MARCHA FUNEBRE
Me eché en la cama, jadeaba, había corrido todo el camino sin detenerme. No había gastado más de quince minutos en llegar a mi casa, y todo había marchado como la seda. Lancé mis botas al otro lado de la habitación, me quité la ropa mientras miraba el reloj; iba a dormir por mucho tres horas, o cuatro si no me bañaba.
De todos modos no podría conciliar el sueño. No estaba segura de lo que había llegado a mi vida desde Halloween, pero se ponía cada vez más interesante. Y estaba muy cerca de descubrir algo realmente extraño, escondiéndose debajo del bar. Aunque, después de todo, el bar no me interesaba mucho; era Alexandre lo que me tenía pensativa.
Él no era una persona normal, yo estaba segura que él era el culpable de mi desmayo, después de todo, él mismo lo había dicho: era de esperarse que sucediera.
Salté de la cama, asustada. Estaba sonando mi celular.
Corrí a buscarlo entre la ropa que me había quitado, porque el timbre sonaba sin contemplaciones, como el repicar de las campanas de domingo. Me lancé sobre la alfombra y contesté:
-¿Aló?
-Quería saber si habías llegado bien.
Suspiré aliviada.
-Ah, eres tú.
-¿Te molesta que haya llamado?
¿A quien diablos le importa que un muchacho muy apuesto te llame a la mitad de la noche para preguntar si estás bien y si no te pasó nada? Por lo menos a mi no.
-No, para nada- dije mientras la sonrisa se extendía por mi rostro.
-¿Tuviste problemas con tus padres?
-No, siguen durmiendo.
Escuché su risa mientras me tumbaba de nuevo en la cama.
-Ojalá hubieras podido quedarte, mi cama es bastante grande y empiezo a sentirme solo.
Sacudí la cabeza. Era evidente que no estaba en el bar, no se escuchaba ningún ruido de fondo.
-¿No crees que debería conocerte más antes de invitarme a compartir la cama contigo?
-No me parece- ya podía imaginarlo encogiéndose de hombros- sólo vas a dormir conmigo, aunque si quieres hacer algo más… no dudes en pedírmelo.
Intenté reírme, pero solo salió un ruido seco y torpe como un graznido.
-Debes estar sonrojada- a pesar de estar hablando por teléfono, parecía como si estuviera susurrándome al oído, casi podía sentir su respiración despeinar mi cabello- ¿eres virgen?
-Diablos, eso no se pregunta- lo reprendí, mi corazón iba a mil, mi respiración era superficial e irregular.
-Tienes razón, ni siquiera somos amigos… ¿puedo ser tu amigo Agatha?
Era más fácil conversar con él por teléfono, no tenía que sentir su mirada fija en mí. Podía imaginarme su rostro, con la sonrisa que podía hacer que cualquiera le hiciera caso.
-ehh… bueno.
-¡Que bien! ¿Qué hacen los amigos?
Me reí, pero tapé mi boca para sofocar el sonido.
-¿Nunca has tenido un amigo?-inquirí.
Hubo un corto silencio.
-Me parece que no –admitió- pero que bonita oportunidad para tener uno. Dime Agatha, esa niña con la que viniste la otra vez… Sue ¿sois amigas?
-Si.
-¿y que hacen? ¿Qué la hace diferente de los otros conocidos para que tú la llames amiga?
Me encogí de hombros en la oscuridad de mi habitación.
-Pues, ella me acepta como soy, me ayuda, hablamos de cosas, es el tipo de persona a la que confiarías tu vida… cosas así.
Lo meditó por un rato.
-¿Le confiarías tu vida a ella? ¿A pesar de que sea humana y débil?
Fruncí el ceño, eso estaba fuera de lugar.
-Yo también soy humana y débil. Además tampoco es que yo viva en peligro constante, yo hablo de cosas como contarle secretos –en esa parte no estaba muy segura, ella era muy bocona-, confiar que ella me pueda sacar de líos con mi mamá, hacerme favores…
-Ah… creo que entiendo.
-Alexandre ¿por qué nunca has tenido un amigo?
-Yo… he vivido muy solo… tengo conocidos pero la verdad, nunca vi la necesidad.
Algo me decía que no estaba siendo totalmente honesto.
-Hm… veo.
-Yo también podría sacarte de líos con tu mamá- la forma en que lo dijo me sonó a "yo puedo ser mejor amigo que Sue".
-Ya te dije que podríamos ser amigos- espeté- además, hay cosas que…-¿cómo le explicaba a él que a veces había cosas que uno no le puede comentar a un muchacho?
-¿Qué? –insistió.
-Uno suele tener amigas, tú sabes, por esas charlas que incomodarían a un muchacho, es por eso que las amigas no se comparan tanto con un amigo; no te ofendas, estoy segura que eres amable y eso pero...
-Quiero que me cuentes cualquier cosa- me interrumpió- puedes hablarme de tu ciclo menstrual y esas cosas, yo no me incomodaría. Es parte de la naturaleza humana.
Podría haberme reído, pero hice mi esfuerzo por no hacerlo –realmente me sentiría mal si me burlara de él-.
-Eh… dejemos así.
-Está bien, ¿estoy siendo molesto? Seguro que es eso.
Suspiré con acritud, me pregunté si él lo escucharía.
-Vamos a conocernos mejor –ya me podía imaginar la sonrisa en sus labios- y luego estarás segura de que puedes confiarme cualquier cosa.
-¿Puedo preguntarte algo?- se me había ocurrido una maravillosa idea, solo esperaba que él no se pusiera de mal genio.
-Claro.
-¿Tú…-dudé un poco- te acuerdas del muchacho con el que yo fui por primera vez al bar… Friedr…?
-¿Friedrich?-inquirió él, con voz neutral.
-Si, No he vuelto a saber de él… en realidad… no lo conozco bien… me preocupa que pueda ser peligroso…-era mejor decirle eso, si revelaba que estaba interesada en él, no estaba segura de que ocurriría, pero algo me decía que no sería nada bueno-. Y pues como ustedes parecían conocerse yo…
-Él es peligroso- afirmó, con voz tan afilada que pensé que cortaría el teléfono de un tajo-. Aprovecha que se ha ido y olvida que lo conociste.
Se prendió un bombillo en mi cabeza, él había dicho: "se ha ido".
-Pero… ¿por qué es peligroso? ¿Cómo sabes tú eso?
Se hizo el silencio del otro lado de la línea, temí que mi avidez por saber más detalles sobre aquel hombre delatara la extraña naturaleza de nuestro primer encuentro.
-Es peligroso, inclusive más que yo o que cualquier otro de nosotros; todavía no es prudente que sepas más, pero más adelante te contaré, de todos modos tú…-suspiró- creo que es mejor que vayas a dormir.
-Pero…
-Te veré mañana, adiós.
Lancé el celular al otro lado de la habitación, tratando de descargar algo de mi frustración ¡maldición! Estaba tan cerca de la pista de Friedrich, la clave para llegar a él era Alexandre. ¿Estaba dispuesta a usar al súper-guapo-cantante para encontrarlo? Alexandre era un muchacho tierno –aunque un poquito lanzado-, no se merecía eso. Pero Friedrich, me había besado. Sacudí la cabeza, seguramente para él era algo común, siendo tan apuesto.
Friedrich era un misterio para mí, lo iba a resolver, de eso estaba segura.
-Dios, realmente te vez terrible- exclamó Sue.
-Gracias, yo también te quiero- murmuré con sarcasmo.
Me recosté contra la pared, me escocían mucho los ojos. No había dormido después de mi pequeña conversación con Alexandre, técnicamente había pasado de largo. La manos me dolían, pues había copiado a la carrera las tareas, había sacado un tres (calificando de uno a cinco), que para haberme copiado de Sue, no estaba nada mal.
-¿Qué hiciste anoche Agatha? ¿No dormiste?
Negué con la cabeza.
-Habrás estado pensando toda la noche en ese niño gótico del bar… Ah no te culpo, es realmente sexy.
-Volví ayer al bar- admití, podía contárselo, después de todo ella ya no tenía ganas de volver.
Ella se quedó callada.
-Creo que ya me lo sospechaba- dijo ella en tono desinteresado- era obvio que aquel muchacho (¿cómo se llama? ¿Alexandre?)Te quería allí. ¿Lo besaste?
Me reí un rato. Podía decirle: "no Sue, pero casi me acuesto con él"
-No, ¿Quién crees que soy?
-No se- se encogió de hombros- al otro muchacho no lo conocías y lo besaste.
Me puse roja como un tomate.
-Mi niña creció- dijo ella en falso tono maternal- ¡ese muchacho del bar se nota que está interesado en ti! Y tú que dices que nadie te mira, que suerte tienes, te persiguen los súper modelos.
-¿Realmente crees que él…?
-Oh por favor- exclamó ella como si estuviera pasando por alto lo evidente- ¿viste la cara que puso cuando le preguntaste si iba a cantar? Era como si le hubieras dado oro, o algo así.
Sonreí un poco. Era la primera vez que Sue no era la única con alguien detrás de ella, me sentí… orgullosa. Algo se movió en el bolsillo de mi falda, saqué mi celular y contesté sin mirar quien era, seguro era mi mamá para avisar que no iba a estar en casa cuando yo llegara, eso solía hacer.
-¿Estás en el colegio?
Parpadeé varias veces, Sue me miró extrañada.
-¿Alexandre?
Sue empezó a reír tontamente, le hice señas para que se callara.
-Dijiste que podía llamar a cualquier hora- comentó inocentemente.
-Eh, si creo que dije eso. Tienes suerte que no esté en clase.
Sue gesticuló: ponlo en altavoz. Sacudí la cabeza.
-¿Ah… no estás en clase? Pensé que solo iban a eso.
-No, también hay receso, cuatro horas seguidas de estudio no son muy gratas, también tenemos que comer.
Sue puso cara de: ¿de que diablos están hablando?
-¿Y que estás haciendo tú?- le pregunté tras la breve pausa.
-Estoy en la cama, suelo ser muy dormilón- hasta deseé estar allí para verlo sonreír.
-Supongo que tienes que serlo, si pasas toda la noche sin dormir.
Sue había perdido el interés, se limitaba a comerse su comida chatarra empaquetada en una envoltura metalizada.
-Soy una criatura nocturna- se limitó a decir.
-¿Vives en el bar?
-Soy el dueño- repuso suavemente, sin parecer presumido.
-Pareces muy joven para tener tu propio negocio- señalé, ese comentario hizo que Sue mirara en mi dirección, sonrió con malicia.
-Recién cumplí diecinueve años- dijo a la ligera- soy un visionario.
Me reí, estaba resultando más agradable hablar con él.
-Eres mayor que yo- él se rió cuando lo dije- dentro de dos meses cumpliré dieciocho.
-Todavía puedes acusarme de corruptor de menores.
-ja ja -exclamé con desdén- no pues tan mayor. Oye, ¿Qué tal si paso más tarde por tu casa? ¿Por qué no vamos a comer algo?
-Nada me agradaría más que verte- sonó triste- pero tendremos que esperar hasta que abra el bar ¿puedes venir cuando anochezca?
-No me dejan salir entre semana- dije entre dientes.
-Ahh –su decepción fue muy evidente-. Pero no tienes que quedarte hasta tarde, puedes… hacer tareas aquí, yo te puedo ayudar.
-Yo… ¿a que horas podrías…?
Sue empezó a canturrear: Agatha tiene una cita, una cita.
-Puedo abrir más temprano, a eso de las cuatro ¿Qué te parece?
-Está bien.
-Procuraré no cantar, no quiero que te desmayes.
Sacudí la cabeza.
-Lo siento, quería oírte cantar pero no se que me pasó.
-No es tu culpa- mes estremecí, su voz, solo con su voz podría hacer cualquier cosa-. Te veré más tarde, adiós.
-¿Vas a dormir?- inquirí.
Soltó una carcajada.
-Ok ya entendí, duerme bien entonces.
Suspiré mientras colgaba el teléfono, lo guardé de nuevo en mi bolsillo.
-¿Y bien?- preguntó Sue arqueando las cejas.
-A las cuatro, en su Bar.
-No puedo creer que hayas conocido a un tipo así –sacudió la cabeza- y todo gracias a mí. Me debes una ¿eh?
En realidad le debía mucho más a Sue, no estaba segura de porqué, pero algo dentro de mí me lo decía.
Después del receso, estuve muy distraída, Sue se burlaba de mí porque era la única que sabía la razón. Tuvimos dos horas eternas de cálculo con la maravillosa evaluación, pensé que moriría allí en mi pupitre. Nos dejó un cuestionario de veinte preguntas de las cuales solo pude resolver… cero, maldición, era mala para eso. El profesor sacudió la cabeza cuando le pasé el examen, no lo culpaba, de todos modos se lo había entregado en blanco.
La suerte de Sue no fue diferente, tenía una cara de tragedia cuando me acerqué a su puesto.
-Mi papá me va a matar, voy a reprobar cálculo, mi vida se acabó.
-No exageres- repuse- yo también voy a reprobar.
-¡pero al menos tienes una cita!
Horas más tarde, estuve de acuerdo con ella.
El bar estaba vacío. Se veía extraño, porque no tenía la iluminación; se veía lo amplio que era, y lo bonito que estaba, decorado con impecable gusto –al estilo gótico, obviamente-. Alexandre estaba sentado en el reservado, me sonrió al verme llegar.
Me sentí algo cohibida, con cuidado acomodé mi falda al sentarme –había escogido una muy corta-. Dejé mi mochila a un lado y sonreí, Alexandre estaba tan –o más- guapo que ayer.
-Empecemos de una vez- él sonrió, ¿es que nunca se quitaba esos colmillos? Bueno, de todas maneras se veía guay con ellos- así tendremos más tiempo para hablar.
Me sonrojé.
-Diablos ni te he dicho hola- murmuré, estaba segura que mis mejillas estaban tan rojas como la sangre.
Él se rió.
-Está bien. Hola mi dulce Agatha ¿Cómo estás?
Levanté la mirada, él tenía una sonrisa ladeada, se le hacía un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha.
Hice un gesto vago con la mano.
-Ya, me haces sonrojar.
Me quedé mirando el centro de mesa, para evitar mirar su rostro encantador. Había un bonito arreglo de flores, eran lirios blancos.
-Pensé que te agradaría –comentó, mientras yo acariciaba los pétalos de un lirio.
-Nadie había hecho algo así antes- confesé en voz muy baja.
No eran exactamente mis flores favoritas, pero me sentí genial al ver que él las había puesto por mí ¡de ahora en adelante iba a adorarlos! Vi la blanca mano de Alexandre coger el lirio que yo estaba acariciando, con su mano libre cogió mi mentón; sonrió con cierta nostalgia mientras ponía la flor en mi cabello.
-Dios eres tan hermosa- susurró, más para él que para mí.
Se quedó mirándome por un largo rato, con gesto inescrutable; finalmente dijo:
-Saca tus cuadernos, vamos a hacer la tarea.
Era incapaz de hablar, mi corazón todavía palpitaba como loco, me mandé la mano a la parte baja de mi cuello, justo arriba de mi esternón, la piel blanda se movía al compás de mi corazón. Tragué saliva con dificultad.
-Yo…-carraspeé un poco- la verdad es que hice las tareas en clase.
-Hm –masculló- mejor todavía. ¿Trajiste papel y lápiz de casualidad?
-Esto… si –rebusqué en mi mochila, saqué un bolígrafo y un cuaderno grande.
Se los pasé, él cogió mi mano sin necesidad de hacerlo, estaba frío como siempre. Abrió el cuaderno y empezó a garabatear algo, de vez en cuando quitaba los ojos del cuaderno para mirarme. De repente, cerró de golpe el cuaderno y me lo tendió.
-No lo veas hasta que estés en casa- me guiñó un ojo.
Tuve que respirar hondo varias veces. Tomé el cuaderno y lo metí con todo el cuidado del mundo en mi mochila. Me quedé callada un rato, mirando mis uñas desarregladas. No sabía que decirle, la verdad no era muy buena conversando.
Finalmente, levanté la mirada. Él parecía meditar, su rostro estaba inexpresivo, tenía la mirada perdida. Se enderezó en su asiento al notar que lo miraba, carraspeó un poco y se puso de pie. Me tendió una mano enguantada y dijo:
-Ven, te voy a enseñar a bailar.
Los colores huyeron de mi rostro. ¿Yo? No podía hacerlo, lo pisaría, dañaría sus bonitas botas con hebillas plateadas a cada lado, además de que era tiesa como un calado y que era tan agraciada como un elefante. ¡No podía humillarme a mi misma de esa manera!
-No puedo- dije con un hilo de voz.
Se agachó para poder observar mejor mi rostro, ladeó la cabeza y sonrió de manera tentadora.
-¿Por qué no puedes?- inquirió él.
-Yo…-Dios, sus ojos verdes eran realmente hipnóticos, clavé la mirada en mis rodillas con medias de malla, que se asomaban por debajo de mi falda-. Podría pisarte.
Bien, su risotada –que por cierto, fue tan fuerte que hizo eco en las paredes del bar- me hizo sentir más avergonzada de lo que ya estaba –si es que eso era posible-.
-Es la excusa más tonta que he escuchado en toda mi vida- comentó, ampliando más su sonrisa- ¿Es que es tan terrible para ti bailar conmigo? –sacudió la cabeza, sin deshacer su expresión- No puedo creer que no quieras bailar conmigo, es la segunda vez que te lo pido y te niegas. Debe ser que no te caigo bien…
-Cállate- espeté- lo haré.
Me puse de pie, él sonrió triunfante.
-Mugre manipulador- escupí entre dientes.
Podía apostar que se fue riendo mientras caminaba a donde estaba el estéreo. Lo vi agacharse a buscar un disco, no se demoró mucho –a pesar de que eran un montón de discos-. Después de un momento empecé a escuchar una melodía triste y deprimente. La había oído antes pero no me acordaba del nombre, era música clásica; ¿Beethoven tal vez?
Alexandre volvió, me dedicó una reverencia. Era como cuando veías una película de la época barroca, él estaba inclinándose para invitarme a bailar. Tragué saliva y tomé su mano. No dijo nada, me miró de manera significativa y me indicó como debía cogerlo. Puse mi mano derecha en su hombro, él puso su mano izquierda detrás de su espalda.
Empezó a moverse, al ritmo lento y cadencioso de la música. Me estremecí mientras le seguía el paso, la música empezaba a sonar un poco más fuerte aumentando la intensidad. Deje que mi cuerpo se guiara con la música, que tocaba notas descendentes hasta llegar a una muy aguda y devolverse a una muy grave. Quise mirar mis pies, para evitar pisarlo, pero no pude. Estaba hipnotizada por él, sus ojos verdes me taladraban; sentí que se me erizaban los vellos de los brazos.
Él puso su brazo alrededor de mi cintura, y siguió guiando el paso, con movimientos elegantes y fluidos, igual que la música. No supe si lo pisé, si perdí el ritmo o si mis movimientos no eran tan fluidos como los de él; mi cerebro solo podía concentrarse en la música, y en él. La piel de mi mano palpitaba, a pesar de lo fría que era la de él. Cada vez que la canción alcanzaba notas altas un extraño estremecimiento me recorría, una dulce melancolía se metía en mi pecho, me traía el olor del lirio que tenía en mi cabeza. Era como la música de Alexandre, solo que no era tan intensa, era más bien un pequeño atisbo; como si fuera la música de fondo de la parte en que la felicidad terminaba. Pero tenía una promesa, no era desesperación vacía y amarga, era melancolía esperanzadora; te hacía creer que la felicidad te encontraría pronto.
Las notas fueron volviéndose pausadas, con más silencio entre ellas, hasta que al fin se detuvo. Su rostro de mármol se reanimó con una tierna media sonrisa.
-¿Ves que no era tan malo?
Suspiré. Mi corazón iba lento, totalmente relajado al igual que mi cuerpo; a pesar de que sintiera un ligero vacío en el estómago. Noté extrañada que todavía seguíamos moviéndonos, con toda la naturalidad del mundo; tampoco me paso desapercibido que estábamos muy cerca, mi pecho casi rozaba el suyo.
-Pensé que fallaría estrepitosamente –confesé, mi voz sonó suave, calmada.
-Esto es lo que se debería bailar, siempre- repuso, sin subir el tono de voz.
La canción que estaba sonando si la reconocí de inmediato, era la marcha fúnebre. Era una tonada un poco más lenta, así que poco a poco disminuimos el ritmo.
-Eres mejor de lo que decías ser- señaló sin levantar mucho la voz.
-Supongo que bailas mal lo que no te gusta- me encogí ligeramente de hombros, mientras nos movíamos.
-Ahora los muchachos no aprecian la buena música- se lamentó- yo adoro los grupos nuevos, son refrescantes, pero la música de antes… si sabía como hacerte pensar y sentir.
Sonreí.
-Eres distinto –era un pensamiento en voz alta, estaba tan relajada que salió de mi boca sin que lo supiera- como si no fueras de este mundo.
-¿Ah si?
-Si, eres tan frágil por dentro. La música saca lo que sientes, ¿por qué sufres? No hay razón para hacerlo.
Sonrió con humor oculto.
-Tal vez tengas razón.
Me acercó un poco más a él y se detuvo. Nos quedamos quietos, mirándonos fijamente.
-Tú también eres distinta- murmuró.
Mi corazón empezó a latir con mucha fuerza.
-Por eso me gustas tanto- su voz se fue apagando, a medida que la distancia entre nosotros disminuía.
Sus labios tenían un gusto diferente, no se parecía a nada de lo que había probado en mi vida. Eran tan suaves y fríos, era como si él quisiera calentarse; porque no solo su piel era fría, su corazón y su interior también lo estaban. Dios, estaba tan frío, solo y aterido de frío.
Lo abracé, tenía que calentarse un poco.
-Estás tan frío- murmuré al liberarme de su mágico y helado beso. Me acurruqué contra él, recosté mi cabeza contra su hombro.
Se mantuvo en silencio, me guió de regreso al reservado.
-No puedo creer que mi plan resultara a la perfección- comentó después de un largo silencio.
-¿perdón?- Exclamé, él me sonrió de manera traviesa; diluyendo parte de la sensación extraña que tenía en mi estómago.
-Tenía claro que hoy tenía que darte un beso- sonrió, coqueto- pensé que tendría que suplicarte.
-¿Era solo parte de tu plan maligno sacarme a bailar?- pregunté incrédula.
Ensanchó su sonrisa.
-No, pero al parecer soy muy bueno improvisando.
Noté que ya no se escuchaba la música clásica, habían puesto algo de Siouxie and the banshees. No solo eso, el bar ya estaba llenándose. ¿Cuánto tiempo había pasado? Por todos lados pululaban muchachos vestidos de negro. Alexandre ladeó la cabeza y se quedó mirando un grupito de niñas, todas lo miraban de manera nerviosa, al parecer querían acercarse pero tenían miedo. Bueno, ¿Quién no lo tendría? Alexandre era amenazadoramente atractivo.
Ya no lo tenía solo para mí, ese pensamiento me hizo sentir mal.
-Pobre niña- murmuró Alexandre.
Sacudió la cabeza y luego levantó el brazo, llamando la atención de las muchachas que estaban mirándolo. Les indicó que se acercaran. En un parpadeo, estuvieron en la mesa; sonriendo nerviosamente. Eran cuatro, todas con el atuendo típico de los que frecuentaban el bar, de negro, extensiones, cadenas, botas, maquillaje oscuro.
Había una que me llamó más la atención entre las otras; no traía maquillaje, pero era muy pálida, amarillenta con ojeras descomunales; era más bajita que las otras, tenía el cabello rojo y ojos de un verde parecido a los de Alexandre, pero carecían del brillo y de profundidad.
-Hola- exclamó Alexander, cuya voz parecía una caricia.
-¿Eres tu el de pecado sagrado?
Él ensanchó su sonrisa.
-si, soy yo.
Las niñas sonrieron con ansiedad, la niña más bajita a penas si consiguió mantener su sonrisa en su cara, era tan amplia que no me extrañaría que le alcanzara las orejas.
-Eres genial- dijo la niña bajita, con ciega fascinación-. Amo tu música.
-Gracias- él parecía genuinamente agradecido.
Recordé el incidente con Circe, por alguna extraña razón, él había sido frío con ella ¿y por qué estaba de repente tan amable con esa chica?
-Si que lo hace- comentó la que había hablado primero- se ha pasado toda la noche decidiendo si hablarte, pero le daban muchos nervios –guiñó un ojo- por eso hemos venido todas.
-Oh, veo- dijo él, su sonrisa estaba ladeada, se formaba un encantador hoyuelo en su mejilla de alabastro- ¿Cuál es tu nombre?
-Louise- dijo ella a duras penas, se veía como si se fuera a caer en cualquier momento.
- el mío es Alexandre- él le tendió la mano.
Cuando él tuvo la mano de Louise en la suya se la llevó a los labios y le dio un beso. Algo se me movió por dentro y tenía nombre: celos.
-Eres una niña encantadora- ¿por qué sonaba tan embelesado? ¡No es justo!- lástima que ya tengo novia, o sino…
No concluyó la frase.
Todas las muchachas se quedaron como atontadas, y bueno, yo también; pero por una razón distinta. ¿Era yo de casualidad la novia de Alexandre? ¿Puede eso ser posible?
-me agrada mucho tener una admiradora como tu- sonó realmente sincero. Todas necesitábamos con urgencia un gran platón para recoger nuestra saliva.
-¿Cantarás hoy?- inquirió la niña.
-no- sonrió tristemente- lo siento, no puedo. Pero puedo firmarte algo si quieres, o puedo… -se quedó pensando un rato- hacer lo que tú quieras.
¿Se acostaría con ella si se lo pidiera? Con la cara que tenía, seguro que lo haría.
Me vio y frunció el ceño, luego le dijo a la niña:
-Pero nada de índole sexual- comentó él con ligereza, como si estuviera comentando el clima- no quiero ofender a mi novia- me señaló con un gesto de la cabeza.
¡¿Novia?! De repente me sentía flotando en una maravillosa nube. Miré con indiferencia como él le firmaba la camisa, mientras una estúpida sonrisa se apoderaba de mis labios.
¿Un chico como él? ¿Mi novio?
Sue se moriría de envidia, ella que decía que me quedaría con un montón de gatos ¡ja!
Pero mi alegría contrastaba con la expresión miserable que tenía Alexandre cuando se alejaron las muchachas.
-¿Por qué no cantaste?- repliqué con cierto tono mordaz- seguro que a ella le hubiera encantado.
-Te me hubieras desmayado- murmuró suavemente.
Me sentí mal, ¿Quién era yo para ponerme celosa? Pero ¿por qué lo afectaba tanto esa niña? ¿Por qué no se portó así con Circe?
-Creo que es mejor que me vaya- me puse de pie, pero de inmediato, sentí su mano fresca aferrar mi muñeca.
-No- su voz seguía siendo baja, apacible-. No podría soportarlo.
Me haló hacía él y me besó.
Esta vez, su beso fue necesitado, desesperado; pero lleno de una pasión que nunca antes había sentido.
-Esa niña se va a morir mañana- susurró al liberarme- es terrible saberlo y no poder avisarle.
¿Era alguna clase de broma? No parecía serlo, él estaba con la cara contraída en rictus de dolor. Me acerqué a él y me recosté contra su duro pecho. Olía como a bosque de pinos y de eucaliptos después de una gran tormenta.
-Lo sabias, por eso la llamaste- deduje en voz baja- ¿morirá de manera dolorosa?
-De cierto modo, toda muerte es dolorosa-dijo en tono lúgubre-. Ella tiene leucemia, mañana morirá, estará muy débil por la mañana y por la noche su corazón se detendrá.
-No puedes ayudarla, por mucho que sepas que morirá- murmuré, me daba la impresión de que le ayudaba hablar de eso conmigo, aunque su historia sonara mucho al estilo de sexto sentido.
-Lo se- susurró muy cerca de mi oído- para eso necesito que tú estés aquí. ¿Te molesta si nos vamos a un lugar más privado?
Un ligero estremecimiento me recorrió.
-No, vamos.
Salimos del reservado y fuimos detrás de la cortina del escenario. Hizo lo mismo que la última vez, levantó la placa del piso y dejó al descubierto un túnel, tenía escaleras que seguían hasta perderse en una densa oscuridad.
Él empezó a bajar por las escaleras de piedra, me tendió la mano.
-Esto no es un bar común ¿verdad?-inquirí mientras tomaba su mano pálida.
-Ni él ni yo somos normales- susurró mientras bajábamos por la escalera.
El túnel estaba medianamente iluminado por la luz que entraba por el agujero, cuando Alexandre cerró la puerta nos dejó sumidos en la total oscuridad. Jadeé de la impresión, me tambaleé un poco, pero él me sostuvo.
-¿Qué clase de lugar es este?- inquirí, la desesperación se filtró en mi voz.
-Es realmente complicado de explicar- su voz sonaba calmada, al parecer le había pasado la crisis- ya lo verás más tarde.
Él me ayudó a bajar por las escaleras, a pesar de que estuviera tan oscuro parecía que Alexandre veía bien. Estuve a punto de caerme varias veces, pero no pasó gracias él. Tuve que aferrarme a su cuerpo, era duro, y olía maravillosamente.
Seguimos bajando por el túnel, mientras mi cabeza se iba llenando de preguntas. Él me detuvo un momento, y me besó. Besarse en la oscuridad era la cosa más extraña que había sentido en mi vida, todos mis sentidos estaban concentrados en los labios de Alexandre, resultó ser más agradable de lo que hubiera imaginado.
-ya hemos llegado- dijo al liberarme, su voz sonaba aún más hermosa en medio del silencio.
Su mano asió la mía con fuerza y me indicó que avanzara, era un lugar plano.
¿Era posible que estuviera tan atraída a Alexandre a pesar de que apenas lo conocía? Ni quería verle la lógica, era posible, me gustaba.
Nos detuvimos, escuché un chirrido y un sonido que parecía como si estuvieran abriendo una puerta muy pesada, eso era precisamente. Una línea de luz brillante se fue perfilando a medida que la puerta –o loza- se movía. Al principio me dolieron los ojos, por el exceso de luz, pero luego, unos segundos después, noté que la iluminación era tenue. Entré al gran salón después de Alexandre. No me imaginaba que debajo del bar hubiera una estancia tan grande, el techo estaba configurado con una serie de bóvedas de arista, parecía hecho con granito blanco. Del centro del gran salón colgaba un candelabro, tenía un montón de velas, que le daban a la estancia un aspecto lúgubre por las formas que se proyectaban en la pared. La decoración era barroca, mucha hojilla de oro, espejos y muebles de aspecto fino.
Estaba tan entretenida mirando el piso –que podría apostar que era de mármol de carrara- que no me di cuenta que no éramos los únicos en esa habitación.
-Claude, por favor- Exclamó Alexandre, a modo de reproche- eso no se hace aquí.
Despegué la mirada del piso y miré al interpelado. Era un señor de unos treinta y tantos años, de cabello tan oscuro como la noche sin luna; su ropa era igual de oscura. Estaba sentado en un diván romano, tenía en su regazo a una joven desnuda, estaba muy pálida y se veía muy menudita; tenía senos bien formados y vello rubio en el pubis. Al parecer estaba inconsciente. Él clavó en nosotros sus ojos de un impresionante azul, era un azul claro que casi parecía gris. Tenía un rostro atractivo, estaba en la flor de la madurez, poseía una mandíbula cuadrada y pómulos angulosos.
La niña en su regazo se movió, como si buscara aferrarse más a él, pero seguía sin reaccionar.
-Lo siento mucho- el tipo tenía un tono de voz grave, encajaría perfectamente en un coro, aunque no sonaba para nada arrepentido.
La muchacha se me hacía conocida, observé con detenimiento su rostro.
-Con permiso- dijo el tipo mientras se levantaba y cargaba en vilo a la muchachita, de su cabeza le colgaba una larga cabellera mitad rubio platino mitad negro.
Sonrió ampliamente, mostrando una dentadura maravillosa y un par de colmillos. Nos dio la espalda y se dirigió a un largo pasillo que se veía al extremo izquierdo del salón.
Es niña… ¿era Circe?
Alexandre sacudió la cabeza y se dirigió al mismo pasillo. Lo seguí, temiendo encontrarme con Claude, pero no había nadie. El pasillo tenía varias puertas, de ébano, cada una tenía un número romano. Parecía alguna clase de hotel macabro, ¿al final del pasillo me esperarían unas gemelas al estilo el resplandor?
-Esto es un hotel- dijo él, cuando alcanzamos la última puerta; la más grande y la más decorada, no era tan austera como las otras- Claude trajo a esa niña porque quiso, no creas que la gente que se queda aquí es así… Claude es Claude –sacudió la cabeza.
-¿Qué clase de hotel queda bajo tierra?- Inquirí.
Se encogió de hombros.
-Uno de vampiros- sonrió de manera ladeada.
-¿Tu bar es solo una fachada?- inquirí.
-Hay que ganarse la vida- dijo sencillamente.
Abrió la puerta y me invitó a pasar.
Entramos a una habitación, que parecía una pequeña salita. Tenía muebles de vinilo negro y rojo, parecidos a los que había en el bar; había cuadros gigantescos a modo de ventana, las imágenes iban desde un anochecer en Venecia, hasta una catedral gótica que parecía ser Notre Dame.
-Mi casa- dijo Alexandre sonriendo.
Él se dejó caer en un asiento y se quitó las botas, tenía unos calcetines de franjas blancas y negras a lo beetlejuice.
-Gracias por ayudarme- agregó- no sabría que hacer si estuviera solo.
Me senté a su lado, el sillón crujió bajo mi peso.
-¿Por qué no me dijiste que eras un vampiro desde el principio?- Inquirí en tono casual, en realidad ya lo sospechaba; y no le veía ningún problema, así que era solo por curiosidad.
-Pensé que ya lo sabías- se limitó a decir- estos colmillos no son de juguete.
-Jumm- mascullé-. Eso de ver como se muere la gente ¿es parte del paquete de beber sangre?
Él torció el gesto, formando una mueca de amargura.
-sería más fácil si todos tuvieran mi condena.
-¿Ves la muerte de todos?- él asintió con la cabeza- ¿inclusive…-tragué saliva- la mía?
Algo dentro de mí se sacudió, a pesar de que no tenía la certeza de que él en verdad pudiera ver como iba a morir la gente. ¿Cómo iba a morirme? ¿Sería doloroso? ¿Él lo sabría?
Los segundos transcurrían y él seguía en silencio.
- desde hace un tiempo he podido ver la muerte de todos- murmuró-, pero… no he podido ver la tuya.
Estaba claramente sorprendida y extrañamente aliviada. Por lo menos no me iba a torturar con el conocimiento de cómo iba a morir, hay cosas que sencillamente no se deben saber. Pero después del alivio, sentí un ligero peso en el estómago ¿Cuál era la razón por la cual él no podía ver mi muerte?
Tragué saliva.
-Ok esto ya se está poniendo muy raro- exclamé, él puso cara de: sorpresa, sorpresa- ¿Podemos hablar de otra cosa? Te lo agradecería enormemente.
Alexandre sonrió, tragándose toda la incomodidad del ambiente.
-Me parece muy adecuada tu petición ¿de que deseas hablar?
Me encogí de hombros.
-¿puedo preguntarte algo?- inquirí, él no pareció muy contento pero asintió con la cabeza- lo que dijiste la otra vez, cuando me desmayé ¿fue porque eres un vampiro?
Alexandre inspiró lentamente, y luego exhaló.
-Puede ser- murmuró, más para si mismo- tú pareces poseer algún tipo de sensibilidad, es como si pudieras detectar el mensaje oculto en cualquier cosa, mi música es una expresión íntima de mi ser, pero los mortales comunes no lo perciben así –levantó el rostro y me miró fijamente- tú eres la única que puede ver la parte de mi que transmito en la música.
Me quedé tensa de repente, mientras él me observaba con fijeza. Por Dios, era tan hermoso, y ahora parecía tallado en mármol, con esmeraldas por ojos.
¿Era yo tan especial? Toda mi vida pensé que era una más del montón de humanos, siempre quise ser diferente y vaya manera de conseguirlo.
-¿Cómo conociste a Friedrich?- mencionó su nombre con marcado desprecio.
Antes de responder dije:
-¿crees que él también notó…?
-Respóndeme- me interrumpió, poniéndose aún más serio; un efecto extraño de luz hacía parecer a su rostro lúgubre.
-Yo… lo conocí en una fiesta, esa misma noche… me dijo que lo acompañara… sólo fue eso- terminé encogiéndome ligeramente de hombros.
Y al parecer, aunque fuera imposible, su rostro adquirió una expresión más terrorífica. Era como un hermoso ángel sediento de sangre. ¿Por qué ese símil se parece tanto a la realidad? Tragué saliva.
-¿No te han dicho que no debes confiar en extraños?- inquirió con voz plana, su semblante se endureció, pero perdió lo terrorífico.
No fui capaz de decirle algo. Resultaba bastante extraño que él precisamente me preguntara eso, si, después de todo, gracias a Friedrich era que nosotros dos nos habíamos conocido. Me pareció más prudente guardar silencio, no estaba dispuesta a verlo enojado (si es que ahora no estaba realmente enojado) de todos modos, era un vampiro.
-No permitiré que él se te acerque de nuevo, es peligroso, ya te lo dije.
Arqueé las cejas, pero no le dije nada.
-¿pero él se ha ido no?-Pregunté, en tono casual.
Él suspiró, al parecer confundió el interés con miedo.
-Pero volverá ¿sabes? Este es uno de los tantos refugios oscuros que hay en todo el mundo, un vampiro herido o que desee alimentarse sin causar alboroto siempre se deja caer por aquí.
De alguna manera, sonaba más bonito hotel de vampiros.
-Pero si él sabe que estás aquí no vendrá ¿no? Digo, después de lo que pasó cuando te conocí…
-El muy abyecto no sabe que este refugio lo administro yo.
Sorpresa, sorpresa.
-Humm- mascullé- parece que estamos en un problema.
Alexandre soltó una risotada.
-Ah déjame eso a mí, tu no te preocupes por nada.
Se acercó y me besó de nuevo. ¡Había tenido más besos esa noche que en toda mi vida! sus manos se posaron en mis rodillas y acariciaron mis piernas, subiéndolas lentamente.
-Hace tanto que no tengo a ninguna mujer- susurró al soltarme.
Mi corazón palpitó frenéticamente, tragué saliva.
-Yo… esto… -miré el reloj- es tarde, debo irme.
Él se acercó más a mí, su respiración era fría.
-No has sido tocada por un hombre- afirmó.
Los nervios me hicieron sudar frío. Me corrí un poco para alejarme de él.
-Alexandre, de verdad es que debo irme, ya son las once de la noche y debo ir a estudiar mañana.
-Quédate aquí, no debes salir a esta hora. Por favor.
-No, debo irme; gracias por todo, fue una tarde maravillosa- dije mientras me ponía de pie.
Él hizo lo mismo, se puso las botas de nuevo.
-Lo siento, pero es que eres tan hermosa, yo…-se pasó la mano por el cabello- perdóname, es que estoy hecho a la vieja usanza.
-Oye ¿Cuántos años tienes?
Alexandre no me respondió, pasamos por el pasillo y la estancia, todo estaba desierto. Casi fue un alivio volver al ruido del bar.
-¿Vendrás mañana?- inquirió él.
-Si- murmuré.
Él me acompañó a la salida del bar, me dio un breve beso en los labios.
-Adiós- musitó.
Le dediqué una sonrisa y me despedí con la mano.
-Por cierto- dijo antes de que me fuera- nací en el quattrocento.
