Advertencia: El siguiente capítulo contiene escenas de sexo implícito y palabras fuertes. Leer con discreción.


Capítulo 04: Verdad, Dolor y Venganza

- Bueno mis queridos pasajeros, llegaremos dentro de 15 minutos a Cottonmouth, Florida. Estén listos. – dijo el ayudante del chofer, mostrando una sonrisa, como si de un tour se tratara. Aunque podría decir que esas cuatro horas de viaje fueron casi como conocer la cultura de otros países. Había inmigrantes de Tenochtitlan, la Nación de Granadas y entre otros países del sur del continente que pasaron la frontera buscando un mejor futuro. Muchos hablaban en su idioma natal, mientras otros trababan de hablar el nuestro (con mala pronunciación). También, mientras pasaron las horas, colocaban música de su folklor. Ver, escuchar y oler (por la comida típica que traían) me recordó al sueño que tuve. Ir a otros lados del mundo para descubrir y degustar la cultura de esos países. Expandir mi conocimiento sobre el mundo que me rodeaba y llegar a amarlo. Un sueño bello que fue opacado por el dolor y la venganza de querer vengar la muerte de mi madre sin importar el costo. El bus se detuvo en la estación, abriendo sus puertas y, sin ni siquiera esperar a que el ayudante hablara, toda la gente comenzó a salir rápidamente para evitar mostrar cualquier tipo de identificación si eran atrapados por los policías. Fui la última en salir, cogiendo mis cosas y caminando lentamente por los asientos. Estuve a punto de salir cuando soy detenido por el ayudante del bus.

- No es por molestarte pero, ¿No deberías estar con tú madre? – preguntó, como si de un interrogatorio se tratara. Yo lo miré con rabia, ya que sentimentalmente eso quería. Quería que ella estuviera a mi lado, viva.

- ¡La mataron hace dos años! ¡Por eso no está conmigo! – Le grité, llamando la atención del conductor.

- George, déjala en paz. Tú trabajo es ayudar a los pasajeros, no molestarlos. – dijo, haciendo que el ayudante me dejara salir por fin de ese autobús. Sentía dolor cada vez que me preguntaban dónde estaba mí madre. Yo también me hacia esa pregunta en mis pesadillas. "¿Dónde estás mami? ¿Dónde estás?" esos eran mis pensamientos. Aun así, no debía olvidar lo que venía hacer. Debía encontrarlo y sacarle la información como fuera necesario. Todos esos días de búsqueda que me causaron dolor. Vi cosas, cosas que ni siquiera un ser antropomórfico de 5-7 años debía ver y saber. Era muy joven y ya sabía muchos temas de adultos, especialmente si vives la mayor parte del tiempo en un motel. Escuchaba como los viciosos vendían la droga, los pedófilos trayendo a niños o niñas, mientras ellos lloraban. De igual manera, escuchaba a muchas mujeres criticando a los hombres por no ser buenos amantes y así sucesivamente. Viví en medio de una ciudad de pecados. Lo único que me calmaba en todo ese mundo de horror eran las fotos con mi madre, que logré recuperar rápidamente el día que huí de Westopolis. Eran apenas cuatro fotos, pero era suficiente para calmarme en días de miedo. En una, estábamos en la playa cuando tenía tres años. En otra, estábamos en el Zoológico junto con el señor Han, cuando tenía cuatro años. En la siguiente, de paseo a Empire City "La ciudad que nunca duerme". Y en la última foto, que se tomó una semana antes del asesinato de mí madre, estábamos el señor Han, mi mamá y yo; posando en el mueble de un salón de fotografía como una familia. Éramos eso, "una familia feliz". Una familia que terminó, a pesar de todos mis esfuerzos.

Di varias vueltas alrededor del hospital, en donde tenían a mí objetivo, observando todos los detalles para evitar cualquier sorpresa. Esperé a que la noche cayera. Me deslicé por los pasillos del hospital sin que los guardias se dieran cuenta. Mis habilidades de sigilo habían mejorado con el paso de los años. Ya no era la misma niña estúpida que había robado, cometiendo idioteces, en el museo. Ahora era algo mucho mejor (o peor. Depende de quien lo viera). Llegué a la habitación en la que se hospedaba y le puse seguro, ya que no quería ninguna molestia. Mis ojos lo observaban, tendido en la cama con el respirador automático. Una rabia pasaba por mis venas, con ganas de ahorcarlo y matarlo de una vez. Pero no podía, aun no. No hasta que hablara. Empecé a moverlo para que despertara, lo cual hizo casi al instante. Él me veía aterrado.

- Hola. ¿Te alegras de verme? – le dije, con una sonrisa tétrica, al orangután. Él se quedó pasmado, sin responderme. Al ver que no decía nada, rápidamente le quito su máscara de oxígeno y me alejo de su cama. – No seas maleducado. Contéstame. – dije.

- Devuélvemelo. – Dijo, jadeando un poco. Después de todo, tenía un pulmón herido.

- Te prometo que te lo daré, pero si me respondes esto: ¿Por qué mataron a mi mamá? – dije, borrando mi sonrisa y viéndolo con odio.

- No fue mí culpa. Mi compañero, el chita, me dijo que tú no habías logrado cumplir con tu palabra. Solo hacía mi trabajo. – dijo, alargando su mano para alcanzar la máscara de oxígeno. Parte de mí no creía la mitad de su historia pero necesitaba saber más.

- ¿Dónde está él? – le pregunté.

- Si te lo digo me mataran. – dijo con esfuerzo.

- Si no me lo dices, yo te mataré a ti. – le amenacé, viéndolo directo a los ojos. El tembló un poco.

- Está en la ciudad de San Fierro, en el estado de San Andreas. Es todo lo que te puedo decir. – dijo. Noté que no mentía y le devolví la máscara. – ¿Para qué quieres saber esto? – preguntó.

- Porque quiero saber la razón por la que la mataron. – dije. Noté, a pesar de la máscara, que sonreía.

- Yo sé la razón. Pero no te lo voy a decir. – dijo, sin dejar de mostrar esa sonrisa. Al ver esto, le devolví la sonrisa. Eso lo dejó confuso. Comencé a caminar hacia el tomacorriente y desconecté el respirador automático. Veo como se asusta el orangután, mientras su respiración se agitaba. Como no estaba conectado a ningún monitor cardiaco no temía que entraran rápidamente para salvarlo. La respiración del orangután aumentaba a cada segundo, viéndome con confusión. – Yo te dije que te daba la máscara. No te prometí nada más. – le dije, viendo cómo se asfixiaba y moría. Toque su mano, buscando su pulso, y no sentí nada. Era la primera persona que mataba durante mi tiempo de escape y búsqueda. Había herido y lisiado a muchas personas pero no llegué hasta tanto. Le volví a colocar la máscara y salí por la ventana sin que nadie se diera cuenta. Me elevé por los aires, viendo como la luz de la luna iluminaba la playa del pueblo. Sentí la brisa recorrer mi cuerpo, mientras mi mente pensaba en lo cerca que estaba de saber la verdad. La verdad que me llevó hasta este camino.

- Siguiente parada, San Fierro. – me dije a mí misma con una sonrisa.

Los días habían pasado. De bus en bus. De estación en estación. De pueblo en pueblo. Mi recorrido a San Fierro fue largo. No podía irme en avión, ya que me atraparían en el acto. Todo era por rutas alternativas o por lugares que no aparecían en los mapas modernos. Lugares que fueron olvidados por el gobierno y dejándolos a su merced. Escuchaba en las noticias como hablaban de una economía estable, pero mis ojos veían otra cosa. Aun así, no me importaba eso. Mi meta estaba clara y el resto del mundo podía irse al infierno. La ciudad de San Fierro era muy bonita pero no estaba allí para eso. Al llegar, busqué rápidamente un motel. Sobornado a los caseros, deje mis pocas cosas, pero no las fotografías. Esas nunca las abandonaría en ningún lugar. Con los pocos datos que me habida dado el orangután pude, sin esfuerzo, encontrar la ubicación del chita. Lo vi en un estacionamiento, fumando unos cigarrillos. La rabia recorría cada rincón de mi cuerpo, lista para atacarlo. Me elevé en los aires y bajé rápidamente. Vi como él me vio pero, cuando reaccionó, ya era muy tarde. Con un golpe de mis pies lo mande a volar, chocando contra la puerta de un carro. Me acerqué rápidamente y le di varios golpes con mis pies.

- Nunca sabrás la verdad. La verdad de porque matamos a tu linda y puta madre. – dijo. Escuchar estas palabras me hizo perder la concentración, viéndolo con rabia. – Oh, veo que te has unido a la fiesta. – dice esto, viendo detrás sobre mis hombros. Me volteo y lo veo. Veo a ese rinoceronte que me prometió entregarme a mi madre sana y salva, pero mintió. Sentí un golpe en mi estómago, haciendo que cayera de rodilla. – Esto es por lo que me hiciste hace un segundo perra. – dijo, dándome una cachetada. Noté como sacó una pistola y me apuntaba. – Bye, bye. – dijo con una sonrisa sarcástica. Me tapé los ojos con mis manos, porque no quería que él fuera lo último que viera mientras moría. Escuché el primer disparo. Luego de eso, escuché dos. Y por último, escuché de nuevo otro disparo. Pero lo que me dejó confusa es que ninguno fue para mí. Me quité las manos que tapaban mis ojos y noté la escena que me rodeaba. El chita tenía una herida de bala en el hombro y en el centro de la frente. Lo habían asesinado. Giré mi cabeza y vi a rinoceronte tirado en el piso, donde se comenzaba a formar un charco de sangre. Él respiraba con dificultad. Me acerqué a él y noté que tenía dos heridas de bala cerca al corazón.

- ¿Por qué? – le pregunté, con la duda que yacía en mi mente.

- Para redimirme. Yo no sabía lo que ellos hicieron. Yo pensé que tú madre estaba segura. Pero cuando supe lo que le pasó, me sorprendí. Mi vida fue una mierda y hacía lo necesario para vivir bien. Pero esto lo cambió todo. Cuando descubrí por que la mataron, mi mente casi no pudo procesarlo. Solo te pido perdón. Te pido perdón por lo que pasó. Perdóname, por favor. – dijo él, con lágrimas brotando de sus ojos. Yo lo miré seriamente.

- No. No puedo perdonarte. – dije seriamente.

- Te entiendo. – dijo con una mirada de tristeza.

- No lo entiendes. No puedo perdonarte, porque tú no tienes culpa de nada de lo que pasó. No sabias las consecuencias de los actos de los demás. – Noté como él me mostraba una pequeña sonrisa. – Solo te pido que me digas quien y donde está el que ordeno la muerte de mi mamá. Por favor. – dije, con unas pequeñas lágrimas.

- De acuerdo. Su nombre es Strauss y aquí está la dirección donde encontrarlo. – dijo difícilmente, dándome un pequeño papel. – Cuando sepas la verdad, recuerda los mejores momentos con tú madre. A… di… os. – terminó de decir, muriendo en el acto. Vi como sus ojos perdían brillo. Me sentía mal por él. Él no era como el chita o el orangután. Cerré sus ojos por consideración de su buen gesto.

- Ahora dormirás tranquilamente. – dije, cogiendo su arma y elevándome en el cielo, en dirección a la guarida de Strauss. – Vas a ver lo que te viene – amenacé. Luego de varios minutos, vi el lugar en el que se encontraba la dirección. Parecía una bodega y afuera, en una pequeña puerta roja, se encontraba una ardilla vigilándola. Le quité el seguro al arma y, sin titubear, le disparé. Mi precisión fue perfecta. Le di directo en la cabeza. Por alguna razón, no sentía remordimiento. Tal vez porque era lo que quería. Bajé, cogí su arma y entré por la puerta. Ya adentro, rápidamente me comencé a encargar de todos. Me ocultaba en algunas partes oscuras y cuando menos se los esperaban les disparaba o les rompía en cuello. Muchos de ellos no me vieron venir, muriendo sin saber quién los mató. No podía creer que había causado el deceso de más de 15 criaturas. Rápidamente subí y me encargué de otras tres, sin problemas. Seguí caminando hasta entrar en una oficina bien arreglada. Allí estaba un computador de mesa, un televisor de pantalla plana grande y diferentes gabinetes. Escuché el sonido del inodoro siendo vaciado y lo vi salir de un pequeño baño. Él me miró y yo a él. Un terror me invadió por su aspecto. Su aspecto era parecido al mío. Al verlo, sentía que me veía a mí misma en un espejo de feria distorsionado. Era casi idéntico a mí, excepto que en el pelaje de su cabeza tenía unos mechones negros (como Shadow con sus mechones rojos), y no tenía alas, solo membranas entre sus brazos.

- Vaya. Miren quien llegó. – dijo calmadamente.

- Eres Strauss, ¿Verdad? Quiero que sepas que he matado a tus hombres. – dije amenazantemente, mientras le apuntaba con el arma, pero veo que no se inmuta.

- Bah, me da igual. Puedo conseguir mano de obra más barata. – me sorprendí ante su indiferencia. – Se sintió bien matarlos, ¿verdad? Eres muy parecida a mí. – dijo con una sonrisa.

- ¡Yo no soy nada tuyo! – Le grité.

- Oh, no lo sabes. ¿No sabes que yo soy tú padre? – Escuchar estas palabras hacen que mi cuerpo se pasme. Esas palabras no podían ser ciertas. No podía serlo.

- ¡Eso es mentira! ¡Mi mamá jamás se hubiera enamorado de alguien como tú! – Grité sin contenerme, viéndolo con rabia. Sin embargo, el empieza a reírse desequilibradamente. No sabía por qué lo hacía.

- Yo dije que era tú padre. Nunca mencioné nada de amor. ¿Cómo podré explicártelo…? – dijo, sobándose la barbilla. –… a sí. A mucha gente le gusta degustar la comida de diferentes regiones como de Apotos o Spagonia. A mí me gusta la comida de la Nación de Granadas. La bandeja paisa y el suero costeño. Me encanta como convierten la grasa de la leche en suero, una delicia. También el asado negro y la hallaca. En ese mismo aspecto, yo degusto a las chicas con el miembro que yace entre mis piernas. Ardillas, reptiles, caninas, loba, felinas, aves, humanas, etc; me encanta probar de todo. Un día, pasando por un pueblo, veo a una linda Pegaso comiendo helado con su padre. Mis deseos me pidieron degustarla en todos los aspectos. Intercepté a su padre y le ofrecí una buena suma de dinero por pasar una noche con su hija. Él me miró con ira y rabia, gritándome que me marchara inmediatamente. Yo lo hice. Pero lo que él no sabía es que lo había seguido a su pequeña casa. Esperé a que fuera de noche y allí, sin hacer ruido, entré y los tomé por sorpresa. A su hija, la metí en el auto y a él… bueno, le disparé e incendié su casa, quemándolo. Vi, con placer, como su hija gritaba. La drogué, para que no fuera una molestia, y me marche devuelta a San Fierro. – Se detuvo un segundo, viéndome como estaba, aterrada por su relato y aún más por lo que diría. – Ya en la bodega, yo la metí en una habitación y luego…– él me miró, mostrándome una sonrisa tétrica. – Debo decirte que en esa habitación hay cinco cámaras que graban todo. Yo les pido a mis trabajadores que una vez que termine el día, editen la imagen como si fuera una película. Con otras chicas solo tengo como de 20 a 30 minutos de grabación. Sin embargo, con tu madre hice un hermoso proyecto. Te lo mostraré. – Terminó de decir. En eso, tecleó en el computador y el televisor se encendió. Lo que vi me dejó aterrada. Vi como él arrastraba a mi madre y la tiraba en la cama, agarrando su pierna y colocándole un grillete, encima de su tobillo, que estaba unido a una de las patas de la cama con una cadena. Además, las alas de mi madre estaban, de alguna manera, atadas entre sí para evitar que huyera volando. – Espero que lo disfrutes. – dijo. En el borde inferior de la pantalla aparecía unas palabras que decían día uno.

- ¡No! ¡Por favor, suélteme! – gritaba ella, tratando de zafarse de Strauss, quien le lamia el cuello con morbosidad. Él comenzaba a romperle toda la roda, dejándola desnuda e indefensa.

- Mírate. Tienes un lindo cuerpo. Deja que te muestre el mío. – dijo, desnudándose rápidamente. Luego de esto, él empezó a sobarse la mano entre las piernas. De entre su pelaje comenzaba a brotar su miembro. Mi madre ve esto y grita, tratando inútilmente de zafarse. – Eres joven pero sabes lo que viene ahora, ¿Verdad? – dijo, con una sonrisa morbosa.

- No…– fue lo único que dijo ella, mientras sollozaba.

- Sí tienes unas últimas palabras como niña antes de convertirte en mujer, escúpelas de una vez. – dijo, colocando su miembro en la intimidad de mi madre.

- Detente, por favor. – dijo mi madre con una voz de súplica.

- Muy mala elección de palabras, me temo. – dijo, comenzando a violarla. Vi como ella gritaba, mientras de sus ojos brotaban lágrimas de dolor. – Esto es tan delicioso. – decía él.

- Duele. ¡Duele! – grito mi madre, mientras de su intimidad brotaban unas gotas de sangre y caían sobre la sábana blanca, manchándola.

- Como puede dolerte si para mí esto es asombroso. – Se burló, riéndose, sin dejar de moverse agitadamente. Yo veía esto sin poder creerlo. Quería saltar y destruir la pantalla. Quería destruir a Strauss y matarlo. Pero mi cuerpo solo se quedó pasmado y mis ojos fijos en la pantalla. Luego de varios minutos se detuvo, con un rostro de satisfacción, y mi madre quedó pasmada.

- Hiciste eso. No… – dijo ella, sin fuerza en su voz.

- Me temo que sí. – dijo él, separándose de ella y acercándose a la mesa de noche, para tomarse un trago. Vi como esa cosa blanca salía de ella, mezclada con la sangre. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y su mirada estaba perdida. Strauss sacó una especie de collar, de una de las gavetas del mueble, y se lo colocó en el cuello de mi madre. – Ahora yo soy tú amo y toda mascota necesita un collar. – Dijo, mientras volteaba a mi madre y le empezaba a sobar sus nalgas – Bueno. Hoy me prometí que dejarías de ser virgen, y ya va uno de tus tres lindos agujeros. – al terminar de decir esto, mi madre trata de levantarse pero Strauss se acuesta encima de ella. – Debes relajarte, porque esto apenas comienza.

- ¡Ya no más! – gritó mi madre, mientras Strauss la obligaba a ese acto carnal. Ese sentimiento de dolor volvía en mí. No sé porque mi cuerpo no reaccionaba. Ver esas escenas infernales destrozaban mí mente. Noté que los días iban pasando, día dos, tres, cuatro; y mi madre lloraba cada vez que él la violaba. Sus lágrimas machaban su rostro y él solo se burlaba de ella, mientras abusaba de ella en el peor de los actos. Y así fueron hasta el día doce. A partir del día trece, noté como él entró y mi madre no se inmutó, ni suplicó piedad.

- Veo que te estás adiestrando. Tírate en la cama y abre las piernas. – le dijo. Vi, con horror, como mi madre obedecía las órdenes dadas por Strauss, mientras él se acercaba a ella y comenzaban el acto carnal. – Si sigues… así… puede que te quite el… grillete. – dijo jadeando.

- Ni… tú… te lo crees. – le refutó mi madre, jadeando igualmente.

- Te lo probaré. – dijo, separándose de mi madre y buscando en los bolsillos de su pantalón, sacando una pequeña llave. Él cogió la pierna de mi madre y le quitó el grillete que la apresaba. Vi como mi madre se sobaba la mano en el moretón que le quedó sobre el tobillo. – Happy? – dijo, con una sonrisa. Por un momento, pensé que ese era el plan de mi madre. Que una vez que le quitaran el grillete ella trataría de huir.

- ¿No vas a terminarlo lo que comenzaste? – dijo ella, acostándose en la cama con una sonrisa en su rostro. Escuchar y ver esto me dejo sin palabras. "¿Acaso mi madre se había resignado y aceptaba su nueva vida?"

- Así me gusta. – dijo Strauss, volviendo al acto. Durante los días siguientes fueron así. Noté que mi madre ya no lloraba ni suplicaba que se detuviera, sino lo contrario. Vi cómo le mostraba una sonrisa alegre y disfrutaba de eso. Volví a ver la fecha y decía: día veinticinco.

- Antes tenía que obligarte hacer todo esto. Pero ahora, tú misma mueves las caderas. – decía él acostado, mientras mi madre se movía agitadamente encima de él.

- Creo... que al fin… he aceptado… mi nueva vida. – decía ella jadeando, mientras su cuerpo sudaba bastante.

- Eso me alegra. Ser mi mascota tiene beneficios. – decía él con orgullo. – Creo que ya voy a terminar. –dijo esto con esfuerzo.

- Hazlo. Me gusta sentir ese calor. – dijo mi madre con una voz excitación. – ¡Esto es lo mejor del mundo! – gritó ella, en el momento en el que él terminó. Me parecía imposible todo eso. Era imposible pero veía la prueba con mis ojos. El día cambió a veintiséis y en esa imagen mostraba a mi madre en la cama, dormida y acurrucada por las sabanas del lado izquierdo. En eso, Strauss le puso pausa al video.

- Este fue el día en el que la maldita puta de tú madre me jodió la vida y yo se la jodí a ella, más de la que la tenía. – dijo con rabia, quitándole la pausa. En eso, Strauss entraba a la habitación con una cerveza en una mano y la pistola en la otra. Ambas, las dejó en la mesa de noche y se acostó boca arriba sobre la cama, del lado derecho. Mi madre comenzó acariciar su pecho y su entrepierna, mientras él mostraba una sonrisa de excitación.

- Se siente bien pero… tengo mucho sueño. – dijo con cansancio.

- ¿Y qué tal si yo lo hago todo por ti? – Preguntó mi madre, sin dejar de sobarle la entrepierna.

- Si tú quieres. Suena bien. – le respondió Strauss. En eso, mi madre se sentó encima de él y comenzó a moverse lentamente. Duró haciendo eso durante un minuto, hasta que vi como alargó su mano y tomo la cosa más cercana que había, siendo la botella de cerveza.

- Oh, Strauss solo quiero decirte lo tanto que te…– En eso, rompe la botella contra la mesa, haciendo que Strauss se alarmara. – ¡ABORREZCO! – gritó mi madre, tratando de apuñalar el rostro de Strauss. Él trató de evitar esto, moviendo la cabeza hacia un lado, pero una parte de la botella le hizo un corte en la mejilla, sangrándolo en el acto. Él tira a mi madre al suelo, mientras se tapa la herida, pero ella se levanta rápidamente y coge el arma, apuntándole. Ella sonreía lunáticamente. Como si ya no hubiera cordura en su ser. – No sé qué fue peor. Lo que me hiciste o fingir que me gustaba lo que me hacías. Pero esto acaba ahora. Sé que me mataran pero moriré sabiendo que te llevaré conmigo. Ya no más sufrimiento. Ya no más dolor. Ya no más locura. No más. – dijo mi madre. Vi como trató de apretar el gatillo, pero este no cedía. Mi madre vio confusa este hecho, hasta que Strauss empezó a reír.

- Tiene seguro, idiota. – dijo, burlándose de mi madre. Ella comenzó a correr hacía la puerta. Vi como Strauss sacaba una especia de pequeño botón dentro de la almohada y lo oprimía con fuerza. Con horror, vi como mi madre cayó al suelo al instante y se retorcía. Él soltó el botón y ella dejo de retorcerse. Él se paró de la cama, vio a mi madre y se acercó a ella. – No sabes lo decepcionado que estoy de ti, Sapphire. – dijo él, colocándole la boca del arma en la frente de mi madre. Él ve como ella muestra una pequeña sonrisa. Strauss deja de apuntarle y sale de la habitación. A los pocos segundos, veo como entra con el chita y el orangután. – Llévenla a la otra habitación. Hay que castigar los malos actos cometidos por tus mascotas. Te enseñaré buenos modales. – dijo él, mientras se la llevaban. La imagen cambió, mostrando una habitación blanca. Veo como atan, de espalda, a mi madre a unos grilletes bajo sus muñecas. Al instante, veo como entra Strauss con una bolsa de algodón, un frasco de alcohol y un látigo. Él deja el alcohol y el algodón a un lado, en el suelo. – Por un momento me agradaba la idea de convertirte en mi mujer.

- Prefiero morir. – dijo ella, entre los dientes.

- Para ti, eso sería un sueño. Lástima que vives en una pesadilla. – terminó de decir, comenzando a darle latigazos. Vi como mi madre gritaba y empuñabas las manos por el dolor que sentía. Látigo, tras látigo, tras látigo; él se reía con morbosidad, junto con sus trabajadores. Cuando se detuvo, ordeno que la soltaran. – Ohh, pobrecita. Voy a curarte esas heridas. – dijo, destapando el frasco del alcohol y vaciándolo todo encima de la espalda lastimada de mi madre. Ella se retorció de dolor, mientras lo maldecía. – Tan joven y tan grosera. Qué bueno que tú castigo aun no acaba. Llévenla de vuelta al cuarto y traigan de nuevo la cadena con el grillete. – les ordeno y sus hombres obedecieron. Tiraron a mi madre a la cama y le volvieron a colocar el grillete sobre el tobillo de su pierna derecha.

- ¿Y ahora qué, jefe?

- Bueno, yo me voy a Los Santos, la ciudad de las cirugías plásticas. – él observó a sus hombres antes de sonreírle. – Ustedes son mi mano derecha, se merecen una recompensa. De ahora en adelante nosotros tres disfrutaremos de la deliciosa Sapphire. – dijo Strauss, mostrándole una sonrisa de complicidad. – Pero se los advierto: si me pegan algo los mataré a los tres. – Les dijo amenazándoles. Ellos asintieron, viendo como él salía de la habitación. El chita y el orangután se miraron, antes de mostrarse unas sonrisas.

- Bueno, a mí me tocó la parte delantera la última vez, así que tú por delante y yo por detrás. – dijo el chita levantando a mi madre.

- No rechazo eso. – le respondió el orangután, mientras se acostaba en la cama.

- No, por favor. – suplicaba mi madre, mientas la acomodaban encima del orangután.

- Tranquila, eres joven. Apuesto a que puedes con dos a la vez. – Le dijo el chita – Bueno, uno, dos y treeess…

- ¡Nooo…! – gritó mi madre. Ver esta escena me revolvía el estómago. No podía creer lo que le hacían a mi madre. Caí de rodilla y empecé a vomitar. Escuchaba la risa de Strauss, dándome más ganas de vomi…


Enzo vio como Rouge se tapaba la boca, levantándose abruptamente de su asiento, cayéndose y reponiéndose al instante, y comenzando a correr. Enzo la persiguió y vio como vomitaba en el inodoro de su baño. Él también tenía ganas de vomitar con todo lo que le había contado la murciélago. Cuando ella terminó de vomitar, cayó en llanto. Las lágrimas que brotaban de sus ojos empañaban su rostro. Soltó varios gritos de dolor por esos recuerdos que creía que al fin había podido superar.

- Lo… lo sien…– Trató de decir Enzo pero no pudo, ya que Rouge lo miraba con ira.

- ¡Decir esa maldita palabra no cambiará nada! – gritó, dándole un puñetazo en el rostro a la nutria, haciéndolo caer. – ¡Todas esas malditas palabras de consolación no sirven de nada! – seguía gritando, mientras lo comenzaba a golpear con sus piernas en todo el cuerpo. – ¡Hay algo que aprendí y que probé que era verdad! "¡Finge una sonrisa para que el mundo no te vea como un raro y anormal!" ¡Si ellos te ven triste, pensaran que tienes problemas y se alejaran de ti, dejándote a tu merced! Ahora mismo deben de estar violando a cientos de niñas y niños y el gobierno solo los ven como una cifra de daños colaterales y se jactan diciendo que sienten dolor por esas pobres almas. ¡Pero es MENTIRA, porque no saben lo que sufren! ¡Esa es la maldita verdad de este mundo podrido! – Gritó ella, hasta quedarse sin habla. En eso, sin prevenirlo, Enzo se levanta y le da un puñetazo en el estómago. Rouge cayó de rodillas, igual que Enzo. Ella vio los ojos de Enzo y ahora era ella quien tenía miedo.

- ¡¿Crees que no sé eso?! ¡¿Crees que no sé cómo es la realidad de este mundo?! – le volvió a dar otro puñetazo, pero sin tanta fuerza como el anterior. – Luego de la huida de la isla, nos llevaron, junto a un pequeño grupo, a una mansión. Allí nos daban los alimentos y los dueños de estos se Jactaban de la misericordia que nos daban. Fue más noble ese pequeño erizo azul, de dos a tres años, que le dio a mi hermana el último pedazo de pan que él tenía, antes de irse con tu tío a otro bote. Quería largarme de allí, pero no sabía a donde. Tardé dos años, antes de tener el dinero suficiente, para irme con mi hermana a un mejor lugar. – dijo él, llorando. Rouge no podía creer lo que escuchaba pero no dijo nada. Enzo se puso de pie y buscó en el armario del baño algún tipo de ungüento para sus moretones. Quedaron en silencios durante varios segundos.

- Bueno, ¿en dónde me quedé? – Dijo Rouge, rompiendo el silencio.

- Si no quieres seguir hablando puedo…– Trató de hablar Enzo, pero Rouge negaba con la cabeza.

- ¡No! Si no termino de decirte todo lo que pasó, no podré dormir. – Refutó Rouge.

- De acuerdo. Se no te gusta que lo diga, pero lo siento. Siento haberte dado un golpe en la barriga. – dijo Enzo, apenado por sus acciones.

- Yo también te pido disculpa por lo que te hice. – le refutó la murciélago. – Bueno, volvamos…


…Vomitar. Escuchar la risa de Strauss solo me provocaba ganas de vomitar. Vi a la pantalla, notando como los días pasaban. Ellos se divertían con mi madre, como si fuera un juguete. Unos días eran solo dos y otros eran los tres juntos. Los tres, abusando de la inocencia de mi madre, mientras ella volvía a suplicar y pedir piedad, excitándolos más. Noté la fecha y decía que era él día treinta y ocho. Mi madre vomitaba, siendo observada por un humano, de no más de 45 años, y por Strauss.

- Los síntomas son obvios pero de todas maneras te traeré los resultados de sangre, hoy en la noche. – dijo, viendo a Strauss con miedo.

- Ya sabes que no puedes decir nada. A no ser que quieras vera tu hija de siete años en esa cama. O prefieres que sea tú mujer… de nuevo. – dijo, viéndolo con perversidad.

- No diré nada. Lo siento. – terminó de decir, viendo a mi madre, y saliendo del lugar.

- Los exámenes lo traerán esta noche. Así que aprovechemos este tiempo. – dijo, mientras comenzaba a abusar de mi madre, mientras que a ella solo le brotaban lágrimas de sus ojos. Noté como la imagen cambiaba, mostrando la oficina de Strauss y a varios de sus hombres. En ello, veo como traen a mi madre. La vestimenta que le pusieron era obscena. Una blusa que solo le tapaban un poco los senos y una falda muy corta, viéndose su ropa interior; todo hecho de cuero.

- Bueno, ¿lista para la noticia? – dijo Strauss, en modo burlón. – Según estos exámenes, me complace decirte que muy pronto te convertirás en una hermosa madre. –

- ¿Qué? – preguntó mi madre confusa.

- ¿No lo entendiste? Estas embarazada. Hay una pequeña criatura creciendo dentro de ti. – dijo sarcásticamente Strauss, mientras todo los demás se comenzaban a reír.

- No puede ser. – negaba mi madre con su cabeza.

- Como no puede ser posible si lo hacíamos a diario. Ahora, yo podría ser el padre, pero también lo hiciste con mis dos manos derechas. Incluso puede que dentro de ti este creciendo una camada. – se burlaba Strauss, mostrando una sonrisa de malicia.

- ¿Qué vas hacer conmigo? – le preguntó mi madre temerosa.

- Bueno, eso es sencillo. Lárgate. – le dijo Strauss.

- ¿Qué? – dijo ella, sorprendida por lo que escuchó.

- Ya oíste. Lárgate de mi palacio. Ya no me sirves. Ya devoré hasta el último pedazo de tú inocencia. Ya solo eres una cualquiera. – vi como él le comenzaba a alzar la voz a mi madre.

- Destruiste mi vida.

- OH… que vas hacer. Llorar y pedir piedad. – dijo Strauss, mientras hacía gestos de burla. Mi madre agachó la cabeza, mientras soltaba unos sollozos.

- No. No pienso hacer eso. – le escuché decir, mientras levantaba la mirada. Un temor invadía mi cuerpo al ver los ojos de mi madre. Ya que en ellos solo veía locura y odio. – Lo que pienso hacer ahora es ver cómo me arranco la porquería que yace dentro de mí. – dijo, agarrándose duramente la barriga. – Esta cosa. Esta monstruosidad no verá la luz del sol. Si es necesario, cogeré un cuchillo y me apuñalaré las veces que sea necesario. ¡No me importa morir! – gritaba ella.

- Ese no es mi problema. Es tú cuerpo. – seguía burlándose Strauss, mientras sus hombres le seguían la corriente. – Lárgate de una vez puta. – dijo él. Mi madre comenzó a correr pero nadie la detuvo. En eso, el video entro en una especie de bucle, repitiéndose la escena en la que a mí madre le dan la noticia de su embarazo y de su idea de aborto, repitiéndose una y otra vez. Escuchar esto hace que quede pasmada (más de lo que estaba). Las lágrimas brotaban de mis ojos, ya que el dolor que sentía era inenarrable.

- Mandé a matar a tú mamá porque me dijeron que era feliz. Aunque me pregunto ¿En verdad era feliz teniéndote a su lado o cuando crecieras quería restregarte en tú cara que fuiste la causante de todo su dolor? – Al terminar de decir esto, rió como un sádico. Como si hubiera ganado una victoria de guerra. – Oh, también me pregunto como tú mamá llego a Wetopolis. Su pueblo quedaba a cientos de kilómetros de esa ciudad. – dijo, antes de continuar riéndose. Caí de rodillas, de nuevo. Mi cuerpo temblaba, mientras mi mente se destrozaba. No quería creer en sus palabras, pero no podía negarlas. "¿Y si ella nunca me quiso?" No, no es cierto pero… ya no sabía que pensar. Saqué las fotos de mi bolsillo y las observé. "¿Qué era verdad?" "¿Qué era mentira?" No quería dudar del amor de mi madre pero… no había nada que me guiara. Tiré las fotos al piso, me tapé los oídos y cerré los ojos. No quería escuchar las palabras que salían e la boca de mi madre en el vídeo.

- Ayúdenme – pedí con una voz quebrada, esperando que algo me iluminara. En eso, de manera imprevista, sentí como una brisa acariciaba mi rostro. Una caricia que me recordaba a mí madre. Abrí mis ojos rápidamente. Lo primero que vi fueron las fotografías, que yacían esparcidas por el piso. Noté algo que me sorprendió. Ya no eran cuatro fotografías, si no cinco. Empecé a cogerlas rápidamente y, al coger la última, vi lo que necesitaba ver. La respuesta que iluminaba mi mente y alma. En esa foto, estaba mi madre usando una bata de hospital, mientras me sostenía a mí, que usaba una pequeña ropa blanca con corazones, en sus brazos y de sus ojos brotaban unas lágrimas, mostrando una sonrisa de felicidad. Esa foto era del día de mí nacimiento. El día que me tuvo. Parte de la foto estaba dañada, ya que de esta se había despegado, pero la parte más importante se mantenía intacta, aun así noté que encima del hombro derecho de mi madre yacía una mano de un hombre humano (por su fisonomía). Veía esta foto sin poder creerlo. Vi de nuevo a la pantalla y comparaba los ojos que veía con los de la foto. En la de la pantalla, los ojos solo mostraban locura, odio y dolor. Mientras, que los de la foto, mostraban ternura, amor y cariño. La Pegaso que mostraba en la pantalla no era la misma la que aparecía en la foto. Eran totalmente distintas. Ni siquiera podía decir que eran caras de una misma moneda, ya que era imposible. En ello, aunque mí cuerpo no mostraba ninguna expresión, mi alma gritaba de felicidad, mientras mis pensamientos formaban esos detalles que mostraban que era verdad. Que mi madre, después de todo lo que sufrió, me tuvo y me amaba con el alma.

- "Eso me alegra. Ella lo es todo para mí" "Hay ideas que consideramos buenas, pero a veces nos podemos equivocar" "Yo tenía una idea firme, la cual quería cumplir costara lo que costara" "Me aterré al darme cuenta del error que estaba cometiendo" "No se atrevan a acercarse a ella, o juro que…" "Solo quiero… decirte que… te quiero" "Cuando sepas la verdad, recuerda los mejores momentos con tú madre"…– Todos esos pensamientos pasaban rápidamente por mi cabeza, mientras al fin mostraba una sonrisa.

- Vaya. Me sorprende que sonrías de que tú madre fue un montón de carne con la que nos divertíamos a diario. – dijo Strauss sarcásticamente. Dejé caer las fotos, mientras tomaba impulso y salté contra Strauss, dándole una de mis patadas que lo noquearon, sin darle tiempo a reaccionar. También me elevo y destrozo la pantalla en la que se reproducía el video. No quería seguir escuchando ni viendo lo que mostraban. Veo el cuerpo tirado de Strauss, cojo su arma y le apunto con esta. Lo único que quería hacer era acabar con su vida. Acabar con el desgraciado que me quitó todo lo que más amaba en la vida. Quería quitarle la vida, como él se la quitó a mí madre por capricho. "Pero no de esta manera" pensé. Tiré el arma a un lado y, con esfuerzo (mucho esfuerzo), comencé arrastrarlo a otra habitación. Una habitación especial. Allí le puse los grilletes debajo de sus muñecas y temple las cadenas que lo sostenían. A los pocos segundos de hacer esto, él se despierta, viéndome confuso.

- Recuerdas este lugar. Aquí fue donde la castigaste. Aquí fue donde le diste varios latigazos, causándole cortes en su espalda. – dije estas palabras seriamente sin titubear. – Recuerda bien este lugar. Ya que aquí es donde morirás. – Terminé de decir, mientras él se quedaba en silencio.

- ¡N-no puedes! ¡Yo soy tú padre! – Gritó desesperadamente, mientras movía sus brazos agitadamente, tratando de soltarse de las cadenas que lo apresaban. Sin embargo, al escuchar que era tan hipócrita de mencionar esa palabra, una ira (mayor a la que tenía) brotó de mí y le di una patada en su boca. Vi como la sangre comenzaba a brotar de esta, mientras escupía pedazos de dientes quebrados.

- ¡Mi madre era mi padre! ¡Tú solo eres el bastardo que quiso destrozarle su vida! – Le grité, comenzando a golpearlo lo más fuerte posible. Escuchaba como crujían sus huesos, por la fuerza con la que los impactaba. Él gritaba de dolor, haciéndome sonreír de satisfacción. – Lamentablemente, para ti, mi madre logró vivir feliz a pesar de lo ocurrido. ¡Pero tú no podías vivir con eso! ¡Tú complejo de dios te obligaba a terminar el trabajo! ¡Pues bien, estas son las consecuencias de esos actos! – le gritaba, sin dejar de lanzarle patadas. Noté como la pared blanca, que yacía detrás de él, era chocada y manchada por la sangre que salía disparada de él. Golpe tras golpe, tras golpe, tras golpe; no me detenía a pesar de saber que ya estaba muerto. Quería destrozarlo completamente. Que el que lo viera no pudiera reconocerlo, ni aunque le pagaran por eso. Al terminar reí sádicamente, notando como todo mi ropa estaba manchada con su sangre. Vi como había quedado la apariencia de su cuerpo y me sentía satisfecha de lo que hice. Ya no tenía forma de nada. Comencé a caminar hacia la oficina, a buscar las fotografías que había traído. Esas fotografías que me iluminaron en el momento más duro de mi vida. Al cogerlas, pensé en algo que hervía mi sangre.

- No voy a dejar que nadie vea lo que te hizo. – me dije a mi misma guardando las fotografías, dirigiéndome al computador y comenzando a destruirlo. Sé que podían haber más copias, pero algo tan personal no lo dejaría en cualquier computador. Al terminar, aun sentía esa rabia invadir mis venas, entonces pateé uno de los gabinetes y, de este, un cajón salió de su lugar. No me hubiera importado esto, si no fuera por el contenido que yacía dentro de él. Su brillo iluminó el lugar. Yo la cogí lentamente, sin poder creerlo. Era una Caos Esmeralda. No era la misma que había rodado en el museo, ya que esta era azul. En medio de mi búsqueda, averigüé más sobre ellas, descubriendo el poder que yacía dentro de ellas. Diferentes tribus hablaban sobre su misticismo y, en pocos casos, podían traer de a la vida a los que murieron. Al pensar en esto, un sentimiento de alegría me comenzaba a rodear.

- Eso es. Puedes hacerlo. Tráela de vuelta. – pedí, esperando algún cambio. Pero nada pasaba. Giré, con el presentimiento que mi madre se encontraba detrás de mí, esperándome con un abrazo. Pero nada. – ¡¿No me escuchaste?! ¡Tráela de vuelta! – grité, mientras mis lágrimas empañaban mi rostro. Nada sucedía. Ningún cambio. Ningún milagro. – Por favor, te lo pido. Tráela de vuelta. – suplicaba, mientras mis lágrimas caían sobre la esmeralda, y esta no cambiaba. – Tráela de vuelta. Por favor, tráela de vuelta. Por favor, tráela de vuelta…– comencé a decir, repitiendo una y otra vez la misma palabra, mientras sentía que perdía el conocimiento. Como si perdiera mi cordura. Todo se estaba oscureciendo, pero yo no dejaba de repetir esas palabras.

- Por favor, tráela de vuelta. Por favor, tráela de vuelta. Por favor, tráela de vuelta…–


Bueno, espero que el capítulo haya sido de su agrado. También espero que no piensen mal de mí por los hechos que leyeron. No olviden dejar sus Reviews.

PD: Aquí les dejo el Summary de mis próximos Fanfic que les traeré pronto (bueno, ni tan pronto). Serán unos one-Shot (mínimo de 7000 palabras cada uno XD)

Un Pasado Desconocido: Vi como perecieron todos los habitantes de mi tribu, mientras eran perseguidos por la criatura enfurecida. Yo fui la última que murió. Pero ahora, en medio de toda esta calma, me pregunto día a día: ¿De dónde salió él? ¿De dónde salió el que protege con devoción a la Master Esmeralda? ¿De dónde salió el último equidna, de nuestra tribu? ¿De dónde proviene Knuckles the Echidna? Protagonista: Tikal. One-shot

¿Se Puede Ser Un Héroe Hasta El Final?:Cuando a nuestro héroe, Sonic the Hedgehog, ve la oportunidad de detener definitivamente la maldad esparcida por el doctor Ivol Robotnik. Pero al hacerlo, su alma caminara por un sendero siniestro. ¿Podrá hacerlo? y si lo hace ¿Podrá volver algún día a ser quien era antes? Protagonista: Sonic the Hedgehog. One-shot

Recuerdos Que Me Atormentan: Mi mente se pierde a cada instante. Veo imágenes perturbadoras que no están allí. Despiertos en lugares en los que no dormí. Quiero respuestas pero olvido lo que busco. Y, cuando creo encontrarlas, las olvido. La única frase que no olvido por completo es: Who I Am? ¿Quién soy yo? Protagonista: Shadow the Hedgehog. One-Shot