Título: Él no cambia

Sumary: Post-Manga. Aunque había abandonado su época y a su familia por estar con él, las cosas no son como Kagome las imaginaba. Todo por culpa de un estúpidamente tímido semi-demonio. Todo seguía como antes, porque él no cambia…

Ranking: K+

Género: Romance/Humor/Comedia/Drama

Advertencia/Recomendación: Quizás un poco de OoC.

Cantidad de palabras: 2,605

Disclamer: InuYasha sí es mío. Solo que los derechos de autor, legales y demás son de su amada creadora Rumiko Takahashi… Tan sólo es cuestión de esperar 50 años para que él pase al dominio público y lo haré completamente mío (O.o?)

.

.

.

Primeros intentos

.

.

.

Primero escuchó un grito femenino demasiado histérico.

Luego de ello, una mujer de cabellos castaños se arrinconaba en una esquina llorando amargamente mientras su joven esposo corría a su lado a consolarla, sin saber la razón.

Lamentablemente el pobre hombre sólo consiguió entorpecer la situación con eso. La exterminadora le gritó que era un desgraciado por hacerle aquello y que no quería volver a verlo en el resto de su vida, y aunque el hombre de ojos azules intentó -sudando frío- acercarse a ella, le dio un manotazo.

Kagome se preguntaba como había llegado a presenciar ese escenario, sin entender. Antes, aún platicando en la cabaña donde habitaba su mejor amiga vieron llegar a al esposo de ésta, pintarrajeado de verde, naranja y rojo.

La imaginación de Sango voló a niveles insospechados creando fantasías donde él volvía a las andadas con otras mujeres, que ellas lo habían maquillado en broma y un sinfín de planes extravagantes donde el más grave era que a su querido marido ahora le gustaban esas mañas de las mujeres.

La azabache observaba la escena y le pidió al hombre que se mantuviera unos metros a distancia para poder calmarla, aunque le extrañó lo sensible que estaba la mujer. Ni siquiera ella logró convencerla de que lo dejara explicarse, por lo que se vieron en la necesidad de llamar a la anciana Kaede para que la revisara y le diera un té para los nervios.

Ahora esperaban afuera mientras la castaña era atendida.

Hablando con su amigo encontró la razón de su extraña apariencia, resulta que las pequeñas fueron las culpables de pintarlo, pero se le olvidó lavar la cara y al llegar ocasionó todo el escándalo de su esposa.

Se veía muy gracioso de esa manera; aunque no entendía como podría olvidarse de hacer algo para lavarse, si decía que incluso fue al río. Lo cuestionó un rato en el que se mantuvo reticente a hablar por lo que optó por cambiar de tema. —Sango exageró un poco las cosas…—Inició con esas palabras para atraer su atención.

—Creo que esta vez se excedió demasiado. —Kagome le dio la razón. —Mira que tacharme de mujeriego e incluso con mañas extrañas… —Ella le envió una significativa mirada que el hombre contestó con una sonrisa angelical para tratar de liberar sus culpas, no funcionó. No era libre de ningún pecado y el peso de sus anteriores deslices con las mujeres aún le afectaba a su esposa. —Bien, lo admito… Pero yo no tengo la culpa de la belleza de las mujeres. Sin embargo, esto ha sido a mi parecer una conspiración en mi contra…

—Sango exageró las cosas. —Expresó tratando de defender a su amiga. —Pero debe tener algún motivo para actuar como lo hace, no se olvide de lo infiel que era durante nuestro viaje en busca de la Perla.

—Es raro, ha estado demasiado sensible en estos días. —La interrumpió él pero a la pelinegra poco le importó, estaba más ocupada divagando en las razones del comportamiento de la castaña que en los desvíos del tema por parte del pelinegro para no admitir su pasado. Vieron acercarse a la figura de la sacerdotisa mayor de la aldea que gesticulaba una felicidad y diversión extraña.

—Debe ser por su estado. —Le escucharon decir a la lejanía. Sus pasos eran lentos y acompasados como cualquier persona de su edad por lo que ambos decidieron caminar hasta ella para ahorrarle camino a la anciana y a ellos tiempo. —Es lo más normal.

— ¿Estado? —Preguntó la azabache, comprendiendo poco a poco a lo que se refería. Sin embargo no lo podía creer, estaba frente a un hecho que era el reflejo perfecto de la época antigua pero en la suya era casi ilógico. Bueno, la mayoría de las veces… — ¿Se refiere a que está…? —Compadeció a su amiga que no disfrutaría su juventud si se la vivía embarazada.

— ¡Seré padre otra vez! —Miroku empezó un baile que nadie comprendió, su cuerpo se retorcía como si quisiera quebrarse cada hueso de su columna. Nerviosas le sonrieron para no amedrentarlo en su felicidad. — ¡Quiero que esta vez sean trillizos!

—Tri-trillizos… —Susurró incrédula, ya tenía gemelas, un hijo y ahora esa persona deseaba trillizos. Sintió lástima por las mujeres de antes que vivían embarazadas, aunque para esa pareja en particular no fuera ningún problema y les trajera un mar de inmensa dicha. Por el dolor de esa época al momento del parto, no deseó para nada que ese sueño del monje se viera cumplido, de lo contrario aquella que cargaba los niños sufriría largo y tendido por varias horas sin la útil anestesia de los nuevos tiempos.

—No festejes tanto monje. —Habló la anciana Kaede para llamar la atención del lunático que ahora bailaba encima de un animal que arreaban unos viajeros.

El inocente ganado sufría de las patadas y pisotones del calzado de madera mientras sus dueños se mordían el labio y apretaban los puños para no golpear a una figura sagrada.

Casualmente la misma que días atrás en su aldea les cobró una cifra extraordinaria por un simple pergamino. —Primero debes convencer a tu mujer de que te permita verlos, a ella y a tu hijo.

El hombre frenó en seco, ocasionando un fuerte golpe en el costado del animal quien corrió dejándolo caer. Los dos aldeanos se alejaron burlándose y felices de que en algo sufría ese estafador.

Sin embargo para Miroku eso nada le importó con tal de ir corriendo a donde estaba su amada y explicarle a su mujer la verdad, a Sango quien estaba en espera de poder darle muerte con sus propias manos.

Después de unas buenas cachetadas, disculpas por las perversiones de su mano que seguía maldita a pesar del tiempo y finalmente un apasionado beso que las gemelas –las cuales habían llegado despeinadas y agitadas por alguna razón- animaron incluso con arroz que lanzaron al aire, todo entre ellos regresó a la normalidad.

Ya sólo quedaba Kagome y sus problemas con InuYasha.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Le costó mucho trabajo sacar a las pequeñas de su enmarañado cabello.

El por qué consistía en que ambas gritaban auxilio pero cuando las pescaba del borde del kimono tomaban un mechón y se abrazaban con fuerza para no ser arrojadas a un lado. Ellas acababan de encontrar un nuevo juego, mientras estaban ahí pintaron un cabello de color morado y propusieron que quien lo encontrara primero sin ser sacada ganaba.

Pero ninguna lo encontró porque, a costa de arrancarse algunas hebras, las tiró a un lado y se marchó sin contemplaciones. No estaba de humor para regañarlas, al contrario, era feliz. Tanto que los tirones no dolían y sus orejas inflamadas se movían ávidamente al compás del viento. La dirección a la que marchaba era precisamente donde detectó a Rin con su olfato, le urgía verla para empezar las clases de una buena vez.

Ella estaba en la sombra de un árbol dormida, con una pieza de tela de vivos colores sobre su mano izquierda que descansaba en el regazo y una sonrisa en el rostro. A su alrededor el aroma de su medio hermano le irritó la nariz e hizo una mueca de fastidio, ese objeto sobre sus manos debía ser un nuevo regalo de él. Se acercó para despertarla pero ella entreabrió un ojo sorprendiéndolo. —Sabía que no podía tardar tanto señor InuYasha. —Resopló algo somnolienta y volvió a cerrar su ojo.

—Así que no estabas dormida, mocosa. —A Rin no le molestó la forma en la llamó porque lo conocía, a decir verdad ese apelativo era como una muestra de afecto extraña proviniendo de él. Ella le sonrió para corresponder a su confianza y con su mano libre le instó a sentarse a un lado para comenzar con lo pendiente. —Bueno, yo…

—Por lo que veo le urge mucho decirle. —Él consintió con la cabeza, sonrojándose hasta la raíz del cabello anteriormente maltratado. Urgir era algo corto en el término que necesitaba para explicar su desesperación, si en ese mismo instante no conseguía desquitar un poco sus emociones juraba que se tiraría a un pozo lleno de agua, con una roca pesada amarrada al tobillo. —En realidad quería decirle dos cosas antes de iniciar.

— ¿Cuáles? —Rin bufó fastidiada y volvió a sonreír. La paciencia era una gran virtud que ella poseía… a veces. Pero necesitaba demostrarle a ese semi-demonio que debería intentar conocerla, eso facilitaría muchas cosas en su vida. Además de que estaba cansada y necesitaba dormir un poco por el desvelo que tuvo con su señor ayer. Y el rato que estuvo a su lado hace unos instantes.

—Bueno, ya son tres…—InuYasha la miró curioso y sin comprender demasiado. — Primero: sea paciente. Segundo: Yo podría darle una ayuda, más no puedo hacer mucho cuando usted lo tenga que hacer. Y finalmente el tercero: ¿Puedo hablarle de tú?

—De acuerdo, Rin. —No tenía problemas en que lo llamara de esa manera, aparte de conseguir una pequeña amiga incondicional por sus propios méritos fastidiaba a su medio hermano con compartir la atención de ella. —No garantizo lo primero. —La pelinegra quiso reír pero se contuvo de ello, la seriedad de su voz acallaba las sospechas de una posible broma. Su hermano postizo en realidad no aseguraba ser paciente, sería mejor adelantar las cosas para ayudarlo.

—Bien, iniciemos. —Se puso frente a él llevándolo al extremo del nerviosismo, temblando le hizo frente para prestar atención a sus instrucciones. —Míreme a los ojos imaginando que soy Kagome e intente decirlo.

—Feh. —Un suspiro pesado y luego a seguir ordenes. Se concentró en el color de ojos de Rin para imaginarse a Kagome, ya conseguido el tenerla cara a cara en su mente ahora venía que las palabras salieran por sí mismas. —Ka-Kagome… yo… —La imagen de la sacerdotisa llenó sus orbes de anhelo y los labios se le entreabrieron listos para contestar a lo que se supone diría. —Esto, yo… —Balbuceó de nuevo, los nervios crecieron cuando esa sacerdotisa se colocaba en cuclillas para estar cómoda. —Yo te… yo… Kagome…—Tanto InuYasha como Rin comenzaban a desesperarse, las palabras se atascaban en su garganta y no poder liberarlas le causaba la sensación de hiel recorriéndola. Poco a poco la ilusión que creaba de la azabache dejaba de mirarlo ansiosa. —Ka-Kagome…

—InuYasha, vamos… ánimo. —Susurró algo frustrada. Lentamente proseguía con la oración, pero casi al llegar al final retrocedió abruptamente. En verdad le costaría mucho esfuerzo decirlo. Rin comprendió que esto iba para largo.

—Antes… bueno, ahora yo… bueno tú… los dos… —La frase comenzaba a desarticularse y dejaba de tener sentido. Lo peor de todo es que las dos únicas palabras que importaban ya no tenían ni el mínimo rastro en las incoherencias que salían de los labios masculinos.

—InuYasha, creo que hasta aquí lo dejamos por hoy. —Le tomó por el mentón para hacerlo reaccionar, su cara estaba roja por completo y creía que en cualquier momento vería humo salir por sus orejas caninas. —Sin embargo debería practicarlo ¿De acuerdo?

—De-de acuerdo…—Balbuceó mareado, le parecía imposible que ni siquiera estando frente a otra persona que no fuera ella esa frase se negara a salir. Tantas veces que no medía sus palabras y ella le regañó, muchas ocasiones en que lastimó sin intenciones a las personas, en especial a ella, y esas dos palabras le eran negadas tanto como la posibilidad de ser feliz.

Sin Kagome no era feliz. Si la azabache le seguiría huyendo hasta que fuera capaz de confesársele

¿Ahora que haría? Definitivamente practicaría el resto de la vida, de ser necesario, sólo para lograr gritárselo un día. El mismo en que de seguro saldría corriendo a esconderse de la vergüenza apenas confesado.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Escasamente corría el mediodía y necesitaba perder tiempo; caminó rumbo al bosque para meditar tanto sus acciones como lo que le aguardaba en esa época. Ver la familia feliz que formaban Miroku, Sango, las gemelas, su hijo y él o los que venían le daba mucha envidia. —Hasta pensarlo parece un trabalenguas. —Suspiró exhalando ese sabor a derrota amarga que se condensaba en su paladar. Le gustaría algún día tener una familia igual de hermosa que llenara el vacío de alejarse de los suyos, obviamente con InuYasha.

Criar pequeños con orejitas tan adorables como las de su padre, incluso deseaba que heredaran absolutamente todo de él. Los ojos con vividas tonalidades del ámbar, su cabello con magnificas hebras de plata, la agilidad y fuerza de ese semi-demonio que amaba con todo su corazón.

Su mayor ilusión le arrancó una sonrisa como las que no demostraba en mucho tiempo; ahí estaba Kagome que seguía viva y alimentándose la esperanza de que llegará el momento cuando ambos puedan declarar sus sentimientos y decidan llevar su relación más allá de lo actual. Algo más romántico y comunicativo.

¿A dónde había ido su fortaleza? Siempre la consideraron una chica valiente e intrépida y actualmente se la pasaba llorando por cualquier cosa hasta el punto de huir siempre. Kagome Higurashi no era así, cambió mucho en esos tres años.

Se suponía que ahora era más madura y ciertamente la separación le ayudaba a creer en el futuro. —Desde hoy… —Levantó sus manos en puño, mostrando su actitud decidida. —No importa lo que pase no me dejaré vencer, y si ese tonto de InuYasha nunca se me confiesa no me importará, seré feliz por estar a su lado.

Quería convencerse a sí misma aunque no dejaba ese pesar de lado. Cada palabra era cierta, tenía que aprender a disfrutar lo que poseía ahora y no añorar algo que sería bienvenido si sucedía, de lo contrario no debería sufrirlo. Aunque pensarlo y llevarlo a cabo eran cosas tan distantes; su corazón parecía dolerle, se apretó el pecho con la mano derecha para intentar apaciguarlo.

Tomó asiento sobre el césped del bosque y encontró a su lado unas hojas filosas que se veían hermosas, le atraían a tocarlas y cortarse con el delgado borde de la hoja verde que fácilmente pasaba por pasto.

Unos días atrás recordaba haber visto una hoja parecida y jugar con ella entre sus manos hasta cortarse, la pequeña cicatriz en su dedo meñique lo demostraba.

Siguió delineando la hoja hasta el atrayente filo se hundió en su carne, provocando un corte más o menos profundo. —Auch…—Exclamó suavemente; pero una repentina opresión en su pecho le hizo olvidar la diminuta herida, ¿Tan triste se sentía por su situación?

No, aquello dolía, en verdad le lastimaba, tanto que comenzaba a creer que no era una simple sensación de tristeza. Se abrió la tela de su hakama blanco y en el medio de su pecho se formaba una especie de tatuaje que simulaba a la Luna Nueva. Quemaba su piel cuando intentó palparlo con la mano, la cabeza le daba vueltas y el cuerpo se sintió muy pesado. Perdía lentamente la noción de su alrededor hasta que cerró sus ojos dejando caer su figura al suelo del bosque.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Abrió pesadamente los ojos tratando de enfocar su alrededor, el color café de la madera y el aroma de alguna comida hirviendo al fuego le hizo instar que estaba en una cabaña, quizás en su casa. Sin saber el motivo era consciente de que algo faltaba a su lado, como si se acabara de retirar repentinamente; era una especie de calor absorbente y reconfortante que le brindó tranquilidad durante su sueño.

Un suspiro escapó de sus labios cuando recordó lo que sucedía. Estaba caminando al medio día en el bosque para perderse por un rato, luego se cortó y un dolor incomprensible se adueñó de su cuerpo haciéndola caer en la inconsciencia. Una persona la debió haber encontrado y llevado hasta un lugar seguro sin el valor de abandonarla en el bosque. Necesitaba agradecerle a esa persona.

Se inclinó en su sitio siendo víctima inmediata de los mareos, nauseas y escalofríos correspondientes a su estado de convalecencia. Su visión, borrosa por instantes, enfocó a una silueta de cabellos argentados que momentos antes parecía dormir ligeramente por velar su salud y sueños. Lo reconoció como InuYasha lo que no pudo evitar arrancarle una sonrisa de oreja a oreja, él estaba a su lado como siempre cuidándola de todo peligro, ¿Quién más que ese semi-demonio para encontrarla? —Tú me…

—Rayos, duérmete de nuevo que estoy cansado…—La interrumpió bruscamente provocándole enfado; su voz no fue dura pero tampoco cortés lo que decepcionó a la sacerdotisa de gran manera. Cada acción que realizaba ¿Por qué siempre las estropeaba con sus palabras? Deseaba que se quedara callado por una vez en la vida.

—De acuerdo. —Atinó a contestar con su voz quebrada, no quería llorar y que la volviera a regañar por hacer algo así. Tan sólo se giró en su sitio para volverse a recostar y taparse de nuevo con las sabanas, necesitaba fingir por un rato que se quedaba dormida para poder salir y llorar a gusto en las lejanías. No contó con que al cabo de unos quince minutos unos pasos sobre la madera se acercaban hasta ella y el cuerpo de un hombre se posesionara egoístamente de su silueta.

—Creí que me descubriría…—Murmuró quedamente mientras se acomodaba de nuevo entre las sabanas. —Tonta, no sabes lo que me asusté cuando detecté el aroma de tu sangre. —Kagome no entendió a que se refería por lo que siguió haciéndose la dormida entre sus brazos. —Si se entera de que la tuve abrazada toda la noche seguro me mata o algo peor, no puedo quedarme dormido de nuevo…

—InuYasha…—Balbuceó contra su pecho sonriendo feliz, arrancándole un furioso sonrojo que le hizo quedar petrificado por segundos.

La observó de reojo cerciorándose de su estado, parecía seguir durmiendo tranquilamente; relajó su cuerpo y suavemente se dejó atrapar e internar al magnifico mundo de los sueños, uno donde era capaz de decir lo que quisiera libremente. Kagome había logrado engañarlo, cuando éste quedó dormido se dispuso a contemplar su perfil de medio lado que enmarcaba una tenue sonrisa.

A veces podía ser tan imbécil ¿Cómo creer que ella lo asesinaría si la abrazaba? Era algo de lo que más deseaba, junto con su declaración. Su cabeza fue venciendo el soporte de su mano y contra su pecho descansó, tranquila de saberse protegida, amada y sobretodo ilusionada; no importaba ya que pasara al día siguiente, sólo con que estuvieran juntos todo estaría bien.

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Se frotó los ojos somnolientos con el dorso de su mano; cuando volvió a despertar en la mañana no lo encontró por ningún lado y eso le estimuló la tristeza de la que era presa las últimas semanas, días, noches y segundos…

En ocasiones que a su mente llegaban las evocaciones del pasado recordaba aquél juego de niños que tanto odiaba porque le hacían burla con su nombre. Tanto antes como ahora se sentía plenamente identificada; ella era como la gaviota cautiva de la que siempre cantaban, por más que quisiera escapar la vida le cerraba las puertas y ventanas confabulándose con el destino que le comprimía su espacio vital hasta hacerlo justo a sus medidas. Asfixiada con la nula libertad que sentía adherirse a su piel para apresarla.

Sacudió la cabeza para deshacerse de tantas ideas absurdas ¿Por qué siempre sentía todo el mundo en su contra? Requería dejar de suponerse la peor situación de todo o finalizaría como una psicópata que en el pueblo les diera por linchar…— ¡No! ¿Ahí va mi imaginación otra vez? —Desesperada se cuestionó de haber reincidido en lo que se supone no debía hacer, dejar volar muy alto a su imaginación. —Eres desesperante, Kagome Higurashi…—Parecía una discusión interna. Ya puesta de acuerdo consigo misma, ahora debía retomar otro tema para no estresarse.

Entre tantas cosas vino la imagen de esa noche cuando se cortó con la hoja filosa de una hierba y luego el corazón le oprimió. Abrió un poco su hakama blanco para vislumbrar el tatuaje de Luna Nueva, aprovechando que estaba sola. Efectivamente la marca de una Luna casi completamente oscura, exceptuando una delgada línea blanca naciente, que se extendía justo a la mitad del valle entre sus senos y laceraba al contacto de sus dedos.

Examinándola con detalle le recordaba algo que le mencionó la anciana Kaede cuando le daba sus enseñanzas para ser una verdadera sacerdotisa de la época, algo sobre una hierba con nombre relacionado a la Luna. Esa tarde se aseguraría de ir a visitarla para preguntare que era esa marca, no fuera que resultara peligrosa y ella de tonta, por jugar en el bosque, lo provocó. InuYasha seguro la mataría por ponerse en peligro, claro, después de saberla curada.

Tan concentrada estaba que no se percató de un semi-demonio completamente colorado que desviaba la vista inmediatamente para ser respetuoso… Aunque por dentro se golpeara de no aprovechar la oportunidad. Parecía haber sido invocado por su mente, siempre estaba ahí en las situaciones más injustas para la sacerdotisa. —Ka-Kagome…—Carraspeó para atraer su atención, cosa que consiguió al instante en que ella se dio media vuelta apresurada en subirse la ropa. —Perdón, fui por algo para comer y yo no…

—No te preocupes. —Se escuchó triste ¿De qué? Se preguntaba en su mente él. La estaba respetando, muy a su pesar, y se preocupaba tanto que incluso iba por comida para ambos. Aún cuando ella no diera el menor indicio de querer verlo. —Yo sé que tú no querías…

—Come para que te recuperes. —Le lanzó unas cuantas frutas y alimentos que le hicieron agua la boca, completamente ajeno al doble significado de esas palabras. —Iremos con la anciana Kaede para que te revise. —Ordenó originando el despertar de la ira latente en sus venas, ¿Quién se creía para ordenarle? Nadie, eso era, nadie porque él muy estúpido no tenía el valor de declararse. Era cierto que lo mismo planeaba ella pero el que se lo ordenara, o más bien, el hecho de que él no quisiera ni tocarla lastimaba su orgullo.

— ¿¡Y quien te crees que eres para darme ordenes?! —Espetó furiosa, los resentimientos volvían a ocupar su lugar frente a la melancolía. El odio y rencor son sentimientos que surgen con mayor facilidad en la frágil humanidad que el cariño e incluso el amor. Contra ellos, un amor implícito que no recibía el menor cuidado de ambas partes no podría hacer frente.

— ¿Qué quien soy? —Escupió furioso. —Eso deberías decírmelo tú. En tu maldita vida no significo algo más que problemas y peleas que ni siquiera entiendo… No sé quien eres desde que volviste de tu época.

— ¡Pues no sabes cuanto me estoy arrepintiendo de ello! —Rabiosa se le echó en cara e inmediatamente se arrepintió. A veces lo pensaba, lo soñaba ¿Qué sería de ella si nunca hubiera regresado? La respuesta llegaba contigua a la pregunta, sin haber vuelto su vida sería un infierno. Prefería mil veces pasar el tiempo a su lado aún sin un cambio en su trato que añorando los días en que le decía tonta o le sonreía con arrogancia. Su mano se dirigió sola al frente para tratar de alcanzarlo pero él dio un paso atrás. —InuYasha, yo…

— ¡Yo no te obligué a volver, te dejé en tú casa y quisiste regresar! —El golpe bajo que recibió era determinante en su orgullo, si ella se arrepentía tanto él se lo haría aún peor. —Tonta humana, tus miserables emociones me están volviendo loco. —Su voz apagada hirió a la azabache que sólo se mantuvo en pie para escuchar el resto de reclamos. Se lo merecía, eso y mucho más por hablar sin pensar. —A veces me sonríes, me gritas y me miras con decepción sin decirme por qué. Eres un maldito fastidio…

—InuYasha… —Cada palabra le hería, en su mente se aferraba a la idea de que la rabia y humillación hablaban por él, sin embargo eso no amenizaba la mirada tan fría y despiadada que clavaba en sus orbes. —Perdón, yo…

—Cállate, no me importa escuchar tus razones ahora para odiarme…— El escozor de esos orbes canela pasó desapercibido hasta que empezó a derramar las detestadas lágrimas, no quería seguir pero ya era tarde para detener el torrente de palabras que se mantenían en su garganta. Si la hería ahora se arrepentiría después porque ahora las emociones estaban dominando su lengua.

—Yo no te odio, yo te…

—Vamos con la anciana Kaede para que te revise. —Sentenció con semblante serio. Nunca en su vida había observado tal faceta de dureza y crueldad enmarcada en sus facciones varoniles, le inspiró absoluto miedo y preocupación; quizás aún no lo conocía tan bien como decía hacerlo.

—No iré…—El ambarino no se movió de su sitio, estaba desconcertado. Estaba seguro de que aunque ella se molestara acataría su orden si se mostraba tan severo; en realidad ¿Cómo no estarlo? Estaba herido más que en su orgullo, en el corazón. Había realizado ridículos esfuerzos frente a Rin para ahora descubrir que ya era odiado y de la manera más cruel. La vio ponerse seria y sentenciar algo que le resultó demasiado cruel. —No me siento segura de ir con alguien que no conozco…

OoOoOoOoO

N/Kou: Brrrr… Lo prometido es deuda (Y yo ya tengo muchas) actualización el lunes y mis manos están heladas… Además de junté dos capítulos. Dios, odio estar resfriada y con clima de cinco grados… ¡Además se cae el internet! Supongo que la próxima será el viernes igual, pero no sé si tardarme más ya que tengo unos asuntos y esta vez casi no hay comentarios (Que chantajista suena eso xD) Sí, será el viernes y dependiendo de como vea la respuesta en este cap puede que hasta el jueves e.e Sean felices por siempre (?) ¡Besos de galleta!