CAPÍTULO 9

Cuando Cameron abrió los ojos al día siguiente él ya no estaba. Había dormido toda la noche de un tirón, sin despertarse ni tener pesadillas, había dormido tranquila por primera vez en semanas. Temió que lo sucedido la noche anterior fuera parte de un sueño y que realmente él no hubiera estado allí con ella. Repasó el cuarto lentamente y se detuvo en el sillón donde le vio sentado por última vez antes de dormirse; en una esquina pudo ver su bote de vicodina vacío. Dedicó varios minutos a decidir si él lo habría dejado allí como prueba de haber estado en su habitación o porque verdaderamente lo había olvidado. De cualquier modo, pensó, no tenía importancia, él había estado con ella y por fin había dado el paso que tanto tiempo llevaba esparando. Pensando en que por fin las cosas parecían arreglarse dejó resbalar su cuerpo lentamente bajo las sábanas para sentirlas rozar su piel, se sentía contenta, más feliz de lo que lo había hecho en meses.

En ese momento entró Wilson por la puerta dando los buenos días, como tantas veces había hecho. Wilson siempre era considerado y amable, había estado pendiente de ella desde hacía semanas y ella nunca podría agradecerle todo que había hecho. Entró por la puerta contento, sonriendo, traía en los brazos un ramo de flores más. Casi no cabían más regalos en aquella habitación, los cuartos del hopital eran grandes, pero sus compañeros le habían llevado tantos obsequios que ya no quedaban encimeras donde ponerlos. Wilson fue al baño a por agua para poner las flores en un jarrón y ella lo siguió con los ojos por todo el cuarto, se sentía curisosa, por primera vez en semanas deseaba conocer lo que pasaba a su alrededor.

Cuando él hubo terminado se sentó en la silla que estaba al lado de su cama. Ella giró la cabeza para mirarle de frente, él percibió algo diferente en su semblante. Ladeó la cabeza para mirarla detenidamente mientras metía las manos en los bolsillos de la bata y se recostaba en la silla. Ella sonrió ligeramente mientras él la estudiaba, detenidamente, fijándose en cada cambio.

- Parece que el plan salió bien.- dijo Wilson de repente.

Ella bajó la vista al embozo de su cama, no podía evitar sentirse avergonzada ante su hallazgo. Su cara con seguridad mostraba la alegría interior si él había sido capaz de darse cuenta en cuestión de segundos. Wilson asintió ligeramente, apartando la vista de ella para que no se sientiera tan incómoda. Sus ojos recorrieron la habitación lentamente, intentando hacer tiempo para que lo violento de la situación se rebajara lo más posible. Cuando llegó al sillón sus ojos encontraron el bote de vicodina olvidado. Levantándose de la silla con calma se acercó andando con paso firme al sillón y lo cogió el recipiente con una mano. El hombre agitó el bote con fuerza y lo hizo botar varias veces en una de sus manos mientras lo miraba fijamente y pensaba en su amigo. Por fin lo había hecho, había ido a hablar con ella y aquella era la prueba. Sonrió al apretar el bote en la palma de su mano y sentirse responsable de parte de todo aquello. Se sintió feliz, la conversación que había mantenido con él en la azotea había servido, quizá su amigo estuviera encaminando su vida hacia lo correcto.

Unos segundos más tarde pensó en ella. ¿Qué le habría dicho House? Con seguridad había sido algo bueno, su cara lo decía todo, sus ojos. Repasó una por una todas las frases agradables que conocía en House y no consiguió recordar ninguna que puediera agradar tanto a alguien como para que tuviera ese aspecto sólo 24 horas después de salir de un coma. Para sentirse más seguro decidió ayudar a su amigo, quizá él no había sido capaz de decirle a Cameron todo lo que sentía.

- Te quiere más de lo que él cree, Cameron. Ten paciencia. Le costará demostrarlo, pero con el tiempo lo hará. Él no es de detalles, acabarás por entenderle y saber cómo hace las cosas.- levantó los hombros al hablar, un gesto con el que quería decirle que no había otra manera de hacerlo, la solución consistía en dejarle tiempo para que asimilara todo lo sucedido y no querer cambiarle.

Ella sonrió a Wilson abiertamente y, mirándole a los ojos, le dio las gracias por todo lo que había hecho por ella. Wilson mantenía el bote de vicodina en su mano cuando ella se despidió de él amablemente; él la besó en la mejilla, como siempre, y le deseó una buena mañana. Cameron pensó en lo absurda que resultaba aquella situación. Ella ya sabía qué sentía House, la noche anterior había quedado perfectamente claro; quizá Wilson no sabía realmente lo que sucedía entre ellos dos, claro que tampoco había estado allí para ver la mirada de House cuando ella pronunció el nombre de su hija.

Los seis meses llegaron con rapidez. Cameron volvió al trabajo con energías renovadas sólo dos semanas después de su ingreso para alegría de sus compañeros. En el momento de regresar todo el hospital conocía su estado y la identidad del padre del bebé, a quién no parecía molestar todo lo que se comentaba entre el personal. Sus compañeros en Diagnósticos también parecieron tomar el asunto con tranquilidad, entre todos ellos la atendían y vigilaban que todo se encontrara a la perfección. Foreman se había encargado de tomarle la tensión todos y cada uno de los días desde que sufriera el shock, apuntando las cifras en un cuaderno y llevándoselo después a House a su despacho. Por su parte, House le había preparado el té todas las mañanas desde su vuelta y pensaba seguir haciéndolo, ya que no recibía queja por su parte.

El mal humor que acompañaba a House seguía allí, no iba a cambiar de carácter por ser padre, en todo caso lo cambiaría con las personas involucradas pero, según su propia confesión a Cuddy tras un extraño problema con una bala en el escáner del hospital, el resto de gente no tenía por qué salir ganando nada con aquella situación. Las enfermeras seguían llorando, los médicos negándose a compartir nada con él y Wilson seguía disculpándole frente al Consejo, nada había cambiado en House en los últimos meses salvo con respecto a Cameron. Él se mostraba más atento y amable, aunque manteniendo su constante sarcasmo y sin querer responsabilizarse del todo. Ella conocía sus inseguridades y no quería forzar la situación, recordó que Wilson le dijo que necesitaba tiempo para asumir todo, no debía meterle prisa, él solo se encargaría de encauzar las cosas.

Wilson, y con él todos los que le rodeaban, fue testigo de los cambios que su amigo estaba sufriendo cuando un día, cuando faltaban un par de semanas para cumplirse los seis meses pasó por el despacho de House y vio que las persianas estaban bajadas. Miró a su reloj: las doce y media de la mañana, ¿por qué estaban bajadas las persianas? Con dudas y miedo se decidió a llamar a la puerta. Realmente, no sabía si iba a encontrarse a House con un humor insoportable y tener que esquivar algún objeto o si, por el contrario, lo iba a encontrar en una situación embarazosa para los dos, ¿los tres?, ¿los cuatro? Agitó la cabeza y levantó el puño para llamar. Tocó tres veces seguidas en el cristal, con cuidado de no hacer demasiado ruido.

- House, ¿estás ahí? -preguntó Wilson mientras miraba a un lado y a otro del pasillo de manera nervisosa. Siempre resultaba violento preguntar en alto por alguien cuando las persianas estaban bajadas.

- Deje su mensaje después de oir la señal. -contestó House desde dentro.

Wilson pensó que podía entrar, de las dos posibilidades que él había barajado ninguna podía ser, House estaba de buen humor, por lo que que estuviera enfadado no era posible; tampoco podía estar en una situación comprometida, pues no habría contestado o lo habría hecho con un bufido. El médico bajó la manilla y abrió la puerta. Sus ojos se abrieron como platos, no podía creer lo que estaba viendo. Supuso que su cara de asombro y ternura al mismo tiempo le delató cuando vio a House sentado en el sillón acariciando la abultada tripa de Cameron, de pie frente a él, y las manos llenas de crema.

El hombre se mantuvo unos segundos con la manilla agarrada, sin saber qué hacer o decir, aquello le había cogido totalmente de improviso, nunca se habría imaginado a House en semejante situación. Le miró fijamente a los ojos con cara extrañada, casi preguntándole qué era todo aquello. House le contestó seriamiente de manera tajante.

- Cuidando de mis chicas. - comenzó a decir mientras le guiñaba un ojo a Wilson- Para las estrías, ya sabes. -levantó los hombros queriendo fingir que hacía aquello sin ningùn tipo de interés.

Wilson miró a Cameron, quien sonrió tímidamente y después le miró a los ojos. House se limpió las manos con una sábana del hospital mientras ella se subía la cintura del pantalón y se bajaba la camiseta.

- Tierno, ¿verdad? -le preguntó House levantándose del sillón- Ahora lárgate, se va a enterar todo el hospital si no cierras la puerta.

Ella rio entre dientes y, despidiéndose, salió del despacho. Wilson seguía sin moverse del sitio, ni siquiera acertó a decir nada cuando House pasó cojeando por delante de él para salir del cuarto e irse por el pasillo por el que él mismo había llegado hasta allí. No fue hasta unos momentos después que entendió todo aquello y lo que había visto. Soltó la manilla de la puerta y la cerró con cuidado. No podía borrar la sonrisa de su cara, solo podía ver a su amigo acariciando suavemente la tripa de Cameron. Cuddy no iba a tardar en enterarse de todo aquello, era incapaz de mantener el secreto, era demasiado importante. Al fin y al cabo, House conocía a Wilson y sabía que él iba a contárselo a Cuddy y, probablemente, a Foreman y a Chase, si no le había dicho que guardara el secreto ni se había mostrado desagradable tenía el permiso para contarlo.

Cameron se sentía más insegura a medida que las semanas se sucedían. Había llevado bien su extraña relación con House los dos primeros meses desde la reconciliación. Él la atendía, ella se lo agradecía, hablaban de los cambios que ella estaba sufriendo, incluso hablaban a menudo de la niña, pero nunca hablaban de ellos. Todo fue bien hasta que ella tomó conciencia de que quedaban apenas tres meses para dar a luz. Se planteó qué iba a hacer entonces, qué iba a hacer él. No habían hablado nada sobre el momento ni qué pasaría tras el parto, ella ignoraba cuáles eran los planes de él y si los tenía. Ni siquiera mantenían una relación, él se comportaba como un amigo con ella, ayudándola en todo lo que podía y apoyándola en los malos momentos. La había acompañado a la consulta del médico, controlaba su dieta y sus manías, le ordenaba cómo cuidar su cuerpo, actuaba como el padre de la niña, pero nada más.

Las dudas se acrecentaron el día en que ella se enfrentó a un papel, un papel en particular. Siempre había sido de carácter maniático y perfeccionista, aquello no iba a cambiar por un embarazo, por ello había decidido la mayoría de los asuntos importantes para el quinto mes. Durante el sexto tocaba solicitar plaza en la guardería más prestigiosa de Princeton, una guardería católica en la que únicamente aceptaban a lo más selecto de la ciudad. Pensó que el nombre del padre ayudaría en la solicitud, así como que los dos trabajaran en el hospital, en uno de los departamentos más importantes y famosos. Sentada en el escritorio de la sala de diagnósticos al final del día miró una y otra vez al papel. Había en él preguntas que no era capaz de responder; no sólo no sabía el nombre completo de House, sino que en la solicitud se preguntaba por la relación entre los padres. Él la miraba desde su despacho a través de la pared de cristal, estaba nerviosa, movía un papel una y otra vez entre sus cosas, metiéndolo en una carpeta, sacándolo, poniéndolo sobre un montón. House alargó el cuello para intentar ver qué estaba escrito en aquella hoja, pero no pudo llegar a leerlo. Vio cómo ella la guardaba en el cajón de su derecha y, tras eso, se quitaba las gafas y se frotaba los ojos. La vio levantarse cansada de la silla, recogiendo sus cosas y gardándolas en su bolsa. Había decidido dejar para más adelante aquel asunto, en aquellos momentos no se encontraba en condiciones de decidir aún. Caminando lentamente se dirigió hasta la puerta que separaba la sala del despacho de House. Lo vio sentado en su silla, leyendo la historia del paciente que estaban tratando en aquellos momentos.

- House... -tosió ella, preocupada por sacarle de su concentración- me voy a casa. Hasta mañana.

Él no contestó, se limitó a asentir suavemente mientras la miraba.

Una vez que Cameron se hubo ido y él hubo esperado unos minutos para asegurarse de que ella no volvería a por nada olvidado cogió su bastón y se levantó de la silla. Deseaba saber qué era lo que Cameron había guardado en el cajón y movido tantas veces con nerviosismo. Cojeó hasta la otra sala, acercándose al escritorio y sentándose en la silla. Abrió el cajón a su derecha en la oscuridad del cuarto, pudo ver un papel sobre todas las cosas que ella guardaba allí. Sin mirar lo que era y con prisa lo metió en el bolsillo de su americana. Cualquier persona podía verlo allí y no le apetecía discutir con Cameron por aquel asunto, él no pretendía espiar, sólo estaba preocupado por verla así.

Recogió todas sus cosas y se marchó a casa pensando, intentando adivinar qué pondría en aquel documento.

Llegó a casa media hora más tarde, cojeando entró por la puerta y tiró al suelo su mochila, no le apetecía recoger nada aquella noche, solo tenía una cosa en mente: aquel papel. La reacción de Cameron había sido demasiado intensa para que fuera una tontería, por lo que él sintió curiosidad y deseos de poder ayudarla en lo que le preocupara. Anduvo hasta la cocina, se acercó al frigorífico y cogió una botella de cerveza, el alcohol siempre le relajaba cuando tenía problemas o le preocupaba algo. Con la botella en una mano y el papel y el bastón en la otra se sentó pesadamente en su butaca de cuero. Desdobló la hoja y comenzó a leer lo que en ella ponía. En un primer momento no le pareció nada por lo que preocuparse: una simple hoja de matrícula. Más tarde se percató de que sólo había un campo escrito, el que decía "nombre de la madre". Ella había escrito ahí su nombre "Allison Jane -House sonrió al recordar por qué conocía su segundo nombre- Cameron", los demás campos estaban sin rellenar. El suyo porque Cameron no conocía su nombre completo, el de la niña porque él sabía que ella aún dudaba de sus dotes adivinatorias, los demás por varias razones. Se detuvo a mirar el campo "relación de los padres" y las mismas dudas que ella había tenido pasaron por su mente. Durante meses había evitado preguntarse a sí mismo respecto a aquello, no quería volver a sentir miedo ante una responsabilidad ni ser cruel con ella. Suspirando profundamente dio un trago largo y lento a la cerveza. El alcohol quizá le ayudaría en aquel asunto.

Cojeó hasta su piano, dejó la cerveza y el papel sobre la madera negra. Con el mango del bastón acercó el asiento hasta él y se sentó delante del instrumento, dejándose llevar por lo que el ambiente y la situación le sugerían. Comenzó a tocar algo irreconocible, sin orden ni partitura, solo lo que salía de sus dedos. Cerró los ojos y pensó en todo lo que había sucedido, todo lo que habían pasado los dos juntos, pensó en que pronto serían tres. Sus dedos continuaron moviéndose sobre las teclas, cada pensamiento que se sucedía en su mente y cada imagen de ella hacían que las teclas se movieran más lentamente, más relajadamente, haciendo que la música reflejara su estado interior. Dejó que por su cabeza pasaran imágenes de él sentado al piano, como estaba en ese momento, y una niña pequeña con el mismo aspecto que Cameron sentada a su lado, aprendiendo a manejar el piano. Nada había que lo demostrara ni lo dijera, pero él sabía que aquella era su hija. Mientras seguía tocando con los ojos cerrados sin oir la música que él mismo creaba echó de menos no ver a Cameron con ellos dos, observando cómo él movía los dedos y la niña miraba. Durante varios minutos continuó tocando pausadamente sin que la imagen pudiera abandonar sus pensamientos.

Cuando sintió que los dedos y la propia pierna le dolían decidió dejar de tocar. Se levantó con dificultad del asiento del piano y cojeó hasta la encimera de la chimenea, donde siempre tenía a punto un bolígrafo. Hizo girar el bolígrafo entre sus dedos como habitualmente hacía con su bastón, era una buena manera de concentrarse y de pensar con claridad, siempre lo había sido. Anduvo con decisión hasta el piano y, sentándose de nuevo en el asiento y bajando la tapa que cubría las teclas, comenzó a rellenar los campos de la hoja de matrícula.