Capítulo 3: El Reloj de la Muerte.

Tic-tac-tic-tac.

El sonido fúnebre del reloj es una melodía sádica, marcando cada segundo que se escapa de tu vida. El cruel asesino que te persigue busca robar tu aliento.

Tic-tac-tic-tac.

No puedes esconderte, está en tu casa, aprovechando tu soledad. Eres vulnerable.

Se arrastra, va por las paredes, se desplaza entre las habitaciones. Es como tu monstruo bajo la cama.

Tic-tac-tic-tac.

No eres más que un niño asustado a su lado. Nadie está para salvarte. Este nuevo monstruo, que vivo te comerá. No puedes estar solo, ellos no te dejarán solo. Les perteneces a ellos. Tu cuerpo, mente y alma les pertenece a los demonios que habitan en tu mente.

¿Ahora qué eres? Eres patético, escondido en tu armario, temblando de miedo. Tu respiración entrecortada te delata, tus acelerados latidos cardíacos le divierten a tu verdugo, el sudor frío que recorre tu frente sólo te hace lucir más indefenso.

Pero desearías que te dejen de atormentar, ¿no es así? La soledad, aquello que tanto temen otros, es tu más grande deseo.

— ¡POR FAVOR DÉJENME SOLO! —Emites un grito que te desgarra hasta el alma. Tu mente está tan perturbada por el miedo que ya no puedes ni estar consciente de qué haces.

Tic-tac-tic-tac.

El asesino te ha encontrado. Abrió la puerta del armario. Te mira con esas cuencas vacías, cuyos nervios, alguna vez sujetos a un par de globos oculares, siguen colgando. Su piel está destruida por llagas putrefactas y llenas de grotescos gusanos blancos. Ese cabello negro tan largo y cuyas puntas parecen quemadas, como si hubiese sobrevivido de un incendio. Esa hendidura en su boca que dejaba ver unos afilados colmillos que no podían pertenecer a un humano. Su cuerpo esquelético vestido por una túnica grisácea Y sobre todo, esos tentáculos negros que salen de su espalda sin forma regular y que parecen absorber la luz a su alrededor. Todo eso te da miedo. Todo eso conforma a ese nuevo demonio.

Gritas de miedo. Pero eso no detiene a Death. Él te saca violentamente del armario. Te tira a la cama y se abalanza sobre ti. Sientes algo afilado recorriendo tu cuello. A él le divierte verte así.

Gritas de nuevo, esta vez gritas a tu madre, a tu padre e incluso a Robert. Pero no, nadie viene a salvarte. Estás completamente solo.

— ¡SÁLVENME! —Exiges al borde del llanto, sin embargo nadie viene. Quedas completamente a merced de Death. Logras visualizar entre tu pánico un frasco. Rápidamente extiendes tu mano para tomarlo. Con esfuerzo logras quitar a Death de encima de ti. Y sin contratiempos, extraes una pastilla y la ingieres sin darte tiempo de buscar agua para pasarla más rápido. Apenas el medicamento entra en tu cuerpo, él ya no está.

En su lugar, sólo te encuentras a ti mismo boca arriba en tu cama con un cuchillo en tu mano, más específicamente en tu cuello...

Tic-tac-tic-tac.


Caminaba por los anchos pasillos recubiertos de metal, él tenía una sonrisa casi estúpida y completamente incoherente con las expresiones faciales de sus compañeros. Quizás estaba emocionado, porque al fin se le había ascendido. Había cumplido la edad necesaria para dejar de ser sólo un aprendiz y ser oficialmente un miembro del Equipo Eterno. Ahora se le había conferido cuidar a un prisionero. Como él había nacido especialmente para ser parte de esta organización y siempre ha mostrado una actitud completamente leal a Hades y Hera, se le concedió un prisionero cuya existencia es algo que los miembros comunes ignoran. Tetsu estaba emocionado.

Su caminar no era eso, estaba marchando de manera exagerada. Las personas que por ahí pasaban le miraban como a un miembro que definitivamente no sabía ni dónde estaba parado. Como si el Equipo Eterno fuese un lugar para niños. Él o no notaba sus miradas o simplemente no le interesaba en lo absoluto. Era feliz con su nuevo trabajo y eso era todo lo que le importaba.

Llegó a un pasillo sin salida, cuya pared metálica parecía ser sólo eso: Una pared. Tal cual le dijeron sus superiores que lo hiciera, tocó con un lápiz táctil que le habían entregado ciertas partes de la pared, dejando intervalos de cinco segundos exactos entre cada contacto. Una vez completada la acción, una puerta invisible a simple vista se abrió.

Entró con paso veloz y animado, su gesto era eufórico y sus pensamientos positivos. Infantil era una palabra bastante acertada para describirlo. Muy inmaduro para tener veintitrés.

Se dirigió hacia uno de sus compañeros para que le guiase qué debería hacer. Al final se acercó a un chico de apariencia nerviosa y sumisa, su casco le cubría casi media cara. De tal manera que casi le recordaba a cierto pokémon llamado Ralts.

—Disculpe —dijo para llamar la atención del sujeto, él lo miró de inmediato —. Soy nuevo en esta sección, ¿podría decirme qué es lo que habitualmente hacen aquí?

El sujeto explicó con voz baja que ellos sólo debían encargarse de vigilar a los prisioneros y pasarles agua y comida. También le dijo que si le habían asignado algún número, debía ir a la celda con ese número y vigilar a ese interno en especial.

Tetsu tenía el número trece. Por curiosidad, le preguntó al hombre con el cual estaba conversando su número. Trece, pero él utilizaba otro turno.

—Suelo venir antes de mi turno porque no encuentro nada mejor qué hacer y además el interno es agradable a veces —comentó el motivo de que ahí estuviese antes de lo necesario.

Al llegar a la celda, encontraron a un hombre de cabellos rojos, ojos del mismo color, de facciones que podrían recordar a la cara de un zorro. Resaltaba también que tenía una extraña sonrisa, que a Aoibara le pareció un tanto aterradora.

Sólo estaba sentado en un escritorio, escribiendo en una hoja de papel. El rubio lo miró con atención. Es cierto, no parecía nada fuera de lo común como para necesitar la vigilancia especial de dos miembros del Equipo Eterno. Sin embargo, no iba a desacatar las órdenes de Hades y Hera, las cuales son absolutas.

Fue relativamente silenciosa su vigilancia. Sólo la conversación de aquel hombre que vio al principio y el que debía vigilar fue el único ruido. Después de unas horas un timbre dentro de la celda sonó. El rubio se asustó al principio por el repentino ruido. Mas una vez calmado le preguntó a su compañero qué era ese timbre.

—Ah, Akaru Kageshi será interrogado ahora —le respondió un tanto nervioso, igual que hace unos momentos. Sacó de su bolsillo un lápiz táctil y lo introdujo a una extraña cerradura. Una vez que la puerta se abrió, él entró al lugar. El hombre pelirrojo lo miró indiferentemente por el espejo que tenía enfrente, como si fuese rutina. Simplemente se acomodó los lentes, respiró profundamente, sonrió a sus vigilantes más ampliamente y giró la silla de oficina en la cual estaba sentado.

—Buenos días, caballeros, ¿qué se les ofrece? —Canturreando con una euforia casi similar a la del de ojos amarillos. Su sonrisa, en conjunto con sus facciones, le daba un aspecto muy similar al de un zorro.

—Llegó la hora de su interrogatorio —dijo el acompañante de Tetsu, quien parecía hablar casi sintéticamente por su tono, totalmente desacorde a su actitud de hace unos momentos. El de ojos amarillos pensó en cuán serio ha de ser el momento para que alguien cambie tan repentinamente. Una vez que el Dr. Kageshi salió de su celda fue responsabilidad de ambos reclutas de llevarlo al interrogatorio.

Caminaron por un pasillo conectado al lugar donde estaban las celdas, aparentemente éste también estaba oculto para los miembros normales. Hasta que llegaron a una habitación en la cual entraron junto a su esposado interno a vigilar. Akaru permanecía mirando todo con cierta hilaridad. Como si hasta la mosca que ahí pasara le provocara risa.

En la habitación sólo había cinco personas: Tetsu, su compañero, el Dr. Akaru Kageshi, Hades y Hera. El joven rubio se estremeció al ver a los líderes del Equipo Eterno frente a él. Era casi como si estuviese frente a dos celebridades. Sin embargo trató de mostrarse completamente serio. No quería mostrarse mal ante ellos.

— ¿Ya cooperarás, Akaru? —Preguntó Hades tomando la primera palabra de la conversación.

— ¿Cuánto es dos y cuatro? —Regresó la pregunta el pelirrojo mientras se entretenía con una hoja de papel que había llevado. El menor de los hermanos arqueó una ceja. Mientras la mayor comenzaba a maldecir mentalmente.

—No estamos para juegos, Akaru. Dinos de una vez en dónde están tus investigaciones —exigió demandante Hera. No estaba de humor para soportar las estupideces que Kageshi seguramente iba a decirle.

— ¿Y me dices cuánto es trece menos dos? —Volvió a preguntar de nueva cuenta. La de ojos violetas comenzaba a hartarse. Sus preguntas eran inconexas entre sí y carecientes de sentido.

— ¿Nos dirás sí o no? —En tono impaciente Hades habló. Akaru sólo hizo más grande su eterna sonrisa e hizo volar un avión de papel que confeccionó.

—Su equipo vuela… —el avión había emprendido el vuelo desde la mesa hasta llegar casi al techo —… llega a la cima…

El avión llegó a una vela que estaba encendida, irremediablemente terminó encendido —… se destruye…

—… y finalmente cae… —dijo sonriente mientras el avión bruscamente cayó al suelo, calcinado.


El interrogatorio fue un fracaso. Akaru sólo respondía con preguntas que nada tenían que ver con el tema. Sin embargo, tenían la similitud de que siempre eran matemáticas. Sumas, restas, multiplicaciones o divisiones. Además, siempre insinuaba la caída del Equipo Eterno. Claro, eso sólo eran estupideces. Una organización tan poderosa como era la comandada por Hades y Hera naturalmente no iba a caer nunca.

Tetsu estaba confuso acerca de todo esto. Según tenía entendido Akaru Kageshi estaba muerto. Mas ahora lo había visto vivo. No podía imaginarse el por qué Hades y Hera habrían hecha pública una muerte que realmente no había sucedido. ¿En qué más mentirían?

No, no, no, no. Tetsu, deja esos pensamientos. ¿Acaso eres un traidor? Tu corazón y mente pertenece por completo al Equipo Eterno. No puedes dudar de ellos. Si lo hicieron, lo hicieron por motivos bastante fuertes. Seguro tú harías lo mismo desde su posición o puede que incluso cosas peores. Eso no te convertiría en mala persona. Eso no los convierte a ellos en malvados. Sea como sea, tu turno está a punto de acabar. Mejor retírate. Ha anochecido y hay pocas personas en el lugar. Pocos internos necesitan vigilancia nocturna. De hecho, sólo el trece la requiere.

—Tetsu, tu turno ha terminado —le habló el hombre con el cual se había encontrado anteriormente. El rubio hizo un saludo al estilo militar y se retiró.

Pasaron unos escasos minutos para que el de ojos amarillos se diese cuenta de que había olvidado sus pertenencias justo al lado de la celda del Dr. Kageshi. Después de auto-regañarse mentalmente ante su descuido volvió sobre sus pasos hasta llegar a la celda. Sin embargo, se dio cuenta de algo importante: El vigilante nocturno no se encontraba.

No tuvo tiempo de extrañarse porque de inmediato vio una silueta irse del lugar. Por un momento creyó que era el Dr. Kageshi escapándose. Sin contratiempos corrió a ver quién era. Para su sorpresa, era el vigilante nocturno. No sabía a dónde iba, pero Tetsu iba a seguirlo sin que se diese cuenta.

Lo siguió por un camino extraño. Salió de la base del Equipo Eterno y tomó un vehículo estacionado por los alrededores, por el hecho de que él poseía las llaves supuso era algún vehículo del Equipo Eterno que le fue confiado. Al ser un automóvil similar a un auto de golf logró infiltrarse en él por su carencia de puertas. El sujeto que conducía no se percató de su presencia. Pasó casi una hora de camino antes de que se detuviera. Una vez que lo hizo, el conductor bajó del vehículo. El rubio continúo con su misión de seguirlo. Sigiloso y mudo, se adentró en la ciudad en la cual había llegado por obra del vigilante nocturno de la celda trece.

Era un medio semi-urbano, sin muchos automóviles circulando —aunque quizás esto también podría ser debido a la hora— o estacionados. Tetsu continuó siguiéndolo, notó que llevaba un extraño papel con algo anotado en él. Quizás era alguna dirección. Llegó a una casa de aspecto solitario. La fachada estaba cuidada y limpia, no parecía que no tuviese propietario. Sin embargo, no parecía haber nadie en casa. Era un lugar peligroso y de poco alumbrado, ambos sentían que en cualquier momento llegaría algún criminal y les asaltaría o golpearía. Igualmente el vigilante nocturno tocó la puerta.

Nadie abría.

Maro, dentro de la casa, sólo estaba en posición fetal en la oscura sala de estar. Había apenas concluido una conversación poco agradable con uno de los tantos residentes de Eyeless, su mundo imaginario. El vacío en sus ojos, su boca entreabierta y su respiración apenas era perceptible.

—Por favor, abran…. —suplicó. El castaño casi por arte de magia reaccionó, pero de manera automática, abrió la puerta. Fue como si no estuviese del todo consciente de qué hacía. Al menos volvió completamente en sí al abrir la puerta, de lo contrario podría ser peligroso o sospechoso que estuviese tan ausente. Sin embargo, no fue lo suficientemente rápido para evitar que abriera la puerta.

— ¿Quién es usted? —Preguntó el chico casi con inocencia —. Mamá no está, así que no puedo atenderlo —. Quizás era estúpido y riesgoso que revelara que estaba solo, pero si intentaba algo, la motosierra estaba muy al alcance de su mano.

— ¿Tú eres Maro Kageshi? —Preguntó al identificar al menor de los hijos de Akaru. Era tal cual lo describió: Un chico de actualmente catorce años o quince años.

—Sí, ¿qué desea? —Preguntó el castaño, colocando una mano en la motosierra que se encontraba detrás de la puerta.

—Tengo una noticia para ti, para tu madre y para Robert —el de lentes se mantuvo casi imperturbable ante esos nombres, sin embargo algo en su interior se había movido. Como una vieja herida que vuelve a sangrar —. Y consiste en que… eh… —Parecía que no encontraba palabras para decirlo, sin embargo, después de unos segundos casi eternos, logró articular palabra —. Tu padre está vivo.

Finalmente, la seriedad de Maro se rompió de nuevo, esta vez bajo su asombro y no pudo evitar exclamar un "¡¿Qué?!"