COSAS DE GUERRA
(EDAD ANTIGUA)
3
Con su pierna vendada puede caminar bien. El que se la vendó le dijo que sólo era un rasguño y que no necesitaba vendas; tanto insistió Wandering que finalmente le amarró el muslo con un trapo sucio y con olor a mierda. El pegaso, asqueado, se quitó aquella cosa, rajó la manta de aquel poni y se vendó con ella.
Ahora camina tranquilamente con su honda atada en su frente y su zurrón de proyectiles cruzado bajo sus alas. Su honda tiene runas que él no sabe leer, pero algunos miran su frente y asienten aprobatoriamente con la cabeza.
"¿Qué tendrá escrito?"
—No me entusiasma mucho el que me hayan escogido como parte de la compañía sólo para rellenar las bajas.
—Otros sólo son escogidos como carne de flecha.
—¿Y yo soy carne de flecha?
Haplo no contestó.
La marcha de los Black Haunters recuerda a una peregrinación de fieles. Los ponis cruzan la pradera despreocupadamente y en desorden, con las lanzas apoyadas en sus hombros y los morrales en la espalda. Algunos llevan de las riendas a un yal. Ante ellos, el campo inexplorado. El estandarte sencillo de los mercenarios ondea calmo con el viento mañanero.
"Casi parece agradable".
—Haplo, ¿No desayunamos?
—Aún no inventan el desayuno, al parecer.
A su lado camina el gigantesco humano. Más bien, es un yokhama, pues en sus fanfics a los humanos los llaman "yokhama".
"¿Qué pensará al estar con su ponización?"
Suben por un monte, y ante él ve extenderse campos sin final: ni una ciudad se ve opacando el horizonte, solo pasto y pasto, un río que parece un camino, árboles, algunos campos casi ahogados por la hierba circundante. Casas solitarias y un camino que parece un río.
—¿De verdad que aquí hay humanos?
—Sí, pero en vez de llamarlos humanos, los llaman yokhama. Los yokhama quya son los hechiceros, y los yokhama siqu son los que trabajan para los ponis.
Es cuando llegan a una calzada de piedra cuando Reaver y sus oficiales tratan de poner algo de orden a la fila. Jinetes recorren la columna desde la vanguardia hasta la retaguardia, para mantener la formación. Ahora avanzan por el camino empedrado, y a Wandering le recuerdan a un desfile desorganizado de fin de año.
—Esta es como la Edad de Bronce —dice él en broma personal.
—Sólo que nadie la llama "Edad de Bronce".
Así marchan. El prado da nacimiento a campiñas de alfalfa, trigo y cebada; los campesinos al verlos pasar huyen hacia los lados opuestos del camino. Encuentran un par de toscas casas de ladrillos de barro y techos de paja, pero los que las habitan no muestran señales de vida.
—¿Cuántos soldados somos?
—Treinta jinetes de centícoro, la misma cantidad de peltastas y cuarenta hoplitas.
Wandering tarda unos minutos en sacar la cuenta.
—¿Somos cien?
—Más o menos. Perdimos a diez peltastas en una incursión de los Darkhill.
—¿Somos noventa?
—Noventa y uno contigo.
Siguen avanzando. A Wandering empiezan a dolerle las piernas. Mira hacia el cielo: su abuela le decía que antes se veía la hora mirando al sol. "Aunque vaya a saber cómo miraban al sol sin quemarse los ojos, o quizá por eso es que todos los abuelos son cortos de vista".
Pero el sol apenas sí ha salido del horizonte, separándose de la montaña por una delgada línea de cielo. "Esto dejó de ser agradable".
En eso ven que se detienen. "¡Buena suerte!"
Pero más adelante puede ver la polvareda, lanzas y otro estandarte. "¡Mala suerte!"
—¿Qué pasa? —le pregunta a Haplo.
—Nos topamos con otros mercenarios. Ven —dice él yendo hacia adelante.
—¿Va a haber pelea? —dice con una punzada de miedo.
—Eso quiero evitar —le contesta el humano.
Camina junto con Haplo, hasta llegar a las filas delanteras. Reaver, Winter Soul y Broken Heaven los esperan.
—¿Por qué viene el novato? —dice de manera tosca Broken Heaven. Es un pegaso amarillo, con crin celeste y blanca así como un cielo con nubes, y una marca con forma del tallo verde y espinoso de una rosa.
"Sí, ríe mientras puedas, que en tu siguiente reencarnación padecerás asma".
—Viene porque yo quiero —dice Haplo desafiante.
—Bueno, bueno —interviene Reaver—. A lo mejor sirve para algo. Adelante están los Sun's Crooks. Vamos a ver qué quiere el Príncipe Cleptómano.
"¿Príncipe Cleptómano?"
A una distancia de tiro de honda, hay otro grupo de soldados ponis, tan destartalados y roñosos como ellos mismos. Puede ver que su estandarte es una herradura. "Para la buena suerte".
De ese grupo, se acerca una solitaria figura. Es un poni alto, mucho más alto que un poni normal, pero proporcionalmente igual de delgado. Su color es tan pálido que parece la piel de un pollo cocido, surcada por algunas marcas azules. Tiene ojeras púrpuras, ojos azules tan claros que casi no se notan, y cubre su cuerpo con una túnica negra. Monta un yal bayo tan flaco como su jinete.
—¿Apolo o Helios? —pregunta.
—Ninguno. Vamos a Gallen, a ver a los shur-ikail —contesta Reaver.
—Menos mal. Yo tampoco apoyo a ninguno.
Reaver sonríe. Wandering puede notar que los tres acompañantes restantes se relajan. "Es un buena señal".
—Pero somos casi los únicos. Los Tricksters, Kindred, Shadowy y hasta los Wildhammers han pactado con Helios, y se mueven por la misma dirección que nosotros. Mientras que Bonehunters y Burninghearts han jurado lealtad a Apolo.
"Eso no es una buena señal".
Los Black Haunters se tensan. Según lo que le ha contado, hay una gran rivalidad entre compañías mercenarias. Los Bonehunters están compuesto por soldados de las Polis: vélites, asteros, príncipes, triarios y équites, además de varios jinetes limyati y una fuerza aérea de pegasos. Son liderados por el Centurión Blackmourn, y son los enemigos jurados de los Black Haunters desde que Reaver de un hachazo le arrancó una oreja, un ojo y media mejilla al Centurión.
—Esos Bonehunters hijos de puta —gruñe Broken Heaven— ¿Y los Soul Eaters adónde van?
Los Soul Eaters, liderados por el Capitán-Halcón Starkad, son casi una leyenda entre los mercenarios. Poseen un miembro de cada raza conocida: el propio Capitán es grifo, tienen un dragón, un draconequus, un yokhama, varios minotauros, varios Dokan, gamos, jabalíes, ¡hasta un changeling! De ellos se cuentan toda clase de cosas: el día de ayer, un unicornio medio ebrio narró la historia de que un draconequus errante le entregó un sombrero encantado al Capitán-Halcón, a cambio de una moneda de hierro, otra de bronce y otra de plata.
—Ese sombrero lo protege de las heridas y de los hechizos, por eso nunca se lo quita —dijo el unicornio antes de vomitar el vino.
"Eso fue lo más asqueroso que he visto".
—Firmaron contrato con Solamnia, los cuales se aliaron con Helios —contesta el Príncipe Cleptómano—. Pero el Capitán-Halcón llevó a los suyos a Ansalon.
—¿Qué mierda lleva a los Soul Eaters a Ansalon? Justo cuando hacían falta acá para joder a los Bonehunters.
—Vaya a saber uno lo que decide el Capitán-Halcón. ¿Has sufrido ataques de los Darkhill?
—Sí. Los muy hijos de puta se mataron a diez peltastas, y venían a matar diez más pero un hrámico nos alertó —con una mueca, Reaver señala a Wandering. Los ojos pálidos del Príncipe Cleptómano le dan escalofríos.
—Pues esos son leales a Apolo. Los Roars también tienen contrato con él, pero los jinetes de Eämor y Ariano los están jodiendo mientras cabalgan a Canterlot.
—¿Cuáles compañías permanecen neutrales?
—Ninguna a excepción de nosotros dos. Hasta los Stargazers van a luchar, al lado de Helios. Yo por mi parte voy a ver si Helios o sus vasallos aceptan un contrato. Y harías bien en pactar con los shur-ikail.
Diciendo eso, el Príncipe Cleptómano da media vuelta.
—¡No hay nada que ver! —grita Reaver.
"Eso estuvo raro. Apenas entendí tres palabras".
—¡Haplo! ¿Para qué vinimos nosotros si no dijimos palabra?
—Si el Príncipe Cleptómano era leal a Apolo, yo debía matarlo y así sus mercenarios quedarían sin líder —la calma con la que habla pone nervioso a Wandering.
—¿De qué hablaban?
—Equestria no existe aún. En su lugar hay Ocho Reinos, cuyos gobiernos son la Época Dorada de esta tierra. Solamnia, Eämor y Ariano son tres de esos Reinos, y están gobernados por las Reinas Lyra, Applejack y Rainbow Dash...
—¿Me estás jodiendo?
"¡Es imposible tal grado de coincidencia!"
—No. Estas son las vidas pasadas de las seis chicas —dice Haplo riéndose ante la expresión de perplejidad de Wandering—. Ansalon es el continente del Este, imagínalo como Asia pero con dragones en vez de escitas y lobos en vez de persas.
—Genial. Esto se pone más loco y más raro en vez de resolverse.
—Eso es culpa tuya, por escribir fanfics tan complejos.
—Si dices que vengo de otra dimensión, ¿No podría ser que este mundo es el mundo creado por otro Wandering Wing? Tal vez sea el mundo creado por ti.
—Posiblemente. A veces me asusto de mi ingenio.
"Esto se vuelve más raro a cada segundo".
Los Sun's Crooks pasan al lado de ellos, ondeando el estandarte de Herradura. No hay mucha diferencia entre ellos y los otros.
"Aquí hay algo grande. No sé quiénes son esos Apolo y Helios, pero me da la impresión de que son importantes".
—Ven, Haplo. Cuéntame todo lo que sea que esté pasando aquí.
Quon Tali es el continente del Oeste. En cuatro mil años dejará de ser considerado un continente y pasará a ser llamado simplemente Equestria. Al Norte está el continente de Taladas, que en cuatro mil años dejará de ser un continente para ser simplemente los Reinos de Greifland y Cerinia. Al Este está Ansalon, separado de Quon Tali por las Montañas Memgôwa, que más tarde serán llamadas Montañas Greatring; en cuatro mil años, Ansalon dejará de ser Ansalon para ser llamado Mu Oriental. Al Sur está Ulthos, que en cuatro mil años será Lemuria. En cuatro mil años, Taladas, Quon Tali y Ansalon pasarán a ser considerados un solo contiene llamado Mu.
Los ponis llegaron en dos migraciones a Quon Tali. Los primeros en llegar desde el otro lado del Gran Océano fueron conocidos como los Primeros Ponis, que habitaron los valles y los bosques. Después, llegaron los madhen, quienes construían ciudades. Hubo guerra entre ambos y prevalecieron los madhen; serían sus prácticas y tradiciones las que se impondrían sobre las naciones ponis del futuro.
El rasgo más distintivo de los Primeros Ponis era que poseían un menor tamaño que los madhen. De ellos descendieron los setari, unicornios; los midari, ponis terrestres vegetarianos; los limyati, ponis terrestres escindidos de los midari por practicar el canibalismo; y los hrámicos, pegasos grises que prefieren caminar en la tierra y ocupan las Montañas Memgôwa.
Los madhen eran más grandes que los Primeros Ponis, y su sangre le da el tamaño a los ponis modernos de Equestria. De ellos descienden los adaskios, pegasos que fundaron la ciudad-estado de Pegasópolis; los arathi, ponis terrestres que fundaron la ciudad-estado de Earth; y los cornukari, unicornios que fundaron Unicornia. Las tres naciones madhen fueron arrasadas por una plaga de Windigos y los grifos y jabalíes, forzándolas a marchar al interior de Quon Tali.
Además de esas etnias, se originaron otras por mestizaje o aculturización. La Gran Sacerdotisa adaskia, Atalaya Ishbala, y el Primer Cacique hrámico, Krahut Endacak, se casaron tras la caída de Pegasópolis; no fueron pocos los pegasos que aceptaron la cultura de los hrámicos, y a estos se les conoce como shur-ikail. Fundaron el Reino de Gallen en el corazón de Quon Tali. Por otra parte, los mestizos entre limyati y arathi son conocidos como arendii, y vagan por los Ocho Reinos alquilándose como jinetes mercenarios.
En Quon Tali, en una franja pegada al océano, está el territorio de Nandelt, separado en nueve ciudades-estado conocidas como las Polis de Nandelt, y son las ciudades de Ceald, Espira Vanis, Ile Espadón, Nanetten, Pentos, Puerto Esmeralda, Raheld, Thalis y Trance Vor. Antes había una décima ciudad, Manetheren, pero fue asolada por una horda de hrámicos y shur-ikail.
Ocupando el resto del continente, se alzan los Ocho Reinos, la cuna de la civilización: Aloria, Araluen, Ariano, Eämor, Gallen, Kuniuri, Solamnia y Vanissar. Los Ocho Reinos están unidos por juramentos de sangre, honor y amistad; han sufrido los bautismos de fuego, bronce y sangre. Ahí hay Reinos tanto de Primeros Ponis como de madhen.
En el límite septentrional de Quon Tali, al norte de Nandelt y los Ocho Reinos, están las Tierras Fronterizas, Reinos fríos cuyo único cometido es defenderse de los invasores provenientes de Taladas, y de los crudos inviernos. Los más importantes son Shienar, al este; Aörsi, al oeste, junto al mar; y Malaz, justo al norte de Kuniuri.
"Pensar que todo eso lo inventé cuando leí ElSilmarillion por quinta vez".
No vale la pena esforzarse tanto por algo a lo que no recibe recompensa. Por eso todos los nombres son de naciones que existen en otros libros que ha leído.
Los alicornios han llegado a invadir. Conquistaron un extenso territorio, sobre el cual edificaron una Torre: Canterlot. Por alguna razón, suspendieron su conquista por doscientos años, y la están retomando ahora. Los Ocho Reinos han tomado la labor de combatirlos, y al parecer, hace apenas una semana hubo una batalla sangrienta donde perdió la vida el cacique de los hrámicos, sobre el cual se cuenta que era el amante de la Reina Applejack...
También han muerto la Reina Twilight, la primera en caer, producto de la traición, y la ha sucedido su hermano Shining Armor. La Reina Rainbow Dash, caída por sus propias carencias como comandante, ha sido sucedida por su hermano Raven Dark. Y la Reina Fluttershy pereció en una emboscada. Dicen las lenguas que entre el Centurión Reaver y ella había algo más que amistad...
—¿Qué tanto sufriste al acabar de leer El retorno del rey? —pregunta el pegaso gris a Haplo, después de procesar toda la información que él le proporcionó.
—Lo mismo que sufriste tú al leerlo.
Wandering se ríe. El hobbit y El señor de los anillos fueron sus primeras novelas gruesas que leyó en la vida, lo cual hizo que cualquier otro libro supiera a arena comparado con ese. Ni los Cuentos de Terramar ni tampoco Las crónicas de Narnia consiguieron hacerle sentir lo que sintió en la Tierra Media; y aunque hay varios detractores de Tolkien y autores dispuestos a destronarlo, no son más que gorriones celosos del vuelo del halcón.
—¿También tú te diste por vencido con Malaz El libro de los caídos?
—Me cabreó tanto la muerte de Felisin que ni me molesté en comprar los libros.
—Estoy de acuerdo. Ya tengo suficiente con que en Canción de hielo y fuego se muera un maldito Stark por libro.
El humo asciende trazando una espiral.
Doce cabañas arden. El techo de paja enciende, reseco por los calores de varios veranos. Las murallas de barro se resquebrajan. Hay un olor horrible en el aire.
Wandering contempla boquiabierto la masacre. Varios mercenarios salen de la columna y entran a las casas, para salir con las manos vacías.
—A estos ya los saquearon.
"Mierda".
Wandering, aturdido, contempla la destrucción como si fuera irreal. Los cadáveres se amontonan de cualquier modo; algunos parecen dormir, otros tienen los cuellos o los abdómenes abiertos, dejando ver la carne putrefacta, las tripas, huesos, muerte. Cuervos, águilas, grajos descienden y se dan su banquete; las aves comiendo es mucho peor que el olor nauseabundo, que las moscas paradas sobre la sangre coagulada. "Maldito cuadro de masacre".
Vomita en una esquina.
—Pobres campesinos —dice Haplo, acercándose—. Es muy triste el mundo en esta época.
—¿C-cómo es que no te afecta?
—He participado en matanzas de cerdos y de gallinas. Yo mismo he ayudado a preparar las carnes. Esto no es más horrible. Sólo... parece el típico dibujo gore del artista mediocre que quiere muchos comentarios.
"Si será hijo de su madre, insensible".
Trata de serenarse. Un cuervo grande, negro y plutónico emprende el vuelo como la piedra de un hondero, cerca de él. Se detiene sobre un cuerpo a unos pasos, una figura menuda, rosada. Una niña abrazando una muñeca de trapo, y la flecha la atraviesa por el pecho y la une con su muñeca. El cuervo picotea su rostro buscando la carne.
"No-no-no-no-no".
Wandering se desmaya.
"Una cosa es escribir de algo, y otra cosa distinta es conocerlo".
Piensa perturbado Wandering, mientras practica con la honda, a varios metros del campamento de los Black Haunters. Necesita estar solo, para poner en orden sus pensamientos.
Haplo lo cargó el resto del camino. Cuando pararon, pasado el mediodía, no fue capaz de comer nada.
—Si no aguanta eso, ¿Cómo mierda va a luchar en batalla? —oyó que se preguntaba alguien.
"Es muy cierto. Mierda, pobre niña. ¿Cómo llegué a esto? ¿Lamentarme por la muerte de seres que no existen? ¿Pero existen? Estoy soñando, pero en los sueño se sufre tanto el sueño..."
La honda poni debe blandirse con la boca. Es difícil las primeras veces, pero, como quien regresa a andar en bicicleta después de tiempo de no andar, poco a poco va recuperando su capacidad de tiro.
No puede quitarse de su mente el pueblo en llamas.
"¿Podríamos haber hecho algo, de haber llegado más temprano?"
Los Black Haunters siempre se detienen en bosques, y camuflan gran parte de su campamento entre los árboles. El viento mueve sus ramas tristes. A lo lejos, lobos de madera aúllan. Puede oír el canto de un ruiseñor. Un ruido de cascos. "¿Cascos? ¿Un poni?"
Efectivamente, es un ruido de cabalgata. "¡Maldición!"
—¡Haplo! —grita él, aterrado, retrocediendo a medias— ¡Haplo!
Ante él, un centícoro gris de buena raza emerge de entre las hojas que caen por la brisa. Encima, aferrada a las riendas, está una pegaso. Tiene la crin y la cola en varios tonos de negro hasta llegar al gris; su cuerpo es de color mostaza, y sus ojos son rosados como la aurora. Lleva un casco de bronce con las correas sueltas, y una abollada coraza de bronce a punto de caérsele. Una flecha atraviesa su ala izquierda.
"No puede ser..."
Ella lo mira, sorprendiéndose de su repentina aparición. El yal se encabrita y se alza sobre sus patas traseras.
"¿Es una broma?"
Detrás de ella, otra figura aparece. Es un centícoro de mala raza, como los que tiene la compañía. El jinete es de un color imposible de definir, entre el marrón tierra y el marrón fecal. Ojos oscuros, dientes negros, cuerpo cubierto de tatuajes azules. Lleva una espada xifos de bronce sujeta con la cola larga, y entre sus cascos, bajo el brazo, una lanza.
"No hay por donde equivocarse".
El jinete está concentrado en la pegaso. Con el asta de la lanza, la golpea haciéndola caer. Se ríe, y está a punto de bajarse del yal, cuando un proyectil de plomo, con la frase Nunca más, impacta contra su pecho en un estallido de sangre. Cae con el cuerpo ahora casi de color rojo por la sangre.
"Si no miro, no me traumo. Si no miro, no me traumo. Si no miro, no me traumo..."
Wandering fija sus ojos en la pegaso. No le extraña que se cayera: el centícoro no lleva silla, ni estribos, y no tiene freno ni bocado. Por esos años no se inventa nada de eso. Ella yace de costado, y él la voltea.
El casco de ella impacta con tal fuerza en su rostro, que por un momento teme quedar aturdido. En lugar de eso, solo ve borroso. "¡Mierda que está insolentada!"
—¡Quiero ayudarte! —dice sujetándose la nariz; nota cómo le sale sangre. Ella en vez de tranquilizarse, trata de golpearlo de nuevo. Esta vez, él la evade.
"¿Qué le pasa?"
—¡Tranquila! —grita él.
Oye que se acerca otro jinete. "Hoy sí que la saqué de oro".
Rápidamente, prepara su honda. El jinete es igual al primero, sólo que no porta lanza y lleva plumas en la crin. Pero, este se agacha y por eso evita el hondazo que le envía Wandering. "¡No! ¿Por qué tiene que pasar esto?"
Desesperado, busca algo con que defenderse. Las espadas de esa época son cortas, del tamaño de cuchillos carniceros. La lanza...
"Bien. Recuerda a los escoceses de Corazón valiente y lo que sale en las aventuras del Capitán Alatriste, y serás un buen piquero".
Piensa con la garganta seca, mientras se levanta sobre dos patas (cábala humana) y sostiene la lanza de la mejor manera que puede sin dedos.
Sin duda, el jinete limyati lo encuentra cómico, pues no deja de reírse mientras se acerca. Pero no lleva suficiente velocidad como para arrollarlo. Por alguna misteriosa razón, con el miedo, en vez de repasar su vida, recuerda una de sus canciones favoritas.
"Desde Lima vengo a mi Machaguay, a bailar el mambo de mi Machaguay..."
La lanza penetra el pecho desprotegido del animal y se rompe, Wandering cae al suelo. El centícoro se alza sobre sus patas traseras, rebuzna, su jinete cae y luego se desploma en un estrépito, mientras el limyati se arrastra tratando de ponerse de pie. Wandering mira la espada de bronce del primer limyati, luego el palo de la lanza partida. ¿Qué arma es más mortífera? "No hay por donde equivocarse".
Descarga con todas sus fuerzas el palo roto de la lanza contra la cabeza del jinete, quien cae desmayado al suelo. Toma la espada de bronce, y de un movimiento rápido, lo hunde en el cuello del centícoro mientras llora.
—Lo lamento tanto —le susurra a la criatura. Los ojos del yal, grandes, redondos y oscuros, parecen mirarlo y parece llorar—. Lo lamento, por favor, perdóname.
Retira la espada y la arroja lejos. "Sea animal normal o animal ficticio, sus muertes duelen igual".
Aturdido por ese sacrificio, tarda el segundo en que aparece Haplo en recordar a la pegaso.
—¿Por qué tardaste tanto? —regaña el pegaso gris.
—Estaba comiendo —dice él. Más que impactarle la escena, le impacta ver a Wandering ileso en medio de todo.
Se acerca a ella, y la revisa. Pero recibe otro golpe.
—¡Ya deja de golpearme! —grita molesto. Ella se quita su casco de bronce; los cabellos oscuros saltan como el lomo erizado de un lobo. Blandiendo su arma, descarga un poderoso golpe contra su rostro.
"¡Hija de puta!"
Piensa, con un pito zumbando en sus oídos. Puede ver estrellitas de colores dando vuelta a su alrededor. "Agh, ¿Cómo pude vencer a un jinete y no a una yegua?"
Intenta sujetarse la mente, pero todo se ve nublado. Ella intentándose ponerse de pie. Ella cayendo al suelo. La flecha en su ala. La armadura de bronce. Haplo rematando al limyati.
"Maldición".
Levantándose, se acerca a ella. De un movimiento casi brutal, le quita la flecha rota del ala; pareciera estar inflamada. La recuesta contra el suelo; ella arde en fiebre, y parece tener el mismo entusiasmo de antes en golpearlo. Más bien, apenas sí está consciente, y no tarda mucho en desvanecerse. "No hay por dónde equivocarse".
Haplo intenta tranquilizar a los centícoros sobrevivientes, sujetándolos de sus riendas, que en ambos casos no dejan de ser solamente correas alrededor de sus hocicos.
Aún con la cabeza revuelta, trata de quitarle la coraza. Solo la mitad de las correas están sueltas, haciendo que parezca una chaqueta a medio colocar; pero la otra mitad son firmes como cadenas y no ceden a los cascos de Wandering. "Si tan sólo tuviera dedos". Harto, con la cabeza dolorida, toma una espada y limpiamente las corta. Le quita la coraza y la arroja lejos, con un grito.
Wandering escupe el arma. Ella parece acurrucarse de manera inconsciente, como si estuviera más cómoda así, con el viento mordiendo su piel. Así, puede verse que su marca es un círculo. "¿Una rosa de los vientos? ¿En esta época?". Sí, es algo parecido a una rosa de los vientos, pero seguramente en esa época signifique algo distinto. Él piensa en los escudos de los hoplitas, que decoran con toda clase de pintados. "Tal vez, esta rosa de los vientos represente un escudo y una estrella y no los puntos cardinales. Aunque esto no es una novela histórica y vaya a saber qué cosas hay aquí". Wandering aún trata de descifrar aquel anacronismo, cuando se fija en que Reaver lo está mirando, boquiabierto.
—¡No es lo que parece! —se apresura a decir.
—¿Tú mataste a alguno de esos dos? —pregunta. Al parecer, al igual que Haplo, lo que le asombra es verlo sin más heridas que los golpes dados por la pegaso.
—Mató a uno. Y a un centícoro, con una lanza —informa Haplo mientras come una manzana.
"¡Cómo puede comer una manzana!"
—¿Quién es ella? —dice Reaver probándose la coraza— ¿Quieres dejártela como trofeo?
"A este no le interesa nada que no sea quedarse con algo de valor".
—No sé quién será.
—No debiste alejarte tanto del campamento —Reaver intenta colocarse el casco de bronce— ¿Te vas a quedar con ella?
"No soy un puto clopper".
—Prefiero quedarme con la espada. La llamaré Saicere, como la espada de Kvothe.
—Friki —gruñe Haplo.
Reaver con su atuendo robado parece todo un comandante. Haplo con un brazo es capaz de levantar a la caída. "Que mierda de día. Pensé que el pasado era mejor".
—Esa xifos debería llamarse Kathístamai, pues es lo que tú puedes llegar a ser, pequeño poni. Un gran hombre o un vulgar soldado.
Esas palabras son dichas por una voz. Él siente al oírla ganas de llorar, de reír, de sonreír. Es una voz como el acorde de las cuerdas del arpa bajo la uña de un gato. Es la voz de un tiempo aún más antiguo que el tiempo más antiguo.
Dos figuras altas, sabias, rojizas. Él tiene los ojos de un dragón, dorados y de pupila rasgada como el corte de una espada. Ella tiene ojos de poni, maternales, verdeazulados, una sonrisa como la de un árbol. Los dos tienen cabellos blancos, pero él tiene barba. Figuras de serpiente con colas rematadas en cresta. Tienen un par de cuernos pequeños, y dos pequeños colmillos emergiendo de sus bocas. Son draconequus. Dos draconequus de pie entre los árboles como un sueño. Una pareja de draconequus, con sus troncos peludos color marrón, sus colas rojas, la cabeza de color gris y sus manos que parecen poemas cuando se mueven.
—Yo soy Thárros —dice el macho, inclinándose un poco, recordándole a Wandering las reverencias japonesas.
—Yo soy Résta —dice la hembra, haciendo una reverencia que él desconoce.
—¡Y yo soy Méllon! —dice entusiasmado un pequeño niño draconequus que salta alegre, haciendo cabriolas entre las falenas grises.
—¿Thárros de los Soul Eaters? —pregunta Reaver. Al ver el gesto de asentimiento, se pone pálido y queda en una pieza.
Eso mismo le pasa a Wandering, pero él queda estático por otra cosa. El niño tiene cuernos, pero son distintos el uno del otro. Un brazo es una pata de león, y el otro es la pata de un águila. Tiene un solo colmillo, prominente, una pata tiene un casco y la otra es una pata de reptil.
Sus ojos son amarillos y tienen pupilas rojas.
"¡Ah, por la mierda! ¡Este tal Méllon es Discord! ¡Es Discord cuando niño!"
