La gargantilla de Mirkwood


Thranduil & Tauriel


Descargo de responsabilidad: Los personajes de The Hobbit no me pertenecen. Todos quedan en manos de su sabio autor J. R. R. Tolkien Q.E.P.D.

Nota de la autora: Agradezco francamente sus mensajes de aliento. Escribir historias por disfrute y no obligación es mi fuerte, pero también me agrada que mis lectores se sumerjan en las historias.


Entró como un huracán desenfrenado. Soberbio, aguerrido, el viaje en caballo parecía haberle rejuvenecido el cuerpo y el alma, y nadie se habría enfrentado a su caminar acelerado, con la armadura de titanio y oro blanco protegiendo sus casi dos metros de altura. Para ningún médico pasó inadvertido el bulto que transportaba entre los brazos y su espalda bañada en sangre ajena, y que sus ojos altaneros, usualmente provistos de altanería, mostraban una preocupación chispeante. El rey ingresó imparable al ala de curaciones brillando cual elfo de diez milenios; sin embargo, aquellas cualidades no habrían de ocultar su falta de ecuanimidad.

La depositó como pluma sobre una de las camillas al tiempo en que se aproximaban los curanderos; el arribo del resto de los heridos los mantenía alerta desde tempanas horas. Al dejar a Tauriel, el rey se apartó como si aquella piel tersa le quemara. No miró a los médicos revisándola, se quedó perdido y vagó con dificultad hacia la salida de la sala, intentando controlar en vano los galopes que amenazaban con escapar de su pecho. Despidió a sus escoltas con la premisa de poder torturarse en silencio y sin ser interrumpido, y por primera vez en una cantidad de tiempo desconocida se permitió ser vulnerable al miedo de perder.

Terminó por recargarse contra uno de los muros que mezclaban una especie de concreto con los minerales naturales que brotaban de las laderas del bosque. Respiró hondo y se dijo mentalmente que su deber como líder estaba cumplido al regresarla todavía respirando. Era una elfa de fortalezas inhóspitas; tenía que sobrevivir.

Thranduil no permitiría que lo encontraran en tan deplorable estado, inclinado sobre una de las columnas y con la cabeza gacha, dejando entrever el cansancio que lo atormentaba pasados los efectos de la adrenalina, y pese a que sus instintos querían obligarlo a montar guardia afuera de la puerta del sanatorio, sabía que entre sus deberes se hallaba el de guardar las apariencias y encargarse de los pormenores que habrían de surgir con la llegada de sus soldados, ya fuese malheridos o listos para recibir nuevas órdenes.

Retornó a sus aposentos, allí donde dormía y pensaba, y contemplaba la luna y las cascadas angostas que se entrelazaban con los árboles de maderas antiquísimas color café azulado.

Se sentó en un sillón de telas metálicas, y mientras reposaba los músculos de las sacudidas, su mente no paraba de deambular por los rincones más oscuros de la memoria, empezando por esas palabras que lo perforaron estrepitosamente y en todas direcciones, al punto que no fue capaz de formular una respuesta y sintió un vértigo desconsolador.

Quería apartarse y volver a casa.

Su papel en aquella guerra había concluido con muerte. Muchas muertes. Se tranquilizó pensando en que su espíritu percibía a Legolas como sobreviviente al tempestivo fuego de dragón y que Tauriel se reportaba hasta el momento sin daños. Sólo tenía que hallarlos a ambos y regresarlos a trompadas al interior de las fronteras de Mirkwood.

El Rey Elfo mataba orcos sin clemencia. Agitaba sus espadas con amagues brutales capaces de eliminar a cualquier enemigo. Súbitamente percibió la esencia de una persona que lo había abandonado por elección. Seguramente estaba enloqueciendo porque a unos metros de él se encontraba Tauriel.

Su primer impulso fue el de alcanzarla, verificar que no había rasguño en su ser celeste para después someterla al látigo de su enfado paternal. Habían pasado varios días desde que ella escapó del Bosque Negro, y para Thranduil resultaron ser las horas más largas de su existencia inmortal. Estaba acostumbrado a la figura de la pelirroja enfundada en sus vestidos de fantasía, a sus informes, a sus hábitos cotidianos y curiosos, a sus movimientos femeninos que decoraban los cuartos de armas y sus noches en vela. Cuando ella partió sin aviso, y Thranduil se enteró del despertar de Smaug, su corazón dejó de latir por las vidas que se perderían, y temió especialmente por la de Legolas y aquella obstinada elfa silvana. No saber dónde se encontraban o qué era lo que hacían, fue una lenta agonía; trató infinidad de veces de buscarla con la memoria en las esquinas del banquete real o de los bulevares que la joven visitaba a diario acompañada de sus brincos de elfo siervo silvestre.

Se fue acercando a pasos precavidos a su capitana, creyendo que se trataba de una visión de su mente agotada. Estaba cerca de la salida de la ciudad en ruinas. Quiso aprisionarla y buscar a Legolas para llevarlos a un sitio seguro porque se negaba con rotundidad a perder a alguien querido a manos de los orcos; no de nuevo.

"¡No pasarás!", le gritó la mujer de las dagas con una voz quebrada por el esfuerzo y temblorosa por las impresiones de la destrucción. Estaba tremendamente molesta con él, sin derecho. "No te retirarás, no en esta ocasión".

Lo hacía todo por ese enano. ¿Acaso todo se trataba sobre él? ¿Su huida de Mirkwood, sus irreverencias, su rechazo hacia los mandatos de su rey? ¿Por qué no se daba cuenta que ella merecía algo más que el amor de un enano? ¿Qué acaso no comprendía lo inútil de amar a un mortal? Como se lo dijo a Thorin Escudo de Roble al apresarlo: cien años es un parpadeo en la vida de un elfo.

La preocupación por los días de ausencia de Tauriel y su hijo, los decesos élficos del día sumados a sus pecados pasados lo hicieron hervir de rabia y un demonio inadvertido brotó de sus entrañas.

Tuvo una reacción incontrolable, furiosa, apetente.

"¡Quítate de mi camino!", ladró el rey. La odió. Sintió que tenía un poderoso efecto sobre él y lo hacía portarse fuera de su usual pomposidad y distancia.

"Los enanos serán aniquilados…" Tauriel le rogaba con los ojos que no la abandonase, pero él se preguntaba si al quedarse la protegía a ella o a su interés amoroso.

"Sí, ellos morirán". El Rey Elfo sonrió con crueldad, sus labios torcidos en un gesto desagradable que causó en ella pánico y temor. Nunca antes había temido de él. "Hoy. Mañana" Thranduil dio un paso hacia adelante, y luego otro, y siguió caminando hasta que casi pudo sentir la respiración de la guardiana. Iba a hacerla regresar, a voluntad o a la fuerza, aquello era lo que menos importaba. "En uno o cien años después de hoy. ¿Qué importa? Ellos son mortales."

La reacción de Tauriel fue exactamente la que su parte más lógica esperaba. Ella alzó su arco y le apuntó justo a la cabeza donde se habían concebido aquellas dañinas verdades. Thranduil se sorprendió, se puso rígido como una de las tantas estatuas labradas en los pasillos de su reino y su boca se entreabrió ligeramente.

"¿Piensas que tu vida es más valiosa que la de ellos, cuando no hay amor en ella?" Las manos de la jovencita eran asesinas; podría temblarle cualquier parte del cuerpo menos los brazos que sostenían el arco. Pareció prepararse para disparar la flecha, no obstante, hizo algo mucho más dañino con la mera voz. "No hay amor dentro de ti."

¿Con que no hay amor dentro de mí? Él se puso firme. Sintió que le acaban de atravesar el abdomen y casi esperó ver la sangre escurrir por las laderas de su ropa. Tauriel jamás comprendería lo profundo y atinado que habían cortado esas sílabas. La vio con menos años, pidiendo que le dijera si sostenía bien el arco durante sus prácticas en campo, la escuchó agradecerle el haberla convertido en capitana de la guardia, aspiró su perfume de alelí cuando entraba dando brincos de alegría a presentarle un reporte sobre la bastedad de su territorio.

Nunca debió de otorgarle el poder de herirlo porque nunca creyó que resultaran tan fuertes los efectos colaterales.

Thranduil levantó su espada. Activaba un mecanismo para protegerse contra el dolor. Partió en dos aquel arco que Tauriel optó por usar contra su protector. La madera, ya sin poder de defenderla, cayó de sus manos al suelo. La pelirroja trató con todas sus fuerzas de reprimir las lágrimas cuando sintió el filo de la navaja presionada sobre su tráquea.

"¿Tú qué sabes acerca del amor?", se burló él brutalmente. Debería de matarla, y en aquel estado desequilibrado, malherido, cualquier movimiento habría de costarle la vida a aquella malcriada. "¡No sabes nada! ¡Lo que sientes por el enano, no es real!", antes de pensarlo las palabras ya habían abandonado los labios del monarca.

La chica no se movió y no hizo falta; la expresión de sus ojos soñadores le dijo más que cualquier sonido. Ella amaba a ese sucio enano, o creía amarlo, y no le importaba si vivía sólo un segundo o cien mil años. Nada parecía importarle más que ese elfo; ni siquiera el afecto de su benefactor, la seguridad del heredero al trono de Mirkwood ni la del propio rey. Ella mataría por el enano, ¿también sería capaz de morir por él?

"¿Crees que esto es amor? ¿Estás preparada para morir por su causa?". El rey Thranduil no podía negar que estaba destruyéndose por dentro. ¿Qué había estado pensando al ir a buscarla? ¿Encontrarla y fácilmente escoltarla a casa, forzarla a subir a su caballo y soltarle un sermón, castigarla a vivir en una torre, y así ella mostraría arrepentimiento y rogaría por obtener su perdón? No, jamás volvería a ser tan sencillo, y eso también era culpa de esos malditos enanos.

Thranduil se imaginó entregándola a la muerte, y la mera insinuación hizo trémulo el agarre de su espada. Alguien la zafó de sus manos ya que no la había sostenido con mucha fuerza desde un inicio. Dejó que su brazo cayera con un aire dramático y giró lentamente el cuello para encarar a Legolas.

"Si la lastimas, tendrás que matarme", intervino Hojaverde con una resolución aniquilante, tan determinado, tan joven y tan enamorado de Tauriel que por una fracción de segundo el rey se lamentó de haberle prohibido a la capitana el corresponder sus amores.

El peso de sus elecciones y comportamiento cayó sobre los hombros del monarca. ¿Qué es lo que he hecho?, se preguntó.

El Rey Elfo estuvo impedido para verlos partir o detener su paso. Se quedó mirando al suelo, sin poder recomponerse de las acusaciones de Tauriel y perdido en el manicomio de sus errores. Cuando se sintió con la suficiente energía como para no derrumbarse allí mismo, alzó la cabeza para confirmar que los dos jóvenes se habían marchado. Él se quedó perplejo, dolido y solo, con una sensación de temor y vergüenza escalando por sus entrañas.

Los perdió a ambos y no tendría oportunidad de recuperarlos, todo a causa de su furia ciega y sus celos violentos.

Un toquido lo sacó de sus amargos recuerdos. Tuvo el presentimiento de que eran los curanderos y por ello se levantó del sillón con la elegancia acostumbrada y ocultó bajo el desdén su innegable ansiedad.

"¿Mi señor?", preguntó una voz al otro lado.

"Adelante."

"Venimos a decirle que Tauriel se encuentra, por el momento, fuera de peligro."

"¿Se recuperar?"

"Hay una situación que queremos discutir con usted."

"Quiero verla antes."

El elfo asintió levemente, sin la mínima intensión de contrariar a su líder. Lo había visto en tal estado de postración meditabunda y sabía que nadie debía de retarlo en tales condiciones.

Condujeron al rey de Mirkwood hasta el salón médico donde Tauriel seguía ajena a la vida que fluía a su alrededor.

No podía creer lo que la maldad era capaz de hacer con un cuerpo inocente. El rey Thranduil observó a la mujer pelirroja tendida en la cama, absuelta de su túnica esmeralda y con el cabello amanecer disperso en la monotonía blanca de su prisión inmediata. Y la veía ahí, inmóvil y pálida, lejos de la vitalidad que la caracterizaba desde su temprana juventud. Sus labios eran una delgada línea azul que la convertía en una estatua de hielo amenazada con deshacerse como consecuencia de la salina muerte. El rey hubiese deseado que ella despertara gritando a su cara el poco corazón y su falta de amor, que se levantara con la necedad de seguir a Legolas al fin del mundo, cualquier cosa que no fuese alejarse de la existencia con los pasos de una bailarina.

Los sanadores observaban intrigados al monarca del Bosque Negro. Estático y estoico a los pies de la cama, miraba a su capitana con una melancolía que desmentía usando la rigidez de su espalda. Era el retrato de una tristeza lejana, de un enojo capaz de asesinar con la mirada, mostrando una derrota que Thranduil no se había permitido desde la muerte de su fiel esposa. Nadie quería hablar, no hasta que él exigiera respuestas. Por el momento parecía abstraído en el estado de la joven guerrera, grabando en su memoria cada rasgo, cada respiro debilitado, cada segundo en que su luz se apagaba como un sueño arrebatado de sus manos.

"¿Y bien, qué le ocurre?", preguntó finalmente el pálido rey, envejecido repentinamente otros dos o tres milenios.

"Hemos curado sus heridas internas. Estaba sangrando por uno de sus órganos. Sin embargo, lo que la está hiriendo es mucho más serio que eso. Impusieron sobre ella un maleficio."


Siento dejarlo allí, pero luego me emociono y hago capítulos de 20k sino pregunten en Cuerpo cautivo. Uhm, tengo que trabajar en esa historia, por cierto.

Por ahora les dejo esta segunda entrega basada en las películas de The Hobbit. Como verán, interpreté una de las escenas que aparece tanto en el tráiler como en la película.

¡No olviden dejar sus reviews que son motor de la historia! Los he leído y se los agradezco infinitamente.

Muchos besos.