Capítulo 7

Mudo

«No rompas mi corazón esta noche, no tengo otro de repuesto».

El medimago, uno de los tantos que le habían aconsejado, le dijo que Draco debía estar en continua observación, que debía de ser muy cuidadoso, y que por una semana no podría articular palabra alguna.

Lo que significaba que tendría que cuidar—mucho más de lo habitual— al pomposo de Malfoy, lo cual le venía bastante bien si quería averiguar más cosas sobre él.

Pero también significaba que no podía hacer magia. Y cualquier Malfoy sin magia era un suplicio. Era de terror.

Habían pasado por lo menos unos veinte minutos y Harry ya quería tirarse de la Torre de astronomía.

Es verdad, al principio fue un poco incómodo, Draco estaba avergonzado de aquel ataque, sus mejillas sonrosadas y su mirada evasiva eran prueba de ello. No entendía qué diferencia había entre la primera vez que lo encontró destrozando la habitación de la enfermería, con una especie de ataque de epilepsia, o lo que fuera. Pero no parecía contento con que Harry lo hubiera presenciado.

Pero Harry había relajado el ambiente diciendo que ahora podría burlarse de Draco sin que intervenga con sus repuestas ácidas, Draco había sonreído apenas, pero lo había hecho, y eso contaba para Harry.

Al parecer la cicatriz en el cuello de Draco—esa que tanto se empeñaba en esconder— estaba dañando sus cuerdas vocales más de lo debido. Algo que había dañado los filamentos de no sé qué, y que requería de un cuidado excesivo para evitar que se dañen aún más, a tal punto de perder por completo la capacidad de hablar. Cosa que ponía lo ponía de los pelos de punta. Era escalofriante.

Harry no se imaginaba a nadie capaz de generar un daño tan profundo como para quitarle un elemento tan importante. Cuando se ponía a pensar en la persona que le había generado tanto dolor a Draco de esa manera, cuando pensaba en los gritos que debía de haber producido, sentía un odio profundo calarle los huesos.

El punto era que tenía que tenía que reposar absolutamente su voz y no podía, de ninguna manera, hablar por los próximos siete días. Y se comunicaba con Harry a través de un pergamino. Él le había sugerido que aprenda a hablar en señas. Draco le había mirado como le hubiera contado que un hipogrifo le propuso casamiento.

De ninguna jodida manera, ¿quién te piensas que soy? Estúpido mortal. No voy a aprender ese código solo por una semana.

Esa fue la respuesta escrita en el pergamino, que en forma de pelota, se la había lanzado por la cabeza.

Que boquita caliente que tenía.

Y sí, literalmente la tenía. Sus labios, siempre rosados y finos, estaban rojos como una manzana de tanto mordérselos, se estaba conteniendo terriblemente de dirigirle comentarios mordaces.

Definitivamente merecía ser lamida…

¡Un momento! ¿Qué incoherencia acaba de pensar?

Estoy aburrido.

Garabateó Malfoy en su pergamino, con cara de "Voy a Molestarte, Potter, Y Nada Impedirá lo Contrario", estaba acostado en su cama, y Harry al lado suyo, leía una revista de Quidditch.

— ¿Y qué quieres que haga? —preguntó con irritación, aunque no negaría que verlo dependiendo de él, lo enternecía de una manera retorcida— No tienes permitido salir. Reposo absoluto.

Diviérteme.

Escribió, ignorando deliberadamente las últimas palabras.

Yo podría divertirte de lo lindo, Malfoy, pensó fugazmente, negando al mismo tiempo la cabeza, intentando que esos pensamientos desaparecieran.

—No soy un maldito bufón—Draco rodó los ojos y resopló bien alto—. Aparte está prohibido que salgas de la habitación.

sin tu autorización.

Malfoy le sonrió maliciosamente.

—Oh, no. No. Y no—negó rotundamente Harry—. Por supuesto que no—agregó.

No seas aguafiestas, mi querido Héroe.

Harry lo fulminó con la mirada.

—Eres mi responsabilidad—Draco parecía estar haciendo un esfuerzo enorme para no poner los ojos en blanco—. No puedo dejar que corras ningún riesgo. Me pusieron a cargo, y mi respuesta es NO—una luz se le prendió en su cerebro y murmuró: —. A menos que vallamos a ver a los unicornios.

Pudo sentir como el cuerpo de Draco se tensaba como un arco.

A Draco no le gustaba hablar del tema, pero, por alguna razón, se negaba rotundamente a ir a ver a las maravillosas criaturas.

Harry no sabía a qué exactamente le tenía miedo. Si al bosque en sí, aunque parecía como si les temiera a ellos, a los unicornios. Era surrealista, es decir, todos aman los unicornios. A Harry le encantaba ir a verlos, algo dentro suyo se calmaba inexplicablemente, y se dejaba llevar por los pensamientos mientras los acariciaba.

Pero estaba claro que no sucedía lo mismo con Draco. La sola mención de ellos, hacía que frunciera el ceño, evadiera su mirada y cambiara de tema. Era casi lo mismo que sucedía cuando le preguntó por la herida en su cuello, solo que en esa ocasión fue infinitamente peor.

Todavía puede recordarlo con claridad, ambos estaban cenando, y él le había preguntado, casi de manera indiferente, por qué no se quitaba la venda de su cuello. Y Draco había dejado caer su cubierto, provocando que el sonido chocando con el plato de plata haga estruendos en sus oídos. Draco se había puesto blanco, tenía los ojos abiertos y desorbitados, Harry supuso que estaba recordando, pero Draco solo se había levantado y se marchó a la cama sin decir una palabra.

A la mañana siguiente fue como si no hubiera pasado nada.

Y Harry solo se confundía aún más que antes. Draco se había convertido en un rompecabezas roto e incompleto, y él, sinceramente, no sabía ni por dónde empezar.

El accidente a principios de verano, la cicatriz en su cuello, los unicornios, Voldemort, los padres y su antigua rivalidad, eran cosas como tabú. No se mencionaban y listo.

Eran cicatrices que se podían abrir continuamente, que dolían, pero las ignoraban, aunque eso no solucionaría nada. Era, también, un buen método para evitar una pelea, un confortamiento, para mantener la calma y el orden. Nada más.

No. Pero podríamos hacer otra cosa.

Harry suspiró.

Ya se lo esperaba, pero por lo menos había intentado. En algún momento tenían que ir. Harry sabía, era su instinto el que le decía, que era esencial que fueran.

—Está bien—la cara de Draco se iluminó y Harry sintió su estómago retorcerse de forma deliciosa—. Pero solo recorreríamos Hogwarts, voy a intentar convencer a los Aurores si nos dejan salir de acá. Eso sí, date una ducha que apestas a médico.

Malfoy sonrió.

Como si tú, Potter, fueras la reencarnación de la limpieza.

Harry le sonrió de vuelta. Y se dio cuenta que eran esos momentos los que más disfrutaba, cuando se sonreían de verdad, como si todo estuviera bien, como si una burbuja de cristal se instalara entre ambos, mientras que él era incapaz de ver algo más que esa sonrisa, por lo general débil, pero sonrisa en sí. Aunque por lo que podía ver, la sonrisa de Malfoy era tan grande que podría contar todos sus perfectos y blancos dientes.

Luego su vista se desvió enfáticamente hacia el trasero de Malfoy que se estaba reincorporando yendo directo hacia el baño. Sus piernas blancas eran estilizadas y delgadas, junto con su espalda, que podía observar como sus músculos del omóplato se movían y hacían bailar el tatuaje del dragón. Casi ni notó cuánto había adelgazado, comparado con el año anterior.

Harry no entendía por qué Malfoy odiaba tanto esas batas muggles.

Él sentía que las adoraba.


Se quitó esa estúpida bata prácticamente transparente, con una abertura en la espalda y un material más falso que el dinero de un Weasley. Aparte le daba un frío de hostias cada vez que salía de su cama. Esperaba, y se aferraba con todas sus fuerzas, que Potter no halla visto su trasero huesudo.

Antes había estado orgulloso de su aspecto, como también había estado orgulloso de su estatus, su dinero, su sangre. Ahora se avergonzaba.

Se avergonzaba de todo.

Antes, había una parte desesperada de sí mismo, que había insistido, que había luchado por seguir siendo el chico narcisista y falsa imitación de su padre. Ese chico que fingía que su vida era perfecta, que él estaba bien y todos estaban mal. Esa parte había desaparecido hacía tiempo.

Ya no podía fingir, porque había despertado, había mirado el mundo con otros ojos, como un espectador, y se dio cuenta del papel patético que representaba, y de lo inservible que era.

De alguna manera, era como si el peso de toda su familia hubiera recaído en él, y por momentos, casi podía imaginar a sus antepasados riendo y revolviéndose en sus tumbas.

Se miró en el espejo, completamente desnudo. No sintió asco, ni repugnancia, era su cuerpo después de todo (había cosas que nunca se olvidaban, y que su mente, alma y cuerpo decidieran desequilibrarse no cambiaba el hecho, de que, fue criado como un Malfoy) tal vez se sentía insatisfecho. Como cuando la primera vez que se había masturbado, tiempo después se había preguntado por qué no la tenía tan grande como el chico de sexto año que había ido a mear en la mañana, mientras él se abrochaba los pantalones, sintiéndose relajado, y después de ver su "paquete", había fruncido el ceño y por un momento, se había preguntado qué iba mal con él. Porque, por supuesto que también quería tenerla grande, debía de ser un error.

Luego, sintiéndose absolutamente tonto y atolondrado (sentimientos en él que no solía albergar por sí mismo, para algo estaban los Gryffindors), descubrió que tenía que crecer, para al menos no tenerla del tamaño de un gatito.

Como una chica podía observar sus kilos de más, y su carencia de pechos. Eran básicamente lo mismo.

La adolescencia era una mierda.

Te hacía sentir inseguro, más de lo normal. Y Draco, antes, no había sido inseguro. Había mostrado indiferencia, malicia, superioridad, pero jamás, nunca, ni un rastro de falta de autoestima. Él solía llevar la cabeza bien alto, porque, así en como se suponía que debía ser.

Pero, viéndolo desde ahora, tal vez solo estaba almacenando sus sentimientos, solo estaba guardándolos en un rincón de su mente, para cuando menos se lo espere, exploten.

Pues habían explotado.

Todo Draco lo había hecho.

Jamás fue una persona particularmente musculosa, era delgado, sí, pero ahora estaba especialmente flaco, rayando lo famélico. No había sido su culpa, en menos de un par de días, todo había descendido, todo se había desmoronado.

Su torso aún conservaba pequeñas y casi inexistentes cicatrices, si alguien lo observara, seguramente no las notarían, pero Draco sabía que estaban ahí. Y eso era más que suficiente. Porque automáticamente lo transportaba al momento, al recuerdo.

Era estilizado y tenía unas piernas bonitas, pálidas. Todo era tan incoloro en él. Siempre. Rubio, casi platinado, piel blanca, ojos grises, pestañas rubias, labios rosas, pezones rosados…

Harry era lo opuesto. Todo él derrochaba expresividad y calor. Era estruendoso y ruidoso, con colores fuertes. Pelo azabache, negro como el carbón, revoltoso, ojos verde esmeralda (¿quién tenía ese color de ojos?, ¿con qué necesidad?), piel bronceada, aunque Draco notara que este año había estado demasiado amarillenta, y parecía más descuidado que de costumbre. Pero todo, incluso estando triste, todo Harry irradiaba vida y ferocidad. Era algo fuerte y abrumador.

Incluso físicamente eran polos opuesto.

Pero había algo que los diferenciaba más que otra cosa. Era su historia, tal vez tenían pequeñas similitudes de por medio, pero Draco siempre terminaba estando mal y Harry bien.

Harry siempre ganaba. Ya sea en Quidditch, en una pelea rutinaria, en ser el mejor. Siempre había sido así. Harry cambiaba y contradecía todo lo que le habían enseñado. Siempre se había opuesto, nunca se tiraba a los pies de Draco, solía aborrecerlo, ambos solían odiarse. Incluso así, Draco sabía que nunca ganaría.

Pero el giro de las cartas, del juego, había cambiado en un ámbito completamente opuesto. Ahora, él, se cuestionaba cada pequeño rasgo de su existencia.

Se tocó, casi rozando, las vendas de su cuello. Tragó saliva.

Era increíble que aún dolieran. Que después de todo, ardieran con la misma intensidad.

Se quitó despacio la tela blanca que rodeaba su cuello. Inevitablemente, casi sin percatarse de ello, temblaba como una hoja seca. Y Draco odiaba tanto las hojas secas. Tan débiles y marchitas.

Sin detenerse a mirar, porque le producían arcadas hacerlo, se dirigió hacia la ducha. Sintiendo las gotas de agua caer casi hirviendo por su cuerpo y deslizarse. Fingiendo, intentando, hacer de cuenta de que las letras no estaban ahí, con esa letra desprolija y en imprenta, atormentándolo.

El agua de la ducha camuflaba a la perfección sus silenciosas lágrimas.


—Podríamos desayunar en el Gran Comedor—Draco alzó una ceja—. Sí, tal vez suene estúpido, pero ya que vamos a salir a recorrer Hogwarts…

Malfoy se encogió de hombros.

Harry realmente no esperaba que ese gesto estuviera en su vocabulario corporal.

Ahora que lo pensaba, esto de que tenga que ser mudo ayudaba considerablemente a su…problema. Tal vez así, podría, al menos expresarse corporalmente. Paso a paso, tal vez en algún momento le confiese sus demonios internos a Harry. Eso no cambiaría el hecho, pero era el primer paso, y él estaba más que seguro en que ayudaría muchísimo.

En el bolsillo de su jean—gastado y algo roto, el antiguo Malfoy seguramente habría arrugado la nariz, pero este había apartado la vista, viéndose avergonzado— llevaba el mapa merodeador. Es verdad que no tenían esas confianzas con Malfoy, pero por algo se empezaba.

Draco vestía lo que se había comprado El día Muggle (así es como habían decidido llamarlo), le sentaban mejor de lo que había esperado. El jean negro sentaba a la perfección, y si bien le quedaba apenas suelto, lucía sus piernas estilizadas. Y después tenía una remera simple.

Harry tenía que morderse el labio cada vez que lo miraba.

Malfoy producía en él una sarta de sensaciones tan extrañas…

— ¿Qué llevas en la mochila? —preguntó, notando su propia mochila, algo abultada por el peso, como las zapatillas que llevaba, era robadas de Harry, sin permiso, por supuesto; Malfoy nunca pide permiso, al menos le habían quedado sombras de lo que había sido.

Draco solo sonrió enigmáticamente, con un pequeño brillo de picardía en los ojos.

Harry lo dejó pasar, por el momento.

Se sentaron en la mesa vacía de Slytherin—una pequeña discusión que Draco terminó ganando, pues él quería, obviamente sentarse en Gryffindor—, y Harry puedo observar lo vacío que se sentía y se veía Hogwarts sin el habitual amontonamiento. Sin Ravenclaw con los libros de acá para allá, sin los Hufflepuff con sus sonrisas y entusiasmo, sin los ruidosos Gryffindors, y, aunque le pesara admitirlo, sin los silenciosos Slytherins con sus sonrisas maliciosas.

Mientras miraba con curiosidad como Draco untaba una generosa cantidad de mermelada de frambuesa, Harry tomó un sorbo de su té.

— ¿En qué casa hubieras quedado si no fueras a Slytherin?

Draco lo miró con una ceja rubia alzada, luego perdió su vista en su té Earl Grey, mientras fruncía ligeramente el ceño.

Ravenclaw.

— ¿En serio?

Draco lo miró burlón.

¿Qué esperabas? ¿Qué te confesara que soy un romántico y pomposo Hufflepuff? Ni en mis peores pesadillas. Y no me mires con esa cara, tampoco es probable que quede en la casa de los Gryffindors estúpidos y suicidas. Antes me voy a festejar San Valentín.

Harry se rió, casi escuchando el sarcasmo en las palabras.

— ¿Por qué suicidas?

Oh, vamos, la valentía y la estupidez solo pueden formar ideas heroicas y homicidas.

—Que retorcido—aunque de alguna lunática manera, tenía sentido.

Aparte, soy de los que siempre dicen que la astucia, y ser un Slytherin en sí, viene con inteligencia.

— ¿Y Crabbe y Goyle? —carcajeó Harry.

Ellos son un caso aparte…

—Si tú lo dices—rodó los ojos—. Yo habría quedado en Slytherin.

Si Draco hubiera estado bebiendo su té, seguramente, lo hubiera escupido de una manera nada fina.

¡¿Qué?! Invéntate una mejor, Potter, como si yo fuera a creer de que habrías quedado en la casa de las serpientes, tú, maldito león noble, líder de los bueno, El elegido, el héroe de los héroes…

Harry no sabía si abofetearlo o reírse. Optó por que dejara de escribir.

—Idiota—gruñó, mientras Draco disimulaba, terriblemente mal, sus pequeñas risitas—, deja de usar el sarcasmo conmigo. Y sí, aunque te resulte difícil de creer, el sombrero seleccionador me iba a poner en Slyhterin, no pongas esa cara, me dijo que triunfaría y haría grandes logros en la casa de las serpientes, pero yo había escuchado los rumores sobre que de ahí venían los magos más oscuros, y también habías estado tú, y digamos que no me eras una persona grata…

Prejuicioso. Eras un prejuicioso, Potter. Al parecer no somos tan diferentes.

Harry abrió los ojos bien grandes, como platos. No se había dado cuenta de ello, no lo había pensado mucho a lo largo de los años. Siempre había sido así, la rivalidad entre ambas casas, dando por supuesto que todos los Slytherins eran malos, tampoco es como si ellos le hubieran demostrado lo contrario.

—Era un niño—se excusó tercamente.

Yo también.

—Y ahora somos…

Niños un poco más grandes.

Escribió apresuradamente. Se lo veía tan calmo, sin las palabras, el silencio en él era acogedor.

Lo miró a los ojos, con un poco de curiosidad, al parecer Malfoy siempre va a provocarle esa sensación—junto con otras de las que prefiere ignorar—, porque no sabe, no sabe qué decir ante eso. Porque es cierto: ambos no eran más que niños.

¿En qué momento de la historia se perdieron tanto?

¿Qué es lo que Harry se había perdido que cuando terminó de parpadear todo a su alrededor se derrumbó?

Por unos segundos, que parecieron eternos, Harry se perdió en esa mirada gris, siempre le había parecido fría, casi sin emoción alguna, como si protegiera sus sentimientos al exterior, pero ahora, era todo menos fría.

Se sentía cálida. Se lo veía calmo, como esa mañana turbulenta, la humedad llenaba el aire, no hacía calor, pero las nubes casi negras en el cielo decían que se iba a desatar una tormenta.

Los ojos de Draco se parecían maravillosamente al cielo cambiante de esa mañana.

Casi podía ver el cielo moverse dentro de sus ojos, haciendo que el interior de Harry se derrita.

Le sostuvo la mirada hasta que el trueno resonó por el Gran Comedor, haciendo sobresaltar a Draco, mientras respingaba en su asiento, pero Harry no había podido quitar la vista de él. Luego con manos temblorosas y el cuerpo tenso, se había llevado a la boca la tostada que derrochaba en exageración mermelada roja con una mezcla rosa fuerte.

Sus manos temblaban tanto, sumando la cantidad de mermelada, que cuando dio el primer mordisco, la sustancia rojiza se deslizó por la barbilla, y Harry inconscientemente, con el dedo gordo se la quitó y luego con su lengua lo limpió.

Parece que va a llover.

Garabateó Malfoy, con la mano aún más temblorosa si cabe, aunque de una manera completamente distinta, mientras evadía su mirada y después tomaba un sorbo de su Earl Grey.

—Sí, eso parece—murmuró, mirándolo fijamente.

Las mejillas de Draco tenían el color de la mermelada.


Al final, le había terminado mostrando el mapa merodeador, mientras Draco lo fulminaba con la mirada y parecía hacer un gran esfuerzo para no gritar: ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Eso es trampa, Potter. Pero Harry, sinceramente, no tenía remordimiento alguno y la cara refunfuñona de Draco le sabía a victoria, asique solo le sonrió de medio lado mientras se encogía de hombros.

Recorrieron casi todos los pasadizos, hablando— bueno, técnicamente, porque Draco escribía en su pergamino— de los años anteriores, y burlándose de quién fue más patético, riéndose y haciendo pequeñas bromas.

No había sido tan difícil bromear con Draco, tenía un humor negro y retorcido, pero lo hacía más Draco, y Harry se sintió cómodo, dejándose casi a merced de él. Porque había bajado por completo sus defensas. Sentía que no las necesitaba.

Y cuando había escrito en su pergamino que Dumbledore era Papa Noel reencarnado, Harry se había tropezado y había caído al piso hasta no parar de reír.

—Nunca te cayó bien.

Draco se encogió de hombros, adquiriendo una expresión más sombría.

—Pero es cierto que es un tanto extraño—agregó, no queriendo que el ánimo de Draco decaiga.

Por primera vez habían hablado de su rivalidad, pero no había sido como Harry había esperado, con gritos, palabras mordaces y hasta, tal vez puños, pero no de esta manera, casi cómica, como si recordaran algo que pasó hace años y no hace un par de semanas, cuando su rivalidad aún estaba latente.

Después que Harry se pasara media hora hablando de Quidditch, con Draco dando resoplidos cada tanto, haciendo que su flequillo rubio bailara en el aire, fueron a los jardines.

Draco sacó una manzana de su mochila y se la tiró a Harry, quien con reflejos de buscador la atrapó al instante, aunque si no la habría atrapado, daría justo en su ojo derecho.

Le miró con desconfianza.

— ¿Qué haces? —preguntó algo extrañado, viendo cómo Draco sacaba cosas de su mochila.

Alrededor de los dos, Draco había empezado a desparramar todas las porquerías que habían comprado antes, empezando por comida rápida envuelta en embaces de plástico y muchas golosinas que a Harry le empezaban a doler los dientes de solo verlas. Sin embargo Draco parecía muy concentrado, y si notó la confusión en su rostro lo disimuló muy bien.

Y después, cuando la mochila parecía completamente vacía, sacó la cámara vieja que se había comprado en un bazar en El día Muggle, sacaba fotos en blanco y negro—aunque seguramente Draco no lo sabía, ya que miraba al artefacto como si fuera el misterio más grande del universo—, y las expulsaba, no hacía falta revelarlas (cosa que era un alivio, ya que en Hogwarts difícilmente podrían hacerlo), era un poco vieja y estaba usada, pero era más que práctica y Draco parecía tenerle una curiosidad descomunal.

Harry se rio.

¿De qué te ríes?

Le escribió una vez ya haber dejado la cámara a un lado, pero no apartándola por completo, mientras lo miraba con el ceño fruncido.

—De nada—mintió—. Ven, déjame enseñarte cómo se usa esta cosa, antes de que pierdas la paciencia y la termines rompiendo.

Impredeciblemente las mejillas de Malfoy se colorearon de un rojo intenso y Harry se rió aún más.

Se colocó—innecesariamente—detrás de él, lo rodeó con su cuerpo, sostuvo sus manos guiándolas hacia la cámara, mientras ambos la sostenían. Sintiendo la respiración de Draco acelerarse le susurraba las instrucciones básicas, que eran realmente muy simples (aprietas un botón, clic y ya está, la foto sale), pero podía sentir los estremecimientos de Draco, casi a través de su cuerpo, mientras su aliento rozaba son su cuello y sus labios con el lóbulo de su oreja.

Ni siquiera sabía qué estaba haciendo, pero su cuerpo pegado al de Malfoy se sentía bien. El contraste de la piel fría y pálida contra la suya, caliente y tibia era electrizante.

Quería…él quería…

Se alejó como pudo, casi a regañadientes, antes de que sus pensamientos se desvíen hacia acciones estúpidas.

Algo avergonzados, pasaron el resto de la tarde, con un Draco emocionado (aunque no lo admitiría ni aunque Harry lo sobornara con el mejor chocolate francés), sacando fotos a cualquier cosa, sus ideales no parecían importarle mucho en ese momento, y aunque no hablaron de eso en absoluto, si bien los muggles no le agradaban espacialmente, no parecía tener problemas con ellos, o al menos en ese tiempo lo había disimulado muy bien, porque no había dicho nada grosero delante de Harry.

Harry estaba feliz con el pequeño progreso de Draco, realmente lo estaba. Porque en todo el tiempo que pasaron ahí, jamás se había visto tan contento o estable. Sin embargo, se sentía incómodo, estar cerca de Draco producía sensaciones en él que no deberían estar ahí, en absoluto.

Ellos también se sacaron fotos, bueno, aunque en realidad Draco se la pasó jugando con la maquinita hasta el cansancio, y solo le permitió a Harry tocar la cámara una vez, y aunque él quería una foto de Draco, no había salido muy bien.

Mientras Draco miraba las fotos que había sacado Harry estaba acostado en el pasto, cuando comenzó una fina llovizna. Fue como si el entusiasmo del rubio se hubiera desinflado por completo.

— ¿No te gusta la lluvia? —preguntó estúpidamente, ya que era obvio que no lo hacía, pero Harry quería saber por qué.

No.

— ¿Por qué no?

Draco tardó un rato en contestar, en volver a escribir en el pergamino, que se estaba mojando levemente con gotitas transparentes casi invisibles, y cuando lo hizo, la mano le temblaba un poco.

No me gusta. Todo lo convierte en gris, es deprimente.

Luego pareció dudar un poco, pero volvió a escribir.

Cuando era un niño, siempre me había gustado la lluvia, y solía escaparme al jardín a empaparme de ella. Una vez padre me descubrió corriendo, mientras que el mismo diluvio parecía desatarse en el cielo, recuerdo que estaba contento, pero al ver la expresión de mi padre, ya no. Estaba muy enfadado y empezó a gritar sobre los Malfoy y cómo nos debíamos comportar, que era inadecuado y que lo avergonzaba. Tenía razón, pero lo había decepcionado y estoy seguro de que estuvo a punto de golpearme, me zarandeó, aún recuerdo sus gritos. Fue horrible. Madre solo estaba preocupada porque me podría resfriar.

Sintió que la furia y la compasión inundaban su cuerpo.

Que un niño ame la lluvia era algo completamente normal, y que quiera correr debajo de ella era lo más humano y tierno que él había escuchado.

— ¿Y por eso decidiste odiarla?

Malfoy negó con la cabeza.

No lo decidí, simplemente sucedió. ¿Quién amaría la lluvia después de todo? Arruina todo, lo destruye de una manera tan sutil que apenas te das cuenta. Simplemente la odio porque me recuerda a mí.

Apenas terminó de escribir la última oración, el arrepentimiento cruzó su rostro y pareció querer tacharla, pero Harry agarró bruscamente su muñeca, evitándolo. Mientras que Draco apartaba la vista, evitando cualquier tipo de contacto con la suya.

Se veía más enfadado que triste. Tal vez, si Malfoy fuera una chica, se largaría a llorar ahí mismo, pero como no lo era, tenía gravada en su rostro la viva imagen de querer golpearlo.

Apartó su mano bruscamente y volvió a escribir.

Es que no lo entiendes. Mira, incluso si lloviera un poco más fuerte estropearía la cámara, echaría a perder la comida (o esas cosas muggle) y de paso nos empaparía a nosotros.

Harry se mordió el labio sin darse cuenta. La mirada furiosa de Malfoy lo enternecía sin razón alguna, era como si estuviera furioso consigo mismo por mostrarle esos recuerdos y sentimientos a Harry.

—Eres un idiota, Draco Malfoy—el rubio lo miró entre confundido y curioso, si dejar el enfado repentino; Harry pensó que su nombre sonaba bien en sus propios labios, de repente, gotas gruesas cayeron con fuerza sobre ellos, casi como burlándose, mientras que ambos estaban parados, enfrentados, Malfoy fruncía el ceño con los labios apretados—. La lluvia no solo nos empapa, no es sólo eso, ¿no es liberador mirarla y bañarte de ella? Es como si todos tus problemas se fueran con ella…Aparte hace que todo parezca más melancólico, más dramático y exagerado (no me sorprende que te sientas identificado, eres la viva imagen de la Reina del Drama), es como ver una película en blanco y negro—aunque Draco no debía saber en absoluto lo que era una película, su expresión era casi estupefacta y algo triste, como si sus defensas se hubieran derrumbado por completo, sus hombros caídos, más la ropa mojada que se le pegaba al cuerpo, le daban un aspecto de chico perdido, la lluvia no dejaba de caer, pero a Harry no le importaba; estaban a un metro de distancia, pero él nunca se había sentido tan cerca de alguien—. A mí me encanta la lluvia…

Dijo con una sonrisa sincera, sintiendo como sus hoyuelos se marcaban. Al instante Draco abrió sus ojos, sorprendido, con la boca semi abierta, mientras las gotas caían con fuerza sobre él y algunas entraban dentro de su boca, sin embargo Draco no la cerró, y Harry no menguo su sonrisa.

...incluso aunque haya intentado odiarla…


AMO este capítulo, es tan asdfghjk, me derrite como mantequilla. Si logro terminar el tercer capítulo de una historia, tal vez la suba mañana. Se llama:

Eclipsis of Virgins

Estoy tan emocionada con ese fic.

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