Da vueltas por la habitación desde hace lo que a ella le parece una eternidad. Mira por la ventana, luego vuelve a la puerta, enorme y de madera oscura, se arrepiente y se sienta en el sofá. Siente el cuero raspar la piel no cubierta de sus piernas, sus brazos, las gotas de sudor se le pegan a la piel como parásitos y luego le arrastra sus uñas por encima con tanta fuerza que lo podría atravesar. Ya se ha mordido toda la piel seca de los labios, se ha hecho sangrar tres veces, pero no puede parar. El corazón le late a la velocidad del aleteo de un cardumen de peces escapando del tiburón.
Nunca ha estado en un ambiente tan lujoso en su vida. Está acostumbrada a los ventanales que dejan entrar el sol, porque todas las casas del Distrito 4 son abiertas y luminosas, pero esa habitación debe de tener al menos el tamaño de su primer piso. Mesas resplandecientes de vidrio a la luz del sol, sillones de cuero de color crema, un piso cubierto por una alfombra suave de color bordeaux, jarrones llenos de flores y un olor a rosas que se expande y le invade la nariz. Pero no le presta atención. Ni a las flores, ni a la mesa, ni a los sillones. Ni siquiera a la alfombra, que aunque su textura es suave y la tienta a quitarse los zapatos, no se parece en nada a la arena caliente en la que suele apoyar los pies.
No le presta atención porque su mente está en la habitación donde Enya probablemente se esté despidiendo de sus padres. ¿Cómo se le pudo haber ocurrido postularse el mismo año que ella? ¿Acaso tuvo un blanqueo mental y no recordó que sólo uno de ellos puede salir con vida, sino ninguno? Muy improbable. Le daba vueltas y vueltas al asunto, pero no lograba entender la mentalidad de su amigo. ¿Por qué querría competir contra ella? De repente, el pánico y la decepción la invadieron por un segundo, pensando en la posibilidad de que él nunca la hubiese querido y sólo se hubiese postulado para competir contra ella. Pero descartó la opción, primero porque nadie tenía tan pocos escrúpulos y confiaba en Enya más que en nadie en el mundo, y segundo porque no era lugar ni momento para dudar de su amistad.
Las puertas de la habitación se abren de repente, y un Agente de la Paz deja entrar a su familia. Primero su madre, seguida por sus dos hermanos tomados de la mano, y finalmente su padre para cerrar la puerta.
Está tan sumida en sus pensamientos, que no lo vio venir. Su madre está en un segundo frente a ella, levanta la mano, y le pega fuerte en el rostro. Hay un segundo de silencio, que parece una hora entera. Nadie reacciona al principio, dejando la imagen congelada, como si alguien hubiese pausado la película, excepto por el ruido de sus respiraciones. Y de repente, su padre está junto a su madre, tomándola por la muñeca y mirándola intensamente a los ojos, y ella se pone a llorar.
Nadie dice nada. El corazón de Annie se estruja como nuez en manos de ardilla, y quiere correr y abrazar a sus padres, pero se queda congelada en su lugar, mientras su padre acaricia el cabello de su madre y cierra los ojos con dolor. Yan llora despacio, sin hacer ningún ruido, sin mover un músculo de su rostro, detrás de ellos.
La incomodidad y la tensión de la situación la están matando. Pero no siente que deba ser la primera en hablar. Además, no tiene nada para decir. ¿Para qué, si ya está todo dicho? No hay palabras que alcancen para recomponer a una familia que ya está rota. No hay palabras que puedan parar el sufrimiento que ocasiona perder a un ser querido. No alcanzan las acciones para compensar el dolor por el que están pasando, ni el que van a pasar. Lo único que se puede hacer es seguir adelante. Intentar mantenerse de pie en silencio.
Su padre se separa lentamente de su madre, y se acerca a ella. Annie cierra los ojos, mientras le rodea el cuerpo con los brazos. La mejilla le arde y se le ha puesto roja, pero no es nada comparada con el dolor de su corazón. Siente un calor a su lado, y de repente, tanto su madre como Yan están encima de ellos, y si pudiera congelar ese momento lo haría, porque hasta ese día nunca había entendido qué tan fuerte era el amor. Las lágrimas le corren por el rostro, mientras siente los brazos de sus familiares tan cálidos que la llenan de energía. Y por primera vez, y por ellos, cree que puede llegar a ganar. Cree que la pasión que la invade ese momento la puede llevar a la victoria. Y se deja una nota mental.
Lo voy a intentar.
Su padre se acerca con suavidad a ella, sin desarmar el abrazo, y le susurra:
- Te amamos, hija.
Sus voces no se expresan mucho más. Cuando finalmente se separan, su hermano le pide con la voz quebrada que por favor lo intente. Que vuelva a casa. Annie le promete que lo hará. Su madre le acaricia el cabello en silencio. No necesitan decirse nada, porque todo lo que sienten vuela en el aire que hay entre ellos. Y de repente, sin previo aviso, en lo que parece un instante, un agente de la paz viene a buscar a su familia. La abrazan una vez más, esta vez más fuerte, y con una última mirada de tristeza los empujan fuera del salón. Las últimas despedidas se le quedan guardadas en el nudo de la garganta, pero quizá así es mejor. Un segundo de dolor y luego se acabó, cual bandita adhesiva.
El encuentro con Linnea y Jezyna es igual de doloroso, pero más corto. Linnea llora todo el encuentro, lo que no lo hace más sencillo, mientras que Jezyna se mantiene impasible, intentando ocultar su dolor, aunque la voz se le corta un par de veces. Ambas le preguntan por qué. Por qué lo hizo. Por qué no dejó que Cate Schvart fuera en su lugar. Todo estaba preparado para que fuera así. Pero Annie no puede explicarselos de modo que entiendan. Así que simplemente les repite que todo estará bien. Las abraza, las consuela, les promete que pase lo que pase, todo estará bien.
Hacia el final de las despedidas, Annie está casi irritable. Irónicamente, no puede esperar a irse. Ya ha sufrido demasiado por lo que queda del día, y en ese momento, lo único que quiere es encontrar a Enya. El dolor de las despedidas no ha disipado su confusión, aunque si se le había quitado de la mente por un rato. Sin embargo, ahora que está de nuevo sola, a punto de enfrentarse a su destino, ese problema vuelve a ser su prioridad. Pero no va a encontrarse con él hasta llegar al puerto, para subirse al barco que les hará dar una vuelta hacia la estación de tren. No es que no puedan llegar en auto, pero para las cámaras es mucho más atractivo si desde el Distrito 4 parten en barco, aunque por el mar no lleguen a ningún lado.
Enya ya está parado en el muelle con el rostro impasible cuando ella se baja del auto. Quiere hablar con él, pero la única ocasión que tiene de estar cerca de él es cuando están los dos a punto de subir al barco. Ella le dirige una mirada rápida, y los labios de él se curvan un milímetro en algo que parece un avispo de sonrisa. Ambos miran a la cámara por un segundo, para luego entrar al barco y esperar a que zarpe.
Annie se gira rápidamente hacia él, decidida a enfrentarlo antes de perder la oportunidad.
- ¿En qué estabas pensando? - no se da cuenta, pero su voz sale mucho más agresiva de lo que había intentando. Las personas que estaban allí – asistentes del Capitolio, nadie del equipo de preparación se sube al barco con ellos porque los esperan directamente en la estación de tren – los miran perplejos. Enya alza las cejas, como si se sorprendiera por su actitud.
- Wow, Annie, no hace falta que te pongas fiera – Enya deja escapar una risa arrogante – Creí que sería divertido que fueramos los dos juntos. Un viaje al Capitolio, como amigos.
- ¿No te parece que este viaje "como amigos" nos va a costar muy caro, Enya? ¡Muy caro! - toda la frustración que le produjo separarse de su mundo y de sus seres queridos se está dejando escapar en sus palabras. La voz se le alza hasta estar gritando, y el rostro se le enrojece de la furia. La sonrisa de Enya no flanquece, pero el brillo en sus ojos se apaga - ¡Tu jueguito y tu arrogancia no te han dejado pensar, Enya! ¿O no te das cuenta de que uno de nosotros no podrá volver?
La voz se le corta pero las lágrimas ya no salen. Está demasiado enojada, demasiado frustrada, demasiado en shock como para llorar. No entiende nada. Todo parece un sueño, un muy muy mal sueño. Nada está saliendo como lo había pensado.
Enya no le contesta en el segundo. Se da vuelta, mira alrededor, y luego los mira a los asistentes del Capitolio, que los observan con curiosidad, y un poco de miedo.
- ¿Tienen algo para tomar? Algo fresco, me muero de calor. ¿En cuánto creen que llegaremos a la estación?
- La vuelta dura aproximadamente dos horas – le dice uno de ellos, mientras el otro se apresura a ir a la cocina a buscar una bebida para Enya – Tienen habitaciones preparadas para ustedes si desean..
- Maravilloso, me haría bien una siesta – Enya toma un vaso de un líquido color negro con hielo que le entregan, y se dirige al pasillo detrás de él. - Annie, deberías dormir un rato también.
Annie parpadea un par de veces. Hay algo que no cuadra. ¿Qué le pasa a Enya? ¿Por qué está actuando tan raro? ¿Por qué no le explica qué está pasando? Espera un segundo, como si Enya fuera a darse vuelta y darle todas las respuestas, pero como eso no ocurre corre detrás de él por el pasillo, y de repente se ve tomada del brazo y atraída a través de una de las puertas a un cuarto grande de un color muy azul.
El rostro de Enya ya no es amistoso o sarcástico. Refleja una severidad que Annie rara vez ha visto. Sus facciones se han endurecido completamente, su ceño está completamente fruncido, y sus ojos la miran con tanta intensidad que siente un escalofrío recorriendole la espalda.
Se miran durante un instante que parecen horas. Luego, lentamente, Enya le suelta el brazo y se de la vuelta hacia la cama, pasándose una mano preocupada por el cabello, mientras Annie cierra la puerta, entendiendo que lo que Enya buscaba era privacidad.
No dicen nada durante un rato. Annie ya no cree que para Enya sea todo un juego, y aunque no entiende completamente, comprende que detrás de todo aquello hay un motivo mayor. ¿Será que...?
- Creí que sería lo mejor – la voz de Enya es suave, un susurro, que refleja la gravedad del momento. Es como el susurro de un león sin energía. Un león que ya no puede cazar. - No me pude controlar. En el momento en que supe que ibas...no podía dejarte venir sola.
Annie no contesta en el instante. Sin querer mirarlo, observa la habitación que los rodea. No pasarán ni una noche en ese barco, y sin embargo les han preparado todo un dormitorio. Sábanas de seda y acolchado de plumas. Cuatro almohadones acomodados en perfecta simetría. Una alfombra que cubre el suelo completo. Una puerta de vidrio que da a un balcón al mar.
Lo ha hecho sin pensar. Y allí están, atrapados sin salida en un camino que sólo tiene un final. Se acerca lentamente a él, y le apoya la mano en la espalda.
- No debiste haberlo hecho, Enya...
Él no contesta nada. Ni siquiera la mira. Pero al cabo de unos segundos, levanta su propia mano, y la apoya encima de la de ella.
- Al menos estamos juntos...
Ese momento, para Annie, aunque se fueran a volver a ver, fue su despedida.
