Sus sueños son invadidos por los peces del arrecife. Todos de diferentes colores, la llaman por su nombre, la llevan nadando a ellos. El agua cristalina refleja el sol que se cuela desde la superficie. Cada uno de ellos tiene un nombre, un nombre de alguien conocido. Pero las olas se los llevan, y van desapareciendo uno por uno, y la van dejando sola. Sólo uno se queda junto a ella, uno grande, más grande que ella, de ojos color verde, de escamas color bronce, que cuando le pregunta su nombre sólo sonríe...

Se despierta de un sobresalto con el sonido de un golpe en el suelo. En el medio de la oscuridad baja los pies y se da cuenta de que la lámpara de mesa se ha caído al suelo. Probablemente se movió entre sueños y sin darse cuenta la empujó. Vuelve a la cama e intenta seguir durmiendo, sin éxito. El reloj junto a su cama dice que son las tres. Le queda sólo una hora hasta que Agnes la venga a despertar, y los nervios no la dejan volver a dormirse, así que decide levantarse y dar un paseo por el tren. Se pone una bata de seda encima, unas pantuflas gruesas de algodón, y sale a la luz del pasillo. Piensa que tal vez le pedirá a alguno de los asistentes que le preparé un té para despertarse, tal vez hasta se atreverá a probar el café, pero cuando llega ve una sombra apoyada contra la ventana, y se detiene.

La luz de la habitación enfoca el rostro de Finnick, y Annie podría jurar que nunca lo ha visto así. De hecho, lo primero que se le viene a la cabeza, es que nunca lo ha visto tan mayor. Sus facciones juguetonas y sensuales se han endurecido, sus ojos brillan con preocupación, y los hoyuelos que se forman en sus mejillas cuando sonríe han desaparecido por completo. Su cuerpo también está más tenso, alerta.

El corazón de Annie da un vuelco, y traga con fuerza. Aquél es un atractivo que su instinto le dice que no mucha gente ha visto. Y sin embargo, ella considera que esa vulnerabilidad le da una belleza tan intensa que es difícil quitarle los ojos de encima. Da un par de pasos hacia él, sin saber bien qué está haciendo o para qué, y él nota su presencia, y por un segundo la sorpresa se dibuja en sus ojos verdes, y ve como pasa de sorpresa a alarma, y luego su brillo se apaga en resignación, para dar paso a esa vieja jovialidad, y los hoyuelos se vuelven a formar.

- ¡Annie! - al escuchar su nombre con esa voz, el corazón se le acelera - ¿Qué haces despierta? Todavía tienes una hora más para dormir.

- No podía dormir – confiesa ella, yendose a colocar junto a él, y observa por la ventana, tratando de descubrir qué miraba con tanta fijación. Finnick, notando sus intenciones, se ríe a su lado. Pero no es esa risa con la que se ha reído de Enya durante su pelea, o esa risa que utiliza cada vez que está alardeando. Es la misma risa que utilizaba cada vez que se reía de alguna de sus preguntas. Una risa que sólo ha escuchado dedicada a ella. Una risa suave, dulce, tranquila. Toma la mano de Annie y la ayuda a señalar un punto que brilla en el medio de la oscuridad del ventanal. - ¿Qué es eso?

- Eso – El rostro de Finnick vuelve a ensombrecerse, y aunque no se deja caer cómo cuando estaba solo, la tristeza se le nota en los ojos. - Es el Capitolio. Bienvenida, Annie.

Debería estar emocionada. Debería no poder esperar. Debería estar tan maravillada que cualquier otra cosa quedaría opacada junto a exaltación. Pero está más preocupada por lo que Finnick vea en ese punto de luz. No por ella, porque ya conoce el procedimiento, porque ya lo ha visto millones de veces en televisión. Pero jamás ha visto a Finnick así. Alguien que parece tan imperturbable, tan sereno, tan fuerte, cuando pierde esa frescura y comienza a sentir la presión, es alarmante. Annie lo vuelve a mirar. No quiere preguntarle, porque no quiere invadir su privacidad, pero quiere ayudarlo. Después de todo, él la va a ayudar a ella. Y además... por más falta de sentido que tenga, ese descubrimiento, ese Finnick al que ha interrumpido, una parte egoísta de ella quiere conservarlo en sus recuerdos. Quiere guardarse esa imágen para ella. No quiere compartirla con nadie más.

- Nadie te culpa si morimos en la arena – cuando sus palabras salen de su boca se da cuenta de que tal vez sea demasiado, de que tal vez ha cruzado una raya, y más cuando Finnick se da vuelta a mirarla con la sorpresa dibujada en el rostro. Sin embargo, la valentía ya ha subido por su sangre, y la adrenalina de estar llegando, de haber dejado todo por lo que se viene, le está invadiendo hasta el último centímetro de su cuerpo – Sabemos en lo que nos estamos metiendo. Lo sabíamos cuando nos ofrecimos voluntarios. Así que mientras trabajemos en equipo...

- ¿Por qué crees que me preocupa? - no es un comentario sarcástico, ni su tono era agresivo. Es una legítima pregunta. Finnick realmente quiere saber cómo Annie notaba su preocupación. Ella vuelve a mirar por el ventanal, donde la luz del Capitolio era cada vez más grande, y se encoge de hombros.

- Lo veo en tus ojos. - Finnick parpadea, sin comprender. - Es... que siempre tienes un determinado brillo, ¿cierto?

- ¿Brillo?

- Sí. Un brillo que muestra quién eres, que le muestra a las cámaras, a la gente. Es como... - Annie se queda pensando un instante, mirando al vacío, tratando de ordenar sus pensamientos – ...como si quisieras que nadie se preocupara por ti, porque lo tienes todo bajo control, porque no puedes soportar la idea de que alguien sufra por ti. Entonces tienes un brillo jovial, y sólo te he visto unas pocas veces, y por favor no te lo tomes personal, porque todos tenemos una imágen que le mostramos al mundo y ocultamos cosas, y tal vez estoy hablando demasiado...

- No – Finnick se gira completamente hacia ella y le clava la mirada. Ella se sonroja y corre el rostro, avergonzada. Se miran un segundo, y Finnick comienza a reirse. A reirse con esa misma risa que a Annie le parece tan dulce. Con esa risa que deja notar que Finnick Odair es un ser humano como cualquier otro, y que es mucho más de lo que las cámaras pueden tomar de él.. La risa relaja la tensión que hay en el ambiente, y es como si un globo gigante se explotara en la habitación. Se rien durante unos instantes, hasta que lentamente se van detuviendo. Se quedan unos instantes en silencio, pensando en cómo continuar la conversación, y cuando Annie finalmente decide volver a la cama, Finnick interrumpe su palabra.

- Desde el principio que quiero saber algo.

Ella lo mira fijamente a los ojos, dándole el permiso a preguntar. Sin embargo, él parece algo cohibido, como si temiera su reacción.

- No te lo tomes a mal, pero... No te recuerdo del colegio, y nunca nadie me mencionó tu nombre, y...

- ¿Y no parezco el típico tributo profesional? - ella se empieza a reír, y eso le saca una sonrisa a Finnick, que hasta entonces parecía apenado por lo que iba a decir. Lo cierto era que no, Annie no se parecía a ningún tributo que él hubiese entrenado, o a los chicos que se pasaban toda la tarde en el centro de entrenamiento y que los entrenadores morían por tener en sus grupos. Annie era la imágen del niño que pasaba los juegos de largo, dejando que los más fuertes le otorgaran el honor al Distrito, mientras ella se casaba, tenía una familia, un negocio, y vivía su vida alejándose de los Agentes de la Paz y mirando los juegos cada año sin ningún interés. Pero allí estaba, junto a él, en el tren que los llevaba al Capitolio.

- Parece que me equivoqué.

- No, no te equivocaste – Annie vuelve a mirar por la ventana. - Yo nunca creí que iría a los Juegos. Nunca me preparé para ello. Iba a los entrenamientos porque eran obligatorios después de la escuela, pero ninguno de mis profesores de combate nunca me tuvo un cariño especial. Siempre pasé desapercibida. Pero...pero yo no queria pasar desapercibida. Creo que en algún momento de mi vida me di cuenta de que no valía nada. De que si estaba allí o no estaba allí no importaba. Y un día sólo quise sentirme especial. Quise sentir que mi vida iba hacia algún lado. Que era más que sólo... una estadística.

Finnick la contempla por detrás. ¿Por qué nunca la había visto antes? Creía que conocía, al menos de vista, a todo el Distrito. Al menos todos lo conocían a él. Pero de repente, allí, con el cabello castaño largo hasta la mitad de la espalda, con la profundidad que se muestra en las marcas de su rostro y la luz de la luna brillando en sus ojos, Annie parece mucho más adulta de lo que pensaba.

- Sin embargo...se hacía imposible. No había forma de que mis compañeros me fueran a dejar presentarme, y yo siempre fui muy débil de opinión...y un día, la oportunidad se presentó sola.

Los oídos de Finnick se agudizan, y su concentración se enfoca en el centro de la historia. Ella se da vuelta hacia él.

- ¿Conoces a Cate Schvart? Es dos años mayor que yo - él asiente – Entonces debes saber que ella se quería presentar este año como tributo femenino.

Lo sabía.

- Hace una semana entré al vestuario de mujeres del centro de entrenamiento. Ella estaba hablando con la madre, y ninguna de las dos me vio, porque me ocultaban los casilleros. Y... escuché como ella le rogaba a la madre que "por favor no la obligara". La madre no la escuchó, y salió del vestuario hecha una furia. Y cuando la pude mirar a Cate... sus ojos estaban rojos, sus mejillas pegajosas por las lágrimas... hecha un desastre.

Finnick se llevó una mano a la cabeza y se la pasó por el cabello. Ese era el gran problema del Distrito 4. Estaban tan ensimismados con la fiebre del Capitolio, con el honor del Distrito, que aún había muchos padres que podían mandar a sus hijos a la arena a matarse sólo por el placer de tener un hijo vencedor, sin importar las consecuencias. Tanta presión sobre sus hombros los había llevado a la locura. Nadie en el Distrito se tomaba la vida como un placer: la vida había que ganarsela.

Por eso Annie estaba allí, porque se le había inculcado la misma enseñanza, porque vivía con tanto miedo y represión que la llevaban a cometer actos con la cabeza caliente. Porque nadie podía relajarse un segundo y pensar en sus vidas, porque.. ¿quién llevaba una vida de verdad? ¿A eso le llamaban vida? ¿Hombres vestidos de blanco dando vuelta por tu Distrito que te pueden disparar en cualquier momento por estar caminando con el pie equivocado? ¿Tener que observar niños matándose a sangre fría en una arena por diversión? Pero claro, nadie se daba cuenta en su pensamiento consciente...pero lo sentían. Y actúaban en respuesta.

No te dabas cuenta de la verdad hasta que habías estado en la Arena. Cuando tenías un tridente en la mano y se lo clavabas a un niño de doce años junto a tí que no hacía más que querer sobrevivir, te veías forzado a abrir los ojos.

- Así que viste eso como una oportunidad.

Annie niega con la cabeza, y Finnick la mira sorprendido.

- En el momento, lo único que pensé fue... no puedo dejar que esta chica vaya a los Juegos. Porque la conozco, y sé que no le dijo nada a nadie, que pretendió que se moría de ganas por venir, pero... no la podía dejar morir. Cate es un pequeño rayo de alegría, es una persona distinta, ella sí es especial. No se merece morir así. Y luego de pensarlo mucho... me decidí a reemplazarla.

Finnick se queda un momento callado. La observa fijamente, como analizándola, y luego se vuelve a girar y da un par de vueltas por la habitación. Oyen un par de ruidos en el pasillo, pero debe ser alguien levantado y ninguno de los dos le presta atención. Durante un rato, lo único que se oye es el ruido del viento fuera del tren. Luego, él deja escapar un suspiro.

- Tal vez no me vayas a creer... pero yo estoy viendo mucho de especial en ti – Annie se vuelve a sonrojar, y da vuelta el rostro – Sabes leer a la gente, y eso te hace saber comportarte frente a ellos. No te vendrá mal en la arena.

Finnick se sienta en el sofá, y la invita a ella a sentarse junto a él. Ella cruza las piernas por encima del almohadón, mirándolo con curiosidad

– Confieso que te subestimé. Saber leer a tus oponentes es un don que no todos tienen. Yo no lo tenía.

Nunca lo había pensado como una técnica de combate. Siempre se lo tomó como una característica de su personalidad sin ningún uso en particular. Parpadea un par de veces, tomando nota mental, y se da cuenta de que es la primera vez en mucho tiempo que ha sentido que una característica de su personalidad es útil para algo.

- Frente a las cámaras tienes que explotar una determinada característica de tu personalidad que te será útil para conseguir sponsors – confiesa Finnick, recordando sus propios juegos con una intensidad que Annie casi que le sigue la mirada buscandolos en su campo visual – Y luego... una vez que ganas...pasas a ser ese producto que el Capitolio creó de ti, porque no hay segundo en el que no seas el famoso vencedor. Tienes que ser lo que eras, no puedes perderlo de un día para el otro, y esa característica está tan explotada que te olvidas de quién eres en realidad. Te olvidas de que en determinadas situaciones, tal vez reaccionarías de una manera distinta. Y de repente...de repente lo recuerdas. Pero no puedes hacer nada, no puedes luchar contra ello, porque tienes cámaras a tu alrededor, porque ya te has creado una imágen que no puedes romper. Es...

- Es vivir en tensión. - se miran por un momento, mientras ella intenta encontrar las palabras de todo lo que pasa por su mente en ese momento. Nunca había pensado en todo eso. En todo por lo que tendría que pasar si se convirtiera en vencedora. Porque nunca dejas de ser un vencedor. Tus Juegos nunca dejan de perseguirte. Quien fuiste para las cámaras lo seguirás siendo hasta el final de tus días. Es algo claustrofóbico. De repente, empieza a entender un poco más por qué no quieren vivir en el Capitolio. Pero sin embargo, en el mismo distrito los tratan como ese producto en que se convirtieron. Se pregunta cómo sería Finnick antes de sus juegos, y una imágen de un niño corriendo en el muelle se le viene a la cabeza. - Vivir con miedo...

- No sé si estuve bien en decirte todo esto – Finnick se pasa una mano por el cabello, nervioso – Lo siento, no debí...¿aún quieres salir de esa arena con vida, no es cierto?

- ¡Claro! - Annie estira el cuello con secreción – Ahora lo voy a intentar aún con más fuerza, porque sé cuan difícil es para tí esto y quiero recompensarte el trabajo que vas a hacer por mi y por Enya. Y no te disculpes... gracias por habérmelo contado.

Finnick se vuelve a reír, al ver la emoción dibujada en el rostro de Annie. Sabe que le está agradeciendo el haber confiado en ella. Pocas veces había conocido a alguien tan conectado con los sentimientos como Annie. Pero al mismo tiempo, tiene miedo por ella. Porque alguien tan sensible no merecía morir de esa manera, y lo cierto es que la arena va a arrasar sobre ella como un torbellino. Es un ambiente demasiado duro para una personalidad tan afectiva como la de ella. Pero estira su mano hacia ella, y le dedica una sonrisa.

- A partir de ahora, trabajamos en equipo, por un año que le pertenece al 4.

Ella sonríe, y le da la mano.

- Este es el año del 4.

El ruido que venía del pasillo vuelve a empezar, y cada vez se definen más como pisadas, y de repente Blaze Winchersie está parado frente a ellos, en el marco de la puerta que divide los compartimentos, con cara de sueño, el cabello desparramado por todos lados y semi-desnudo.

- ¿Qué hacen ustedes aquí a esta hora? Qué manera de malgastar horas de sueño.

- ¿Qué haces despierto, Winchie? - le pregunta Finnick, y mira la hora – Joder, ya son las 4 menos diez, cómo vuela el tiempo. Agnes se va a despertar en cualquier momento. Mejor ve a vestirte o le vas a dar un susto como el que le diste el año pasado, yo creo que aún no se recupera del trauma.

- ¿Por eso me evita? - lanza una mano al aire, y se da vuelta, dispuesto a dirigirse a su cuarto – Cobarde, fue un poco de piel nada más...

- Fue un poco más que un poco de piel, amigo, allí había algo colgando – Blaze se escapa por el pasillo, dejando el trazo de su carcajada, y ni Finnick ni Annie pueden evitar reirse. Se escuchan unos pasos por el pasillo, y de repente los pasos parecen de dos personas, y un pequeño grito histérico resuena por el tren. Finnick y Annie se vuelven a mirar y se empiezan a reír a carcajadas, y Agnes aparece por la puerta del compartimento, con el rostro rojo como un tomate y movimientos espásticos.

- No sé de qué se ríen tanto ustedes dos – Agnes se acerca al ventanal y mira hacia afuera, intentando ocultar su rostro – Pero recuperen la postura pronto, porque ya llegamos al Capitolio.