Nota de la autora: Siento mucho haber tardado tanto en publicar este capítulo, pero es que he estado un poco liada con algunos asuntos. Igual a partir de ahora publico algo más despacio, pero no os preocupéis, que tenéis historia para rato. ¡Gracias por vuestro apoyo!
CAPÍTULO 4
Sin retorno
El ambiente en el salón era tan tenso que incluso los luchadores más fanfarrones estaban callados como tumbas, conscientes de que una palabra dicha a destiempo podía provocar una pelea.
Sillas, mesas y sofás habían sido arrastrados de manera tosca para formar una especie de aula improvisada. Meta Knight presidía la sala, de pie encima del escritorio debido a su corta estatura. La postura era graciosa, pero nadie tuvo el ánimo de reírse en voz alta. A su lado, Marth y Lucina miraban al frente con gesto grave.
— Príncipe Marth, si es tan amable… — Meta Knight extendió una mano hacia el espadachín, mucho más hábil que él en la tarea de dar discursos, y Marth dio un paso hacia delante. Su rostro era solemne, pero mostraba una seriedad que no hizo más que preocupar a sus compañeros.
— Amigos míos — comenzó, alzando la voz lo suficiente como para que todos pudieran oírle — nos hemos vuelto a reunir para tratar un asunto de vital importancia. No estamos en disposición de gastar tiempo en bellas palabras, así que os seré completamente sincero: estamos en una situación crítica, y tenemos que mantenernos unidos.
Por supuesto, en cuanto pronunció estas palabras, los murmullos no se hicieron esperar. Todos los luchadores se miraron los unos a los otros, algunos con caras que transmitían incredulidad y decepción. Marth se apresuró a continuar:
— Tenemos pruebas que demuestran que las desgracias ocurridas durante las últimas horas han sido causadas por alguien, y con la intención de hacer daño de verdad.
Los murmullos escalaron hasta convertirse en un verdadero escándalo de gritos y voces. Meta Knight golpeó la empuñadura de Galaxia contra el escritorio, haciendo que todos se callasen a la vez.
Ganondorf se levantó de su silla y señaló a Marth con el dedo. Tenía una expresión entre enfadada y divertida a la vez, como si estuviera disfrutando con todo aquel asunto.
— ¡No me creo nada, principito! ¿Cuáles son esas pruebas de las que hablas?
— ¡Eso, eso! — Añadió Bowsy, subido a la cabeza de su padre — ¡Queremos pruebas, pruebas, pruebas!
Marth se giró y le hizo un pequeño gesto a Lucina, que avanzó unos cuantos pasos y mostró su mano vendada ante el resto de luchadores.
— Oh, la princesita se ha hecho daño —. Continuó burlándose Ganondorf — ¿Y?
— El problema, señor — contestó Lucina sin dejarse amedrentar por el villano — es que estas heridas me las hice al coger esto del suelo.
Sin parar de hablar, la espadachina mostró los guantes de Little Mac, que estaban metidos dentro de una bolsa de plástico sellada que les había proporcionado Mario, y se los dio a Link, que después fue pasando la bolsa entre todos los demás guerreros para que pudieran apreciar de primera mano el contenido.
— Como podéis ver — continuó hablando Marth mientras la trampa pasaba de luchador en luchador — el interior de estos guantes está repleto de cuchillas afiladas. Si Little Mac se los hubiera puesto, ahora estaría como mínimo herido de gravedad, y saben los dioses si hubiera sido capaz de recuperar la movilidad de sus manos en un futuro…
Ganondorf chascó la lengua y le devolvió a Meta Knight los guantes lanzándoselos como si se tratasen de un balón. No hizo ningún tipo de comentario al respecto. Una vez más, el silencio reinó por completo en la sala.
— Ayer, el perro del dúo Duck Hunt cayó enfermo de un síndrome completamente desconocido y su fiel pato desapareció. Shulk tuvo una visión sobre esto último, pero la figura que aparecía llevándose al animal era poco clara. Horas después, Pit y Dark Pit fueron víctimas de una explosión con los resultados que todos conocéis, y finalmente, hace muy poco tiempo, alguien boicoteó los guantes de Little Mac. Lucina descubrió la trampa antes de que la desgracia pudiera cumplirse, por fortuna. Eso nos deja con cuatro agresiones y un intento.
Los luchadores procesaron la información poco a poco, intentando asimilar la gravedad de la situación que les estaba explicando Marth. Falco fue el primero que habló desde su puesto en la segunda fila:
— ¿Qué fue lo que provocó la explosión en el cuarto de estos dos?
Esta vez, Meta Knight fue el que tomó la palabra:
— Por lo que nos ha dicho Pit, pensamos que el Brazal Eléctrico tuvo algo que ver. Dark Pit lo estaba ajustando justo antes de que ocurriese todo y, además, del aparato en cuestión no ha quedado casi nada. Mirad.
De una bolsa de tela que tenía al lado, Meta Knight sacó un amasijo de hierros retorcidos y con un gran agujero en el centro. No había forma de saber si era verdaderamente el brazal o no, pero el objeto tenía el aspecto de haber soportado una temperatura altísima.
— Pero entonces, eso sería lo mismo que con los guantes de Little Mac… — Comentó Fox — Un arma modificada para matar al dueño.
— Exacto — respondió Marth — Por eso, está claro que el culpable ha querido hacer daño a unos luchadores en concreto tendiéndoles trampas muy complicadas de evadir. Pero, ¿quién? Y lo más importante: ¿por qué?
Ness se ajustó la gorra, nervioso.
— Esto no me gusta… Deberíamos avisar a Master Hand, ¿no?
Marth sacudió la cabeza y explicó a sus compañeros los esfuerzos que habían hecho para intentar contactar con la mano, todos ellos en vano. Las horas habían pasado y Master Hand no había vuelto a dar señales de vida, por lo que prácticamente estaban solos.
— Vámonos de aquí —. La frase de Estela fue sencilla y dicha con mucha calma, pero eso no evitó que todos los luchadores se girasen a mirarla con cierta incredulidad — Si alguien quiere hacernos daño y Master Hand no está aquí para defendernos, creo que lo mejor que podemos hacer es volver a nuestros mundos por ahora… Seguro que alguien puede encargarse de los heridos en sus respectivos universos.
La propuesta era lógica. Muy extrema, especialmente si tenían en cuenta que no podían avisar a Master Hand de sus planes, pero apropiada para la situación de emergencia en la que se encontraban. Sin embargo, algunos guerreros no estaban a favor de hacer lo que consideraban como un acto cobarde.
— ¡No voy a irme sin pelear! — Gritó Ike — Si alguien ha hecho daño a varios amigos míos, os aseguro que recibirá su merecido. Tenemos que encontrar al culpable.
— Todos nosotros hemos estado en situaciones aún más peligrosas que esta —. Añadió Samus — Marcharnos es darle la victoria a quien sea que haya hecho esto…
— ¡Pero es Master Hand el que debería investigar, no nosotros! — Gritó Olimar mientras los pikmin saltaban a su alrededor, nerviosos por culpa del ambiente — ¿Y si las trampas empeoran y alguien acaba muriendo?
— Pero si nadie ha muerto todavía…
— ¡Pero podría ocurrir!
— Creo que estáis exagerando, esperad.
— No me pienso quedar aquí…
— Yo me largo.
— ¡Pues yo no!
Gritos y gruñidos empezaron a mezclarse en la sala. En unos pocos minutos no quedó ni un solo guerrero sentado: todos se pusieron de pie y empezaron a discutir los unos con los otros, algunos intentando marcharse de la mansión, otros tratando de convencer al resto de que les ayudasen a investigar. Era caótico y vergonzoso de ver. Héroes y villanos de decenas de universos diferentes peleaban como niños en lugar de mantener la calma, dejándose llevar por los nervios y la tensión de la situación. Esto era especialmente duro para Lucario, capaz de sentir el aura de los demás. Para el Pokémon, aquel enfrentamiento se sentía como si un montón de fuerzas de diferente naturaleza le golpeasen en todo el cuerpo. Finalmente, y tras unos instantes que se le hicieron eternos, extendió los brazos y lanzó una esfera aural hacia el techo, tirando una lámpara. Todos se callaron de inmediato y el Pokémon se limitó a golpear los pedazos de cristal con el pie, lanzándolos lejos.
— ¡Basta ya! ¡Basta! ¡Así no solucionáis nada! — Lucario saltó hacia el escritorio, colocándose al lado de Meta Knight. Todos le siguieron con la mirada, incapaces de entender qué pretendía hacer el Pokémon Aura — ¿No os dais cuenta de que si han convocado una reunión es precisamente para que podamos hablar esto como adultos? ¡Todos sois guerreros, no dejéis que el miedo contamine vuestras auras!
Meta Knight le miró fijamente durante un instante y después asintió con energía.
— Comprendo que lo que ha propuesto Estela es inteligente, pero estoy en contra de ello por un motivo, y quiero que me escuchéis bien porque no voy a repetirlo —. Dijo el guerrero estelar con dureza, sin amedrentarse ante las expresiones de sus compañeros — Uno de nosotros puede ser el culpable y no pienso darle la oportunidad de escapar.
La acusación cayó como una jarra de agua fría encima de los luchadores, que se mantuvieron completamente estáticos en sus sitios, incapaces de saber qué decir o qué hacer ante las palabras de Meta Knight. Indignación, incredulidad, enfado, frustración… todos estos sentimientos pasaron por sus mentes. Porque, para empezar, ¿quién era Meta Knight para acusarles a ellos, si él mismo podía ser el culpable? ¿Y si lo era Marth, y si lo era Shulk? ¿Y si, finalmente, no lo era nadie, y el agresor era una persona completamente desconocida? Las posibilidades parecían infinitas, y los recursos para investigar o defenderse, pocos.
Finalmente, Bowser fue el único que expresó estos sentimientos con palabras. Lo hizo mientras cogía a Bowsy y se lo cargaba al hombro, dispuesto a marcharse de la sala.
— Nadie te ha elegido para ser el detective. Por mí, puedes ser tan culpable como cualquiera. Yo me largo de aquí…
El rey koopa se acercó a la puerta, pero justo en cuanto colocó su garra sobre el pomo, esta se abrió de golpe. Una figura envuelta en vendas entró en la sala gritando y llorando. Plumas blancas caían a su alrededor, y sus ojos azules, siempre tan amables y vivarachos, ahora estaban llenos de la más absoluta tristeza. Palutena, Mario y Zelda entraron detrás de él, la diosa intentando agarrarle sin ningún éxito.
— ¡Pit, vuelve aquí ahora mismo!
— ¿¡Quién ha sido!? — Gritó el ángel, mirando fijamente a todos y cada uno de los compañeros reunidos en la habitación — ¿¡QUIÉN HA SIDO!?
— ¡Pit, basta! ¡Te vas a poner peor! — La voz de Zelda sonaba débil, vacía. Por supuesto, el ángel no le hizo ningún caso. En lugar de eso, buscó con furia asesina a Mega Man y se lanzó contra él, agarrando al robot por el cuello. A pesar de sus heridas, el ángel aún conservaba gran parte de su fuerza.
— ¡DEVUÉLVEMELO! ¡FUISTE TÚ, TÚ SABES PONER BOMBAS!
— ¡Pit, no!
Con los ojos llenos de lágrimas, el ángel levantó un puño. Todos miraron a Palutena, esperando que la diosa se hiciera cargo de su lacayo de algún modo, el que fuera.
— Pit, estás muy débil. No me obligues a usar mi magia contra ti, por favor.
— ¡No, diosa Palutena! ¡Es él! ¡Ha sido él, estoy seguro! ¡El brazal explotó, y, y…!
Mega Man se sacudía, intentando librarse del agarre del ángel. El robot no tenía necesidad de respirar, así que la forma en la que estaba sujeto no le producía ningún tipo de problema, pero temía que Pit le atacase con sus armas de un momento a otro.
Finalmente, Palutena levantó una mano y pequeños hilos blancos, brillantes, salieron de las puntas de sus dedos, envolviendo a Pit y obligándole a retroceder como si de una cuerda se tratasen. Pero el ángel se revolvió con fuerza, aferrándose al robot con todas sus energías.
— ¡Devuélveme a Dark Pit!
Lucina se llevó las manos a la boca, incapaz de creer lo que acababa de oír. Link, por su parte, se acercó rápidamente a Zelda, que sacudió la cabeza suavemente, incapaz de mirar a la cara a nadie.
— Su estado empeoró de golpe… No pudimos hacer nada…
La mano de Pit, aferrada con fuerza al duro cuerpo de Mega Man, empezó a dolerle. Poco a poco, sus dedos empezaron a resbalar por el metal.
— Devuélveme… a mi amigo…
Fuera, empezó a llover. Las gotas de agua golpeaban los cristales con delicadeza, como si el cielo se hubiera apiadado de la tristeza del ángel que lloraba a su amigo.
En la mansión, por tercera vez en el día, reinó el silencio.
Palutena pasó suavemente los dedos por el pelo de Pit, con cuidado de no despertarle. El ángel se había quedado completamente dormido, exhausto tanto por todos los acontecimientos como por el estado de su cuerpo, apoyado sobre la cama en la que yacía su gemelo oscuro, ahora cubierto por una sábana blanca en señal de respeto. Tras el incidente con Mega Man, había regresado a la enfermería y se había negado a abandonar a Dark Pit, como si una parte de él se negase a aceptar que su amigo ya no formaba parte de este mundo.
Con delicadeza, la diosa utilizó su magia para transportar al ángel hacia otra de las camas en una sección diferente de la enfermería, la misma que Mario le había asignado desde el momento de la explosión. La mesilla de noche que había lado estaba adornada por una rosa de color carmesí tan bonita que casi parecía irreal, con unos pétalos extraordinariamente grandes. La diosa se acercó a ella a paso lento.
Era un detalle bonito por parte de Lucina, traer flores a los enfermos…
Palutena acercó la mano a la flor y la sujetó con delicadeza por el tallo. Era grueso, mucho más que el que solían tener las rosas del jardín, aunque eso no hacía más que aumentar la belleza de la planta. Suspirando, se inclinó para volver a dejar la flor en su sitio, algo avergonzada por haber manipulado el regalo de un convaleciente, pero en cuanto lo hizo sintió un fuerte pinchazo en la mano. Sin darse cuenta, había apretado una de las espinas del tallo. Dejó la flor con rapidez y sacudió la mano herida, viendo cómo un pequeño punto de sangre brotaba de su piel.
Ignorando el incidente, que de todos modos sólo le había producido dolor durante un instante, se giró una vez más hacia aquella sábana blanca, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. Después, Palutena abandonó la enfermería. Necesitaba dormir urgentemente.
Shulk dio varias vueltas entre las sábanas, incapaz de dormir. El repiqueteo constante de la lluvia contra la ventana de su dormitorio le agobiaba, le impedía relajarse y concentrarse en descansar. No sabía cuántas horas llevaba así, pero empezaba a sentirse mareado y sin fuerzas. Se colocó el brazo sobre los ojos y trató de relajarse, pero todo era inútil. Finalmente, tras varios minutos más de revolverse en la cama, el huma se sentó sobre el colchón, cabizbajo.
Siempre era duro perder un amigo, pero lo que le había destrozado de verdad había sido la reacción de Pit. El ángel no había parado de llorar y gritar en ningún momento, como si se tratase de la representación viva de la desesperación. Había dolido verle, y de hecho, aún seguía haciéndolo.
¿Quién había provocado esto, y por qué? ¿Por qué?
— Maldita sea… — Susurró el chico, hundiendo el puño en el colchón — Tanto dolor, tanto sufrimiento…
Tras el anuncio de la muerte de Dark Pit, Meta Knight había dicho que nadie debía abandonar la mansión. Si había un culpable entre ellos, lo descubrirían y juzgarían, y si el responsable era un infiltrado, ahora que todos estaban prevenidos, sería fácil acabar con él. Todos eran guerreros experimentados, y hasta ese momento el culpable se había valido de trucos sucios para atacar a sus víctimas, así que era poco probable que se atreviese a intentarlo de nuevo. Decidieron pedirle a R.O.B. que vigilase las salidas de la mansión, incluyendo el jardín, y que les informase si ocurría algo extraño.
Las ideas iban y venían por la mente de Shulk. Quería creer que el número de sospechosos era pequeño, pero tal vez Meta Knight había tenido razón al decirle que no debía confiar en todos los luchadores de la mansión. Incluso el propio enmascarado podía ser un traidor… ¡O Marth, o Link! Ahora que había muerto alguien, le daba la impresión de que negar esto era egoísta e infantil…
— Ah, si tuviéramos alguna pista…
Shulk volvió a tumbarse en la cama, pero antes de cerrar los ojos vio un brillo extraño entre la abertura de las cortinas, como una especie de destello plateado. El chico prácticamente saltó de la cama, sorprendido. En el diminuto balcón de la habitación no había nada que pudiese provocar algo semejante…
Con toda la calma de la que fue capaz, Shulk caminó hacia atrás sin dar la espalda a la ventana en ningún momento, buscando a ciegas la empuñadura de la espada Monado. Sus dedos recorrieron la pared varias veces sin lograr encontrar lo que necesitaba.
— Maldición…
El destello brilló una vez más, esta vez con más fuerza. Pequeñas gotas de sudor empezaron a recorrer la frente del chico, que cada vez buscaba la espada con más violencia. No entendía por qué no estaba al lado de su cama, si era donde la dejaba siempre. ¿Alguien le había quitado la Monado? ¿Era eso? ¿Le habían tendido una trampa mortal?
Entonces lo escuchó. Fue un ruido muy suave, prácticamente amortiguado por la lluvia, pero era inconfundible. Alguien había golpeado la puerta de cristal del balcón…
El chico tragó saliva y tomó una decisión. Si no podía contar con la Monado, entonces no le daría el placer al intruso de mostrarse ante él desarmado. Se lanzó de espaldas hacia la puerta y la abrió, suspirando de alivio al ver que estaba abierta. Una parte de él casi esperaba que le hubiesen encerrado o algo parecido…
— ¡Hay alguien en mi balcón! — Gritó con todas sus fuerzas — ¡Hay alguien!
Por supuesto, todas las puertas se abrieron a la vez, y un montón de luchadores en pijama salieron armados con lo primero que pudieron encontrar. Lucario, que era el que dormía en la habitación frente a Shulk, fue el primero en acercarse.
Con las manos brillando en color azul a causa del aura acumulada, el Pokémon abrió con violencia las cortinas del balcón, preparado para atacar con todas sus fuerzas al intruso.
Pero allí no había nadie. Ya no.
Solitaria, algo deformada por las gotas de lluvia, la huella de una mano descansaba en el vaho del cristal.
