PRÓLOGO

En el continente nórdico se estaban llevando a cabo un sinfín de saqueos a aldeas y poblados desprotegidos. Pero cuando su pueblo fue atacado, Valeska no supo reaccionar.

Antes de darse cuenta de lo que pasaba, estaba encerrada en una jaula junto con muchos de los residentes de camino a otra tierra, esperando ser vendida como esclava.

La madre de Valeska había muerto hacía cuatro años, y su padre se había encargado de criarla desde entonces. Pero no le veía en ninguna de las otras jaulas, y se preguntaba si seguiría vivo.

-Eh, niña.

Quien iba a su lado, una mujer joven de aspecto refinado y asqueado, le preguntó que de dónde era.

-Del norte sureño.

-Ah, eres de los mestizos.

-¿Y? Soy persona, aunque en este momento no se me trate como tal.

Valeska le dio la espalda a la mujer, pues no tenía ganas de discutir con gente que siguiera opinando que los sureños eran inferiores a los norteños.

El continente del norte, Iepar, estaba dividido en dos zonas desde hacía apenas veinte años. La zona del norte, en la que vivían los nativos, y la zona del sur, en la que convivían nativos y extranjeros. Los sureños eran despreciados porque según las creencias nacionales, sus ojos dejaban de ser verdes o azules y se volvían oscuros, negrizos, como el color de la muerte. También había desigualdad entre las gentes debido al valor que le daban a la raza pura nórdica, a saber, rubio o pelirrojo con ojos claros.

Pero Valeska era pelirroja, con los ojos carbón, heredados de su madre. Aquella mujer los tenía verdes.

Era cierto que muchos nórdicos puros nacían con los ojos oscuros, pero rápidamente eran desterrados e intercambiados por niños de ojos claros de procedencia...Desconocida. Aquel detalle no era muy conocido, y nadie quería inmiscuirse en temas de política debido al caudillo que dirigía Iepar.

Pero a Valeska le esperaban más de una sorpresa en su nueva vida.

Tras varias horas de viaje, cuando la noche empezó a cerrarse y el frío comenzó a ser insoportable, las carretas que llevaban las jaulas se pararon. Harían campamento en aquel lugar y al día siguiente continuarían. Nadie sabía a dónde iban, pero los blasones que portaban las carretas descubrían a los captores, aunque solo fuese a los ojos de quien hubiese leído alguna vez un libro de historia en su vida.

-Nanbu. -Pronunció la joven.- Nanbu, continente del sur. No es como Iepar, tiene dos reinos.

-¿Qué dices?-La mujer de ojos verdes hizo una mueca.- ¿Sabes a dónde vamos?

-Los blasones -señaló Valeska- son de Nanbu, el continente del sur. A diferencia de Iepar, que solo tiene un reino, Nanbu tiene dos. Lo leí en un libro en el que hablaba de los cuatro continentes.

La mujer no cambió su expresión.

-¿Y qué dos países son esos? ¿Sabes a cuál de ellos nos llevan?

-Están Aftanesia, capital Aftarko, y Aswer, capital Nikkor. Pero no sé a cuál iremos, porque no hay blasones de ningún país en concreto.-Mintió.

Por supuesto que ya sabía a dónde se dirigían, pero no veía razón por la que guardarse algo de información le fuera una desventaja. Además, si no se equivocaba y realmente iban hacia Aftanesia, estaría en graves problemas. Y no era bueno poner nerviosa a una mujer que se notaba que antes había tenido tierras y dinero y ahora se encontraba en una jaula.

Era cierto que no había blasones de ninguna estirpe, pero sí había ciertas pautas a la hora de acampar que llamaron su atención. En los libros que había leído sobre Aftanesia decía que cuando sus generales acampaban acostumbraban a hacerlo en filas al borde de un precipicio o cañón, pues si trataban de atacarlos sólo tendrían que defenderse de un lateral. Cuando Valeska leyó aquello le pareció una gran estupidez, pero ahora que estaba allí sabía que las jaulas, colocadas al borde del precipicio, servirían para que los presos no escaparan, para que tuvieran un lateral asegurado de ataques y además un medio de escapada drástico en caso de que las cosas empeoraran demasiado.

Finalmente se durmió, no sin antes buscar desesperadamente, pero por última vez a su padre.

CAPÍTULO 1

Aftarko era enorme. Era incluso más grande que la capital de Iepar, y estaba llena de colores. Los puestos de comida, las murallas rojizas, los tipos de vestimenta de la gente…

Cuando atravesaron la colosal muralla se había quedado sin aliento, pues contaba la leyenda que dicha muralla estaba formada por los huesos de los enemigos del primer rey de Aftanesia. Huesos, y barro rojo.

Sin embargo, la muralla parecía estar hecha de piedra normal, con el barro rojizo, sí, pero no había señales de haber huesos.

Atravesaron un puente después de la muralla, y pudo ver las aguas tan oscuras en las que nadaban alimañas inimaginables. Había leído que nadie de la ciudad tenía permitido acercarse a dichas aguas por el peligro que suponían. Después se adentraron en la ciudad, la cual se extendía a lo largo de montañas, colinas, valles y varios ríos. Era como un conjunto de ciudades.

Mientras iban por las calles algunos atrevidos se les quedaban mirando, mientras que la mayoría les dejaba paso. Llevaban más de una semana en esas jaulas, y a pesar de la belleza de la ciudad, porque era bella, un mal humor constante se había apoderado de todos, presos y captores.

Finalmente pararon en una gran plaza al borde de lo que en su día fue una colina, pero que ahora servía como mercado de esclavos. Un hombre uniformado con aires de ser el propio Rey se acercó a la jaula de Valeska, y mientras hablaba abrió la jaula y fue encadenando a cada individuo que bajaba.

-Ahora subiréis al mercado, os estaréis quietos y dejaréis que os examinen. Después os pondrán a la venta. No tenéis permitido ni hablar, ni resoplar ni suspirar, mucho menos quejaros de cualquier forma. No sois personas, sois esclavos, inferiores.-Valeska bajó de la jaula y miró al oficial a los ojos. Sabía que cuando más calmada estuviera mejor saldrían las cosas, pero llevaba un malestar encima que no estaba dispuesta a contener por mucho tiempo más.

-¿Qué tipo de compradores vienen?-Dijo con voz seca y apagada.

El hombre la miró divertido, y burlándose de ella la golpeó en la cara. Valeska se tambaleó y cayó al suelo, mientras todos la miraban. Se levantó con los ojos apretados y sujetándose la mandíbula, pero le agarraron las muñecas y le pusieron una cadena a la espalda.

Mientras subían por las escaleras de camino a una casa de lavado, iba maldiciendo para sus adentros su estúpida pregunta, al guardia que la había golpeado y a esa cara de arrogante que tenía. Si tenía oportunidad, pensó, le haría pagar esa bofetada.

Los separaron. Los hombres fueron a una casa y las mujeres a otra. Allí, una mujer enorme de aspecto también nórdico les dijo que se desnudaran. La mujer que había compartido jaula con Valeska se escandalizó, por lo que tuvieron que quitarle la ropa a la fuerza. Sin embargo, Valeska accedió tras echar una rápida mirada a su alrededor: se fue a una esquina y cuando acabó se puso delante de la mujer nórdica.

-Las que acabéis pasad a la habitación, tenéis jabón y esponjas, lavaos bien. Luego volved aquí, y coged una túnica. Os veo a todas vestidas en diez minutos.

Sin vacilar, Valeska voló a la terma con agua tibia, se sumergió entera y buceó unos metros. El agua llegaba por la cintura, pero a ella le pareció que estaba nadando en la playa, como hacía cuando era pequeña. Le escocía la herida que le había provocado la contienda de antes, pero la ignoró. Peores heridas tendría a partir de ahora, pensó. Salió del agua, cogió una pastilla de jabón y se embadurnó. Las demás mujeres fueron entrando a los pocos segundos y, tal como ella había hecho, se lanzaron al agua agradecidas por poder lavarse tras más de una semana.

Valeska tenía el problema que muchas de las otras mujeres no tenían: un pelo largo como un día sin pan, enredado y sucio. Empleó todo el tiempo que pudo en desenredar aquella guerra capilar y luego salió, no muy conforme, a por su túnica. Pronto necesitaría ropa interior, porque hacía casi un mes desde la última vez que había sangrado.

Se puso la túnica blanca y se abrochó el cinturón de cuero bajo el pecho. A su lado, una niña pequeña, trataba de hacer un nudo a su espalda con el cinturón.

-Déjame ayudarte.-La niña se sorprendió al ver la rapidez y el cuidado con el que esa chica mayor que ella le ataba el nudo.-Ya está.

-Gracias.-Dijo con sus enormes ojos grises. Valeska asintió y se puso de pie. Iba a dejarla cuando la escuchó suspirar.

-No tengas miedo.-La muchacha la miró de nuevo.-Todo va a salir mal, y sólo tú puedes cambiarlo. Así que no tengas miedo, porque el miedo no te dejará cambiar las cosas.

La pequeña no entendió bien a qué se refería, pero asintió y contestó:

-Mi mamá me decía que el miedo es tu peor enemigo.

Valeska sonrió. Su madre también decía eso.

-Y uno mismo es su propio miedo en persona.- Terminó Valeska. Entonces tuvo que obligarse a abandonar a esa niña, pues enseguida le cogería cariño. No. Si hasta entonces había ignorado todo a su alrededor para no hacerse mala sangre no iba a empezar ahora a preocuparse.

La mujer nórdica volvió, esta vez acompañada de varios guardias. Las esposaron de nuevo y las llevaron a la plaza de la colina. Allí muchos mercaderes vendían ganado, animales exóticos, esclavos de los que querían deshacerse y mil instrumentos traídos de los confines del mundo. Había un puesto en el centro del mercado que estaba vacío, y se dirigieron a él.

Las metieron en los corrales conjuntos a dicho puesto y un oficial se sentó a la espera de los clientes.

El sol pegaba fuerte, y el hombre se recostó sobre su silla, bebiendo vino mientras, lo que sería su propia esclava, le abanicaba. A Valeska le dio envidia, pues ella era muy pálida y enseguida se quemaría, además de que en esos días sólo podía beber un trago de agua por la mañana y otro por la noche.

Ni corta ni perezosa, sino más bien ideando cómo conseguir sombra, se acercó al borde del corral y le habló:

-Señoría.-El hombre la miró de reojo.-¿Le apetece un masaje?

-Tsk.

No se rindió. Ella iba a conseguir sombra, aunque tuviera que tragarse su mal humor, su calor y sus ganas de salir de ahí.

-Estoy segura de que con esas botas se pasa mucho calor. Allí, en el norte, cuando el calzado nos hace daño solemos dar masajes.

Algunas de las mujeres del corral la miraron.

-¿Por qué no se está callada? ¿Quiere que la azoten?-Murmuró una mujer de otro corral.

Que una esclava hablara a un oficial era algo que no se veía todos los días, y los esclavos de los distintos corrales del mercado, así como los del propio puesto en el que estaba Valeska agudizaron el oído mientras hacían comentarios en susurros.

-¡Cállate! ¡Si vuelves a hablar te despellejaré la piel de los pies!-Gritó el oficial poniéndose de pie. Se volvió a sentar ante la mirada aterrada de Valeska y siguió con su vino. Hasta la esclava que le abanicaba se había asustado.

La pelirroja, por su parte, agachó las orejas y se sentó con la espalda apoyada en una viga de madera del corral. Entonces fue cuando no pudo controlar su mal humor, cuando a los pocos minutos empezó a quemarse la piel. Literalmente, el sol la estaba abrasando. Trató de caminar por el corral, pero tanto a ella como a las otras mujeres nórdicas el sol las embravecía. Pronto todas comenzaron a dar vueltas, a veces chocándose.

-Sombra.-Murmuró la niña de antes. Valeska pasó de largo, no estaba para cuidar niños. Pero cada vez que pasaba a su lado, o sus miradas se cruzaban, la joven maldecía para sus adentros que aquellas túnicas fueran de tirantes, y más finas que la seda.

Al pasar por novena vez al lado de la pequeña hizo algo que la sorprendió hasta a ella: se quitó la túnica y se la puso por encima a la niña.

Muchos clientes se quedaron atónitos al ver aquella escena: una joven pelirroja abrasándose bajo el sol, cuando poco antes había prácticamente suplicado que la dejaran ir a la sombra.

-Gracias…

Valeska se apartó y se hizo un ovillo contra la madera y el hierro. Se abrazó las rodillas y hundió la cabeza, ignorando todo a su alrededor. Se olvidó de todo, se despreocupó. Empezó a imaginarse que aún estaba con su padre cortando leña en el bosque, o nadando en la playa, ah, sí, la playa… Recordó el día en que pescó su primer pez: el sol era fuerte como ese día, pero el agua estaba tibia y el olor a salitre se le pegaba a la piel. Apenas tenía diez años, pero aquel pez con la aleta roja le gustó tanto que decidió soltarlo.

"Algo tan bonito tiene que estar en un sitio bonito", había dicho cuando su padre le preguntó por qué lo había liberado.

Tan ensimismada estaba que no se dio cuenta cuando el oficial le gritó, furioso. Por eso, solo cuando la niña de antes le lanzó la túnica ella se dio cuenta de que todos la miraban, y de que estaba en problemas. Rápidamente se puso la túnica, se incorporó y miró al oficial.

-¡Tú! ¡Deja de montar numeritos!- Las arrugas en la frente de aquel hombre, junto con su cara roja por la ira y el pelo pegado a la cara por el sudor le daban un aire tenebroso que Valeska no se atrevió a cuestionar.- Ven aquí.

No… Valeska miró a su alrededor, buscando una alternativa a aquella orden. Pero, ¿qué buscaba? Nada, porque nada podía salvarla de recibir una paliza de ese hombre. Se acercó a la puerta del corral y por las barras de hierro se quedó mirando al oficial. Estaba temblando, pero no estaba llorando. No lloraría, ni gritaría.

Aquel hombre abrió la puerta del corral y agarró a Valeska por el pelo. De un tirón la tiró al suelo y le dio una patada en el estómago.

-¡Basta!- Gritó la niña a la que había ayudado Valeska.

El hombre la ignoró y volvió a golpear a Valeska. Esta, agarrándose la tripa, intentaba reprimir los alaridos, aunque cada vez le era más fácil estar callada. Tenía hambre, sed, muchísimo calor, y se encontraba en el suelo recibiendo patadas. No quiso levantarse, porque estaba segura de que no podría ni dar un paso antes de desmayarse o de que ese hombre la tirase de nuevo.

Recibió varias patadas más, hasta que el hombre se cansó y la levantó. Valeska no vio venir el puño sobre su cara, y cuando se quiso dar cuenta estaba de nuevo en el suelo. Tampoco se dio cuenta cuando aquel hombre se sentó en su tripa hasta que descubrió que le costaba respirar, y cuando abrió los ojos lo último que vio fue un guante de cuero acercándose a su cara.

Afortunadamente no estaba consciente cuando el resto de la paliza llegó. Tras unos minutos, otros oficiales tuvieron que separarlos e inspeccionar que la joven aún seguía viva.

-¿Qué hacemos? ¿La dejamos en el corral con las otras?

-La compro.-Una voz a espaldas de los oficiales, fuerte y tenaz, se abrió paso entre el público que observaba la escena y sacó una bolsa de dinero. Era una mujer mayor, acompañada de cuatro chicas, todas vestidas con pantalones de caza, botas y una capa. Enseguida fueron reconocidas: La Hermandad de la Cacería.-Cien turbias, por la que ha recibido la paliza, por la niña y aquella de allí.-Señaló a una joven de cabello rubio con los ojos azules.

Los hombres se miraron, se encogieron de hombros y sacaron a las dos chicas del corral, tomaron la bolsa de dinero y les quitaron las esposas. Sabían que aquellas mujeres vivían fuera de la ciudad, es un escondite, que no prestaban servicio al Rey ni a nadie, y que simplemente se dedicaban a dar caza, o matar, a aquellas personas que según su juicio merecían morir.

-Subidlas al carro.-Ordenó la mujer a las jóvenes que la acompañaban.

Valeska despertó en una habitación hecha de madera y reforzada con metales. Estaba en una cama muy blanda, con una túnica diferente, esta vez de media manga y de color granate con los bordes dorados. Olía a fresas, y por la ventana se veían los árboles. Se frotó los ojos y lanzó un gemido: tenía la cara hinchada. Entonces recordó hasta donde pudo lo que había sucedido.

Alguien me ha comprado, pensó. ¿Pero, quién?

Intentó estirarse, comprobando que su torso estaba en pie de guerra: unos moretones le recorrían el vientre, y pronto descubriría lo mismo de su mejilla izquierda. Rodando hacia un lado intentó ponerse en pie, o por lo menos bajar de la cama. Naturalmente, no pudo, y cayó al suelo.

-¿Has oído eso?- Escuchó Valeska tras la puerta de la habitación.

-¡Ya está despierta!- Antes de que la pelirroja pudiera ponerse de pie, dos chicas de su edad entraron a verla.- ¡Hola!

-¡Madre mía! ¿Qué haces en el suelo?

Ambas chicas la ayudaron a levantarse, y se miraron la una a la otra cuando Valeska reprimió un gritito de dolor.

-¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois?- Aún se tambaleaba cuando la soltaron, así que la volvieron a agarrar y la ayudaron a sentarse en la cama.

-Yo soy Jimena,- dijo la castaña,- y ella es mi hermana Lorena.-La otra, morena, saludó con una sonrisa.-Somos miembros de la Hermandad de la Cacería. Fauna os ha comprado, a ti y a otras dos chicas, y ahora seréis parte de la Hermandad.

-¿Eh?-Valeska se la quedó mirando sin creerse una palabra. Pero poco a poco, mientras iba recordando las historias de los libros sobre si existía o no dicha Hermandad, se fue creyendo que realmente estaba en el gremio de asesinas más famoso de Aftanesia. Claro, aquellos libros que había leído trataban de hacía cien años, porque ahora todo ser humano sabía de la existencia, pero no la localización de la Hermandad.

-Sabes, aquel hombre se pasó golpeándote. Por suerte no tienen ningún hueso roto, aunque tienes media cara morada. Pero se pasará en unas semanas, anda, ven, tendrás hambre.-Ofreció Jimena.-Lorena, vete a coger hueco en el comedor, ahora vamos.

-Voy.-Miró a Valeska.-Bienvenida, si no sabes qué hacer o a dónde ir ven a verme a mí, o a mi hermana, claro.

La pelirroja asintió y cuando Lorena se fue de la habitación miró a Jimena.

-Por cierto, yo soy Valeska. -Dijo en un tono más tranquilo. Ni siquiera se había presentado.- No sé bien qué es lo que hago aquí, pero al menos vosotras no parecéis malas personas.

-No te preocupes, es normal que desconfíes.

-Desconfiaré durante mucho tiempo, créeme.

Y era verdad. Estaba dispuesta a portarse decentemente, sobre todo en un lugar así, además de que aquella gente posiblemente le había salvado la vida. Pero no significaba que fuera a abrir sus brazos, pues ella tenía una vida antes de eso e iba a recuperarla. A lo mejor al principio les seguía la corriente, pero en cuanto pudiera volvería a Iepar, a su aldea, y buscaría a su padre.

Aunque, claro, aquello no se lo podía decir a nadie.