Título: Él no cambia
Sumary: Post-Manga. Aunque había abandonado su época y a su familia por estar con él, las cosas no son como Kagome las imaginaba. Todo por culpa de un estúpidamente tímido semi-demonio. Todo seguía como antes, porque él no cambia…
Ranking: K+
Género: Romance/Humor/Comedia/Drama
Advertencia/Recomendación: Quizás un poco de OoC.
Cantidad de palabras: 2,605
Disclamer: InuYasha sí es mío. Solo que los derechos de autor, legales y demás son de su amada creadora Rumiko Takahashi… Tan sólo es cuestión de esperar 50 años para que él pase al dominio público y lo haré completamente mío (O.o?)
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Una pequeña ayuda
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No siguió escuchando las palabras de ese monje por más tiempo.
Odiaba que él tuviera la maldita boca llena de razón, sin embargo no era tan fácil como lo hacía sonar. Jamás había sido muy elocuente con las palabras, si ya le resultaba un gran esfuerzo abrazar a Kagome sin sentirse completamente avergonzado, una confesión de ese tipo costaría lágrimas, sudor y mucho, pero mucho esfuerzo.
Se encaminó a la aldea mientras el Sol ya estaba naciendo por el horizonte, no sabía que sentir sobre su situación. Vagamente recordaba que alguna que otra vez intentó decírselo, justo después de que regresara con él pero las palabras se atascaban en su garganta y sólo atinaba a abrazarla, e incluso a veces los balbuceos que decía tenían resultados desastrosos.
Y, aunque se negara a admitirlo, también esperó de ella la confesión por mucho tiempo…
"Alrededor de una semana." Pensó.
Sin embargo el momento nunca llegó y se deprimió un poco al pensar que ella quizás no sentía lo mismo que él.
Aunque la mirada de ella no decía lo mismo. Sus ojos de agua limpia y transparente, lagunas de chocolate y canela, mostraban esa ansiedad que él reconocía como la misma que cuando él la veía. Anhelaba cada palabra que escuchaba salir de su boca, observaba cada pigmento de color en sus ojos, grababa a fuego en su mente las risas suaves que esa mujer le regalaba.
Pero a pesar de que todas esas señales que él creía reconocibles, no podía asegurar los sentimientos de ella sin una confirmación.
¿Y si se equivocaba?
Poco a poco los días fueron pasando hasta completar un mes y la situación entre ellos no cambiaba.
Al principio temía que fuera por ser un semi-demonio y que al final ella no soportara lidiar con su carácter de híbrido, imaginaba que ella en realidad se arrepentía y ahora deseaba volver a su casa. Las inseguridades aumentaban conforme ella lo rechazaba.
Su paso distraído no le permitió advertir el momento en que fue jaloneado por una fuerza realmente menor, en realidad, con facilidad podría quitársela de encima pero le dio curiosidad la razón por la que ella lo llevaba. Ataviada en su traje de tonalidades naranjas, con un obi delgado en el mismo tono y su sonriente rostro era la pequeña Rin que lo tironeaba de su hakama rojo.
Caminó dejándose llevar hasta que estuvieron cerca de la casa de Sango. Unos arbustos cubrían el paso hasta ese lugar y ahí fue donde lo soltó, dejándolo desconcertado de esa sonrisa entre dulce y maliciosa, como era la pequeña niña en el tiempo que llevaba de conocerla y tratarla. Con un ademán de su mano ella le indicó que se escondiera y así lo hizo, curioso por saber. —Oye Rin… ¿Qué hacemos?
—Espiamos —Contestó como si fuera lo mas natural del mundo. —La señorita Kagome y la señora Sango están por conversar de usted…—El ambarino quería preguntar como lo sabía pero fue silenciado por la pequeña niña sonriente que lo miró cómplice. Él sabía que siempre podía contar con ella, porque le tenía un enorme cariño a Kagome por su parecido, e InuYasha… Bueno, algo de ese ser le caía bien.
La taza de té humeante resultó ser una tentación ante su estómago vacío. Su amiga le ofreció un poco pero no se sentía capaz de tomar una gota sin devolverlo antes de que llegara a digerirlo. Aunque juraría que el humo le tomaba por el mentón y la guiaba hasta el líquido apetecible. — ¿Segura que no quieres? —Preguntó por quinta vez la exterminadora, no estaba convencida con las miradas que le daba Kagome a cada sorbo.
—No puedo tomar. —Cerró los ojos para despejar su mente un poco, no vino para distraerse con ese aroma, ella necesitaba alguien que la escuchara en sus problemas y la aconsejara. Para eso nadie mejor que Sango a quien veía como a una hermana. —Vine por otra razón…
— ¿Entonces no viniste a visitarme? —Hizo un mohín de disgusto que le sacó una sonrisa a la azabache, la castaña correspondió. Se veía como una niña chiflada con esos gestos, pero necesitaba aliviar un poco a su pequeña amiga que traía una cara de funeral desde hace varios días. —Creí que me extrañabas. —Kagome negó nerviosamente con la mano derecha en respuesta a su comentario.
—No me malinterpretes. —Contestó olvidando un poco sus problemas, pero tratando de asegurarse de a la próxima no dejarse llevar por los chantajes de Sango. —Además vine ayer a visitarte…
—Pero sólo fueron dos horas y me siento desplazada. —Realizó una sonrisa picara, haciendo sonrojar a la joven al comprender que pensaba. —Debes estar muy ocupada con InuYasha, tanto que ya casi no me visitas. —Ella no fue la única sonrojada, también lo fue un semi-demonio que gruñó molesto a lo lejos por los comentarios tan dignos de la esposa de un monje pervertido. —Cuéntame… ¿Qué tal te va con él?
—En realidad… —Su semblante ensombreció y los dos entrometidos de los arbustos se dieron cuenta de ello, las orejas caninas pusieron especial énfasis al instante. —Nosotros no nos llevamos nada bien, me siento muy mal cuando estoy a su lado. Es por eso que le he estado huyendo todo este tiempo.
—Kagome… eso me sorprende de ti. —Dio un sorbo a su té y la miró inquisitivamente, sabía de lo mucho que su amiga amaba al terco del medio-demonio, por ello le era difícil comprender su actitud. —Miroku y yo siempre supimos cuanto lo amabas, no te entiendo.
—Si te dijera que yo tampoco ¿me creerías? —Sango asintió levemente, instándole a continuar. —Sé que InuYasha no puede cambiar porque él es así, lo amo tal y como es… Un terco, obstinado y completamente InuYasha.
—Entonces ¿Cuál es el problema? —Tomó su mano para brindarle apoyo al notar el escozor de sus ojos, ella deseaba llorar. Debía ser muy grave lo que le sucedía para hacerlo después de tanto tiempo. —Kagome, en serio me estás alarmando.
—Perdón. —Con el dorso de su mano limpió las pequeñas gotas que querían escapar de sus orbes de canela. La reconfortaba el saber que siempre tendría una amiga en quien confiar, alguien que la apoyará a pesar de lo que haga o decida. Y eso lo intuía con ver la expresión acongojada de la castaña. —Lo que sucede es que yo… espero algo más de él.
— ¿Algo más? —Los murmullos de aquellos arbustos cesaron para escuchar mejor lo que le ocurría a la sacerdotisa. Incluso Rin comprendía que se trataba de algo delicado, por lo que se alejó un poco para no escuchar de más. Aunque el ambarino no se salvaría de la sarta de preguntas que tenía para hacerle.
—Lo conozco mejor que nadie y me avergüenza reconocer que yo dudé de lo que sentía por mí. —InuYasha creyó escuchar mal por lo que alzó un poco el rostro para verla. Grave error porque eso tan sólo le demostró lo cierto que eran sus palabras, no podía creerlo, Miroku tenía razón. —Nunca me dijo que me amaba, nunca me lo demostró con un beso, lo único que tenía eran sus miradas y eso es todo.
—Eso es lo que te duele. Que a pesar de lo que han vivido juntos él no sea capaz de decir ni siquiera un "te quiero" —Las silenciosas lágrimas fueron su respuesta inmediata. La castaña casi se abalanzó sobre la mesa para acortar distancias y abrazarla en una asfixiante caricia para su alma. Le dolía verla de esa manera y juraba que le daría sólo un par de días al híbrido para confesarse, de lo contrario lo buscaría para castrarlo aunque eso le llevara el rencor de su amiga.
—Que lo dijera aunque fuera por primera y única ocasión…—Sollozó entre los brazos femeninos, sintiéndose algo más calmada. —Me gustaría que él me lo dijera…
El híbrido no soportó mucho más de la escena. Salió a toda velocidad sin importarle los reclamos que le daba la niña por largarse sin la menor explicación o lógica de su acción, aunque no llegó muy lejos. Avanzó justo hasta la sombra del árbol sagrado cercano al pozo.
A los pocos minutos la pequeña alcanzó su sitio y prestó atención a su semblante confundido.
Con todo el tiempo que lo había tratado no era común verlo así de asustado, sorprendido o lo que sea esa emoción en su rostro. Lo detalló pensativo, enojado, alegre y como un niño malcriado, siempre que podía le gustaba platicar con él sobre lo que pensaba, que eternamente resultaba ser Kagome. Por eso se alegró mucho cuando ella volvió y se hicieron amigas, porque ahora InuYasha era feliz, ese hombre que veía como a un hermano mayor recuperó la sonrisa sincera.
Lo apreciaba casi tanto como a su señor Sesshoumaru.
Vio al semi-demonio que trepó hasta la rama del árbol sagrado de un salto y pensativo se perdió entre la espesura de las hojas. Bueno, para él resultaba más fácil hablar si no veía a la persona, un punto a favor de la conversación que le brindaría. —Señor InuYasha ¿Qué fue lo que pasó?
—Algo muy extraño, Rin. —Contestó sin dudar. Esos tres años había entablado una relación amistosa con la niña por su temperamento tan parecido al de Kagome, aunque tenían sus marcadas diferencias. A ella nada se le negaba o la vida de esa persona sería un catástrofe con el protector de pelo plateado y mirada fría que se encargaba de mimarla y hacerla caprichosa.
— ¿Es algo que me puede contar? —Preguntó dulcemente. Necesitaba tacto y paciencia con ese hermano mayor o no sería capaz de hacerlo hablar. Él era un cabeza hueca y difícil de hacerlo entender, pero lo lograría, si no era por las buenas entonces tendría que usar los malos modos. — ¿Me tendrá confianza? —InuYasha bajó de un salto y un golpe hueco junto con las hojas que volaron fueron quienes anunciaron su aterrizaje.
—Sabes que no me gusta hablar de mis problemas. —Le tendió una mano sobre el hombro, instándola a sentarse a su lado. Ella sonrió feliz, normalmente tardaba más en dejarla conversar. —Pero hoy estás de suerte.
—Cuénteme señor InuYasha. —Sus manos recogieron las rodillas para apoyar su rostro en ellas, necesitaba estar cómoda por si fuera preciso, deseaba que fuera una charla larga en la que pudiera ayudar. — ¿Qué escuchó decir a la señorita Kagome?
—Ella lloraba porque dice que nunca le he dicho lo que siento. —Rin pareció sorprendida pero siguió escuchando atentamente. Ninguno lo sabía pero ella entendía más de lo que les hacía creer, sobre todo la situación de ambos. Kagome quería que se le declararan como cualquier mujer lo desea, pero su amigo era demasiado tímido para hacer tal cosa. —No me gusta verla llorar, no lo soporto. Dime Rin… —Suspiró fuertemente y enfrentó sus ojos en un segundo de valentía. — ¿Tan importante es para la mujeres que se les declaren?
—Bueno, eso es lo que toda mujer normal desea. Que la persona que quieren les confiese su amor. —Su compañero a un lado pareció mudar su piel del leve tono bronceado al rojo del atardecer. En verdad le divertía la forma de ser que poseía, para los combates era el primero y en cuestiones personales el último. No le extrañaba que Kagome se comportara reticente a hablarle de esos temas. —Señor InuYasha, usted debería decirle a la señorita Kagome todo lo que siente, si no quiere que ella llegue a odiarlo.
— ¿Crees que haga eso? —Cuestionó aterrorizado. Si eso llegaba a pasar no conseguiría vivir con ello, yacería en un estado de tristeza eterna y depresión constante. —Kagome no es capaz de odiar a alguien, incluso perdonó al bastardo de Naraku y a Kikyou… a mí…—Más que motivos para justificarla lo declaraba para convencerse a sí mismo.
—Vaya ahora…—Lo animó. —Antes de que ella siga sufriendo, ¿no lo cree?
—Pero… —Sus garras comenzaron a jugar nerviosamente entre sí. Lo que ella decía sonaba fácil y lógico, advertía ahora un poco del comportamiento de la pelinegra y sus constantes huidas. Sin embargo la realidad era otra. —Yo no soy muy bueno expresando mis emociones, lo sabes mejor que nadie. ¿Cuánto tiempo no me llevó hablar contigo como con una hermanita? —El sonrojo se extendió a la pequeña que agradecía que la considerara igual. —No sé decir "te quiero"
—Podría ayudarte, hermano. —Sorprendido por la forma de llamarlo le regaló una sonrisa sincera y autentica. Una de las que sólo su sacerdotisa había podido contemplar. —Te enseñaré a decirlo.
— ¿En serio? —Preguntó emocionado, si eso pasaba y aprendía aquellas palabras que nunca valoró, su Kagome sería feliz de nuevo y se quedaría a su lado. No le dejaría solo y le querría, su sueño hecho realidad.
—Claro, aunque habrá que esperar un poco…—Giró su rostro extrañamente maliciosa, claramente dirigía su mirada a algo que estaba en su espalda. —Estarás muy ocupado durante un buen rato. —No alcanzó a preguntar la razón, fue jalado por las orejas de manera brusca y dos pesos pequeños se situaron a cada lado, sosteniéndose únicamente por las orejas. —Me dan envidia, siempre he querido hacer eso…
—Perrito…—Susurró guturalmente una vocecita chillona.
—Orejas de perrito… —Las gemelas de Miroku estaban al ataque de nuevo y tardaría demasiado en quitarlas de su cabeza, despejarlas de sus orejas y desenredarlas del cabello platinado en donde una se colgaba y poco a poco empezaba a hundirse en la inmensa melena. Era la odisea de cada día. —Me tragar cabello…—la otra acudió en su auxilio y juntas se enterraron en el pelo del joven. Día difícil para InuYasha.
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N/Kou: :D Yo quiero jugar en el cabello de inu (¬.¬ con tu tamaño solo podrías esconderte como Kagome) *Patalea en el suelo* Yo quiero, yo quiero… ¡buaaa! Okay *solloza* dejo mi berrinche y sigo con la nota. ¿Quién cree que InuYasha lo consiga? Rin se ofrece a ayudarle pero eso no garantiza nada, con lo tímido que es debe estar de verdad desesperado.
Wow, en serio las amo. Se siente como estar en el hogar, no sabía en realidad cuánto las extrañaba, y son tan amables con sus reviews, me hacen querer llorar ToT Próxima actualización en lunes, lamento la espera ;D
Astro, wii, Guest, os adoro y lamento no dejarles respuesta a sus reviews pero sinceramente no sé que decir más que espero que les guste el capítulo, ¡besos de Galleta!
