El mundo no se acabó. Decepcionante, pero cierto. Y ese es mi pretexto para seguir con los pensamientos tortuosos y las noches de terror. Esperando cumplir con esa expectativa, les traigo el capítulo tres de Cacofonía Silente, esperando los perturbe de verdad.

Si lo consigo, háganmelo saber por medio de un review.

¡Felices pesadillas!


Capítulo 3 – The Blind Heroine I.

Las frías gotas de agua caen como cadáveres, exánimes y perezosas, dejando que la gravedad haga todo su trabajo, sintiéndose en la piel como diminutas agujas que provocan escalofríos. El silencio previo de aquella tarde sin sol había devenido en un zumbido inquietante que combinaba la incesante llovizna con sonidos industriales omnipresentes, como si estuviéramos en medio de un gigantesco parque industrial, en una noche sin luna o estrellas que daba la sensación de estar en el limbo, de estar en ningún lugar.

—Sigamos por este camino hasta llegar a algún edificio donde refugiarnos mientras amanece—. Dijo Haruhi tratando de ver entre las penumbras. —Ojalá los chicos estén bien.

—Descuida, saben cuidarse solos, pero hay que encontrarlos y largarnos de aquí cuanto antes.

Según la referencia que Nagato había conseguido, debíamos estar en línea recta a una escuela primaria siguiendo por la calle en que estábamos, y ese podría ser un buen lugar para ocultarnos en caso de que fuera peligroso estar en exteriores. Sin bajar el cañón de su arma, Haruhi fue guiándome mientras yo miraba a los alrededores, tratando de ubicar alguna posible amenaza en la obscuridad.

Por perturbadores cien metros caminamos acompañados sólo del ruido de la lluvia y nuestras pisadas sobre la maya metálica que permitía ver el negro infinito bajo nuestros pies y los cimientos de las casas en las aceras. El primer ruido distinto vino de una de las calles a cruzar para llegar a nuestro momentáneo refugio. Comenzó suavemente apenas destacando sobre el ruido pluvial, y era como de pisadas leves, más no de hombre, sino de alguna suerte de cuadrúpedo ligero.

—Apaga la lámpara, Haruhi—. Indiqué en un susurro mientras levantaba la hoja de mi espada. Ella hizo caso y prestó atención al sonido que se hacía cada vez más perceptible. —Debemos hacer el menor ruido posible…

Caminamos casi de puntitas mirando con aprehensión hacia el punto del cual venían las pisadas, y aun cuando parecían completamente indiferentes a nosotros, sentía que mi corazón y mi respiración hacían un auténtico escándalo que de un momento a otro terminaría llamando su atención y atrayéndolo hacia nosotros. El alivio iba apoderándose de mí al sentir como dejábamos atrás aquel problemático cruce y escuchaba como aquellas pisadas se hacían distantes, y por un momento creí que libraríamos el paso sin dificultades, tonto de mí, siempre tan esperanzado…

Repentinamente los móviles y el walkie-talkie enloquecieron, provocando una sonora sinfonía de estática que nos evidenció, haciendo que los pasos se dirigieran presurosamente hacia nosotros acompañadas de un jadeo roto y lastimoso. Haruhi, más rápida que yo, encendió nuevamente la linterna en el cañón de su arma y apunto hacia aquello que venía a nuestro encuentro, iluminando parcialmente una figura lejana que caminaba a cuatro patas y que pronto relacioné con un perro. No me equivocaba, era un can, o al menos lo había sido en una época mejor, no era más grande que un pastor alemán y todo su pelaje había desaparecido, corría erráticamente hacia nosotros meneando una cabeza demasiado abultada para su cuerpo, de la cual apenas eran reconocibles las fauces torcidas y una lengua desmayada que chorreaba baba espesa, descubriría sólo segundos después que lo que hacía grande la cabeza del animal era la masa de parásitos necrófagos en que estaba envuelta.

Siendo sincero, el miedo me había paralizado de mala manera, y observé horrorizado como el animal aceleraba el paso listo para lanzarse sobre nosotros entre gruñidos distorsionados, por fortuna faltaba más que un perro muerto andante para sacar de sus cabales a mi esposa, que presta tuvo que gastar únicamente dos balas para diezmar al perro, que cayó violentamente de frente, lanzando por inercia varios de los huéspedes de su cabeza sobre el suelo frente a él, casi alcanzándonos.

Nos quedamos mudos viendo agonizar a aquel engendro, escuchando como la estática en los aparatos callaba al mismo ritmo que el animal moría y comencé a ver ese ruido infernal con buenos ojos: podría advertirnos de amenazas cercanas. Justo pensaba en eso cuando el ruido volvió a aumentar.

Con recelo y lentitud, mi esposa levantó nuevamente el cañón de su arma, iluminando justo detrás del cadáver de su reciente víctima, hallando algo más espeluznante si es que eso era posible: al menos media docena de canes semejantes gruñía acercándose poco a poco a nosotros. Sabíamos que era inútil, pero aun así intentamos retroceder lentamente, sin llamar demasiado la atención de las criaturas. Resonó en el aire viciado el ladrido disonante del primero, y todos sus compañeros emprendieron la carrera, y nosotros comenzamos a huir.

Mi nivel de adrenalina para ese momento era muy elevado ya, aun así reparé fugazmente en mi entorno, donde las ya de por sí deterioradas casas lucían más lúgubres y descuidadas, con muros descoloridos y repletos de sarro, y escuchaba el persistente ruido de la malla oxidada sobre la cual corríamos, sintiendo como la pequeña jauría de perros nos franqueaba poco a poco.

Sonaron los primeros disparos abatiendo a unos de los animales a un costado de la detective, yo hice otro tanto dando un mandoble a mi izquierda y haciendo caer a otro al dejarlo sin patas delanteras. Sentí el salto de uno justo hacia mi espalda y me dejé caer sobre mis rodillas dibujando de inmediato sobre mi cabeza un arco con el sable, inmolando a mi atacante en el acto, aunque salpicando con su sangre maldita mi abrigo que aguanto apenas las quemaduras al estar mojado. Mi esposa disparó algunas veces más, tendiendo sobre la malla a un par más de aquellos engendros de Cerbero, y sólo dejando a uno en persecución, el más grande, vicioso y astuto según parecía, pues aun cuando recibió un disparo, apenas si lo resintió y con destreza nos rodeaba evitando ser alcanzado por el fuego.

Sintiendo que la lucha sería inútil, Haruhi guardó su arma para correr con más libertad y continuamos nuestra carrera por aquella calle que presumiblemente nos llevaría a la primaria Midwich, pero el perro era veloz, y sólo le bastaron unos pasos para que su aliento pútrido viciara el aire de mis pulmones.

La bestia saltó al mismo tiempo que Haruhi daba un traspié y caía, yo alcancé a tomarla de la mano yéndome de frente en el proceso, dándome cuenta de que Haruhi no había tropezado, sino que estuvo por caer al vacío, pues tal como pasa con el punto donde nos separamos de los demás, la calle había sido sustituida por un precipicio, al cual el enorme perro saltó lanzando un aullido prolongado mientras se perdía en la profundidad del obscuro vacío del cual apenas pude salvar a la detective.

Tiré del brazo de Haruhi y segundos después yacía a mi lado, exhausta y ávida de aire igual que yo, y por unos segundos nos regalamos el privilegio de un pequeño descanso que no habíamos tenido desde nuestra llegada al poblado, aprovechando principalmente que la estática había cesado en los aparatos y que debíamos despejarnos para pensar en un plan alterno al estar incapacitados para ir a la escuela.

—¿Cuál es el siguiente paso, valiente líder de brigada?— Le pregunté ayudándola a ponerse de pie.

—El mismo que era originalmente: llegar a la escuela y encontrar a Truque—. Me respondió poniendo un nuevo cartucho en su arma.

—¿Qué hay de los demás?

—Tú mismo lo dijiste: pueden cuidarse solos—. Sin decir nada más, comenzó a deshacer lo andado para buscar otra ruta hacia la escuela.

—Haruhi.

—¿Sí?

—¿Vamos a abandonar a su suerte a nuestros amigos?

—Por supuesto que no, torpe, es sólo que no creo que necesiten ayuda. Ahora mismo ellos deben estar buscándonos a nosotros, si son tan listos como creo, también pensaron en ir a la escuela, seguramente ahí encontraremos a todos.

Reflexioné las palabras de mi mujer mientras la seguía y aprovechaba el agua de lluvia para limpiar la hoja de mi espada de aquella sangre demoniaca, y viéndolo bien, ella tenía razón. Dadas las circunstancias, no teníamos otro remedio que dar nuestro voto de fe a nuestros amigos y esperar lo mejor.

Le pedí a Haruhi que apretáramos el paso y sólo en caso de escuchar estática redujéramos nuestra marcha y así evitar en la medida de lo posible confrontaciones innecesarias que disminuirían nuestras reservas de municiones y energías. Así lo hicimos mientras atravesábamos las avenidas y callejones del pueblo buscando una ruta para llegar al edificio de la única escuela de educación básica de todo Silent Hill.

Cerca de cuarenta y cinco minutos después, y luego de entrar por la fuerza a una de las derruidas casas, logramos acceder a la calle que daba nombre al colegio: Midwich, donde a la carrera tuvimos que enfrentar a un par más de esos perros con cabezas infestadas de alimañas y finalmente pudiendo vislumbrar a la distancia las puertas de la escuela. Un edificio viejo, abandonado y que daba evidencias de haber tenido mejores años, aun así, su fachada y los jardines, aun cuando no quedaba césped en ellos, no delataban tanto olvido como los otros edificios. Una placa en oxidado bronce a la derecha de la puerta doble rezaba:

Midwich Elementary School.

Nuestra reflexión sobre si entrar o no terminó al momento mismo en que la estática volvió al walkie-talkie y lejanos aleteos parecían venir en nuestro encuentro. Era hora de entrar.


Sorprendentemente, las puertas del edificio abrieron sin siquiera rechinar, y sólo de haberlas atravesado, el ruido de la lluvia afuera cesó junto con la estática, únicamente acompañados del murmullo de las goteras en los pisos superiores y las pisadas veloces de insectos en la obscuridad.

El vestíbulo al que habíamos llegado era lúgubre y no muy amplio, y me recordaba más a un templo que a una escuela. Las erosionadas escaleras subían hacia una puerta doble de vitrales púrpuras y en cuyo dintel se leían pasajes bíblicos.

—Deberíamos bloquear la puerta—. Sugerí al ver a Haruhi comenzar a subir por las escalinatas.

—No. Alguno de los chicos podría no haber llegado aún.

La puerta de los vitrales abrió con la misma facilidad que la puerta principal, dejándonos ver un pasillo muy diferente al que esperaba encontrar. El suelo bajo nuestros pies era una vez más una gruesa malla de hierro herrumbroso a través del cual era visible una infinita obscuridad, los muros repletos de sarro y suciedad, junto con las cadenas y piezas metálicas que bajaban del techo, parecían corresponder más a una prisión del virreinato que una primaria, era como ver la versión más pesimista de un futuro post apocalíptico, e incluso yo en total ausencia de poderes sensoriales podía sentir un profundo miedo y rencor que si bien no eran míos, pasaban a través de mí haciéndome sentirlos en total intensidad.

Haruhi anduvo hasta una puerta igual a la que habíamos cruzado para llegar a ese pasillo, y miró a través del opaco cristal al notar que la puerta estaba cerrada desde el otro lado, apuntó con la linterna hacia abajo y descubrió que más que cerrada, estaba atrancada. Era una puerta de madera maciza que difícilmente podríamos derribar.

—Es un patio central—. Comentó mientras iluminaba a través de la ventana. —No creo que haya nada interesante ahí… espera… ¿esa es Mikuru?

Al escucharla me acerqué para echar un vistazo también. A través de las penumbras y con la deficiente luz de la lámpara pude ver lo que Haruhi apuntaba, y debo decir que no fue una sorpresa tan agradable como hubiese esperado. En efecto, Una persona muy parecida a Asahina estaba ahí, sentada en una de las enormes macetas al centro del patio, bajo la lluvia.

El corredor nos daba dos posibles salidas a la derecha y a la izquierda, alguna podría guiarnos entre los corredores y llevarnos hasta el patio central, donde presumiblemente nuestra compañera nos esperaba; en el peor de los panoramas, herida e incapacitada para hablar con nosotros o siquiera notar que habíamos llegado con ella. A nuestras espaldas estaba un pequeño salón de maestros cuya puerta cedió al primer puntapié que le receté y hurgamos entre el desgastado menaje en busca de cualquier cosa que pudiera ayudarnos a seguir nuestro camino. Haruhi encontró un juego de llaves de todo el edificio mientras que yo me hacía de algunas vendas, gasas y desinfectante que encontré en las repisas. Era extraño encontrar ese tipo de cosas, viendo principalmente el hecho de que más que abandonada, la escuela lucía como un antiguo sitio de torturas. De vuelta en el pasillo decidimos ir primero por la derecha, topándonos con otra puerta imposible de abrir, y finalmente por la izquierda, y el picaporte giró sin necesidad de forzarlo.

Y mientras la estática volvía a los aparatos, nadie nos hubiera preparado para lo que encontramos ahí. En serio, nadie.

Un lamento agudo que más bien parecía un eructo vino de unos metros delante de nosotros, de una criatura más bien pequeña que yacía sentada con la espalda recargada en la pared y que se movía lentamente para ponerse de pie con dificultad. Sin poder evitar la inquietud (o la curiosidad), Haruhi dirigió su lámpara hacia la criatura, que de inmediato movió su cabeza sin rostro en reacción a la luz mientras aumentaba el ritmo de su respiración dificultosa. Sólo hasta que aquella cosa estuvo completamente de pie pude notar que no mediría más de un metro con veinte… ¿acaso era…?

—E… ¡Es un niño!— Exclamó Haruhi. Nunca la vi tan perturbada antes.

Y mientras eso pasaba, el infante o lo que fuera comenzó a mover sus lastimados pies caminando hacia nosotros, puedo ver por el movimiento de la luz que las manos de Haruhi tiemblan.

—Haruhi… debes dispararle…

—¿Estás loco? ¡No le dispararé a un niño!

No sabía cómo contra argumentar eso, pero mientras lo pensaba, más de esos niños de gris y lastimada piel salieron de entre los pasillos, arrastrando los pies, lanzando sus lastimeros gemidos al aire, haciendo que incluso yo me sintiera inútil ante la situación. Era un hecho. Mi esposa no jalaría el gatillo, no la culpo, pero eso era un problema en ese mismo momento. Ya teníamos la atención de esas cosas, así que deshacer lo andado no era una opción, por otro lado, Asahina estaba afuera, bajo la lluvia, y esa ruta era la única que presumiblemente podría llevarnos hasta ella, los pequeños monstruos parecían muy hostiles y sujetaban trozos afilados de metal, probablemente ellos habían lastimado a Asahina, y muy seguramente cargarían con nosotros también.

La situación por sí misma era bastante inquietante ya, pero lo que realmente me tenía asustado era el desconcierto de Haruhi, que no había reparado en lo más mínimo en abatir a los feligreses y a los perros a tiros, pero que ahora apuntaba temerosa a uno y a otro de esos niños grises sin atreverse a disparar.

El que estaba más cerca de nosotros apretó el paso cuando no nos separaban más de tres metros de él, y fui yo quien tuvo que comenzar a atacar. Ese primer niño se lanzó a mí al momento mismo que levanté el daito, la hoja cayó en una vertical contundente en donde debía estar su cabeza, obteniendo un espeso salpicón acompañado de ese sonido gutural semejante a un eructo mientras el monstruo se sacudía y caía a mis pies. Un segundo ser fue más rápido y me alcanzó mientras peleaba con otro, sepultando el hierro oxidado de su rudimentaria arma en la campana derecha de mi pantalón, fallando por milímetros a la carne. Con un solo movimiento de mi espada corta cercené el brazo atacante y de inmediato despaché a su dueño. Me liberé de él justo a tiempo para partir en dos a uno que estuvo a punto de llegar a una Haruhi temerosa e indefensa, completamente incapaz de disparar.

—¡Retrocede! ¡Dispárale a lo que se acerqué!

Al escucharme se volvió hacia mí, y pude ver en su expresión que algo estaba terriblemente mal con ella. Nunca había visto tal desamparo y miedo en sus ojos antes, y espero nunca más tener que verlo.

Al sentirla fuera de peligro comencé a deshacerme del parvulario de pesadilla tan rápido como podía, sin siquiera detenerme a verlos, porque sin importar cuán decadentes o deformes fueran, seguían evocando la imagen de un niño pequeño, y pedía perdón al sentir como mi acero desgarraba aquella carne rancia y maldita.

Había derribado quizás a una docena de ellos cuando vi la oportunidad de dejar ese pasillo infernal, y aprovechando que aquellas cosas abandonaban con torpeza una de las aulas, le dije a mi esposa que me ayudara a bloquear las puertas de las cuales el alumnado salía. Hayamos un par de viejas camillas (ignoro que podrían estar haciendo en una escuela) e improvisamos una barricada que podría regalarnos unos minutos mientras corríamos hacia el lado contrario del corredor, para finalmente intentar entrar al patio central.

—Está bloqueada también…— susurró Haruhi al intentar abrirla, y me miró con ese desazón que la hacía tan asonante.

—Entonces busquemos otra ruta—. Dije mirando hacia unas escaleras que nos llevarían al segundo piso, y escuchando como nuestra barricada comenzaba a ceder ante el frenesí de los niños grises.

El piso superior no mejoraba en aspecto al de abajo, y ahora aunado al deterioro general del edificio estaba la humedad que se filtraba a través del techo. Haruhi apuntó hacia el pasillo abierto con la linterna, haciendo que varias decenas de creepers se ocultarán al unísono, haciéndome sentir escalofríos. Sin embargo, pudimos llegar hasta otras escaleras que nos permitían el paso a lugares que aún no habíamos examinado del edificio, pasamos al lado de varias puertas a través de las cuales podía escucharse claramente el croar de aquellos entes que tanto habían lastimado la psique de Haruhi mientras nos acercábamos más y más a la puerta que nos llevaría al patio central y con suerte a asistir a Asahina… este lugar es horrible, y de ninguna manera quisiera volver, pero el efecto logrado en mí no se compara ni un poco al alcanzado por Haruhi, tomando en cuenta que se me hace una persona con mucho temple… quizás Asahina no esté herida, pero los horrores vistos en el edificio pudieron dejar una marca más profunda en su mente, considerando cuán emocionalmente vulnerable ha mostrado ser ante algunas situaciones.

La estática en el radio no desapareció en ningún momento. Incluso en el tiempo que tuvimos la seguridad de estar solos en algún aula o pasillo, el ruido en realidad nunca se fue, pero no era la estática desordenada que nos advertía sobre la presencia de algún monstruo, era más como un rumor permanente que no permitía sosiego… hubiéramos apagado el aparato, pero era una herramienta que no podíamos darnos el lujo de perder, así que muy a nuestro pesar y con todo y que no podíamos entablar comunicación con nadie a través de él, el aparato continuó encendido, dándonos pistas certeras sobre qué lugares eran seguros para pasar. Así, después de haber peleado contra una cantidad de infantes que se me antojó a la mitad de una escuela común y sentirme como uno de esos maniáticos que abren fuego en medio de una escuela, aplastar a un número similar de cucarachas descomunales y ver a Haruhi palidecer ante la idea de atacar aunque fuera simbólicamente a un niño, pudimos alcanzar el vestíbulo contrario al que nos dio acceso al edificio y que tenía una puerta que nos llevaría al patio central que tanto pretendíamos alcanzar.

Esta vez había un nuevo detalle, muy inconsistente con el resto de la escena, que junto con el hecho de que el silencio finalmente alcanzó al radio me dio mucho que pensar: el pasillo estaba extrañamente iluminado y los muros viejos y maltrechos del resto del lugar no podían verse aquí, en su lugar eran cubiertos por tapices rosas adornados con flores y paisleys que a pesar de lucir viejos, parecían muy bien conservados, incluso la temperatura era distinta, y había algo más que Haruhi notó de inmediato, haciéndola atravesar el pasillo a grandes zancadas.

—Es idéntico a…— Dijo al acercarse a una pieza de menaje en la puerta bloqueada al extremo contrario.

—Al perchero del salón del club—. Completé al ver el mueble.

Lo perturbador era que en efecto, si no fuera porque estábamos a un océano y más de diez años de distancia, hubiera jurado que era aquel sencillo perchero en que pendieron los trajes que usó Asahina en la preparatoria, e incluso tenía réplicas viejas de los mismos… aunque algo estaba fuera de lugar, o mejor dicho, algo más estaba fuera de lugar: el traje de conejita fue el primero que era distinto, y no entraré en detalles, sólo diré que el que tenía enfrente no era el audaz y coqueto disfraz que tuve el placer de verla lucir en nuestra adolescencia, sino que parecía más bien adaptado para algún perverso juego de dominación, el traje de maid tenía la falda más corta de lo que la recordaba, estaba rasgado como si alguien hubiese intentado arrancarlo por la fuerza de la portadora, y dejé de ver el perchero cuando descubrí rastros de sangre por debajo de los pliegues del fondo de la falda. A nuestro alrededor había más objetos que irremediablemente se relacionaban con Asahina: cajas de lentes de contacto, pequeñas montañas de zapatos altos, espejos y relojes rotos, algunas piezas de corsetería y otras tantas cosas más en las cuales no reparé.

La puerta que buscábamos estaba cubierta por una gran manta de papel, y alguien había rotulado con aerosol un mensaje, ignoro quién sería remitente y quien destinatario, pero me pareció demasiada coincidencia que fuéramos nosotros quienes lo encontráramos. El mensaje decía:

Aquello que tú crees que es mi bendición, no es más que mi condena, ven si te atreves a rescatarme de mi miseria.

Haruhi y yo nos miramos por un instante, y al siguiente entre ambos rompíamos el papel, alcanzando la puerta doble de gruesa madera, no me sorprendió en realidad que no estuviera cerrada, y ambos la abrimos para ir a aquel jardín interior.

Asahina estaba al centro del patio, tal como la habíamos visto desde la puerta contraria de la que acabábamos de atravesar, el frío de la noche y la lluvia me regreso a esa realidad tan irreal mientras esperaba a que Asahina hiciera algo. Para nuestra desgracia, lo hizo.

—¿Estás bien, Mikuru? ¡Debemos irnos de aquí antes de que…!— Haruhi dejó de hablar al notar que Asahina no estaba reaccionando a sus palabras, sólo se erguía erráticamente con el rostro apuntando al piso y girándose lentamente hacia nosotros. —¿Mikuru…?

Fue en ese momento que lo descubrí: "Asahina" llevaba encima el disfraz de la camarera del futuro, viejo, con lo que parecían manchas de sangre añeja sobre el pecho y el abdomen, con la falda corta dejando ver sus torneadas piernas que mostraban un antinatural color gris, al igual que sus brazos descubiertos; su cabello era una maraña castaña y seca en la que dificultosamente se notaban dos coletas.

Estaba tratando de entender lo que veía, pero no tuve tiempo. El radio repentinamente resucitó, sonando más fuerte de lo que había hecho antes confirmando mi teoría: a quien tenía enfrente no era Asahina.

Finalmente comenzó a levantar el rostro mientras sus pasos ligeros la acercaban a nosotros, pude ser su barbilla rebosada en líquido obscuro, en lo que pensé por un momento que sería algún tipo de llanto de sangre… no me equivoqué mucho en realidad, pero la escena se volvió demasiado fuerte para mi estómago cuando la miré a los ojos… o al menos cuando lo intenté.

Sus preciosos ojos marrón claro no estaba ahí, sólo había dos cuencas vacías y obscuras que supuraban manchando sus mejillas, imagen que me provocaría pesadillas en años venideros, de tal suerte que incluso Haruhi tuvo que girar su cabeza para evitar la visión. Y esa macabra versión de la camarera del futuro habló, desatando el infierno:

Mikuru Beam.

Capítulo 2 – The Blind Heroine I.

Fin.


Helo ahí. ¡Háganme saber qué les pareció! ¡Saludos y enhorabuenas por este 2013!