Nota de la autora: Un día más, otro capítulo más. Espero que os guste, y gracias a todos por vuestro apoyo.


CAPÍTULO 5

Paranoia


A pesar de su juventud, Toon Link fue el primero en reaccionar cuando Lucario abrió la cortina del cuarto de Shulk. Corriendo tan rápido como le permitían sus cortas piernas, se deslizó entre los luchadores para regresar a su propia habitación. Todos le miraron, sin comprender muy bien qué pretendía… hasta que regresó a los pocos segundos con un objeto familiar en la mano: la Caja Cromográfica.

— ¡Buena idea, Toon! — Le felicitó Zelda mientras el niño tomaba una fotografía de la huella, que estaba a punto de borrarse a causa de la lluvia. Con esa imagen, ya no tendrían que preocuparse de que la prueba desapareciese y podrían investigar mejor. R.O.B. tendría que encargarse de revelarla más adelante.

— Bueno — dijo Lucario, aún de pie al lado de la puerta de cristal — ¿Alguien sabe algo de esto?

Todos los luchadores, a excepción de R.O.B., Pit y Palutena estaban o en la habitación de Shulk o en el pasillo, amontonados como podían y tratando de buscar un buen sitio para ver la huella. Al escuchar la pregunta del Pokémon, lo único que se pudieron oír fueron negaciones. Era predecible, pero no por ello menos frustrante.

Por su parte, Shulk no paraba de dar vueltas por la habitación, abriendo cajones y pidiéndole a todo el mundo que se apartase de su camino. Gruñía algo entre dientes que ninguno de sus compañeros pudo entender, hasta que Link, que era el que estaba más cerca de él, le colocó una mano en el hombro.

— ¿Ha pasado algo más, Shulk?

El huma, que en ese momento estaba arrodillándose para mirar detrás del armario, resopló y se puso de pie. En su cara había una expresión sombría que el hyliano no supo interpretar. Después de todo, habían ocurrido tantas cosas en las últimas horas…

— Además del intruso, sí, ha pasado otra cosa. La Monado… ha desaparecido. Me la han robado.

Todos los compañeros empezaron a murmurar. ¿Cuántas malas noticias más tendrían que aguantar? Peach se dejó caer sobre la cama. Tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, y el anuncio de Shulk no había hecho más que volver a inquietarla. Luigi se acercó a ella y la sujetó de la mano en un intento de tranquilizarla.

— Qué pesadilla… — Susurró la princesa, apretando los dedos de su amigo — Dark Pit… y ahora esto… Shulk… ¿si no hubieras salido al pasillo… tú…?

— No pienses en eso. No es necesario porque no ha pasado —. La voz de Samus resonó con fuerza en la habitación. La cazarrecompensas estaba de espaldas a la princesa, concentrada en la huella, pero aún así había podido oír sus débiles palabras — Shulk está vivo.

Pikachu soltó un pequeño grito, como dándole la razón a la mujer, y se subió a la cama de un salto para ponerse al lado de Peach. Se hizo un ovillo en el regazo de la princesa y restregó su mejilla contra su brazo, sonriendo. Tal vez era su manera de intentar animarla. Peach empezó a acariciarle la cabeza con la mano que le quedaba libre.

— Gracias…

La reacción de Peach había sido completamente natural. La muerte de Dark Pit aún pesaba sobre todos los luchadores. Había sido tan rápida, tan poco esperada… Las heridas del ángel oscuro eran graves, pero todos habían pensado que alguien tan obstinado como él sobreviviría. Habían tenido demasiadas esperanzas, y el choque con la realidad había sido tan brusco que parecía irreal, una mala broma. Ya nadie se burlaría de Pit por las mañanas, ni se quejaría de que le llamasen "clon" o "copia". Era un hecho, pero a la vez, costaba demasiado aceptarlo.

Shulk sintió un escalofrío cuando pensó en lo que la pérdida de su espada significaba. Las palabras de Peach podían ser completamente acertadas, con todo lo que implicaban. Desarmado, no era más que un chico acostumbrado a pelear pero que no destacaba en nada. No era especialmente alto, ni fuerte ni resistente. Aquel intruso de la ventana seguro que había planeado asesinarlo mientras dormía, asegurándose de no darle ninguna oportunidad de defenderse en caso de que se hubiera despertado. No había ningún otro motivo para robarle la Monado: esa espada no podía ser blandida por nadie más que él. En manos ajenas, era un simple pedazo de metal rojo, romo y ligero. Ni siquiera valía como arma contundente.

— Si ninguno de vosotros admite haber dejado la huella, entonces… pertenece al culpable —. Dijo Shulk, mirando a todos y cada uno de los luchadores hasta donde abarcaba la vista — ¿Cuántos de vosotros sois capaces de dejar una marca así, con cinco dedos y tan parecida a una mano humana?

En realidad, la pregunta era completamente innecesaria. Shulk lo sabía muy bien:

Mario. Luigi. Peach. Estela. Wario. Donkey Kong. Diddy Kong. Link. Zelda. Ganondorf. Samus. Pit. Palutena. Marth. Ike. Robin. Little Mac. Fox. Capitán Falcon. La Entrenadora. Lucina. Sonic.

Toon Link, Aldeano, Ness y Olimar también podían hacerlo, pero sus manos eran demasiado pequeñas como para dejar una huella así, por lo que el huma los descartó enseguida, al igual que a Mega Man por su incapacidad de transmitir calor.

Robin dio un paso hacia delante, dubitativa:

— Hablas como si uno de nosotros… — La frase murió en sus labios. No era necesario continuar. La estratega lo sabía, comprendía que el pensamiento de Shulk era el más acertado, pero aún así…

— Hoy ha muerto un amigo, y estoy convencido de que si hubiera sido un poco más lento, a mí me habría pasado lo mismo… — Contestó Shulk de inmediato, notando cómo se clavaban en él las miradas de los luchadores a los que había acusado indirectamente — No podemos negar la realidad.

Little Mac se acercó al huma con los puños delante del pecho, en posición de ataque. Pensando que le iba a pegar, Shulk retrocedió, pero el boxeador se limitó a ponerse delante de él.

— A mí no me líes, que casi me rajan las manos. Yo no he hecho nada..

Lucina se unió a la discusión de inmediato:

— Así es, Shulk. Ya sabes que a Little Mac también intentaron herirle, pero tuvimos la fortuna de descubrir la trampa a tiempo. No me parece justo acusarle de nada.

Antes de que nadie pudiera añadir nada más, una risotada de Wario hizo que todos se sobresaltasen.

— ¿Pero no os enteráis? ¿Quién falta aquí, eh? ¡Yo lo que veo es que somos un grupo de pringaos en pijama y que faltan tres colegas! ¡Y una de ellas porque sí!

Shulk enseguida comprendió lo que quería decir el motero. Pit estaba en la enfermería, mientras que R.O.B. seguía vigilando las salidas, pero… ¿y Palutena?

— Es cierto — comentó Link, mirando a su alrededor — La diosa Palutena no ha venido… No está en el pasillo, ¿verdad?

La Entrenadora se encargó de confirmar sus sospechas desde el exterior de la habitación, afirmando que la diosa no se encontraba entre los luchadores que se habían quedado fuera.

— La pava puede volar — continuó Wario, hurgándose distraídamente la enorme nariz para horror de Marth, que estaba al lado — Me juego el pescuezo a que ha sido cosa suya. Habrá flotado hasta el balcón para intentar abrir la puerta y se habrá acojonado al oír gritar al señor gayumbo. más.

Shulk notó una súbita explosión de calor en sus mejillas. Con todo el alboroto, no se había dado cuenta de que lo único que le cubría el cuerpo era su ropa interior, lo que siempre utilizaba para dormir por pura comodidad. Ni siquiera se había parado a ponerse unos pantalones de verdad o una camiseta. Rápido como un rayo, se abalanzó sobre el armario y cogió las primeras prendas de ropa que encontró.

Mientras luchaba por ponerse unos pantalones a toda prisa, su mente seguía dándole vueltas a la acusación del motero. Era lógico pensar que a Palutena le había afectado de manera especial la muerte de Dark Pit. Si ya había sido duro para la mayoría de los luchadores de la mansión, que ni siquiera conocían al ángel desde hacía mucho tiempo, tanto Pit como la diosa debían de estar destrozados. ¿Ese no era motivo suficiente como para quedarse en la cama, ignorando por completo todo lo que sucedía alrededor? Para Shulk, tenía sentido. Y, sin embargo, tenía la sensación de que algo iba terriblemente mal.

— Deberíamos ir a su cuarto cuanto antes… — Sugirió el huma — ¿Y si le ha pasado algo?

— Bah, pamplinas — se quejó Wario, tumbándose en el único hueco libre que quedaba en la cama — La fulana es la que ha hecho esto, os lo digo yo. Seguro que está ahí tan pancha haciéndose la tonta.

— ¡Wario, basta! — Contestó Mario de inmediato, absolutamente indignado — ¡Esto no es cosa de risa!

Shulk sacudió la cabeza con fuerza, dando por imposible a Wario, y le hizo un gesto a Marth y a Link para que le siguieran. Juntos, los tres guerreros se apresuraron a buscar la habitación de Palutena, una de las más cercanas a las escaleras y, desgraciadamente, también de las más alejadas. Por supuesto, les siguió un verdadero séquito de luchadores, algunos preocupados y otros sencillamente intrigados por el paradero de la diosa.

Fue Link el que golpeó la puerta.

— Diosa Palutena — llamó con toda la educación de la que fue capaz — Necesitamos hablar contigo…

Pero nadie respondió. Marth arqueó una ceja y se inclinó sobre la puerta, intentando oír algo a través de la madera. Nada. Link volvió a intentar llamar, pero el resultado fue exactamente el mismo que antes.

— No nos queda otro remedio, tenemos que entrar —. La voz de Shulk revelaba sus nervios. Una terrible idea le había rondado la cabeza desde el momento en el que Link había llamado a la puerta: ¿y si todo el alboroto de la Monado y de la mano en el cristal no había sido más que una forma de distraer la atención de los luchadores para poder atacar mejor a Palutena? Tragando saliva, el huma accionó el picaporte, pero la cerradura estaba echada. — Maldita sea, ¡que alguien derribe la puerta!

Tan pronto como Shulk pidió eso, una vorágine de fuego acompañada de un conocido grito se abalanzó sobre la madera. El huma tuvo que saltar hacia atrás, casi derribando a Marth en el proceso, para evitar acabar siendo golpeado de lleno por el mortífero puño del Capitán Falcon. Trozos de madera chamuscada saltaron por los aires, y los smashers entraron de golpe en la habitación… para ser recibidos por un espectáculo grotesco.

En la cama, Palutena se retorcía completamente cubierta de sudor, murmurando frases sin sentido. Su brazo derecho sobresalía por fuera del colchón, anormalmente rígido… e hinchado. Lejos de parecer el brazo de una diosa, la piel estaba cubierta de ampollas negruzcas con aspecto de doler terriblemente. El olor en el interior de la habitación era insoportable, y los más sensibles, como Aldeano o Peach, tuvieron que salir de inmediato.

Shulk prácticamente saltó hacia la cama de Palutena, arrodillándose a su lado.

— ¡Palutena, Palutena!

Los ojos de la diosa se posaron durante un instante en el huma, pero luego continuaron moviéndose de manera aleatoria. No parecía ser consciente de que lo que ocurría a su alrededor.

Mario se abrió paso entre los luchadores y observó el brazo de la diosa sin atreverse a tocarlo, temeroso de empeorar su estado. Sin embargo, a los pocos segundos su mirada se iluminó. Conocía estos síntomas, aunque no entendía cómo se habían podido producir en la mansión… No, eso no importaba en ese instante. Lo principal era salvar a la paciente; las explicaciones podían esperar.

— ¡Fuera de la habitación! — Gritó con su fuerte acento italiano — Sé cómo curarla, pero necesito espacio. ¡Yoshi, mi botiquín!

El dinosaurio dejó escapar un gritito y corrió hacia a la habitación de Mario. Mientras tanto, todos los luchadores abandonaron el cuarto, intentando ayudar al doctor de la mejor manera que podían: obedeciéndole.

Los minutos se hicieron eternos. De vez en cuando, Yoshi salía de la habitación y regresaba con botellas de agua, cucharas y materiales parecidos, pero tenía que actuar tan rápido que sus compañeros no tuvieron la oportunidad de preguntarle por el estado de la diosa.

Shulk, Marth y Link se sentaron en el suelo, apoyándose contra una de las paredes del pasillo. Ike y Lucina se acercaron poco después a acompañarles.

— Esto es una locura… — Susurró la espadachina — Todo lo que ha ocurrido… Casi parece una pesadilla, como ha dicho Peach antes.

— No es que lo parezca: lo es —. Respondió Ike duramente, pasándose una mano por el pelo. El cansancio se notaba en sus ojos y en su voz.

Nadie más respondió, perdidos como estaban en sus propios pensamientos. Si Mario lograba salvar a Palutena, eso no significaba que sus problemas hubieran terminado. Con la Monado desaparecida, Shulk sentía que podía ser la siguiente víctima, y la idea le atormentaba. El huma miró discretamente a los guerreros que le rodeaban, uno por uno.

La posibilidad de que uno de sus nuevos amigos fuese un traidor le atenazaba el pecho, pero era consciente de que había llegado el momento de abandonar esa cobardía y ser consecuente con las palabras que había dicho antes, en su propio dormitorio. Sin su espada, era como un cordero entre lobos.

Se levantó, provocando que los demás le mirasen con ojos curiosos, y se preparó para inventar cualquier excusa que hiciera falta para comenzar su búsqueda en solitario. Sin embargo, no fue necesario: con un golpe, la puerta de la habitación de Palutena se abrió, y Mario salió frotándose las manos y con una gran sonrisa pintada en la cara.

Shulk no se detuvo a escuchar las buenas noticias. En cuanto los demás se acercaron al fontanero, deseosos de saber qué le había ocurrido a la diosa, el chico aprovechó para escapar de allí, intentando pensar en qué lugar podrían haber escondido su espada. La mansión era tan grande, y el tiempo del que disponía, tan escaso…

Le dolía, verdaderamente le dolía no poder confiar más en Link y Marth, pero no le quedaba otro remedio.

— Perdonadme, por favor… — Susurró, tan bajo que ni siquiera él mismo pudo oír sus palabras, mientras caminaba por el pasillo.


Veneno: esa había sido la causa del mal de la diosa Palutena. Mario lo había comprendido al fijarse en la coloración de su brazo, típica en los casos de intoxicación a causa de una especie en concreto de planta.

Tal y como informó a sus compañeros, el veneno de ese tipo de vegetal actuaba con rapidez, provocando una fuerte fiebre y daños instantáneos en las venas, que se contraían, impidiendo el flujo sanguíneo. Tras eso, una persona normal tenía una esperanza de vida de unos pocos minutos antes de sufrir un fallo generalizado en el organismo, pero por supuesto, Palutena no era una persona normal: era una diosa. El veneno había actuado en su cuerpo con mucha lentitud, así que Mario había sido capaz de preparar un antídoto.

En esos instantes, la diosa se encontraba durmiendo en su propia cama, con el brazo en mejor estado. Las ampollas estaban desapareciendo poco a poco y había dejado de delirar. Se había salvado, al igual que habían hecho Little Mac y Shulk.

— Deberíamos llevarla a la enfermería para tenerla en observación, sólo por si acaso —. Sugirió Mario. Le aliviaba haber podido, por primera vez desde que había comenzado esa locura, salvar a uno de sus compañeros, pero no se atrevía a ser demasiado confiado. Además, aún quedaba por resolver un asunto, y era la forma en la que Palutena había entrado en contacto con una planta tan peligrosa.

El momento de tomar una decisión había llegado. ¿Cómo debían comportarse los luchadores a partir de ahora? La posibilidad de que uno de ellos fuese el culpable hacía necesario tomar precauciones. Meta Knight se colocó en la puerta de la habitación y extendió ligeramente los brazos, alzando la voz:

— Tanto la ventana como la puerta del balcón de Palutena estaban cerradas. En su estado, me imagino que ninguno de vosotros diréis que voló hasta la habitación de Shulk para dejar la huella, ¿no? — Todos le miraron, pero nadie contestó. La tensión era evidente. — Muy bien, estoy cansado de todo esto, así que os propongo una cosa. La huella la dejó alguien con manos humanas. Todos los que podéis dejar ese tipo de marcas sois, de ahora en adelante, sospechosos. Y no voy a dejar que caminéis tranquilamente por la mansión.

Por supuesto, la indignación no tardó en hacerse notar. Zelda dio un paso hacia delante, inclinándose hacia Meta Knight:

— No puedo creer que sospeches de todos nosotros… Eso es…

Bowser soltó una risotada.

— ¡Meta Knight tiene razón! El culpable es uno de vosotros. Estoy con él: no pienso dejar que os acerquéis ni a mí ni a Bowsy hasta que todo esto se aclare. ¿Qué pensáis los demás?

Aunque hubo algunas discrepancias, el miedo generalizado provocó que la mayoría aceptase. Lucina intentó protestar, gritando que eso era un ultraje ya no solo hacia sí misma, sino para personalidades como Marth o Link, grandes héroes respetados en sus tierras, pero fue en vano.

Meta Knight continuó su mordaz discurso, interrumpiendo a todos sus compañeros:

— A partir de ahora, y hasta nuevo aviso, todos los que tenéis manos humanoides os quedaréis en la sala de entrenamiento. Pero tranquilos, que le pediremos a R.O.B. que desconecte toda la maquinaria de simulación de combates. No sufriréis ningún daño, os lo prometo.

Por mucho que Meta Knight repitiese que iban a estar bien, los luchadores afectados empezaron a sentir sudores fríos. La sala de entrenamiento, que era donde había desaparecido el pato, podía adquirir la forma de cualquier escenario gracias a unos modernos proyectores holográficos, aunque la escala era algo más pequeña que la que se utilizaba en los combates de verdad. Cualquier objeto o arma podía caer de unos compartimentos situados en el techo, lo cual era muy útil cuando los guerreros querían pensar estrategias nuevas, pero ahora que estaban a merced de una tercera persona, veían esta posibilidad como algo amenazador, como si pudieran inundar la habitación de bombas o algo parecido.

Cuando la sala estaba inactiva, no era más que un espacio blanco, vacío. No había ventanas que proporcionasen luz natural y la única forma de salir era mediante una puerta doble que Meta Knight se encargaría de cerrar a conciencia.

Sin comida, bebida ni intimidad de ninguna clase, la idea de permanecer en esa sala durante horas les pareció una tortura.

Pero no podían hacer nada: eran una minoría contra un elenco de guerreros que sospechaban de ellos. Tenían que aceptar su destino.

— Por supuesto, Toon Link, Aldeano, Olimar, Mega Man, Ness y Donkey Kong están exentos. Para los que no hayáis visto la huella, era demasiado grande o demasiado pequeña para que cualquiera de ellos hubiera podido dejarla —. Meta Knight se dirigió hacia Marth — Los demás, y ya sabéis quiénes sois… por favor, no hagáis esto más difícil. Los inocentes no sufrirán ningún daño. Espero que lo entendáis.

El príncipe se mordió el labio. No quería aceptar la propuesta del enmascarado, pero había poco que pudiera hacer al respecto. Con un suspiro, hizo un gesto a Ike y Lucina, que asintieron suavemente.

— Vamos, Meta Knight. No alarguemos esto más de lo necesario —. Se limitó a decir el príncipe.

Los luchadores con forma humana fueron cacheados en mitad del pasillo, como si estuviesen en una redada policial de una película. Todos iban en pijama, algunos incluso descalzos, cosa que no hizo más que aumentar la humillación del momento. Aquellos que quisieron discutir y escaparse, como Wario, fueron rápidamente atacados por los demás, y pronto, diecinueve personas se encontraron alienadas frente a la pared.

Por supuesto, el guerrero enmascarado no pasó por alto la ausencia de Shulk.

— Marth, Link, ¿sabéis dónde está Shulk?

Los dos héroes, que hasta ese momento no se habían dado cuenta de que su amigo se había marchado, se miraron con incredulidad, incapaces de contestar a Meta Knight.

Bowser empezó a gruñir de pura impaciencia.

— Llevémonos a estos a la sala, y luego busquemos al otro. No tenemos tiempo para estupideces.

Meta Knight lo hubiera expresado de una forma mucho más suave pero, en esencia, pensaba lo mismo que el rey de los koopas.

— Greninja, Lucario y Charizard deberían bastarse para encontrarlo. Id, por favor. Los demás, ayudadme a llevarlos a la sala de entrenamiento.

Y así, entre protestas y disculpas por parte de los luchadores que se habían visto obligados a acatar la decisión de la mayoría, comenzó una marcha vergonzosa como nunca antes se había visto en la Mansión Smash, especialmente después de la aventura intergaláctica que habían vivido años atrás y en la que enemigos de toda la vida habían llegado a pelear codo con codo por un bien común.

La desconfianza había hecho mella en el corazón de los smashers. Lo que algunos dudaban era si podrían volver a recuperarla algún día.