Quiero aclarar que para mí, dentro del universo de Sonic, los Pegasos son criaturas con apariencia de erizos y con alas de pareciadas a los angeles. Aclarado el asunto, adelante...
Capítulo 02: La Tormenta Se Avecina
Al despertarme, me doy cuenta de que ya me encontraba a la entrada del edificio en donde vivíamos. Mi madre, al darse cuenta de que desperté, me baja de sus brazos. Yo sujeto su mano y comenzamos a subir las escaleras, hasta el piso donde se encontraba nuestro apartamento. Ella saca las llaves de su bolsillo y, abriendo la puerta, entramos. Nuestro apartamento era pequeño, pero era el lugar al que podía llamar "hogar".
- Rouge, ve a bañarte antes de comer. – dijo mi madre, quien se dirigía a la pequeña cocina. Yo sin embargo la mire refunfuñando, ya que simplemente no quería. – ¿Quieres que te castigue tan tarde? – dijo con una expresión seria.
- No quiero bañarme. – dije, con los brazos cruzados. Mi madre se empezó a sobarse los dedos por los ojos. Ella me volvió a ver seriamente, para luego verme con una sonrisa.
- ¿Quieres que me bañe contigo? – Al escuchar estas palabras cambio de idea inmediatamente.
- Sí. – le respondo rápidamente, esbozando una pequeña sonrisa. Ella da un pequeño suspiro y me mira.
- Bueno, ve y comienza a preparar el baño. – me ordenó, mientras se dirigía a su habitación. Yo le obedecí inmediatamente, y me dirigí al baño. A pesar de que el resto del apartamento era un poco pequeño, no habían escatimado en gastos en el baño. Parecía el baño de un hotel cinco estrellas. Fui a la bañera y la empecé a llenar. Me comienzo a quitar toda mi ropa, dejándola a un lado, y me meto dentro de la bañera. Siento como el agua caliente rodea mi cuerpo, sintiéndose como las células de mi cuerpo se relajaban. – ¿Te das cuenta, que si quisiera, ya no tendría que meterme porque tú ya lo has hecho? – al escuchar esto me entristezco y mi madre lo nota. – Pero ya me quite la ropa y ya estoy aquí. Qué más da. – dice, mientras se quita la toalla y se mete en la bañera, conmigo. – allí dentro, ella me empieza a sobar por todas partes y empezamos a jugar. Luego de varios minutos, ella me dice que ya fue suficiente y que debíamos salir. Yo quería estar otros minutos más, entonces me dio cinco minutos. Ella trata de alcanzar su toalla pero estaba muy lejos, tocándole salir y mojar el piso. El cuerpo de mi madre era hermoso, mejor que el de muchas madres (humanas o antropomórficas) que conocía. Tenía unas curvas bien delineadas y sus pechos eran del tamaño apropiado al cuerpo que tenía. Su pelaje blanco como la nieve rodeaba la mayor parte y sus alas de un Blanco, con un brillo azul celeste, era como ver el cielo. La única parte donde no tenía pelaje blanco era en el torso, debajo de sus pechos, hasta un poco después del ombligo. Allí se le veía su piel clara y bella. Podía sentir el olor de su cabello azul claro hasta donde estaba. Pero, después de ver toda esta belleza, siempre notaba la parte mala. Gran parte de su espalda tenia cicatrices de cortes, llegando casi a sus nalgas. Al ver esto siempre salía la misma.
- ¿Por qué tienes todas esas cicatrices? – dije. Mi madre se quedó por un momento quieta.
- ¿Hasta cuándo vas a hacer esa pregunta? – me dijo seriamente.
- Hasta que me respondas. - Yo le devolví la misma seriedad.
- Entonces nunca dejaras de preguntar. – al terminar de decir esto, ella se pone una bata de baño y se retira. Yo quedo sola, con esa duda en mi mente, que siempre salía al verla de espalda desnuda. Ya no tenía ganas de continuar adentro y salgo de la bañera.
Después de haberme puesto la pijama, me dirijo a la sala/comedor y allí veo mi plato servido. Me siento en la mesa, y empiezo a comer sin ganas. Durante toda la cena es así, sin que nadie diga nada. Cuando terminé, mi madre me pidió que me fuera a dormir. Yo obedecí sin objetar. Me fui directo a mi habitación y me acosté en mi cama, durmiendo casi al instante.
Escuché un sonido ensordecedor y grito al instante. Veo por la ventana y noto que está lloviendo. Los relámpagos no se hacían esperar, iluminando el cielo nocturno. Temblé un poco, ya que por alguna razón me daba miedo esto. Ya había dormido durante varias tormentas sin problemas, pero ahora era diferente. Mi madre entró asustada y rápidamente me abrazó.
- Todo está bien cariño. Mami está aquí para cuidarte. – me dijo con una voz suave y tierna. En ese momento siento que todo el miedo que sentí desaparecía.
- ¿Puedes quedarte a dormir conmigo? – mi madre me sonrió, y eso fue suficiente respuesta para mí. Ella se acomodó a mi lado y yo me recosté sobre su pecho, escuchando sus latidos, que me calmaban y me empezaban a dormir.
- No te preocupes mi bella gema. Aquí estoy para protegerte de cualquier cosa. – Esa fue la última palabra que escuché antes de dormirme completamente.
Mis parpados se abrían, notando los rayos de luz que empezaban a entrar por la ventana de mi habitación. Me estiro un poco, mientras bostezo, y noto que mi madre ya no estaba. Me levanto de mi cama, la organizo, y me dirijo a la sala.
- ¡Feliz Cumpleaños! – Escuche al llegar. Allí estaba mi madre, sosteniendo en sus manos una torta de cumpleaños. A su lado estaba el señor Han, quien era el jefe en el trabajo de mi madre. Él era un panda antropomórfico, proveniente de la nación de Chun-nan. En sus manos sostenía un regalo bien envuelto. Yo me sorprendo ante la escena. Aún seguía tan cansada que no me había acordado que hoy era mi cumpleaños. Mi madre deja el pastel en la mesa y me comienza a abrazar. – No puedo creer que ya tengas cinco años desde que naciste. – me sorprendo al escuchar esto, separándome de mi madre. Le hago un gesto de silencio, colocándome un dedo entre los labios. Ella me mira confundida por mi actitud.
- Shhh. Oí, de otras chicas, que uno nunca debe decir la edad. – Mi madre empieza a reírse, haciendo que ahora yo sea la que la viera confundida.
- Oh, mi pequeña gema. Eso es ridículo. Lo que nunca debes decir es tu peso. Eso sí es secreto. – Ella me giña un ojo, haciéndole que le sonría. El señor Han me entrega su regalo. Mi madre también hace lo mismo. – Si quieres, póntelas de una vez. – Rápidamente corro a mi habitación y comienzo a cambiarme. Al terminar, me veo en un espejo. Llevaba una camiseta blanca, con un gran corazón rosado en el centro; unos pantalones negros con dos líneas rosadas horizontales, a los lados de este; y unos tenis de color blanco, con varios pequeños corazones rosados esparcidos por todo este. "Me veo tan linda" pensé. Los regalos que me dieron no eran mucho, pero era suficiente. Me volví a ver en el espejo y entonces recordé algo que me entristeció mucho. Mis ojos estaban llorosos por lo que pasaba en la mente: "¿Cómo puedes ser tan mala hija?". Salí de la habitación y los vi.
- ¿No te gustaron? – preguntó mi madre.
- No, no es eso. Es que… – En ese momento empecé a llorar. –… hoy también es tu cumpleaños. Tú cumpleaños número veinte y no tengo nada que darte. – corría a sus piernas y la abrazo. Me sentía mal por esto.
- No necesitas darme ningún regalo. El mejor regalo que puedo recibir es ver tu hermosa sonrisa. – dijo tiernamente, mientras me sobaba la cabeza. Alzo la mirada, mostrándole una sonrisa, y ella me limpia las lágrimas.
- Bueno, ya van a ser las 8:23 am y abro a las 9:00 am, así que me tengo que ir al trabajo. Te veré mañana Sapphire. Disfruten del día. – dijo despidiéndose, mientras comenzaba a dirigirse a la puerta. Pensé algo rápidamente y sonreí.
- ¡No! Mi mamá va a ir a trabajar hoy. – El señor Han se detiene bruscamente, mientras mi madre me ve sorprendida.
- Pero, quería pasar el día contigo. – dijo ella.
- No. Vas a ir a trabajar hoy, para que así el señor Han te dé el sábado libre, y tengamos sábado y domingo para disfrutar; y, para que sea mejor, yo iré contigo. – dije seriamente. Mi madre se voltea para ver al señor Han.
- Tú hija regatea muy bien. – dijo él, con una sonrisa en su rostro. Mi madre se voltea y me mira, con una sonrisa deslumbrante.
- Entonces hay que comer rápido. – Dijo, mientras se dirigía a la cocina. Nos preparó a todos el desayuno y comimos de postre un pedacito de la torta; al terminar nos limpiamos y todos salimos juntos.
Mi madre trabajaba en la pequeña joyería y compraventa, de la cual era dueño el señor Han, que quedaba cerca al apartamento. Ella allí no ganaba mucho, pero era más que suficiente para sustentarnos en todas nuestras necesidades. El señor Han quería a mucho a mi madre (de la buena manera), como si tratase de un padre cuidando a su hija. Allí el tiempo pasó rápidamente. Llegaban personas comprando, vendiendo, prestando… y así sucesivamente. Cuando era casi hora del almuerzo llegó un señor, el cual tenía una apariencia un poco elegante. El señor Han, quien estaba ocupado en ese momento, le pide que espere, ya que mi madre estaba en la bodega organizando unas cosas.
- ¿Qué necesita? – le pregunté. Él me miró, de mala gana, antes de contestarme.
- Necesito vender este anillo de diamante… – de su chaqueta saca un anillo y me lo muestra. –… y quiero ver cuánto me ofrecen. –
- Cinco Dólares. – respondí rápidamente.
- ¿Qué? – dijo sorprendido y confuso.
- Eso es todo lo que te podrían ofrecer. Cinco Dólares. – Dije con una sonrisa.
- No seas ridícula, niña tonta. Lo que dices es una estupi… –
- ¡Rouge, ven aquí! – grito mi madre, interrumpiendo al señor. Sentí temor, pensando que había hecho algo malo. Al verla, noté que a quien miraba seriamente era al señor. Yo me alejo de allí, viendo como mi madre se acerca a este. Ella coge el anillo y lo empieza a observar. Después de un momento, noto como me observa sorprendida y dirige su mirada hacia el señor. – Creo que después de todo, mi hija tenía razón. Este anillo es falso y no vale más de cinco dólares. – el señor trata de negar con la cabeza.
- Creo que te han timado. – dije. El señor me vio con rabia. Él cogió el anillo y salió del lugar. Mi madre y señor Han me ven seriamente, antes de mostrarme una sonrisa.
- Tu hija tiene un muy buen ojo. – Dijo el señor Han. Desde ese momento me permitieron ayudarlos en la tienda, con supervisión. Permitían que yo viera los diamantes, el oro y la plata, y siempre se quedaban sorprendidos ante mi exactitud. Cuando menos lo pensé, ya era de noche. Todos estábamos afuera, esperando a que terminara de cerrar el negocio para irnos a casa.
- Sería muy bueno si tú hija trabajara aquí. – dijo él, con unas pequeñas risas.
- Sí, seria increíble. Yo podría trabajar aquí todos los días y…– dije esbozando una sonrisa.
- No. – dijo ella.
- Pero, pensé… – la veía con incertidumbre. No entendía por qué no quería.
- ¡He dicho no! – Me gritó.
- Tú madre tiene razón. – Ahora lo vi a él, quien también me veía seriamente.
- ¿Por qué quieren que cambie de idea? Esta es buena. – objeté ante estos comentarios.
- Hay ideas que consideramos buenas, pero a veces nos podemos equivocar. – Dijo el señor Han, quien veía a mi madre. Yo, sin embargo, los veía enojada. Mi madre se despide del Señor Han, me agarra de la mano y no vamos. No le digo ni una palabra en todo el camino, ni siquiera la veía a la cara. Ya cuando nos faltaba una cuadra para llegar a casa aparece un erizo café, con una chaqueta verde y unos zapatos del mismo color.
- Hola guapa. – le dice, viendo directamente a los ojos a mi madre. – Respóndeme, ¿a qué hora abres las puertas del almacén? Ya que tengo un enorme paquete que me gustaría darte. – Escucho estas palabras con confusión, ya que no entendía (en aquel entonces) a que se refería. Sin embargo, mi madre lo mira con ira, mientras apretaba la mandíbula.
- ¡No ves que estoy con mi hija! – le gritó al erizo. Este sin embargo soltó una carcajada.
- No me hagas reír. Se nota a leguas que tú no eres su madre. – Al escuchar estas palabras, mi madre me suelta y, empuñando la mano, lo golpea en el rostro. Noto como un hilo de sangre sale de su nariz. Él la mira con odio y, sacando un cuchillo, la amenaza. – Eres una maldita pu… – antes de que pudiera terminar la frase mi madre lo coge de las piernas, y se eleva en el aire. Veo en el rostro del erizo temor, mientras gritaba asustado.
- Ahora vas a escucharme, y lo harás muy bien. No quiero verte cerca de aquí; y cada vez que me veas recuerda esto: "Puedo hacerte daño sin que te des cuenta". Así que no me vuelvas hacer enojar. Ah y dile a todos tus amiguitos lo mismo que te he dicho. – Dijo ella, mientras soltaba al erizo a unos cuantos metros. Él empieza a marcharse, cojeando un poco por el pequeño impacto. Mi madre me mira y nota que tenía los ojos llorosos – ¿Pasa algo cariño? ¿Estás bien? –
- Es que… no es la primera vez que te dicen que no soy tu hija. Eso me ha llegado a pensar que es cierto y…– mi madre se sorprende ante estas palabras y, de un rápido movimiento, me da una cachetada. Las lágrimas brotan de mis ojos, al sentir el dolor en mi mejilla. Veo a los ojos de mi madre, quien también lloraba.
- Nunca… nunca pienses eso. Yo soy tu madre. Yo te tuve nueve meses aquí – dijo señalando su barriga. – Así que te voy a pedir que nunca dudes de ello. –
- Hay noches en las que te escucho llorar. Te hago preguntas que niegas contestar…– le dije mientras me sobaba los ojos. – ¿Cómo esperas que nunca dude si siento que me escondes cosas? – Mi madre escucha esto y queda estupefacta, sin saber que responderme. Entonces ella se agacha, quedando a mi altura, y me empieza a sobar la mejilla.
- Tienes razón. Te he ocultado cosas porque siento que no estas lista aun para escucharlas. Pero ahora me doy cuenta de que eres más madura de lo que pensé. Ahora, yo te voy a contar una sola cosa y tú me tendrás que prometer que no me volverás a preguntar nada hasta que cumplas dieciocho años; porque a esa edad te diré toda la verdad. ¿Aceptas o no? – yo la vi, sin saber qué hacer, o si podría esperar trece años, pero era la única oportunidad que tendría. Asentí con la cabeza y ella me mostró una pequeña sonrisa. – Bueno, cuando dijiste que querías trabajar y nosotros te dijimos no, tú te enojaste porque queríamos que cambiaras de idea. Yo quiero que seas grande en la vida y que no quedes en una sola parte. Quiero que te eleves y que llegues lo más lejos posible. Te imagino como alguien tan importante, como… – pensó por un momento, antes de continuar. –… una agente de G.U.N. – dijo con una pequeña carcajada. – Quiero que cambies de idea porque yo sé lo que es creer que una idea es buena, aun siendo todo lo contrario. – mi madre se soba los dedos por los ojos antes de continuar. – Yo tenía una idea firme, la cual quería cumplir costara lo que costara. Cuando ya me faltaba poco para cumplirla, apareció alguien caído del cielo. Ese hombre fantástico apareció en mi vida caído del cielo. Él empezó a hablarme y a tratar de convencerme de las consecuencias de mis actos. Yo era reacia a aceptar lo que me decía, porque no quería creer en sus palabras. Cuando estaba ya a punto de cumplir lo que tenía en mente, sus palabras inundaron mis pensamientos. Me aterré al darme cuenta del error que estaba cometiendo. –
- Ese hombre era mi…– dije, pero mi madre negó con su cabeza.
- No. Este hombre era novecientas veces mejor que él en todos los aspectos conocidos. Además, este hombre era… humano. – mi madre dijo estas palabras con titubeo, como si dudara de esto. – Él estuvo a mi lado, cuidándome durante todo el embarazo, junto con el señor Han, y un poco después de tú nacimiento. Yo no sabía cómo pagarle todo lo que hizo por mí, a lo cual me dijo: "Tú sonrisa es más que suficiente". – Una sonrisa se vislumbraba en su rostro. – Es por eso que quiero lo mejor para ti. – Escuchar estas palabras hicieron que cientos de pensamientos pasaran por mi mente, causando más dudas de las que tenía antes; pero ya no podía preguntarle nada, lo había prometido. Mi madre me abrazó y me besó la frente. Comenzamos a caminar, pero me detengo de repente. Mi madre me mira y yo le muestro una sonrisa.
- Si yo trabajara para G.U.N, no sería solo una agente cualquiera. Yo sería…– Posé frente a mi madre. – Rouge the Bat, Súper espía. – en ello mi madre empieza a reír.
- Eso sería fantástico. – Me alzó con sus manos y me puso en sus hombros, dirigiéndonos a casa. – Quiero ver ese día. – Yo reía de felicidad, mientras mi madre hacia lo mismo. Por un momento sentí que ella confiaba más en mí.
Ya era sábado. Nos despertamos tarde, al final ella no tenía que ir a trabajar. Ella hacia panqueques mientras yo veía la tele. Teníamos planeado salir de la ciudad para ir al campo, para disfrutar un hermoso picnic y volar con absoluta libertad.
- Rouge, el desayuno está listo. Ven y siéntate en la mesa. – dijo, dejándome el plato en la mesa. Yo me paro del mueble, haciendo que el control del televisor cayera al suelo. El canal cambió y lo que vi me hizo gritar de miedo. Mi madre se acerca y mira lo que yo veo, abrazándome en el acto. Vi el césped, los pueblos, los árboles y al resto de la fauna quemarse. Lo poco que escuchaba, por parte de la periodista, era que gran parte de Isla Navidad había sido arrasada por las creaciones del Doctor Ivol Robotnik, quien…
Rouge se detiene, viendo como Enzo se para rápidamente y recuesta su frente contra la pared. Ella escucha unos sollozos provenientes de él.
- Tú estabas allí, ¿Verdad? – Enzo se volteó, viéndola directamente a los ojos.
- Sí. – Fue lo único que contestó la nutria.
- ¿Cómo fue? – dijo calmadamente Rouge. Enzo la vio y se volvió a sentar.
- Tenía siete años. Luego del ataque, todos estábamos corriendo. Huíamos del lugar, asustados y aterrorizados. Mi padre me dio a mi hermana, quien tenía dos años, y me pidió que me fuera en uno de los botes de evacuación. Él dijo que iría a buscar a mi madre y que nos volveríamos a encontrar. Sin embargo,… – Rouge notó como las lágrimas brotaban del rostro de la nutria. –… él, junto con mi madre, nunca volvió. Huía de allí y, ya llegando a los botes, en medio de toda la multitud, solté sin querer a mi hermana. La buscaba entre todos ellos y no podía verla por ningún lugar. Unos señores me cogieron y me subieron a la fuerza a los botes. Tenía miedo, porque sentí que le fallé a mi familia. Cuando había perdido la esperanza, escuche a mi hermana llorar. Salí corriendo y la encontré. Desde ese día me prometí que la protegería. Protegería a mi hermana Trish a cualquier costo. –
- ¿Dónde está ella? – Pregunta Rouge.
- Se encuentra en Empire City. Ella estudia para ser enfermera, ya que quiere salvar todas las vidas posibles. – él suelta unas carcajadas antes de continuar. – Allá vive con unas amigas y con Cole, quien es su novio. – Enzo nota como Rouge arquea una ceja y muestra una pequeña sonrisa.
- ¿No te preocupa que ella viva con su novio? – dijo la murciélago estas palabras con malicia.
- La verdad no. Ella es lo suficientemente grande para cuidarse por sí sola. Me lo dejo muy,… muy en claro. Además, su novio es una muy buena persona. Más listo de lo que aparenta. – Enzo le muestra una sonrisa a Rouge, antes de cambiarla a seria. – Creo que nos hemos salido un poco del tema. – Rouge lo mira seriamente.
- Veo que no soy la única deja que las emociones interrumpan su trabajo. – Enzo suelta una pequeña carcajada. Ella sonríe ante la actitud de la nutria. – Bueno, en donde me quedé… ah sí…–
… quien antes fue un científico respetado; pero ahora, amenazaba con destruir a todo aquel que interfiriera en sus planes de dominación mundial. En eso, la imagen se empieza a distorsionar, que dando solamente estática. Noté como mi madre empieza a cambiar el canal, pasándolos rápidamente, mostrando que todos estaban igual. De un momento a otro la imagen vuelve, mostrando a un señor calvo, con un bigote abundante, quien delineaba una sonrisa terrorífica y sus ojos eran tapados por unos lentes negros. Abrazo aún más fuerte a mi madre, quien me levanta y se sienta en el mueble. La persona se queda quieta por unos segundos antes de hablar.
- ¡Ciudadanos del planeta Tierra, escúchenme con mucha atención! Mi nombre es Dr. Ivol Robotnik, el indiscutible científico más grandioso del mundo, y que muy pronto se convertirá en el mayor gobernante del mundo. Ahora lo único que pueden hacer es presenciar el comienzo del mayor imperio de todos los tiempos conocidos. – Se detiene por unos segundos y comienza a reír lunáticamente. Esa risa, esa risa me helaba la sangre. Él se detiene y mira, de tal manera, que pareciera que viera a uno directo a los ojos. – Hoy han visto una pequeña demostración de toda la devastación que puedo provocar. Muchos de ustedes dirán: "¿Por qué preocuparse si G.U.N u otra organización gubernamental del mundo puede encargarse del problema?" – él suelta una pequeña carcajada antes de continuar. – Pues esta es mi repuesta: "¡Ellos no pueden hacerme nada! ¡Yo he ayudado, en gran medida, con parte de la tecnología que todos ustedes usan! ¡Puedo dejar sus sistemas de armas inhabilitados, al igual que todas las redes de energía y demás! ¡Puedo o no mandarlos a la edad de piedra con un chasquido de dedos! Puede que mienta, puede que no. La cuestión es que ustedes no lo saben y esa duda los volverá locos. Ahora, si me permiten, verán en vivo y en directo los demás ataques preparados para hoy. Estos no serán a la escala que hice en Isla Navidad pero serán unos fuegos artificiales muy bonitos. – En ese momento la imagen cambia, mostrando un pequeño pueblo. Su arquitectura mostraba que posiblemente era de la nación de Apotos. Mi madre coge el control y, con la mano temblando, cambia el canal. Notamos que algunos canales habían vuelto a la normalidad, pero otros solo mostraban distintos pueblos, aldeas o pequeñas ciudades de diferentes áreas del mundo. De un momento a otros, estos comienzan a explotar de manera abrupta. Se escuchan en cada canal los gritos de los civiles, aterrados por los que estaba pasando. En ese instante mi madre apaga el televisor, mientras me abrazaba. Tenía un miedo que recorría mi cuerpo, pero que era calmado por el abrazo de mi madre. Yo la vi directo a sus ojos, que denotaban un miedo igual al mío.
- Mami, quedémonos todo el día. – ella sonrió ante mi idea y asintió. Duramos todo el día en casa como había dicho. Cerramos las cortinas de las ventanas y no prendimos el televisor para nada. La mayor parte del día lo pasábamos leyendo o dibujando. Cuando llegó la noche, esta trajo consigo una tormenta fuerte. Los relámpagos iluminaban la noche y los truenos ensordecían el ambiente. Volvía a tener miedo, como si sintiera que algo malo estuviera a punto de suceder. Mi madre me miraba y, esbozando una bella sonrisa, entendió que quería para esa noche.
- ¿Quieres que duerma de nuevo contigo? – Yo asentí, con felicidad, ante su pregunta. – Espero que esto no se te haga un hábito. – dijo, al instante en que comenzaba a hacerme cosquillas. Yo reía, ya que no pude aguantar las ganas. – Vamos a la cama. – y así lo hicimos. Estar junto a ella evitaba cualquier tipo de pesadillas.
Ya había pasado un mes desde el incidente mundial. Ochenta y cinco (85) localidades (después del ataque de Isla Navidad), donde siete de ellas pasaron en pueblos provenientes de la Federación de Estados Unidos, fueron arrasadas simultáneamente. Según los informes, solo el diez por ciento (10%) de la población (de cada lugar) había logrado sobrevivir. En todo este tiempo, Isla Navidad fue convertida en una zona industrial por el Dr. Robotnik. Todos teníamos miedo pero, sin más que se pudiera hacer, teníamos que continuar con nuestras vidas. Yo estudiaba en una escuela especial (que era solo para animales antropomórficos) los días lunes a miércoles, de 7am a 1:00 pm. Allí hablamos sobre lo sucedido, y todos teníamos temor que de un día para otro nos pasara eso. Cuando la clase termino, me eleve en el aire y me fue en dirección al trabajo de mi madre, para almorzar como siempre. Al llegar y entrar, veo al señor Han organizado unas cajas.
- Hola señor Han, ¿Mi mamá está atrás, en la bodega? – el señor Han me mira, como si no supiera que contestarme.
- No, ella salió un momento. Fue a hablar con alguien. Si quieres, puedes esperarla un momento aquí adelante. – Yo lo miro extrañada, ya que mi mamá muy pocas veces dejaba su puesto de trabajo. La espero por unos minutos y cuando ella llega, me sorprendo al ver las lágrimas que brotaban de sus ojos. Me levanto de la silla y corro a sus piernas.
- Mami, ¿Estas bien? ¿Te pasa algo malo? ¿Alguien te hizo algo? – ella negó con la cabeza, giré la cabeza para ver al señor Han, pero este no se inmutaba, como si supiera que le pasaba. Volví a ver a mi mamá y esta sonreía.
- No me pasa nada cariño, es solo…– suspiró un poco, antes de continuar. –… que volví a ver al hombre maravilloso del que te conté hace un mes. –
- ¿Y dónde estás? Quiero conocerlo. – dije emocionada, ya que quería conocer al hombre que cuidó de ella cuando más lo necesitaba.
- Lo siento mi gema. Él solo vino de paso. Pero no te preocupes, sé que el tiempo se encargará de que lo veas un día. – dijo, secándose las lágrimas.
- Si tú lo dices. – en eso, ella me empieza a besar en toda la cara. Yo estaba confundida con su actitud. – No es que no me guste que me beses pero ¿no te estas excediendo? Al final y al cabo, yo estaré aquí siempre. –
- Lo sé. Eso lo sé muy bien. – Estas palabras las dijo con tristeza. Ella se acercó al señor Han y le dijo unas palabras al oído. Él la miro sorprendido, antes de asentir con la cabeza. Ella me vio y sonrió. – Bueno, ya es hora de comer. Te hice tu comida favorita. –
- ¡Sí! – grité de alegría.
Comimos tranquilamente, sin ningún problema. Yo le decía las cosas que había hecho en la escuela, mientras ella me contaba cómo había sido su día. Al terminar de almorzar, ella me dirige hasta la puerta y se me comienza a despedir de mí. Me ordena a que organice mi habitación y que haga mis deberes. Yo no quería irme aun, pero no tenía otra opción, y obedezco. Me comienzo a elevar por los aires, cuando soy detenida por el grito del señor Han, que me pide que vuelva. Mi madre y yo lo observamos extrañadas, mientras que él sonreía. Volvemos a entrar al negocio, y ya adentro, él cierra las puertas y las cortinas. De la caja fuerte saca un cofre y lo empieza a abrir lentamente. Al ver lo que se encontraba adentro, quedo atónita. Su brillo irradiaba todo el lugar, y su hermosura era inigualable.
- Es una… Caos Esmeralda. – dije, aun sin creer lo que mis ojos veían.
- Pero, ¿Cómo? – pregunta mi madre.
- Pues bien Sapphire, tengo un amigo en el museo, quien me dio el contrato de pulirla y prepararla para una exposición especial. –
- Es tan hermosa. – dije, mientras acercaba mi mano a la gema.
- No puedes tocarla. – dijo él, mientras cerraba rápidamente la caja en la que yacía la poderosa reliquia.
- ¿No les preocupan que la roben? – Preguntó mi madre.
- La verdad, no. Según él, muy pocos saben a qué joyería la entregaron para hacerle los preparativos. Me dijo que no tenia de que preocuparme. – Él sonreía ante esta afirmación.
- ¿Cuánto te piensan pagar? – pregunto mi madre con incertidumbre.
- Lo suficiente como para expandir mi negocio. – El señor Han esbozo una sonrisa, aún más grande que antes.
- Eso es fantástico. – dijo mi madre alegre.
- Por favor señor Han, permítame tocar la Esmeralda. – le suplicaba, viéndolo con unos ojos tristes. Él soltó un suspiro, resignado porque sabía que no podía negarse. Volvió a abrir la caja que contenía la gema y, con mucho cuidado, la colocó en mis manos. Mis ojos veían, y mis manos sentían la energía que emanaba esa reliquia de gran poder. Quería poseerla para siempre. No quería entregársela a nadie. Pero sabía que estaba pensando mal. Mi madre siempre me decía: "Lo importante no es la riqueza material, sino la riqueza espiritual. Esa riqueza es aquella que ganas con las personas que amas y están a tú lado". Aun así, no podía apartar de mi mente esa Esmeralda, ya que quedé hipnotizada con su belleza. El Señor Han me pidió de vuelta la Esmeralda y yo se la devolví con una sonrisa.
- Bueno cariño, ya es tiempo de que vuelvas a casa. No olvides hacer tus quehaceres. – ella rió un poco, haciendo que yo lo hiciera también. Pero, sin aviso, cambio su expresión a seria. – Hablo muy enserio. – Yo asentí ante esta orden, haciendo que ella me besara la frente. Salí del negocio y, sin esfuerzo, me elevé por los aires. Volaba en dirección a casa, sin dejar de pensar en la gema que había cautivada mi interés absoluto.
Era miércoles. Ya había pasado una semana desde que el señor Han nos había revelado, con orgullo, el trabajo que el museo le había encomendado. Varias veces, durante la semana, le pedí, con suplicas, que me mostrara la gema; y en todas ella había aceptado resignado. Mi madre me regaño varias veces, pero a mí no me importaba. Me dije a mi misma: "Cada vez que tuvieras la oportunidad de verla, mírala". Según el señor Han, él tenía que entregar la gema el sábado por la noche. "Tres días más para poder disfrutar de su belleza" era lo que pensaba. Acababa de salir la escuela y volaba directo al negocio como de costumbre.
- ¿Cómo están todos? – pregunté nada más al entrar.
- Estamos bien – respondió mi madre.
- Cuando cierre el negocio, para almorzar, podrás ver la gema. – Dijo rápidamente el Señor Han. Yo lo miro, fingiendo un rostro confusión.
- Yo no he dicho nada. – le digo sorprendida.
- Es cierto, pero lo pensaste. – él se comienza a reír, a lo cual hace que le siga la corriente.
- Voy a buscar unas cajas, espérame aquí. – dijo mí madre, con una bella sonrisa.
- De acuerdo. – le respondí, devolviéndole la sonrisa. Al momento de irse, llegaron tres personas. Ellos eran animales antropomórficos. Uno era un orangután, el otro era un chita y el ultimo un rinoceronte. El orangután vestía una camisa blanca, con unos jeans azul oscuro y unos zapatos negros. El otro vestía lo mismo, excepto por la camisa, la cual era negra. Sin embargo, el rinoceronte vestía un traje de elegante (algo raro para ser sincera). La ropa que vestían el orangután y el chita estaba algo mugrienta y apestaba un poco. Ellos dos me veían fijamente, perturbándome un poco.
- Lindas alas. – dijo el chita, mientras se lamia los labios.
- Gra… gracias. – dije temerosa ante su actitud.
- Lo siento señores, ya vamos a cerrar. Pueden regresar a las dos de la tarde. – dijo el señor Han calmadamente.
- Pues, nosotros tenemos mucha prisa y lo que necesitamos es urgente. – Dijo el orangután, quien hablaba con un tono amenazante. En ese instante entraba mi madre a la sala, con dos cajas que tapaban su visión.
- ¡Sapphire! ¡Reconocería esas alas donde fuera! – grito el chita. En ese instante mi madre quedó pasmada. Las cajas que sostenía en sus manos las dejo caer. Estas chocaron contra el suelo, escuchándose como se quebraban las cosas que yacían dentro de ellas. Vi a mi madre, quien en su mirada se denotaba terror absoluto.
- ¡ROUGE VEN AQUÍ INMEDIATAMENTE! – grito ella, denotándose miedo en su voz. Yo corrí rápidamente y, al llegar a su posición, ella me alzo y me llevó a la bodega. Allí me metió en un armario. – Lo siento. – dijo, antes de cerrar la puerta. Traté de abrirla, pero ella le había puesto seguro. Me perturbaba la actitud de mi madre. Tenía que descubrir, a cualquier medio, de que hablaban. Arriba, en el techo, vi una rejilla de un ducto ventilación. Me elevo y, dándole una patada, la abro sin problemas.
- Esas clases de karate si son muy efectivas. – me dije a mi misma, recordando el entrenamiento que me daban todos los viernes por las tardes. Me metí dentro del ducto y los recorrí rápidamente hasta la sala donde se encontraban.
- ¡Lárguense de aquí malditos! – vi y escuché gritar a mi madre. Noté como el orangután y el chita solo reían, mientras que el rinoceronte se mantenía serio.
- Sapphire, ¿Qué te pasa? – se le denotaba confuso al señor Han.
- Son ellos. Son… ellos. – Noté como el señor Han se sorprendía antes estas palabras. Él volteó a ver a los señores con iras.
- Ya la oyeron. No son bienvenidos aquí. ¡Largo de mi negocio! – Gritó él. Sin embargo, el orangután y el chita solo reían.
- En serio Sapphire. Nunca te imaginé en la faceta de madre. ¿Has tenido el valor de contarle quien es su padre? O ¿Quieres que lo hagamos nosotros por ti? – dijo sarcásticamente el chita.
- No se atrevan a acercarse a ella, o juro que…– dijo mi madre, con un tono amenazante.
- ¿O qué? – Dijo el orangután acercándose a ella, con una mirada amenazante.
- ¿Que quieren ustedes de nosotros? – dijo el Señor Han, tratando de evitar alguna confrontación. Todos se quedan en silencio por unos segundos, hasta que el rinoceronte empieza a hablar.
- Queremos que nos dé la Caos Esmeralda. – dijo secamente el rinoceronte.
- No sé de qué hablas. – mintió el señor Han.
- No nos engaña. Usamos métodos para hacer hablar a uno de los que sabían a quien se le había entregado la gema. Se los pedimos de buena manera. Denos… la… gema. – estas últimas palabras las dijo alzando el tono
- Aunque así fuera, yo no les daría nada. – Noté como el orangután y el chita sacaban unas pistolas y les apuntaban a mi madre y al señor Han. Ellos dan un paso atrás, asustados.
- Bajen sus armas, idiotas. – dijo seriamente el rinoceronte. Ellos dos lo vieron confundidos. – Yo estoy al mando de esto y yo decido como procederemos. – Al escuchar esto, los dos bajan sus armas, de mala gana. El rinoceronte se acerca al señor Han y lo mira seriamente. – Tienes hasta el sábado. Si no nos entregas la gema atente a las consecuencias. – Luego de decir esto, se retira del lugar acompañado por el orangután y el chita.
- No te preocupes Sapphire. Todo estará bien. – Decía el señor Han, mientras le daba un abrazo a mi madre para calmarla, ya que estaba sollozando un poco. En eso, me doy cuenta de que en cualquier segundo mi madre iría al almacén a buscarme. Trato de devolverme sigilosamente por donde vine pero, con muy mala suerte, una de las rejillas cede al peso y caigo. Cerré mis ojos, pensando que impactaría contra el suelo, pero soy detenida. Al abrir mis parpados veo a mi madre, que me mira furiosa.
- ¡Te dije que te quedaras allá atrás! – me gritó, mientras me pellizcaba la oreja. A pesar del dolor que sentía, las dudas inundaban mi mente.
- ¿Quiénes son ellos? ¿Cómo te conocen? ¿Por qué le tienes miedo? ¿Qué saben sobre mi…? – pregunté rápidamente. La expresión del rostro de mi madre era de rabia y de dolor.
- Eso no te concierne para nada. –me dijo, tratando de bajar el tono de su voz
- ¡Si me concierne! – Le grité. Ella se sorprendió ante mi actitud, mirando hacia otro lado.
- Es verdad. Esto si te concierne pero no te diré nada. Es por tu bien. Confía en mí, por favor. Es lo único que te pido. Confía… en… mí. – dijo estas palabras suplicándome, con lágrimas brotando de sus ojos. Yo asentí ante sus suplicas.
- y ahora, ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a la policía? – pregunté temerosa.
- No, no podemos llamarlos. – dijo el señor Han seriamente. Yo lo miré confusa, ya que si estábamos en peligro debíamos advertirlo.
- ¿Por qué? – dije.
- Nada nos asegura que tengan a alguien dentro de la organización, esperando para llamarlos. – me respondió.
- Te voy a pedir que te quedes todo el día en el negocio, mi pequeña gema. – dijo mi madre, quien seguía denotando preocupación.
- Okay. – le respondí, mostrando una pequeña sonrisa. Ella me la devolvió el gesto.
Durante todo el día se sintió que el tiempo iba lento. Hubo muchos clientes durante el día, algunos humanos y otros antropomórficos. Tenía miedo de que ellos volvieran y causaran daño a mi familia, pero no pasó nada. Llegó la noche y consigo trajo un poquito de tranquilidad. Noté que mi madre tomó el teléfono y pidió un taxi. Me pareció raro (por un buen motivo), pero no dije nada. Al cerrar el negocio nos subimos al carro. El conductor se sorprendió al escuchar la dirección a la que tenía que ir.
- Podían haber caminado. – dijo él.
- Tengo problemas. –Le respondió mi madre, mostrándole unos dólares. – Acelere de una vez. – le ordenó.
- Usted es la que manda. – dijo, mientras cogía el billete, y aceleraba. Luego de haber llegado a la entrada del edificio, mi madre le pide que espere.
- Necesito que me venga a buscar durante estas semanas. ¿Acepta o no? – dijo seriamente mi madre. El taxista asintió, ante la pregunta de mi madre, y se marchó del lugar. Subimos rápidamente las escaleras y entramos al apartamento. Ella prendió todas las luces y revisó el lugar. Al no encontrar nada comenzó a hacer la cena. No dijimos nada y, por la situación en la que estábamos, no me molestaba. Caminé lentamente a mi habitación y, a través de las ventanas, se vislumbraba de nuevo otra tormenta fuerte. Entre con un poco de temor. Era absurdo que le tuviera miedo a las tormentas. Un relámpago ilumino el cielo y sentí como unas gotas caían de mis ojos. No sabía por qué me sentía así. Me senté en la cama y seguía observando la tormenta. Mis lágrimas seguían brotando de mis ojos y el miedo me invadía. Todo esto desapareció al sentir la mano de mi madre en mi hombro. Ella mi miró con una sonrisa mientras que yo la abrazaba.
- Esta noche yo quiero dormir contigo, ¿Puedo? – me preguntó.
- No necesitas preguntar cuando sabes la respuesta. – le contesté. Ella se acostó a mi lado – Te quiero – dije, antes de dormirme tranquilamente a su lado.
Ya había llegado el sábado. Durante estos días nos mantuvimos alertas. A Cualquier irregularidad salíamos del lugar en donde nos encontráramos. Estábamos en el negocio y el día paso normal. No tuvimos ningún tipo de problema. Por un momento (por un leve momento) sentimos que nada malo pasaría ese día. Esta sensación terminó cuando llegaron, a las 6:30 pm. El orangután y el chita veían a mi madre y a mí con malicia. El rinoceronte veía seriamente al señor Han, quien le devolvía la misma mirada.
- ¿Nos vas a dar la Esmeralda? – Preguntó secamente.
- Como te he dicho antes: "No tengo en mi poder esa gema". – El chita sacó su arma y le apunto a mi madre. Él se lamia los labios, como si le diera placer hacer eso. A mí me apuntaba el orangután, mostrando en su rostro una sonrisa tétrica.
- ¿Qué parte de "no tengo en mi poder esa gema" no entiendes? – volvió a recalcar el señor Han. – Yo ya la entregué hoy en la mañana. – La respiración del rinoceronte aumentaba y, con rapidez, enfunda su arma. – Mírame a los ojos y dime que lo que dices es cierto. –
- Es cierto. – respondió calmadamente. El chita miraba al rinoceronte, sin dejar de apuntarle a mi madre, igual que el orangután apuntándome.
- Vámonos. – dijo el rinoceronte, dejando atónitos al orangután y al chita. –He dicho: ¡VÁMONOS! El rinoceronte se dio la vuelta y le señalo con la mano al señor Han. – Pero recuerda… Lo que pase de aquí en adelante será tú responsabilidad. – dijo, cerrando la puerta de golpe. Mi madre corre y me abraza en el acto. El señor Han se acerca y se une. Teníamos miedo, pero hicimos lo correcto (o eso creíamos).
Habían pasado dos semanas desde ese encuentro desastroso. No hubo rastro de ellos por ningún lado. Todos los días pasaron con normalidad. La tranquilidad había vuelto de nuevo.
- Cuando termines tu clase de karate ve directo a la casa. – me refuto mi madre, dándome un abrazo de despedida.
- Lo sé. No te preocupes. Te esperaré juiciosa en casa. – le respondía, con una sonrisa en mi rostro.
- Nos vemos – me dijo, dándome un beso en una mejilla. Yo me elevé por los aires y fui directo a mi clase. Allí pase toda la tarde, pateando el trasero de todos mis compañeros. Incluso hubo estudiantes de mayor rango a los cuales, con facilidad, vencía con mis increíbles piernas. Todos los profesores me felicitaban por mi habilidad, igual que mis compañeros. Me sentía bien recibir tanta atención. Al terminar la clase me dirigí directo a mi casa. Al llegar, me puse a ver televisión esperando a mi madre para comer. Había pasado el tiempo y al ver el reloj me asusto. Eran las 8:30 pm, mi madre siempre llegaba a más tardar a las 7:30 pm. Un terror invade mi cuerpo, pensando que algo malo le pudo haber sucedido. A pesar de tener el teléfono de la casa del señor Han, decidí salir de la casa y volar a la suya. Trate de no pensar en cosas terribles. Pasé por el negocio primero, pero nada; Estaba cerrado. Seguí mi camino y llegue deprisa. Toqué la puerta y al momento abren la puerta. Él señor Han se sorprende al verme.
- Rouge, ¿Qué haces aquí? ¿Tú madre viene detrás? – Al escuchar estas dudad provenientes de él me aterro aún más.
- No. Ella aún no ha llegado a casa. Pensé que estaba aquí. –
- ¡Qué! Ella se fue a la misma hora que siempre. – dijo, denotando un poco de preocupación en su voz. En ello me elevo rápidamente. Lo veo a él quien sigue confundido por lo que está pasando.
- Puede que ya llegara a casa. Si es así, me castigará durante mucho tiempo, y espero que eso pase. – dije, fingiendo una sonrisa. Volé velozmente de vuelta a casa. Cada célula de mi cuerpo me decía que tenía que hacerlo rápido. Cuando estaba frente a punto de llegar a la puerta de nuestro apartamento me doy cuenta de algo malo. El tomo de la puerta estaba quebrado. La empujo un poco y noto que todas las luces fueron apagadas, excepto la lámpara de la mesa. Me acerco lentamente a ella y veo una carta en ella. La cojo cuidadosamente y las primeras palabras que leo me petrifican, haciéndome brotar lágrimas de mis ojos.
"Hola pequeña Rouge the Bat. ¿Seguro quieres mucho a tu mami? Pues tendrás que hacer algo muy importante para salvarla… de su muerte"
Bueno, eso es todo… por ahora. No olviden dejar sus Reviews. Espero que todos y todas ustedes tengan un buen día.
