Pido enooorrrmes disculpas a mi público, que si bien no es mucho se molesta en leer ;-; arigatou minna-san.
Lamento no haber podido actualizar pero la escuela, el estrés y un abismo de no inspiración se interpusieron entre el fic y yo…
Sí, sé que he estado subiendo otros fics pero eran ficsitos one shot de alguna mariconada (?) y este requiere atención especial…
Insisto, disculpen la demora, pero aquí está, más largo que de costumbre, como el anterior, para compensar y para alcanzar a envolver la trama que quería en éste capi y que no se pierda~
Les prometo acción en este capi, aunque no lo parezca al principio. Tengan paciencia uwu
Ok, sin hacerlos esperar más, comenzamos.
Ao no exorcist le pertenece a Kazue Kato.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Desagradables noticias
Era ya de día y hacía pocas horas que Rin había llegado a su habitación en el dormitorio de chicos exclusivo de él y su gemelo. El azabache no se molestó si quiera en levantarse temprano para asistir al colegio o para prepararse algo de desayunar, simplemente se dejó caer en su cama haciendo caso omiso de Kuro y se envolvió en sus cobijas para intentar conciliar el sueño, cosa que no logró en aproximadamente 2 horas, pues en su mente rondaban tantos pensamientos que terminaba confundiéndose, pasaba de estar molesto a estar deprimido y luego a estar molesto de nuevo y luego indefenso, enfadado, y dormido por fin.
Se levantó rondando el medio día del día siguiente con un humor bastante malo, ya que a pesar de haber pasado día y medio, no había dormido del todo bien, despertando cada par de horas, así que decidió tomar un baño antes de salir a vagar por ahí y, aunque pareciese raro e inusual, a tomar la única clase de exorcismo que alcanzaba a tomar ese día. Se refrescó notablemente con la ducha, seguía irritado pero al menos estaba más calmado, mientras no le diera muchas vueltas al asunto todo estaría bien. Ya ni siquiera le pasaba por la cabeza preguntarse por cuándo llegaría Yukio o lo que le habría pasado, al fin y al cabo no podría saberlo, ya que tenía una "orden de restricción".
Desayunó, o mejor dicho comió un lonche que compró en la cafetería y la mitad se la dio a Kuro, se conformó con una botella de agua por un rato y de camino a clase, pero a pesar de haber cogido antes todo lo necesario para la clase (entiéndase: un cuaderno y un lápiz dentro de una mochila pequeña) ahora ya no se sentía con intenciones de entrar y ser regañado por no escuchar al profesor, quería evitar cualquier cosa que le hiciera hablar mucho de algo de lo que no quisiese, se encontraba bastante indispuesto para todo.
Se la pasó perdiendo el tiempo otro rato, merodeando por los pasillos y los patios de la enorme academia sin encontrar nada interesante qué hacer, entonces decidió al menos entrar a la clase para no aburrirse, casi de mala gana. Curiosamente cuando estaba dirigiendo la mano al picaporte sonó el timbre que indicaba el fin de las clases y se hizo a un lado mientras escuchaba que dentro del salón la gente comenzaba a moverse y algunas voces familiares irreconocibles se mezclaban con el barullo del pasillo en ecos. Unos momentos se quedó ensimismado pensando en nada hasta que vio a los alumnos salir, seguía a algunos con la mirada sin que algo en especial llamase su atención hasta que una voz le habló.
-¿Rin?
El azabache tardó dos segundos en darse cuenta que alguien le llamaba y, siendo que estaba algo encorvado y distraído, de repente se paró bien y abrió más los ojos para girarse y buscar a quien le hablaba. Hasta que no vio a la elocuente rubia supo que su voz le pertenecía: era Shiemi.
-¿Eh? – fue lo único que salió de su boca después de una pausa.
-¿Dónde has estado? No te he visto en clase por un par de días. – un poco preocupada le miraba, especialmente porque se veía más desaliñado que de costumbre y con el cabello mojado, con un aire ausente y unas ligeras sombras bajo sus ojos.
El joven semi-demonio se rascó la nuca lánguidamente y suspiró con pesadez. Seguía sin tener ganas de hablar pero eso de ser indiferente con todos digamos que no aplicaba igual para esa chica, pero lo estaba metiendo en duda ya que su pregunta había sido muy directa y él se encontraba muy indispuesto entonces.
-Ah… yo solamente me desvelé haciendo unas… tareas especiales –atinó a inventar arrastrando las palabras y con voz ronca. Se dio cuenta de eso al terminar la oración y carraspeó un poco.
-¿Estás bien?- insistió ahora dando un paso hacia él. El pasillo ya casi se había vaciado y ya no había tanto ruido que molestara las sensibles orejas de Rin haciendo eco entre las altas paredes de piedra, fue entonces cuando notó que tenía un pequeño dolor de cabeza.
-Sí, estoy bien, gracias – respondió sonriendo – solamente – bostezó sin darse cuenta – creo que necesito un café o algo, fue una noche larga.
Moriyama sonrió aliviada y apretó su mochila contra el pecho. Observó al mayor de los Okumura con vacilación hasta que se decidió a preguntar: - ¿Y qué hay de Yuki-chan? No ha ido a la clase de hoy ¿sabes si está bien?
Ese estúpido cuatro ojos, pensó. Justo cuando por fin lo estaba olvidando llegan y le recuerdan que existe. Sintió como si se atragantara con su propia saliva cuando escuchó su nombre.
-Yo he terminado tarde o… muy temprano mis deberes especiales, así que no he sabido de Yukio, pero tengo entendido que está aún en una misión de la que partió –bostezó de nuevo – hace unos días.
La expresión de Shiemi no tardó en decepcionarse un poco. Por supuesto que ella querría ver a Yukio, ese pensamiento hizo que el mayor Okumura rodara los ojos, recordando ese hecho. "Al menos alguien quiere verlo, porque yo definitivamente lo quiero lejos", pensaba amargamente.
-Rin –dijo la chica, sacándolo de nuevo de sus revueltos pensamientos.- ¿Ya comiste? ¿Quieres acompañarme a la cafetería? Apuesto a que te vendría bien algo caliente.
Bueno, a decir verdad eso era posible, especialmente porque el día había comenzado a ser un poco más frío por las nubes de lluvia que comenzaban a agruparse en el cielo creando una masa gris que incluso oscureció el día. Tras pensarlo un par de veces, decidió acompañarla, pues al final no le pareció tan mala idea, y porque inesperadamente su estómago rugió notablemente, provocando que el ojiazul se sonrojara y la rubia soltara una risilla.
Mientras ambos caminaban a la cafetería, Shiemi iba haciendo conversación con Rin, y no es que la ignorara, en realidad le seguía la conversación pero de forma distraída y casi automática, pues cuando llegaron a su destino ni siquiera recordaba lo último que había dicho. Miraron alrededor un momento, buscando un lugar vació y el chico visualizó a alguien familiar, o mejor dicho, la espalda de alguien familiar. El demonio quiso darse la vuelta antes de que fuera notado por Suguro pero entonces una voz resonó en sus oídos. Era la de Shima.
-¡Hey chicos, estamos por acá! –llamó animadamente el pelirrosa.
Cuando la chica escuchó la voz, se volvió rápido y le saludó con la mano alegremente. Tomó la muñeca de Rin y lo condujo hacia donde ese par de amigos se encontraba. El primogénito de los Okumura, por su parte, había respingado al ya haberse dado media vuelta para alejarse, había hecho una mueca de dolor cuando les llamó y suspiró cuando Shiemi le llevó hacia Suguro y Shima.
Tomaron asiento, la rubia con una sonrisa, junto a Ryuji, y el azabache frente a los demás. Se dejó caer en la banca con cansancio y soltó un bufido. Ambos chicos se miraron algo extrañados.
-Hey, Okumura, ¿acaso tuviste mala noche?-preguntó el del mechón rubio con su usual tono de voz.
-Sí, pareces todo molido, Okumura-kun – secundó Shima, que sonreía bobamente mientras lo decía.
Suguro en seguida le dio un codazo al pelirrosa y le miró con severidad, el otro en seguida le dedicó una mirada de disculpa.
-Oye y… -comenzó de nuevo el joven monje, con un tono más serio- ¿sabes cuándo dejarán entrar visitas al hospital?
Al parecer habían llegado a la mitad de una conversación y Rin era parte ella, pero para nada que le sonó familiar la pregunta.
-¿Eh? ¿Y por qué yo debería de saber eso? – preguntó indignado el ojiazul, casi de manera hostil.
-P-pues… -tartamudeó Renzou. Su amigo decidió ayudarle.
-Verás, hemos ido a ver si nos dejaban ver a Okumura-sensei -comenzó lentamente- pero dicen que no son posibles las visitas por su estado, al menos no de gente que no sea un familiar cercano.
El viento sopló, meciendo los cabellos de los jóvenes y las copas de los altos árboles. Fresca y fugaz. Y a Rin le dio un escalofrío en la espalda, por lo que se frotó los brazos.
Tardó un par de segundos en procesar la información que acababa de oír.
-¿Qué?- preguntó aún aturdido y flojo. El otro suspiró con impaciencia.
-Bueno, sólo estábamos preocupados por el sensei, así que pensamos en preguntarte si todo iba bien con él, ya que nosotros no podemos averiguarlo… -volteó a ver a su compañero monje y luego al semi demonio- pero creo que no es nada grave porque no te veo preocupado, pero sí cansado, seguro estuviste cuidando de él, ¿no?
Shiemi se sintió preocupada, ella tampoco sabía nada al respecto, pero al escuchar las palabras del muchacho se tranquilizó, seguro que era por eso que Rin se veía tan desaliñado este día y no había ido a clases, pero aún así había algo que no cuadraba con la historia. La rubia comenzó a preguntarle cosas a Shima entonces para informarse mejor de la situación.
El azabache todavía no acaba de entender de lo que le estaba hablando.
-¿Hospital? ¿De qué hospital hablas? ¿Yukio está en el hospital? – "¿desde cuándo…?" fue la pregunta que no articuló.
Todos se quedaron viéndolo serios por al menos 15 segundos en un silencio incómodo. Hasta que Rin se sintió fastidiado, se parecía a las miradas que le dedicaban las personas de su antiguo barrio debido a que era un "niño problema". Pensó en decir de nuevo "¿qué?" en modo hostil, pero comprendiendo la situación, decidió quedarse callado y esperar la reacción de los demás.
Aunque le pareció extraño. ¿Hospital? ¿Yukio? Pero si no hacía ni dos días que todavía estaba en el bosque, lo habían traído demasiado rápido y nadie le había avisado que se encontraba ahí; pero lo que le pareció más fuera de lugar fuese que aquel par de compañeros suyos supieran sobre su hermano, es más, ya hasta habían ido para intentar visitarlo. Mientras que él ¿Qué? ¿Simplemente no se enteraba de nada? Menuda historia tan mala.
-¿Ha-hablas en serio? –Preguntó al fin Ryujin bastante aturdido.
-No habla en serio –dijo Shima con una risilla nerviosa- No hablas en serio ¿verdad? –volteó a mirar al azabache con una sonrisa pero al ver su cara de "qué demonios" su expresión se apagó y se tornó en una preocupada- … ¿o sí?
Cuando por fin se decidió a responder, Rin resopló antes de contestar sin muchas ganas, y con tono enfadado.
-No sabía que Yukio estaba en el hospital.
-¿Cómo puede ser eso posible? ¿En qué mundo vives, Okumura-kun? – exclamó alterado Renzou.
-Es tu hermano, ¿no? ¿Acaso no te importa nada o qué? – inquirió severo el otro.
-Nadie me lo había dicho – volvió a decir con calma y casi sin inmutarse.
-¿Entonces en dónde demonios te has metido? –el joven monje comenzaba a perder la paciencia. La incompetencia de Rin debía de tener un límite.
-Eso no te importa, además… -vaciló antes de continuar y levantarse de la mesa- no es como si me importara demasiado, seguro que, lo que sea que le haya pasado, fue culpa suya.
Suguro también se levantó de su lugar, molesto. Shima se puso más exacerbado aún y trató de calmar a Bon, Shiemi, por su parte, intentó aplacar la situación un poco.
-Bueno, bueno, tranquilos, estoy seguro que Yuki-chan está bien. Seguro que Rin no sabía porque Yukio es un poco serio con estas cosas y no quería hacerlo preocupar, ya ven como es –se rió nerviosa- y seguro que no nos dejan verlo porque fue en una misión secreta y tal vez tuvo algún contacto con algún demonio de putrefacción que sea contagioso o porque estén haciendo investigación aún, quiero decir, no es la primera vez que pasa, ¿recuerdan? –todos voltearon a ver a la rubia- como cuando supimos que Rin era un demonio y resultó ser herido un poco cuando peleó con Amaimon y… y… que no pudimos saber de él por un tiempo y… esas cosas –hablaba intentando parecer coherente.
-Pero esto es diferente… -dijo Bon por lo bajo.
-¿Por qué tiene que ser tan malo? Quizás ella tenga razón, Bon. Estamos hablando de Okumura-sensei después de todo.
-Y de Okumura Rin también –dijo calmándose y mirando inquisitoriamente al mencionado.
Aquel aludido sólo hizo una mueca de desagrado antes de murmurar un "como si me importara" y sin más se fue caminando, a pesar de que la rubia lo llamaba. Siguió andando sin rumbo hasta que se encontró en el jardín trasero del edificio donde residía. Estaba tan sólo como siempre. Y justo como lo necesitaba.
Miró los árboles y siguió el recorrido del tronco a las ramas, a las copas y luego al cielo. Parecía que en un par de horas llovería, sin duda, sería complicado ir al hospital entonces y…
"No, por supuesto que no, ¿Por qué habría de ir al hospital?", se preguntó recriminándose y dejándose caer en una de las bancas cercanas. Esa situación ya era el colmo. Ni siquiera le habían avisado que su hermano pasó de estar herido en el bosque a estar herido en el hospital. Que otras personas ya lo sabían incluso ¿cómo diablos se habían enterado? Bueno, en realidad no importaba, no LE importaba y tampoco quería saber. Sólo frunció el ceño, abrazó sus piernas y se quedó viendo el jardín en silencio desde una banca.
-Ni que estuviera preocupado ni nada…
Y es que después de lo que pasó en el bosque se sentía bastante frustrado, en veces se decía inmaduro por enojarse de esa manera, y peor aún, durar tanto tiempo molesto. Pero Yukio lo era más, según él, ya que había salido con eso de pelearse, haberlo llamado después, prohibirle verle y luego prácticamente correrlo, recordar todo eso sólo lograba que Rin se sintiera más irritado.
Pero aún así, después de todo eso y dejando de lado las miradas acusadoras que sus compañeros pudieran darle, seguía intentando mentirse a sí mismo y no preocuparse, no quería ser el que caía primero, Yukio tenía la culpa, claro, según él, pero por nada del mundo dejaría caer su orgullo otra vez por él.
-Estúpido cuatro ojos, como si fuera a ir a visitarlo… claro que no.
Pasaron otro par de días y Rin decidió no ir a clases, ya que aparte de sentirse fastidiado y extrañamente cansado, estaba de poco humor par aponer atención o para fingir que lo hacía, estaba ansioso casi todo el tiempo e intentaba distraerse con varias cosas, además no quería volver a discutir por el momento el asunto de Yukio con nadie. Inclusive intentaba evitar a Kuro, solo exceptuando cuando le tenía que dar de comer. Por su parte, el azabache ni siquiera estaba comiendo ni durmiendo bien, por lo que tenía un aspecto terrible, sólo gracias a su suerte o a su naturaleza demoniaca no había cogido un resfriado, quizás por la misma necedad de no querer asistir al hospital. Pero al final, la mañana del tercer día que transcurrió así ya no pudo aguantar más y se revolvió el cabello.
-Agh, bueno, iré a verlo, no creo que sea demasiado complicado, y más si aún llevo encima eso de no poder acercármele…
Se quedó mirando la ventana un segundo para ver el cielo semidespejado y brillante, hasta que comenzó a mirar su reflejo en el cristal, absorto en sus pensamientos. Volvió su mirada a la cama de su gemelo y se sintió extraño, como si le apretaran el estómago. En ese pequeño instante dejó que lo que se encargaba de que su terco orgullo luchara se desactivara.
"me pregunto si está bien…". Sin estar demasiado preocupado por cualquier cosa además del hospital y su hermano, abrazó sus piernas y se dejó caer de lado en su cama. "Espero que este bien…"
El resto de día se la pasó limpiando la habitación y la cocina hasta dejarlos relucientes. El resto del edificio sólo lo sacudió y dio una limpieza rápida, ya que pocas veces entraban a otros cuartos que no fueran los que estaban en uso y por eso no necesitaban tanta limpieza. Kuro, algo sorprendido, lo acompañó durante toda su tarea y le dio ánimos. Pasado medio día, ya había terminado su faena. Cansado, se limpió el sudor de la frente y le sonrió al gato.
¿Por qué repentinamente se había puesto a arreglar su edificio? Por razones desconocidas, Rin sintió de repente con más ánimos y un poco más de energías, inició recogiendo su habitación y terminó limpiando todo el dormitorio. Seguramente, después de haber aceptado que iría a ver a su hermano, una carga pesada se le quitó de encima, esa intriga que le estaba matando.
-Ahora prepararé la comida. – comentó mientras se remangaba su camisa y se lavaba las manos.
Después de comer y limpiar la cocina, decidió tomar un baño antes de partir, después de haber tenido una pelea consigo mismo para decidirse a hacerlo, pues por un rato estuvo poniéndose excusas para hacer otras cosas y aplazar su visita. Con lo que no contaba, era que al llegar a su cama y tomar asiento mientras se secaba el cabello, terminaría cayendo dormido debido al gran cansancio de ese día, acumulado con el de los otros, su falta de sueño y alimento.
Cuando despertó, eran las 7:30 de la tarde, y el sol otoñal ya se veía a lo lejos ocultándose entre las montañas, logrando crear en el cielo una coloración entre amarilla y naranja. Al notar el ambiente nacarado en su habitación, el joven se levantó rápidamente, tanto que hasta le dolió la cabeza. Sintió un escalofrío recorrerle las espalda y al posar su mano en la cama donde antes estaba su cabeza, notó que estaba húmedo.
Se había quedado dormido casi inmediatamente después de salir del baño, ni siquiera se había vestido o se había secado el cabello. Todavía bastante desubicado, tomó distraídamente el reloj, casi saltando al ver la hora. Él no tenía ni idea de si la atención en los hospitales o las horas de visita tenían un límite, por lo que se paró muy deprisa, no sin antes dar un estornudo y saltó directo a su closet, tirando su toalla y quedando desnudo frente a la puerta de madera.
Se vistió rápidamente con unos jeans de mezclilla y una camisa blanca, acompañado por una sudadera azul oscuro que se amarró hasta el cuello, pues había comenzado a hacer viento, y ya tenía suficiente con sus estornudos. No quería enfermarse justo cuando iba camino a un hospital y que le obligaran a quedarse. No le agradaban los hospitales.
Pasó su mano frenéticamente por su cabello mojado para secarlo y tomó rápidamente su mochila, vació descuidadamente su contenido sobre su cama y tomo apresuradamente algunas cosas como sus llaves y las aventó dentro. Cerró la mochila y salió corriendo de su habitación, dirigiéndose al hospital.
Salió a trompicones, sin despedirse de Kuro y se apresuró a llegar a la estación del tren que llevaba a la ciudad, hasta que cayó en cuenta de que no sabía dónde estaba el mentado hospital. Maldijo por lo bajo y miró a su alrededor buscando algún anuncio o indicio de su ubicación. Visualizó un grupo de estudiantes de se alejaba en dirección al centro comercial y del otro lado una anciana y un hombre de traje esperaban para tomar el tren hacia el lado contrario. Rin se acercó a zancadas hacia ese par de personas y se paró a un lado, dándose cuenta que su respiración era bastante irregular, así que comenzó a respirar profundamente, aspirando por la nariz y espirando por la boca.
-B-buenas tardes… ejem, disculpe ¿Sabe usted cómo puedo llegar al hospital?
Pocas veces hablaba con personas desconocidas. Casi siempre era un poco agresivo e impulsivo cuando hablaba, pero la verdad era que de vez en cuando le daban ataques de timidez, así que intentó no ser muy elocuente mientras pedía indicaciones.
20 minutos más tarde se encontraba caminando por una calle paralela a la avenida principal de la ciudad. Las personas habían sido bastante amables y le habían indicado la forma de llegar al hospital. Supuestamente a pie se hacían 30 minutos, pero Rin iba casi trotando por lo que ya divisaba el enorme edificio a un par de cuadras de él.
De nuevo con la respiración entrecortada, se encontró ante la imponente fachada del edificio cuando las lámparas de las calles comenzaban a prenderse. El sol ya se había ocultado hace algunos minutos pero aún no estaba oscuro de todo. Diciéndose que debía mantener la calma, respiró hondo y se acomodó la chamarra, volvió a pasar su mano por su cabello, ya seco y carraspeó antes de dar el primer paso adentro.
El interior era enorme e higiénico, con la elegancia característica de los edificios dentro de la comunidad de la escuela de la Cruz Verdadera. Vagó un poco por los pasillos poco transitados, buscando dónde pedir información. A decir verdad estaba un poco más calmado de lo que hubiera esperado. Estaba muy tranquilo ahí dentro, la sala de estar con música de fondo y todo con un aire de limpieza y orden. Por fin encontró, sintiéndose tonto porque había pasado por ahí varias veces y estaba cerca de la entrada, el nódulo de información, donde una persona con pinta de enfermera le atendía.
-Buenas noches ¿En qué puedo ayudarle?
-Em… busco a alguien… -dijo decidiéndose entre parecer despreocupado o muy preocupado.
-Ajam…
-¡A-ah! Cierto, es que… me dijeron que lo habían traído a este hospital y bueno… la verdad no sé cómo se encuentra o dónde está…
-La hora de visita terminó hace algunas horas. Si gusta podría…
-¡No! Tengo que saber ahora, no sé nada de él, ¿entiende? Necesito saber qué ha pasado con él desde la última vez que lo vi. –soltó más fastidiado que preocupado. Pronto sintió que eso había salido de manera involuntaria, como si lo hubiera estado guardando en el pecho, y se preguntó si otra vez había cometido algo estúpido.
-Hu-hum… -dijo revisando la computadora- podría decirme el nombre de la persona que…
-Yukio – dijo en seguida – Yukio Okumura.
La chica pulsó unas cuantas teclas ruidosamente y sin despegar la vista de la pantalla, excepto cuando le miraba de reojo por el rabillo de sus delgados anteojos.
-Ah, ese muchacho…-dijo de con voz queda - Lo siento, chico. Él… él no tiene permitido ningún tipo de visita…
-Supongo, es algo así como un agente secreto en un hospital público, ¿no? – La chica le miró con nerviosismo – Soy su hermano –dijo al final casi inexpresivo. Realmente parecía que no quería decirlo.
-Bueno… esto… -miró de nuevo la pantalla, algo confundida y volvió a teclear, más rápido. Entonces tomó un teléfono de largo espiral junto a ella y marcó unos números. Le pidió a Rin que esperara unos momentos, a lo que él respondió con un bufido molesto. Metió las manos en la chamarra y se puso la gorra alejándose un par de pasos y mirando su alrededor. Ya ni siquiera le importaba si parecía un delincuente ahí en ese lugar tan diferente, su mente comenzaba a vibrar de enojo ante el recuerdo de la restricción en el claro del bosque. No quería pensar que tenía esa misma restricción ahí. Por un momento sintió que ya no tenía ganas de ver a su hermano.
La mujer volvió a llamarlo. Rin acudió sin mucha prisa, aunque un poco más indiferente. Hizo una mueca de impaciencia al ver que la chica sólo lo miraba pensativa y no decía nada.
-El… el doctor que le atiende lo verá en seguida. Vaya al 4to piso por el ascensor, el cuarto 499, por el pasillo derecho, hasta el fondo. Él lo verá ahí.
Rin hizo una mueca de impaciencia otra vez como afirmación y comenzó a andar lánguidamente hasta el ascensor, que realmente no sabía dónde estaba, pero tarde o temprano daría con él. Y así fue, pero después de aproximadamente 10 minutos, en parte también porque caminaba lento y arrastrando los pies.
Pensó en irse a vagar por ahí o incluso a la azotea pero después de estar un minuto mirando en silencio los botones del elevador, se decidió por oprimir el que tenía el número 4. Comenzó a sentirse incómodo y por su mente rondaron los comentarios de Suguro. Se sentía un poco hipócrita, pues en parte, estaba ahí para que no le estuvieran diciendo cosas sobre lo mal hermano que era. No estaba para soportar ese tipo de comentario cuando Yukio era quien había tenido toda la culpa…
Ahí iba de nuevo, enojándose con él. ¿En qué momento cambió tan rápido su humor? Ni él lo sabía. Sólo respiró hondo cuando se abrió la puerta metálica, intentando calmarse una vez más.
Ahí afuera, el pasillo estaba solo. Era extraño, como si fuera exclusivo. De hecho cuando dio una ojeada a algunos cuartos con las cortinas corridas mientras andaba, se dio cuenta que no había nadie. Resopló. Comenzó a avanzar lentamente por el pasillo derecho. Todo se veía en orden. Ni siquiera llegaba a creer que por ahí hubiera algún alma. Realmente estaba todo tan callado y limpio. Cuando iba a medio pasillo se dio cuenta de que no había estado revisando los números de habitación. Se detuvo en seco y miro el marco de una puerta a su derecha. Marcaba el 480. Su mirada se dirigió al frente, hacia el final del pasillo y comenzó a caminar una vez más. Al parecer el doctor no estaba por ahí, pero cuando comenzó a buscar la habitación de su hermano olvidó eso por completo.
Todas las habitaciones de ahí estaban vacías también. Pero cuando llegó a la última del pasillo, del lado izquierdo, pudo ver unos grandes números dorados en relieve sobre la puerta: 499.
Se quedó unos segundos afuera, pensativo, en silencio. Seguramente dentro estaba ese cuatro ojos leyendo un libro o algo así, y cuando entrara le vería con esa expresión severa que indicaba que se había portado mal. Hizo una mueca con la boca al imaginarlo. Justo estaba pensando un montón de maneras para responderle para poder ganar la conversación contra Yukio cuando un sonido le sacó de sus pensamientos. Al parecer algo había siseado dentro de la habitación. Resuelto a enfrentarlo, frunció el ceño y apretó su mano contra el picaporte de la puerta. Entonces tomó aire y entró.
Dentro estaba bastante tranquilo, casi parecía desierto, pero notó que algunos aparatos cercanos a la cama por el lado derecho que no había en otras habitaciones y algunos otros que sí estaban, ahora encendidos y marcando algunos datos inteligibles en la pantalla. La iluminación era la necesaria para no interrumpir el sueño pero tampoco para tropezar con cada cosa que tuviera delante de los pies, una lamparilla recargada en una mesita de noche en la esquina contraria a la cama era la que irradiaba la luz opaca.
Allá al fondo, la cama parecía ocupada. Seguramente sería Yukio. Estaba por emprender el paso hacia él cuando el siseo volvió a escucharse y un escalofrío le recorrió la espalda. Sin moverse, paseó la mirada por la estancia rápidamente para encontrar la fuente de ese sonido. Al parecer no era su hermano quien lo hacía, a menos claro que bajo las sábanas se estuviera burlando de él. El siseo volvió y se estremeció ¿Era él o en serio estaba haciendo frío? Algunos mechones de cabello despeinados se encontraban frescos aunque secos a pesar de la carrera que había pegado hacía un rato.
Entonces, cuando dio un paso adelante sintió una brisa. Su vista rápidamente se posó en la cama donde se suponía su hermano yacía, y de nuevo sintió esa fría y débil ráfaga. Su mirada subió lentamente hasta la pequeña ventana que se encontraba a la izquierda y un poco más elevada del nivel de la cama. Esa ventana miraba hacia la calle, o mejor dicho, hacia el cielo, ya que se hallaba en el 4to piso. Se quedó mirando la cortina oscura que se mecía con la brisa y lo comprendió, había sido aquello lo que provocaba el siseo. Contuvo casi sin éxito un impulso por aventarle cualquier cosa a esa jodida ventana, pero se resistió. Se sintió estúpido unos instantes hasta que comprendió que nadie lo veía. Ni siquiera su hermano menor.
Resuelto el misterio, se acercó esta vez a la cama, tranquilamente. Y ahí estaba Yukio, durmiendo plácidamente, con un montón de cables de colores que zigzagueaban y caían hacia el borde de la cama desde los aparatos y se perdían bajo las cobijas. Llevaba un usual traje azul de esos que les ponen a los pacientes en los hospitales, tal como había visto algunas veces en la televisión, solo que en estilo pijama. La manta que le cubría le llegaba casi hasta la barbilla y parecía estar casi ileso, excepto por algunos rasguños irregulares en algunas partes de su piel visible.
"Y uno preocupándose tanto por ese bastardo", se permitió pensar. Se le quedó observando unos momentos. No llevaba sus gafas, estaban en el buró junto a su cama, del lado contrario a los aparatos que tenían un parpadeo constante de lucecitas de colores. Sus lunares parecían ahora inusualmente interesantes y llamativos, tal vez su piel estaba más pálida, quién sabe, la raquítica luz nocturna no era mucho de fiar.
Los días anteriores se las había pasado con emociones encontradas: de la frustración al miedo, de la preocupación a la ira, todo por culpa de ese cuatro ojos. Desde antes de que se fuera a la misión ya le estaba ocasionando problemas. Y ahora no sabía cómo sentirse en lo que correspondía a su hermano. La verdad era que todo lo que había pasado la última semana había sido lo más humillante que le hubiera pasado alguna vez y no creyó que Yukio estaría directamente relacionado. Lo peor era que estaba tan enojado con él, deseoso de encontrarse con él y plantarle la cara, terminar su discusión, no lo había visto desde que había dejado la academia después de la discusión que tuvieron y aún así, ahora que lo tenía ahí, estaba dormido, casi parecía que para ignorarlo a propósito. Apretó los puños. Se dijo que debía contener su temperamento una vez más.
Molesto por casi una semana, y aún así se preocupaba y su cabeza se volvía un lío de discusiones internas sobre el cómo debía sentirse. Y la causa era sólo un adolescente exorcista.
Rin se puso a un costado de la cama, para ver mejor al castaño. Le retiró el cabello que cubría sus párpados y apretó los labios. Había llegado hasta ahí ese día. Tenía que hablar de una vez, soltar todo lo que tenía, hablar con él, saber qué demonios había pasado desde que la misión había comenzado…
Era como si se llenara de frustración por no poder soltar todo aquello de una vez a pesar de que él había tenido la iniciativa de ir ahí. En cambio, Yukio había estado evitándole todo el tiempo, para burlarse o por miedo, quién sabe. No lo sabría hasta que saliera de la boca de su gemelo, y eso no pasaría a menos que se despertase.
Posó una de sus manos en los hombros de Yukio y lo movió un poco. Nada pasó.
-Yukio, despierta. Estoy aquí. Vine a visitarte. -dijo con un tono de voz un nivel más alto, con la intención de despertarlo. Y de todos modos no lo hizo. El azabache suspiró, se dijo que no perdería tan rápido la paciencia o si no Yukio volvería a ganar. De todos modos él sabía que de los dos, el único que tenía el sueño pesado era él mismo.
-Hey, cuatro ojos, despierta, tengo que hablar contigo. – volvió a mover el hombro de su hermano, que parecía un poco más escuálido que de costumbre. Apretó más su mano, enterrando sus dedos en la ropa de Yukio. – ¡Despierta, he dicho!
Comenzó a moverlo más frenéticamente. Incluso su cabello comenzó a ondear como si estuviera debajo del agua, pero Yukio seguía sin despertar. La paciencia de Rin era muy corta, incluso si se proponía alargarla, y más aún cuando estaba tan desesperado por dejar salir toda su frustración. Casi había ido sólo por eso al hospital, aunque hipócritamente había ido también para apaciguar los comentarios despectivos de sus compañeros sobre su falta de tacto con su hermano hospitalizado.
-¡Yukio! ¡No me quieras ignorar aquí también, despierta de una vez! – ya ni siquiera tomaba en cuenta que se encontraba en un hospital, pero tal vez lo olvidó porque no había visto ni un alma rondando aquel piso. Y es que la tolerancia se estaba desgastando, se roía lentamente, Yukio no tenía el sueño pesado, era una de sus "virtudes como joven exorcista", pero ahora parecía que se estaba haciendo el dormido o en serio estaba noqueado, pero aún así, debía de despertar en algún momento. Ya estaba ahí, era el momento de resolver sus asuntos, en esa situación ya no se creía capaz de poder posponerlo, incluso si eso envolvía despertar a su hermano menor que se hallaba en una cama de hospital. ¿Qué tan malo podría ser? Quizás sólo le reclamaría modorro que no debió de haber hecho eso y blablabla, más sermones, sólo molesto porque no lo dejaron dormir. Vaya, que delicado podía llegar a ser, o a ser imaginado por Rin, mejor dicho.
Rin tomó ambos hombros del menor con cada mano y comenzó a moverlo con más fuerza, llamándolo una vez más. Su entrecejo se veía bastante tenso y sus colmillos asomaban entre sus labios.
-¡Maldición, Yukio, despierta! ¡No permitiré que me ignores una vez más!
Levantó a su hermano un buen pedazo de la cama y luego lo desplomó de nuevo en el colchón y ahí lo hizo varias veces, azotando violentamente su cuerpo para poder hacer que regresara de la tranquilidad de sus sueños. Tenía que abrir los ojos y enfrentarse con la situación que había creado, tenía que vérselas con Rin.
Los movimientos se volvieron verticales, zigzagueantes y laterales, incluso la cama crujió un poco ante la incesante ráfaga de embestidas que golpeaban las sábanas. Rin hubiera podido jurar que le vio apretar los párpados, así que se detuvo poco a poco hasta dejarlo en su posición inicial. Espero unos segundos, con la respiración agitada pero de nuevo nada pasó.
La mecha del azabache había llegado al punto más corto. Volvió a tomarlo de un hombro con la mano izquierda mientras usaba su mano derecha para apoyarse y ponerse casi encima de él, colocando su rodilla junto a las caderas del menor. Con fuerza comenzó a sacudir el hombro de consanguíneo una vez más, moviendo de nuevo sus cabellos pero ésta vez se veían despeinarse en todas direcciones, apoyaba su mano en el abdomen de su hermano, cerca de su brazo, para poder hacer una buena palanca de fuerza. La boca del menor estaba entreabierta por tanto jaloneo y sus labios vibraban con cada movimiento, al parecer con cada choque, el aire salió con fuerza desde sus pulmones, involuntariamente.
Comenzó a gritar su nombre y un par de maldiciones. Realmente se sentía un poco incómodo, pero era el momento en que su ira y frustración habían tomado el control. El punto de retorno lo había pasado hacía algunos jaloneos. La camisa de hospital de Yukio comenzaba a salirse de su lugar y la adrenalina se sentía casi fluir en las venas de Rin hasta que algo le distrajo.
Su mano estaba húmeda, húmeda y caliente. Paró todo lo que hacía y bajó su mirada lentamente a la mano que había subido para que la mirara. Estaba roja. Los ojos de Rin se abrieron como platos, eso estaba ahí, brillaba con la poca luz que había, se sentía tibio como si hubiera estado dentro de algún recipiente a temperatura ambiente, líquido y escurridizo, y rojo. Muy rojo.
Era sangre.
El azabache se sobresaltó y retiró rápidamente la mano. ¿Sangre? ¿Pero de dónde? Su mano bajó hasta donde su rodilla estaba y encontró horrorizado una enorme mancha roja a la altura del abdomen de Yukio, del lado izquierdo, una mancha que cada vez era más ancha.
Cuando anonadado dirigió su mirada hacia su hermano, descubrió con todavía más espanto, que otra mariposa carmesí crecía en el pecho de Yukio. Retrocedió y se quitó de la cama. ¿Qué era todo eso? ¿Por qué estaba sangrando de esa manera? Es cierto que había sido violento pero eso no era lo suficientemente capaz de sacarle la sangre a alguien ¿o acaso su arranque de furia había hecho que sus poderes demoníacos se descontrolaran?
Negó energéticamente con la cabeza. No, por supuesto que no. Eso no podría haber pasado, e incluso si pasaba, lo más probable es que le hubiera dislocado un hombro. Pero entonces ¿Por qué?
Se acercó a la cama una vez más y observó con los ojos desorbitados y bastante nervioso cómo su ropa azul se teñía de rojo, como si debajo de él hubiera una guerra y cada vez se derramara más sangre de valientes soldados que luchaban por defender. Divisó su desordenada camisa de hospital, ya bastante húmeda y notó algo bajo ella. Rápidamente la tomó y la jaló hacia sí, abriendo un poco los botones, sólo para ver algunas vendas bastante enrojecidas, que de no haber sido por que en el hombro contrario eran blancas, hubiera jurado que ese vendaje era ya de ese color rojo sangre.
Sus labios temblaron ¿Qué podría haber debajo de esas vendas que hubiera sangrado con relativa facilidad? Sus manos temblaron al abrir más aquella prenda y ver las mismas vendas cubriendo casi todo su pecho y abdomen. Un escalofrío le recorrió la columna y una vocecilla en su cabeza comenzaba a reprocharle. Su mano cubierta de sangre había manchado incluso las sábanas y su piel, que ahora sí que se veía pálida. Rin también estaba poniéndose pálido pero por la impresión
Sus dedos se enredaron entre las vendas de su pecho y las jalaron hacia abajo, escurriendo unas gotas gruesas de sangre que corrieron por la piel que vieron libre. Y entonces, cuando por fin llegó al fondo de esa maraña de gasas, se quedó petrificado. Sus manos pararon como si el tiempo se hubiera detenido e incluso dejó de respirar. Su corazón comenzó a acelerarse, a golpetear tan duro que el pecho comenzó a dolerle y dificultó aún más que comenzara a respirar.
No era posible, aquello no era posible. Él esperaba ver una sutura rota, una herida profunda tal vez, pero no lo que tenía ante sus ojos. Sus brazos enteros temblaron, y el aire pasaba entre sus dientes de manera estrepitosa, casi jadeante.
En el pecho de Yukio había una herida tan grande que casi era del tamaño de su puño, era profunda, sí, pero no era una cortada, un corte limpio con una espada, o un rasguño de una criatura, lo que había delante de él era un oscuro agujero. Brotaba la sangre sin cesar de uno de los bordes y debido a la oscuridad no veía su fondo, ni quería hacerlo.
Se estremeció con sólo pensar en las posibilidades para crear una herida así y sobrevivir. Por su mente pasaron fugazmente pensamientos contradictorios, insultos contra el hospital por no haber suturado la herida, pero otra voz respondía que entendía, no había cómo cerrarlo, jalaría la piel entre borde y borde y quizás eso resultaría todavía peor. Rogaba porque esas voces dejaran de fastidiarlo y se callaran.
Su dedo se aproximó al pequeño abismo que tenía frente a él, sobresaliendo demasiado entre la piel pálida del pecho de su hermano menor. Detuvo su dedo a unos centímetros de distancia de la herida. Era horrible, viéndola de cerca, se veía la carne machacada, hecha jirones y como si la hubieran jalado para formar aquella forma circular, como si le hubieran metido una mezcladora muy afilada en el pecho. Se veían heridas por todas partes, y bastante rojo, rojo de carne fresca, su carne al rojo vivo. Lo negro que se acumulaba adentro, además de la profundidad, era que ahí se había reunido la mayoría de la sangre coagulada y la que ahora se encontraba fluyendo como un río desde su nacimiento en las montañas; las gotitas de sangre negra y seca se juntaban en las paredes como nidos de aves de rapiña en un acantilado y algunas se colaban entre el líquido rojo que no dejaba de salir.
La desesperación apresó a Rin, aquello era horrible, no quería ni imaginar la pinta que tendría la herida de su abdomen, que sangraba más, si la que estaba viendo en ese momento se veía así. La sangre no se detenía y los labios de Yukio comenzaban a oscurecer. Un miedo sin precedentes le invadió e hizo que tiritaran sus dientes y crujiera su mandíbula. Eso estaba mal, muy mal.
En ese momento sus ojos se sentían bastante resecos por estar casi sin parpadear, casi comenzando a lagrimear, sin saber la verdadera razón escondida detrás de eso. Se reprochaba por lo que hizo, había sido un estúpido. Yukio estaba realmente mal y no lo notó ¿Cuándo y cómo se había hecho esas herida? ¿Quién era el responsable? Una vocecilla en su mente una vez más habló y le respondió "Tú" fue lo que dijo. El shock en el que se encontraba le impedía moverse. En serio era su culpa toda esa situación, pero ¿Hasta qué grado?
De sus pensamientos lo sacó un pitido irritante y repetitivo, como una alarma, pero menos llamativa. Luego otros dos pitidos recurrentes se hicieron presentes junto con algunos foquillos rojos que se prendían en los aparatos cercanos cerca de la cama. Pitaban desesperadamente y no hacían más que exaltar a un más al joven. Parecía que algo iba mal, sólo entonces comenzó a despertar Rin, que debía de buscar ayuda, que debía de hacer algo o su hermano moriría ahí desangrado por su culpa.
Con desesperación miró al aparato, a su hermano, y de nuevo al aparato. No sabía qué hacer, cómo actuar, cómo comportarse. Se preguntó qué hubiese hecho Yukio en la misma situación. Él sabría qué hacer, él sabría controlarse, él no habría hecho cosas tan estúpidas en primer lugar.
Un estrepitoso tamborileo, como si una manada de animales se acercara, se escuchó aumentar desde lo lejos, unos segundos más tarde entraron en estampida 3 enfermeras que primero observaron a Rin, luego a Yukio, a los aparatos y de nuevo a Rin.
-Sáquenlo de aquí- había dicho una.
Rin se sintió como una bestia atrapada. Se acongojó hacia la pared, dando la espalda a la ventana y tomando con fuerza una de las manos de Yukio. No quería soltarlo. Sentía que si lo hacía podría perderlo. Así al menos podía sentirlo cerca, aún tibio, pero ¿qué pasaría cuando se separara de él?
Entraron otro par de enfermeras y entre todas comenzaron a revisar los aparatos, las sábanas, y al propio Yukio. Casi al borde de la locura y con los ojos vidriosos, el mayor de los Okumura entrelazó su mano con la de su hermano, sintiéndola cada vez más fría, pero aún sentía su pulso, sus latidos. Su respiración se agitaba al ver cómo quitaban la camisa ensangrentada y las elegantes vendas carmesí para dejar ver el torso de su hermano. De no haber sido porque estaba totalmente fuera de sí, petrificado, paralizado, hubiera gritado. Estaba cubierto de heridas y moretones, pero todo eso no era nada si se veía la profunda herida que tenía del lado izquierdo del cuerpo. Antes de poder escrutarla una enfermera se interpuso en su camino y le tapó la vista. De alguna manera agradeció que eso pasara, no soportaría ver qué atrocidades yacían detrás de esa enorme mota roja que había mojado su mano al principio.
Una de las chicas seguía gritando que lo sacaran de ahí, porque estorbaba, porque era un idiota, porque era un asesino, ni siquiera alcanzaba a distinguir bien las palabras. Pero en medio del alboroto llegó un doctor junto con una de las enfermeras que antes había llegado primero, no se había dado cuenta en qué momento había vuelto a salir.
Rin y el doctor se miraron por un segundo. El médico parecía realmente estupefacto ante la situación, y una mirada de sorpresa y acusación le dirigió al azabache al notar su mano y su ropa salpicada de sangre. La mirada de Rin, por su parte, parecía de locura, suplicante. No de que lo salvara, sino de que no los separaran.
-Sáquenlo – dijo en tono grave y con un movimiento de cabeza.
Dos enfermeras asintieron y se miraron entre ellas antes de agarrar al chico y jalarlo por los brazos. Con dificultad lograron separar las manos de ambos hermanos que estaban unidas y lo sacaron a trompicones, pues era él más alto que ellas y en cuando dejó de sentir el contacto con Yukio fue como si hubiera vuelto a la realidad y dejara de estar congelado. Forcejeó para que lo soltaran.
-¡Yukio! –gritaba con voz gutural mientras veía como las enfermeras estaban sobre de él, como una jauría de lobos hambrientos. Ya que todo estaba con sangre por todos lados, hubiera jurado que parecía que estaban destazando a su hermano. Sus pupilas se dilataron bruscamente y su mandíbula se movió un par de veces sin articular ningún sonido. No, no dejaría que le hicieran daño. Más daño del que él había hecho. -¡Yukio! ¡Déjenlo en paz!
El médico volvió a hacer una seña con la cabeza mientras miraba a una enfermera, pero el muchacho ya no se daba cuenta de nada. Estaba acabando con la fuerza de las enfermeras. La adrenalina fluía con violencia por su cuerpo y desesperadamente luchaba por llegar al lado de Yukio, pero ¿Para qué? ¿Qué haría una vez que llegara a su lado? ¿Volver a lastimarlo?
Sus colmillos crecieron puntiagudos y su piel se erizó. En su mente la imagen se distorsionó y vio a las mujeres alrededor de Yukio como monstruos, horribles harpías que arrancaban con deliberada lentitud y placer la pálida piel de su hermano, que enterraban sus largas uñas en sus extremidades, y que masticaban partes del cuerpo que le arrancaban haciendo horribles sonidos de gorjeos.
Entonces enormes gotas de agua salada resbalaron por sus mejillas.
"No, no, aléjense de él, no lo maten… ¡No mueras, Yukio!", suplicaba en su cabeza, al ser incapaz de hablar.
Pero justo cuando una de las enfermeras se movía para ir por más suero para intravenosa, logró ver la cara de su hermano, al rojo vivo, brillante, viscoso. La imagen era borrosa y se iba aclarando lentamente, podía casi distinguir con horror que una harpía estaba por sacar un ojo de las órbitas del menor haciendo con sus largas y afiladas uñas la suerte de garra metálica. Entonces la imagen violentamente se volvió borrosa otra vez antes de que pudiera observar la expresión que tenía Yukio en el rostro.
Ni siquiera había sentido el pinchazo de la aguja en su cuello cuando le inyectaron el sedante. Sus miembros se relajaron y comenzó a perder la fuerza en sus puños, en sus rodillas. Ya no podía dar un paso más y la imagen se desvanecía como si fuera la espuma de mar que se desintegra en una neblina salada cuando sopla la brisa marina. El rojo se convirtió en azul, y las harpías en uniformes blancos. Su alrededor dejó de verse como una húmeda y escalofriante gruta maldita entre las montañas y regresó a ser una ordenada habitación de hospital. Los sonidos se hacían distantes, y torpes, como si fueran modificados, se hicieran lentos, como si fueran gruesos, golpeteos a lo lejos y no se pudieran distinguir las palabras.
-No… -dijo casi sin fuerza mientras se desplomaba hacia el piso. Las enfermeras habían alcanzado a retenerlo para evitar que cayera, con más facilidad ya que no seguía luchando por librarse de ellas.
Aún seguía consciente, pero todo era cada vez menos nítido y lógico. Los colores se mezclaban, se revolvían y se desenfocaban. Motas blancas con bordes negros se movían frente a él haciéndolo sentir nervioso. Bordeaban algo que no le dejaban ver. Con trabajos alzó la cabeza. Las enfermeras se sorprendieron de que aún siguiera despierto, pues le habían aplicado la doble dosis de lo que una persona normal necesita.
Lo que vio fueron solo sombras confusas que parpadeaban y se perdían, pero justo cuando sentía que sus párpados caerían, una mota roja apareció en medio de entre las blancas, como si fuera una esfera sobresaliente en un adorno navideño. Esa mancha roja se dilató y comenzó a manchar todo. Lo blanco se hizo rojo, lo azul se hizo rojo, todo era rojo. Cubrió todo como si fuera una nube de humo y después se agrandó de un segundo a otro haciendo que todo fuera como una habitación tapizada de sangre fresca, goteante, olorosa, incluso el sabor metálico lo sentía en la boca. El rojo le inundó y sintió ser absorbido por la sustancia viscosa y cada vez más oscura. Y entonces todo se apagó.
Por fin cayó dormido presa del potente sedante que había recibido. Había dado bastantes problemas a pesar de eso. Las enfermeras lo llevaron con rapidez fuera de la habitación, a una banca elegante y con cojines oscuros que se encontraba en el corredor. Una se quedó fuera para vigilar y la otra volvió a la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Él ya ni siquiera podía oír las voces desesperadas de las mujeres o el tono severo del médico, tampoco el pitido recurrente y molesto de los aparatos de la habitación. Todo se esfumó.
En su sueño Rin se sentía como flotando, pero aún así atrapado, atado, como si estuviera encadenado con arneses en un cuarto sin gravedad. Le dolía el pecho por el tamborileo intenso de su corazón y por la cantidad de tiempo que había aguantado la respiración sin darse cuenta. Los brazos y piernas dolían pero seguía flotando. Era como si le forzaran a descansar en un lugar pacífico. Así que suspiró. Su mente parecía una madeja enredada de hilos a la que después se encargaría de desenredar. Cerró sus ojos. Ciertamente se sentía exhausto, pero más tranquilo. Abrió y cerró sus palmas liberando la tención en ellas y movió su cuello para hacer lo mismo con sus hombros.
Llevó su mano a la frente para retirar su cabello, que ondeaba como si una suave brisa lograra colarse por algún lado, sin poder averiguar de dónde, en ese espacio infinito y donde no se veía fin, al horizonte blanquecino y brumoso. Pero una gota húmeda le golpeó la mejilla y recorrió el camino hasta su cuello. Preguntándose si podría llover en ese lugar, levantó la mano mirando hacia arriba, intentando tocar el cielo, en busca de algún indicio.
Abrió grande los ojos y sintió que se paralizaba su cuerpo, pues su mano estaba roja y por sus dedos goteaban lágrimas carmesís.
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Sin saber cuánto tiempo habría pasado ni dónde se encontraba, el joven semidemonio despertó, sintiéndose mareado y muy desubicado. Pudo notar que estaba tendido sobre una superficie fría y acolchonada. Se incorporó lentamente y con cuidado, pues sus brazos temblaban y se sentía adormilado y sin fuerzas.
Recargó su cabeza contra la pared, aún veía borroso, y sus ojos permanecieron cerrados hasta que todo dejó de dar vueltas. Cuando se sintió seguro, abrió sus ojos con pesadez. Y pudo notar que estaba en un pasillo amplio y limpio, estaba sentado en una banca con cojines oscuros, y cuando miró al frente, notó que una mujer vestida de blanco le observaba preocupada y con un aparato electrónico pequeño en mano.
Él suspiro. Su cabeza daba vueltas, pero de pronto todo comenzó a volver a él. Esa mujer, el pasillo, el hospital… Yukio.
Se sentó muy aprisa, tanto que respingó aquella enfermera. Por su parte, a Rin le pegó un dolor de cabeza muy fuerte y se mareó mucho, si hubiera estado de pie, seguramente hubiera caído de forma estrepitosa y ridícula.
Tomó su cabeza entre sus manos y gimió un poco, en serio todo aquello se sentía horrible, casi le daban ganas de vomitar y tampoco podía respirar bien, su pecho ardía y pesaba de una forma desconocida.
Comenzó a toser y sintió un sabor amargo en su boca ¿Qué hora era? ¿Hace cuánto que no comía? Pero de alguna forma lo agradecía, pues si hubiera comido hacía poco tiempo hubiera devuelto todo en ese piso tan reluciente.
Al final del pasillo se escuchó un eco de pasos y el médico apareció acompañado de una enfermera de las que había estado antes en la habitación de su gemelo. No le miraba de buena manera pero él tampoco estaba de humor para prestarle atención. El hombre llegó con la chica que parecía vigilarle y dijo algunas palabras que el joven no alcanzó a escuchar. Luego de eso ella se fue, yéndose con la otra chica por donde el doctor había venido.
Por fin pudo ver bien al médico: alto, rubio y bien arreglado, con el cabello peinado y la bata blanca completamente abotonada. Él se acercó al jovencito, hasta quedar frente a él, lo miró por unos instantes. Sus ojos azules le escrutaron por un momento, en silencio. Y entonces notó que sus rasgos parecían más bien extranjeros.
Al final, suspiró y tomó por el hombro a Rin.
-Bien, muchacho. Déjame presentarme primero. Soy el doctor Köhler –al parecer era alemán - , y soy miembro de la orden de la Cruz Verdadera. Estoy a cargo de tu hermano.
El azabache atinó a asentir con lentitud solamente. Así que el otro continuó.
-Okumura-kun, ¿sabes en qué estado se encuentra tu hermano?
Rin desvió la mirada hacia la ventana cubierta por cortinas de la habitación de su hermano y apretó los labios. Se sentía tan impotente y estúpido, habiendo hecho algo tan tonto sin siquiera saber su estado. Había llegado ahí para poder mirarlo y terminó empeorándolo seguramente. Actuó inmaduro, como un niño, irresponsable. Como Yukio solía decirle.
Tras mirar unos segundos esa ventana, negó con la cabeza y bajó los ojos al piso para evitar encontrarse con los del médico, para no que le dijera alguna mala noticia o que le regañara de tal manera que no pudiera acercarse otra vez o que le mirara con desprecio por lo que hizo. Pero no podía quejarse, él mismo hubiera hecho lo mismo. Se sentía realmente culpable, pero más que nada, desconcertado. No sabía absolutamente nada de su hermano menor, y ahí por fin estaba alguien que podría explicarle algo y ya no seguir sintiéndose como un idiota desnudo y sin armas en medio de una batalla en el desierto. Así que alzó de nuevo la vista para poder mirarlo, buscando respuestas.
El doctor respiró hondo y se sentó a su lado. Eso preocupó un poco al muchacho.
-Lo trajeron del campo de batalla hace unos días y tuvimos que hacer una operación de… -miraba hacia el frente mientras hablaba, como si recordara mientras lo hacía- bueno… tenía varias heridas graves e hicimos nuestro mejor esfuerzo para que quedara en el mejor estado posible – Rin apretó los puños – y así fue.
En ese momento, el alemán se giró para mirarlo y le vio lo tenso y desubicado que se encontraba.
-La verdad no sé los detalles de cómo fue herido, pero de no haber sido por los cuidados que recibió en el campamento hubiera llegado en peor estado a mis manos, y quién sabe cómo hubiera terminado todo… - hizo una pausa y miró hacia donde Okumura lo hacía hace rato, la ventana de la habitación de Yukio. – Esas heridas eran muy profundas, pero estamos dejando que cicatricen por su cuenta y con ayuda de tratamiento, no podemos cerrarlas porque fueron hechas con un arma con energía demoníaca, así que aunque intentáramos cerrar su herida del costado, cerca de su abdomen, la herida seguiría abierta y sangrando, rebelde contra las estrategias de los exorcistas.
Rin bajó la mirada, realmente no entendía mucho. Sólo que su hermano estaba mal, muy mal, y él había hecho algo que DEFINITIVAMENTE no debía hacer. Apretó aún más los labios hasta que fueron una fina línea recta, todo aquello era simplemente estúpido, y por su culpa.
-Okumura-kun – llamó de nuevo el rubio para atraer su atención. Tardó unos instantes en decidirse y por fin levantar la vista para ver al médico. –Él está fuera de peligro, cuando lo sacamos de la operación y ahora también. – un suspiro de alivio dejó escapar el joven, sintiendo de nuevo ese dolor en su pecho por haber aguantado la respiración. – pero aún está en estado crítico, va a tener que quedarse en terapia y cuidados intensivos para que veamos su evolución. Depende mucho de su espíritu de lucha, pero tengo entendido que es un formidable exorcista y una excelente persona, no creo que tenga problemas en ese sentido.
Así es, Yukio era así, siempre fue así. Bueno, amable, reservado, tenaz, responsable, tolerante, respetuoso… perfecto. Y ahora eso también le ayudaría a recuperarse. Era de las pocas veces que su hermano mayor se sentía aliviado y agradecía que tuviera de su lado esas virtudes. Pero cuando le dijeron eso, no hizo más que una mueca de aprobación y un sonido ambiguo con su garganta, que se sentía entumecida y ronca.
-Las visitas están prohibidas. Ya que es un agente de alto rango que fue herido de forma desconocida en una misión de nivel elevado. – Rin le miró de reojo, al parecer si era por eso que no dejarían a nadie pasar. Pero entonces ¿Por qué la enfermera lo había mandado a su habitación? – pero con usted la situación cambia, ya sabrá el por qué, las circunstancias son muy especiales. Le mantendremos informado de su estado, habrá un informe diario de su salud a su disposición, o cada vez que venga a visitarlo. – hubo un silencio incómodo, por unos instantes, Rin escuchó en su cabeza de nuevo una vocecilla que le decía que no fuera más al hospital, que terminaría siendo perjudicial, otra voz le dijo que era un idiota y cosas parecidas, otra que si volvía quizás podría encontrarse con un ambiente desagradable entre la gente del hospital después de lo que hizo y otra más que le habían puesto a cuidar otra vez a un bebé llorón.
- En… -pronunció con dificultad y con un hilo de voz. Carraspeó y volvió a intentar - ¿En cuánto tiempo estará mejor?
-No podría decirle ahora mismo, depende mucho de su cuerpo y de cómo vaya avanzando, si existen complicaciones… como las de hace unas horas –Rin se encogió en su lugar de un espasmo y ocultó su rostro con el cabello- y de los cuidados que se le den. No podría darle una fecha para que sea dado de alta pero… -hizo una pausa y se acomodó el cuello de su camisa – puedo decirle que es probable que en dos semanas él ya este mostrando mejorías, y que este consciente.
¿Consciente? ¡¿Tardaría tanto en despertar?! ¿Cómo era eso posible? ¿Tan grave era su estado? Sintió un frío cosquilleo recorrer su pecho. ¿Y si él había retrasado su recuperación? Tantas dudas como esa se le vinieron encima. ¿Cómo es que debería cuidarlo de ahora en adelante? ¿A que vendría a visitarlo si todo el tiempo estaría dormido? Casi se da una bofetada él mismo por haber pensado así, era obvio que tenía que venir a ver su estado, estaba preocupado, debía estarlo, pero seguía sin saber cómo se había herido de esa manera, y fue exactamente cuando ese idiota no le quiso dar la cara. Ese cuatro ojos era tan problemático.
Suspiró pesadamente y dijo lo que había estado esperando soltar desde hacía buen rato.
-Lo siento…
-Ah, muchacho, la verdad me gustaría darte un sermón por lo que acaba de pasar, pero no es lo indicado, ya estas pasando por momentos difíciles y no quiero salar más la situación… no creo que hayas querido hacer daño a tu hermano, seguro fue por un accidente, no puedo estar seguro, eso lo sabes sólo tú. – guardó silencio y luego prosiguió. – Sólo te diré una cosa, sé más observador. – se puso de pie y Rin lo miró, le veía severo, aún, pero ahora con un tinte de reproche, eso lo sintió como un piquete en las costillas – Y cuide bien de su hermano, tengo entendido que es su única familia ¿no? Si le prohibimos la entrada a usted no habrá nadie que venga a visitarle, y en su estado no creo que ese tipo de situación ayude a que mejore. – Se acomodó la corbata - Pero por el momento, con permiso. Si necesita algo más búsqueme a mí o a la enfermera encargada. –Comenzó a caminar después de hacer una reverencia – Después hablaremos sobre este pequeño incidente, por lo pronto, descanse un par de minutos antes de moverse, el sedante que le aplicaron era fuerte. Que pase buenas noches, Okumura-kun.
Y así, el alto hombre se alejó de forma silenciosa.
Rin no sabía si irse o quedarse, si pedir más información, si correr a la habitación para ver cómo estaba Yukio o llamar a alguien para pedir una explicación sobre la misión. Todo era demasiado confuso. Pero tenía miedo, de verlo y otra vez hacerle algo tonto y agresivo, de verle sangrar de esa forma. ¿Cómo se vería después de perder tanta sangre? No le habían llamado para pedirle que donara sangre para él, ni nada tampoco. Seguro se vería más pálido que de costumbre.
Nadie estaba ahí, vigilando lo que hiciese, que le viera mal porque la decisión que tomase fuera incorrecta. Se puso de pie. Sintió que quizás en el hospital estaban siendo demasiado descuidados, o tal vez en realidad era que era un "caso especial" y aquel no era precisamente el momento para sentirse importante.
Ya no se sentía tan mareado y avanzó hasta la ventana de su hermano. La toco con su mano temblorosa, fría y mojada de sudor, ahí adentro estaba Yukio, una vez más y no se sentía con la determinación para entrar, y de cierta manera se sentía vigilado aunque no hubiera nadie. Se recargó contra el cristal para sentir fresca su frente. Supuso que por aquel día había sido suficiente. Ni idea tenía de la hora, si era de noche, de día o si había pasado más de un día. Pero era suficiente. Regresaría después. Después de haberse calmado y haber aclarado su mente en su casa, o mejor dicho, su dormitorio, regresaría. Por ahora no quería saber nada más acerca de toda esa revoltosa situación de las heridas, el hospital, la misión, la pelea. Nada. Sólo quería poder pensar con claridad y sin ser presa de sus propios miedos o de las miradas ansiosas a su alrededor.
Se separó de la pared y comenzó a caminar hacia el elevador, usaría las escaleras si no estuviera todavía bajo los efectos del sedante y temiera caerse, ya había sido suficiente de hacer cosas estúpidas ese día. Sin saber cómo, ya estaba de vuelta al salón de recepción y se veía más abarrotado, lo cual agradeció, así podría colarse entre la gente sin ser detectado por nadie el hospital para llegar a la calle.
Afuera todavía era oscuro, quizás aún era de madrugada, quién sabe. Guardó sus manos en sus bolsillos y cuando se puso el gorro de la chamarra, con horror se dio cuenta de que sus manos seguían manchadas de rojo, ahora oscuro, y al revisa su chamarra, estaba igual. Se la quitó y se la puso al contrario. No quería que nadie le viera caminar por ahí con pinta de asesino. Volvió a cubrirse la cabeza y meter las manos manchadas en su bolsillo. Lo bueno era que como era tarde, había poca gente transitando y, posiblemente, en la escuela tampoco habría mucha gente rondando y mucho menos cerca de su dormitorio exclusivo y abandonado.
La brisa era fría y su cabello se mecía temblando, casi como si fuera causa de los temblores de su cuerpo. Caían gotitas de agua que no alcanzaban a tocar más que su nariz y su mejilla. Realmente agradecía que los efectos del sedante perduraran, pues así no podía enfocarse en distraer su mente de lo que había pasado en la habitación 499, el sedante lo hacía por él. Lo pensaría cuando estuviera más sereno.
Llegaría a casa y tomaría un baño, metería a lavar su ropa, se lavaría los dientes y se metería a dormir, sin pensar en nada. Si lo hacía probablemente no podría dormir. Tal vez el efecto del sedante que le hacía parecer indiferente ante la situación en realidad era una muestra de misericordia hacia él.
Así que así, insensible e indiferente, caminaba en la calle de regreso a la escuela, con un solo pensamiento en la cabeza, un eco que rebotaba muy dentro, que sólo era escuchado si se le ponía atención. "Yukio", decía.
Rin suspiró distraídamente. Se preguntó si todo aquello no podría ser un sueño, justo como hacía unos momentos. Pues eso de que no dolía en ellos no era verdad, quizás no podrían doler los golpes o los pellizcos, el daño físico, pero el corazón podía doler, lo había vivido muchas veces, de niño, de joven, incluso en el sueño que le proporcionó el sedante, y ahora mismo era igual, no sentía nada, más que una presión fría y sofocante en el pecho que todavía le dificultaba respirar.
-Fin del capítulo-
Ok, el final fue muy… extraño, después de que se desmayó Rin y todo pero es que… ya no encontraba inspiración para escribir o alargar más esto y que se aburran así que lo llevé al grano y ya -3-
Espero que os haya gustado la parte esa del arrebato de Rin, fue cruel, lo sé ;A; pero faltaba una pizca de emoción, se que algunas partecillas están aburridonas pero… son cosas que tienen que escribirse para llegar a lo bueno… claro que al final lo omití y dije "Ya, acábalo y sha!"
Una disculpa nuevamente, procuraré actualizar más seguido, ya está llegando el fic a su parte final :OO
Veamos qué pasa con estos gemelitos~
À bientôt!
