Agnes y el resto de los Vencedores los esperan en la estación, donde ya no hay cámaras ni gente para despedirlos. Todo el mundo ha regresado a sus vidas. Como Jezyna había predicho, Annie nota la ausencia de Dita entre el grupo que los acompaña. Es una lástima, porque Dita es la vencedora femenina más joven entre ellos, y podía haberla ayudado mucho.
- ¿El barco no ha sido maravilloso? – les pregunta Agnes, con su habitual tono cantarín de alegría - ¡El viaje al Capitolio ahora no es demasiado largo, así que en nada de tiempo ya estaremos allí! ¡Qué emoción, qué emoción, qué emoción!
Annie nota como Blaze y Finnick se dirigen una mirada rápida, y una sonrisa se dibuja en los labios de ambos, y ella no puede evitar contagiarse. Los vencedores que los acompañan son 5: Blaze, Finnick, Mags, Szvan y Althea. Finnick era el más joven de todos ellos, habiendo ganado los Juegos hacía solo 5 años y a la edad de 14. Eran unos juegos que nadie iba a olvidar jamás, por la popularidad que habían tenido, tanto la arena como el mismo vencedor. La mayor parte de ellos regresaban todos los años a ayudar a los nuevos tributos, pero sin embargo nunca se quedaban más que el tiempo necesario. Apenas los juegos terminaban, o los pequeños eran asesinados en la arena, se tomaban el tren de regreso. Nunca se quedaban ni un minuto más. Eso era un completo misterio para todos los niños del Distrito 4, quienes veían el Capitolio como un paraíso de ensueño, que soñaban con una vida de lujo fuera de la represión de su distrito, donde los Agentes de la Paz no los dejaban respirar demasiado fuerte sin apuntarlos con gigantescas armas de fuego. Pero por algún motivo, el Capitolio para los Vencedores ha perdido su magia. Prefieren pasar una tarde en el Pescadero, ayudando con la pesca del día o conversando con los trabajadores, o comer algo en la playa junto a los niños que juegan con la arena, incluso darse una vuelta por la escuela, antes que quedarse a una vida de lujos y amantes en el Capitolio. Annie ha escuchado varias veces a Blaze diciendo que nunca dejaría a su esposa sola en la soledad de su mansión en la Aldea de los Vencedores, pero estaba segura de que su esposa bien podría haber ido con él cada vez que él quería. Por ende, ese desdén por el lujo permanecía un misterio.
Apenas pone un pie en el tren, Annie se queda maravillada. Se le asigna su propia habitación, combinada en distintos tonos de rosas opacos, utilizados en una enorme cama, la alfombra, las paredes, y desde el ventanal entra el sol iluminándolo y llenándolo de brillo. El dormitorio tiene su propio baño, decorado con azulejos dibujados con pececitos de colores, uno más brillante que el otro, tanto que parecen haber sido hechos con pequeños brillantes azules. El mueble de madera tiene cinco cajones llenos de ropa, y Agnes le dice que puede utilizar lo que quiera y cuando quiera. Le advierte que la cena estará lista en media hora, y Annie le agradece. Le cuestan unos cinco minutos reaccionar ante el lujo de su habitación, y luego se quita rápidamente la ropa sucia de sudor y lágrimas y corre hacia la cama. Nunca en su vida había disfrutado de tal comodidad. La cama parece tener dos colchones, uno encima del otro, lo que le da la altura, y las sábanas hechas de materiales que nunca había sentido, que la mantenían caliente y protegida. Apoya su cabeza entre dos almohadones más grandes que la mesa de su comedor, y cierra los ojos. El agotamiento le cae como lluvia torrente. La comodidad de esa cama no la ayuda a mantenerse despierta. Cómo le gustaría poder cerrar los ojos y dormir, dormir hasta que alguien venga a despertarla y se de cuenta de que todo fue un mal sueño. No es que se arrepienta, porque lo que ya está hecho no puede ser deshecho, pero la nostalgia de su hogar la invade y se pregunta si ha cometido un grave error. Pero luego recuerda sus motivos, y sabiendo que no tiene tiempo de dormir, se levanta y se dirige a la ducha.
Termina de vestirse justo a tiempo para salir a cenar. Encontró en los cajones un vestido color azul marino que le ajusta el pecho pero cae libre hasta las rodillas, y decidió usarlo y dejarse el cabello mojado. Cuando entra al vagón comedor, en la mesa se encuentran Finnick y Althea hablando en voz baja. Agnes está junto al bar charlando animadamente con el hombre que sirve las bebidas, y no hay señal de Enya por ningún lado.
- Ven, Annie, siéntate con nosotros – le dice Althea con cariño, y ella obedece. Althea es una mujer de mediana edad, alta y robusta, que ganó sus juegos no mucho después que Blaze, por ende Annie aún no había nacido. Sin embargo, dicen los rumores que cuando sus aliados la traicionaron, ella corrió hacia la cornucopia, y se ocultó allí, esperando a todos los que se atrevieran a volver, y lanzaba cuchillos desde su escondite. En ese momento, sin embargo, Annie no se la puede imaginar asesinando niños. Tiene el cabello moreno recogido en un rodete, un jardinero suelto de color caqui, y lleva dibujado en el rostro el amor con el que trata a los nuevos tributos cada año. Es la más maternal de todos los vencedores, y siempre se la ve en televisión abrazándolos y acomodándolos para las cámaras. – Estamos esperando a que Enya aparezca y podemos empezar.
- ¿Los demás no van a venir? – pregunta ella, pensando en Szvan, en Blaze y en Mags.
- Mags ya se ha ido a acostar, y Blaze y Szvan prefieren comer en sus habitaciones. Y como no son los mentores este año, su presencia no es requerida. – le contesta Finnick, y Annie se da cuenta de que es una voz que no conoce demasiado. Aunque lo ha oído hablar, y de hecho miró por televisión sus propios Juegos del Hambre, no es un hombre que aparezca demasiado por el distrito o le hable mucho a las cámaras. Finnick es como una presencia gatuna. Siempre está allí, pero nunca llama la atención. De hecho, su propia voz es como un ronroneo, grave y seductora.
Se da cuenta de que nunca ha tenido a Finnick Odair tan cerca. Está sentado sobre la silla tan cómodamente que da envidia, cómo si se llevara la vida por delante. Ya sabía que era alto, pero al tenerlo tan cerca sus piernas parecen mucho más largas y su cuerpo mucho más atlético de lo que nunca lo vio. Su energía y su belleza iluminan la habitación, y su mirada es tan intensa que Annie se sonroja al instante. Intenta ocultarlo mirando para abajo, sin éxito. El corazón le late cual galope de caballos por los nervios de tener a alguien tan intimidante y mundialmente deseado tan cerca de ella.
Por suerte, en ese momento entra Enya al vagón, y rápidamente se sienta junto a Finnick. Él también se ha dado una ducha, y se ha puesto una camisa blanca con un par de pantalones azules de un material que Annie no sabe identificar. Parecen demasiado ajustados para la vida de pescador. Sin embargo, ha visto varias veces a los Vencedores usarlos en televisión, y tal vez será por eso que Enya los ha elegido.
- Muy bien – dice Enya, dirigiendo su mirada hacia todos los presentes menos hacia Annie – Mentores. ¿Qué consejo nos pueden dar para sobrevivir?
Finnick y Althea se dirigen una mirada silenciosa, y Annie descubre, por una milésima de segundo, un brillo nervioso en los ojos del joven. Sin embargo, se recompone en un instante, se acomoda en la silla para tener el cuerpo girado hacia Enya cómodamente, y le sonríe de oreja a oreja, casi con ternura, como si Enya fuera un niño que se cree un adulto y Finnick el padre que lo observa.
- ¿Apurado? – le pregunta en el mismo ronroneo en el que le contestó a Annie su pregunta – Tranquilo, caballo, que tenemos varios días. Ya habrá tiempo para consejos. ¿Por qué no disfrutas de la comida primero?
- Tal vez porque si nadie me ayuda me dirijo de cabeza a una inminente muerte – le contesta Enya, imitando su ronroneo. La antipatía que sentía era evidente. Annie suspiró, algo nerviosa. Sin embargo, a Finnick el desdén de Enya no pareció afectarlo, tanto que su sonrisa se amplió aún más.
- Espero que sepas que te dirijes a una inminente muerte de todos modos – Finnick se levantó y se acercó a la barra, dispuesto a servir un vaso lleno del mismo líquido que el asistente del capitolio le había dado a Enya en el barco. Su tono no se había alterado una pizca – Tú te ofreciste voluntario. Elegiste tu propio destino, muchacho. Mi primer consejo para tí, ya que estás tan hambriento de palabras, es que aceptes que es muy probable que no salgas vivo de esa arena.
Enya se levantó tan de golpe que tiró la silla al suelo. Agnes se da vuelta a mirarlo alarmada, y tanto Annie como Althea se levantan de su silla, dispuestas a parar cualquier atropello que el carácter de Enya le pueda llegar a ocasionar. Sin embargo, Finnick le sigue sonriendo.
- Mi segundo consejo es que no ataques a quién puede ser tu única esperanza.
Enya considera eso un segundo. Todos se quedan callados, hasta que Enya toma su silla y se vuelve a sentar. Finnick se acerca lentamente hacia ellos, y le ofrece el vaso a Enya, quién lo toma con cautela. Finnick se sienta junto a él, mirándolo fijamente, pero aún sin borrar su sonrisa.
- Tómalo – le recomienda, y Enya le da un sorbo – se llama Coca Cola. Es un vicio del Capitolio. Te ayudará a refrescarte un poco. Tienen mucho que aprender todavía, y el mejor consejo que les puedo dar es que se lo tomen con paciencia y hagan todo lo que los adultos les dicen que hagan. No pueden salir de esta con la cabeza caliente.
Annie observa la escena con mucha atención. Finnick tiene los pies mucho más sobre la tierra de lo que ella hubiese esperado. De algún modo, siempre se lo había imaginado como un niño malcriado, pero en ese momento, el caprichoso parecía ser Enya mucho más que Finnick. Tal vez porque era mayor, aunque no tanto. Sin embargo, no era nada cómo creía que sería. Y tenía la sensación de que sería mucho más de ayuda de lo que esperaba.
Enya no contesta nada. La humillación le sube por el rostro como agua caliente, pero sabe que lo más prudente en ese momento es quedarse callado. Annie siente algo de pena. Sabe la frustración por la que está pasando, aunque no comprende el por qué de su actitud, no es fácil la posición en la que están.
Por un segundo, desea con todo su corazón que Finnick y Enya se lleven bien. Finnick parece dispuesto a ayudarlo, pero Enya está encerrado en sus prejuicios.
Agnes se sienta en el borde de la mesa, nerviosa.
- Bueno, bueno, veo que esta no fue la mejor de las presentaciones – pobre Agnes. Realmente quiere lo mejor para su equipo, y nunca nadie parece hacerle caso. - ¿Por qué no empezamos de nuevo? Ha sido una noche agotadora. La comida y una buena noche de sueño nos van a ayudar a aclararnos la cabeza. Miren, aquí viene el primer plato.
La comida es lo mejor que Annie ha probado en toda su vida. El primer plato consiste en una fuente gigante de un queso derretido, que viene acompañado de distintos platos distintos tipos de panes. Los mozos llegan con distintos platos con pollos y carnes con salsas de colores y sabores diferentes, acompañados de arroz, papas, verduras, preparados de las formas más exhuberantes. Annie no ha visto tanta comida en su vida, y no puede parar de probar todo lo que viene. Los mozos no parecen detenerse nunca, trayendo miles de combinaciones diferentes, platos rellenos, cubiertos, simples, rebozados. Tipos de carnes exquisitas, de animales exóticos.
Todos intentan animar el ambiente con charla superficial. Agnes se pregunta qué harán los estilistas este año para llamar la atención de los sponsors. Finnick cuenta la historia de su propia entrevista con Caesar Flickermann. Annie no puede dejar de hacer preguntas, sobre los estilistas, sobre la arena, sobre la entrevista, lo que hace que Finnick se ría y ella se sonroje de la vergüenza. Pero entre él y Althea le contestan todo como pueden. Ambos parecen muy invertidos en ellos. Al cabo de un rato, hasta Enya pierde su orgullo y comienza a hacer preguntas también, y tanto él como Finnick parecen haber olvidado su encuentro previo. De hecho, una vez que Enya se suelta, es evidente que son bastante parecidos, y hasta se ríen de los chistes del otro.
Todo empieza a salir de maravillas.
Para la hora del postre, Annie no puede más. Nunca había tenido tanta comida para ella en su vida. Pero la tarta de queso que llega, con una crema helada por encima y frutillas a su alrededor parece tan deliciosa, que no puede controlarse de comer dos pedazos. Para el final de la cena, está que explota.
Cuando terminan sus postres, se levantan todos y cambian de compartimento para ver el resumen de las cosechas. Por supuesto, los tributos más fuertes parecen los de los distritos 1 y 2. Los demás, a excepción de un muchacho en el 5 y una niña en el 8, parecen haber aceptado que no volverán. Tamaños de mediano a pequeño, mal alimentados, nunca tocaron un arma en su vida. Annie ve su propia cosecha, como se ofrece voluntaria, los rostros de Jezyna y Linnea a su lado, y siente como Enya le toma la mano y se la estruja con fuerza. Al final de la cosecha del distrito 12, donde eligen a un niño de unos 15 años de piel olivácea y malnutrido, y a una niña un poco más grande pero igual de desgraciada, suena el himno y aparece el escudo de Panem, y la programación se termina.
- Bueno, creo que es hora de irnos a acostar – dice Althea, acariciando el cabello de Annie con cariño.
- Mañana llegaremos muy temprano – comenta Agnes levantándose y empujándolos fuera del compartimento – Los levanto a las 4 para desayunar y hacer su llegada triunfal. Llegaremos a eso de las 5 y ya tienen que estar listos para la preparación del estilista.
- Es un viaje relativamente corto desde el 4 hasta el Capitolio – explica Finnick mientras todos se dirigen a sus habitaciones – Lo que nos toma más tiempo es la rídicula vuelta en barco que nos hacen dar.
Cuando Annie llega a su dormitorio, los ojos ya se le están cerrando. Las emociones fueron demasiadas para un día. No se molesta ni siquiera en prender la luz. Se quita toda la ropa, dejándola en el suelo, tantea una camiseta suave y se tira con ella encima de esa maravillosa cama que la espera abierta desde que se metió entre sus sábanas apenas llegó al tren. La cabeza le da vueltas un segundo, regresándola a su hogar en el distrito 4, a las olas del mar en su playa golpeándo contra las rocas, y con esa imágen se sumerge en un sueño profundo.
