¡Ay, dios mio!
¡NO ME PUEDO CREER QUE ESTE DIA HAYA LLEGADO!
¡NO, NO, NOOOOO!
Por fin ha llegado el final de este fic que en un principio no quería escribir, pero con el que al final he disfrutado como una enana. Y creo que si he disfrutado tanto (aunque al principio tuviera mis dudas) ha sido gracias a todos vuestros comentarios, favoritos, follows y lecturas fantasma que he recibido. De verdad, no os podéis imaginar lo agradecida que os estoy. Ahora mismo, no se si ponerme a reír o a llorar, porque se cierra un ciclo y yo… ¡Dios! ¡Es que no me gustan los finales!
Solo puedo deciros que ha sido un verdadero placer escribir para vosotros, que muchísimas gracias por haberle dado una oportunidad a la historia y haberos pasado. Gracias a todos los que habéis estado desde el principio, a los que os habéis ido uniendo por el camino, a los que estuvisteis en un principio pero ya no, a los que llegaréis con el tiempo, a todos los que habéis dedicado un poquito de vuestro tiempo para entrar. ¡Os quiero muchísimo! De verdad, creo que mis palabras no van a sonar nunca tan agradecidas como lo noto yo en mi corazón, pero de verdad… ¡UN MILLON DE GRACIAS! Gracias a Fran-Shi, MyobiXHitachiin, Mapple Syrup, Mariasa, Darklolita666, Nakuh, Yuukii Kirkland, Poc, London bridge is fallling down, emi-arlette, DilarisPersefone, Sonicathehedgehog24, mari, Jare la de los gatos, Moth Starwithc, isa-kagamine, Wien, mi ossom nombre, Helado de tomate, Ivychankasumi, Naruki Sakurazuka, Ariz Archy y mery38alice. Y si me ha faltado alguien por mencionar, que sepa que también le doy las gracias. Yo, espero desde lo más profundo de mi alma que os guste el capítulo, el final de esta historia. Espero que os guste. Va dedicados a todos vosotros ;)
Un besito muy grande.
Ciao~
Disclaimer: ni "Warm bodies", ni "Frank Sinatra", ni "Roy Orbison", ni "The Beatles", ni "Elvis Presley", ni "Capitán América", ni "Hetalia" y sus personajes ( y mucho menos los objetos o "cosas" que pueda mencionar aquí y que estén registradas me pertenecen y esto solo lo hago por amor al arte (?) y porque estoy enferma y no puedo desengancharme de esos dos). Owen (Gales) es de Beek, Liam (Irlanda del Norte) es de Shadz, Scott (Escocia) pertenece a los artistas de Pixiv, Niamh (República de Irlanda -mujer) es de HurrHurr y Peter y Arthur pertenecen a Himaruya.
Poc: ¡Muchísimas gracias! De verdad, no te puedes hacer una idea de lo feliz que me hace tu review. Yo también estoy triste porque acabe, pero como todo, tiene que haber un final. Espero que este siguiente y último capítulo te guste. Un besito muy grande y gracias ;)
P.D: Sois todas unas marvadas... Pequeñas máquinas de provocarme sonrojos ¬/ / /¬
Capítulo 6
Acabamos llegando tras sortear varias tiendas de campaña hasta un hangar de metal con las puertas abiertas. A mis oídos llegan voces masculinas, que ríen, o sueltan palabras enfadadas. Lovino se pone a nuestro lado y susurra unas palabras antes de entrar. "Comienza el show", dice antes de inclinar la cabeza al pasar junto a un guardia.
—¡Deteneos! —grita el guardia al que Lovino ha saludado—. ¿A dónde vais?
—A ver a mí hermano, Anthony —contesta Arthur y veo como el guardia frunce el ceño. Tiene la piel algo dorada, pero parece que es por la brisa que corre, o tal vez sencillamente por sus genes. Sus ojos son verdes y su cabello es castaño, algo rizado.
—Lo siento, Arturito —dice sonriendo altivamente cuando Arthur le lanza una mirada furibunda—, pero eso no es posible. No ahora —dice volviendo a ponerse serio—. Estamos en alerta máxima.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre? —pregunta Arthur alzando una ceja. Su tono es cauteloso pero demandante.
—Es… —comienza— confidencial.
Lovino bufa y se pone frete al guardia.
—Mira bastardo, tenemos nuestros propios asuntos confidenciales —contesta intentando pasar pero este se lo impide—. Antonio…
—Lovino —contesta pronunciando su nombre completo, lo que parece sorprender a Lovino—, me encantaría dejaros pasar, pero son órdenes de arriba —se excusa—. Si ven que dejo pasar ahora a alguien, quién quiera que sea, tomarán represalias en mi contra.
—¡Y a mí que me importa lo que a ti te suceda! —contesta enfadado Lovino.
Arthur se interpone entre los dos, empujando a Lovino hacia atrás bruscamente. No puedo permitir que todo esto se quede en nada. Me acerco a Antonio y le miro fijamente, cruzándome de brazos e intentando sacar pecho.
—Déjales en paz —digo.
—¿Y tú eres…? —pregunta mirándome, hasta que abre la boca y se gira hacia Lovino y Arthur—. ¡Él es…!
Lovino se adelanta y le tapa la boca, comenzando a susurrar palabras en su oído. Puedo escuchar el corazón desbocado de alguien, pero no puede ser el de Arthur o el de Lovino. ¿Puede ser un recuerdo del mío, cuando aún latía en esta caja pútrida? Antonio suspira y se aparta.
—Pasad, pero espero que lo que me haya dicho Lovi sea verdad —dice y Lovino pasa golpeándole en el hombro, consiguiendo colarse dentro. En seguida le acompañamos, hasta que escuchamos la voz de Antonio de fondo—. ¡Lovi! ¡Me debes una cita!
—Venga ya —contesta Lovino, desentendiéndose.
Si el exterior me parecía sorprendente, el interior lo era aún más. Estaba completamente lleno de coches, todoterrenos de la marca Hummer que esperaban a ser conducidos. Los hombres pasaban de un lado a otro deprisa, corriendo, cargando armas y mirando de un lado a otro en busca de órdenes. Nosotros tres caminamos lo más rápido que podíamos, apartándonos de vez en cuando de la trayectoria de alguno de esos hombres, que iban vestidos con un uniforme militar de color marrón claro. Una voz metálica sonaba de fondo dando órdenes e informando de algo a lo que habían clasificado como "alarma máxima". Arthur se para delante de una mesa y nos impide el seguir caminando.
—Esperadme aquí —contesta, adelantándose hasta otra mesa en la que había un hombre corpulento y pelirrojo esperando. Aquel hombre, cuyos ojos eran igual de verdes que los de Arthur, bufó y, soltando el humo de un puro que estaba fumando, se acercó al divisar al rubio.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunta una vez que está lo suficientemente cerca de Arthur—. ¿Otra vez Antonio te ha dejado entrar? —Arthur no puede evitar fruncir el ceño ante eso.
—Scott, ¿qué es todo esto? —pregunta en respuesta, ignorando la última pregunta.
Scott se encoge de hombros y niega con la cabeza, dándole otra calada al puro con el que jugueteaban sus dedos.
—No lo sé, pero no es algo bueno —dice mientras camina por las mesas, estanterías y coches del hangar. Lovino me da en el hombro y me insta a seguirlos junto a él. Tenemos que ayudar a Arthur en cualquier momento si surgiera la necesidad de hacerlo—. Hemos recibido numerosos informes de avistamientos de grandes grupos de esqueletos y cadáveres acercándose aquí —suspira—. Y lo peor es que no sabemos por qué. Pero si se trata de un ataque, no vamos a poder evitar que lo hagan. Son demasiados. Nosotros muy pocos —para en seco y se gira a Arthur—. Quiero que vuelvas a casa junto a Liam y Peter y os encerréis allí. Tengo un arma, la…
—Esta —contesta Arthur sacando una pistola del pantalón. Scott le mira asombrado y frunce el ceño—. Sí, vale. Ahora necesito hablar contigo —dice y se lleva a su hermano a un lugar más apartado, lejos de los oídos y miradas de seres indiscretos.
—¡Arthur! —muerde las palabras—. ¡Ahora no!
—¡Pero es importante! —se queja el rubio y tengo ganas de ir y golpear a Scott por ser tan estúpido. Cuando su hermano se sienta, él vuelve a comenzar a hablar—. Te va a parecer una locura cuando te lo cuente pero, creo que los muertos están volviendo a la vida.
La carcajada que salió de la garganta de Scott fue tan sonora que muchos se giraron para mirarle.
—Sí, tienes razón. Me parece una locura.
—¡Pero es cierto! —exclama molesto Arthur golpeándole en el brazo—. No sé qué es lo que está pasando realmente, pero se están curando solos, de alguna manera que está fuera de nuestro entendimiento.
—¿De verdad crees que están curándose solos? —pregunta incrédulamente—. ¡Por favor, Arthur! ¡Madura de una maldita vez! —grita sacudiéndole de los brazos.
—¡Ya he madurado! ¡El único problema es que sigues tratándome como si tuviera cinco años! —grita en contestación y siento el impulso de interponerme, por si llegaran a llegar a los golpes—. ¡Lo he visto con mis propios ojos!
Scott niega con la cabeza, mientras se levanta y golpea el capó del coche con el puño cerrado, cegado por la rabia.
—No, Arthur. No te trato como un niño pequeño. El problema es que no quieres ver lo que sucede a tu alrededor —contesta intentando serenarse. Ha tirado mientras hablaba el puro y lo apaga con el pie—. La cruda realidad es que ellos, cada día que pasan, son más. Mientras que nuestro número, se ve mermado con cada incursión al exterior. Arthur, no están curándose solos. Nosotros somos su fuente de alimento. No se están volviendo vegetarianos —dice—. No comen brécol, comen cerebros, te guste o no te guste. Así que no. No se están curando. Se comen el cerebro de gente querida, como el de Francis, tú novio. ¿De acuerdo? —a cada palabra que pronunciaba, la rabia iba saliendo a flote y, cuando levantó el brazo, no pude evitar dar un paso al frente, con la esperanza de que no se le ocurriera golpearle—. Así que quiero que espabiles de una maldita vez.
Miro a Lovino que está igual de tenso que yo. Inspiro y me levanto del suelo, sobre el que había estado escuchando de cuclillas.
—Yo se lo explicaré —digo en un susurro y el brazo de Lovino me lo impide.
—¿Cómo que tú se lo explicarás? ¿Qué vas a explicar, idiota?
—Yo me encargo —digo saliendo.
Scott continúa hablando mientras se va alejando poco a poco de Arthur, sin dejar de mirarle en ningún momento.
—Vete a casa y atrinchérate junto a Liam y Peter. Son tus hermanos pequeños y tienes que protegerles, te guste o no. Hay provisiones para aguantar más de… —su cuerpo se para de golpe al chocar contra el mío.
El silencio se hace insoportable entre nosotros. Observo como Scott se echa hacia atrás y me observa, sobre todo cuando vez como Arthur se acerca con rapidez y se posiciona a mi lado. ¿Qué hago? ¿Le saludo? ¿O mejor le encaro por gritarle a Arthur? Decido ser cordial e intento esbozar una sonrisa que no resulte demasiado falsa.
—Hola…
Scott permanece callado. Mira a Arthur y después a mí, intercalando miradas entre nosotros. Pareciera que lo está analizando todo.
—¿Quién eres? —pregunta gravemente y no puedo evitar sentir un escalofrío recorrerme la espalda.
—Él es Alfred —contesta Arthur y Scott le manda callar alzando una mano y fulminándolo con la mirada.
—No te he preguntado a ti, sino a él —dice mirándome—. ¿Quién eres? —repite la pregunta y me mira fijamente. No puedo evitar comparar nuestras alturas y observo que él no es mucho más alto que yo. Eso me da algo más de valor para poder enfrentarle. Eso, y que Arthur me ha cogido de la mano.
¡Mierda, mierda! ¡¿Por qué no me salen las palabras?! Ahora mismo, lo único que estoy haciendo es permanecer de pie frente al hermano de Arthur, balbuceando como un niño pequeño, sin poder formar una frase convincente. ¡Ni siquiera me sale mi nombre! Scott alza una ceja y sonríe peligrosamente. Noto como Arthur se tensa y aprieta mi mano.
—¿Eres un cadáver? —pregunta y asiente, sabiendo ya la respuesta.
—Me salvó la vida —contesta Arthur mirando a su hermano—. Me protegió. Yo… Scott, esto parece una locura, y tal vez lo sea, no lo sé. Pero, desencadené algo en él y eso debió desembocar en él algún tipo de cambio en todo su… ¡Scott!
Es rápido. Demasiado. Tan rápido que no he visto cuando sacaba la pistola para apuntarme. Siento el cañón entre mis ojos, sus ojos verdes acribillándome con odio, mientras que Arthur intenta hacer que baje el arma. ¿Ahora es cuando debería tener una larga serie de pequeñas imágenes sobre mi vida recorriendo un camino serpenteante delante de mis ojos? Pues, lo único que puedo ver, es lo que he vivido con Arthur, las personas a las que he conocido en este poco tiempo. Y, la verdad es que es más de lo que me esperaba.
—Ahora me está haciendo reaccionar a mí —dice Scott empujándome contra una valla de metal, pegando mi espalda en ella. Arthur saca una pistola y le apunta.
—Scott, baja el arma —amenaza.
—No eres capaz de dispararme —murmura mirando a Arthur.
—Queremos ayudar —digo, ganándome de nuevo la atención del pelirrojo—. Estamos mejorando.
Scott solo niega con la cabeza, sin dejar de intercalar miradas con Arthur, quién continúa apuntándole con la pistola.
—No, las cosas no mejoran. Solo empeoran, muerden a la gente, esta se contagia y luego yo le disparo en la cabeza… ¡Cállate Arthur! —grita cuando le pide que baje el arma de nuevo—. Fue lo que le pasó a mis compañeros y es lo que le pasará a él —dice apretando los dientes y quitando el seguro del arma.
Un pequeño chasquido metálico resuena en nuestros oídos y nos hace mirar hacia el origen del mismo. Lovino se encuentra detrás de Scott, con el arma levantada y apuntándole, también sin el seguro.
—Lo siento mucho, señor falditas —contesta Lovino y gira su cabeza para mirar a Arthur—. Vete, márchate de aquí, yo me encargo de esto.
—No vas a dispararme, Lovino —dice Scott escuchando como Arthur y yo nos alejamos corriendo—. Eres un cobarde.
Giro la cabeza y miro a Lovino, quien continúa apuntándole con el arma y sonríe.
—Sí, puede estar seguro de que lo haré—contesta, llegando sus palabras lejanas y difusas.
Corremos, salimos lo más rápido que podemos del hangar. Todo parece tan peligroso en estos instantes. Nadie nos presta atención, ni siquiera reparan en que corremos dos de las tres personas que han entrado. Antonio tampoco está en su puesto de trabajo, seguramente ha sido llamado para alguna otra misión. Observo a Arthur correr, es tan ágil, tan lleno de vitalidad, no puedo evitar sentirme dichoso de estar junto a él, aunque sea en esta situación. Sé que mi cuerpo no es tan grácil como el de él, ni se mueve tan elegantemente, y aunque mi postura haya mejorado bastante, continúo dando tumbos y balanceándome torpemente. Escapamos entre las tiendas de campaña y continuamos corriendo hasta que nuestros pies nos llevan a un callejón oscuro, sin ningún tipo de iluminación, en el que solo hay cubos de basura y humo blanco proveniente de las alcantarillas.
—Todo esto… podría haber terminado mejor —dice Arthur entrecortadamente. La carrera nos ha agotado a ambos de manera sorprendente. Inclusive a mí. Inspiro varias veces, doy grandes bocanadas de aire para llenar mis pulmones, siento que lo necesito.
—Debo advertir… a mis amigos —contesto también entrecortadamente mientras reanudamos la marcha, más rápido que un simple paseo. Arthur me mira y asiente—. En el estadio —contesto, y unas luces se iluminan a nuestro paso.
—Fuck! —exclama Arthur y comienza a correr mientras que la alarma ha sido dada y la voz metálica de antes advierte de la presencia de un zombi en el refugio—. Entremos en el metro —dice.
Parece ser que nadie confía en nuestra palabra. Nadie lo hace. Corremos por el metro y llegamos hasta otra salida, la cual no está vigilada y queda muy cerca de la entrada por la que me colé. Arthur me mira fijamente.
—¿Sabes dónde están? —niego con la cabeza y paro en seco. Es cierto, no tengo ni la menor idea de dónde están, me dijeron que me esperarían pero eso fue en el exterior, cerca del estadio. Se lo cuento a Arthur y este niega con la cabeza—. No puede ser complicado encontrarles, el olor es muy característico, sobre todo si hay varios más. Además, hay una entrada al estadio que queda abierta y no forma parte de nuestro refugio.
—¿Cuál es? —pregunto mirándole con curiosidad.
—El campo y las gradas. Esa zona está totalmente desprotegida. A nosotros solo nos servía la parte de los vestuarios, puesto que tenían las salidas de emergencia y sus puertas podían cerrarse con llave.
Corremos hacia esa zona y, lo que veo es igual a lo que me ha contado Arthur. La zona de los vestuarios, está completamente cerrada y unas grandes vallas de metal de rejilla taponan las salidas, junto a tablones de madera gruesa. Arthur los aparta de una patada y se cuela por una pequeña abertura que aparece tras descorrer la valla, al igual que yo, que le sigo. La luz de la linterna nos ilumina en el trayecto. Hay charcos de agua por el suelo que nos calan los zapatos y goteras en el techo. Es un sitio bastante lúgubre y el aeropuerto estaba mejor conservado. Pero todo da igual. Solo quiero terminar con esto cuanto antes. Escucho a Arthur suspirar y respirar nerviosamente. Yo también estaría nervioso si me metiera en la boca del lobo, o en una habitación llena de Huesudos. El olor a muerte es cada vez más fuerte y Arthur se tensa, sobre todo cuando aparecen en nuestro campo de visión. Niega con la cabeza y me para, agarrándome del brazo y obligándome a mirarle.
—¿Qué… es todo esto…? —pregunta y solo puedo sonreír en respuesta. Una gran marabunta de zombis nos espera junto a G en la cabeza. Le doy la mano a Arthur, sintiendo su calor reconfortante y caminamos juntos. G da un paso al frente y asiente con la cabeza.
—Estos son mis amigos —le digo y Arthur asiente sin terminar de creérselo. Sus ojos se mueven con rapidez y me da la impresión de que los está contando—. Puedes acercarte, no pasa nada.
G camina hacia nosotros. Su caminar no es tan tambaleante como antes, pero aún se sigue notando que no está vivo del todo.
—A… —contesta—. Arthur —dice mirándole, a lo que recibe un tímido hola por respuesta—. Listos… para… pelear.
—Sí, ya lo veo —contesta Arthur asombrado. Todavía está en shock por lo que aprieto su mano. Siento como que es una forma de demostrarle que, pase lo que pase, estaré siempre a su lado.
—Nos persiguen los soldados. Los Huesudos se acercan y quieren atacarnos —contesto y escuchamos un horrible grito por todo el campo.
Alzamos las miradas y Arthur no puede evitar soltar un gemido de horror y sorpresa. La cúpula que conforma el techo, completamente hecha de cristal, está cubierta por zonas de figuras esqueléticas completamente negras. Los Huesudos han llegado más pronto de lo que me esperaba. Los demás solo miran hacia arriba, tambaleándose de un lado a otro, meciéndose como si fueran acariciados por las olas del mar. Soltaban algún gruñido o algún gemido, pero muy de vez en cuando, sin llegar a ser claramente tan notables como antaño. Era cierto que estábamos cambiando, no solo yo. El crujido del techo me hace dar un paso hacia atrás involuntario. Se está empezando a romper el cristal. Tengo que sacar a Arthur cuanto antes de aquí, es la presa más débil de todos nosotros. Pero, no porque crea que Arthur es débil, sino porque es el único vivo, el que más tiene que perder de todos nosotros. Y parece que no soy el único que ha pensado lo mismo. Bajo la mirada y miro a G. Asiente y sonríe.
—Ya están… aquí —dice y señala a una de las salidas—. Marchaos.
—Aplastarlos —contesto y G suelta una risa que parece una tos provocada por el humo de un cigarrillo.
—Cuenta con ello —suelta y vuelve a mirar al techo.
Un boquete se ha hecho paso a través del cristal y los Huesudos se van colando poco a poco por él. Cojo la mano de Arthur y comenzamos a correr tras la orden de G. Arthur no opone ningún tipo de resistencia, pero sé que está enfadado. Puedo notarlo solo con sujetarle la mano, la cual me está apretando con el objetivo de romperme los huesos de la misma. Los gritos de los Huesudos no tardan en resonar por todo el edificio junto con los gemidos y gruñidos de mis amigos. La pelea acaba de comenzar. Llegamos hasta una de las plantas superiores, cerca de las escaleras, y Arthur me suelta encarándome.
—¿De qué va todo esto, Alfred? —pregunta. Parece ser que mi nombre no le ha costado demasiado aprendérselo.
—¿A qué te refieres? —pregunto mirándole.
—¡¿Cómo que a qué me refiero?! ¡¿Crees que no me he dado cuenta de cómo me tratas?! —me espeta molesto—. ¡No soy una maldita damisela en apuros! ¡Sé defenderme!
Me acerco hasta él e intento abrazarle, pero se aparta. Sus ojos son todo furia y odio, y sus labios están tensos formando una línea recta.
—Eso ya lo sé.
—¡¿Entonces?!
Frunzo el ceño. No creo que este sea el momento más adecuado para discutir, pero tengo que dejarle las cosas claras.
—¡Eres el que más tiene que perder! —grito sorprendiéndome en el proceso al igual que Arthur. Mi voz ha salido clara y sin problemas, con propia entonación y fuerza. Suspiro y me acerco a Arthur—. Eres importante para mí, Arthur. No quiero que te pase nada —continuo diciendo. Parece que mi cuerpo está dando por fin señales de mejora—. ¿Quieres que te maten? ¿Convertirte en un zombi? O, peor aún, ¿qué se coman tu cerebro? —pregunto y le sonrío. Él ha bajado la mirada durante unos segundos, para alzarla con mi siguiente frase—. No quiero separarme de ti.
Puedo vislumbrar una pequeña sonrisa en su rostro y eso me hace tranquilizarme.
—Yo tampoco lo quiero… —contesta y saca la pistola, apuntándome y disparando. Pero la bala no me da, sino que pasa al lado de mi cabeza dándole de lleno en la frente a un Huesudo que estaba justo detrás de mi—. Pero, sé defenderme. Así que no vuelvas a tratarme con tanta condescendencia.
—Gracias —murmuro tras asentir con la cabeza.
Continuamos corriendo mientras escuchamos los gritos de los Huesudos, que se acercan cada vez más rápido a nosotros. Todo esto no es más que una locura, es como una pesadilla. Continuamos subiendo los pisos, escuchando, además de a los Huesudos, las voces de los soldados. Sus botas retumban por todos lados y eso solo nos hace aumentar la marcha. No podemos permitir que nos alcancen. Ni ellos, ni los Huesudos. Eso sería una muerte segura tanto para él como para mí. Nuestras piernas empiezan a notar la fatiga y el sopor de las escaleras que hemos tenido que subir. Quiero animar a continuar a Arthur, sé que está cansado, pero si lo hago volverá a enfadarse. Y no quiero que eso suceda, aunque, debo de reconocer que me gusta también cuando se enfada, su rostro adquiere una expresión muy graciosa, la cual consiste en su ceño fruncido el cual me gustaría acariciar con los labios para volverlo liso, al igual que sus labios tensos o sus músculos rígidos y mandíbula tirante. Me encantaría poder, aunque fuera, tener la oportunidad de rozarle con semejante intimidad. Y, si eso tal vez ocurriera, sería una vez que todo esto acabara. Si es que acababa alguna vez.
Los soldados también están cada vez más cerca. Mi cuerpo se tensa escuchando sus voces y sus pasos, siento que en cualquier momento nos atraparan, me separarán de Arthur y me pegarán un tiro en la cabeza, frente a los ojos brillantes de Arthur. Algo cae sobre mí y me tira al suelo. Un Huesudo. Veo como abre su boca asquerosa e intenta hincar el diente sobre los músculos de mi brazo. De eso nada. Alzo mis manos y atrapo su cráneo, convirtiéndolo en cenizas al apretarlo con toda mi fuerza. Eso le enseñará a no meterse conmigo. Giro la cabeza cuando escucho el grito de Arthur y observo como otro de ellos se ha tirado encima suyo, pero, él es más rápido y le pega un tiro en la frente, apartándolo de su cuerpo de una patada. Me mira y sonríe autosuficientemente, moviendo los labios en un mudo "¿Ves?". No puedo evitar sonreír y ayudarle a levantarse, echando a correr casi al instante. Subimos las pocas escaleras que nos quedan para llegar al piso superior. La respiración de Arthur es rápida e inconstante. Tengo el miedo de que vaya a caerse de un lado a otro.
—Holy shit! —grita en cuanto llegamos al piso superior. La planta está llena de Huesudos y nosotros estamos demasiado alejados de las escaleras por las que hemos subidos. Esto es una encerrona.
No se mueven. Ni ellos, ni nosotros. Ninguno hace ningún movimiento y solo nos observamos fijamente, en silencio. Miro a Arthur. Su rostro está sonrojado por el esfuerzo, sus labios ligeramente abiertos y respira muy irregularmente. Tengo que sacarle de aquí, tiene que continuar con vida. Y, por supuesto, no pienso dejar que los Huesudos pongan sus asquerosas articulaciones podridas y ennegrecidas encima de su piel rosada llena de vida. Por algo soy un héroe.
—Ven por aquí —digo tirando de él hacia una salida de emergencia. Nos siguen, lo sé por sus gritos, pero la salida está próxima. La abro y… Me tambaleo hacia delante, siendo agarrado por Arthur, quién tira de mí hacia atrás, evitando que caiga al vacío. No hay escaleras, ni un método de escape por ahí. Me recrimino mentalmente y me gustaría morirme, si es que puedo hacerlo de nuevo, sin la posibilidad de volver a despertarme. He llevado a Arthur a una muerte segura. No soy un héroe, soy un completo idiota.
—Alfred, ¿estás bien? —pregunta, mirándome fijamente a los ojos. No hay odio ni rencor en ellos, solo la incertidumbre de no saber qué va a pasar. Miramos hacia abajo y hay una gran masa de agua, bastante profunda, puesto que no se puede divisar su fondo. Arthur gira la cabeza cuando escucha a los Huesudos y ve que están tan cerca. Me mira y sonríe tristemente—. Este es el fin.
—No, no lo es —contesto, pero ni yo estoy convencido. Arthur solo ríe y niega con la cabeza.
—Sí, sí que lo es —dice—. Pero, ¿sabes qué? Me alegro de que sea a tu lado, Alfred.
Me sonríe mientras sus ojos se llenan de lágrimas. Los míos también lo harían si pudieran. No quiere morir, lo sé. Nadie quiere hacerlo. La muerte es algo tenebroso, da miedo y, para alguien como Arthur que no la ha vivido, tiene que ser aún peor. Vuelvo a mirar hacia abajo. Todavía hay una posibilidad. Los Huesudos están más cerca, y poco falta para que acaben por atraparnos. Alzo el rostro de Arthur y le miro, sonriéndole y juntándole a mi cuerpo, dándole un abrazo que podría ser el último si mi plan no salía como esperaba.
—Arthur. No es el fin —contesto y me atrevo a besarle en la frente—. Yo te protegeré porque soy…
—My hero —contesta Arthur sonriendo—. Lo sé —el miedo está en sus ojos pero, al menos, ha dejado de llorar, aunque haya una lágrima recorriendo atrevidamente su mejilla.
Inspiro y le abrazo más fuerte, pegándole completamente a mi cuerpo, sin dejar que el aire pase entre nosotros. Echo una última mirada a los Huesudos y les sonrío altivamente al tiempo que me tiro al vacío de espaldas. Arthur agarra con fuerza mi ropa, aguantando la respiración por la presión del aire a la que estamos sometidos. Si hay algo de justicia en este mundo, Arthur debe continuar con vida, se lo merece, y es algo con lo que estaría feliz, independientemente de mi estado. Las frías aguas rodean nuestros cuerpos y nos absorben hasta el fondo. Al parecer, no era tan hondo como yo pensaba y noto como el suelo, de hormigón, me golpea en la espalda y en la cabeza. Arthur se ha separado de mi, ya no le noto a mi lado. No noto su calor, ni su agarre, ni su olor… Nada. Tan solo oscuridad. Solo puedo escuchar su voz, llamándome. Es como el canto de un ángel. Alfred… Alfred… Escucho que me llama. Quiero sonreír, pero siento que también es imposible.
Creo que es el momento de despedirme de esta vida, de apagarme completamente y dejar que las cosas sigan su cauce normal. Vivir y morir, sin tener la oportunidad de despertar como un muerto viviente. Sí, quiero fundirme con la oscuridad. Arthur está vivo, es todo lo que necesito saber para descansar en paz. Siento unos brazos que me agarran del cuerpo. Seguro que es la muerte, que me lleva con ella para asegurarse de que no vuelva a torearla. Pero, ya no siento el agua sobre mi rostro. Por el contrario, una ligera brisa acaricia mis mejillas y mi cabello. ¿Qué está pasando? Noto unas manos en mi cara y la voz de Arthur llamándome desesperado. ¡Alfred! ¡Alfred! ¡Por favor! ¡Despierta! Abro los ojos y escupo algo de agua, abriendo la boca como un pececillo en busca de aire con el que llenar mis pulmones. Necesito respirar. Arthur está frente a mí, no me ha abandonado. ¿Me ha salvado? Compruebo que puedo hacer pie en aquella fuente de agua y todavía no puedo creerme donde estoy. Es como si estuviera en shock. Las manos de Arthur se mueven y me acarician la frente, apartando mi cabello.
—Alfred, ¿estás bien? —pregunta respirando algo aliviado al verme abrir los ojos.
—Sí —susurro y le miro sonriendo.
Arthur me devuelve la sonrisa pero se queda congelada en una mueca de sorpresa al mirarme a los ojos. Me aparta el flequillo todavía más y se acerca a mi rostro, sorprendiéndome con sus actos. Noto una de sus manos tras mi nuca y la otra en mi mejilla; sus labios, dulces, carnosos y calientes pegados a los míos, moviéndose por su superficie y sabiéndose correspondidos al momento. El momento que tanto esperé y que se acababa de hacer realidad. Sus labios eran un dulce veneno, una droga, un néctar prohibido del que me acababa de volver adicto. Nos separamos y sonríe, con los ojos cerrados todavía. No quiero darle tiempo a abrirlos. Quiero disfrutar de este momento, que dure para siempre, como si fuéramos ajenos a todos los problemas en los que ahora estábamos metidos.
—¿Qué ocurre? —pregunta cuando nota mis ojos sobre su rostro.
—No me esperaba que esto fuera así —contesto y siento como frunce el ceño.
—¿Decepcionado, señor exigente? —dice de malas maneras acribillándome.
Niego con la cabeza y río.
—No. Es mucho mejor.
Me lanzo de nuevo a su boca y lo profundizo, colocando mi mano en su nuca y la otra en su cintura. Sus labios juegan con los míos, se acarician, se rozan, se entrelazan, y no pueden estar separados. Es todo tan mágico, no quiero que termine. Arthur se separa y abre lentamente los ojos, mirándome fijamente mientras intenta acompasar su respiración. Se sorprende, los abre y me acaricia la mejilla con cariño y dulzura.
—¿Qué…? —comienzo a preguntar y me calla con un pequeño beso.
—Tus ojos… No me había fijado en lo bonitos que son —contesta y, cuando estoy a punto de besarle de nuevo, escucho un disparo que me lanza hacia atrás separándome de Arthur bruscamente.
Arthur me mira asustado. No sabemos de dónde ha venido ese disparo y, cuando se gira, las cosas no mejoran. Scott está apuntándome con una pistola. La sed de sangre está impregnada en sus ojos. Da miedo. Y no está solo. A su lado, un chico castaño y una mujer pelirroja con el rostro lleno de pecas y ambos con los mismos ojos verdes que Arthur y Scott, nos miran con sus respectivas armas cargadas, apuntándonos sin vacilar.
—Apártate de él, Arthur —contesta Scott.
—¡No! —grita.
—Arthur… —murmura el castaño.
—¡Owen, Niamh, Scott! —dice llamando a las tres personas que nos apuntaban, las tres personas que estaban por delante de un gran grupo—. ¡Tenéis que escucharme! Sé que perdimos a todos, sé que perdimos a papá y a mamá… Pero nosotros estamos aquí. Estamos vivos y podemos solucionarlo. Podemos empezar de nuevo —está buscando a tientas mi cuerpo y le doy la mano—. Necesitan nuestra ayuda —se gira a mirarme y me sonríe, pero no dura mucho su mirada sobre mí—. ¡Mirarle, por favor! ¡Es diferente! —grita y, cuando se vuelve se sorprende y ahoga un grito—. Está… sangrando.
Bajo la mirada y veo que es verdad, aunque me niegue a creerlo. El agua se está tiñendo poco a poco de rojo. Tengo la mano, instintivamente puesta sobre el corazón. ¿Qué es esto? ¿Es… posible? Arthur me mira e intenta taponar él mismo la herida. Poco a poco, observamos cómo van bajando las armas.
—¡Los cadáveres no sangran! —grita Arthur girándose de nuevo y sonriéndome—. Oh, my God… You're alive. ¡Estás vivo! —dice entre lágrimas con una sonrisa en el rostro—. ¿Te duele?
—Eh… —siento un dolor punzante en el pecho, que me hace cerrar los ojos, pero río. ¡Río! ¡No puedo creerlo! ¡Es verdad!—. S-sí —contesto y siento los brazos de Arthur abrazándome con fuerza.
—Scott… —pregunta Owen mirando a su hermano pequeño, esperando algún tipo de señal. Al no recibir respuesta, comenzó a acercarse a la fuente, metiéndose en ella y ayudándome a salir junto con Arthur—. Me alegro de que estés bien, Arthur… Y… —comienza a decir mirándome.
—Alfred —contesto.
—Alfred —repite y sonríe—. Me alegro de que ambos estéis vivos.
Vivos. Nunca esa palabra sonó tan bien. Llegamos al bordillo y Niamh nos ayuda a subir mientras que Scott continúa en shock. Arthur es el primero en salir y va a abrazarle, intentando sacarle así de la catatonia momentánea en la que se ha visto sumido. Le devuelve el abrazo y cierra los ojos, sacando con una de las manos un walkie talkie y hablando por él.
—Al habla el coronel Scott. La situación ha cambiado —dice sin quitarme el ojo de encima.
No puedo evitar sonreír cuando Arthur se acerca para ayudarme a caminar al igual que Owen, el cual no me ha soltado desde que me sacó del agua. Scott camina hacia uno de los coches, al igual que Niamh y el resto de las personas que estaban en el grupo. Nos montamos en el choche y caminamos de vuelta al refugio, entrando esta vez por la puerta principal y no por uno boquete en un cobertizo. Inspiro y siento algo tensa la espalda. Estoy sentado en la parte trasera del todoterreno, entre Niamh y Owen, mientras que Arthur va delante en el asiento del copiloto junto a Scott. Y todo en completo silencio.
—¿Todavía estás sangrando? —pregunta Scott alzando una ceja mientras me mira por el retrovisor central.
—S-sí —contesto sintiendo cuatro pares de ojos verdes sobre mí.
—Bien —dice Scott fijando la mirada en la carretera con una sonrisa.
Niamh le da una patada al asiento de Scott y Owen le regaña, aunque yo solo tengo ojos para Arthur, que me sonríe desde la parte delantera. Sé que recibir un disparo en el pecho duele. ¡Mucho! Y no me gusta la sensación del dolor, aunque no pienso quejarme. Sin embargo, fue estupendo sangrar. No me taches de masoquista, que no lo es ni lo digo en ese sentido. Es solo que, con ese disparo, me sentí tan lleno de vida. Pero, aquel solo era el principio. ¿Sabes? Me gustaría contarte con pelos y señales cómo sucedió todo a continuación, pero sería todo demasiado desagradable y no quiero revolverte el estómago. Me gustaría decir que curamos a los Huesudos con amor, con ese sentimiento tan mágico y alucinante que sentí con el disparo. Y repito, que no soy masoquista. Pero no fue así. En realidad, nos los cargamos a todos. Suena algo drástico y seguro que piensas que no es lo digno de un héroe, puesto que tienen que salvar a todos. Pero, no nos dio mucha pena. Los Huesudos estaban demasiado perdidos y hundidos en las tinieblas como para hacerles cambiar. Además, de que no creo que la carne se les fuera a reconstruir de nuevo. Lo que sí que fue sorprendente, fue él cómo trabajamos codo con codo, zombis y vivos, por vencerles. Fue una experiencia que nos unió fuertemente con los humanos, sin que tuvieran ni una sola posibilidad.
Puedes preguntar por los que no matamos. Bueno, solo tengo que decir que se marchitaron, o eso dicen los informes. Y, creo que puedo confiar en esos informes al cien por cien. Y, respecto a los demás, simplemente tuvimos que aprender a vivir de nuevo. Durante mucho tiempo, pareció que habíamos olvidado lo que eso significaba. Y era cierto. Podíamos pasarnos horas completamente quietos, mirando como amanecía y atardecía en la ciudad, deleitándonos con el calor de los rayos de sol, los cuales ahora sí podíamos sentir. Y, con el paso del tiempo, los humanos parecieron volver a aceptarnos. Nos ayudaban a recordar, conectaban con nosotros, nos hablaban y nos enseñaban. Aquello fue la clave de la cura a nuestro problema.
Dio miedo al principio, y todos estábamos asustados, pero como todo, los grandes cambios siempre asustan un poco. Así es cómo todo pasó, así es cómo todo el mundo fue exhumado.
Me siento feliz en estos momentos, por como la simple unión de dos personas, ha podido generar tanto bien en el mundo. Es sorprendente. De hecho, hasta Matthew se sorprendió, por lo que me contó. Le gustan las historias. Mucho. Me dijo que, caminando por un parque, se encontró a mi amigo G, que resultó que se llamaba Gilbert y era el hermano mayor de Ludwig, el cuñado, o futuro cuñado de Lovino. Pero no le digas que yo he dicho que Ludwig es familia suya o intentará pegarme con su "mafia". Y, volviendo a lo de antes, Matthew le ayudó a abrir un paraguas y Gilbert, que siempre se le ha dado bien el hablar con la gente, le dijo que era "el chico más guapo que jamás había conocido". Claro, ahora están saliendo, o eso creo. Porque tampoco quiere contarme mucho. Creo que me guarda todavía rencor por no compartir el trozo de cerebro de Francis con él, o por no decirle que Arthur estaba vivo cuando lo llevé al aeropuerto. Quién sabe…
Y ahora, mírame. Estoy sentado sobre una barandilla, contemplando junto a Arthur una puesta de sol preciosa. Aunque, solo es preciosa porque estoy con él. Nuestras manos están unidas, llevan así mucho tiempo y no me molesta. Es lo más agradable del mundo.
—Alfred —dice.
—Sí.
—¿Recuerdas tu vida anterior?
En la ladera de hierba que hay bajo nuestros pies, los insectos y las aves realizan una pequeña simulación al tráfico, un atasco por llegar a cualquier sitio para reposar ahora que se aproximaba la noche. Escucho su nostálgica y dramática sinfonía y sacudo la cabeza.
—No.
—¿Y no te gustaría que Matthew te contara acerca de ella?
Lo considero. Me imagino el tener recuerdos, como los tenía Francis, como los tiene Arthur o cualquiera de sus hermanos y amigos. Pero, ahora mismo soy como algo nuevo, un lienzo en blanco que está esperando a ser pintado. Un libro vacío que está esperando a que sus hojas se llenen con historias. Puedo escoger que historia escribo de mi futuro y, escojo una nueva, por estúpido que parezca.
—Mi nombre es Alfred —digo con un pequeño encogimiento de hombros. Arthur voltea la cabeza para mirarme y siento sus ojos verdes en un lado de mi cara, como si quisiera saber qué pasa por mi cerebro—. Te conocí en un laboratorio abandonado y ahí comienza mi historia. Quiero recordar desde ahí.
—¿Y Matthew?
Sonrío.
—Matthew seguirá siendo mi hermano y voy a pasar tiempo con él, pero no quiero volver al pasado. Quiero escribir nuevos recuerdos —paso los brazos alrededor de su cuerpo y le beso en la mejilla—. Quiero esta vida.
Arthur suelta una carcajada y niega con la cabeza, dándome como un caso perdido.
—Estás loco —dice.
Asiento y le miro, entremezclando nuestras miradas azul y verde.
—Por ti —contesto—. I love you, Arthur.
—Me too —susurra acercándose a mis labios—. My hero.
THE END
