ¿qué está…? —Lovino aparece a mi vista y abre la boca en cuanto me ve. Por las visiones, su aspecto no es mucho distinto, sin embargo, parece algo más joven que Arthur. Va vestido con un chándal gris, con la chaqueta desabrochada y dejando al descubierto una camiseta de tirantes blanca, sobre el que descansa un colgante con forma de… ¿Eso es un tomate? Alza una ceja y comienza a mover las manos y los labios, como si intentara articular alguna palabra, aunque todo lo que salen son mutismos. Respira intentando recuperarse y mira a Arthur—. Oh, mio Dio! —exclama—. Es el "zombi"

Arthur suspira.

—Lovino, éste es A. A… Lovino.

Muevo una mano en señal de cordialidad, a modo de saludo y Lovino solo atina a alzar ambas cejas y sonreír nerviosamente, murmurando un rápido "¿Qué tal?" Ambos desaparecen del balcón y, al cabo de unos minutos, la puerta delantera de la casa se abre, descubriendo el rostro de Arthur.

—Hola, Arthur —digo sin tener en cuenta nuestra conversación anterior. Arthur me mira fijamente. Tiene los labios ligeramente abiertos y parece que por un momento no sabe que decir. Está muy guapo de esa forma—. Lo siento.

—Lo sé —murmura con un hilo de voz. Sus ojos están un poco vidriosos, como si se estuviera preparando para llorar, aunque él jamás haría eso frente a mí—. Yo también lo siento, A —contesta. Él vacila, da un paso al frente y me abraza—. Te extrañé —susurra en un tono bastante bajo.

—Yo… ya oí eso.

Él se separa un poco para mirarme, y veo como en sus ojos brilla algo que no sé muy bien como describir.

—Oye, A —dice pero permanece callado y vuelve a abrazarme. Puedo sentir su nariz en la curvatura de mi cuello, su cuerpo pegado al mío y sus brazos rodeándome, descansando en mi cintura—. ¿Si te beso, me… convertiré? —susurra de nuevo, tan bajito que me cuesta escucharlo si no llego a hacer un gran esfuerzo.

Mis pensamientos saltan como una piedra del camino durante un seísmo. Hasta dónde yo sé, solo un mordisco dado a conciencia, una gran transferencia de sangre, tiene el poder de hacer que los vivos se conviertan y se unan a nosotros los muertos. Una luz parpadea al final de la calle y veo como Arthur se tensa y cierra los ojos con fuerza. El sonido de dos guardias, acompañados por perros de caza, dando órdenes, rompe el silencio nocturno.

—Mierda, la patrulla —susurra y me engancha de la chaqueta, tirando de mí hacia el interior de la casa—. Debemos tener la luz apagada. El toque de queda pasó hace un tiempo —contesta cerrando la puerta y subiendo las escaleras acto seguido. Le sigo por los escalones a través de esa gran casa sintiendo como una mezcla de sentimientos se apoderan de mi interior. Alivio y decepción… Peligrosa combinación. Las luces están apagadas y solo una pequeña lámpara que Arthur lleva entre sus manos es la que nos da la única fuente de claridad. Gira la cabeza y me mira, aunque solo sea de refilón, mientras me conduce por los pasillos del segundo piso—. Mis hermanos no están. Han tenido que salir por un asunto urgente, por lo que estarán fuera unos dos días aproximadamente —dice—. Puedes quedarte aquí sin ningún problema, y sin el miedo a que te descubran. Aunque después… No sé qué vamos a hacer —contesta negando con la cabeza tras pararse frente a una puerta.

De pronto, y sin saber muy bien cómo, me encuentro sentado encima de la cama, con un Lovino, con la nariz arrugada, muy cerca de mi rostro.

—Así que… A —dice Lovino, inclinándose hacia mí—. Eres un zombi… ¿Qué se siente?

—¡Lovino! —exclama Arthur, reprendiéndole, a lo que el castaño solo contestó con un gesto soez hecho con la mano.

—¿Cómo sucedió? ¿Cómo te convertiste? —me encojo de hombros y miro a Arthur, que se hace el desentendido—. No veo ningún mordisco ni alguna herida de bala… Debió de ser por causas naturales —murmura—. ¿No había nadie para quitarte el cerebro? —pregunta alzando una ceja, vuelvo a encogerme de hombros. ¿Por qué tiene que hacerme tantas preguntas? —. ¿Cuántos años tienes? No puedes tener más de veinticinco… ¿Cómo es que no estás todo podrido? ¡Eres un cadáver! ¡Deberías oler y apenas lo siento! —exclama y alza una ceja, mirándome con una sonrisa un tanto extraña y retorcida—. Oye… A… Dime una cosa. ¿Las funciones de tu cuerpo todavía funcionan? Quiero decir, ¿aún puedes…? —alza varias veces las cejas y se gana un capón de parte de Arthur—. ¡¿Qué?!

—¡¿Por qué le preguntas eso?! —pregunta molesto—. ¡No ha venido a que le interrogues!

Lovino alza los brazos en señal de rendición.

—¡Bueno, vale! Maldizione… —contesta—. Ya veo qué prefieres comprobarlo por ti mis… Vale. Ya me callo —me vuelve a mirar fijamente—. Yo te conozco de algún lado —murmura a lo que Arthur simplemente le ignora y se sienta a mi lado.

—¿A qué has venido, A?

—Yo… quiero mostrarles… a todos… qué… podemos… cambiar.

—A… —niega con la cabeza—. Nadie se va a tragar eso—. Arthur traga saliva mientras intenta mirarle fijamente a los ojos—. Ni siquiera podrías acercarte lo más mínimo sin que te volaran la tapa de los sesos —miro a Lovino que se ha levantado y me mira desde cierta distancia, aún sin quitarme los ojos de encima. Parece que está pensando, pero siento un escalofrío por la forma en que me mira. Decido ignorarle y vuelvo toda mi atención a Arthur, que suspira molesto. ¿Qué he hecho mal esta vez?—. Espera un momento, ¿has dicho podemos?

Asiento lentamente con una sonrisa. Me sale natural y Arthur parece sorprendido ante mi gesticulación facial, puesto que me roza con suavidad la mejilla.

—Muchos… estamos… cambiando —contesto—. S…soñamos.

—Eso es muy importante —susurra Arthur sin apartar los ojos de mí. Me siento importante y me da igual que Lovino me esté observando como si fuera un sujeto dentro de un laboratorio experimental.

—Debemos… darnos prisa.

—¿Por qué…?

—Los huesudos… me persiguen… Nos persiguen —contesto—. A Arthur también.

Él se levanta y mira a Lovino con determinación.

—Tenemos que contárselo.

—¡No! ¡Es una idea horrorosa! ¿Acaso eres tonto? —pregunta Lovino molesto cruzándose de brazos—. Arthur, hemos tenido esta conversación cuando llegaste. Tú hermano ya no es un hombre razonable, no desde que murieron tus padres. ¡Acéptalo! A tu hermano Scott le encanta dispararles en la cabeza, ver como se quedan inmóviles. Y tú hermana Niamh no es diferente. Los únicos que se salvan son Owen, Liam y Peter, y aún así, Liam está empezando a seguir los pasos de Scott —hace una pequeña pausa—. Vale, los únicos que se salvan son Owen y Peter, pero porque el primero se comporta como una madre para todos vosotros y el segundo es demasiado pequeño como para hacer algo.

—¡¿Y qué otra salida nos queda, Lovino?! —pregunta fuera de sí Arthur, queriendo golpearle—. Aunque tendríamos que cruzar la ciudad—murmura cerrando los ojos. No puedo dejar de mirar de un lado a otro su conversación. Parece un partido de tenis, con la razón yendo de un lado a otro como una pelota. Un silencio incómodo nos envuelve y Arthur se gira para mirarme. No puedo evitar perderme en esos ojos verdes que tanto me gustan.

—Bueno, creo que podría pasar.

Arthur se vuelve y le mira alzando una ceja. En ese momento, Lovino también adquiere mi total atención.

—¿Cómo dices?

—Digo, que podría pasar por las calles… como una persona normal —Arthur le miró asombrado—. Tengo un poco de maquillaje que mi hermana guarda para una ocasión especial que evidentemente no va a llegar y…

—Espera… ¿Felicia no está saliendo con Ludwig? —pregunta Arthur mientras yo me quedo callado sin entender ni una sola palabra.

Lovino bufa y mueve la mano en el aire, restándole importancia al asunto.

—A ese bastardo amante de las patatas le gusta mi hermana con o sin maquillaje… Creo que es lo único bueno que tiene. Pero ni se te ocurra decirle que te lo he dicho o lo negaré completamente —advierte frunciendo el ceño—. Imagínate que lo estamos maquillando para un disfraz… Un poco de base de maquillaje, quizá un poco de colorete… —mira a Arthur tras dedicarme una sonrisa nerviosa—. Mejor mucho colorete.

Sonrío y niego con la cabeza, alzando las manos e intentando protegerme. Arthur y Lovino me miran, sonríen peligrosamente y se ríen.

—Oh, sí… Sí piensas —contesta Arthur.

¿Sabes? Me hubiera gustado que mi vida fuera, en este momento, como una película, porque así podría cortarlo y hacer un montaje. Una secuencia rápida de imágenes acopladas a alguna canción pop fácil de soportar… Algo que hiciera que aquella tortura a la que ellos me sometieron fuera más deprisa. Me probaron por encima algo de ropa que les pertenecía, aunque siendo ellos más bajitos y menos corpulentos que yo, rasgaba las camisetas y rompía botones… Como si fuera un culturista, esos que tienen el cuerpo lleno de músculos que dan grima cuando se embadurnan de aceite. No puedo evitar sonreír y sentirme más relajado cuando se dan por vencidos. Pero no canto victoria. Me obligan a meterme en el baño y bajo la ducha, mientras que lavan mis viejas ropas.

Y tengo que decir que la experiencia no es mala. Hacía tanto tiempo que la había olvidado, que la saboreo con ganas; como el primer sorbo que le das a una copa de vino… El primer beso. Relajo los hombros y siento como el agua caliente y humeante baja por mi cuerpo, arrastrando la suciedad de meses o años, haciendo desaparecer la sangre –alguna mía y otra mucha de otros- y haciendo que mi piel verdadera resurgiera al exterior. Me observo brevemente. Estoy marcado por los cortes, rasguños y heridas de bala raspadas, pero completamente limpio. Sonrío. Esta es la primera vez que veo mi cuerpo, por lo menos, después de muerto.

Arthur llega a los minutos, o tal vez fueron horas… No lo sé. Estaba muy a gusto bajo el chorro de agua. Y me informa de que ya tiene mi ropa preparada. Han cosido los agujeros más notables y sonrío dando las gracias. La mano de Arthur se roza con la mía y él la aparta sonrojado exigiéndome que me dé prisa, mientras se da la vuelta y se aleja de nuevo hacia el cuarto. Me visto disfrutando del sentimiento de limpieza que me resulta desconocido y con el que empiezo a sentirme a gusto. La camiseta ya no se me pega y los pantalones no me irritan. Cuando salgo, Lovino me está esperando con un cepillo de dientes y pasta dentífrica.

—Lávate la boca… Al menos, intentaremos ocultar un poco ese olor a cadáver que sueltas cada vez que abres la boca, que debo decir que no es muy a menudo y…

—¡Lovino, basta! ¡Eres un borde! —le grita Arthur desde la habitación. Lovino bufa molesto.

—¡Mira quién fue a hablar! ¡El señor carismático! —chasquea la lengua y me obliga a meterme de nuevo dentro del cuarto de baño.

¿En qué momento me dejé tocar por Lovino? Me sentó sobre una silla y comenzó a lavar mis dientes con ímpetu. Me obligó a escupir varias veces y a enjuagarme con un líquido rosáceo que llegaba a la tonalidad del morado fosforescente y a sonreír al espejo. Mi sonrisa no estaba precisamente blanca, pero podía pasar por la de un adicto al café. Me puso una toalla por encima del torso, cubriéndome los hombros y la ropa. No tenía ni idea de qué era lo que iba a hacer hasta que le vi sacar unas tijeras del bolsillo trasero de su pantalón y sonreír macabramente. ¡Me iba a convertir en daditos de zombi! ¡Lo estaba viendo! Quería gritar para que Arthur viniera a ayudarme pero no… Soy un héroe y los héroes aguantan carros y carretas. Me corta el cabello e intenta recortar el mechón rebelde y contra la fuerza de la gravedad que tengo al inicio de mi frente, pero se lo impido.

—Vale, vale… Pero creo que te verías mejor sin él. Solo digo eso —murmura enfadado. Se aparta un poco, tras quitarme la toalla y evitando que los pequeños restos de cabellos cortados cayeran sobre mí y me observa—. Soy un artista… Ahora será mejor que pases por pintura, que la chapa está terminada.

Ambos entramos de nuevo en el dormitorio donde Arthur nos espera con un montón de productos sobre la mesa. Me siento aliviado y, por qué no decirlo, algo satisfecho de mí mismo cuando Arthur observa mi aspecto. Asiente con la cabeza y me señala una silla de ruedas para que me siente en ella. Habría esperado alguna frase del tipo "A, estás muy guapo", pero seamos sinceros. Esas palabras no las voy a escuchar jamás salir de la boca de Arthur. Antes de conseguir sentarme, escucho un zumbido y me giro, observando a Lovino rociarme con un espray de algo que huele muy fuerte. No puedo decir a ciencia cierta lo que es, aunque en el bote distingo algunas letras, que no paran de moverse.

—¡Ugh, Lovino! —se queja Arthur—. ¡Odio esa cosa! Y ni siquiera apesta.

—Él apesta un poco —se defiende el castaño.

—Sí. Ahora sí que apesta —murmura—. No sé por qué les gusta tanto este olor a mis hermanos.

Lovino alza una ceja y se sienta cerca de un reproductor de música.

—Es el olor de los machos —contesta sobreactuando sus palabras, diciéndolas con acritud—. Mira, Arthur, mejor que huela como una planta química que a un cadáver. Además, así mantendrá a los perros lejos de él —me mira y sonríe—. Eres un bocadito muy apetecible para esos chuchos.

Discuten sobre si ponerme o no gafas, y deciden lo segundo. Arthur me advierte que no mire a nadie, y Lovino suelta que es imposible que me ponga a hacer un concurso de miradas. Y su tono es malicioso. ¿Cómo puede ser Arthur amigo de alguien así? Debe de tener algo bueno, eso seguro. El paso final de su plan de remodelación es el maquillaje. Arthur empuja la silla sobre la que me he sentado hasta una mesa con un espejo enorme frente a ella. Me siento ahora mismo como una estrella de Hollywood preparándome para el primer plano de una secuencia de acción muy importante. Una música empieza a sonar por toda la habitación, aunque yo no la reconozco. Es el chasquido de lo que parece un tambor, o una batería… acompañada de algo metálico, que suena varias veces. Golpes secos antes de que comience a sonar la voz del cantante, masculina, grave y sensual.

Pretty woman, walking down the street… Pretty woman…

—Lovino, ¿podrías quitar esa canción? —dice siseando—. No es el mejor momento.

—¿Por qué? —pregunta molesto—. Tiene gracia.

Arthur niega con la cabeza.

—No. No la tiene —contesta antes de ponerse manos a la obra.

Me echa crema, que no sé para qué sirve realmente, si mi piel está completamente muerta, para después continuar con una base de maquillaje. Me pinta con un lápiz clarito bajo los ojos y lo extiende con los dedos. Me gusta el tacto de los dedos de Arthur. Me echa polvos, me pone colorete, dándole color a mi piel marcada por los blancos y negros. Y, cuando terminan, me miro al espejo con asombro. Estoy… vivo. O eso parece. Y sonrío. Mis dientes no son todo lo blancos que deberían pero pasan por una sonrisa normal, inclusive atractiva. Me gusta el resultado. Ahora mismo soy un joven guapo, exitoso y en la flor de la juventud, un héroe en toda regla. Me río en voz alta y mi voz sale con naturalidad, inclusive algo aguda y estridente, pero que parece sorprender tanto a Arthur como a Lovino. Risas. Otra primicia para mí.

Oh mio… —comienza a decir Lovino una vez que se levanta y me mira, alejándose para tener una mejor visión.

—Eh… —Arthur inclina la cabeza sin saber muy bien qué decir o qué hacer—. Te ves…

—¡Estás buenísimo! —espeta Lovino antes de aclararse la garganta—. No tanto como yo, pero podrías pasar por alguien atractivo.

Arthur bufa y se acerca para cubrirme la hendidura que me había hecho con el cuchillo durante su estadía en el aeropuerto. Sonríe murmurando un rápido "Sorry" y después se aleja, dando un paso hacia atrás y estudiándome como un pintor perfeccionista, complacido pero cauteloso… Como si todavía no se lo terminara de creer.

—¿Con…vincente? —pregunto.

Yes —susurra Arthur sin quitarme los ojos de encima. Me gusta la sensación de ser observado por él. Lovino, por el contrario, no deja de mirarme fijamente tras haber soltado aquella frase. Abre la boca y los ojos y sale de la habitación, desaparece literalmente, dejándonos solos.

Le ofrezco a Arthur mi mejor intento de sonrisa ganadora, la misma que he visto a los héroes de cómics o a los galanes de las películas poner, estirando los anchos labios.

Oh, bloody hell —exclama—. No hagas eso. Definitivamente no—suspira y se acerca hasta mí—. Solo sé natural —dice—. Imagina que estás en casa en el aeropuerto, rodeado de tus amigos. Ese al que quería cortar como un embutido —suelta—, y al que tendría que haber hecho picadillo —murmura.

Pienso en el pasado, pero solo me vienen imágenes en las que estoy junto a Arthur. La primera vez que dijo mi nombre, bueno, la letra por la que empezaba mi nombre, la sensación caliente que se deslizó por mi cara por primera vez mientras compartíamos una cerveza…

—Ahí está —me alaba—. Eso está mucho mejor.

Lovino vuelve a la habitación y me mira con los ojos abiertos. Su respiración es agitada y tiene la boca entreabierta intentando recuperar el aliento. Entre sus manos lleva un álbum de fotos. Arthur le mira y señala el álbum.

—¿Qué es eso? —pregunta.

—Sabía que me sonabas de algo —dice Lovino—. ¡Y tenía razón! —grita y coge a Arthur de la manga de su chaqueta y le muestra una fotografía. Arthur emite un pequeño sonido de sorpresa y me mira, intercalando rápidos movimientos entre mi rostro y la fotografía.

—¿Qué ocurre? —pregunto levantándome e intentando acercarme a ellos. En cuanto llego a su lado, observo la fotografía y veo a alguien muy parecido a mí, pero con brillo en los ojos y un color bastante saludable, tal y como estoy ahora mismo gracias al maquillaje. Además, parezco feliz y estoy junto a otro chico muy parecido a mí. ¿Quién sería?

—¡Eres Alfred F. Jones! —le miro alzando una ceja sin entender—. ¡Eres el hermano mayor de Matthew! —se gira hacia Arthur—. Es el chico que desapareció poco después de que Matthew llegara aquí. El del primer funeral que… celebramos —murmuró bajando la voz.

—¿Te refieres a Matthew, el hombre de la sección de sanidad? —pregunta y Lovino asiente con la cabeza. No sé quién es ese Matthew, pero parece que tiene algo que ver conmigo—. Entonces… la A es de Alfred —susurra Arthur sorprendido. Sacude la cabeza y sonríe tensamente—. Bueno, Alfred, ahora que sabemos tu nombre, será mejor que nos demos prisa.

Los tres salimos de casa de Arthur. Lovino ha cargado una pistola y se la ha guardado detrás en el pantalón, en una especie de cartuchera. Arthur ha intercambiado unas cuantas palabras con Lovino, pero tan alejados están de mí, que no he podido escuchar nada. ¿Estarían hablando de mí? A lo mejor se estaban planteando el entregarme. No, Arthur jamás haría eso. Caminamos por las calles y llegamos hasta un edificio alto, no más largo que dos habitaciones y de cuatro pisos. Parece una torre de vigilancia, más que una vivienda. Es completamente blanca y tiene unas ventanas pequeñas con cortinas completamente lisas que parecen desde fuera hechas con papel. ¿Dónde estamos? Me giro a mirar a Arthur y veo como se acerca hasta la puerta y llama. Lovino permanece detrás de nosotros todo el rato, como si fuera alguna especie de guardaespaldas. Observo por encima de mi hombro su expresión. Está completamente serio y no muestra ninguna emoción en su rostro. Me encojo de hombros y me vuelvo hacia Arthur. La puerta de la casa se ha abierto y hay un hombre moreno con rastras en la puerta. Nos mira y asiente, dejándonos pasar.

La casa es sencilla y no está muy decorada. El hombre que ha abierto la puerta desaparece escaleras arriba y baja acompañado a los pocos segundos por otro hombre rubio de unos treinta años, aunque parece más joven, con el pelo ligeramente ondulado pero corto, un mechón graciosamente rizado que cae sobre su frente, y ojos violáceos ocultos tras unas gafas de montura roja. Se acerca a Arthur y le sonríe amablemente.

—Buenas noches, chicos —dice en un susurro de voz. Me suena mucho esa voz, es cómo si ya la hubiera escuchado antes—. ¿Os puedo ayudar en…? —su voz se entrecorta tras posar los ojos en mi. ¿Qué pasa? Observo cómo se lleva las manos a la boca y comienza a temblar—. ¿A…Alfred? —murmura al borde de las lágrimas, dando un paso dubitativo hacia mi cuerpo. Asiento con la cabeza pero muy imperceptiblemente. Arthur sale en mi ayuda, cosa que agradezco.

—Acabamos de descubrir que se llama así aunque…

—Es un zombi —contesta Matthew antes de abrazarme. Escucho como sorbe por la nariz e intenta controlar el llanto—. ¡Te he echado mucho de menos, Alfie!

Nos toma unos minutos el que Matthew se calme. No hace más que abrazarme, apoyar el rostro sobre mi hombro y llorar, para después separarse y acariciarme el rostro con ambas manos, mirándome cariñosamente mientras observo sus ojos violetas desbordados por las lágrimas. En una de esas ocasiones, me vi abrazándole de vuelta, pero tras tener una pequeña visión de dos niños pequeños, rubios y casi idénticos salvo el cabello, comiendo tortitas en una especie de porche. ¿Tendría realmente familia? Arthur nos llevo hasta unos sofás y nos sentamos. Lovino permaneció de pie durante toda la acción y no actuó ni dijo nada. Se dedicó a observarnos hasta que Matthew le dijo que Felicia estaba arriba con Ludwig y él salió disparado murmurando entre dientes algo sobre proteger la inocencia de su hermanita. Arthur nos mira y llama la atención de Matthew.

—¿Entonces…? —Matthew asiente con la cabeza y le mira, sin soltarme la mano. Es cálida y su tacto es agradable. Me hace sonreír levemente, sintiendo como si fuera algo a lo que estaba acostumbrado antes, aunque no sé de dónde viene esa sensación—. Íbamos a ver a mi hermano pero, cuando Lovino vino con un álbum de fotos y le reconoció, pensé que era mejor venir primero aquí.

—¡¿Vas a entregarle?! —pregunta alarmado y Arthur niega con la cabeza. Sonrió y ejerzo un poco de fuerza en la mano de Matthew.

—Yo… estoy cambiando —digo con algo de dificultad. Matthew me devuelve la sonrisa y se muerde el labio—. Siento… cosas que… antes no sentía. Yo… sueño.

—¿Sueñas? —pregunta incrédulo.

Arthur asiente y se aclara la voz.

—Por eso tenemos que ver a mi hermano. Los zombis no sueñan, y si A… Alfred —dice con algo de dificultad y dedicándome una sonrisa cercana a una mueca en señal de disculpa—. No me acostumbro a llamarte así —comenta y luego vuelve a la conversación anterior—. Y si Alfred está soñando…

—Y mis… compañeros —contesto.

—Y sus compañeros, quiere decir que hay alguna forma de que cambien, de que vuelvan a ser… —hace una pequeña pausa, como si temiera decir la palabra. Matthew sonríe y asiente.

Humanos —contesta y suspira—. Hemos estado intentando encontrar una cura, pero parece imposible. ¿Qué te hace pensar que pueden cambiar? —su tono de voz es triste y melancólico.

Arthur se encoge de hombros. No sabe que decir.

—Hemos… olvidado cómo… vivir —respondo y los ojos de ambos me miran fijamente—. Nosotros… podemos… cambiar… si nos… esforzamos. Cambiaremos… Lo pro…prometo… Porque un…

—Un héroe nunca miente —completa Matthew y Arthur sonríe. No sé si sentirme feliz u ofendido, y decido que lo primero es mejor, por lo que sonrío y alzo el pulgar—. Definitivamente, sí eres Alfred —contesta—. ¿Recuerdas algo de…? —niego con la cabeza. Esa pregunta me la han hecho ya tantas veces que me resulta imposible no saber qué quieren preguntarme cuando la dejan inconclusa—. Cuando comenzó todo este horror del apocalipsis, teníamos dieciocho años —Arthur parecía sorprendido y yo, no sabía que pensar. ¿Iba a contarme cosas de mi pasado?—. Habíamos perdido a nuestra madre y lo único que nos quedaba era papá. Nos trajeron de inmediato a este fortín, alegando que estaríamos seguros. Sin embargo, a ti no te gustaba el lugar, decías que era como una cárcel y que lo que teníamos que hacer era plantarle cara a esos zombis y recuperar lo que era nuestro, que por eso éramos libres. Una noche, al poco tiempo de llegar, papá desapareció. Dijo que iría en una misión de reconocimiento de la zona, pero no regresó —su voz se hacía cada vez más pesada y grave—. Y tú —dijo mirándome—, no quisiste quedarte con los brazos cruzados. Saliste de casa y llegaste hasta un cobertizo de madera, en el que hiciste un agujero y por el que te colaste, con la firme intención de encontrar a papá. Dio igual lo mucho que te supliqué porque te quedaras. Tú solo te giraste, me besaste en una mejilla tras abrazarme y me miraste a los ojos diciéndome: "No llores Mattie. Volveré con papá sano y salvo". Y cuando te pregunté que por qué estabas tan seguro, sonreíste y alzaste el pulgar: "Porque soy un héroe, y los héroes nunca mentimos. Es una promesa, Mattie" —dio un largo suspiro y bajó la mirada—. No volví a verte nunca más. Desapareciste. Ni si quiera los equipos de búsqueda dieron contigo. Quedé destrozado y solo. Se celebró un funeral en tu honor, el primero, que celebramos. Aunque hubiera muerto mucha más gente antes, nadie se tomó la molestia de celebrar ninguno —reprimió un gemido y cerró los ojos con fuerza—. Si hubiera sido un mejor hermano. Si al menos no hubiera llorado tanto cuando papá desapareció, a lo mejor no habrías ido en su búsqueda y seguirías… —la voz se le cortó y comenzó de nuevo a llorar.

No supe porqué pero, me dolía verle llorar, igual que me dolía ver triste a Arthur. El corazón se me encogía ante sus palabras. Con mis dedos, sequé algunas de las lágrimas que caían por sus mejillas y le sonreí.

—Todo está… bien —contesto—. Todo saldrá bien… ¿Verdad… Arthur? —pregunto mirándole.

Arthur me mira fijamente y, tras unos segundos, acaba asintiendo. Matthew solo nos mira, intercalando miradas de mi cuerpo al de Arthur. Baja la mirada y sonríe, soltando una pequeña risa atrayendo nuestra atención.

—¿Qué resulta tan gracioso? —pregunta Arthur curioso.

—Nada —contesta negando con la cabeza—. ¿Vas a ir a ver a tu hermano ahora?

—Sí.

—Tened cuidado —contesta antes de escuchar gritos provenientes del piso de arriba. El hombre que nos había abierto la puerta antes aparece de nuevo en nuestro campo de visión y mira a Matthew. Está respirando entrecortadamente—. ¿Qué ocurre, Javier?

—Sube… arriba… Lovino… desastre —son las únicas palabras que consigue articular antes de que Matthew se levante, se despida de nosotros rápidamente con un movimiento de cabeza y se lo lleve escaleras arriba.

Arthur comienza a reírse, aunque intenta por todos los medios que no se note demasiado. Le miro curioso. Nunca le había escuchado reír tan relajadamente. Tiene una risa preciosa.

—¿Qué ocurre? —pregunto y él solo niega con la cabeza—. Dímelo… por favor.

—Tienes más capacidad de habla que Javier —contesta mientras intenta aguantarse la risa y levantarse del sofá. Se coloca la ropa y me mira— Mejor que esperemos a Lovino, le necesitamos si queremos ir a ver a Scott.

No puedo hacer otra cosa más que asentir y sentarme a esperar a que vuelva a bajar Lovino. Pero mientras tanto, no puedo quitar mis ojos de Arthur. Su risa es como un revitalizante para mis oídos, hasta podría llegar a jurar que mi corazón ha pegado un bote de alegría al escucharla. Quiero decirle algo, pero no sé el qué. Abro la boca y siento sus ojos verdes mirándome fijamente, como si él también tuviese algo importante que decirme, más unas fuertes pisadas por las escaleras, nos hace girar la cabeza y mirar. Lovino acaba de aparecer por la puerta, lleva en la mano una pistola de gran calibre que está cargando en ese mismo momento mientras no deja de murmurar cosas en otro idioma.

—¿Problemas con tu cuñado, Lovino? —pregunta Arthur levantándose y llevando consigo una mirada de odio infinito por parte del mencionado.

—¡Ese bastardo amante de las patatas JAMÁS será mi cuñado! ¡De eso puedes estar seguro! —murmura—. ¡Antes le echo encima todo el peso de la mafia!

—¿Mafia? —pregunto mirando a Arthur quién solo me regala una sonrisa y niega con la cabeza, como avisándome de que dejara el tema en paz.

—¡Sí, mafia! ¡Mí mafia! —contesta mirándome fijamente Lovino—. ¡Y yo soy el capo! ¡Ya verás cómo no vuelve a cantar victoria tan fácilmente! —murmura mordiéndose una uña y saliendo de casa—. ¡Andando! —nos grita.

Caminamos durante unos segundos en completo silencio, con Lovino en cabeza murmurando insultos, una gran y variada gama de palabras malsonantes dirigidas a un tal Ludwig, alias bastardo amante de las patatas. Arthur camina a mi lado en silencio, mirando al suelo, y puedo sentir, aún cuando no nos estamos ni siquiera rozando, que está temblando.

—Lovino… —comienzo y él susodicho se gira—. ¿Por qué un… mote tan largo?

—Pues… —no parece saber que decir y se para en seco, metiendo las manos en los bolsillos y cerrando los ojos, mientras inspira profundamente. Arthur no abre la boca, solo observa, al igual que yo. Tal vez no debería haberle preguntado. Estoy a punto de disculparme cuando escucho un grito de euforia por parte de Lovino y veo como su cuerpo pega un salto—. ¡Macho patatas! ¡Ya está! —me mira y sonríe superiormente—. ¿Mejor así?

—Supongo —contesto encogiéndome de hombros.

Continuamos caminando, hasta llegar a una zona donde las tiendas de campaña abundan. El cielo está completamente oscuro, por lo que la única fuente de iluminación son las lámparas que cuelgan sobre las aberturas de cada tienda y las luces de su interior. Hay mesas alargadas de madera colocadas en el exterior, con pequeñas fuentes de luz provenientes de antorchas y pequeños fuegos por doquier, colocados estratégicamente. Lovino va por delante con las manos en los bolsillos. Su cuerpo va relajado, o eso quiere aparentar. Y se balancea de un lado a otro, mientras va silbando una melodía que me resulta conocida. Por mi parte, no puedo evitar sentirme nervioso. Hay demasiada gente por esos caminos, y todos parecen no querer quitarme los ojos de encima. ¿Y si me descubren? ¿Lo pagaran Arthur y Lovino por querer ayudarme? ¿Y Matthew? No quiero que nadie tenga que ser el blanco de represalias por mi culpa. Eso no es lo que hace un verdadero héroe. Miro por el rabillo del ojo a Arthur. Me está observando. ¿Ha notado lo nervioso que estoy?

—¿Qué? —pregunto después de aclararme la garganta.

—Nada —dice—. Es que… —observo cómo se muerde los labios y se pasa una mano por el pelo— estás gua… —sacude la cabeza y continua caminando, apresurando un poco más la marcha y dejando la frase inconclusa. Pero sé lo que ha querido decir y no puedo evitar sonreír. Me hubiera gustado poder contestarle "Tú también estás guapo. Siempre lo estás", pero no tengo la oportunidad—. No sé cómo va a reaccionar mi hermano —dice girando un poco la cabeza y reduciendo la marcha, colocándose de nuevo junto a mi cuerpo—. A veces se vuelve un poco loco —suspira y me dan ganas de abrazarle, y decirle que no tenga miedo—. No sé si dará resultado.

Suficiente. Le agarro del brazo y le junto a mi cuerpo con algo de dificultad. Le aprisiono con mis brazos y apoyo mi cabeza sobre la suya depositando un pequeño beso en su cabello. Noto como todo su cuerpo está tenso y sus brazos no saben cómo reaccionar. Pero yo continúo a lo mío.

—Todo estará bien. Yo te protegeré, Arthur —digo del tirón, como si fuera una frase para la que hubiera nacido—. No tengas miedo.

Arthur me devuelve el abrazo y me acaricia levemente la espalda, mientras no puede evitar echarse a reír. Es un momento mágico. Solos, nosotros dos. Y yo no parecía un muerto, un zombi. Parecía humano. Quiero volver a ser humano. Quiero curarme. Quiero cambiar. Un carraspeo hace que Arthur me empuje con algo de rudeza, separando nuestros cuerpos.

—Eh, parejita —dice Lovino—. Luego tendréis todo el tiempo del mundo, pero ahora, haced el favor de mover el culo.

Arthur se ruboriza y soy capaz de verlo pese a la oscuridad que reina entre nosotros. Antes de que comencemos a andar de nuevo, le agarro de la mano y le hago mirarme a los ojos.

—Pase lo que pase, seguiremos juntos —digo y Arthur asiente tras coger aire—. Lo estamos… cambiando todo.

—Lo sé —susurra—. Vamos.

—Seguiremos juntos… Lo prometo —contesto sabiendo que Arthur me está escuchando y puedo imaginarme como una sonrisa cubre sus labios. Y los míos, al percatarme de que no me ha soltado de la mano.