Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener.

Nota: fanfic escrito en conjunto con Capitana Morgan.

Advertencias: lenguaje vulgar, referencia a temas adultos y sexuales.


Naraku y Yura Sakasagami

Yura acarició una vez más la calavera que descansaba entre sus manos, peinando por onceaba ocasión los pocos mechones de cabello que le quedaban en el cráneo roído y seco al tacto.

Le sonrió al trozo de hueso como si coquetease con el más encantador de los hombres, consiguiendo una sonrisa similar a la de la calavera con sus dientes pelados, desprovistos de toda carnosidad o labios; era una sonrisa tan macabra que rozaba lo atrevido y burlón. A simple vista parecía una mujer demasiado bonita como para andar arrastrándose entre aquel grotesco y bizarro nido de huesos y cabello, sin embargo Yura Sakasagami se sentía tan bien y cómoda como pez en el agua.

Desde que había sido resucitada por pura buena suerte y azar semanas atrás no podía estar más feliz de volver a caminar por aquella violenta tierra y estar de nuevo entre sus amados cabellos y calaveras. Y todo gracias a aquella campesina despistada que se llevó a casa un trozo de su roja peineta demoniaca. Durante la noche, sin siquiera imaginarlo, al borde de la posesión gracias al poder oscuro del objeto hecho pedazos que la dominaba, la pobre muchacha terminó siendo dominada por entero: la energía devoró su carne rápidamente y utilizó su largo y lustroso cabello para formar una enorme crisálida donde Yura, finalmente, renació de vuelta en el mundo, otra vez de carne y huesos robados.

Acabó con todos los habitantes de la aldea y fueron sus primeras víctimas para formar el nuevo nido donde ahora residía. Había vuelto a la vida y estaba dispuesta a vengarse de aquellos que le habían arrebatado por primera y última vez la vida, además de mantener, por supuesto, sus altas ambiciones con respecto a conseguir los trozos de la Perla de Shikon, y por fortuna escuchó fuertes rumores sobre un demonio llamado Naraku que poseía un gran número de fragmentos de aquella legendaria joya.

Tenía una reputación de lo más infame, y precisamente esa fue una de las razones por las cuales la mujer se interesó en él.

Yura no tenía idea de cómo era su personalidad ni su disponibilidad para aceptar aliados; tenía entendido que era un hombre ambicioso que día con día acrecentaba su poder, y antes de intentar decirle directamente que estaba interesada en formar una alianza con él, se había dedicado a espiarlo y mirarlo de lejos; analizar sus movimientos, sus palabras y deseos… ¡pero realmente era difícil concentrarse con esa bellísima cabellera que se cargaba!

Ella había esperado encontrarse con un ogro espantoso con bolas en lugar de músculos, con el cinturón lleno de espadas y armas, tapizado de cicatrices y grotesca voz, pero lo que encontró en su lugar fue un maligno adonis con cabello del color del carbón, brillante y largo como una cascada.

Se sonrió y soltó un profundo suspiro de añoranza al sólo recordarlo. El cabello de Naraku era de las melenas más perfectas y hermosas que había visto en toda su vida: larguísimas hebras inusualmente onduladas, a diferencia del promedio, cuyos cabellos eran lacios, pesados y gruesos. El cabello de Naraku, en cambio, parecía volar siempre al aire como si se mezclase con él, como si el mismo viento buscase acariciarlo. Nunca se enredaba. Lucía lustroso, brillante, perfecto de la raíz a la punta, sin rastro alguno de orzuela, caspa o sequedad. Todo en ese cabello era perfecto. Ni siquiera recordaba bien el rostro del demonio. Su cabellera robaba todo espectáculo de su cuerpo o sus rasgos.

Si tenía algo de suerte, se dijo Yura, no sólo podría formar una alianza con Naraku, conseguir algunos fragmentos de Shikon y desquitarse de InuYasha y esa chiquilla de Kagome. Si era lo bastante astuta podría conseguir lo más hermoso y valioso que tenía Naraku para ella: su cabello.

Y estaba decidida, lo tendría todo. Entero, de la raíz a la punta. Le daba igual si tenía que batirse en duelo mortal contra Naraku, ¡pero ese cabello tenía que ser suyo! Igual que la hermosísima melena de InuYasha tenía que ser suya.

¡No podía irle mejor! ¡Dos pájaros de un tiro, y ambos a su alcance!

Pero claro, tampoco era estúpida ni mucho menos impulsiva. No iba a llegar ante Naraku retándolo de buenas a primeras con respecto al tema de su cabello. Tenía que llegar por las buenas, fingiéndose sumisa, la más simpática y divertida de las aliadas, interesada en no otra cosa más que ayudarlo en su titánica empresa. En pocas palabras, debía seducirlo y hacerlo caer en sus encantos, y cuando se quedase dormido, le quitaría todo lo que le pertenecía.

Literalmente lo dejaría calvo, pelón, ¡sin nada! Y si era necesario hasta le depilaría los pelitos de allí abajo.

Y para tantear el terreno con respecto a la personalidad y trato de Naraku, lo mejor era darse a conocer indirectamente, sin exponerse demasiado a sus impredecibles acciones, y cómo no, la mejor manera, pensó, era con una carta.

"Querido Naraku,

Sé que sabes muy bien que soy. Soy la demonio que ha estado siguiéndote y observándote desde hace días: Yura Sakasagami.

Estoy segura de que ya has notado mi presencia, pero no hemos tenido oportunidad de presentarnos formalmente. Aún así, encuentro prudente enviarte esta carta antes que cualquier cosa para darte a conocer mis intenciones contigo, para que veas que puedes confiar en mí sin preocupaciones.

Soy una demonio del cabello, como seguramente ya te habrás dado cuenta. ¿Bastante inusual, eh?

Como sea… el asunto aquí es que tú y yo tenemos los mimos enemigos, y todavía mejor, las mismas ambiciones.

Para no aburrirte, te lo digo rápido: hace tiempo, cuando la Perla de Shikon recién había regresado a este mundo y aquella chiquilla rompió en pedazos, me enfrenté a ella y al perro de precioso cabello plateado aquel, InuYasha.

Di buena pelea, modestia aparte, por desgracia la tal Kagome descubrió mi verdadera debilidad y me asestó el golpe de gracia. Por culpa de ese par de bastardos morí, pero ahora -y me ahorro los desagradables detalle-, estoy de vuelta, lista para cobrármelas todas, pero grande fue mi sorpresa al enterarme que yo no era la única enemiga de ese par y que gran parte de los mismos fragmentos ya estaban en manos de alguien más.

Escuché sobre ti, Naraku, y encontré muy grato que un demonio tan poderoso como tú estuviese tratando de deshacerse de esos dos y recolectando los trozos de la joya. Creo que no podrían estar en mejores manos.

Mi intención, pues, es proponerte una alianza para acabar con InuYasha y Kagome, claro, a cambio de un pago: yo también quiero el poder de la Perla de Shikon, y a cambio de eso juro que mandaré al infierno al perro y a la sacerdotisa.

¿Qué te parece mi propuesta? No pido mucho… sólo un poco de poder, diversión… y algo de tu cabello.

¡Oh, bueno, espero no hayas puesto cara de espanto! No soy ninguna loca, soy una demonio del cabello, esas cosas me obsesionan, y tu cabellera, Naraku, es la más hermosa que he visto jamás. Por esto último estoy dispuesta a hacer y servirte con lo que sea.

Lo que sea.

Sí, incluso con intimidad. No es algo que me moleste… eres bien parecido, y por lo que he visto, no le apeteces mucho a aquella sacerdotisa resucitada que siempre andas acosando, y mucho a tu rebelde extensión, que prefiere insultarte y traicionarte antes que dejarse tocar por ti.

Yo podría compensar todos los corajes que esas malas mujeres te han hecho pasar… si sabes a lo que me refiero.

A cambio, te repito, quiero tu cabello. ¡Oh, sólo un pequeño mechón! No creas que pretendo dejarte calvo. Oh, no, no, para nada. Y por lo demás, sólo busco algo de venganza, sangre, muerte y poder, ¿qué más podría pedir una sencilla dama en esta vida?

Estoy segura de que no te caería nada mal tener a una aliada poderosa, temeraria y dispuesta a luchar, porque veo que tus extensiones te son algo rebeldes. También a ellos podría ponerlos en cintura… sobre todo a Kagura, si me la prestas un rato. También tiene un cabello bonito, muy similar al tuyo.

Podría convencerla de hacer muchas, muchas cosas… lo que tú quieras, lo que más te apetezca. No tienes idea de lo persuasiva que puedo ser tanto con hombres como con mujeres.

Estoy seguro de que te encantará.

Si aceptas mi propuesta, sólo deja volar tu cabello al viento.

Estaré esperando.

PD: esto es una oferta especial. Si me das veinte centímetros de tu cabello, convenceré a Kagura de tener un trío contigo.

PD: si consigo matar a InuYasha, su cabeza te pertenecerá, pero el cabello es mío.

Yura Sakasagami."

La demonio de los cabellos se sonrió de puro placer al darle una releída a su carta para corroborar que todo estuviera en orden. No era un placer carnal el cual la hacía sonreír de aquella manera ni la expectativa de los placeres que podía conseguir a costa de Naraku, o incluso de Kagura, si tenía algo de suerte y hacía uso de su astucia y persuasión, sino que era un placer alimentado ante la sola idea de tener entre sus manos aquellas preciosas hebras oscuras.

Sentía mariposas en el estomago ante la sola idea de acariciarlas y peinarlas, de unirlas a su colección como un trofeo de caza inigualable y largamente anhelado. Además, si tenía éxito en su afán de convencer a Naraku, era posible que no sólo se quedase con su cabello y algunos fragmentos de la Perla, sino que definitivamente iría tras InuYasha con más ayuda de la que jamás imaginó y podría, también, quedarse con aquella preciosa melena platinada y vengarse de una vez por todas.

Teniendo todo listo, y dejando una coqueta firma en el borde de la carta, con la marca de sus labios en un beso intensamente rojo, salió de su nido y corrió a la ubicación donde actualmente se escondía Naraku y desde donde lo había estado observando todos los últimos días.

Ubicarlo no fue nada difícil. El demonio parecía demasiado confiado con su poder y con la idea de que nadie podía atacarlo sin salir hecho pedazos, tanto así que lo encontró fuera de su campo de energía, dándose un placentero baño cerca del templo donde se ocultaba, empapándose el cuerpo con las cristalinas y tibias aguas de un lago cercano.

Ágil como serpiente e invisible como los cabellos que manipulaba, se escondió entre las ramas de un frondoso árbol y se dedicó a observar a Naraku, sonriente y satisfecha.

Parecía recién haber entrado al agua, porque se veía acalorado y apenas tenía las puntas del cabello empapadas. Su ropa estaba tirada desordenadamente sobre una roca a orillas del lago y se lo encontró completamente desnudo, metiéndose de vez en vez en el agua y restregando sus brazos con el cristalino líquido como si quisiera quitarse de encima algún desagradable olor. Yura sólo pudo percibir el débil resquicio de un aroma a jazmines y veneno.

Parecía relajado y sereno, pero para cualquier demonio no era difícil identificar la oscura aura maligna que escapaba de su cuerpo y su ser. Casi parecía que en cualquier momento terminaría envenenando aquellas aguas hasta convertirlas en un asqueroso pantano.

También, en cierto momento, cuando se dio la vuelta (además de verle el trasero) se percató de la enorme quemadura de araña que tenía en la espalda. No supo por qué la tenía (sobre todo porque, siendo demonios, las heridas eran fáciles de sanar a velocidades extraordinarias sin dejar marcas) pero supuso que el hombre tenía, claramente, un pasado turbulento. Y tenía que ser así, de otra forma no podría tener aquella tétrica fama de la cual todos hablaban.

—"Igual me encanta un hombre con cicatrices" —Pensó Yura relamiéndose los labios, aunque su pensamiento no fueron más que unas cuantas palabras silenciosas y privadas arrojadas al azar dentro de su mente. Se le hacía agua la boca sólo de observar aquella imponente y abundante cabellera oscura como ala de cuervo y ondulada como el crin del más fino de los caballos salvajes. Aún así, prefirió no mostrar al instante su verdadero interés y se fue por lo más sencillo y predecible.

—¡Hey, guapo, lindo trasero! —exclamó desde su sitio tratando de aguantar las carcajadas que pugnaban por salir disparadas desde sus labios, sin embargo su halago no hizo sobresaltar a Naraku, quien a lo mucho se dio vuelta con la mitad del cuerpo todavía dentro del agua y buscó con la mirada el sitio de donde habían salido aquellas palabras.

Cerró los ojos unos momentos y se sonrió, arrogante y encantador como sólo él podía serlo.

Era la primera vez que escuchaba aquella femenina voz, pero podía estar seguro -más o menos-, de a quién le pertenecía.

—Supongo que… ¿gracias? —contestó de vuelta, casi como si hablase solo, al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás como tratando de darle un vistazo a su propio trasero para corroborar el halago.

—Así me gustan. Redondos y duros —agregó la atrevida voz. Naraku arqueó una ceja ante el –claramente-, seductor tono de voz impreso en aquellas descaradas palabras. Aún así no se dejó caer en las deliciosas garras de la adulación (porque hasta para adularse se tenía a él solo). Estaba seguro que aquella mujer había ido a buscarlo para hablar de cosas más importantes que sus trasero, eso sí, y prefirió dejar el tema de lado lo más pronto posible.

—¿Eres la mujer que ha estado espiándome todos estos días? —inquirió severo, pero al no recibir respuesta durante un rato se sintió ligeramente exasperado, expuesto, espiado, sabiendo que aquella mujer seguía observándolo—. ¡Muéstrate!

—Uy… pero qué rudo…

La voz volvió a aparecer como si intentase acariciar el aire hasta alcanzarlo, pero esta vez vino acompañada de la cara de su dueña.

Naraku vio a la demonio de los cabellos caminar con exquisita agilidad sobre una gruesa rama, zigzagueando sobre la superficie como una serpiente hecha de tentación, lista y dispuesta a hacerlo caer en cualquier impía trampa con aquel vaivén rítmico de sus voluptuosas caderas y las piernas desnudas casi por completo.

—¿Quién eres? ¿Y qué es lo que quieres? —espetó Naraku, fingiéndose molesto, pero sin bajar nunca la guardia por muy agradable que le resultase la vista.

La mujer que tenía enfrente era tan extraña y extravagante como hermosa. Esbelta y de piernas largas, tez clara, muy similar a la de Kikyō, pero a diferencia de la recatada sacerdotisa, la demonio vestía un traje negro tan diminuto y delgado que apenas y cubría de su cuerpo lo estrictamente necesario. Hasta se preguntó cómo diablos podía pelear con semejante trozo de tela apenas cubriéndole los voluptuosos pechos y el trasero, aunque luego se dijo que tal vez era igual a Kagura, del tipo de chica de acción que por mucho que se cubra termina con las tetas al aire luego de tanto ataque y movimiento. Aún así Kagura seguía poniéndose encima el kimono y las obligatorias capas inferiores; tal vez esta ya había aceptado que no quedaba remedio más que quedarse en pelotas.

—Me llamo Yura Sakasagami, y soy la demonio de los cabellos.

Se presentó con una sonrisa coronada en labios soberbiamente rojos, presumiendo en una de sus manos una misteriosa peineta roja junto a lo que parecía ser un trozo de papel, mientras posicionaba la otra mano sobre el mango de la espada que llevaba colgada al obi amarillo sujeto a su estrecha cintura, probablemente en caso de que las cosas se pusieran feas.

Cuando Naraku escuchó la naturaleza de sus poderes y habilidades, entendió el por qué del atuendo de la chica: no se puede manipular cabellos, imaginó (de la forma en que lo hiciera) con un estorboso kimono encima. Necesitaba tener el cuerpo libre. Aún así le sorprendió que, siendo una demonio capaz de manipular a placer los cabellos, ella misma llevase el cabello tan corto y apenas adornado con un listón rojo.

—¿Demonio de los cabellos? No hay muchos demonios con esa habilidad —Se fingió distraído, tratando de tantear el terreno en el cual empezaba a moverse. Sabrá el cielo cuáles eran las verdaderas intenciones de esa mujer al buscarlo tan descaradamente y encima aceptar con el mismo cinismo que llevaba días espiándolo, pero si había invertido tanto en aquella empresa, es porque algo quería o necesitaba de él.

Aún así, como siempre, no se confió.

—Eso no importa —contestó la demonio mientras hacía una rápida figura de cabellos con sólo su mano izquierda, en una muestra breve e irrefutable de demostrarle sus habilidades cuando con las delgadas hebras formó una estrella de cinco puntas—. He venido a hablar sobre otras cosas, Naraku.

—Así que sabes mi nombre —El aludido sonrió, mostrando la blanca hileras de dientes en una sonrisa encantadora. Yura le devolvió el gesto con la misma intención.

—Después de espiarte tanto, claro que sé quién eres —Yura le pasó los ojos por todo el cuerpo impúdicamente, de arriba hacia abajo, sin intenciones de perderse un solo detalle. Su inusual mirada rojiza que a la luz del sol lucía ligeramente rosada escudriñando cada sitio de su cuerpo, hizo a Naraku sentirse todavía más desnudo de lo que realmente estaba.

No es que le interesase el pudor de andar en pelotas por ahí; al igual que Kagura, en muchas ocasiones él también terminaba con la ropa hecha garras luego de una pelea con constantes ataques contra él, pero esta vez el contexto era muy distinto: era una plática… casual, por así decirlo, no una pelea. Se sintió ligeramente incómodo y, además, ¡ni siquiera conocía a esa mujer! Y ya que la mayoría de las mujeres que conocía lo rechazaban por psicópata, no estaba acostumbrado a ser observado tan impúdicamente.

—Aunque… —ronroneó Yura, llevando un par de dedos a la barbilla—… no sé qué esperar de ti.

—Lo mismo puedo decir sobre ti —argumentó el híbrido al tiempo que, haciéndose el distraído, salía rápidamente del lago para ponerse encima los pantalones. No le pasó por alto la sonrisa y risilla traviesa, casi maligna, que soltó Yura cuando salió por completo desnudo. Aish, que hasta se sintió apenado; traía todo el paquete al aire hasta que se puso los malditos pantalones.

—No hay necesidad de ser tímidos —contestó de vuelta Yura, saltando con gracia de la rama y aterrizando con precisión en el suelo, a un par de metros a distancia de Naraku luego de que terminase de ponerse el pantalón. Él estuvo a punto de contestar algo verdaderamente astuto, pero la mujer se le adelantó—. Ambos somos demonios, y los demonios usualmente buscamos una sola cosa: poder.

—¡Poder! —exclamó él, ligeramente sarcástico, al tiempo que soltaba una risilla—. ¿Y qué clase de poder podría anhelar una demonio como tú como para buscar a un demonio como yo?

Yura alzó ambas cejas y se acercó de a poco a Naraku, atravesándolo con su intensa mirada. Y sus ojos eran mil veces más amenazadores y seductores que los de Kagura; tal vez fuera el aura de atrevimiento que la rodeaba el cual la confería de aquella habilidad para hacerse la misteriosa tanto como él solía hacerlo. En cambio Kagura era transparente, de mirada asesina e inquisidora como un par de rubíes en llamas, y la de Kikyō, por otro lado, era calculadora, fría, pero suave como la nieve recién caída del cielo.

—Creo que puedes imaginarlo… —susurró, rodeando a Naraku igual que un buitre estudiando a su presa desde lejos, a pesar de que la distancia entre ellos era ya risible.

Sintió los dedos de la mujer y sus afiladas uñas tocarle los hombres y rasguñar ligeramente su espalda cuando lo rodeó, caminando a su alrededor como un gato salvaje a punto de morder, ronroneando tiernamente antes de soltar el golpe de gracia, y ciertamente aquella actitud comenzaba a cansarle, así que la siguió de reojo con la mirada, manteniéndose serio y severo, estudiando cada uno de sus movimientos y preparándose para cualquier cosa inesperada. Logró sostener su posición incluso cuando la mujer, desde atrás, se le aproximó todavía más y posó toda la palma de su mano sobre su hombro izquierdo.

—Pero no te diré nada más. No quiero aburrirte —contestó Yura, al tiempo que con la otra mano le extendía cortésmente el trozo de papel que Naraku la vio sostener momentos atrás. Se percató de que tenía los labios de la mujer impresos en el papel en pintura roja—. Ahí dice todo lo que necesitas saber sobre mí y lo que busco contigo.

—¿Una carta? —Naraku rió, sonriendo socarronamente—. ¿No crees que ya estás grandecita como para escribir cartas de amor?

Estuvo a punto de carcajearse en su cara (de alguna forma, no podía evitar terminar comportándose como un perfecto patán, ni siquiera él sabía por qué), pero se detuvo en seco cuando escuchó un extraño sonido afilado tras él, como el de una superficie afilada cortando algo que apenas opuso resistencia.

Se puso en guardia y se volvió rápidamente, pero para cuando lo hizo Yura, tras él, ya había desaparecido.

—Lee esa carta —El híbrido miró al enfrente, donde se encontró a la mujer más sonriente que nunca. Al instante pudo ver que en su mano descansaba un mechón de cabello largo, negro, ondulado y terriblemente familiar. Por pura inercia se llevó una mano a la cabeza.

—¿Qué rayos te sucede? ¿Me cortaste el cabello? —exclamó casi con espanto, no tanto por el cabello en sí o por el feo corte que podía quedarle (era vanidoso, no tenía absolutamente nada que decir en su favor), sino porque no entendía qué carajos sucedía con aquella mujer apareciéndose ante él así de pronto, coqueteándole de aquella forma (al menos él lo había entendido así) para después entregarle una carta de amor y llevarse con ella uno de sus preciados cabellos, pero en respuesta lo único que recibió fueron las descaradas carcajadas de Yura.

—Considéralo una garantía —respondió la mujer entre risas—. Por cierto, ¡tu pequeña melena de allí abajo también es preciosa!

Naraku quedó, sinceramente, paralizado como pocas veces le habían sucedido en su vida. Quiso decir algo astuto y lleno de dobles intenciones que lograsen hacer tambalear el grandísimo ego de aquella condenada mujer, pero lo único que atinó a hacer, como todo buen hombre agarrado por un lapsus de imperdonable imbecilidad, fue bajar la vista hacia su entrepierna cubierta ya por los pantalones, y de no haber pasado cincuenta años controlando las emociones de su cuerpo, definitivamente habría terminado más rojo que un tomate.

Lo peor de todo es que durante los breves segundos en que se miró el paquete, Yura se le escapó con todo y cabello, aunque aún así Naraku pudo escuchar sus insolentes carcajadas a lo lejos, burlándose de él.


Apenas amaneciendo la luz le dio directo a los ojos y lo obligó a despertar entre gruñidos y un humor de los mil perros. Quiso mascullar algo, sobre todo cuando sintió el resquicio de un calambre en las piernas y los codos ligeramente adoloridos, pero la serena respiración que percibió a su lado lo hizo callar. Era demasiado temprano como para empezar el día con insultos, amenazas y reclamos, y además se quería evitar la maldita incomodidad que siempre venía con la mañana siguiente.

Naraku se quitó las sábanas de encima sólo un poco y se irguió sobre sus codos lastimados, resultado de sostenerse en ellos toda la noche sobre el piso. Recordando aquello, ladeó la cabeza a un lado. No le costó trabajo encontrar a Kagura profundamente dormida boca abajo, con un brazo debajo de su cara y el otro extendido a un lado de su cuerpo, durmiendo a pierna suelta y el cabello enmarañado cayendo a los lados de su cabeza.

Nada más la vio se llevó la mano al rostro, sintiéndose casi avergonzado de sí mismo.

Apenas era la segunda vez, pero ya parecía estarse volviendo un clásico en su vida (o en la de ambos): esa sensación de la tan famosa mañana siguiente, cuando de la pura incomodidad nunca se sabía qué maldita cara ponerle a la idiota con la cual se revolcó toda la noche. Y no es tanto que le causase malestar la intimidad cuasi humana (si dejaba los tentáculos de lado), sino ante la idea de tirarse a su esclava a la cual, se supone, despreciaba con cada fibra de su ser, y que encima de todo también lo odiaba y se la vivía traicionándolo y tratando de vender su cabeza a sus enemigos.

Lo peor de todo es que estaba seguro de que a la primera oportunidad que tuviera, la maldita de Kagura iría con el chisme a medio mundo para decirles a todos que la tenía enana (lo cual era completa y absolutamente falso, según él); claro, eso si ella misma superaba la vergüenza de admitir ante alguien más que se había revolcado de lo lindo con su amo y secuestrador, a quien ella se la pasaba diciendo odiar por tener su corazón en sus manos, y no de la manera romántica.

—Puta madre… —masculló Naraku en voz baja, observando a Kagura con desdén—. Con quién me vine a enrollar.

Si bien, pensó, había pasado las últimas semanas tratando de seducir a Kagura en última opción para tenerla a su merced y sumisa cuando el trabajo de verdad llegara, ciertamente ahora no sabía del todo cómo tratarla luego de haberse liado con ella (sí, con todo y los tentáculos, cosa que al parecer ella disfrutó como una perra, a juzgar por los gemidos y jadeos de la noche anterior), por mucho que ella quisiese "ayudar" en la situación que compartían haciéndose la que nada pasaba. Y ciertamente el habérsela follado no había servido para amedrentar su temperamento.

Estaba frito.

Mientras él se maldecía en silencio por sus estúpidas acciones, más parecidas a las de un patético humano que cae ante las tentaciones de la carne que al de un poderoso demonio que tiene completo dominio sobre sí mismo, Kagura se removió a su lado perezosamente, pero no llegó a despertarse. Sus cabellos también se movieron con ella como un enjambre de serpientes dormidas, y la visión de sus mechones arremolinados sobre sus pequeños hombros y la menuda espalda le recordó a aquella demonio de los cabellos que la mañana anterior había ido a verlo.

Por supuesto que ya había leído su carta, y aunque esperó lo del tema de vengarse de InuYasha y Kagome, así como el tema relacionado a la Perla, vaya que sí le había resultado inesperado que la muchacha propusiera que le pagase con cabello e incluso con un posible trío junto a Kagura, cosa que, ahora que lo pensaba mejor, no molestó en lo más mínimo.

—Un trío no estaría mal… —susurró, echando una mirada de reojo a su inesperada amante, esperando que no lo hubiese escuchado. De pronto le resultó terriblemente excitante la idea de ver a su extensión y a la atrevida de Yura dejándose llevar por los placeres de la carne, y todavía mejor, con él en medio de todo el lujurioso espectáculo—. Hay bastante Naraku para todas. Absolutamente.

Entre tanto sacó la carta que Yura le había dado y la releyó por encima para saber exactamente qué decir. Era hora de escribir su respuesta.

"Querida Yura Sakasagami,

Ciertamente no me sorprende que me hayas buscado. Sé que soy un demonio poderoso y no eres la primera ni la última que me busca con el fin de conseguir algo del asombroso poder que poseo.

Por ese lado, todo está bien, aunque debo admitir que no tenía idea, ni imaginaba, que justamente tú fueras una de las primeras rivales con la cual InuYasha y Kagome pelearon. De haber conocido este dato antes me habría mostrado mucho más flexible contigo e incluso, tal vez, hubiese sido yo quien te buscase. Una aliada rencorosa en busca de venganza nunca está de más.

Entiendo perfectamente tu sed de sangre y venganza contra aquel par de idiotas, estamos en la misma situación, por eso mismo, después de pensar mucho en los pros y contras de tenerte como aliada, he decidido, efectivamente, tomarte la palabra y hacerte mi aliada.

Créeme, puedes confiar en mí. Nunca le he fallado a un aliado, no creas en los chismes que las malas lenguas dicen de mí por ahí. No es más que envidia.

Y claro, como es de esperarse, así como tú tienes tus condiciones en pos de formar exitosamente esta alianza, yo también tengo las mías. No son difíciles de seguir:

En primer lugar, si te convierto en mi aliada, sí, quiero la cabeza de InuYasha para mí solamente. Tú puedes quedarse con su horroroso cabello si quieres (en serio, no sé qué le ven las mujeres al descolorido cabello de ese perro bastardo). Lo cierto es que no puedes ir por ahí cortándome el cabello cuando te dé la real gana como lo hiciste la última vez. Lo cuido mucho, es uno de mis mejores atributos y vuelve locas a las chicas (como tú comprenderás).

Puede que te lo haya pasado una vez, pero hasta ahí. No soy alguien que dé segundas oportunidades. Y con respecto a pagarte con cabello… déjame pensarlo, porque la vanidad me puede más a veces.

Otra cosa muy importante es que si te convierto en mi aliada, probablemente vengas a mi guarida, pero te lo advierto, Yura, no quiero nada de pelos por todos lados, no los quiero en el suelo, ni en mi comida, ni andarme tropezando con ellos por ahí. Que quede claro que el único que deja sus pelos en el jabón en esta casa, soy yo, por mucho que a los demás habitantes les moleste (bueno, en primer lugar, admito que lo hago por eso: para molestar).

En segundo lugar, no necesitas pagarme con tu cuerpo, aunque si deseas hacerlo, por mí no hay ningún problema. Es tu decisión, no te obligaré a hacer nada que no quieras (no te creas mi pinta de patán; yo soy todo un caballero). Eso sí, te advierto que soy un demonio conferido con múltiples tentáculos, me gusta mucho usarlos, y no sé qué tan acostumbrada estés a las orgías… sólo espero que no seas una chica tímida, si sabes a lo que me refiero...

Con respecto a tu oferta especial acerca de mi cabello y Kagura... sí, podría dejarte a solas con mi extensión un rato, a ver si logras convencerla y hacerla entrar en cintura. Realmente tiene un temperamento de mierda, no sé si puedas lograr algo con eso, pero si lo haces, te apreciaré todavía más y tu paga por tus servicios será mayor. A ver si con algo de placentera experimentación se le quita a Kagura de encima el humor de perros que se carga (aunque, si quieres un consejo para convencerla… a Kagura le gusta mucho que le den nalgadas y, todavía mejor para ti, que la jalen del cabello; es decir, le gusta a lo rudo. No me preguntes cómo me enteré).

En conclusión, te acepto como mi aliada, por supuesto, a cambio de que me traigas la cabeza -rapada- de InuYasha y de Kagome. Yo te daré todo el poder que necesitas, puedes confiar en mí. Como te he dicho, soy todo un caballero y siempre cumplo mi palabra.

Te estaré esperando.

PD: ya lo pensé mejor. SÍ, quiero el trío con Kagura. Quédate con todo el maldito cabello que quieras.

PD: eso sí, no pienso darte ni un pelo de mi pequeña melena de allí abajo. No vaya a ser que luego quieras hacerme brujería.

Naraku."

Naraku miró lleno de insidioso placer la totalidad de su carta. Ese mismo día le enviaría a Yura la respuesta por medio de una abeja del infierno, y con todo ello vio un futuro mucho más prometedor de lo que jamás había imaginado.

Puede que Yura no fuese la demonio más poderosa de todas, después de todo ya una vez InuYasha y Kagome la habían vencido, pero sin duda le serviría su ayuda. Además, aliarse con ella traería muchos más beneficios de los que jamás se hubiese atrevido a imaginar, y por supuesto, la mitad de lo que había dicho en su carta era mentira. ¡Por supuesto que no pensaba darle ni un miserable fragmento de Shikon! Mucho menos veinte centímetros de su preciado cabello. Antes muerto.

Dejaría que la muy ingenua matase a InuYasha por él, dejaría que hiciese sus cosas con Kagura, y ya cuando se tirara a las dos y tuviera la cabeza de su peor enemigo ante sus pies, entonces la mataría. Así de fácil y sencillo. La pobre no sabía lo que le esperaba, pero ciertamente Naraku no esperó lo que a continuación sucedió.

—¿Qué diablos estás haciendo?

La voz de Kagura lo sobresaltó un poco. Había quedado inmerso en escribir su respuesta, y para cuando volteó a verla ella ya estaba erguida sobre sus codos, mirándolo inquisidora. Juró que Kagura pudo ver el delito en sus ojos así como él podía verlo en ella.

Joder, así hasta sonaba como si fuesen almas gemelas.

—Nada —contestó severo, frunciendo el ceño, pero aquello no engañó en lo más mínimo a su extensión, quien alcanzó a ver unas cuantas palabras de la carta, y lo peor de todo es que de las primeras cosas que identificó entre las líneas, fue precisamente la de su nombre.

—¿Qué estás escribiendo? —inquirió de mala gana, acercándose un poco más a él, cada vez más exigente.

Demonios, ¿dónde carajos había quedado la "incomodidad de la mañana siguiente"?, se preguntó Naraku. Su extensión actuaba como si aquello fuese cosa de todos los días.

—Nada que te importé, Kagura —masculló en respuesta, pero ahora que la hechicera de los vientos había alcanzado a ver su nombre ahí, no estaba dispuesta a dejar que este apareciese en cualquier papel que sabrá el cielo en qué manos terminarían.

—Quiero verlo —exigió, pero su creador se mantuvo impasible—. Dame eso, Naraku.

—¿Me estás exigiendo? ¿Tú, a mí? No me hagas reír, querida.

La mujer rodó los ojos cuando se encontró, de nuevo, a Naraku haciéndose el macho perfectamente imbécil frente a ella, cosa que realmente no le funcionaba. Ya se conocían demasiado… pero demasiado bien el uno al otro, así que sus actitudes de macho de pecho peludo que nada le afecta no la intimidaron en lo más mínimo.

—Vi mi nombre ahí escrito, así que tengo derecho a ver qué diablos estás escribiendo sobre mi —exclamó, pero lo único que recibió en respuesta fueron las burlonas risas de Naraku y su sonrisa de patán como un escupitajo a sus exigencias.

—¿Tu nombre? ¿Yo escribiendo sobre ti? No te creas tan importante.

—¡Que me lo des!

Antes de que pudiese contestar algo o hacer cualquier cosa para detenerla, Kagura se vio invadida por un impulso de idiotez (oh, cómo recordó las palabras de Sesshōmaru en su carta) y se abalanzó sobre su amo así, desnuda y enrollada entre sábanas con el fin de hacerse con la carta a como diera lugar.

Naraku apenas alcanzó a actuar. Se echó hacia atrás por pura inercia, pero ella se le encimó como una fiera y no tardaron en hacerse un enredo de brazos, piernas, rasguños y manotazos (y no de la manera sensual). Parecían más bien dos niños luchando por conseguir un codiciado dulce, y para cuando acordó Kagura ya lo tenía sometido estando sobre él, y aunque hubiese reaccionado atacándola por medio de su corazón, la joven amenazaba con golpearle las pelotas con la rodilla y había terminado con las tetas sobre su cara sin el más mínimo ápice de vergüenza (de hecho, ese par de cosas lo estaban asfixiando un poco, además la punta de uno de los pezones amenazaba con picarle un ojo), hasta que finalmente se hizo con la carta, la cual leyó en tiempo record (aún amenazando las pelotas de su amo) como si la vida se le fuese en ello.

—¡¿Un trío?! —Naraku supo que estaba perdido cuando la escuchó gritar, aunque le sorprendió que no preguntase nada con respecto a la nueva aliada… más allá del tema del trío—. ¿Un maldito trío con una mujer que ni conozco? ¿Esa es tu forma de hacerme obedecer? ¡¿Qué te pasa, degenerado?!

El híbrido pareció que iba a decirle algo, pero la joven se percató de que no podía hacerlo si lo tenía con el rostro enterrado entre sus pechos, así que, de mala gana, se le quitó de encima, eso sí, sosteniendo con fuerza la carta.

—¡¿Un trío?! —repitió a los gritos, pero él sólo rodó los ojos, aburrido y fastidiado.

—Vamos, Kagura. No te caería mal probar con una mujer.

—¡¿Y encima que tengo humor de perros?!

—¿Y no es así? —El híbrido alzó una ceja, atravesándola con la mirada—. Por lo que pasó anoche y la otra noche, veo que eso sólo se te quita si te dan… cosa buena.

Y como si todavía no se cansara de molestarla, lo mejor que encontró para hacer énfasis en ello fue imitar los gemidos que le había escuchado a su extensión en aquel par de locas noches. Aquello provocó que Kagura se viera invadida por un violento sonrojo y su creador juró verla por un instante casi sacar humo por los oídos.

—¡Te puedes meter tu cosa buena por el culo! —exclamó, ya prácticamente histérica.

—Oh, no querida. Para ese tipo de cosas,nadie como tú —siguió burlándose Naraku, haciendo alusión al peculiar consejo que le había dado a Yura en su carta para seducirla, y no conforme con eso, se atrevió a extender el brazo y largare una fuerte nalgada que sobresaltó a la joven con un dolor que, contra su voluntad, le resultó extrañamente placentero y le despertó los sentidos.

Por lo menos esperaba que la tipeja esa de Yura fuera guapa.

—¡Cómo te atreves…!

Como en un impulsivo intento por regresar exactamente el mismo golpe, Kagura, por primera vez, también se atrevió a extender su brazo y su palma entera, endurecida y rápida, y esta fue a estrellarse con ímpetu contra una de las mejillas de Naraku. Enseguida la hechicera de los vientos se dio cuenta de lo que había hecho… y es que no cualquiera se atrevía a ponerle la mano encima a Naraku, pero ella lo había hecho (¡y lo tenía bien merecido!), pero al instante, irremediablemente, se imaginó muerta.

Pensó y juró que acababa de sellar su sentencia de muerte con una puta cachetada.

Por unos instantes se paralizó por lo que había hecho al igual que Naraku lo hizo cuando percibió el instantáneo ardor sobre la piel de su cara, pero contra todo pronóstico y contra todos los temores de la chica, no dijo ni hizo nada (un poco más y aquello ya parecía la clásica relación del "¡pégame, pero no me dejes!")

No, no le haría nada. Se las estaba contando, pero Kagura no sé quedó ahí a probar su suerte ni a seguir hiriendo el frágil ego de su amo, sobre todo porque no estaba segura de poder contenerse si volvía a largarle alguna otra blasfemia. En su lugar soltó un bufido de desdén y le arrojó a Naraku la mentada carta.

—Quédate con tu cartita de amor. Ya se te está haciendo costumbre —espetó al tiempo que se ponía de pie, yendo directamente a recoger su ropa tirada en el suelo. Estaba hecha un asco, tanto su ropa como ella—. Y escúchame, no pienso, jamás, hacer un trío contigo y la otra chica. No voy a satisfacer nunca más tu repugnante lujuria. ¡Olvídalo!

—Eso ya lo veremos —contestó él, sonriéndole altanero. La situación le divertía tanto que apenas y tenía ganas de castigarla. En su lugar ella le hizo una seña obscena con la mano, y medio desnuda, apenas cubriéndose con su ropa hecha bola entre sus brazos, salió de la habitación a grandes zancadas, pero en cuanto estuvo en el oscuro pasillo, alejándose paso a paso de la habitación donde había pasado la noche con su creador, no pudo evitar sonreírse, maquiavélica, casi maligna.

Vaya… eso de acostarse con Naraku realmente estaba sirviendo para sacarle información importante. Ahora ya sabía que su amo tendría una nueva y misteriosa aliada llamada Yura Sakasagami.

Era hora de escribir un par de cartas más.

FIN


¡Se acabó! Creo que nunca actualicé tan rápido un fic haciendo el capítulo sobre la marcha y fuera de algún reto o concurso. Con esto cumplo una de mis primeras metas con respecto a sacar varios de mis fics del hiatus y terminarlos, así que estoy que no quepo de la emoción.

Y una disculpa, no pude evitar terminar liando a Naraku y Kagura xD aunque al final hasta salió bien, efectivamente ella le terminó sacando información importante para dar a sus nuevos aliados (?)

No sé si este capítulo haya estado muy gracioso que digamos. Hice lo que pude. Tampoco sé si los personajes quedaron OOC, y de antemano una disculpa si fue así u.u

Bueno, creo que no tengo nada más que aclarar. Recuerden que este fanfic lo escribí también con varias ideas proporcionadas y con ayuda de la administradora del foro ¡Siéntate!, Capitana Morgan. Los capítulos los leyó antes y así. Mujer, muchas gracias por ayudarme a sacar el fanfic, nunca me habría metido al género de comedia de no ser porque tus fics me enseñaron que siempre se puede ridiculizar un tanto a los personajes, incluso al más malo de todos xD

También muchas gracias a quienes se tomaron el tiempo de leer los capítulos, esperar que actualizara, y por supuesto, ¡mil gracias a aquellos que dejaron review!

[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.