Capítulo 5: Descubriendo

Un tumulto de alumnos de 5º salía de la clase de Transformaciones de la profesora Crowe tras haber vuelto el día anterior de las vacaciones de Navidad. Entre ellos había un pequeño grupo de tres leones que iba alegremente de camino al Gran Comedor. Alan se les unió enseguida.

—¿Dónde os habéis dejado a Logan? —preguntó extrañado pero divertido.

—Sigue empeñado en conseguir aquello que nos comentó antes de las vacaciones —le respondió Scorpius a la vez que añadía con la mirada lo que no había dicho. El moreno asintió conteniendo la risa.

—Entonces vamos a aprovechar que no está para contaros algo que vimos Scorpius y yo estas vacaciones —susurró acercándose a los chicos. El rubio asintió.

Ellos dos se sentaron frente a Rose y Albus en la mesa de Gryffindor, acercando sus cabezas. Los primos estaban muy intrigados, por eso no tocaron aún su comida; primero querían saber qué había pasado.

Después de contarles que habían visto a la profesora Crowe saliendo por una puerta a escondidas mientras se guardaba un collar, sacaron la nota que recogieron del suelo, la que seguramente se le había caído a ella. Rose la leyó y frunció el ceño; Albus hizo lo propio.

—¿Y habéis averiguado qué significa? —inquirió la chica.

Ambos chicos negaron con la cabeza. Se quedaron en silencio unos minutos, escuchando a Rose repetir Tessire entre el barullo de la sala. Pero en aquel momento no llegaron a ninguna conclusión. Pese a eso, pese a tener que dejar una incógnita en el aire, la chica estaba radiante. Ella que siempre buscaba la respuesta a todo en el momento, costara lo que costara. Pero esta vez no.

—Entonces, ¿el grupo ha vuelto a ser el de antes? —preguntó ilusionada tras haber visto la complicidad de sus amigos. Albus rio.

Scorpius y Alan se miraron, sonrieron y volvieron los ojos hacia Rose, quien hacía tiempo que no mostraba tantos dientes. El rubio fue quien le sonrió y asintió, claramente feliz por ver de nuevo a la chica tan emocionada.

Alan sólo sonrió de lado; aquel intercambio de sonrisas le provocó una pequeña molestia en el pecho. Respiró profundamente y empezó a comer.


Aquella noche lo había pasado muy mal, entre pesadillas, como el resto de la semana. La molestia en el pecho se había instalado ahí, así que la sentía cada mañana al despertar y cada noche al relajarse. Y como había hecho durante esa primera semana del año, lo escribió en su diario.

Es sábado, han pasado 4 días y sigue el dolor: necesito resolver esto ya. Sé que ahora estoy siendo egoísta, pero si dejo de mirar por mí mismo y se lo digo a Scorpius y a ella… me dolerá más. Lo sé. Porque la habré perdido. No sé si podré lidiar con ello.

Pero debo. Rose se merece lo mejor y si tiene que ser con él, que así sea.

Tras aquella reflexión sintió alivio. Eso es bueno, pensó el chico con abatimiento.

—Alan, es muy temprano, ¿qué haces?

El chico se sobresaltó y se giró de golpe para mirar hacia la cama de Albus, quien se restregaba el puño por los ojos. Sonrió y disimuladamente guardó el diario en su escondite mientras Albus se levantaba y se acercaba a él, sentándose en la cama.

—Me alegra mucho que hayas hablado con Scor. Realmente le hacía falta.

Ambos chicos sonrieron, coincidiendo en que el rubio estaba bastante perdido sin él. Albus se quedó pensativo, decidiéndose a contarle algo más a su amigo; le daba vueltas a la pulsera que ya no se quitaba en ningún momento.

—¿Sabes una cosa? —Alzó la vista hasta su amigo—. Hace poco tuve una discusión con mi padre, una bastante gorda.

Alan achicó los ojos, intrigado y preocupado por lo que acababa de escuchar. Era extraño pensar que Albus se pudiera haber enfrentado a su padre, aquel a quien idolatraba.

—Unos días después de llegar a mi casa, le pregunté sobre aquello que había comentado Scorpius acerca de los magos que robaban cadáveres. —Hizo una pausa, en la que se puso muy serio. —Me mintió. —Alan le puso una mano en el hombro, sabiendo que aquello era un duro golpe para el chico. Tragó duro antes de continuar. —Prohibió hablar de trabajo durante las cenas familiares. Hasta que, curiosamente, el día que me puse esta pulsera —la señaló para que Alan viera que era la que le regaló—, le solté lo que llevaba tiempo queriendo decirle.

El chico sonrió y miró a su amigo. Alan le devolvió el gesto, sabiendo a qué venía la historia.

—Muchas gracias por la ayuda —le dijo sinceramente.

—No hay de qué. Pero ten presente que esto sólo te dio seguridad; el paso lo diste tú.


Para la hora de comer ya estaba todo el mundo despierto, sentados a lo largo de las mesas. En la de Gryffindor, cuatro amigos conversaban sobre los TIMOs, sobre las Navidades, sobre el mundo mágico.

—En verano estoy pensando en invitaros a mi casa —soltó Logan a todo correr en un momento de silencio.

El chico había notado algo raro a Scorpius a la vuelta de las vacaciones y eso no le había gustado mucho. Lo veía riendo más a menudo con Alan y también con la Weasley mandona. Sentía que lo estaba perdiendo y eso no podía permitirlo.

Los chicos alzaron los hombros, pero sin darle una respuesta concreta. Pero no pudo rebatir nada más, porque ya habían cambiado de tema.

—¿Y Al? No lo he visto esta mañana. ¿No le habrás dicho que empiece a prepararse los TIMOs, verdad? —se le ocurrió al rubio y miró escandalizado a Rose.

—Claro que no —le contestó ésta riéndose.

Él la acompañó y los otros dos se sintieron fuera de lugar.

En ese momento, el susodicho apareció por la gran puerta, llegó hasta sus amigos, se sentó en silencio y empezó a comer bajo varias miradas.

—¿De dónde vienes? —quiso saber Scorpius.

Albus sintió un escalofrío nada agradable y se puso colorado. No podía ser otro el que le preguntara; no podría responder aún, no cuando todavía sentía el cosquilleo en los labios.

—Nada —quiso sonar normal. Los otros aguantaron la risa, por lo que se puso más colorado.

—Te ha preguntado que de dónde vienes, no qué has hecho —le explicó Logan.

Y le precedió el silencio, un largo e incómodo silencio. Tres de ellos aguantaban la risa mientras lo miraban extrañados y el otro miraba de reojo la puerta de entrada, a la espera de ver llegar a alguien más. Albus miró entonces a Alan, pidiéndole ayuda; los demás lo imitaron, encontrándose con que el chico miraba hacia la puerta. Scorpius miró también hacia allí, justo cuando Helen hacía acto de presencia.

—Mi hermana —susurró volviendo la mirada hacia la mesa. Dos personas contuvieron la respiración. El rubio los miró. —Tengo que hablar con ella. Ha estado un poco distante conmigo desde que no se despidió de mí en Navidad.

Soltaron el aire que habían estado conteniendo y miraron a su alrededor para que no se les notase la tensión que acababan de pasar. Escucharon una risa mal disimulada a un par de personas de distancia: Lily. La chica recibió una mirada fulminante por parte de su hermano.

Al terminar, mientras todos los alumnos volvían a las salas comunes, Scorpius esperaba fuera del Gran Comedor a que saliera su hermana. Avisó a sus amigos para que no lo esperaran, que luego subiría, pero aun así lo observaban desde lo alto de las escaleras. No fue hasta que se encontró con su hermana que los chicos se marcharon.

Caminaron para alejarse un poco del jaleo y entonces se plantó frente a ella.

—¿He hecho algo mal? —fue directo al grano.

—¿Por qué me preguntas eso? —La chica parecía extrañada porque le hubiera hecho esa pregunta, cuando había otras más comprometedoras.

—Te fuiste a casa sin despedirte. Pero no lo entiendo, últimamente estabas más feliz. —Se quedó pensativo. —Tal vez por eso me confié y no te presté tanta atención.

—Scorpius, para. —Achicó los ojos, extrañada por dónde iban sus pensamientos. —¿En serio no lo sabes?

El chico frunció el ceño, confuso. ¿Qué debería saber? Lily no le había dicho nada, pero rápidamente le vino a la mente aquello que le dijo Logan. Lily puede saber muchas cosas de tu hermana, pero sólo lo que hace delante de ella. Su corazón empezó a latir con fuerza y empezó a perder los nervios ante el silencio de su hermana.

—¿Qué… qué tengo que saber? —tartamudeó un poco al preguntarle al fin.

Helen se puso colorada al comprobar que realmente su hermano no tenía ni idea de lo que había pasado ese último día antes de las vacaciones. Por lo que tampoco sabía lo que había tenido que pasar en casa. Agachó la cabeza, conteniendo las lágrimas al recordar las consecuencias de sus actos. Al verlo, Scorpius la sostuvo por los hombros y se inclinó para estar a la altura de su hermana.

—Me estás asustando. En serio, dímelo de una vez.

Ella negó con la cabeza, dejando escapar un par de lágrimas. El chico la acercó a su pecho y la abrazó, sintiendo tras unos segundos los brazos de Helen rodearle el cuerpo. Entonces escuchó cómo susurraba:

—Astoria se chivó al abuelo sobre algo que… que no le gustó que yo hiciera. Un día aparecieron los abuelos por casa, el abuelo me chilló y después… —hizo una pausa para tragar y sorber por la nariz— me pegó.

Scorpius abrió los ojos escandalizado, la separó de él para mirarla y la zarandeó un poco.

—¡¿Por qué he tenido que venir a propósito a buscarte para saber esto?! —alzó sin querer la voz, a lo que su hermana se separó de él.

—¡Porque si no hubieras sido tan egoísta, habrías visto que aún te necesitaba en casa! —le echó en cara la chica, sin achantarse por la acusación de su hermano.

Se enfrentaron con la mirada, ambos con la respiración agitada y rechinando los dientes. El eco de sus palabras resonaba todavía en el castillo y en sus cabezas. Ambos sabían que el otro llevaba razón, pero el orgullo les podía.

Escucharon unos pasos apresurados ir hacia ellos, pero cuando el profesor llegó a donde había escuchado voces, ya no había nadie allí.


Seguían acomodados en los sofás de la sala común, frente al fuego y en silencio. Rose le hacía una trenza a Lily, ésta última sentada en el suelo y con Dee, su gato, sobre su regazo. Alan leía un libro, levantando la mirada de vez en cuando para mirar a Rose y también a Albus. Éste último tenía un tic en la pierna, claramente nervioso por no saber lo que le diría Helen a su amigo. Y estaba tardando mucho.

Irrumpió de golpe en la sala, deteniéndose sólo cuando llegó a un sillón vacío, el más próximo a Albus, avisó éste. Echaba humo por los poros y sus ojos miraban enfurecidos al horizonte, al infinito. Sus amigos pararon de hacer lo que estaban haciendo, incluso contuvieron la respiración, para pasar desapercibidos y no ser la primera persona en la que fijara sus ojos. Pero los segundos pasaban y el rubio no reaccionaba, seguía soltando fuertemente el aire por la nariz. Por ello, Albus llegó a la conclusión de que su amigo no tenía constancia de la relación entre él y su hermana, porque habría ido directamente hacia él, así que se levantó y empezó a caminar hacia las habitaciones, haciendo el menor movimiento posible.

—Le he fallado —susurró tras una inspiración lenta. Soltó el aire mientras se llevaba las manos a la cabeza.

Aquello detuvo en seco al moreno, quien se acercó al chico con cautela. Estaba claro que se refería a Helen, pero le inquietó el tono que usó.

—¿Qué te pasa? —Alan rompió aquel silencio que el rubio acababa de dejar.

—Que he sido egoísta, eso pasa. —Miró a su amigo, en busca de ayuda, suplicante. —Creí que porque está en Slytherin ya estaría más segura, porque cumplía las expectativas de mi abuelo. Pero para él seguimos siendo unos bastardos.

—¿Qué ha hecho? —inquirió Alan.

Scorpius miró un momento a su alrededor antes de agachar la cabeza, avergonzado. Ese tipo de cosas sólo se las contaba a Alan; no quería darles más motivos a sus amigos para seguir odiando el apellido Malfoy.

—Eso es lo de menos —dijo no muy convencido—. El problema es que Helen no me cuenta nada. Y mi padre tampoco.

Se quedó pensativo, como si se le hubiera ocurrido algo para solucionar aquel problema. Alan alzó una ceja, interrogado por lo que estaba pasando por la cabeza de su amigo, pero no pudo preguntarle puesto que se había levantado y caminaba hacia las habitaciones. Lo siguió tras echarle una mirada a Albus, quien estaba preocupado pero bastante aliviado.

Cuando entró, Scorpius rebuscaba por su escritorio, desordenándolo. Después fue a su baúl y cuando encontró un trozo de pergamino y una pluma volvió a su escritorio para sentarse y ponerse a escribir. Alan lo observó unos momentos de brazos cruzados.

—Scorpius, ¿vas a decirme de una vez qué pasa? Sé que ha sido algo gordo y que tiene que ver con tu abuelo, pero no soy adi…

—Le pegó, Alan —lo interrumpió el chico girándose para mirarlo—, le pegó.

El rubio lo miraba con intensidad, dándole más peso a sus palabras. Todavía no se creía que hubiera sido capaz de ponerle una mano encima y, conforme le daba más vueltas, tampoco se imaginaba a su padre mirando como si no pasara nada. Por eso pensó en preguntarle a él, porque sí habría hecho algo, así que mejor que su padre para contarle toda la historia no había nadie. Bueno sí, su hermana, pero en estos momentos no tenía valor para enfrentarse a ella; se había portado fatal con ella y le debía una disculpa que aún no era capaz de expresar. La rabia no le dejaba pensar.

—Quiero saber qué pasó exactamente. Y también quiero saber qué es lo que hizo Helen para enfadar a mi abuelo. —Miraba a Alan, pero sin verlo; se había vuelto a perder en sus pensamientos. El chico hizo un gesto que lo devolvió a la realidad. —Por eso le escribo una carta —concluyó mientas volvía a inclinarse sobre la mesa.


La siguiente semana pasó bastante tranquila, a diferencia del fin de semana. El martes salió el sol y las temperaturas subieron, manteniéndose así durante un par de semanas, a pesar de ser enero. Las clases se desarrollaban normalmente, hasta que tenían Transformaciones, porque los chicos no podían evitar recordar aquella noche en que la profesora salió por una puerta sigilosamente.

Y mientras a uno le preocupaba la llegada de una carta, a otro un triángulo amoroso, otro echaba de menos a su novia, otras no ser correspondidas, y mil problemas más, había dos Potter que vivían los momentos más felices de sus vidas. James cogía de la cintura a Sally mientras paseaban por los terrenos del castillo, alejados de sus amigos y de todas las miradas. Disfrutaban del sol, de los besos, de las caricias y de las bromas, sobre todo de eso, porque así fue como se besaron por primera vez. Pero no es que aprovecharan el estar solos para eso, puesto que no se cortaban a la hora de mostrar su afecto por los pasillos del castillo, sino que querían sentirse solos en el mundo, capaces de borrar el pasado, los prejuicios y las guerras.

Algo así experimentaba una pareja un poco más escondida, en los invernaderos para ser más exactos. Ellos sí que aprovechaban la soledad para estar juntos, porque no podía ser de otra manera, todavía no. Aunque parecía que aquel deseo estaba cerca de cumplirse, o puede que no fuera tan deseo al fin y al cabo.

—Helen —empezó el chico.

Tenía la cabeza de la chica sobre su regazo y le acariciaba el pelo y la cara. Ella giró su cabeza para poder mirarlo a los ojos, a la espera de que continuara.

—¿Crees que tu padre se lo dirá? —preguntó tras dudar un momento.

—Claro. Mi hermano es la forma más directa de espiarme que tiene mi padre y claramente ahora mismo es lo que quiere —le aseguró la chica.

—Pero… ¿qué pasó? —continuó tras un corto silencio—. Sé que no sólo vieron mi nombre en tu sombrero. A Scorpius le contaste algo que le enfadó muchísimo, así que no me lo has contado todo.

Helen se incorporó, quedando de espaldas a Albus. Éste se sentó y se puso nervioso ante el silencio de la chica. La estoy presionando, pensaba asustado el chico, pues todo esto para él era nuevo y no sabía si era muy pronto para pedirle explicaciones de ese tipo.

—Al, lo siento mucho, pero no estoy lista para hablar sobre esto.

Helen se levantó, recogió su mochila y se fue hacia el castillo, sin mirar a Albus. El chico se quedó ahí parado, notando un nudo en el estómago, mientras la veía marchar.


Salían de la última clase de ese viernes e iban de camino a la sala común para por fin descansar. Tan sólo eran dos aquel día: Rose y Albus. Alan aún no se les había unido, seguramente iría directamente a la torre de Gryffindor; a Scorpius no lo habían visto, puesto que cuando se despertaron él ya no estaba en su cama; y Logan no quería saber nada de ellos cuando el rubio no los acompañaba.

Albus los guío por un pasadizo secreto para llegar antes y salieron en alguna parte del 5º piso. Justo al girar la cabeza hacia un lado del pasillo, vieron la espalda de dos personas que parecían espiar a alguien que había al doblar la esquina. Se acercaron en silencio, con la intención de adelantarlos, cuando se dieron cuenta de que eran sus hermanos. Rose le tocó el hombro a su hermano, lo que provocó que saltara del susto.

—Rose, ¿estás loca? ¿Pretendes que me dé un infarto? —exclamó en susurros con una mano en el pecho.

—¿Qué hacéis? —preguntó Albus imitando el tono de voz de su primo.

Lily se inclinó hacia la pared de nuevo mientras señalaba algo que había en el otro pasillo. Los chicos imitaron a sus hermanos y se asomaron, para descubrir que se trataba del profesor Brian y la profesora Crowe. El tono de voz indicaba que estaban alterados.

—No vuelvas a llamarme ladrona —Maylen lo fulminaba con la mirada—. Esto es un regalo.

Ella puso una mano en su pecho y dio un paso hacia atrás. Brian abrió los ojos y la boca, como comprendiendo algo que no le gustaba.

—Eres tú.

Esas dos palabras hicieron que Maylen tuviera que tragar duro y su respiración se acelerase. Como si hubiese sido descubierta.

—¿Qué demonios haces aquí? Creí que estarías lejos de aquí, intentando olvidar lo que hiciste —soltó con tanto desprecio que a los chicos se le pusieron los pelos de punta.

—¿Eres capaz de dormir por las noches sabiendo que te estás mintiendo a ti mismo y a tu propio hermano? —preguntó retóricamente mientras acercaba su cara a la de Brian.

—Lo mismo te pregunto. —Le mantuvo la mirada, desafiante. Luego la bajó al collar que llevaba Maylen y volvió a mirarla a ella. —Me lo devolverías si realmente hubieras querido a mi hermano. Pero los monstruos no sabéis lo que es eso.

Ella apretó los labios y se marchó corriendo hacia las escaleras que cambian. A la vez, los chicos se dirigieron hacia el pasadizo secreto, ocultándose ante la posibilidad de que Brian se dirigiera hacia ellos. Estaban callados como nunca, respirando lo menos posible y esperando oír pasos hacia ellos.

Llegaron a la sala común, tras haber caminado todo el rato mirando hacia atrás. Todavía no habían dicho nada, más que nada porque aún estaban procesando lo que habían visto y oído.

—¿Qué os pasa? ¿Por qué habéis llegado tan tarde? —los sacó Alan de sus pensamientos.

Ante esa última pregunta, Albus pegó un salto y salió corriendo de vuelta al pasillo del 7º piso. El moreno frunció el ceño y miró ahora a Rose que se sentaba a su lado. La chica pestañeó deprisa un par de veces antes de mirar a su amigo.

—Ha sido muy extraño. El profesor Brian y la profesora Crowe discutían, al parecer por un collar que ella llevaba. —Lo miró significativamente, señalando que podría ser el collar que vieron cómo robaba. Alan la miró sorprendido. —También he entendido que ella y el hermano de Brian se querían, pero no sé qué más pasó.

Hugo y Lily asintieron a las palabras de Rose.

Aquel tema empezaba a ser demasiado extraño: un collar, Crowe, un robo, una nota a la que no encontraban sentido, el hermano de Brian… Parecía que ambos hubieran compartido un pasado movido, sobre todo por el tono que usaron al discutir; había más que rencor en aquellas palabras. A los chicos les intrigaba cada vez más, así que deberían empezar a centrarse más en buscarle un sentido a aquella nota antes de actuar, porque lo que tenían claro es que la profesora Crowe no era lo que parecía.

Hacían tiempo para bajar a cenar cuando alguien irrumpió como un poseso en la sala común, sin importarle cuánta gente había allí y ni si le miraban como si estuviera loco. Buscó con la mirada a alguien, hasta que se centró en el grupo de cuatro personas que había cerca de la chimenea y corrió hacia ellos.

—¡¿Dónde está?! —preguntó con un tono más bajo de lo que esperaban.

Miraba alternativamente a Alan y a Lily, aunque ésta última no tenía ni idea de por qué. Scorpius se dio cuenta de la mirada interrogante de la chica y por eso se centró en su amigo, aunque ahora mismo lo estuviera odiando como nunca. Porque sabía a quién buscaba y por qué, y no parecía dispuesto a decírselo. Por eso apretó los labios y acercó su cara a la del moreno.

—Alan —le ordenó con la sola pronunciación de su nombre.

El chico ni se inmutó; el rubio no estaba siendo razonable, por lo que esperaría a que se tranquilizase para poder hablar con él. Pero la cosa aún estaba por complicarse. Porque Alan de reojo vio a alguien entrar en la sala, alguien sonriente y ajeno al problema que se le venía encima, y antes de que nadie dijera nada, miró a Albus y le chilló:

—¡Corre!

El Potter abrió los ojos asustado y salió pitando fuera de la sala, sin darle tiempo a Scorpius a reaccionar. Pero cuando se puso a correr tras el chico, Alan lo detuvo poniéndose delante de la puerta, forcejeando con su amigo para evitar que fuera tras su otro amigo.

—¿Qué está pasando? —preguntó escandalizada Rose acercándose a los chicos.

—No estás siendo razonable, Scorpius. Para a pensar un poco las cosas —intentaba disuadirlo el moreno.

—¿Que piense? ¡Claro, la forma de matarlo! —Se impulsó de nuevo hacia la puerta, chocando con Alan.

—¿Por qué quiere matar a mi hermano? —Lily miraba a Alan, porque sabía que el rubio no le contestaría.

De pronto Scorpius se quedó paralizado, con los brazos en alto y una expresión de rabia. El resto se quedó sorprendido, sin saber qué había pasado.

—Porque está saliendo con Helen —contestó Hugo.

Lo miraron extrañados y entonces vieron que tenía la varita en una mano, apuntando a Scorpius.


Se encontraban en el cuarto de los chicos de 5º, callados desde hacía un rato, esperando a que Scorpius dijera algo. Para Hugo había sido obvio llegar a esa conclusión, porque tampoco estaba ciego y había visto alguna vez una interacción entre su primo y Helen, una conversación corta y en voz baja. Pero dos personas que apenas se ven no tienen el tipo de miradas y roces que tenían ellos dos.

—Me has engañado —soltó por fin. No dijo a quién iba dirigido pero todos lo sabían.

—No es justo que le digas eso —le contestó Rose, defendiéndolo.

—Rose, por favor, no te metas —dijo Scorpius metiendo la cabeza entre las manos.

—No, claro que me voy a meter —añadió tras unos segundos poniéndose firme—. Aquí el que nos ha engañado eres tú.

Hugo y Lily la miraban atentos, Scorpius miraba sus pies y Alan miraba a su amigo, pero inmerso en sus pensamientos. Rose se había cruzado de brazos.

—Se supone que eres nuestro amigo, pero hasta ahora no lo has demostrado; al contrario. En cuanto Alan se fue, te buscaste otro mejor amigo como si nada, de un día para otro. Yo llevo soportando tus insultos casi un año, porque soy tu amiga y entendía que podías echar de menos a Alan, que necesitabas desahogarte. —Su voz empezó a quebrarse, lo que hizo que el rubio levantara la cabeza para mirarla, al igual que el moreno. Vieron cómo se humedecían sus ojos. —¿Y ahora quieres matar a Al porque está saliendo con tu hermana? ¿En serio? —Una lágrima se deslizó por su mejilla. —¿Qué hay mejor que uno de tus mejores amigos sea quien cuide de Helen? ¿No crees que él pueda ser más consciente de lo importante que es para ti y que por ello se esfuerce más por hacerla feliz? —Se calló un momento para tragar, secarse las lágrimas y dar unos pasos hacia la puerta. —Yo creo que deberías valorar más a los que tienes cerca porque somos los que queremos lo mejor para ti.

Salió de la habitación, y poco después seguida por Hugo y Lily. Alan se sentó en una silla, sin poder sostener el peso de sus pensamientos, mientras Scorpius suspiraba abatido. El chico se puso en pie, pateó el primer baúl que tuvo delante y se quedó de espaldas a su amigo para que no pudiera verle la cara.

—¡¿Por qué me tiene que salir todo mal?!

Alan pensó fugazmente en aquella pulsera que le regaló a su amigo en tercero, pero que nunca se puso. No sabía si era el momento o no, si conseguiría el efecto contrario o si simplemente no lo escucharía, pero estaba decidido; si no era ahora, no se creía capaz de decírselo nunca.

Se puso de pie y se acercó a la puerta, dispuesto a salir nada más decirle a su amigo aquello que quería oír desde hacía mucho tiempo. Prefería no quedarse a ver su reacción porque no sería capaz de fingir alegría.

—Te equivocas; no todo te sale mal. —Hizo una pausa en la que dejó que Scorpius lo mirara de reojo. —Rose siente lo mismo por ti.


Era sábado por la mañana y los humos parecían haberse calmado. Rose y Alan paseaban por el castillo, pensativos, sin cruzar palabra. La chica seguía afectada por la escena de ayer y porque tenía la sensación de que nada se había arreglado, ya que Scorpius no bajó a cenar y todavía no lo había visto esa mañana. Alan sabía que su amigo estaba recapacitando sobre lo que le dijo antes de ir a cenar, pero temía lo que vendría ahora. Sus relaciones cambiarían, pero no sabía en qué dirección irían.

—Sobre lo que me dijiste ayer del profesor Brian y Crowe —empezó el chico para romper el silencio y salir del torbellino de pensamientos en el que se había metido—, creo que deberíamos investigar lo que quiere decir la nota.

Rose alzó los hombros y asintió, pero sin ninguna ilusión.

—Yo creo que las cosas pasan por un motivo, siempre —continuó el chico—. Esa nota debía caer en nuestras manos, por algún motivo debemos ser nosotros quienes averigüemos qué pasa. Además, no creo que sea una coincidencia que vierais a los profesores discutir.

—Alan, ¿y cómo estás seguro de que "todo pasa por un motivo"? —Rose se detuvo en seco, claramente enfadada—. Porque hay cosas que no llevan a ningún sitio, que lo único para lo que sirven es para hacerte sufrir. —Se habían parado en mitad de un pasillo y se miraban seriamente. Tras una pausa, continuó: —Porque dime, ¿de qué sirve enamorarse de alguien con quien no es tu destino acabar? ¿El destino quiere que sufras o qué? ¿No es más sencillo que sólo nos enamorásemos de quien esté destinado a amarnos?

Tras mirarse unos segundos más, Rose bajó la mirada y continuó caminando, seguida por el chico. Al alcanzarla la sujetó por el brazo para que lo mirase.

—Los errores nos llevan sin proponérnoslo a nuestro destino. Así que no lo tienes que buscar; llegará a ti.

Tragó con fuerza, nervioso por la cercanía de la chica y por cómo lo estaba mirando. Sentía un cosquilleo en el estómago, un rayo de esperanza, una ilusión que renacía. ¿Podría ser que Rose se hubiera dado por vencida y fuera capaz de sentir algo por él? No había pensado en eso, en que ya fuera demasiado tarde para Scorpius. Los últimos meses no se habían despegado, llegando a compartir muchas más cosas que antes, llegando a conocerse más de lo que el chico esperaba. Seguía mirándolo, pero ahora que se fijaba más se daba cuenta de que sus ojos no estaban clavados en él, parecían mirar a la nada; estaba perdida en sus pensamientos. Cuando Alan se dio cuenta de eso, agachó la cabeza y fue como si un peso cayera sobre su estómago. Piensa en él.

—Buenas, chicos.

Ambos se giraron de pronto para mirar al chico que se había parado detrás de ellos, sin que se percataran de su presencia. Scorpius iba con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y por la posición de sus hombros parecía alicaído. O más bien nervioso.

—¿Qué hacéis aquí? —siguió tras el silencio de sus amigos.

—Emm… pues, intentar descifrar la nota —respondió Rose apresurada, intentando no mirar a los ojos al rubio. Le ofreció la nota.

Se pusieron a caminar de nuevo, sin ninguna dirección en concreto. Ninguno sabía a dónde ir porque tampoco tenían la mente puesta en eso; la incomodidad y el nerviosismo bloqueaban cualquier otro pensamiento. Hasta que Scorpius sugirió algo:

—Podríamos buscarlo en algún libro.

Y allí estaban, en una mesa de la biblioteca, con varios libros sobre ésta abiertos por diferentes páginas. En un principio habían pensado que sería un hechizo, y tras buscar y buscar lo descartaron, a falta de mirar en libros de magia negra. Luego sería alguien famoso, un escritor, un político… Pero no encontraban nada. Probaron con analizar la palabra sílaba por sílaba, intercambiando las letras, cambiándolas por números y un largo etcétera. Hasta que decidieron continuar por la tarde, pues ya era la hora de comer. Así que recogieron todo y se marcharon con un par de libros en las mochilas.

Al llegar al Gran Comedor, Scorpius frenó un poco el paso, yendo tras los otros dos. Sabía que tarde o temprano tendría que verse con Albus, pero aún no estaba preparado, pues no sabía cómo actuar. Seguía molesto, pero ya no sabía si por el hecho de que saliera con su hermana, porque se tuviera que enterar por su padre o porque lo mirara, como en ese momento, como si fuera a matarlo. Pero también se sentía avergonzado; Rose le había hecho ver la realidad.

Se sentó junto a la chica, evitando la cercanía del mediano de los Potter, y también su mirada. Intentó que la comida fuera lo más normal posible, pero era difícil. Tener a Rose a su lado también lo complicaba.

—¿Cómo crees que nos irá en el próximo partido? —rompió el silencio Rose, pero la pregunta estaba claro que iba sólo para una persona.

—Pues la verdad es que Sally da un poco de miedo —empezó Scorpius dejando de lado su plato y mirando a la chica—, pero nadie podrá con nosotros —acabó con una sonrisa, lo que hizo que ambos se sonrojaran.

De nuevo de camino a la biblioteca, Alan intentó convencer a Albus para que los acompañara, pero el chico seguía reacio a pasar mucho tiempo con Scorpius, puesto que aún no se habían dirigido la palabra. Así que siguió a sus amigos, unos pasos por detrás para no interrumpir aquella charla que ya duraba demasiado. Una vez allí, no pasó mucho tiempo antes de que Alan se excusara para ir al baño. Llevaba un rato viendo cómo la conversación se volvía cada vez más animada y privada, cómo su mejor amigo y su enamorada estaban cada vez más cerca, cómo se rozaban las manos y mantenían el contacto. Era inevitable y si estaba tardando en pasar era porque él seguía allí, así que no quiso estorbar más y se marchó.

Ni siquiera se giró para verlos antes de salir, porque no quería ver si ya se habían besado. Cerró muy fuerte los ojos y tragó amargamente para contener las lágrimas. Quiso empezar a correr, pero alguien lo detuvo al sostenerlo por el brazo. Se giró y bajó la cabeza para mirar a la chica que estaba plantada tras él.

—Ven a la lechucería; suelo ir cuando quiero dejar la mente en blanco —le dijo Lily.

Al ver que él no contestaba, le dio un apretón en el hombro y se marchó dándole la espalda. Alan se había quedado estupefacto. ¿Podría ser que se hubiera dado cuenta de lo que sentía por su prima? Era muy posible, recapacitó el chico, porque Hugo lo adivinó hacía tiempo, así que podía habérselo contado.

Siguió el camino por dónde se había ido Lily, pero no tenía intención de ir a la lechucería. La verdad que le daba igual, con tal de huir de allí y alejarse de aquello que él había ayudado a que pasara. No era el fin del mundo, ¿no? Pero sí de mi mundo, pensó abatido.


—Yo creo que serías muy buena aurora —le decía el chico con una sonrisa.

—Sí, bueno, con mis notas lo tendría fácil —le contestó ruborizada—. Pero tampoco quiero descartar el quidditch.

—También es una buena opción.

Los tres seguían buscando información acerca de Tessire, pero a ellos dos parecía importarles menos. Con la excusa de coger otro libro, Scorpius aprovechaba para elegir alguno que Rose tenía delante para que tropezaran sus manos, a lo que seguía un par de risas tontas. Eso también los ponía más nerviosos, porque no paraban de entrar en contacto y de sentir una corriente ir de una punta a la otra de sus cuerpos. Cada vez se miraban más, con más sonrisas, con más confianza.

De un momento a otro, Alan se levantó diciendo que iba al baño y desapareció. Y justo tras ver cómo el chico giraba la esquina de la biblioteca, Rose y Scorpius se miraron, durante mucho tiempo.

Era como si allí no hubiera nadie más, como si no escucharan cómo los alumnos pasaban las hojas de los libros, como si no supieran que no estaban solos. La corriente aumentó, al igual que las respiraciones y los latidos. Los libros quedaron totalmente olvidados bajo sus manos, las cuales se iban acercando, como atraídas por un imán. El tiempo pasaba muy, muy despacio y parecía que estaban separados por una gran distancia. Hasta que se tocaron, sólo la punta de los dedos, y eso causó que Rose contuviera la respiración y mirara por un momento hacia la mesa. No podía creerse lo que iba a pasar, lo sabía y estaba alucinando. No podía ser que le gustara a Scorpius, era imposible, no había razones para que aquello estuviera pasando. Pero estaba pasando.

Scorpius ahora estaba muy serio y no era capaz de dejar de mirar los labios de la chica, tan carnosos y apetecibles. No le prestaba atención a las manos, para él era más importante esa imperante necesidad de tocar esos labios, de acariciarlos, de besarlos. Así que no esperó más tiempo, aunque en realidad hubieran pasado unos pocos segundos, y se aproximó a Rose.

Con los ojos cerrados sólo sentían los labios del otro, calientes y necesitados. El cosquilleo en el estómago se dispersaba hacia el resto de sus cuerpos, acelerando más sus respiraciones y aumentando la necesidad de tocar al otro. Para Rose era como estar flotando, no podía pensar con claridad y sentía que las mejillas las tenía encendidas. Scorpius notó ese calor que emanaba la chica por su cara, que casi le quemó, y detuvo el beso. No porque le desagradara, sino porque había vuelto a la tierra y de pronto supo dónde estaban. Cualquiera podía haberlos visto, hasta Pince la bibliotecaria. Por suerte no les había llamado la atención.

Fijó de nuevo la mirada en una Rose muy colorada, quien aún intentaba controlar su respiración desviando la mirada al pecho del chico. Scorpius le apretó con fuerza una mano para llamar su atención y cuando la tuvo le sonrió, como hacía tiempo no sonreía. Ella se mordió el labio, tremendamente feliz porque por fin había pasado, por fin estaba en el corazón de Scorpius, y porque esa sonrisa tan radiante era para ella. Sólo para ella.