NdA: este es el final de la historia. Espero que os guste.

Disclaimer: Hetalia y sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya.


—¡Lovi! ¡Lovi! ¡Despierta, Lovi, el teléfono está sonando!

Lovino gruñó y cambió de postura para dar la espalda a la voz. De repente le arrancaron bruscamente la sábana y se incorporó de un salto.

—¡Lovino, levanta! —insistió Isabel, que le tendía el móvil.

—Si no estuvieras muerta, te mataría —le arrebató el móvil y atendió sin mirar el número—. ¿Quién es?

Bonjour mon ami! ¿Te he despertado?

—Maldito francés. ¡Sí, me has despertado! Más te vale que sea importante.

—¡Lo es! Abre tu portátil y abre una conversación conmigo. Tengo algo interesante que mostraros.

Y colgó. Lovino se dejó caer sobre la almohada con un prolongado quejido. Se había pasado la noche jugando con Isabel a los videojuegos y ahora sólo quería dormir un par de horitas. ¿Por qué el mundo entero se ponía en su contra?

Mientras se preparaba un café para despertarse y maldecía a Francis —¡sólo eran las ocho de la mañana y estaban en verano, no tenía derecho a hacerle madrugar!—, Isabel encendía el ordenador, preguntándose en voz alta qué querría decirles sin lograr reprimir la emoción. Cuando conectaron la sesión, Lovino masculló al ver que Francis no estaba solo: sentado a su lado se encontraba Arthur. Y por el fondo le pareció reconocer a Jeanne.

—Así que esta es la fantasma… —comentó Arthur, inclinándose hacia la pantalla.

—¡Hola! —exclamó Isabel—. ¿Es usted Arthur? Lovino me ha hablado de usted.

—Anda, ¿hablas de mí a la gente, Lovino?

—Sólo cuando me obligan.

La sonrisa del inglés se le antojó perversa y, de nuevo, se preguntó qué habría visto Francis en aquel insoportable cejudo, cuando podría tener a cualquier persona a sus pies si así lo quisiera. En fin, franceses.

—Bueno, ¿qué queréis?

—Esto —Francis no se fue por las ramas y le envió un archivo. Cuando Lovino lo abrió, el otro inquirió:—. ¿Os resulta familiar?

Isabel observó la imagen en blanco y negro. Había cinco mujeres, con ropas pobres y antiguas, todas jóvenes y saludando a la cámara. Se le escapó un grito ahogado y señaló con un dedo: allí estaba ella, con un pañuelo sucio en torno a la cabeza, las mejillas manchadas de hollín y apariencia cansada, pero sonriendo con alegría.

—¡S-soy yo!

Oui! Y, ¿adivináis qué? Esto lo he encontrado en un artículo de historia feminista, por lo que está fuera de contexto, pero abajo, escritas a mano, están los nombres de las integrantes de la foto. Y, ¿qué es lo que pone aquí…? —Francis vocalizó claro y alto:—. «Isabel Fernández Carriedo».

—Fernández Carriedo —repitió Isabel, como saboreando los apellidos—. Oh, Dios mío. ¡Ese es mi nombre! ¡Ese es mi nombre, Lovi! —empezó a dar saltos de emoción.

—Ya lo he oído, ya lo he oído —sonrió, incapaz de no alegrarse por ella.

—¡Dios mío, no puedo creerlo! ¿Qué más ha averiguado usted, señor Francis?

—Pues un detalle más, querida: la residencia de un tal Antonio Fernández Carriedo en Madrid.

—Antonio —Isabel se quedó quieta un segundo y de repente sus ojos se iluminaron—. ¡Conozco ese nombre! ¡Conozco ese nombre, Lovi!

—¿Y quién es? —rió él, extendiendo las manos para evitar que Isabel siguiera saltando de esa manera, aunque sabía que no serviría de nada.

—¡Mi hermano pequeño! ¡Ahora le recuerdo! ¡Ah, era tan pequeñito! —emitió una límpida risa y giró sobre sí misma, a punto de estallar de alegría—. ¡Estoy recordando algunas cosas! Como nuestra casa. Ay, sí, en el pueblo. Aunque también teníamos una en Madrid.

—Bueno, calma, calma —dijo Lovino, haciéndole un gesto.

Con las mejillas tirantes por la sonrisa, que parecía a punto de salírsele de la cara, Isabel se obligó a quedarse quieta.

—Lo siento. Es que… Es que estoy tan contenta… —y se le escapó un pequeño sollozo.

—Ah, no, ¡no empieces a llorar!

—Pero es que…

—Venga, tranquila.

Finalmente, Lovino consiguió convencer a la chica de que fuera al porche a relajarse un poco y a intentar aclarar sus ideas. Isabel aceptó, afirmando que de repente se le estaba llenando la cabeza de imágenes y se estaba poniendo algo nerviosa.

En cuanto se quedaron a solas, Francis dijo:

—Es muy probable que entre hoy y mañana recupere la memoria.

—Me alegro —respondió Lovino con la vista clavada en la puerta por la que Isabel se había marchado. En la pantalla, Francis y Arthur compartieron una sonrisa cómplice, pero Lovino no se dio cuenta. Francis tuvo que carraspear para atraer su atención.

—Entonces tendrás que ayudarla a terminar con su asunto pendiente. Y luego… En principio debería pasar por sí sola al otro lado, pero… Quizás haga falta un ritual.

Siguió un silencio incómodo. Evidentemente, Lovino había estudiado lo básico, pero no tenía ni idea de cómo purificar un alma ni de cómo abrirle paso al otro lado.

—Te llamaré si te necesitamos —terminó por contestar, a regañadientes.

Y sí, sabía que al final tendría que llamar a Francis. Francis tendría que hacer el trabajo por él. Sería el último que viera a Isabel. La mera idea le hacía hervir de rabia por dentro. Se sentía sucio por sentir envidia malsana de Francis, que había conseguido en un par de días —y en medio de una misión— lo que él no habría logado ni en meses.

Pero no era sólo eso.

—He encontrado también otra cosa —le había dicho Francis, algo incómodo—. El nombre de una tal Inés Carriedo.

—¿Qué pasa con esa Inés?

Francis le había mirado a los ojos.

—Pertenecía a una asociación de víctimas de la dictadura. Creo que deberías saberlo.


—¿Isabel? Va a empezar el concurso, si quieres verlo…

Lovino se asomó al porche donde, sentada en las frescas escaleras de piedra, Isabel permanecía contemplando el cielo. El sol se escondía detrás de los abundantes pinos y dejaba a su paso nubes incandescentes que navegaban hacia el horizonte. La muchacha no se volvió hacia él, a pesar de que estaba claro que le tenía que haber escuchado. Tomó asiento a su lado y se rodeó las rodillas con las manos, tamborileando los dedos, sin saber bien qué decir o hacer.

—He recordado muchas cosas —dijo Isabel al cabo de un rato.

—Y… Eh… ¿Quieres… contármelas?

Ella asintió una vez y Lovino respiró hondo, preparándose para morderse la lengua y no interrumpir bajo ningún concepto.

—Nací cerca de Madrid, en la sierra. Fui a una escuela bastante pobre, pero en casa mis padres me enseñaban a leer y escribir bien. Fue una vida muy bonita y muy tranquila hasta que estalló la guerra —a medida que hablaba, la voz de Isabel se volvía más profunda, como si cada vez se alejara más de aquel lugar y retrocediera en el tiempo, a sus recuerdos—. Papá no contestó a muchas de mis cartas —susurró con voz queda—. No es que estuviera a favor de los militares, pero nunca le habían gustado los comunistas. Decía que eran demasiado bestias. Mamá se burlaba de él porque en las peleas del bar siempre lo destrozaba todo. Cuando se proclamó la República, papá nos aseguró que no íbamos a intervenir en política. No quería problemas. Y yo tampoco. Pero… Pero cada vez que pensaba en la gente que moría, en la gente que sólo estaba luchando por lo que era legal, contra los rebeldes… Tenía que ir. Siempre he sido muy católica y mis padres me enseñaron desde niña que había que estar para los demás. Así que me peleé con mi padre y me fui sin su permiso.

—No deberías haberlo hecho —dijo Lovino,

—Lo sé. Pero trabajando en el frente me sentía realizada, aunque era horrible. Y duro… Tan duro… Tantos muertos…

»¿Y para qué?

La imagen de Isabel se distorsionó durante unos instantes mientras la joven escondía la cara entre las manos. Lovino sintió una aguda punzada en el corazón y tuvo que reprimirse para no extender la mano y atravesarla.

Se mordió la lengua y volvió la cabeza para que no viera que le asomaban lágrimas de frustración.

¿Por qué no podía tocarla?

—Estoy contigo —dijo con la voz ronca—. Estoy contigo.

Isabel sonrió y, aunque los fantasmas no eran capaces de llorar, Lovino sintió que se le destrozaba el corazón al ver su rostro.

A veces no eran necesarias las lágrimas para reconocer el sufrimiento.

—No sé qué fue de ellos, Lovi. Si ese Antonio es mi hermanito, ya debe ser muy mayor. Eso significa que hace mucho, mucho que murieron mis padres —gimió ella—. Nunca les volví a ver… Oh, Dios… Las cartas no son suficientes para expresar la culpa que sentía.

»Al final papá me perdonó. Siempre me pedía que volviera a casa, pero también me animaba. Me decía que estaba orgulloso de mí. Mamá también, por supuesto. Los hice preocuparse tanto…

Se quedó en silencio.

—Entonces perdimos la guerra. Las comunicaciones estaban cortadas y… Y nos escondíamos en la casa de la gente que se ofrecía a ayudarnos. Cada día se hacían detenciones. Venían y se llevaban a la gente. Algunos volvían. La mayoría no —sacudió la cabeza, como conjurando un mal recuerdo—. Todos sabíamos que era cuestión de tiempo que le tocara a alguno de nosotros.

»La noche que vinieron… ¿Sabes? Uno no se resiste. Porque sabes que si no te llevan a ti, se llevarán a tu vecino o a quien te acogió. Venían de noche o en el momento más inesperado, cuando no tenías tiempo de huir. A mí me montaron en un camión muy viejo y que olía mal. Había mucha gente, Lovino. Unos quince. Todos estaban aterrorizados.

»Ellos para que no corriéramos… Nos rompieron las piernas. Y luego… Sólo recuerdo que sacaron una pistola.

Isabel se cubrió los ojos con una mano.

Lovino no fue capaz de encontrar palabras.


El trayecto en coche era largo. Podrían haber ido en tren o en bus y se habrían perdido menos por las carreteras secundarias, pero a Lovino le gustaba conducir y no quería que nadie le mirara raro por hablar solo. Además, daba gusto poder abrir las ventanas y que el cálido aire le azotara la piel sin tener que preocuparse porque a alguien más pudiera molestarle.

Isabel traspasaba el respaldo del asiento cada dos por tres, admirando el paisaje desde todas las ventanas. Luego se asomaba por el techo, atravesándolo, y gritaba de placer.

—¡Nunca había ido tan rápido! ¿No puedes ir más?

—¡Claro que sí! ¡Agárrate!

Pegó un acelerón e Isabel soltó un chillido que le arrancó una sonrisa.

El viaje se le hizo ridículamente corto.


—Creo que es aquí —Lovino echó el freno de mano y contempló el edificio con un hormigueo de intranquilidad—. ¿Repasamos el plan?

Isabel asintió, tan tensa como él. Hurgando en su bolsillo, extrajo un anillo antiguo que le había pedido a Emma a cambio de un módico precio.

—Esto se supone que era tuyo —dijo a la chica, que asintió con la cabeza—. Se lo diste a una amiga mientras estabas en Andalucía, durante la guerra. No diré fechas para no resultar sospechoso.

—Eso es.

—Yo conocí a esta amiga, Carmen, cuando limpiaba mi casa y me contó la historia. Luego me dio el anillo cuando le ofrecí ayudarla a encontrar a su vieja amiga, a la que nunca había vuelto a ver. Busqué en líneas telefónicas y encontré esta dirección, entre varios Fernández Carriedo, que concordaba con el nombre de tu hermano pequeño.

Era un argumento flojo, casi triste, pero a Isabel le había parecido precioso, incluso si significaba que engañaban a sus familiares. Lo demás ya sería pura improvisación. Lovino fue a abrir la puerta para salir, nervioso como cuando se presentaba a un examen de pequeño, cuando Isabel musitó:

—Espera…

—¿Qué pasa? ¿Te ha entrado el canguelo? —dijo, burlón.

Isabel lo miró con una mezcla de angustia y pena.

—¿Y si no es mi hermano? ¿Y si mi Antonio está muerto?

Lovino se humedeció los labios y deseó, de nuevo, poder cogerle la mano para transmitirle un poco de seguridad.

—Entonces veremos qué hacer. Pero mantengamos la esperanza hasta entonces, ¿de acuerdo? —y le dedico una sonrisa de ánimo.

Ella cerró los ojos un instante y luego le devolvió el gesto. Salieron los dos del coche y, después de cerrar con llave, Lovino echó un vistazo a su alrededor.

Antonio vivía en un edificio cercano a un gran parque y, por las pintas, debía ser de clase media alta. Todos los pisos tenían un pequeño balcón lleno de plantas y el portal era negro, alto, con aire antiguo pero bien cuidado.

—¿Preparada? —le preguntó antes de tocar el timbre.

Isabel asintió, sonriente.

Lovino pulsó.

Al cabo de un rato, respondió una voz cascada por la edad.

—¿Quién es?

—Discúlpeme, ¿señor Antonio? —farfulló—. Vengo de parte de una amiga de Isabel Fernández Carriedo. ¿Es aquí o me he equivocado de lugar?

Sobrevino un largo silencio durante el cual pareció que Isabel fuese a abalanzarse sobre los timbres de pura ansiedad.

—Sube.

Antonio los recibió en la puerta. Era un hombre bastante mayor, que debía rozar los setenta años. Se encorvaba sobre un bastón y tenía el rostro surcado por arrugas, pero sus ojos eran de un bonito verde y tenía una sonrisa amable y amistosa. Lovino se relajó casi sin pensarlo: no parecía que lo fuera a echar a patadas. De reojo, comprobó que Isabel lo examinaba atentamente, pero terminó por encogerse de hombros. Era normal, si la última vez que se encontraron Antonio tenía unos cuatro años, sería prácticamente imposible reconocerlo

El anciano le sirvió una coca-cola comentando que él ya no podía tomar esas bebidas —cosas de la edad—, pero que siempre las guardaba para sus nietos. Entre tanto le preguntó amablemente de dónde venía y cuando supo que era italiano trató de averiguar de qué zona, asegurando que había visitado Italia y se había quedado enamorado.

La casa era muy acogedora por dentro, con bonitos armarios y estanterías, una cómoda en el pasillo y la mesa en la que se sentó Lovino junto a Antonio, en el salón, estaba cubierta por una mantilla tejida a mano. La televisión estaba apagada y el balcón abierto de par en par: de vez en cuando penetraba una ráfaga de aire arrastrando consigo un perfume a flores.

Lovino le explicó la historia que había inventado y le mostró el anillo.

Isabel, entre tanto, paseaba por la casa, observando las fotos. Se detuvo frente a una y se quedó quieta durante tanto rato que Lovino empezó a inquietarse.

—Lovi… —la oyó susurrar. De pronto la chica se dio la vuelta y miró con emoción al anciano—. ¡Sí que es mi hermano! —se llevó una mano a la boca y, de haber tenido un cuerpo físico, Lovino estaba seguro de que habría roto a llorar. Se acercó a Antonio y dijo con la voz tomada—. Hola hermanito. Qué mayor estás. ¿La mujer de esa foto es tu esposa? Parecéis muy felices. No sabes cuánto me alegro… ¿Qué ha sido de mamá? ¿Y… papá? —vaciló unos instantes y luego se mordió el labio inferior—. Papá…

—¿Señor? —inquirió entonces Lovino, reprimiéndose para no pedirle a Isabel que aguardara.

—Te doy las gracias —dijo él, sonriendo. A pesar de las arrugas, era la misma sonrisa que la de Isabel—. Estoy seguro de que a mi madre le habría hecho mucha ilusión que le llegara un recuerdo de Isabel después de tanto tiempo… Y has venido desde tan lejos desinteresadamente…

—Bueno —Lovino carraspeó y se le arrebolaron las mejillas. Apartó la mirada, sintiéndose horriblemente culpable por engañarle—. No ha sido nada…

Antonio observó el anillo un rato en silencio. Acabó por exhalar un suspiro.

—Isabel era mi hermana mayor, pero no la recuerdo muy bien, aunque mi madre siempre me habló con cariño de ella.

—¿No la recuerda bien…? —tanteó Lovino.

—Mi hermana murió cuando yo tenía unos siete años. Más o menos. Nunca llegamos a saber qué pasó con ella. Sólo que desapareció y no volvió nunca.

Lovino abrió y cerró la boca varias veces y miró de refilón a Isabel, que sonreía con tristeza.

—¿Quiere decir… que no saben si sigue viva? —fingir desconocimiento era más difícil de lo que nunca habría imaginado.

—Oh, sí que sabemos que murió —Antonio desvió la mirada hacia un lado—. Nos llegó una notificación. Pero nunca nos entregaron su cadáver. No sé cuánto sabes de historia, muchacho, pero debes haber oído que aquí hubo una guerra civil.

Lovino tragó saliva y asintió.

—Isabel tuvo una fuerte pelea con nuestro padre. Ella quería ayudar como fuera. Era republicana, ¿sabes? —Antonio se pasó una mano por la nuca, sonriendo con tristeza—. Al final marchó al frente a apoyar como enfermera. Durante años llegaron muchas cartas. Nuestra madre las guardaba con cariño y la verdad es que todavía las tengo en un cajón. Se me partiría el corazón si me deshiciera de ellas, porque es lo único que nos queda de ella… Ah, disculpa, divago. Cuando la República perdió la guerra, se cortó la comunicación con Andalucía. No volvimos a saber de Isabel hasta que nos llegó su registro de defunción. Mi madre siempre trató de encontrarla, pero durante la dictadura fue imposible. Y ahora… Ahora no vamos mucho mejor. Estamos en una democracia, sí, pero la gente se niega a mirar atrás y la ley no ampara a los que murieron por causa del dictador.

—¿Y papá? —susurró Isabel.

Lovino se humedeció los labios.

—Siento si resulto… Indiscreto pero… Usted ha dicho que Isabel se peleó con su padre, pero luego no ha vuelto a nombrarlo…

—Oh, claro que no. Mi padre murió poco después de terminar la guerra. Los republicanos le obligaron a sumarse a las filas. Lo fusilaron por haber luchado contra la patria.

En ese momento Isabel se volvió bruscamente y corrió hacia el balcón. Lovino tuvo que hacer un inmenso esfuerzo para no salir detrás de ella.

—Pero ahora que has traído esto —miró el anillo—, creo que es la hora de hacerle una visita. ¿Te importaría acompañar a un anciano? Mi esposa está con unas amigas y no volverá hasta tarde, pero me tiene prohibido salir solo. Es una dulce tirana —rió.

—Claro —se apresuró a afirmar Lovino, incorporándose—. Le llevo en mi coche.


Con una silenciosa Isabel en el asiento trasero, Lovino siguió las indicaciones de Antonio, que lo llevó hasta el cementerio de la Almudena. Recorrieron infinitas lápidas de todas las formas y colores posibles, acariciadas por el sol de la tarde, hundiendo los pies en la hierba y siguiendo estrechos caminos de piedra hasta que el anciano se detuvo frente a dos tumbas. En ellas rezaban los nombres de Inés Carriedo y Alonso Fernández. Parecía que la señora Carriedo había vivido hasta hacía unos diez años.

—Mirad —susurró Antonio, escarbando en la tierra con las temblorosas manos—, alguien ha vuelto para estar con vosotros.

Isabel se agachó al lado de Antonio y posó su mano sobre la de él cuando terminó de enterrar el anillo. El anciano se estremeció, pero sonrió ligeramente.

—Hola, papá. Hola, mamá.

Lovino se sintió conmovido por la escena y tuvo que parpadear violentamente para que no se le escaparan las lágrimas.

Se preguntó qué debía haber sentido Inés, guardando silencio media vida sobre los crímenes cometidos contra su familia y luchando para reivindicarlos la otra.

Ayudó a Antonio a incorporarse, pero como Isabel permaneció allí acuclillada, le pidió permiso para mostrar sus respetos.

—Claro, hijo. Claro. Te espero en el coche, si no te importa darme las llaves.

Cuando se quedaron a solas, Lovino se arrodilló al lado de ella. No sabía qué decir, ni qué hacer. Ni siquiera sabía si la muchacha quería que estuviera a su lado o prefería estar sola. Pero Lovino quería creer que su presencia la ayudaría, al menos un poco.

Él no sabría qué habría hecho si su abuelo y su hermano no hubieran estado con él cuando sus padres murieron. Claro que la situación era muy distinta.

Además, a Isabel ya no le quedaba ninguna vida por delante.

—¿Sabes? —musitó ella, con la mirada perdida en la nada—. Le prometí a papá en mi última carta que, cuando volviera, bailaríamos juntos, como siempre nos había gustado hacer. Pero… él ya estaba muerto cuando escribí la carta… Lo siento papá. Nunca debí irme.

»Lo siento…


—Isabel…

—¿Sí?

Lovino conducía con las luces largas. Había pasado el resto de la tarde con Antonio, por deseo expreso de Isabel, escuchando historias de Inés y de su vida. Luego conocieron a la esposa de Antonio, una severa holandesa, y tuvo que rechazar amablemente su invitación a quedarse a dormir. En realidad se sentía exhausto y la perspectiva de una cama suave y cómoda era muy tentadora, pero sólo quería volver a casa y hablar con libertad.

—¿Sabrías reconocer tu… fosa?

—Supongo que no está muy lejos del bosque donde aparecí.

—Puedo… Puedo hacer que la desentierren. Tengo métodos…

—No —negó con la cabeza—. No tiene sentido que se haga así, por iniciativa de una o dos personas. Tiene que ser algo que se desee de forma general. Tiene que ser algo… Algo que la gente haga para recordar que nosotros también existimos —se abrazó las rodillas y dirigió la mirada al oscuro cielo. No se veía ni una estrella por culpa de las farolas—. Al fin y al cabo, luchamos por un motivo... Y no creo que fuera malo. ¿No?

Lovino asintió y no pronunciaron ni una palabra durante elresto del viaje.


Cuando llegaron a la casa era de madrugada y el chico no podía con su alma. Se despidió de Isabel, que le dio una caricia inmaterial en la mejilla, provocándole un escalofrío.

—Oye.

—¿Qué?

—No vayas a desaparecer sin decírmelo, ¿eh?

Isabel sonrió y se miró el tobillo donde aún se mantenía la cadena.

—No te preocupes. No me iré sin avisar. Te lo prometo.

—Te tomo la palabra.

Ojalá… Ojalá pudiera abrazarla. Estrecharla bien fuerte y decirle que lo lamentaba en el alma. Que podía decirle todo lo que se le estuviera pasando por la cabeza, que él estaba allí para lo que necesitara…

Pero Isabel sonreía y se alejaba de él, desapareciendo en medio de la oscuridad.

Si sólo hubiera una forma… Tan sólo una forma de hacerla sonreír de verdad…


—¿Diga? —respondió al cuarto tono una voz somnolienta y con claro acento francés.

—Francis, soy Lovino.

—¿Lovino? ¿Qué haces…?

—¿Qué hace llamando a estas horas? —interrumpió la voz de Arthur de fondo.

Lovino inspiro hondo.

«Por Isabel».

—Necesito que me hagas un gran favor.

—Te escucho.

—¡Esta me la pagas, Vargas!


Todo estaba preparado. Hasta el mínimo detalle. La música anticuada que le gustaba a Isabel; las luces suaves, el salón despejado, libre de cualquier tipo de obstáculo. Faltaba la mesa con una cena maravillosamente preparada, pero Lovino se resistía a cenar solo. Esa vez no. Así que se había metido entre pecho y espalda un bocata de jamón serrano y tomate, sintiéndose muy español, y tenía preparadas varias rondas de café.

Porque iba a ser una noche larga, pero sabía que iba a merecer la pena. Lovino apretó el pequeño amuleto que le colgaba del cuello: una piedra de un brillante rojo, rodeada por un engarce dorado en el que habían inscrito diminutas runas. Tendría que buscar la forma de darle las gracias al francés.

Guardó el colgante por debajo de su ropa; cuando entró en contacto con su piel, sintió una calidez desagradable. Era como tener un corazón externo, que latía, mandando pequeñas ondas a su pecho. Se sentía extraño, como flotando en medio de la nada, y podía ver y sentir cosas de las que antes no era plenamente consciente. Por ejemplo, sabía que Isabel estaba rondando nerviosamente en la cocina. Si se miraba las manos, podía percibir una tenue aura a su alrededor, si bien la más poderosa provenía del medallón.

«Así que así es como ve el resto de mi familia el mundo…» pensó con fascinación.

Miró la hora y pegó un respingo. ¡Había perdido casi una preciosa media hora! ¡Sería idiota!

—¡Puedes entrar!

Isabel atravesó la puerta del salón asomando primero la cabeza y luego atravesándolo por completo. Lovino se quedó mudo: de repente la veía con una claridad desconcertante, casi como si fuera corpórea. A su paso iba dejando una curiosa estela nebulosa, algo de su espectro, e imaginó que era una especie de rastro. Ya que los fantasmas no olían, dejaban algo a su paso que los hechiceros podían utilizar para perseguirlos…

—¿Qué es esto, Lovi? —balbució con la boca entreabierta.

—¿Me concedéis este baile, mi dama? —en vez de responder, Lovino se arrodilló ante ella tendiéndole una mano.

Isabel abrió mucho los ojos, divertida, aunque no se movió. Lovino mantenía, sin titubear, la mano al frente. En su rostro no había ninguna duda. Isabel parpadeó un par de veces, confusa, pero extendió su brazo y…

—¡Oh, Dios mío!

Lovino esbozó una cálida sonrisa.

Isabel aferró su mano con fuerza, incapaz de creérselo. Era una sensación extraña, como acariciar agua fría y como la resistencia que presentaban los polos iguales de dos imanes al intentar acercarlos.

Pero daba igual que no tuviera una piel suave y bonita que acariciar.

Lo que importaba era que, por fin, se estaban tocando.

—Puedo… ¿Cómo lo has…? —Isabel lo miraba con los ojos como platos.

—Eso no importa. ¿Quieres bailar?

Isabel todavía estaba demasiado asombrada para reaccionar, por lo que Lovino la llevó suavemente hasta el sofá, que estaba apalancado contra la pared, y le mostró dos bonitos zapatos negro de tacón. Había tenido que basarse en el pie de Emma, pero igualmente, a Isabel no le iban a apretar, así que no había problema.

—Ay, Lovi…

—Ahora te toca a ti enseñarme a bailar —sonrió él—. Porque yo no tengo la más mínima idea.

La muchacha lo miró intensamente a los ojos, con tanta emoción contenida que lo dejó sin aliento. Luego rió y cogió sus manos, llevando una a su cintura y elevando la otra. Sus dedos buscaron postura y se entrelazaron.

—¿Qué vamos a bailar? —inquirió Lovino.

—Ningún baile que tenga nombre. Sólo lo que queramos hacer.

Y tiró de él, llevándolo consigo al centro de su improvisada pista de baile.


—Eres un idiota —masculló Arthur, prendiendo un cigarro y dándole una larga calada.

Francis se encogió de hombros y apoyó la espalda en el respaldo del asiento trasero del coche. Habían bajado las ventanas y el aire acondicionado trabajaba a toda potencia, pero no conseguía eliminar por completo el calor. Jeanne, entre tanto había entrado a la gasolinera a comprar un refresco y algo de comer para Francis, que se encontraba exhausto y se sentía morir de cansancio. Necesitaba algo de cafeína en el cuerpo.

—Ya sabes que mi debilidad es el amor —respondió débilmente.

—Precisamente por eso no deberías haberlo permitido. ¿No ves que ahora le va a costar todavía más separarse de ella?

—Bueno. Pero sería todavía peor separarse sin comprender lo que se siente. ¿Quieres apagar ese repugnante cigarro? No te pienso besar si hueles a tabaco.

—Disculpa que te contradiga, pero con las fuerzas que tienes el que te besaría sería yo. Y para tener que hacerlo con un hombre medio muerto, creo que voy a pasar.

—Qué cruel eres… —ronroneó Francis.

Poco después llegó Jeanne con una bolsa llena de provisiones. Francis estaba famélico y empezó a dar cuenta de todo ello mientras Jeanne arrancaba y recorría el camino de tierra que los llevaría al hotel donde habían reservado un par de habitaciones.

Mientras se deslizaban en medio de la oscuridad, Francis se preguntó si Arthur no tendría razón. La separación iba a ser, indudablemente, dolorosa. Pero Lovino nunca le había suplicado de esa manera que le hiciera un favor y bien sabía él lo orgulloso que era el niño. No había podido resistirse, ni aunque ello significara coger el primer vuelo que pudo encontrar hacia España.

No había sido fácil conseguir que Lovino pudiera tener contacto con un espíritu. Por lo normal, una persona no habría sido capaz de hacerlo, el muchacho tenía magia. Una magia tan dormida, tan incipiente, que Francis se había deslomado para lograr despertarla.

El efecto, sin embargo, no sería eterno. Sólo dudaría unas cuatro horas: era lo máximo que podía ofrecer el catalizador en forma de colgante que le había ofrecido a Lovino. Gracias a él, sería capaz de emitir su magia por la piel y tocar a Isabel, pero la presión sería tanta que terminaría por romperse. Entonces todo volvería a la normalidad, aunque era posible que los instintos de Lovino se agudizaran y pudiera realizar magia con más facilidad. Los efectos secundarios seguramente serían de fiebre y un agudo malestar por alterar el cuerpo del joven, pero Lovino estaba dispuesto a soportarlo.

«¿Cómo iba a negarle un favor si está tan desesperado?» sonrió Francis, más calmado. Sí, había hecho lo correcto.

No les había podido dar tanto como le hubiera gustado, pero era tiempo más que suficiente para darle un último regalo. Por lo que le había contado Lovino, aquella chica merecía irse con una sonrisa en los labios.


—Aprendes rápido.

—Eso parece.

—¿No te doy frío?

—No.

—Mentiroso.

—Bueno, puede que un poquito, pero no me importa.

Isabel rió bajito y apoyó la mejilla en el hombro de Lovino.

Bailaban lentamente, abrazados, como las viejas parejas que a veces veía Lovino. Tenía que hacer grandes esfuerzos para reprimir los escalofríos que le sobrevenían de tanto en tanto, pero, a pesar de todo, no era una sensación desagradable. Además, estaba cansado después de tanto hacer el tonto. Como Isabel no se cansaba, era difícil seguirle el ritmo. Pero no podía negar que se lo había pasado bien imitando los zapateados de la chica y poniendo posturas de baile español que, a su gusto, le salían ridículas. Se había reído tanto que todavía le tiraban las mejillas y le dolía el pecho del esfuerzo.

—¿A que es divertido bailar? —le preguntó Isabel, sonriendo maliciosamente.

—Cuando no tienes sentido del ridículo, sí, un poco.

La muchacha hundió una mano en su espalda, arrancándole un gritito. La miró con la nariz arrugada, pero al final los dos se rieron.

—Gracias. Por todo —dijo Isabel con una plácida sonrisa en los labios—. Sin ti, habría seguido esperando para siempre o hasta que no recordara ni cómo me llamo.

—No seas tonta. Al final yo no he hecho nada —gruñó.

—¡Pues claro que has hecho! —Isabel se apartó de él y extendió los brazos—. ¡Me has cuidado durante todo el verano! ¡Me has ayudado a recordar! Has… Has pedido ayuda por mí. Y has estado todo este tiempo a mi lado cuando lo necesitaba —sonrió con ternura—. ¿Crees que no sé valorarlo?

Lovino desvió la mirada, avergonzado, si bien no sentía que hubiera hecho tanto.

—Sin Francis no habríamos logrado nada.

—¡Eso no lo sabes! Deja de minusvalorarte, Lovino. ¿No crees que es por eso que nunca has demostrado tu verdadero talento?

—¿Qué?

—Lo que has oído. Es mucho más fácil pensar que no vales para algo que esforzarte por conseguirlo.

Lovino abrió y cerró la boca un par de veces, como un pez fuera del agua, herido en su orgullo.

—¡Tú no sabes lo que…!

—¿Qué no sé? —sonrió Isabel, posando una mano sobre el pecho del joven—. ¿Cómo crees que no tienes talento si puedes verme? Tienes poderes como el resto de tu familia. Simplemente, nunca te han enseñado a utilizarlos bien.

—Isabel…

—Lo que pasa es que tienes miedo de no hacerlo bien —Isabel se acercó y volvió a abrazarle—. Pero no pasa nada. Aunque te tropieces muchas veces, siempre vale la pena levantarse.

Lovino sintió que se le acumulaban muchas palabras en el pecho. La mayoría de ellas, de protesta. Sin embargo, apretó los labios y decidió dejarlos ir. No merecía la pena pelearse. Ni tampoco quejarse, diciendo que nadie le comprendía. De repente se le antojaba un comportamiento terriblemente infantil y estúpido.

Rodeó a Isabel suavemente con los brazos y siguieron bailando con lentitud, balanceándose de un pie a otro.

—Lovino…

—Dime.

—¿Hay algo al otro lado?

—¿No eras católica?

—Dudar es humano.

—Creía que era «errar».

—Anda, contéstame.

—Sí. Hay algo. Aunque nunca me han dicho exactamente qué.

—Así que… mis padres… estarán allí, ¿no?

—Eso creo.

—Entonces todo está bien —sonrió ella, cerrando los ojos. Suspiró—. ¿Sabes?

—¿El qué?

—Me hubiera encantado conocerte cuando estaba viva. Seguro que me habría enamorado de ti.

Lovino apretó las mandíbulas y contuvo un gemido de frustración, mientras sentía que le ardían los ojos.

¿Cómo que «todo está bien»?

¿Y qué había de él?

¿Y si él no pensaba que estuviera bien así?

Suspiró con dolor.

—Creo que yo también de ti.

Pero ya nunca lo sabría.


Cuando Lovino se despertó al día siguiente, Isabel no estaba con él, a pesar de que se había quedado a su lado en el sofá, cantándole suavemente, incluso después de que el medallón se rompiera.

No había querido dormirse, pero la fiebre había comenzado casi de inmediato a hacer efecto y lo tumbó sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Le costó un infierno subirse al sofá, pues ya Isabel no podía ayudarlo, y no fue capaz de moverse más que para beber del vaso que la fantasma le acercó.

En algún momento cayó dormido y tuvo pesadillas. Muchas pesadillas. No sabía si eran reales, si había gritado como lo hizo en el sueño, si las palabras de despedida de Isabel se las había inventado su mente o si la joven las había pronunciado de verdad.

Pero cuando abrió los ojos y vio que estaba solo, comprendió que Isabel se había marchado.

Se encogió sobre sí mismo y se dio la vuelta, apretando la manta con la que le había cubierto en algún momento de la noche.

Y lloró. Lloró hasta que tuvo la impresión de que se había quedado vacío y se hundió en las amables tinieblas de la inconsciencia.


—Me da tanta pena que te vayas…

—Me he quedado mucho más de lo que se suponía —respondió Lovino, guardando las últimas prendas en la maleta.

—Déjame que te eche una mano.

Entre él y Emma se tumbaron sobre la maleta, a rebosar de ropa, y echaron la cremallera a base de resoplidos de esfuerzo. Cuando se incorporaron miraron la habitación en la que Lovino había estado viviendo desde que llegara en verano y Emma soltó un suspiro. Entre los dos bajaron la maleta al piso inferior, donde todas las persianas estaban echadas, los armarios se habían cubierto de sábanas y sólo quedaba la puerta abierta de par en par. Hacía un buen día, a pesar de que ya estaban a finales de verano y que los días se estaban volviendo algo más frescos.

—Qué vacío se va a quedar…

—Pero tú también te irás pronto, ¿no? —preguntó Lovino, sentándose en las escaleras del porche.

—Sí, en septiembre. Voy a echar de menos este sitio. Era tan tranquilo…

Lovino rió desde el fondo de su corazón.

—Para mí ha sido de todo menos tranquilo.

Emma sonrió y apoyó la cara en las manos.

—¿Vas a empezar a entrenarte?

—Eso voy a intentar. Aunque no sé si sobreviviré a lo que quiera hacerme mi abuelo —Lovino arqueó una ceja, suspicaz—. Cuando hablé con él por teléfono parecía demasiado entusiasmado con la idea. Y todavía recuerdo que Feliciano venía llorándome a menudo…

—Lo harás bien —Emma le cogió la mano y apretó—. Estoy segura.

—Gracias.

Se quedaron un rato en silencio, viendo cómo el viento hacía ondear las hojas de los árboles y trazaba ondas en la verde hierba. Lovino sabía que iba a echar mucho de menos aquel lugar, pero no tenía intención de volver. No. Sería demasiado doloroso. Su recuerdo impregnaba todas y cada una de las paredes de la casa, todos los caminos que habían recorrido juntos, y a veces pensaba que iba a escuchar su risa al despertar o que la oiría zapatear el ritmo de alguna canción de la radio.

Había tardado casi un mes en recuperarse de la fiebre y de los espasmos, a pesar de que Francis y Emma se tomaron todas las molestias para cuidarlo y atenuar el sufrimiento de una experiencia tan traumática. Había sido como liberar una presa y cerrarla de golpe. Lovino había tenido la impresión de que todos sus sentidos habían desaparecido, a lo que le acompañó una gran depresión que le hizo pensar en alguna cosa que habría horrorizado a sus padres, de haber estado vivos.

Por suerte, fue pasando poco a poco. Pero la tristeza no era tan fácil de combatir y por las noches se sentía terriblemente solo. Se sentaba a menudo en aquel mismo lugar, incapaz de seguir en el interior de la casa, donde esperaba con ansiedad encontrársela por algún casual atravesando alguna puerta o viendo la televisión en el comedor.

Un día, Francis se había sentado a su lado y se había quedado casi una hora en silencio, aguardando, hasta que Lovino soltó:

—La echo de menos.

—Me lo puedo imaginar.

—Lo peor es que no dejo de pensar que no estuve con ella hasta el último momento.

—Si se fue sin más es porque todo estaba hecho. Se sentía en paz consigo misma. No se habría ido si no hubiera considerado que todo estaba bien.

—Pero nada está bien —había respondido con amargura—. Ella ni siquiera tendría que haber estado ahí perdida durante tantos años. Y como ella, puede haber cientos, miles.

—Es verdad —dijo Francis—. Y para eso estamos nosotros —sonrió al joven con amabilidad—. ¿No te sientes mejor al pensar que no se ha quedado abandonada sin más, para siempre?

»A mí es eso lo que me ayuda a seguir. Saber que servimos para algo y que lo que hacemos salva a algunas personas. Creo que darse cuenta de ella es el mayor regalo que podemos recibir.

Ese día, Lovino supo que iba a convertirse en hechicero. Costara lo que costara.

Por el fondo del camino vieron cómo se acercaba un coche y poco después aparcó a la puerta de la casa. Jeanne salió del asiento del conductor, saludó a los dos jóvenes y pidió permiso para llevarse la maleta.

—No te preocupes, puedo yo con ella…—dijo Lovino.

—Tranquilo, no pesa nada —y, acto seguido, Jeanne la levantó por el asa con una mano sin esfuerzo y la llevó hacia el maletero, mientras ellos la seguían con la mirada, boquiabiertos.

—Yo también quiero un zombie —susurró Emma.

Lovino soltó una risotada.

—¡Vamos, mocoso! —exclamó Arthur, asomándose por la ventana—. ¡Tenemos que coger un avión!

—¡Ya voy, cejudo!

—¡Vuelve a llamarme así y…!

—Venga, venga, Arthur, déjalo en paz —oyeron decir a Francis.

—Bueno, es hora de la despedida —dijo Emma, sonriendo a Lovino—. A lo mejor me paso un día por Roma.

—Si lo haces, ¿me dejas invitarte a tomar algo?

—Sólo si me prometes sacarme a bailar.

Tras un silencio, Lovino asintió, sonriendo.

—Me encantaría.

Se dieron un abrazo y Emma le acarició una mejilla.

—Cuídate, refunfuñón. Nos vemos pronto.

Lovino le dio un beso en la mejilla, le guiñó un ojo, y corrió hacia el coche, donde Arthur lo esperaba con las gruesas cejas enarcadas. Emma, sonrojada, vio cómo el inglés revolvía el pelo al chico con una sonrisa asesina y que Lovino reía. Se metieron en el coche y Lovino bajó la ventanilla para despedirse otra vez con la mano.

El coche arrancó, giró sobre el camino de grava, y se alejó de la casa. Lovino miró hacia atrás, viendo cómo quedaban atrás el bonito jardín, Emma, que sacudía un brazo, y las copas de los árboles ocultaron la fachada de la mansión.

Lovino se acomodó en el asiento. Le esperaban más de dos horas de viaje, con un gruñón fumador compulsivo con un sentido de la puntualidad exagerado, su novio pasteloso que le prometía un largo beso de tornillo si tiraba los malditos cigarrillos por la ventana y una zombie como chófer que parecía ser la única del coche, aparte de él, con sentido común.

Sonrió ligeramente. Hacía un verano, no habría podido soportar ni siquiera la idea de viajar con ellos.

Ahora… Ahora pensaba que no estaba mal.

Iba a ser un viaje divertido.


En medio del bosque, una figura vio pasar el coche a toda velocidad y lo perdió de vista en cuestión de segundos. Pero le pareció más que suficiente. Deseó, despidiéndose con un gesto, que Lovino fuera feliz, hiciera lo que hiciera en su vida.

Ella estaría esperando al otro lado para que, cuando se reencontraran, le contara historias que más parecían sacadas de un libro de fantasía que de la vida real.

Hasta entonces…

Buen viaje.