Sangre y arena
Naruto no me pertenece, los personajes e historia son una creación de Masashi Kishimoto.
Aviso: Este fic participa en el reto "Lo perdí" del foro La Aldea Oculta entre las Hojas.
La acción se sitúa justo después del enfrentamiento entre Sasori y el binomio formado por La vieja Chiyo y Sakura. Espero que os guste.
Un saludo.
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El corazón no muere cuando deja de latir; el corazón muere cuando los latidos no tienen sentido.
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Nunca en su larga vida había tenido que afrontar una misión tan dolorosa. Sus cansados ojos habían visto cientos de atrocidades y sus arrugadas manos habían luchado contra incontables enemigos, pero nunca, nunca, se había enfrentado a algo como aquello.
Acababa de lidiar una doble batalla: su cuerpo había luchado instintivamente gracias a todos sus años de experiencia mientras que su cerebro no había parado de intentar auto-convencerse de que estaba haciendo lo correcto.
Ella había cumplido con su deber, él era su responsabilidad, pero después de haber acabado con su vida, todo el peso de la cruda realidad la aplastó inexorablemente. Había sido una amarga victoria.
Él era su nieto, carne de su carne, sangre de su sangre, y aunque en algún momento del camino el rojo líquido se hubiera emponzoñado, los únicos recuerdos que ahora acudían a su mente eran los de un dulce y frágil niño sediento de afecto.
Se sentía culpable por no haber querido enfrentarse a la situación cuando aún estaba a tiempo de enmendarse, cuando siendo un niño comenzó a desviarse del camino; en su lugar prefirió mirar hacia otro lado mientras el insidioso escorpión del desierto corrompía cada una de las células del único descendiente que hasta apenas unos minutos atrás aun le quedaba vivo. Él había sido el último, su linaje se había quebrado irremediablemente.
Un opresor pinchazo perforó su pecho recordándole que todavía seguía teniendo corazón, uno que latía aciago extendiendo con su ritmo un paradójico vacío.
Sus piernas colapsaron obligándola a arrodillarse allí donde momentos atrás Sasori había exhalado su último suspiro. Parecía como si su encorvada espalda no pudiera soportar por más tiempo el abrumador peso de sus acciones. Acababa de matar a su propio nieto, y nada en el mundo podría redimirla de un acto como ese.
El dolor la rasgó por dentro convirtiéndola en una especie de viejo puzzle inconexo al que le faltan varias piezas, las mismas que fue perdiendo por el tortuoso viaje de la vida y que ahora, llegados a ese punto, no había manera de volver a ensamblar.
Un mar de angustia inundó sus venas humedeciéndolo todo con una pegajosa y corrosiva melancolía. Se sentía la persona más desgraciada de la tierra. La mezcla del alivio de saber que su nieto no causaría más daño y el sufrimiento del vacío insalvable que había dejado en ella, retorcían sus entrañas exprimiendo hasta la última gota de vida.
Sus pulmones se secaron condensando el oxígeno en pequeñas lágrimas que desbordaron sus ojos. Se sentía miserable, desdichada y completamente sola.
Nadie en el mundo debería sobrevivir a sus hijos y, mucho menos, a sus nietos.
