Este capítulo se escribió mientras escuchaba Stardust de Ben Webster. Si pueden escucharlo, sería genial.
Tercera parte
Aprenderás que no importa en cuántos pedazos se partió tu corazón, el mundo no se detendrá para que lo arregles.
La noche de la graduación, pasillo del Teatro Circular, Hillwood
—¡Helga! —Exclamó Phoebe sorprendida mientras se llevaba las manos a la boca.
Helga dio un respingo.
—H-hey, Phoebs… Phoebe. —Arrugó el ceño—. Cabeza de cepillo.
Gerald rodó los ojos. Hey. Puso las manos en sus bolsillos.
—No sabía que ibas a venir, no me dijiste nada.
—No sabía que iba a venir, tampoco. —Se encogió de hombros, pero su expresión denotaba nerviosismo. Se le veía un poco incómoda, incluso—. Fue una decisión de último momento.
Gerald arrugó el ceño.
—Oh, ya veo… —Phoebe sonrió complacida—. ¿Eso quiere decir que nos acompañarás?
—No toda la no… —Se interrumpió cuando vio la cara que puso Gerald y sonrió satisfecha, casi socarrona—. Toda la noche.
—¿Qué?
—¡Eso es maravilloso, Helga!
Gerald soltó un bufido exasperado.
—¿No tienes una cita a quien torturar o algo así?
Helga parpadeó; Phoebe lo miró mal.
—He venido sola, Geraldo, como podrás apreciar. —Movió las manos y señaló a su alrededor—. Seguro tienes una opinión al respecto, pero puedes guardártela.
Phoebe se aclaró la garganta.
—Es una fiesta, Gerald. No es necesario que nadie venga con pareja, es solo para los graduados.
—Claro. —Respondió de mala gana y se apartó hacia una de las columnas.
Phoebe suspiró, pero decidió no comentar sobre lo mal que Helga y Gerald se llevaban cada vez que estaban en un mismo lugar. En vez de eso, dirigió su atención a su mejor amiga, pues todavía sentía mucha curiosidad por su repentino interés en el evento.
—Solo quería venir. —Le dijo Helga de pronto, en susurro—. Me dieron ganas. —Tenía las manos juntas—. Es en serio, Phoebe.
—¿No hay ninguna razón particular por la que te hayan dado ganas? —Se acomodó las gafas—. De la forma que haya sido, me alegra que hayas venido.
—Quizá. Podría ser. A veces pasa, ¿sabes? Ves un poco de lucha, comes pastrami, está el vestido que te compraron Olga y Miriam. A veces pasa, Phoebe. No digo que tenga que pasarme a mí, pero me… pasa, creo. —Todavía en voz baja, hablaba rápido y vacilante, como convenciéndose de lo que decía.
—¿Esto no tiene que ver…?
Helga miró sus manos, miró al cielo, miró a Gerald y miró a todos lados. Phoebe esperó, tranquila, sonriéndole. Entonces lo dijo, confesándose en un suspiro que duró toda una vida de amistad y de secretos.
—Creo que sí.
Helga creía que sí, pues solo podía creer. No tenía ninguna certeza de que la tontería y las tonterías que había hecho a lo largo de su corta vida serían suficientes para llegar a algo. Algo. Lo que sea. Que sea algo.
—Todo saldrá bien. —Mintió Phoebe para reconfortarla, porque en situaciones como esa, mentirle a los amigos del alma era la única forma de serle fiel a la confianza.
—Vomitaré.
—No lo harás. —Se rio.
—Lo haré y será humillante.
—Me aseguraré de que no lo hagas.
—¿Lo prometes?
—Por supuesto que sí, Helga.
Por supuesto que sí.
Helga sintió que se tragaba la luz de una farola. Caía pesada en la boca del estómago, pero irradiaba luz y la luz casi siempre era cálida. No se dio cuenta que los brazos ya no le pesaban hasta que intentó alzarlos. No se dio cuenta que el pecho no le oprimía hasta que tomó una bocanada de aire. No se dio cuenta que tenía que decirle a Phoebe que era la mejor amiga que nadie hubiese podido tener hasta que la escuchó responderle con toda la seguridad del mundo. Phoebe confiaba en ella.
—¿Vas a bailar con Geraldo?
—Posiblemente.
—Tiene dos pies izquierdos.
—Sabes que no es verdad…
—Es un baile de salón. Ningún chico sabe sobre eso. —Alzó las cejas—. Cuida tus dedos, Phoebe.
—Lo haré, pero estoy segura que no les pasaría nada si hiciere lo contrario.
Helga se resignó como se había resignado Gerald. Firmaron un acuerdo tácito de no agresión cuando se dieron cuenta que ambos estaban observando a Phoebe.
—¿Vamos?
—No, me quedaré un rato aquí, no quiero encontrarme con Rhonda cuando todavía hay tan pocos lacayos a su alrededor. Podría tener la equivocada idea de querer ordenarme. —Chasqueó la lengua.
Phoebe soltó una risita y estiró su mano en la dirección en donde estaba Gerald.
—De acuerdo, Helga. Te veo adentro, entonces.
—Nos vemos, Phoebs.
Fue entre un nos vemos y el giro que hizo que su vestido se alzara en el aire. Se volteó apenas, con la esperanza que no sabía que tenía, frente al abismo. Era como morirse. Se sentía como todas esas veces en las que se le ocurrió pensar en lo que se acaba. Como una estocada en lo más profundo, como si se le desgarrara la carne, como si la sangre se le volviera sólida. Licuada. No era consciente del suelo, ni del aire, ni de la música. No era consciente de nada más que de la sensación vacía que se instaló en su estómago y que persistía en dejarla inmóvil. Cuando lo vio, fue como morirse un poco. Fue como morirse mucho. Cuando lo vio se acabó la esperanza, se acabó la ansiedad y la luz dentro de su alma. Cuando lo vio, en el arco más grande de Hillwood, sonriendo y todo lo que había querido, se acabó la primavera.
Se sintió absurda. Nos vemos, Phoebe. Se acabó la fiesta. Se acabaron las peleas. Nos vemos. Se acabaron las flores, las tarde cálidas y el sol que quemaba más allá de las seis de la tarde. Se acabó la noche, la Luna y la banca verde en la que había estado esperando. Se acabó todo. Se acabó ella misma.
Arnold y una chica.
Arnold y ella, pero no era ella.
Nunca sería ella.
Nos vemos.
Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno es realmente fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende… y así cada día.
Diez años después, salón del Teatro Circular, Hillwood
Fue diferente de lo que había imaginado. Entrar por primera vez, y luego de diez años, a su fiesta de graduación junto a Arnold. A los diecisiete años, Helga había imaginado que no sería capaz de darse cuenta de nada, su cerebro habría estado muy ocupado coordinando sus movimientos mientras intentaba que sus sentimientos no se desbordaran. No hubiese sido capaz de notar las decoraciones, ni los amigos, ni la música, ni las mesas en el fondo. Habría caminado sobre algodones, desde el marco de la entrada hasta el centro de la pista de baile y aún si no sentía la mano en su cintura, la calidez de la otra piel sobre la suya, con los brazos rozándose, hubiese bastado para quitarle la gravedad a la Tierra. La fiesta de graduación para la que se preparó cuando tenía diecisiete era la promesa de lo extraordinario. Era la promesa de que quizá, incluso ella, podía soñar con lo improbable.
Cuando ingresó al salón, en cambio, notó la incomodidad de sus zapatos, del vestido y que había olvidado su celular en la banca. Notó a las parejas que se mecían suavemente en el jazz y las luces bajas que se paseaban sin seguir el ritmo. Las conversaciones eran quedas, incluso las risas parecían hacer eco a la melodía y fueron pocos los que voltearon a verlos cuando ingresaron al salón.
Las miradas se detuvieron en su brazo, el que se enlazaba con el de Arnold. Fueron miradas breves, curiosas, sin ánimo de invadir y siempre distraídas. Helga se sintió expuesta; sin embargo, como si tuviera nueve años y acabara de gritarle al mundo que Arnold le gustaba. Detuvo el impulso de soltarse, le dio aplomo a sus pisadas y avanzó hasta el centro de la pista de baile.
Contó hasta diez, dándole tiempo a su mente. Uno, porque estaba ahí, después de diez años. Dos, no había pasado nada en diez años, todavía le gustaba el rosa. Tres, la fiesta a la que no fue se parecía mucho a tantas otras a las que había ido luego. Cuatro, Rhonda estaba bebiendo ponche y se reía en voz alta. Cinco, bailaría más cómoda si podía quitarse los zapatos. Seis, hacía calor a pesar de que solo estaban en primavera. Siete, le temblaban las piernas. Ocho, el jazz no se bailaba así. Nueve, todavía no estaba bailando. Diez, Arnold tomó su mano.
—¿Recuerdas el conejo en tu cabeza? —Preguntó Arnold, de pronto.
—Recuerdo que no tienes sentido del humor, —contestó por inercia.
—Fue una excusa.
—¿Qué?
Arnold subió las manos hasta sus hombros, eran cálidas y mucho más ásperas de lo que había creído. Fue tan repentino que le dio un escalofrío. Alzó la mirada, le estaba sonriendo. Tuvo que volver a contar, despacio, intentando que sus propias manos se quedaran quietas.
—No era un conejo, Helga.
—¿Era un lagarto?
Pero Helga no era tonta. Incluso ella, incluso, podía darse cuenta aunque no lo entendiera del todo. Estaba perdida, anclada en ese lugar, en ese momento, solo por la fuerza que sostenía sus hombros y le decía que todo había sido una mentira. Un conejo, Helga había visto un conejo, ¿verdad?
—Si te volteabas, si podía mirarte como te estoy mirando ahora… —Arnold se acercó, igual que en ese salón, igual que la tarde del cielo artificial, igual que las miles de diapositivas y que el castigo. No hubiese podido, si hubiese volteado lo habría perdido todo. Lo que decía Arnold no tenía sentido.
—Tú no me dejaste voltear, tenías las manos en… —sus dedos se movieron—, tenías las manos en mis hombros.
—Han pasado diez años y todavía me pregunto qué hubiese pasado si te hubiese besado.
Llegó, con retorcijón en el estómago y la piel escarapelada. Llegó en la sorpresa, la noche, el baile, la música y la gente dando vueltas a su alrededor. Había llegado, por fin, en un vórtice de sentimientos, tiempo, recuerdos y la vida que se había perdido por no haber volteado cuando la voz que le susurró al oído le decía mentiras para tocarla. Llegó finalmente el amor correspondido que su corazón de diecisiete años se había empeñado en erigir. ¿Qué hubiese pasado, Arnold? Contó hasta diez, lentamente, diez veces diez, diez por cada año que se pasó equivocándose y diez años que hubieran podido ser otra cosa si ella se hubiese volteado y si Arnold la hubiese invitado al baile.
—No lo sabía. —Le dijo en un susurro estrangulado. Arnold sabía sobre ella, pero ella no sabía sobre Arnold. Se había pasado la mitad de su vida observándolo, estudiándolo, aprendiéndose los que supuestamente sabía, pero se había perdido de lo más importante. No podía creerlo. No podía entender cómo no pudo haberlo notado si en esa época, notarlo, era lo único que podía.
No lo sabía.
Aprendes y aprendes, con cada adiós, aprendes.
Después del baile de graduación, Hillwood
No fue difícil decidirse por California. La media beca, el plan alimenticio y el depósito sorpresivamente barato de la habitación, habían hecho que decidir su futuro universitario no fuese tan complicado. Eso y que Phoebe también iba a Chicago.
Helga soñaba con viajar. Si hubiese podido, es decir, si Bob le hubiese dado el dinero que le hacía falta para irse a Europa, se hubiese subido al avión una hora después de recibir su diploma de graduada. Los sueños; sin embargo, no siempre se cumplían y quizá un viaje por carretera no sonaba tan glamoroso como un avión hacia un destino completamente nuevo, pero la idea de marcharse todavía era muy atractiva. Terminó de empaquetar hasta el último libro de poesía y, como no esperaba que fuese diferente, les avisó a Bob y a Miriam que iría sola a la estación de autobuses. Olga todavía no llegaba de Nebraska, así que nadie estaba obligándola a tener una despedida incómoda y emotiva.
Su bus salía a las siete de la mañana porque a esa hora las tarifas eran significativamente más baratas. Como la estación no estaba tan lejos, se levantó temprano y decidió caminar porque pasarían las siguientes treinta y dos horas de su vida en inactividad. Solo llevaba su mochila, lo demás lo había enviado por correo.
Era difícil extrañar Hillwood mientras caminaba por las calles. Sabía que llegaría un momento en el que tendría que mirar atrás y pensar en lo importante que había sido en su vida. Se llenaría de nostalgia, quizá buscaría fotografías, pero sería un recuerdo importante y sentía que estaba perdiéndolo. Era una ciudad como cualquier otra, edificios viejos por todas partes y autos estacionados en las esquinas. El rumor de la mañana se dividía entre niños hambrientos y gatos anónimos en los callejones. Todavía era muy difícil imaginar que a partir de ese momento y pasados diez o quince años, se detendría a poetizar toda la experiencia.
Se detuvo en los lugares importantes. En la escuela se despidió mentalmente de las clases de las ocho de la mañana. En el parque Tina le dijo adiós al espionaje clandestino. En el Bigals se acordó de Casablanca, pero todo era demasiado colorido para ponerse a pensar en algún verso. En el Chez Paris se detuvo cinco segundos y, despacio, le susurró un adiós a Cecile. Fue más fácil apurar la marcha y avanzar y fue tan rápido que casi olvida la casa de huéspedes.
Eran las seis con treinta minutos de la mañana cuando se detuvo en la acerca frente a la casa de Arnold. Había ruido, neblina y el asomo del sol de la mañana. Ningún auto donde esconderse y no le apetecía ponerse detrás de un bote de basura. La fiesta de graduación había sido apenas dos semanas atrás, pero se sentía como si hubiese pasado más tiempo. Se le ocurrió que podría hacer una broma como despedida, pero sus pies no se movieron y sus ojos de empeñaron en seguir mirando con insistencia. Fue mágico. La puerta se abrió y Arnold, invocado por la fuerza de sus pensamientos seguramente, emergió del marco. Exactamente como un truco de magia. Lo vio avanzar con un par de bolsas negras de la basura. Quería llamarlo, quería alzar la voz y molestarlo y hacerle saber que estaba ahí y que se estaba marchando.
Adiós, Arnold.
Arnold no la notó. Se detuvo un segundo, mirando al vacío, sacudió la cabeza y desapareció detrás de la puerta. Era magia. Helga se quedó un momento más, con los sentimientos en su mano y el corazón en la garganta. Por fin lo entendió.
No eran los edificios, ni el ruido, ni los autos, ni el sol que acariciaba la mañana. Era ese momento. En veinte años se detendría a recordar su infancia y ese momento, esa despedida silenciosa en la mañana y ese ver y no ver. Eso era lo que recordaría. Recordaría a Arnold y a Hilwood y los sentimientos que latían y se apagaban, recordaría que tuvo diecisiete años y el amor más grande de su existencia, recordaría que no pudo despedirse en voz alta, pero se despidió con el alma, recordaría que la vida pasa y que el amor dolía y era emocionante. Pasarían los años y recordaría el amor, la tristeza y siempre el amor y a Arnold.
Llegó a la estación sin darse cuenta del mundo a su alrededor. Subió, dejó que marcaran su boleto y buscó uno de los asientos del fondo, junto a la ventana. Dejó su mochila en el piso y miró la autopista que se abría camino a la ciudad del viento. El horizonte se le nubló cuando el autobús comenzó a avanzar, lento pero seguro, sintió que la tristeza se le caía a pedazos. Sintió que una vez que había comenzado, seguramente tardaría en parar y que no era así como quería pasar su viaje hacia lo desconocido. Apretó las manos sobre sus rodillas y dejó que pasara, dejó que avanzara y la poseyera, dejó ir el dolor, la ira y la incertidumbre.
Adiós, Arnold.
Banca verde junto al jardín del Teatro Circular, noche de la reunión de graduados, Hillwood
—Vine por ti. Pensé que estabas invitándome, pensé que querías que viniera contigo. —Helga apretó las manos. Habían dejado el salón y ahora estaban sentados, nuevamente, en la banca verde donde se encontraron.
—Yo también vine por ti.
—Tú trajiste a otra chica.
—Eso no fue… —Arnold tomó aire—. No fue así, para nada. Me encontré con Hanna cuando fui con Gerald a recoger mi traje. Había comprado un vestido, estaba con sus hermanas y venían del salón de belleza. Les dijo a todos que iba a ir conmigo. —Movió las manos—. Fue un malentendido, nunca quise que entendiera que la estaba invitando.
Helga se quedó en silencio un momento, cuando habló, su voz sonaba calmada.
—¿Ella no, pero yo sí?
—No, por supuesto que no, Helga. Solo estaba conversando con ella. Contigo… contigo todo siempre es diferente. Tú eres diferente.
Helga se aclaró la garganta.
—Solo nos ha llevado diez años aclarar un malentendido. —Hizo una pausa y volteó a mirarlo—. Eso suena bastante mal para cualquiera, Arnoldo, pero creo que entre nosotros es normal.
Arnold le sonrió y Helga supo, porque lo conocía, que había entendido.
—Nunca me has gustado. Ni siquiera cuando tenía tres años y las galletas eran diamantes. Siempre supe que te amaba. No podía ser de otra manera. No conocía nada, Arnold, porque conocer solo un lado de la vida es lo mismo que no tenerla en absoluto. Era ridículo, pero tú me miraste. A mí. Tú encontraste lo que me faltaba y me lo diste. Te amé, Arnold, de todas las maneras posibles. —La voz se le quebraba—. Te amaba más que a mí misma.
Cuando Arnold la abrazó, Helga entendió que esa no era su fiesta de graduación, entendió que tenía veintisiete años y que el amor se acaba sin importar lo mucho que uno lo quiera de vuelta. Helga aprendió que la primavera se acabó en ese viaje a Chicago, aprendió también que Arnold sería el primer amor de su vida y que no había quien pudiera cambiarlo.
—Te amo, Helga. —Arnold susurró como si le contara un secreto.
Helga lo abrazó también, como pudo, porque no podía hacer nada más.
Bus de camino a Chicago, carretera, después de la tercera parada programada
—¿Esto es tuyo?
Helga no se volteó.
—Perdona, ¿esto es tuyo? —Repitió y la sombra tapó su propio reflejo en el vidrio.
No se sentía con ganas de lidiar con el resto de la humanidad en ese momento. Con desgana, giró su perfil.
—¿Qué quieres?
—¿Es esto tuyo? —Era alto, pálido y tenía el cabello castaño muy desordenado, no parecía mayor que ella y se veía terriblemente cansado—. Está en mi asiento.
Cuando Helga miró a su alrededor, se dio cuenta que el bus que había estado vacío en la mañana, ya estaba completamente lleno. Se restregó el rostro con el dorso de su mano mientras fingía bostezar.
—Se debe haber caído. —Tomó el celular sin mucha ceremonia y se volteó a seguir mirando por la ventana. Escuchó el rumor de la ropa y el tintineo de la batería del celular.
—Es Alan. Sí.
Helga lo escuchó hablar y por un momento pensó que se dirigía a ella. Las pausas le advirtieron pronto que Alan estaba hablando por celular. Decidió dormir, estaba cansada. Lo miró de reojo una última vez antes de acomodarse y cerrar los ojos, escuchando un último pedazo de información sin importancia que olvidaría para cuando despertara.
—La primavera vuelve, papá. Siempre vuelve, —dijo Alan en voz baja—. Nos vemos en seis meses.
FIN
Nota de autora:
¡Lamento la demora! Todo se debe a que tuve muchas dudas acerca de cómo debía terminar esta historia. Desde un inicio siempre me quise plantear la pregunta: ¿Qué pasaría si Helga no estuviera enamorada de Arnold?, ¿sería capaz de no estarlo?, ¿cómo podría suceder eso? Así que esto es más o menos la respuesta a la que llegué. Tengo otros dos finales alternativos que estaré encantada de subir si ustedes desean leerlos. Perdonen no haber explicado esto antes, pero el día de la actualización estaba muy cansada. Iré contestando los reviews ahora, espero terminarlos todos para mañana. ¡Los quiero mucho, gracias por tenerme paciencia y no olvidarse de mi aunque aparezca con tantas pausas!
Un poco para remediar mi mala costumbre de tardar, un poco porque me gustaría hablar más con ustedes, he abierto una cuenta de facebook con mi seudónimo. Los links a todas mis cuentas están en mi perfil. Si desean agregarme y ver mis paranoias, son bienvenidos. Estoy constantemente tratando de mantenerme en línea (robándome tiempo del trabajo), así que les contestaré con prontitud. Además, para los que lo deseen, pueden leer adelantos o borradores de mis actualizaciones. Las subiré por ahí porque a veces tengo dudas de cómo continuar tal o cual historia y los comentarios siempre ayudan.
Mañana subiré un fic que está pensado en respuesta a este. Digamos, si la idea principal en este es que Helga y Arnold no "hacen eso que falta" para poder encontrarse, en el otro es "¡hagan eso que falta!". Doy explicaciones que Sócrates lloraría... en fin, el resumen es más o menos que Helga tiene un secreto con el gran Gino (porque me gusta usar los personajes poco usados de Craig) y Arnold, poco a poco, se va interesando en saber cuál es. ¡Tengo un borrador! Me lo piden en facebook :)
¿Adivinen qué? Escribí sobre el día en el que Arnold y Helga se casan. ¿Ya me dan mi corona de cómo escribir un cliché en 4000 palabras?, ¿no?
Respuesta a los reviews anónimos:
xxy: ¡Muchas gracias por escribir, cariño! Si tu disfrutas leyendo, yo disfruto escribiendo. Avísame sobre los pasajes oscuros, intentaré darles claridad ;)
anitha: Espero que te haya gustado el final, de todas formas hay finales alternativos, quizá uno de ellos te pueda gustar más que el actual. ¡Muchas gracias por escribir, cariño! :)
Luci: Muchas gracias por leerme, cariño. Aprecio muchísimo que me hayas escrito, siempre es lindo saber que te siguen. Todo lo hago para que se diviertan con lo que escribo, así que esa es mi mayor recompensa. ¡Espero que nos leamos pronto! :)
Roo-Uchiha: ¡Encantada de responderte siempre, cariño! Muchas gracias por escribirme :)
Condesa: ¡Gracias a ti por tus palabras y por escribirme, cariño! Me haces muy feliz. Espero que te haya gustado el final :) y si quieres podemos hablar por facebook o tumblr o devianart o cualquier-chuchería-virtual-que-pueda-usar. Yo te envío todo mi cariño y un abrazo virtual muy empalagoso.
Nuleu: (2x1 cariño ;D) Gracias por las felicitaciones y me alegra que mi aparición ninja te haya emocionado, yo me emociono igual cualquier recibo tus comentarios, así que estamos a mano. Lo entendiste perfectamente, esa era la emoción que quería transmitir, si Helga se hubiera volteado y si Arnold hubiera hecho algo más que poner sus manos en sus hombros... ¡el destino! Jajaja, yo me emociono mucho cuando te emocionas, emocionémonos juntas :)
(Fe de erratas: Me cortó el resto de la publicación)
Druella: ¡Te prometo que no me vuelvo a ir! Si me voy tienes permiso de lanzarme bolitas de papel. ¡Muchas gracias por tus palabras, cariño! Verás, sé que siempre uso el cliché del encuentro después de muchos años, pero es un tema que creo que se puede explotar de diferentes formas. Me alegra mucho saber que no aburre, no sabes el alivio que dejas en mi. ¡Gracias, mil gracias por escribir! Si deseas, podemos conversar a través de facebook cuando quieras :)
¡Los amo todos, queridos retoños!
¿Clic al botoncito? :)
