Título: Él no cambia

Sumary: Post-Manga. Aunque había abandonado su época y a su familia por estar con él, las cosas no son como Kagome las imaginaba. Todo por culpa de un estúpidamente tímido semi-demonio. Todo seguía como antes, porque él no cambia…

Ranking: K+

Género: Romance/Humor/Comedia/Drama

Advertencia/Recomendación: Quizás un poco de OoC.

Cantidad de palabras: 2,605

Disclamer: InuYasha sí es mío. Solo que los derechos de autor, legales y demás son de su amada creadora Rumiko Takahashi… Tan sólo es cuestión de esperar 50 años para que él pase al dominio público y lo haré completamente mío (O.o?)

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Razones para llorar

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El chico albino la miró de reojo por enésima vez en lo que iba del trayecto.

Parecía molesta y a la vez muy triste, como dolida con él. Sólo por eso no le reclamaba la utilización del conjuro para desquitarse de algo que no sabía que era… Eso, y aquella mirada rencorosa que tanto detestaba en esa mujer.

Los ojos de chocolate y canela siempre tan expresivos no lo engañaban porque eran como de agua limpia, sus orbes desbordaban cada emoción sin que ella lo lograra evitar. Y no es que la viera constantemente cuando estaba distraída, ni que observara cada movimiento a detalle para conocerla mejor, simplemente le gustaba ese rasgo tan especial que le permitía conocerla mejor y se notaba sin dificultad.

Se diferencia mucho de la mujer algo fría e indiferente que fue Kikyou cuando recién lo conoció, su Kagome era muy distinta.

Sí, lo había pensado bien y ella era su Kagome en (casi) toda la extensión de la palabra. Le

pertenecía cada uno de sus suspiros, cada una de sus palabras por más ruines que fueran, eran suyas las expresiones y gestos de su rostro y sobretodo era dueño de sus ojos. Aunque claro, él no era ningún egoísta y a ella le dejaba quedarse con sus enfados, lo demás le pertenecía sólo a él.

No lo fue el día en que tuvo que dejarla en su hogar, con las personas que la necesitaban tanto como él. Ella se quedaría con su familia, a pesar de que quien más la necesitaba era él mismo.

Sin embargo, si en aquella ocasión no fue egoísta… ¿Por qué ahora decían que sí?

Sus actitudes no eran para nada posesivas, simplemente protegía lo suyo.

Antes, mientras permanecía en la cabaña que compartían por decisión mutua, veía que la noche estaba llegando y su preocupación por ella subió proporcionalmente a cada segundo, por lo menos la tarde había esperado en caer un poco más. Y aún así salió decidido a encontrarla.

Con su gran velocidad y sentido desarrollado del olfato no tardó demasiado en llegar hasta ese campo de hierbas medicinales donde solía esconderse de él.

La sacerdotisa miraba distraídamente el ocaso. Furioso se aproximó hasta su sitio preparado para regañarla por una conducta tan irresponsable, esa chica era una tonta, era peligroso bajar tanto la guardia. Ella debía entender que si algo le pasaba la culpa recaía en su mente teniendo motivos o no, porque la consideraba su responsabilidad y la debía proteger hasta del aire que respiraba.

Eso no era posesión, era algo común de una persona que protegía algo preciado.

Pero cuando la llamó se quedó corto de palabras.

La conversación que tuvieron no era precisamente lo que tenía en mente, cuando la regañaba y ella contestaba con una frase para evadirlo no sabía que más agregar, a él no le interesaba el atardecer…

La figura de ella le parecía mejor vista.

Sin embargo a la joven no le agradó escuchar el desdén en su respuesta, no parecía entender que lo único que pretendía el semi-demonio era llevarla a su lado lo más pronto posible y que ella no volviera a escapar.

Ahora caminaban rumbo a la aldea aguardando distancias. O mejor dicho ella le huía a cada intento de InuYasha por acercarse, hablar o respirar su aire. Rabioso aceleraba su paso cada vez que ella corría literalmente para apartarse, no lo entendía, llevaba días huyendo de su presencia y no le decía de frente lo que sucedía. Eso le dolía.

Lo lastimaba cada vez que le rechazaba de tajo, lo hería con esas miradas llenas de angustia y pesar y le hacía sufrir cuando se marchaba desde el alba y regresaba al anochecer para no verlo. Estaba desesperado por entender su conducta tan hosca.

Cuando la pelinegra regresó, de verdad estaba feliz, tan feliz que sus ojos brillaban con luz nueva y le dedicaba cada segundo para que ella también lo sintiera. Le daba vergüenza aceptar sus sentimientos abiertamente y eso era un problema, creyó decírselo con sus acciones y que bastaba. Al principio pareció que sí. —InuYasha, me voy a dormir… Hasta mañana. —De lejos le hizo una seña y se marchó del cuarto donde él permanecía.

—Kagome…—Atrajo su atención y se sintió demasiado nervioso para hablar. Quería preguntar las razones que tenía para ser así, para tratarlo de ese modo cuando era obvio que había algo entre ellos, pero… En intenciones se quedaba y no se atrevió a abrir la boca. —Buenas noches. —Intentó ser amable regalándole una sonrisa, no sirvió, la sacerdotisa huyó rápidamente y le dejó un escozor en los ojos muy parecido a la sensación de llorar. —Maldita sea…

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La mañana no trajo ningún cambio en su interior, de hecho fue de las peores noches en sus escasos dieciocho años de vida. Parecía una enorme crueldad del destino de alimentarla con esperanzas cuando más vulnerable se sentía, la noche anterior él le sonrió y decía algo que le pareció tierno en mucho tiempo. No lo soportó y corrió a su habitación a llorar toda la noche.

Era una idiota por exagerar las cosas y pensar que no había esperanza para su sueño: Palabras de amor de InuYasha.

Desahogándose toda la noche dejó ir muchos temores antiguos que cargaba sin saberlo, la posibilidad de que siempre recordara más a Kikyou, el hecho de que quizás lo que ella vio en sus ojos no fue lo mismo que ella sentía, que era cariño para alguien especial y nada más. Todo se fue de su mente por conducto de las lágrimas.

Cuando hubo posibilidad de ir analizando las cosas con frialdad eso no era posible, de lo contrario InuYasha no la procuraría tanto a cada momento, ni se encargaría de vigilarla noche y día. —Si lo pienso, él nunca le dijo a Kikyou que la amaba a pesar de todo, parece que…—Sonrió. —…En realidad es como si él no conociera esas palabras. —Aliviada por sus propias conclusiones se levantó para vestirse, iría con una vieja amiga para platicar y contarle lo que pasó por su mente. —Necesito ver a Sango.

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No esperó ni siquiera al astro rey para irse, Kagome se ausentaba en el alba y él no quería enfrentarla tan temprano. Si antes se iba él por lo menos se consolaba con que salió temprano y no que ella lo abandonaba como cada mañana. Iría a ver a un viejo amigo, o eso se decía ese monje que era, para ver si le ayudaba entender su situación con la joven.

La cabaña estaba relativamente cerca, siendo la persona (o medio persona, era igual) educada, responsable y atenta que era no tardó más de cinco minutos en llegar y entrar sin considerar la hora que era.

Encontró al hombre budista aferrando el cuerpo de su mujer por la cintura y la otra mano sobre el trasero. Ella tenía su mano sobre el cachete de su marido, demasiado rojo por llevar horas en un pellizco para controlarlo. Miroku no parecía querer cambiar nunca…

Bueno, a él realmente le daba igual si los encontraba durmiendo, comiendo o jugando, el medio-demonio venía a despertar al monje y no se marcharía sin llevarlo a rastras hasta la copa del árbol más lejano para evitar humillaciones que pudieran ser presenciadas por ciertas amigas de Kagome.

Las precauciones nunca faltaban, y quizás también debiera considerar amenazarlo, se tragaba el orgullo al ir a hablar con alguien de sus problemas, y mucho peor con el pervertido de la aldea.

Avanzó dos pasos antes de percatarse de dos pequeños bultos que salían de entre las sabanas muy sonrientes.

Dos niñas idénticas tomaron los rostros de los esposos y se dispusieron a colorear como si fuera una obra de arte de la mejor calidad. Los labios de Miroku fueron verdes y sus parpados naranja, la nariz roja y sus cachetes rosados, las cejas y un bigote invisible resaltados con marcador permanente que consiguieron de Kagome.

Su madre quedó algo más presentable, labios rojo carmín, párpados como el que solía usar siempre, mejillas levemente sonrosadas, en realidad parecía maquillada como comúnmente lo hacía. —Mamá hermosa. —Aseguró orgullosa una de las niñas.

—Papá… Casi—Se decidieron a borrar el bigote con saliva, escupiéndole en la cara para lograr su cometido. El peli-plateado allá atrás no quiso romper la interesante escena. —Sin bigote mejor. —Las dos asintieron, estando de acuerdo.—Papá poder ser hermosa mujer algún día…

—Sólo… —Sus ojitos se iluminaron llenos de malicia e InuYasha se asustó de los alcances de esas niñas. Las conocía bien y ese brillo no era inocente, sino todo lo contrario.

Instintivamente dio dos pasos atrás cuando de entre sus telas sacaron un extraño artefacto que reconoció como tijeras. Esa cosa se quedó con ellos desde que la sacerdotisa se fuera hace tres años. —Mamá y papá igual deben pelo ¿Quitaremos a papá o mamá?

—Mmm…—Pareció meditarlo. — ¿Y si poner pelo en pintura a papá? —La otra joven no pareció entender. —Verde papá.

—Ah, sí. —Se levantaron rápidamente para buscar la dichosa pintura, esas pequeñas acosadoras de sus orejas pretendían hundir la cabeza del monje en un bote con pintura de la época. El ambarino no desaprovechó la oportunidad, se aproximó hasta el monje y le susurró al oído.

—Despierta, si no quieres algo peor de tus hijas…—La sola mención de las pequeñas gemelas despertó de golpe al hombre, quien desconcertado buscaba por todos lados a las susodichas, no las vio pero frente a él estaba su amigo de traje rojo muerto de risa. —Deberías ver lo que querían hacerte, intentaban cortarte el pelo y pintarlo.

—Listo, a señor mujeriego lo…—Su voz decayó al ver que su padre estaba despierto. Y las miraba molesto. Agacharon la cabeza en señal de pedir disculpas y él les extendió una sonrisa cómplice, le gustaba las travesuras de sus pequeñas y hasta ser participe, aunque no se imaginaba que serían capaz de hacerle porque a pesar de ser tan jóvenes hablaban casi a la perfección y comprendían bien el lenguaje de los adultos. —Sentirlo mucho, hombre infiel…

—Creo que aprenden mucho de la madre. —Se burló el entrometido que fue a despertarlo en la madrugada para su propio beneficio. Cuan significativas podían ser las miradas de un monje molesto a un híbrido arrogante. O esa expresión era tan única que el mensaje podría ser captado por cualquiera.

—No me gusta que Sango me hable así delante de ellas…—Suspiró, —Niñas, saben que no deben llamar así a su papá porque se oye mal, sólo mamá puede hacerlo ¿me entienden?

—Si, pervertido.

—Me entrar en cabeza, monje lujurioso.

—A veces creo que lo hacen a propósito. —Suspiró pesadamente y ellas huyeron afuera para jugar, el Sol aún no llegaba y la mujer a su lado seguía ajena de la situación tan extraña entre sus gemelas. Divagó por unos momentos en esa silueta antes de recordar que su amigo con orejas de perro esperaba iracundo frente a ellos. — ¿A que has venido que no puede esperar a la tarde?

—Vístete que te espero en las orillas del río. Me la debes por salvarte de ellas…

Lo dejó como orden y salió campante de cumplir su principal cometido. No tardó mucho el monje para llegar al lugar pactado u obligado, dependiendo del punto de vista de él o del ambarino. A la lejanía observaba el traje morado y negro acercarse siendo ataviado por un hombre de rasgos inconfundibles, la cara de perversión nadie podría quitársela. —Dime de una vez, porque de verdad me muero de sueño y…

—Es Kagome. —Interrumpió, asombrando al pelinegro por la confesión tan sincera y repentina, lo miraba con una expresión que claramente le preguntaba que quien era él y que había sucedido con InuYasha. — ¡No me veas así! —El pelinegro se tranquilizó, ahí estaba su amigo. —De verdad estoy desesperado.

—Lo sé, claramente me lo gritas al venir a verme. —No hizo comentarios porque sabía que era la maldita verdad, aguantó una vergüenza que empezó a recorrerle por el cuerpo entero.

—InuYasha, sabes que no sólo cuando estés sin salida puedes hablar conmigo, estoy en todo momento…

—Calla Miroku.

—Yo también te quiero, y agradezco la confianza. —Ignoró la penetrante amenaza que eran esos soles pues lo conocía, le costaba admitir la verdad simplemente por orgullo. Compadecía a su amiga por soportarlo toda la vida, o lo que ella aguantara si el peli-plateado nunca se le declaraba. — ¿Me contaras que sucede o puedo irme a dormir con mi hermosa Sango?

—Ella estuvo llorando toda la noche…

— ¡¿Mi Sango?! —Dramatizó Miroku.

— ¡No! —Gritó molesto y luego tomó un poco de calma. Siempre le era difícil expresarse delante de las personas, pero realmente se sentía acorralado. Prefería morir a seguir viviendo de esa manera. —Kagome lloró anoche, me evade todo el tiempo, rechaza cualquier cosa que tenga que ver conmigo… Me hace sentir mal.

—Eso es normal si la amas amigo. —Desde la raíz de sus orejas hasta la base de su cuello se pigmentaron en un tono rojizo que delataba la vergüenza. Miroku quiso reír por la timidez de su compañero, demasiado fiero para las batallas, increíblemente torpe en el amor. Su cara se horrorizó ante la idea que vino de pronto, si él era así de cerrado a hablar…— ¿Se lo has dicho?

— ¿Decirle qué? —La cara del pelinegro se puso realmente pálida y el semi-demonio se preocupó. ¿Qué le causaba tanto horror como para alterarse de ese modo? —Oye, ¿Qué te sucede?

—InuYasha… No lo puedo creer que tú, después de tanto tiempo aún no… —Hizo una pausa para calmarse, lo que temió era cierto. Era por eso que su amiga no lucía tan feliz como debería estar, ni siquiera le cruzó por la cabeza la idea de que ese idiota frente suyo no se atrevería a confesarse todavía. — ¡¿Por qué no le has dicho a la señorita Kagome que la quieres!?

— ¡Cállate! —Su sonrojo se extendió más, ese monje gritaba todo pulmón cosas de las que sí ni él mismo era capaz de decir solo en la copa de un árbol, menos las hablaría con la azabache. —Alguien puede escucharte… Pero ese no es el tema, dime ¿Por qué crees que llore tanto?

—Yo haría lo mismo de ser mujer y enamorarme de un idiota. —Él lo miró sin entender. —Ella debe sentirse mal porque piensa que llegó a esta época en vano, ya que nunca le aclaraste tus sentimientos, piensa que la ves como a una amiga y nada más, o quizás llegue a pensar que no te gusta la idea de que ella volviera…

— ¡Eso nunca! —Exclamó indignado. — ¡No esperé a esa tonta por tres años para que ahora me diga que quiere irse porque yo no le digo nada! —El monje bufó exasperado, ese era el problema.

—A eso me refiero, la tratas como siempre y a ella le duele, es por eso que te evita la mayoría del tiempo. —El albino asintió. —Sin embargo, siempre vuelve al final ¿no?

—Sí, pero ella ya lo debería saber.

— ¿Cómo quieres que sepa algo que nunca le has dicho? —Preguntó recuperando algo de su paciencia, con el terco de ése mitad-demonio debía ser cauteloso y manejar las posibles reacciones si quería hacerlo entrar en razón. Si lograba que él se confesara se lo echaría en cara todo lo que tuviera de vida humana y le diría a la joven para que le agradeciera y lo protegiese, no fuera que a su salvaje compañero le diera por acortar esa vida humana que ahora tanto disfrutaba. —Tienes que decírselo InuYasha, te aseguro que no pierdes nada.

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N/Kou: Inu-hermoso es un baka xD

Gracias a quienes se tomaron la molestia de leer, perdón la tardanza. Realmente quería subirlo el viernes, que es mi descanso, pero me ofrecieron doblar turno con sueldo doble del día por el "buen fin" (que de bueno no tuvo nada para mi -.-U fue una pesadilla tanta gente) y pues si no es el viernes no tengo oportunidad hasta el martes xD Próximo capítulo prometido el viernes, que este si voy a descansar :D Los amo, en serio, no creí que hubiera ningún comentario después de todo el tiempo que llevaba sin actualizar ToT Quisiera responderles de uno por uno pero tengo el tiempo contado, en una hora debo ir a trabajar xD ¡Besos galletosos, los amou!