- ¡Niños! ¡Niños, apúrense! ¡No querrán llegar tarde!

Annie se acomodó los bucles que le caían sobre los hombros y se miró al espejo una última vez. Aquél día, por primera vez en mucho tiempo, se veía relativamente decente. Tenía puesto un vestido de algodón verde claro que le llegaba a las rodillas, ajustado en el pecho, y un par de zapatos color canela que la madre de Enya le había regalado hacía poco tiempo. Mucha de la ropa que ella tenía había pertenecido a la madre de Enya: al haber tenido cuatro hijos varones, disfrutaba de dedicarle momentos a Annie para ayudarla en todos esos momentos femeninos que con su hijo no podía compartir. Le regalaba su ropa vieja, le acomodaba el cabello y le daba consejos de belleza cada vez que la veía. No es que Annie fuera demasiado femenina, pero trataba de seguirlos, porque sabía lo importante que era para ella, y le gustaba ver el brillo en sus ojos cada vez que sentía que le hacían caso y la tomaban en cuenta. En ese momento, recordando uno de ellos, se había dejado el cabello suelto que le llegaba hasta debajo de los hombros, se había emparejado y quitado la sal de los bucles, que le habían quedado brillosos y caían sueltos hasta debajo de sus hombros, sólo un mechón sostenido de su lado derecho por una hebilla para que no se le cayera todo sobre el rostro.

Era un día especial. Más especial que cualquiera. Tan especial, que Annie temblaba de pies a cabeza.

- ¡Por última vez, los estoy esperando!

Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de calmarse. Pasara lo que pasara, después de aquél día su vida no volvería a ser la misma. Ya había tomado la decisión, y nadie podría convencerla de lo contrario.

No tenía nada que perder de todos modos.

Abrió los ojos, y con una última mirada a su habitación, salió corriendo hacia la puerta de entrada, donde su madre le acomodaba el cuello de la camisa a su hermano.

- Qué guapo que te ves hoy – Annie corrió a darle un beso en la mejilla, y Yan se apresuró a pasarse la mano rápidamente por donde habían rozado sus labios.

- ¡Me vas a arruinar el look!

Annie se rió, mientras le tomaba la mano, guiándolo hacia afuera. Le dirigió una rápida mirada a su madre, soñando pero sin esperar que le hiciera algún comentario sobre su atuendo. Pero como esperaba, ella simplemente le dedicó una pequeña mirada, y le pidió que guiara a Yan mientras ella buscaba a su padre y al pequeño.

No tardaron demasiado en llegar a la plaza principal. Su casa no quedaba demasiado lejos, porque tenía que estar cerca del negocio de su madre, pero tampoco era una de las casitas del centro del pueblo. La plaza tenía una forma redonda, alrededor de la cual había varios negocios y casas, unos pegados a los otros y rodeados por verdes palmeras y arena seca, todas detrás de un círculo pavimentado, que terminaba en la puerta del Edificio de Justicia. El Distrito 4 era un distrito redondo: todas las callecitas pavimentadas daban vueltas en círculos y volvían a los mismos lugares, y las casas y negocios estaban unas detrás de otras, mirando en distintas direcciones, hasta llegar a las casas frente a la playa. Annie vivía más allá de la plaza, cerca del Pescadero, a mitad de camino entre este y la cerca que daba al bosque de palmeras detrás del distrito. La plaza estaba ya llena de gente, de padres detrás de los corrales donde acomodaban a los niños, los más pequeños atrás, los mayores adelante. Después de registrarse, Annie le dio un abrazo a su hermano para despedirse.

- Nos vemos luego de todos modos – su hermano se encogió de hombros – cuando todo esto termine podemos ir a buscar cocos a la playa.

Annie tragó con fuerza y volvió a abrazarlo, sin contestarle. Luego un agente de la paz los separó con brusquedad, empujándola a ella hacia el corral femenino, y aprovechó para darse la vuelta y dirigirse hacia donde estaban sus amigas, Linnea y Jezyna. Se fijó que estuvieran estratégicamente ubicadas cerca de la salida del corral, y se ubicó entre ambas, metiéndose en su conversación.

- No lo sé, la maestra de combate parecía querer que Cate se ofreciera voluntaria – decía Jezyna en susurros.

- ¿Cate Schvart? – el ceño de Linnea se frunció rápidamente – Es verdad que es buena, pero… ¡hey, Annie! Estabamos discutiendo quién será la tributo este año.

- Tengo información interna – Jezyna sonrió con superioridad como cada vez que sabía algo que sus amigas no. – Parece que el mentor principal este año será Finnick Odair.

Linnea se quedó boquiabierta.

- ¿Qué? ¿No estaba decidido ya que a Dita le tocaba este año?

- Hubo un cambio en las internas. Es sólo un rumor, pero parece que Dita está embarazada, y Finnick ofreció tomar su lugar. Quién sea la tributo de este año tiene mucha suerte…

La conversación continuó en el mismo susurro confidencial, pero Annie ya no escuchaba. Miraba a su alrededor, en busca de Enya, pero no lo veía por ninguna parte. El campo ya estaba tan lleno de niños que era como buscar unplancton en el medio de un cardumen. Pero necesitaba verlo, necesitaba su sonrisa tranquilizadora, sino jamás sería capaz de hacerlo…

- ¡Bienvenidos! – Annie se sobresaltó. Buscaba a Enya con tanta desesperación y estaba tan ensimismada en su propio pánico, que no se dio cuenta de que el Alcalde del distrito se había levantado a dar el discurso - ¡Bienvenidos a la edición número 70 de los Juegos del Hambre!

La gente comenzó a aplaudir a su alrededor, pero ella sólo buscaba con la mirada. Mientras el alcalde leía el mismo discurso de todos los años, Annie encontró a su amigo parado en la primera fila, escuchando atentamente. Sabía que no se iba a postular, porque quería esperar un año más a tener más experiencia, pero sin embargo siempre tenía la misma actitud entusiasta. Él y sus amigos se habían juntado encabezando el grupo de hombres, y sonreían ante el discurso que ya habían escuchado todos los años de sus vidas. El verlo la tranquilizó un poco más, pero eso no había detenido el temblor de sus manos. Se las agarró con fuerza, tanta que casi se corta la circulación. Miró distraídamente hacia las sillas ocupadas detrás del alcalde, ocupadas una por Agnes, la escolta asignada al distrito 4, una mujer alta y con la piel pintada de blanco cera, los labios rojos fuego y una peluca roja que le llegaba hasta los codos, que vivía sonriendo dulcemente pero sus ojos demostraban la pasión con la que se tomaba su trabajo. Peleaba fuertemente por sus tributos y su distrito, orgullosa de lo que le había tocado y con lo que podía trabajar, y su postura demostraba una determinación que raramente dejaban pasar las cámaras. El resto de las sillas las ocupaban el resto de los vencedores, que eran 5: Finnick Odair, Dita Lester, Blaze Winchersie, Szvan Trent y Mags Afton-Levin. En la silla junto a Agnes se encontraba Finnick, que le susurraba algo a Mags al otro lado de él, y ella lo escuchaba atentamente. Parecía algo nervioso, aunque se esforzaba mucho en disimularlo. Entonces Annie recordó que la última vez que Finnick había sido mentor, los juegos siguientes a los que él había ganado, ambos tributos habían muerto antes de llegar a los últimos 8. Tragó con fuerza.

- Es tanto un momento de arrepentimiento como de gracias – el alcalde termina su discurso, seguido de una segunda ronda de aplausos, presenta a los vencedores anteriores, y le deja la palabra a Agnes, que se levanta con elegancia y se dirige al micrófono.

- ¡Felices Juegos del Hambre! – Agnes toma una pausa para dirigirle una sonrisa a la multitud, que espera con ansias el momento de la decisión final. El corazón de Annie late a toda velocidad. - ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte!

Algunos en la multitud sonríen. Otros simplemente esperan. Nadie se atreve a hacer ningún revuelo. Los músculos de los agentes de la paz a su alrededor están tensos a la espera de alguien que se atreva a moverse. Annie observa la tranquilidad de sus padres detrás de ella, y se prepara para el momento que tanto viene planeando en su cabeza.

Es tiempo. Agnes se acomoda el guante blanco con suavidad, acercando su mano al pote lleno de papelitos blancos con nombres de chicas. Las chicas siempre van primero. Pero ese no es el momento al que tanto miedo tiene. Nadie tiene miedo de que su nombre sea tomado, porque siempre alguien se va a ofrecer voluntario en su lugar. Los más pequeños tienen cero chances de participar. Agnes toma un papel, lo abre con delicadeza, y lee el nombre escrito.

- ¡Clare Gaia!

Annie conoce a Clare. Sabe que Clare no está preparada para los juegos. Clare es una muchacha de 15 años, la hija del maestro de Annie de la escuela. Una chica dulce con cara de ratón. A un par de personas detrás de ella, Clare se acomoda el vestido y se dirige al escenario con paso seguro. Sabe que de todos modos, la imagen de ella será fugaz, porque rápidamente alguien se va a voluntariar para reemplazarla. Se para frente a la multitud en el escenario, y sonríe.

- Muy bien, Clare – Agnes mira a la multitud con vehemencia - ¿Tenemos alguna valiente voluntaria que la quiera reemplazar?

Entonces, sin siquiera pensarlo, antes de que nadie le pueda quitar el lugar, Annie levanta la mano y grita:

- ¡Me ofrezco voluntaria!

Todo el mundo se da vuelta a mirarla. Annie intenta no enrojecer, sin resultado. Tanto Linnea como Jezyna giran la cabeza bruscamente junto a ella y la miran con una mezcla de sorpresa y miedo dibujado en sus rostros.

- Annie, ¿qué haces? – le susurra Linnea. Annie no le hace caso. Siguiendo el protocolo, e intentando no parecer demasiado avergonzada porque es conciente de que las cámaras están ahora pendientes de ella y cualquier signo de debilidad la va a perjudicar en los juegos, se dirige hacia el escenario. Las chicas se hacen paso para dejarla pasar, sin dejar de quitarle los ojos de encima. Muchas de ellas no saben quién es. No la reconocen del grupo de las seleccionadas. Saben que a ella no le corresponde ese lugar.

Intenta no notarlo, pero siente como el vello de la nuca se le eriza al pasar junto a Enya, que está casi tan pálido como Agnes, con el terror dibujado en el rostro. En el camino se cruza con Clare, que la mira fijo, sin disimular. Annie sube al escenario y se da vuelta, y de repente, por primera vez en su vida, ve la enormidad del grupo de niños que llaman a la cosecha. Y todos los ojos están pendientes de ella. Intenta controlar el temblor de su cuerpo, sin éxito alguno. Se le escapa una mirada hacia su hermano, que tiene la tristeza en los ojos pero que intenta parecer valiente, porque está rodeado de sus amigos. No puede acobardarse ahora, ya es demasiado tarde.

- ¿Cómo te llamas, cariño? – le pregunta Agnes con dulzura. Annie traga con fuerza.

- Annie Cresta – contesta ella, y le sorprende notar que su voz no es temblorosa, sino fuerte. Su determinación le está jugando a favor.

- ¡Por favor, un aplauso para nuestra valiente tributo femenino, Annie Cresta!

El oír el aplauso de la multitud la tranquiliza un poco. Al menos la sorpresa no les impide seguir el protocolo. Y tal vez, alguien, algún sentimentalista, confía en que puede llegar a ganar.

Eso la motivó a presentarse. El creer que alguien en el mundo pueda creer en ella en algún momento de su vida. Porque alguien en el Capitolio, algún alma perdida, puede creer que ella pueda llegar a ganar. Lo cierto es que no tiene nada que perder. Su vida familiar no la hace feliz, y lo único que la haría feliz es ganar los Juegos, y sentir el reconocimiento de su madre. Y si pierde, de todos modos estará demasiado muerta como para sentir la repercusión. Sabe que es una locura, que es algo egoísta, pero al fin y al cabo, ¿no es lo que sus padres querían? ¿una hija que les diera un poco de honor?

Eligen al tributo masculino, pero ella ya no está escuchando. Ella mira al horizonte, directo hacia la playa, sabiendo que tal vez sea la última vez. No quiere que los ojos se le llenen de lágrimas, y mirar al mar es la única forma de evitarlo. Debe parecer tonta frente a las cámaras, pero no le importa. Si quiere honrar al distrito, llorando después de haberse voluntariado no es la manera.

Sólo una cosa podría sacarla de su ensimismamiento, y es esa voz.

- ¡Me ofrezco voluntario!

Annie siente como si una tonelada de harina se le cayera encima y le hiciera perder todas las fuerzas. Sus piernas casi pierden balance, pero se logra contener a último momento. No, no, no es posible. No es posible, él no sería tan tonto como para voluntariarse el mismo año que ella. Pero cuando mira hacia la multitud, es indiscutible, y Annie se muerde el labio con tanta fuerza que empieza a sangrar.

¿Qué se le habrá pasado por la cabeza? ¿Qué pensamiento idiota lo habrá hecho cometer semejante estupidez?

Lo mira fijamente, casi con odio, desde el otro lado del escenario, cuando sube las escaleras a encontrarse con Agnes.

- ¡Me encanta el entusiasmo de este distrito! – exclama Agnes, llevándose las manos al pecho, y luego dándole unas palmadas en la espalda al nuevo voluntario - ¿Cómo te llamas, joven?

- Enya Kairoy.

Es la primera vez en su vida que su sonrisa de autosuficiencia no la divierte ni la hace sentirse mejor.