CAPÍTULO 2

Aún no había podido conciliar el sueño cuando el despertador sonó a las siete menos cuarto de la mañana. Había pasado una tras otra todas las horas de la noche pensando en lo sucedido hacía unas horas en el despacho de House. Habían pasado ya varias horas y aun seguía sin poder borrar de su mente la imagen de su jefe derrotado, agarrado a la botella de whisky, no era capaz de dejar de sentir su cálida respiración en su tripa ni era capaz de olvidar el brillo que vio en sus ojos en la oscuridad de la noche. Se frotó ligeramente los ojos y volvió a maldecirse a sí misma por una vez más. ¿Qué coño has hecho, Allison? Con frecuencia le parecía que ella misma se buscaba los problemas, nadie le había pedido acostarse con House, ella nunca quiso que sucediera, no así ni entonces, se echó la culpa de lo sucedido y decidió que aquel no era el momento de comenzar nada nuevo en su vida. Hablaría con él.

Se levantó pesadamente de la cama y caminó hasta el cuarto de baño con pasos perezosos. No quería ni mirarse al espejo por miedo a encontrarse con la verdad. Resultaba extraño, pero mirarse al espejo significaría ver lo que había visto él la noche anterior, el cuerpo que había tocado, acariciado y besado. Quería evitar cualquier recuerdo de aquella hora y media en su despacho, dolía demasiado. En cambio, apoyó las manos en la encimara del lavabo y levantó la cabeza, permitiendo ver su propio reflejo en el cristal. Sus ojos parecían cansados, los párpados estaban hinchados y unas grandes bolsas oscuras se situaban bajo ellos. No pudo evitar levantar la mano hasta su mejilla y recorrer con los dedos la piel que él había besado, la piel de donde había apartado sus lágrimas. Pasó varios minutos mirándose, estudiando sus rasgos, como si de alguna manera fueran a delatar lo ocurrido unas horas antes. Se agachó y se lavó la cara con fuerza en un intento de limpiar todo, pero fue inútil. Se sentía tremendamente culpable, por ella y por él. Se había traicionado a sí misma, dejándose llevar una vez más al abismo, le había traicionado a él, aprovechando que estaba bebido para lograr sus objetivos.

Se vistió con desgana en muy poco tiempo y se encaminó hacia el hospital en su coche. La noche anterior había llegado a casa con prisa, con la sensación de que él la seguía. Salió del hospital pensando que estaba huyendo y dejándolo atrás, como quien traiciona a un amigo después de que éste haya confesado todas sus penas. Al fin y al cabo, aquel era el puzzle de Allison Cameron, nunca podía evitar sentirse culpable por los demás. Cuando entró en Diagnósticos un escalofrío recorrió su espalda al recordar todo. Giró la cabeza hacia la derecha y vio el sillón vacío. Recordó sus dos cuerpos entrelazados sobre el cuero y el calor que la piel de ambos desprendía. Recordó el intenso frío que hacía en la calle y la calidez del despacho de House, lo suave y tibio de su piel sobre su cuerpo. Realmente la noche anterior había sentido junto a él lo que nunca había sentido, una comprensión mutua, una unión inquebrantable, había sentido... ni siquiera se atrevía a repetir la palabra en su mente. Agitó la cabeza para deshacerse de aquellos pensamientos. Él no la quería, ella lo sabía, desde hacía meses; él se lo había dicho y demostrado más de una vez y lo ocurrido la noche pasada no había sido más que un desliz.

Dejó sus cosas en su mesa ordenadamente, sin reparar realmente en lo que hacía, pues su mente seguía pensando incansable. ¿Y él qué esperaba ahora? ¿Acaso iba a entrar con un ramo de flores diciendo que la quería? En ese aspecto House también era un puzzle para ella, ignoraba de qué manera iba a reaccionar él ahora que el paso estaba dado. Siguió pensando mientras cargaba la cafetera y apretaba el botón para que el agua comenzara a calentarse. Se dirigió al despacho de House con paso firme y seguro, pero se detuvo al llegar a la puerta. Aquello le recordaba demasiado, era la imagen de su sueño, el hombre al que quería entre sus brazos, besándola y acariciándola sin descanso, llamándola por su nombre y recorriendo cada centímetro de su cuerpo con sus labios. Levantó sus dedos hasta sus ojos y los frotó con fuerza, debía recuperarse de todo aquello o nunca iba a ser capaz de trabajar en condiciones. Se sentó en su mesa dispuesta a realizar las labores de todos los días: contestar a su correo electrónico, responder a sus cartas, ordenar su mesa. Reparó en que la botella de whisky aún estaba allí, igual de llena que la última vez que la vio. La cogió mientras sonreía y la guardó en el mismo cajón de donde le había visto a él sacarla.

Chase y Foreman llegaron poco tiempo después. Foreman entró saludando alegremente mientras que Chase mostraba un semblante más serio.

- Amigo, veo que no te fue bien la juerga.- bromeó con él Foreman

- No estuvo mal la rubia. Cameron, ¿dónde te metiste?

Ella se quedó congelada. No esperaba que nadie le preguntara por lo sucedido la noche anterior, no quería que nadie lo hiciera, no estaba preparada. Chase la miró con curiosidad al ver que ella no contestaba. Que cotillearan sobre ella era algo que nunca le había gustado, la hacía sentir observada y mediocre, por lo que decidió borrar de las caras de sus compañeros la medio sonrisa que mostraban ante algún tipo de secreto.

- Un ligue.- contestó ella sin inmutarse y procurando parecer tranquila.

- Cuando te vi por última vez andabas hacia House, a la barra...- Chase puso cara de desconcierto, como si las piezas no casaran en la historia.

- Había más gente en la sala. Sólo crucé unas palabras con House, estaba borracho.

Los dos hombres se miraron convencidos y apartaron su vista de Cameron, que no pudo más que respirar aliviada ante el final de semajante examen. Ella sabía que quizá la mayor parte del nerviosismo se encontraba en su interior y que nada había en el exterior que pudiera revelar su secreto, pero aún y todo se sentía vulnerable y transparente hacia los demás, se sentía mentirosa. Y no sería la última vez.

Los tres doctores se sentaron en la mesa de la sala de reuniones y esperaron. Esperaron por lo menos cuarenta minutos hasta que algo parecido a su jefe asomó por la puerta.

- Buenos días, lacayos. ¿Alguna novedad?- House caminaba con torpeza por la moqueta, arrastrando los pies. Ni siquiera se molestó en mirar a sus chicos ni ellos habrían podido saber si lo hacía, unas gafas oscuras cubrían sus ojos.

Cameron intentó descifrar en su mente aquella actitud. Quiso saber qué significaba. ¿Era bueno o malo? ¿Se tapaba los ojos por vergüenza o por evitar su mirada? En su interior se moría por conocer la respuesta a todas su preguntas.

House dejó todas sus cosas en un rincón de su despacho y, aún con las gafas puestas, entró caminando en la sala y enfiló el camino hacia la cafetera. Se sirvió una buena ración en su taza sin preocuparse de dejar suficiente para los demás. Poco a poco fue aproximándose hasta la pizarra, colgó su bastón en el borde por el mango y dándoles la espalda, destapó un rotulador.

- ¿Qué tenemos? Síntomas.

- Hombre de mediana edad -comenzó Cameron. Pudo ver cómo él apretaba el rotulador fuertemente con los dedos cuando ella empezó a hablar-, 60 años. Presenta dolores de cabeza recurrentes, vómitos, fiebre...

- Ohhh, los grandes misterios de la medicina... ¿no será una meningitis?- se burló House de su equipo.

- Orina sangre desde hace una semana- terminó Cameron dolida tirando la historia sobre la mesa. Se quitó las gafas y dejó caer la cabeza sobre su brazo, apoyado en la mesa.

House se dio la vuelta para mirar las caras de sus ayudantes. Con frecuencia lo hacía para adivinar hasta qué punto estaban perdidos. Le encantaba ponérselo difícil y jugar a despistarles con el diagnóstico. Según él, era la mejor manera de aprender. Al ver la postura de ella se bajó las gafas hasta la nariz y mirándola fijamente le pregunto:

- ¿Cansada, Dra. Cameron? ¿No has dormido esta noche? Yo como un tronco.

Ella sintió que el estómago le subía a la garganta y que el corazón le daba un vuelco. ¿Cómo había podido dormir después de lo que había sucedido entre ellos? Nunca había querido creer que House era una persona sin sentimientos, no podía serlo después de lo que había visto ella misma unas horas antes. Era imposible. Una persona capaz de mover así sus manos, de darse a alguien de semejante manera no podía ser alguien insensible.

Discutieron el caso enérgicamente, cada uno de ellos parecía tener una opinión de lo que podía ser y, misteriosamente, ninguna coincidía con la de House. Media hora más tarde él les bufaba que fueran a hacer las pruebas pertinentes para saber si el paciente tenía realmente lo que él decía. Cameron se quedó rezagada y no siguió a sus compañeros hacia la puerta. En vez de eso anduvo lentamente hasta el despacho de House y se acercó a su mesa, acariciando la madera al llegar a su destino.

- ¿Has dormido? Yo no he pegado ojo en toda la noche.

- Como un tronco. Creo que tienes problemas de oído.- ella se sintió ofendida por el comentario. Muchas veces había sido maleducado y borde con ella, pero nunca así de cortante.

- House... yo...- se detuvo, no sabía cómo comenzar a hablar.

Él ni siquiera se molestó en mirarla, ignoró sus palabras como quien oye la lluvia caer cuando lleva haciéndolo un buen rato.

- Yo... me siento culpable, House. Me aproveché de ti. No debí dejarme llevar, estabas bebido, triste y...- él no la dejó terminar, profirió un grito ahogado y sonoro.

- ¿Cuando vas a dejar de ser Santa Dr. Cameron? Un polvo es un polvo, un rollete, un kiki, no me digas que esperabas algo más.

Ella negó ligeramente con la cabeza. Realmente no esperaba esa brutalidad en sus palabras, ese desprecio. Se sintió como una colilla, como si hubiera sido él el que la utilizara a ella.

- ¿Ahora soy la Dra. Cameron?- preguntó ella con tristeza.

- ¿Alguna vez no lo has sido?- contestó él tras girarse sobre sí mismo y mirar por la ventana. Se sentía incapaz de decirle aquellas palabras a la cara. Se sentía incapaz de verla llorar otra vez.

Las lágrimas asomaron por los ojos de Cameron pero ella las contuvo como pudo. Sin dejarlas brotar, apretó el puño dentro de uno de los bolsillos de su bata y, juntando valor, lanzó una pregunta:

- ¿Por qué lo hiciste? Fue tan...- fue todo lo que acertó a decir.

Él se giró de golpe y fijando sus ojos en ella pero sin mirarla sólo pudo contestar con toda la amargura que llevaba años acumulando en su interior:

- Porque estás como un queso, porque me gusta cómo gritas cuando te corres, porque me la pones como un palo de golf... ¿sigo con las metáforas?

Ella no pudo contener las lágrimas durante más tiempo y en pocos segundos la piel de su cara estaba totalmente mojada, el llanto recorría sus mejillas y llegaba hasta su mentón, cayendo en gotas sobre su bata.

- Eres un cabrón. - le dijo mientras veía cómo él se giraba de nuevo hacia la ventana y contestaba a su afirmación.

- Me lo dicen a menudo. Una vez más no me importa.