Annie cierra con fuerza la mano izquierda, pretendiendo estar presionando algún objeto invisible y soñando que se rompía en mil pedazos, para soportar el sufrimiento por el que la estaban haciendo pasar. Pocas veces en su vida había padecido tanto dolor, incluso habiéndose criado entre anzuelos, rocas filosas y oleadas potentes. Se había tropezado, caído, roto la muñeca, la pierna, la nariz, pero la tortura que le expresa este momento es mayor a cualquier intento de daño o rasguño que le hubiese ocurrido en el pasado. Lo único que puede implorar era que todo se terminara rápido y la dejaran irse de allí con vida. Por un momento, hasta piensa que la matarán allí, que morirá sin siquiera tener la posibilidad de luchar por su vida, de entrar a los Juegos o de ser televisada. Tal vez estos son los Juegos de este año, sin posibilidad de lucha, con el mayor tolerante como sobreviviente. Pero no es posible, porque aún no han pasado siquiera por el desfile de carruajes. Después de lo que le parecen horas llenas de angustia y tormento que le llenan los ojos de lágrimas, Annie se atreve a abrirlos, y en la borrosidad de su llanto distingue unas figuras blancas en el medio de un mar de negro y luces encandilantes.

- Niña, por favor, relaja la tensión corporal – le dice una mujer con la voz extremadamente aguda y el acento del Capitolio. Una mujer que, cuando fue introducida en el Centro de Arreglos, se presentó como Karoll. Annie recuerda haberle notado su cabello rosado hasta la cintura y sus ojos dorados, aunque en ese momento las luces no la dejen distinguirla. Karoll le sostiene la boca abierta con unas pinzas enormesde color plata que le impiden siquiera tragar. - ¿Acaso ustedes no se cuidan la salud bocal? ¡Es increíble lo negros y roñosos que tienen los dientes los niños que vienen cada año! Cuando se acercan los juegos, siempre me agoto de solo pensar en lo que tendremos que trabajar.

- Aunque esta no los tiene tan mal como el niño del año pasado, ¿recuerdas? – pregunta un muchacho relativamente joven, llamado Joff – Un agujero negro por diente, todos separados, un verdadero asco.

Annie los observa conversar, mientras meten las manos y distintos tipos de aparatos, uno más espantoso que el siguiente, dentro de su boca. Desde que llegó que no dejan de parlotear, mientras que ella se somete a la agonía de su trabajo dental. Le han explicado, de miles y diferentes formas, por qué sus dientes necesitan estar blancos y relucientes, pero ella no lo entiende. Alguien con los dientes tan perfectos es alguien que no los ha usado jamás, y por ende alguien que no come, y el que no come o no tiene dinero para comprar comida o la desperdicia. En el Distrito 4, los dientes se utilizan para cortar las tanzas de la pesca, para anudar los anzuelos. Annie ha aprendido que son una de las armas más poderosas. Y sin embargo, allí intentan reemplazar su boca por una intacta, frágil y elegante, que la hace sentir débil y delicada. ¿Cómo usará sus dientes para defenderse si los tiene tan embellecidos?

- Hay que admitirles a los del 4 que siempre traen las piernas suaves – un tercer hombre, algo mayor que Joff y con el cabello verde azulado ondeado hacia un costado y las manos llenas de dibujos de flores le acaricia la pierna derecha – Nunca traen un solo pelo.

- Eso es porque los vellos corporales los enlentecen en el agua, Stu – le explica Karoll mientras le pasa algo parecido a un gancho miniatura por el espacio entre los dientes, que ahora se ha reducido a tal que parecen pegados el uno contra el otro – Nos lo explicó Finnick, ¿recuerdas? Se los quitan siempre, igual que nosotros, no como los niños de otros distritos que no parecen entender lo que significa verse bien. Bueno, cariño, ya casi estás lista. Ahora que estás toda arreglada pareces bonita y todo, mira.

Annie siente como lentamente le van quitando los aparatos que le mantienen la boca abierta, y con los ojos llenos de lágrimas estira los labios entumecidos. Siente como cada mínima ráfaga de aire golpea contra sus dientes, que parecen verse afectados por su nueva textura y sienten la inflamación provocada por el trabajo. Desde que han comenzado con ella, Annie ha sentido como lentamente se va alejando de si misma. Le han retocado no sólo los dientes, sino también el cabello, las uñas, el rostro y la piel. Le quitaron todo rastro de sal entre los dedos, la tierra de las uñas, le alargaron las pestañas, le achicaron las cejas, le remojaron los labios, le modificaron la forma de los pechos y le pusieron cremas y lociones por todo el cuerpo desnudo. Al principio se había sentido un poco pudorosa, pero al cabo de unos minutos empezó a darse cuenta de que mejor quitarse la vergüenza de encima porque nadie parecía sentirla más que ella, y intentar ocultarse no iba a causarle más que frustraciones.

- Debemos irnos, cariño, Kiara estará aquí en cualquier momento – le dice Joff, acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja. Le han agregado mechones de cabello falso de color verde océano debajo de su ahora brillante y sedosa melena castaña, dejando que caiga hasta su cadera – Estará maravillada con lo preciosa que te ves.

Preciosa es un término bastante subjetivo, piensa Annie, que se imagina que se ve de todo menos preciosa. No se imagina que aquellas modificaciones la vayan a hacer más o menos bonita, porque sigue siendo un espárrago sin músculo con esa piel que siempre se negó a broncearse y quedó blanca como la nieve de invierno, aunque ahora esté suave por las cremas. Mira a su alrededor, notando la blancura de las paredes, que no tienen un solo rasguño ni mancha, la suavidad de las sábanas debajo de ella, las luces que iluminan el suelo blanquecino, y se pregunta qué pasa con esa sala durante el resto del año. Es más grande que toda su casa junta, y brilla tan bonito a pesar de la falta de sol. Piensa en cómo los niños del orfanato del distrito tienen que dormir en camas oxidadas, como los pescadores a veces se quedan a dormir en los barcos porque no pueden anclar por las tormentas, y mientras hay salas tan bonitas como esta que están sin uso. Sacude la cabeza, sabiendo que no hay razón para darle vueltas al asunto, porque pensarlo sólo traerá más confusión. Y ese tipo de confusión es el que luego se pena con castigos.

La puerta del cuarto se abre de par en par, y muestra en el marco a una mujer de mediana edad que parece haber pasado por debajo de una plancha para la ropa. Con el cabello dorado y las puntas negras tirado para atrás, a Annie le da la impresión de que si se da vuelta, verá su espalda llena de ganchos que le sostienen la piel que le sobra. Está tan pegada a los huesos y tan estirada hacia atrás que los ojos le sobresalen de sus órbitas, los labios se estiran para afuera, y incluso su postura la hace parecer una medialuna. Tiene uñas rojas que son del largo de medio dedo, los ojos azules resaltados con maquillaje de color negro que le envuelve el ojo completo, y los labios rojo fuego que parecen entumecidos de hinchazón. El corazón de Annie se acelera, con el miedo de que sus propias modificaciones la hayan dejado tan grotesca.

- Tú debes ser Annie – la voz de la mujer no concuerda con su aspecto físico. Uno esperaría una voz grave, imponente, casi dramática. Sin embargo, tiene una voz aguda y cantarina, como si nada la hiciera más feliz que estar allí con ella, aunque los músculos de su rostro no tengan la flexibilidad suficiente como para demostrarlo – Mi nombre es Kiara, yo voy a ser tu estilista. A ver, déjame ver qué hicieron contigo. Ah, veo que agregaron el toque azul que les pedí, una belleza… Y te pintaron las uñas neutras, de eso me encargo yo…

Durante más de media hora, Kiara le da vueltas alrededor, comentando sobre las diferentes modificaciones que le hicieron, haciéndole preguntas que ella misma se contesta, y de repente, Annie se siente muy sola. Al cabo de un rato ya deja de oírla, y se imagina qué estarán haciendo con Enya, si habrán necesitado tanto tiempo para arreglarlo a él como a ella. Seguro que no: Enya tiene una belleza natural que cautiva. Recuerda algunos tributos muy cambiados en televisión, pero lo cierto es que ningún ciudadano del Distrito se fija mucho en sus aspectos. Usualmente eran las mujeres las que más cambios físicos recibían, mientras que a los hombres simplemente los modificaban sutilmente, con cambios que a nadie le importaban, y por ende nadie veía. Tiene miedo de mirarse al espejo, ya que aún no tiene idea de qué han hecho con ella, pero se consuela pensando que nunca ha visto a ningún tributo tan monstruoso como su estilista. Al final, Kiara la lleva a ponerse una bata de seda colgada en un escritorio, y la invita a sentarse con ella a almorzar. Entonces es cuando se da cuenta del hambre que tiene. Se ha pasado la mañana entera acostada en aquella camilla, temblando de terror y tensionando sus músculos, y no puede esperar a relajarse y comer algo.

- He estado hablando con Tonyo, el estilista de tu compañero de distrito – por supuesto, no se había molestado en aprender su nombre. Annie la escuchaba lo más atentamente posible, mientras Kiara la guiaba por un pasillo hacia un salón con sillones y una mesa llena de comida. – Decidimos que la primer impresión del Distrito 4 siempre es buena, así que no vamos a cambiar la tradición. He preparado para ti una preciosidad de falda, hecha cola de sirena, y por suerte te han arreglado la piel de los pechos y te los han levantado un poco para que no se vea tan mal cuando te pongamos el corpiño de almeja…

- ¿Voy a estar en corpiño? – pregunta Annie, sirviéndose un poco de pavo con salsa de arándanos. La mujer la observa comer, sin probar bocado, con los labios apretados.

- Bueno, como sabes, el Desfile tiene que reflejar la esencia del Distrito…

- Pero las chicas en el 4 no vamos en corpiño – protesta ella. Sus preguntas son sinceras, porque no entiende cómo funciona, pero parecen molestar a su estilista, que frunce aún más el ceño.

- ¡Pero por favor, no te vamos a poner la misma ropa sucia que llevas en tu Distrito! Queremos mostrar algo glamoroso, confía en mi. Será toda una sensación. Quedará precioso.

Lo duda, pero se da cuenta de que discutirlo no la va a llevar a ningún lado. Además, no quiere molestar a su estilista, que es la persona que va a crear la imagen que llegará a los sponsors. Y cuando antes de entrar a la sala de carruajes, después de pasarse la tarde en maquillaje y vestuario, se mira en un espejo, por un momento cree que las decisiones no han sido tan malas. La falda surge directamente de la cintura como dibujada, y cae en forma de cola de pescado, azul y brillante, llena de pequeños diamantes de diferentes tonos de verde y azul. Su cabello cae sobre su torso semi-desnudo, con las mismas puntas azules que le colocaron por la mañana, rebajado y desordenado. Pero lo que más la sorprende, es su rostro. Potente, llamativo, se ve como si unas olas poderosas le invadieran las facciones, llevándoselo todo y dejando resaltar el verde de sus ojos, que se ven como faroles sorpresivos en el medio de un mar de adrenalina. Por un momento, le recuerda como las olas golpean las rocas en su playa, en esas noches silenciosas donde no se oía nada más que el sonido del océano, de los peces saltando a la superficie, del agua entrando entre las maderas del muelle, la imagen de la arena húmeda y del muelle lleno de sal, las rocas rodeadas de moho, y siente unas ganas inconcebibles de llorar. Por suerte, en ese mismo momento aparece Enya detrás de ella, y su cara de molestia le causa tanta gracia que cambia las lárgrimas por una carcajada. Enya tiene el rostro pintado de la misma forma que ella, el torso desnudo, y el cabello artificialmente remojado y señalando en todas las direcciones. Sus pies y sus manos han sido transformados en aletas, lo que le genera problemas para caminar, y las escamas suben por sus brazos y piernas hasta llegar a cubrirle la entrepierna como si fuera un pantalón.

- No es gracioso - le dice él cuando llega a su lado - mi estilista es un imbécil, tuve la peor mañana de la historia.

- ¿A ti también te retocaron los dientes? - le pregunta Annie, y cuando Enya le muestra una sonrisa brillante y perfecta, ella no puede evitar sonreir también. - Parecemos un par de almejas abiertas.

- Al menos nos llenaron de perlas, y sabes lo valiosas que son.

- Las perlas van a ser ustedes, cuando la multitiud los vea tan preciosos - Ninguno de los dos lo oyó llegar, y Annie se sobresalta cuando siente el brazo de Finnick alrededor de su hombro. Enya le dirige una mirada sombría, y Finnick se ríe de él - A mi me hicieron algo parecido. Verán que ni Tonyo ni Kiara son especímenes a los que están acostumbrados, pero creanme que saben lo que hacen cuando los ponen en estos atuendos. La gente del Capitolio espera con ansias al Distrito 4, y esperan ver niños bellos y relucientes, vestidos con brillantes y los colores del mar, y eso es lo que les están dando. No se quejen tanto, que cuanto más ciudadanos los miren, más chances de sponsors tienen. Los estoy presionando mucho para que hagan un buen trabajo, yo pretendo que este año gane uno de ustedes. Y creanme cuando digo que yo consigo lo que quiero.

Finnick les guiña un ojo. Enya se muerde la lengua, y Annie sabe que se está ahorrando una enormidad de burlas e insultos. Por un momento siente un nudo en el estómago, preguntandose si se atrevería, pero en ese segundo aparecen los dos estilistas seguidos por Althea, Mags y Agnes, y los nervios de Annie cambian de foco.

- ¿Qué pasa si a los ciudadanos del Capitolio no les gustas? - le pregunta a Althea, después de que ambas mujeres la hayan alabado. Finnick la mira de reojo mientras Kiara le parlotea, tratando de llamar su atención. Althea y Mags se miran, y luego se ríen con suavidad.

- Nunca ha pasado que a nadie le gustara un tributo, los mentores y los estilistas hacen un muy buen trabajo. - le confiesa Althea - pero es verdad que hay tributos que llaman más la atención que otros. Esos tributos que llaman menos son aquellos que no suelen recibir regalos en la arena, que pasan desapercibidos frente a las mulititudes. Pero eso no es necesariamente malo, ¿recuerdas como Johanna Mason ganó hace dos años?

- Johanna debería estar por aquí - Finnick mira a su alrededor - probablemente junto a la carroza del 7. Deberia ir a saludar.

- Luego, Finnick, ahora ocúpate de los tuyos - Mags le da un golpecito en la cabeza, y todos se rien mientras Finnick se pasa una mano por el cabello. Aquello a Annie la hace sentirse mejor. Sin embargo, en el fondo, le gustaría que al Capitolio le gustara ella, como siempre había querido que la quisieran en su distrito. De repente, se oye un sonido como de cornetas, y Finnick los apura a subirse al carro, que lleva pintado el mar y tiene forma de espuma.

- No los vean por lo que son - les dice como un último consejo, mientras su carruaje se empieza a mover - Sonrían, sean felices, y acepten y devuelvan todas sus demostraciones de aprecio. Si el Capitolio se siente amado, devolverá ese mismo amor.

Annie asiente con la cabeza, y mira a Enya una última vez, y por un segundo cree ver el brillo del miedo en sus ojos, pero luego él corre la mirada y le toma la mano, y las luces del desfile la encandilan hasta mostrar la multitud más grande y fervorosa que ha visto en su existencia, brillando bajo la maravilla de luces artificiales, y a pesar de todo, se da cuenta de que todos esos aullidos y aplausos son para ella, y no puede evitar sonreír.