Capítulo 2
Primeras veces
Draco sufría una pequeña crisis.
—¡Bastardo!
Una muy pequeña.
—¡Hijo de puta!
Otro golpe a la almohada. O había sido una almohada en un comienzo. Cuando las plumas yacían en el suelo de la enfermería desparramadas por doquier, le siguieron las cortinas, ahora completamente reducidas a tiras, después los frascos llenos de pociones sanadoras (Madame Pomfrey no iba a estar nada feliz), que yacían esparcidos por el suelo, hechos añicos.
Y de a poco, la enfermería de Hogwarts se reduzco a la completa destrucción.
Jadeando, y con el corazón en la garganta, se tiró de cabeza en lo que quedaba de la cama, con las sábanas despedazadas, dando gritos ahogados y pataleando.
Dios, que bien se sentía.
Lo había querido destruir todo, tal como él mismo se sentía. Quería romper y arrojar cosas, para que queden irreparables. Así como se sentía.
Irreversible.
Sus ojos estaban secos. No había rastro de lágrimas ahí.
Pero quería, Merlín, ansiaba tanto llorar.
Su cuerpo temblaba. Todavía se sentía débil y las cicatricen no sanaron por completo.
Claro que con el escándalo que había hecho, si bien una parte dentro suyo lo agradecía, pues no tenía otra forma de descargarse, había una pequeña y diminuta parte de él que no estaba de acuerdo, que le decía que estaba perdiendo la cabeza.
Últimamente la dignidad no suele estar de acuerdo con él.
— Emm, ¿quieres helado?
Supo al instante en que había formulado la pregunta que nunca debería haberla hecho.
Malfoy no lo miró como si quisiera aniquilarlo, ni con odio, ni con rencor, ni con la ironía que solía caracterizarlo en sus años de estudios.
Sólo lo miró.
Así de simple.
Y Harry se quedó tan anonado, que no pudo articular palabra durante unos minutos.
Se sentía ridículo, ahí, con el pote gigante de helado en una mano, mientras Malfoy lo miraba sin expresión, tal vez un poco sorprendido, pero ni siquiera había un mínimo sonrojo en sus mejillas. Nada.
Y eso que acaba de presenciar una especie de ataque, que, siendo sinceros, lo había dejado completamente desconcertado.
Porque la enfermería no sólo estaba destruida, estaba completamente molida. Como si un tractor hubiera pasado por ahí.
Las cortinas blancas yacían ahora medio rojizas porque a Malfoy se le había salido el vendaje de las manos, y parecían puras tiras, la cama en donde Harry solía dormir estaba dada vuelta, rota a la mitad, con las sábanas también rotas.
Y Harry había visto cómo Malfoy lo destruía todo.
No podía negar que estaba un poco asustado.
Y en todo el historial que había tenido con Malfoy nunca, pero nunca había estado asustado. Porque sabía que era más fuerte, o por lo menos, no tenía la necesidad de temerle.
A Harry le asustaba la tristeza de esos ojos grises.
¿Dónde estaba esa seguridad con la que se fanfarroneaba?
¿Qué fue lo que lo dejó en tan grabe estado?
¿Qué era ese desequilibrio que veía en sus ojos?
La primera vez que Harry observó el rostro de Malfoy que no llevaba ningún matiz de malicia o vanidad, de hecho, no llevaba casi ni matiz de lo pálido y demacrado que estaba. Fue casi a principios de verano. Lo vio cuando ingresó a la enfermería ese 14 de julio, sangrando a enormes cantidades, con el rostro deformado, el cuerpo flácido siendo arrastrado a una camilla.
Madame Pomfrey parecía al borde de una histeria, que supo contener y trabajar lo antes posible.
El cuello, antes pálido y suave a simple vista, ahora lleno de suciedad y sangre, parecía ser el más afectado de su cuerpo.
No había podido quitarle la vista desde que llegó.
Es que Harry no sabía que pensar.
¿Qué se suponía que debía pensar?
Su pecho se removía inquieto. Las distintas emociones lo traspasaban. Indudablemente, incapaz de seguir negándoselo, después de esas semanas, en las que él también estaba atado a la enfermería, se dio cuenta de que sentía cierta impotencia, curiosidad, mezclado con instintos de protección.
La imagen era chocante.
Harry se había pasado seis años tratando de evadir el enigma que era Draco Malfoy, tratando al mismo tiempo de averiguarlo, de descifrarlo.
Porque no entendía.
Y si bien Harry no entendía muchas cosas, Malfoy parece ser siempre la única excepción a todas las reglas.
Dumbledore le había dicho que Malfoy estaba sufriendo un pequeño desequilibrio. En otras palabras: que se estaba volviendo loco. O algo así, al menos él lo había interpretado de esa manera.
Harry era despistado, un poco tonto a veces, y se dejaba llevar fácilmente por los sentimientos, pero no era estúpido, y mientras veía los huecos e inexpresivos ojos grises, se daba cuenta de que Dumbledore no estaba tan errado como había pensado.
— ¿Helado? —su voz, siempre tan característica y arrastrada, había salido ronca y un poco oxidada, como si no hubiera hablado por meses, es que así era. Malfoy había estado al lado de su camilla durante todo ese tiempo, en silencio. Ignorándolo.
Harry nunca se había dado cuenta lo mucho que odiaba ser ignorado.
Al principio pensaba y reafirmaba en su cabeza una y otra vez, que prefería estar solo, en un momento como este, que no quería a sus amigos diciéndole que todo iba a estar bien, con las mismas miradas de lástima en el rostro.
Que quería estar solo. Llorar solo. Esconderse bajo la almohada y no salir.
Que prefería que Malfoy no lo esté molestando con las mismas ridiculeces de siempre.
Pero el silencio que Malfoy le entregaba era insoportable.
No es que Harry no sepa estar en silencio, había pasado técnicamente toda su vida en silencio, pero no discutir con Malfoy y encima estar en la misma habitación, era casi un sacrilegio.
Le agarraba una especie de esquizofrenia.
Se había sentido vacío, se había sentido culpable (sí, tal vez demasiado culpable), había llorado, y se había auto compadeciendo a sí mismo hasta el cansancio.
Pero todo lo que necesitaba era una pelea con Malfoy.
Quería algo rutinario. Algo que le diría que todo seguiría normal, como siempre, que porque su mente se esté derrumbando silenciosamente no significaba que el mundo a su alrededor se iba a caer también.
—Sí, de esos que comes con cuchara, dulces, fríos, no sé si te suenan—le respondió Harry con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Bien—susurró bajito, evitando su mirada, mientras Harry lo observaba con curiosidad.
Incómodo, Harry se movió hasta llegar en la cama destrozada de Malfoy, se sentó con piernas cruzadas, puso el helado en medio de ellos y le pasó una cuchara.
Draco lo miraba como si no lo entendiera, como un niño perdido que se calló del columpio y le sangraba la rodilla, como…como cuando Harry perdió la única esperanza.
También una parte de la mirada gris reflejaba incomprensión, como si Harry estuviera completamente loco.
Pero Harry sólo le respondió una sonrisa triste.
Porque, ¿qué le podía decir?
Malfoy entendió.
Y eso era lo que estaba buscando. Aunque no lo supiera con exactitud.
—Sólo hay una cuchara.
—Sí. Kingsley me hizo un favor y se fue a buscar al mundo muggle mi helado favorito. —No sabía qué había estado esperando, seguramente que se burlara, o que lanzara un soplido despectivo, pero Malfoy lo seguía mirando con la misma mirada perdida y el rostro inexpresivo. Harry quería cambiar su expresión y la horrible sensación de opresión en el pecho que le producía mirarlo y comprarlo con lo que había sido.
—Pero antes—se interrumpió—, hay que curarte esas heridas.
Estaba un poco sorprendido de sí mismo, pero no le apetecía comer su helado favorito de chocolate al pino y frambuesa mirando como Malfoy se desangraba.
Los ojos grises se abrieron de sorpresa.
Harry no esperó su reacción, porque sabía que alguno de los dos se arrepentiría, asique se encaminó hacia el botiquín de emergencias que le habían dado, ya que Madame Pomfrey debía de estar durmiendo y los guardias en la puerta no iban a salir de su puesto por nada del mundo, sobre todo si se trataba de Draco Malfoy, hijo de un mortífago encerrado en Azkaban. Aparte, estaban para cuidar a Harry, él dudaba mucho que quisieran ayudarlo con una pequeñez como poner las vendas en su lugar.
Y puede que él quisiera. Que en realidad quisiera curarlo. Incluso aunque no supiera por qué.
Sin mirarlo a los ojos y con un sonrojo desde el cuello hasta las orejas, empezó a quitarle las vendas las vendas que se estaban soltando de su brazo, mientras lo sostenía.
Por poco y no le temblaban las manos.
Su corazón no estaba ayudando, palpitando de esa manera tan acelerada.
Las heridas se le estaban curando, pero incluso con las pociones que veía que tomaba cada noche, los brazos aún estaban llenos de cicatrices.
Frunció el ceño.
Si así estaban casi curadas, no quería ni imaginarse en qué estado habían estado antes. Y apenas iba viendo el brazo derecho.
Permanecieron en silencio hasta que con suavidad (una suavidad que desconocía de alguien tan torpe como él), le vendó el brazo, empezó a quitarle las vendas al izquierdo, que, horrorosamente, se veía peor.
— ¡Ay! —chilló Malfoy.
—Lo siento. Pero te va a doler de todas maneras. Esto es todo menos un brazo.
Harry abrió grande sus ojos, y miró alarmado a Malfoy, que se rio un poco y agachó la cabeza al instante.
Una risa de verdad.
No de burla, no sarcástica ni cínica. Una pequeña risa.
Ahora el corazón de Harry no paraba de latir.
¿Qué mierda estás haciendo?
Había una parte de él, el Draco de antes que seguía los pasos de su padre mientras era convertido en una mala imitación de lo que se suponía que debía ser, que no paraba de gritarle.
De decirle que estaba hablando con un mestizo, con la supuesta persona que odiaba hasta la muerte, que detestaba no sólo porque debía detestarla, sino porque lo había rechazado.
Y por una parte sabía que tenía razón.
Y el por qué estaba sentado con la bata de hospital más barata, transparente y muggle, mientras Harry Potter le curaba las heridas que había provocado la gente con la cual debía luchar junto a ellos, gente como su padre; después de una crisis que acaba de tener, que llevó a toda la enfermería a la destrucción.
La respuesta era tan simple, que a Draco le daban arcadas: es que en realidad Potter le agradaba.
Siempre le agradó.
Tal vez, ese era el problema.
Potter le agradaba demasiado.
Le gustaba su cabello negro y revuelto, la manera nerviosa en que había sostenido su brazo, y cómo sentía que en donde lo había tocado quemaba, su estúpida sonrisa de idiota y esa manía de complejo de héroe que tenía, que era la razón de que estuviese haciendo todo eso.
Porque no había otra razón.
Y Draco entendía.
—Bueno—empezó—, tus brazos ya están, m-me falta…tu, eh, pecho.
Se veía abochornado y mucho más avergonzado que antes, e intentaba esquivar su mirada. Parecía como si buscara una especie de aprobación.
—Eh, sí, claro, no hay problema.
Potter tomó una gran bocanada de aire y con manos temblorosas empezó a quitar la venda suelta de su pecho.
—Esto se ve fatal—susurró más para sí mismo que para Draco, mientras sacaba una crema mentolada.
Con los ojos entrecerrados, con una pequeña ranura de matiz verde, y suma concentración empezó a esparcir la crema verde en las heridas que se habían abierto.
Draco jamás lo había visto así. Determinado sí, pero nunca con esa paciencia casi sumisa rozando delicadeza.
Potter y delicadeza no iban en la misma categoría.
Intentaba disimular que su respiración se agitaba al verlo, y observar y sentir los callos en sus dedos mientras rozaban su sensible piel.
Luego, minutos u horas de agonía en las que Draco sufría mirándolo embelesado, cuando ya había terminado de cambiarle las vendas del pecho, levantó sus brillantes ojos verdes y lo miró satisfecho, con media sonrisa asomando sus labios.
Y eso que había estado casi tan desanimado como Draco desde que lo vio en el hospital la primera mañana que despertó.
Cuando la comprensión llegó a su mente, Draco sonrió.
—Te gusta.
— ¿Qué? —preguntó alarmado, mirándolo como si hubiera descubierto un gran secreto.
—Te gusta que te necesiten—. Tal vez Draco lo miró tan intensamente que Harry no podía apartar la vista de él, porque había dado en el clavo.
—N-no lo sé. Nunca lo había pensado de esa forma.
—Yo tampoco.
—El helado se va a derretir.
— ¿No le echaste un hechizo de congelamiento? —elevó una ceja. Aunque Draco sinceramente no sabía si existía uno. Nunca lo había necesitado, siempre alguien lo hacía por él.
— ¿Quién se supone que soy? ¿Un elfo doméstico? —sonrió divertido.
—Buena respuesta, Potter.
Draco agarró la cuchara, con una sonrisa en los labios bailándole, y probó—con mucha desconfianza reflejada en el rostro mientras Potter rodaba los ojos— el primer helado muggle.
La verdad es que no se suponía que estuviera tan jodidamente delicioso, ni que comiera tan rápido que su cabeza se congelara, mientras Potter lanzaba carcajadas y Draco se mordía el labio para no sonreír.
Entre los dos se comieron todo el helado, que debía ser por lo que Potter le dijo, un kilo; a Draco realmente le gustaba.
El helado por supuesto.
Ya no le dolían tanto las cicatrices ni las quemaduras, salvo los cachetes por tanto evitar una sonrisa y un poco su cuello, pero era un dolor insignificante.
Porque Potter y un helado era lo único que había necesitado para sonreír.
Incluso aunque Potter lo hiciera sólo por su complejo de héroe (pero no pena, Draco aceptaba muchas cosas, pero nunca pena), y que para que eso sucediera él había entrado en una pequeña (está bien, tal vez no tan pequeña crisis) y destrozado la enfermería y ahora los dos yacían con los estómagos llenos, las mejillas incendiadas y sonrisas idiotas en la cara.
Era como si todo se disolviera, como el líquido de un recuerdo. Draco nunca se había parado a pensar en cómo iba a ser su futuro, pues ya lo sabía, su vida estaba agendada, calculada y exactamente medida.
Iba a ir a Hogwarts, entrar obviamente en Slytherin, gobernar Slytherin, casarse con una linda chica sangre pura, tener un heredero, seguir con las empresas Malfoy y hacer que la fortuna se agrande.
Básicamente, seguir los pasos de su padre.
Draco era lo predecible de lo predecible.
Aunque había intentado convencerse de que eso era lo que quería, sus gustos eran muy diferentes comparado con lo que quería el estándar de la supuesta perfecta sociedad mágica.
—Tenemos que arreglar la enfermería antes de que llegue alguien—dijo mirando a su alrededor.
—Lo sé.
—Bueno, pero con la varita lo reparamos todo, no te preocupes.
—No. Hay cosas que son irreparables. No importa cuántas veces lo arregles, incluso con la varita. Las cosas no volverán a ser como antes.
Y cuando Harry lo miró, fue como si lo mirara por primera vez.
