VIRGEN SACRIFICADA
Al día siguiente me levanté temprano, tenía que ir al colegio. Me bañé y cuando fui a buscar mi uniforme en el cajón de la ropa encontré una pequeña bolsa de terciopelo rojo. Dentro vi un extraño collar, cuyo dije era como un amuleto bastante extraño; era una botellita en forma de daga, por dentro había un par de gotas de un líquido negruzco. También había un papelito doblado, con una nota que decía: ¿puedes ponértelo? Solo para que te acuerdes de mi cuando estés con él. Friedrich.
Fruncí el ceño y me encogí de hombros. Bueno, por lo menos era bonito el amuleto ese, tenía cierto encanto medievalesco.
En la escuela no hice más que mirar aquel extraño amuleto, Sue estaba convencida que lo había comprado en aquellas tiendas que frecuentaba.
Me quedé pensando en esa cosa negra que tenía dentro ¿qué era eso?
-Hey- exclamó Sue, estaba a mi lado- Tenemos que hacer un ejercicio en grupo.
Torcí el gesto.
-¿No puedes hacerlo tú y poner mi nombre?- dije sin mucho interés.
-¡Pero tú eres la que sabe del tema! Por Dios Agatha si tú no lo haces estamos perdidas.
-De que va el dichoso ejercicio- mascullé, agitando el amuleto; el líquido negruzco se movía por el frasquito diminuto.
-¡Deja eso!- exclamó ella, tan alto, que varios compañeros voltearon a mirarla-. Mira solo escribe de que va la primera guerra mundial y ya.
Guardé el dije dentro de mi camisa y suspiré.
-vale, vale- dije y de inmediato empecé a garabatear la respuesta sin mucha convicción.
-¿Hoy verás a Alexandre?- inquirió Sue mientras lamía su helado.
Ella estaba de muy buen humor, había pasado historia gracias a mis grandes habilidades.
-No lo sé- fijé mi mirada en la solitaria bola de helado de vainilla que flotaba en el mar de Coca-cola. Era como una islita-. Me ha llamado ayer por la noche, me dijo que podía volver al bar pero no estoy segura.
-Ah por favor- exclamó ella- tienes que ir, no seas aburrida; además es Alexandre.
Me llevé un bocado de helado a la boca.
-Supongo que iré- dije después de tragar el helado.
Algo no andaba bien conmigo. Me gustaba Alexandre, pero de alguna manera no podía dejar de pensar en Friedrich; buscaba razones para odiarlo pero no lo conseguía. Tal vez era porque había dejado de verlo, seguramente si iba a verlo volvería a pensar en él. Aunque por otro lado, tenía los enigmas de Alexandre: el motivo por el cual no podía ver cómo me iba a morir o porqué su música me afectaba tanto. Sentí una sensación incómoda en el estómago que preferí ignorar.
Al llegar a casa, lo primero que hice fue ponerme a buscar el atuendo adecuado para ver a Alexandre; y opté por un minivestido negro que tenía encaje. Me puse mis medias a rayas rojas y negras hasta las rodillas y mis botas. Mi corazón latía con mucha fuerza, casi lo sentía en la garganta. Me apliqué mi esmalte negro de rigor y mis sombras oscuras de ojos.
-Mamá- Exclamé- me voy a hacer tareas con Sue.
Mamá estaba tan ocupada que simplemente gritó desde su taller: No llegues tarde cariño.
Me relajé un montón cuando salí de la casa, por lo menos mi madre no se había dado cuenta de que iba a ver a Alexandre, y aunque ya le había contado sobre él no me sentía muy cómoda comentándole todo lo que pasaba entre nosotros.
El camino se me hizo corto, además corrí la mayoría del tiempo. Estaba muy emocionada por volver a ver a Alexandre, aunque también me emocionaba volver al bar, en aquel lugar me sentía muy bien; la gente era amigable y el ambiente era perfecto.
Me llevé una gran sorpresa al llegar, no estaba la acostumbrada fila en la puerta; de hecho, no había nadie, ni siquiera el grandulón que guardaba la entrada. La puerta grande de roble en forma de arco de ojivo estaba cerrada. Sonreí, seguramente él había cerrado el bar para tener un tiempo a solas conmigo. Golpeé la puerta con suavidad, mientras sentía una sonrisa apoderarse de mis labios.
-¿Contraseña?- dijo una voz ronca, estaba detrás de la puerta.
-¿Perdón?- inquirí- he venido a ver a Alexandre.
Nadie me respondió durante un buen rato, cuando fui a golpear la puerta otra vez me abrieron. Era Alexandre, sonriendo casualmente con sus colmillos.
-Hola- murmuré, totalmente deslumbrada.
Él me miró de arriba abajo.
-Mmmm- masculló- Te ves encantadora, justo para la ocasión.
Me puse como un tomate.
-Gracias- dije con voz estrangulada.
Alexandre traía unas bonitas botas Doc martens, pantalones negros y una camisa de seda negra; se veía inusualmente elegante. Él me guió hacia el centro del bar. Y él aspecto de Alexandre no era lo único inusual. El bar había cambiado totalmente, los asientos eran de un color morado muerto; el papel de colgadura ya no era de motivos victorianos, era como estar en un cementerio. El gran candelabro era como la luna, tenía un extraño efecto sobre las lápidas que estaban regadas en la pista de baile para darle más realismo. Y, estaba totalmente vacío.
-Organicé una fiesta hoy- comentó él mientras me guiaba hacia la cortina que había detrás del escenario.
Lo seguí en silencio, él abrió la trampilla y me indicó que lo siguiera escaleras abajo. Esta vez el túnel no estaba oscuro, el montón de escalones era perfilado por la danzarina luz de unas velas que estaban pegadas a lado y lado de las escaleras.
-y no podía comenzarla oficialmente sin mi pareja- dijo, con voz seductora sin volverse a mirarme.
Legamos al final de las escaleras, y la pesada puerta de piedra estaba abierta de par en par. Podía contemplar el gran salón, solo que esta vez no estaba vacío. Un montón de rostros pálidos se voltearon a mirarnos, Alexandre cogió mi mano y me hizo entrar al salón.
La música era suave, venía de un cuarteto de cuerdas y un órgano gigantesco. Todos los presentes estaban vestidos de manera estrafalaria, pero tenían increíbles cuerpos así que no desentonaban. Todos nos miraban, con los ojos desorbitados. Me sentí algo incómoda pero traté de sonreír. Fuimos a un costado del salón, donde había unos hermosos divanes y sillones dispuestos alrededor de varias mesas. Nos dirigíamos hacia donde estaba un señor de cabello negro y ojos azules, se me hizo extrañamente familiar.
-Eh, Claude- dijo Alexandre, se detuvo cerca de un sillón y se sentó.
Alexandre me indicó que me sentara a su lado, así lo hice, teniendo cuidado de arreglarme el vestido; aunque irremediablemente una porción de la piel de mis piernas quedaba expuesta. Miré de reojo a Alexandre, se quedó contemplando mis piernas por unos segundos antes de que yo pusiera mi bolso de ataúd para taparlas.
-Vaya, vaya- dijo el que se hacía llamar Claude- No pensé que esos rumores fueran ciertos. ¿Has renunciado al fin, después de quinientos años de celibato?
El interpelado soltó una estruendosa carcajada.
-No, de eso nada- Alegó Alexandre, yo me puse como un tomate- ¿y tú qué? ¿Dónde está esa mortal que te puso como un idiota? Olivier me ha dicho…
-¡Ese Olivier no sabe ni en que era vive!- interrumpió Claude, algo acalorado-. Además ella es… su sangre… pero su cuerpo…
Claude se quedó callado de repente, una mezcla de adoración y alegría se reflejó en su expresión.
-Circe- dijo totalmente embelesado.
Alexandre y yo volteamos a mirar a la que acababa de llegar. Me puse de pie de inmediato y sonreí.
-Hola Agatha, hola Alexander- dijo Circe sonriendo a su vez, al parecer había olvidado aquel incidente que tuvimos al conocernos.
Su cabello ya no caía recto alrededor de su rostro sino que estaba en capas, su mitad de cabello rubio platino estaba impecablemente teñida. Lucía un atuendo de principios del mil novecientos, solo que la falda era corta y traía botas de combate. Ella se sentó en el regazo de Claude, le empezó a acariciar el cabello mientras él ponía cara de perrito faldero. Ahora que lo recordaba, se había maquinado un extraño cambio en Claude la primera vez que lo vi con Circe parecía controlado, como si fuera el dueño del mundo o el donjuán más grande de la historia; y ahora parecía un manso corderito.
Alexandre parecía igual de incómodo que yo.
-Creo que quedó fuera de combate- murmuró Alexandre mientras Claude entrecerraba los ojos y ponía expresión de total éxtasis.
-Vaya, pensé que era la única mortal aquí- dijo Circe, que al contrario de Claude estaba totalmente alerta.
Yo le sonreí.
-Bien, creo que debo ir a hablar con los demás- dijo Alexandre mientras se ponía de pie- os dejamos; Claude, Circe fue un placer verte de nuevo.
Él me indicó que lo siguiera, me despedí de Circe y de Claude, que al parecer estaban muy concentrados haciendo otra cosa.
Nos deslizamos a través de la amplia habitación, sorteando las parejas de seres pálidos y de aspecto angelical. Que difícil era pasar de largo y no quedarse mirando fijamente a todos, era como una convención de supermodelos.
-Hey Alexandre.
Nos detuvimos, Alexandre me condujo hacia una esquina, había tres personas allí sentadas en los muebles que se acumulaban hacia esa esquina. Era extraño y variopinto aquel grupo de personas, eran hombres; uno tenía piel olivácea, era como hecho en ébano; su cabello era rizado y rubio algo muy peculiar, combinando eso con sus ojos de una extraño azul eléctrico. ¡Era el hombre más inusual que había visto! Aunque su rostro y sus características lo hacían muy hermoso.
El otro par de sujetos eran a su vez absurdamente atractivos, ambos blancos como la nieve, uno era de pelo castaño con canas que estaban hermosamente distribuidas por su cabellera; le daba un brillo plata a su pelo. Y el último tenía una cabellera rubia, con bucles que le enmarcaban el rostro angelical, el cabello le llegaba hasta los hombros y sus ojos eran de un azul glacial.
-¡Qué maravilla verte de nuevo, Bethor!- exclamó Alexandre.
El tipo hecho de ébano sonrió ampliamente mientras se ponía de pie, sus compañeros también se pusieron de pie.
-Han pasado casi trescientos años- habló el que se hacía llamar Bethor, su vos tenía un rico matiz y un acento bastante peculiar-. Te presento a mis hijos, Balthazar y Sebastian.
Alexandre les dedicó una pequeña reverencia y sonrió.
-¿Son tan excepcionales como su padre?- preguntó Alexandre-. Belleza no les falta Bethor, son realmente exquisitos.
-Oh por supuesto que no son sólo querubines, mi Alexandre. Balthazar, dulce mío, muéstrale a Alexandre lo que puedes hacer.
El hombre de las canas, unió sus dos manos; como si estuviera sosteniendo algo delicado entre ellas, luego las separó con delicado gesto y tendió hacia Alexandre su mano derecha; sobre ella había una rosa hecha de hielo. El otro hombre, que parecía el más joven del grupo, miraba con desdén disimulado la rosa de hielo de Balthazar.
-Puedo controlar la humedad del ambiente- dijo Balthazar, haciendo una reverencia a Alexandre antes de hablar-, puedo condensarla y crear lluvia, o simplemente reunirla en mi mano y hacer hielo.
-Maravilloso- dijo en tono ceremonioso Alexandre- ¿Y tú, joven Sebastian?
Bethor le dedicó una sonrisa a Sebastian y dijo:
-Mi joven pupilo no ha desarrollado ningún poder, pero espero grandes cosas de él.
Balthazar me tendió la rosa, sonriendo. La contemplé antes de cogerla, no había agua en la palma de su mano, por lo que su mano debía de estar helada. Acepté la rosa y la tomé entre mis manos; era un contraste divertido, el hielo se deshizo con rapidez en mi cálida mano.
-Pero que descortés he sido- dijo Alexandre de repente- ella es mi… digámoslo en términos actuales, es mi novia; Agatha.
-Como la piedra- dijo Bethor- que mujercita tan encantadora.
-Es un placer conocerlos- dije sonriendo ligeramente.
Bethor sonrió, pero frunció el ceño de repente y se acercó a mí.
-¿Has oído hablar de las vírgenes sacrificadas?- me preguntó.
¿De qué diablos hablaba? Sacudí la cabeza, mientras trababa la mirada en Alexandre; el parecía tenso de repente.
-Solían ser identificadas con un amuleto- prosiguió Bethor- que las protegía del mal, hasta que eran sacrificadas-. Levantó su fina mano y señaló el collar que me había dado Friedrich- ¿me permites?
Me quité el collar y se lo di.
Alexandre y Bethor se quedaron pasmados observando el collar. Sentí mi corazón palpitar con fuerza ¿entonces cual era la intensión de Friedrich con ese regalo?
-¿Quién te lo dio?- demandó Alexandre, mirándome duramente.
-Yo… eh la verdad…
-No te preocupes querida- dijo Bethor, calmado con una expresión amable en el rostro- no te van a matar, ese era el antiguo significado; para alguien viejo como yo. Pero los jóvenes, que abundan en nuestras filas, lo usan para identificar los humanos de los cuales se alimentaran o en raros casos…
-Suele significar que tomaran la virginidad de aquel humano que lo posea- terminó Alexandre, en tono cortante.
Bethor soltó una risotada, hermosa y llena de vida; que contrastaba con el duro semblante de Alexandre.
Fruncí el ceño, así que eso quería Friedrich. Maldito fuera.
-Seguro fue una oferta dura de rechazar- dijo Bethor a Alexandre- nos prohíben alimentarnos de criaturas inocentes y aquí esta jovencita se ofrece. ¡La sangre pura y libre de pecado es lo que cualquier bestia infernal desea!
-¿Quién te dio eso?- demandó de nuevo Alexandre.
-Me lo encontré- mentí-. Me pareció muy bonito y lo cogí, no pensé que fuera nada malo.
Alexandre le quitó el amuleto a Bethor y lo hizo añicos entre su mano.
-Pobre el humano que perdió eso- dijo Bethor, mientras se sentaba al lado de Sebastian y Balthazar, ambos habían estado callados escuchando atentamente nuestra pequeña conversación.
-Creo que debemos retirarnos- dijo Alexandre, lejos de aquella soltura de siempre- fue un placer verte de nuevo Bethor, espero que te quedes aquí tanto como te sea posible.
Me tomó de la mano y me llevó al pasillo que conducía a su habitación. No dije nada, y él tampoco; parecía todavía enojado por lo del collar ¿pero que iba a saber yo?
Me indicó que entrara a su apartamento, cerró la puerta con un golpe seco. Se volvió hacia mí y me dijo: sígueme. Hice lo que me pedía, me guío a lo que al parecer era su dormitorio; su cama era doble con unas sábanas de seda color carbón. En la cabecera de la cama había un gran cuadro, la imagen que había allí me dejó boquiabierta. Allí estaba mi viva imagen, desnuda yaciendo sobre un prado lleno de lirios rojos. Mi expresión era serena con los ojos cerrados, pero mis labios estaban insinuando una sonrisa traviesa como si estuviera recordando algo maravilloso. Mi mano derecha descansaba sobre mi vientre y la izquierda estaba enredada en mis cabellos. A la segunda mirada del cuadro, noté que ese cuerpo no se parecía al mío, mis senos no eran tan abundantes, mi cintura era más estrecha y mis costillas se notaban más.
Aquella pintura correspondía a los cánones de la pintura victoriana, la silueta se desvanecía confiriéndome una apariencia angelical; mi entrepierna era lisa sin ninguna hendidura o vello. Y la piel era pálida sin ningún rastro de rubor en ella. Estaba segura que si miraba más de cerca, no notaría los brochazos sobre el lienzo.
-Lo que más amo de aquella pintura es el cabello- dijo Alexandre, al ver que yo contemplaba el cuadro- cae en hermosos bucles sobre los lirios, como una cascada de miel. Eres como la tierra prometida, llena de leche y miel.
-¿Cómo pudiste pintar eso?- le pregunté- es casi exacto.
-Mi imaginación- dijo en tono de voz peculiar.
Caminé por su habitación, me acerqué a una mesa de centro, que tenía forma de ataúd, en efecto era un ataúd. ¡Qué genial!
El carraspeó un poco para llamar mi atención.
-Agatha, creo que es necesario que esta relación se vuelva más seria –dijo él sin ninguna inflexión de voz- y hay ciertas cosas que mi naturaleza me pide que haga.
Me quedé callada, mientras él se acercaba a mí. Me dio un beso breve y luego se apartó.
-Se que puede sonarte un tanto… extraño lo que te voy a pedir- continuó él, mientras sostenía mi rostro entre sus manos-. Debo beber tu sangre, y marcarte como mi consorte.
Sonreí tontamente, aunque no estaba segura del porqué; de alguna manera había esperado otro tipo de petición más… humana. Aunque esta no estaba nada mal y a decir verdad, no habría sabido manejar la otra petición.
-Me siento tan halagada- confesé tímidamente- jamás había sentido algo parecido.
-Me complace que así sea- susurró él.
Empecé a quitarme la gargantilla con la cruz de la victoria que siempre llevaba puesta, pero él me detuvo.
-No- espetó- beberé de otro lugar, así no verán la marca.
Él se dirigió a la cama, se quedó de pie y me indicó que me sentara. Me senté al borde de la cama, él se arrodilló al frente de mí. Tragué saliva mientras él ponía sus manos en mis rodillas y lentamente fue subiéndolas por mis muslos.
-Hay una vena por aquí- murmuró, su voz era suave y tranquila, mientras iba subiendo mi vestido- para nosotros, beber de ella significa algo muy sagrado, en especial si la criatura es virgen.
Vaya, todos los vampiros tenían una extraña fascinación por eso; me parecía una idea muy romántica, muy del siglo XIX. Pero me guardé mis comentarios sarcásticos, para él era algo especial y sagrado. Me subió la falda hasta la cintura, se veía mi ropa interior, una parte de mi se avergonzó por las bragas con corazoncitos azules.
Se me puso la carne de gallina cuando tocó la cara interior de mis muslos con sus fríos dedos.
-Voy a dejar una impresión de todos mis dientes- dijo, mirándome fijamente- por lo general solo usamos los colmillos, pero dejar la maraca de todos mis dientes indica que soy tu pareja. ¿Estás dispuesta a esto, Agatha? ¿Estás dispuesta a tomarme como tu pareja?
Asentí con la cabeza.
