THIS IS THE GHOULS NIGHT OUT

Estaba sentada en mi cama, mirando mi herida. Jamás me hubiera imaginado que iba a doler tanto; había sido como si me hubiera cortado con una cuchilla de afeitar y me hubiera sacado el tajo; el aire me hacía arder la herida y era insoportable la idea de ponerme el pantalón del pijama. Me toqué con cuidado la marca, la punzada de dolor fue intensa; tuve que morderme el labio para no hacer ningún ruido. No iba a poder dormir, hasta las frazadas me iban a molestar la herida.

Salí en silencio de mi habitación y fui al baño, busqué algo para proteger la herida; cogí un pedazo ancho de venda adhesiva color piel y me la puse. Al rato el dolor remitió, eso me agradó bastante.

Friedrich no había aparecido, eso estuvo bien; porque tenía ganas de ahorcarlo. Era mejor para él no volver a poner un pie en mi casa.

No pude dormir, me sentía extraña; un tanto estimulada y agitada por el dolor proveniente de la mordida. Eran tonterías lo que decían en los libros. No lo había disfrutado mucho, y Alexandre me había mirado de una manera extraña, con sus ojos ligeramente teñidos de rojo. Lo único bueno había sido que después de la mordida me había besado y acariciado por un largo tiempo.

Me empezaba a meter poco a poco al mundo de los vampiros, que parecía más complicado de lo que me hubiera imaginado.

-Agatha.

Abrí los ojos lentamente, no tenía muchas ganas de despertar.

-¿Hum?- mascullé.

Me puse de pie de inmediato al ver que era mi maestra de sociales.

-Creo que no es lugar para dormir- dijo en tono de censura- ¿te parece muy aburrida la revolución industrial?

Guardé silencio, ni siquiera la miré a la cara.

-No señora.

-Tendrás que hacerme un ensayo de cinco páginas de la importancia de la revolución industrial.

Vi sus piernas alejarse de mí, me senté de nuevo y suspiré.

Al rato estaba Sue tratando de sacarme la verdad, ¿pero que le podía decir? Me la pasé dándole explicaciones tontas, no sé si ella se las creyó o solo se hartó; de todos modos, al medio día dejo de molestar.

No podía dejar de pensar en lo que había pasado la noche anterior. Todos esos vampiros que había visto, ¡jamás pensé que habrían tantos en esta ciudad! Luego aquella extraña cosa del amuleto, las vírgenes sacrificadas; y lo de la pintura de la habitación de Alexandre.

Tenía que admitir que lo del aquella pintura me había dejado pensando. ¿Cómo había logrado retratar con tanta precisión mi rostro sin tenerme allí de modelo? Pero, aquella pintura tenía algo extraño. No era el hecho de que estuviera desnuda, era que de alguna manera; no era yo. Pero no era posible de todas maneras, aquel era mi rostro; mi cuerpo no correspondía al de la imagen, pero era porque había sacado la imagen de su cabeza.

Suspiré. Tenía que apartar eso de mi cabeza; o me volvería loca tratando de buscarle significados absurdos. Me incorporé, pues había estado toda la tarde echada en la cama. Cogí mi teléfono móvil de encima de mi mesita de noche; tenía tres llamadas perdidas de un número desconocido, lo gracioso era que ni siquiera salía el número; decía textualmente "número desconocido" en la pantalla del teléfono.

-Vaya, que cosa tan rara…- murmuré, pero ni siquiera terminé la frase porque el celular empezó a vibrar.

Era el número desconocido.

Solté el celular, como si estuviera hirviendo en mis manos. ¿Quién sería? ¿Sería equivocado? Bueno, fuera lo que fuera era mejor averiguarlo. Me puse de pie de un salto y fui a por el celular, contesté.

-Santos infiernos, debiste decirme que era Alexandre- gruñó alguien al otro lado del teléfono.

Mi corazón dio un salto, lo sentí en mi garganta.

-¿Friedrich?- exclamé asombrada.

-¿Por qué con él, maldita sea?- vituperó, tuve que apartar el teléfono de mi oído porque el tono de voz de Friedrich me lastimaba.

-Deja de gritarme- me quejé- si no te calmas voy a colgar. ¿Cómo conseguiste mi número?

Hubo un corto silencio del otro lado de la línea.

-me robé el celular de Alexandre- dijo, como si fuera lo más normal del mundo- pero ese no es el punto. ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¡Precisamente con Alexandre!

-¡Deja de tratarme así! ¡Eres un estúpido!- vociferé y me sentí con ganas de lanzar el teléfono al otro lado de la habitación.

Suspiró con acritud.

-Está bien, tenemos que calmarnos o no vamos a llegar a ningún lado.- dijo en tono razonable.

-¡Pero tú empezaste con eso!- rezongué.

-está bien, está bien yo me calmaré- lo escuché de nuevo suspirar- ¿Por qué Alexandre?

-¿Qué problema tienes con él?- Inquirí- es una buena persona y yo lo quiero mucho.

-Es… complicado. Dime una cosa ¿conservas todavía el collar que te regalé?

Hice rodar los ojos.

-Pues… Alexandre lo destruyó- respondí-, él me explicó lo que significaba.

Él soltó una oscura risotada, hizo que me bajara un escalofrío por toda la espalda.

-Bueno, era de esperarse-. Aceptó, aún riéndose.

-¿Y de verdad pensaste que te iba a dar mi virginidad?- Le dije con cierto tono de incredulidad.

-Pues, técnicamente tu virginidad me pertenece.

-¿Qué?- exclamé.

-Al aceptar el collar, me lo has prometido- ya podía imaginar su sonrisa socarrona.

-¡Pero yo no sabía que significaba eso!- me quejé.

Maldito fuera.

-Humm- susurró, sonó ligeramente rasposo; casi como un gruñido- No deberías quejarte, ya verás que no hay mejor amante que yo.

Fruncí el ceño.

-Pero no solo significa eso- dijo él antes de que pudiera decirle algo- también simboliza que tu sangre es mía; nadie puede alimentarse de ti.

Sentí una punzada en la herida que me había hecho Alexandre.

-Para tu información, no soy un objeto que puedas declarar de tu propiedad.

Soltó una risotada.

-Eres humana, además eres mía desde el momento mismo de tu concepción.

-¿Qué?- inquirí.

Hubo un corto silencio, escuché una voz aguda hablar en el fondo.

-Err hermosa mía debo colgar- dijo él, su voz sonó algo espesa- además, estas cosas se deben hablar en persona.

-Pero…

-Tranquila, ya te lo explicaré. Ahh- suspiró- no puedo esperar a hacerte mía. Adiós.

Colgó.

Al pasar los días mi frustración fue más que evidente. Estuve de mal genio ¿Qué había sido eso de "me perteneces"? No pude evitar sentirme como un objeto. Maldito fuera.

Traté de concentrarme en mi ensayo, pero en realidad no lo hice; escribí esas cinco páginas con un cuarto de cerebro; pues el resto estaba con los vampiros. Santo Dios, no podía dejar de pensar en Friedrich y sus crípticos comentarios.

Era hora de que le contara todo a Alexandre, tal vez así Friedrich me dejaría de molestar; así que cuando llegue del colegio me armé con mi vestido de cuadros blancos, negros, mis mary jane's y mi crucifijo y fui al bar de Alexandre. No intenté llamarlo, pues sabía que su celular lo tenía Friedrich.

Me llevé una gran sorpresa cuando llegué al bar. Había un montón de gente afuera; y eso que apenas eran las seis de la tarde. Los que estaban formados no parecían los góticos normales, me recordaban más a los invitados de la fiesta de Alexandre. ¿Serían…?

Cuando llegué a la puerta, el hombre que la custodiaba se quedó mirándome. Era pelirojo, y de ojos verdes.

-¿En qué te puedo ayudar, mademoiselle?- inquirió él, con voz de mezzosoprano.

-Yo… necesito ver a Alexandre- murmuré, mientras contemplaba fijamente al señor.

Negó con la cabeza.

-creo que no puedes verlo, ahora mismo está dando una reunión privada.

-Pero…- mascullé.

-¡Julien!- gritó alguien desde la fila, el hombre y yo volteamos a mirar.

El que al parecer lo llamó, era un hombre de piel aceitunada y pelo rubio; se salió de la fila y fue hacia nosotros.

Era Bethor.

-Hola pequeña- dijo él, dedicándome una brillante sonrisa- ella es la pareja de Alexander, creo que debes dejarla pasar.

Julien –si es que ese era su nombre- entrecerró los ojos.

-Pero es humana, y vamos a hacer un ritual de sangre.

-Y es consorte del que va a oficiar la ceremonia, así que déjala pasar.

Julien torció el gesto, y me dejó pasar. Bethor entró después de mí, yo le sonreí en agradecimiento.

-¿Te pidió Alexandre que lo acompañaras?- preguntó él.

-Ehh… no, la verdad no sabía que iba a hacer algo importante; sólo quería verlo, pero no le avisé que venía.

Bethor se detuvo en el centro de la pista de baile, y ahí fue cuando me percaté que habían cubierto todo con una cortina negra. Solo quedaba a la vista el candelabro, en el centro de la habitación despidiendo una luz mortecina.

-Es un tanto delicado que estés aquí ahora- murmuró él- y más si Alexandre no te pidió que vinieras.

Sentí un ligero retorcijón en el estómago.

-¿quieres decir que… es mejor que me vaya?

Él asintió con la cabeza.

-Pero… si le decimos a Alexandre que estoy aquí, quizá…

Bethor negó con la cabeza.

-No creo que puedas acercarte hoy a él.

-¿Por qué?- inquirí, mientras sentía que me perdía en la hipnótica mirada de Bethor.

-Porque está famélico. Lo siento, no debí de haberte dejado entrar.

Me quedé ahí de pie en la gran sala, mirando a Bethor; totalmente desconcertada.

-Yo debo bajar, así que nos veremos la próxima vez, Agatha.

Bethor desapareció detrás de la cortina que se suponía que ocultaba la puerta a las habitaciones del sótano.

Por nada del mundo me iba a ir de ahí, me metí detrás de una cortina; me acurruqué debajo de una mesa y dejé ligeramente corrida la cortina para poder espiar sin que notaran que estaba allí.

Mi corazón latía a mil por hora mientras esperaba. No hubo más que silencio, y empecé a sospechar que iba a hacer su "ritual de sangre" en la habitación de abajo. Pero de repente escuché pasos y personas que hablaban en voz baja. Un montón de rostros pálidos empezaron a aparecer de la nada en la habitación. Todos estaban vestidos de negro, así que parecía que sus rostros blancos fueran meras máscaras que colgaban en la pared.

Empezaron a cantar, pero solo las mujeres. Tenían voces dulces y la tonada que cantaban tenía una cadencia melancólica. Lugo los hombres empezaron a cantar, en otro idioma; algo parecido al latín. Cuando la canción alcanzó su punto culminante; una de las máscaras se movió al centro.

-Hermanos y hermanas –habló el hombre en inglés, con marcado acento británico- es tradición que se hable en La Vieja Lengua, pero en esta ocasión; se celebrará en esta lengua de mortales; para honrar a los más jóvenes entre nosotros- sonrió, su cara blanca de repente cobró vida-. Estamos aquí reunidos para oficiar uno de los actos más antiguos de nuestra historia. Afianzará el poder del líder de este aquelarre y cobijará bajo su protección a un humano escogido.

»Todos aquí hemos celebrado nuestra iniciación, así que, hermanos y hermanas; recibamos con alegría a la nueva sangre se nos une.

El hombre volvió a meterse entre los demás, mientras empezaron a entonar de nuevo una canción en voz baja. Los bajos que alcanzaban sus voces eran imposibles; era evidente que no eran humanos.

Otra persona fue al centro de la congregación, pero no le pude ver el rostro pues estaba de espaldas a mí.

-¿Qué nos ofreces, hermano?- dijeron al tiempo todos los que estaban allí.

-Sangre- exclamó el del centro, su voz me sonó muy familiar.

-¿Qué quieres a cambio?-espetaron los demás, al unísono.

-Su permiso.

-¿Quieres compartir los dones eternos?

-Sí.

-¿Es digno el humano de tan altos menesteres?

-Sí.

Entonaron al tiempo una corta plegaria, que sonó como si estuvieran rezando un rosario.

-Tráelo entonces, si afirmas que es digno; te creemos –dijo el hombre que habló la primera vez, el del acento; los demás guardaron silencio-. No tenemos valor para juzgar; pero el maestro sí. Somos sumisos a su mandato.

El que estaba en el centro se quedó allí, y de entre la multitud salió una mujer desnuda. Su piel resultaba muy roja a comparación con los otros. Era humana, y… ¿era Circe?

Me quedé muy sorprendida, mientras contemplaba a Circe; ella se arrodilló ante el que estaba en el centro.

-Mi voluntad es la suya, mi señor- dijo ella en tono reverente.

-Esta es la humana, hermanos; intercedan por mí para que el maestro la acoja bajo su protección.

Empezaron a cantar otra vez; pero una melodía más fúnebre, me hacía erizar los vellos. Pero fue breve, callaron de repente; al tiempo que entraba a la estancia una figura vestida de color rojo borgoña. No le pude ver la cara, pues traía puesta la capucha de su túnica. Solo se le veían los pies, blancos como la nieve, hasta sus uñas tenían un ligero brillo dorado. Dio una vuelta por el lugar, me quedé muy quietecita cuando paso al frente mío, pues se detuvo por un momento.

¿Me había escuchado? Traté de aguantar la respiración. Fueron unos segundos muy largos, solté la respiración cuando siguió su camino. Se detuvo al frente de Circe y del otro, pude verle el mentón y los labios; pero no los ojos.

-¿Cuál es tu petición, hermano mío?- pronunció el que estaba vestido de borgoña; su voz era grave y profunda, seguramente era un hombre.

-Maestro- dijo el otro, haciendo una ligera reverencia- he pedido humildemente a su aquelarre que me concediera el permiso para tener una audiencia con usted.

-¿Qué os ha pedido este hermano?- preguntó el de rojo a la congregación.

-Que acoja a esta humana bajo su gracia, Maestro- dijeron todos al unísono.

-¿Es por esto que se ha convocado la reunión?- Inquirió el sujeto, que al parecer era el líder de todos los presentes.

-Sí, Maestro-. Respondieron todos.

El hombre de rojo empezó a moverse por el lugar, mientras los otros se quedaron muy quietos.

-La Sangre Oscura no es cualquier cosa, es algo sagrado y que solo se le concede a los más dignos. Antes solo se le daba a las criaturas vírgenes; ahora los tiempos han cambiado, y muchas de nuestras creencias han mutado con los siglos. ¿Entonces, hermano, me estás diciendo que esta mujer es digna de unirse a nuestras filas?

- Si, maestro.

-¿Aunque no sea virgen?- inquirió.

-Yo la he desflorado- dijo el otro-. He probado su sangre y su carne, ella me la ha entregado como ofrenda.

-¿Y qué me ofreces a mí, para que haga lo que me pides?

-Mi sangre.

El de rojo soltó una fría risotada.

-¿Tu sangre inmortal bastará para calmar mi sed? Recuerda, hermano, que he ayunado para oficiar esta ceremonia.

-¿Qué sugiere usted, maestro? ¿Qué le de sangre de un humano?

-No le estoy sugiriendo nada- dijo el otro, su tono de voz sonó cortante.

-Tome mi sangre, maestro- dijo Circe- él sólo está intercediendo por mí.

-Ya que estás tan dispuesta, tomaré lo que ofreces; y le concederé al hermano el permiso para que te de la sangre. Estás ahora bajo mi protección. Ven a mí, y dame tu sangre.

Circe se puso de pie, y fue hacia donde estaba el "Maestro"; este se acercó a su cuello, sacó de su manga lo que parecía ser una daga y con un movimiento ágil le abrió una herida en la yugular; empezó a beber de ella.

-Sangre de mi sangre, carne de mi carne- empezaron a repetir todos en voz baja.

Circe empezó a desfallecer, tuvo que agarrarse de la túnica del Maestro para no caer. El maestro la soltó, y el otro con la túnica negra la tomó entre sus brazos.

-Has escogido muy bien- dijo el maestro, sus labios habían tomado un color mas rojizo-. Ahora cierra el trato y tómala ante tus hermanos; porque ahora en adelante será una de nosotros.

Alguien de la congregación se movió, y trajo una silla de aspecto sencillo. El maestro se sentó allí.

-sangre de mi sangre, carne de mi carne- siguieron repitiendo todos.

El que estaba con Circe se quitó la túnica, quedando totalmente desnudo. Era Claude. Él le indicó a Circe que se tendiera sobre el suelo y empezó a besarla. Empezaron a hacer el amor al frente de todos ellos. Nadie cambió de expresión, todos siguieron totalmente inmóviles.

Naturalmente, yo me puse muy roja; decidí taparme los ojos. No había presenciado nunca aquello, parecía una terrible ofensa que algo tan privado tuviera que ser observado por todos. Me concentré en los latidos de mi corazón, pero aún así no pude evitar escuchar los gemidos de Circe.

-¡Traigan sangre!- dijo el Maestro- tengo sed.

Abrí lentamente los ojos, Claude estaba sentado en el suelo, tenía a Circe en el regazo; le acariciaba el cabello. El Maestro seguía sentado en la silla, recostado sobre su brazo; en un ademán de aburrimiento.

-Hay una humana aquí, Maestro- dijo el que tenía acento Inglés.

-¿Y es la de la ofrenda?- inquirió.

-No.

Yo tragué saliva cuando los dos fijaron la mirada en donde estaba yo. Me corrí hacia la pared más cercana.

El Maestro se puso de pie y se dirigió hacia donde estaba yo. ¡Santo Dios! Mi corazón empezó a latir con fuerza. ¿Me iban a matar? ¿O me iban a hacer algo peor?

-¿Quién no se fijó?- dijo él maestro, con voz dura- ¿Quién la dejó entrar? Es una hembra, la huelo; también huelo su miedo. Exijo su sangre.

Él se acercó más y más, corrió la cortina. Me metí más al fondo, y me recosté contra la pared. Él estiró la mano, cogió mi tobillo y me haló hacia él. Estaba tan asustada que no grité, me quedé inmóvil. Me arrastró fuera de la mesa y me soltó. Su capucha se había caído, ¡era Alexandre!

Él estaba tan sorprendido como yo.

-¿Qué haces aquí?- Inquirió él, tenía algo diferente en su ojos; el verde se había teñido de rojo y tenía ojeras moradas muy marcadas.

-Yo… quería hablar contigo.

-No es el momento indicado- dijo él, todos nos estaban mirando, hasta Claude y Circe.

Me ayudó a poner de pie.

-Sangre para todos, - repitieron todos- sangre para el Maestro.

-Ella me pertenece- dijo Alexandre- su sangre y su cuerpo es mío, ella es mi consorte.

Todos callaron.

Alexandre me levantó la falda, yo no hice nada pare impedírselo. Tocó la marca de sus dientes que yo tenía en la pierna.

-Tomaré de ella, para honrarla.

-El Maestro ha tomado una doncella- dijo el del acento- enhorabuena al Maestro.

Alexandre se acercó a mí y me susurró en el oído:

-Tengo que beber pequeña mía, por favor. Me lo debes, no debiste de haberte metido aquí sin permiso.

Asentí débilmente, mientras sentía que los colores abandonaban mi rostro. Él me guió hasta la silla, y me hizo sentar. Se arrodilló, me besó la rodilla y lentamente fue acercando sus labios hasta donde estaba la herida que me había hecho. Y me mordió.

Me encogí en la silla. Estaba resultando más doloroso que la última vez. Y con todos esos ojos mirándome, sentí mucha vergüenza. Solo quería irme de allí; debí de haberle hecho caso a Bethor. Busqué entre las máscaras que flotaban, pero ninguna estaba hecha de ébano.

Solté un grito cuando Alexandre empezó a succionar con más avidez. Era muy doloroso. Me aferré a los brazos de la silla y cerré los ojos con fuerza; suplicando que el dolor desapareciera.

-Sangre de mi sangre, carne de mi carne- los escuché decir.

Empecé a sentirme muy adormilada, y caer en la inconsciencia resultaba lo más tentador; así escaparía del dolor…