Una entrega más. Les dejo a consideración el sexto capítulo de Cacofonía Silente, esperando lo disfruten. No se olviden de hacerme saber su opinión en un review, como saben, es muy importante para mí lo que piensan.
Sin más, los dejo con la lectura. ¡Gracias de antemano!
Capítulo 6 – The Shade Of Envy II.
Abrí los ojos y la obscuridad nuevamente lo cubría todo. Al menos casi todo, por fortuna para mí, hacía calor y pequeñas lámparas LED nos regalaban algo de su mortecina luz en medio de aquella noche apagada y sin estrellas.
Me levanté del sofá donde había dormido las últimas horas y luego de mover el cuello hasta que mis huesos se acomodaron caminé a la ventana y comprobé que el único cambio era precisamente el cambio de hora, pues la tímida ceniza seguía cayendo afuera, lenta e inexorablemente, y sin alumbrado público en las calles, era como estar en medio de la nada, en medio de una espeluznante e interminable soledad.
—Dormiste una vida entera—. Me dice mi esposa con voz baja entrando a la oficina con un par de tazas de un líquido humeante y algunos paquetes de confites, mayormente galletas y maníes, con seguridad robados de las máquinas expendedoras de los pasillos de la estación.
—¿Esto es café?— Pregunté al tomar la taza que me alcanzaba.
—Sí. Había algunas latas de víveres en buenas condiciones, así que lo mejor será aprovecharlas, nos esperan algunas jornadas largas aún.
Sólo hasta que la primera galleta vieja fue masticada pude notar cuan hambriento estaba, y antes de darme cuenta ya devoraba uno tras otro los bocadillos hallados.
—Perdona por haberte dejado solo tanto tiempo. No sé qué me pasó—. Se disculpó un poco después mientras terminábamos de comer.
—Descuida. Somos un equipo por eso, ¿no es así? Además, hay cosas aquí que jamás habíamos visto y que con honestidad son horribles…
—¿Horribles? No, Kyon… así como un carpintero no es un ebanista, esto está en un nuevo nivel… por todos los cielos, ¿cómo no lo vi antes? ¡Este lugar apesta a muerte y culpa! Y así como sentía algo dentro de mí cuando convivimos con ángeles, aquí hay algo semejante en poder, pero siniestro y sucio, como un secreto vergonzoso… y es aún peor, porque de alguna forma que no me explico, siento empatía por la gente que vivía aquí antes de que todo sucediera.
—Debimos investigar un poco mejor el sitio antes de venir…
—Ya corregí ese error—. Miró hacia afuera de la oficina. —Mientras dormías, inspeccioné los archivos policiacos de la ciudad.
—¿Encontraste algo?
—Ya lo creo que sí.
Comenzó a contarme con lujo de detalles una de las historias más aterradoras y trágicas que jamás escuché sobre una pequeña niña llamada Alessa Gillespie, sus vecinos y cuan mal puede resultar estar rodeada de fanáticos religiosos ignorantes. Y justo de esa premisa histórica me venían a la mente distintas preguntas mientras trataba de no construir en mi mente los horrores por los que esos animales hicieron pasar a una niña de no más de doce años; el pensar que alguien es capaz de semejantes atrocidades justificándose en el nombre de lo que ustedes quieran me produce escalofríos. No obstante, muchas de las cosas sobrenaturales que suceden en esta sucursal del infierno ganan cierta consistencia al contrastarlos con la historia de esa pobre criatura inocente martirizada. No contaré todo lo que supe sobre ella ahora mismo, porque no es menester, pero bien podría hacer énfasis en algunas cosas:
Según la historia médica de esta niña, fue atacada por perros en una infancia más temprana, y aunque las lesiones provocadas no fueron de gravedad, dejo un fuerte miedo por estos animales que no superó hasta el día de su muerte (el cual por cierto, no está documentado). Los niños de su colegio, que por supuesto, fue la primaria Midwich que ya nos regaló con sus espantos, constantemente abusaban de ella, y en los registros se cuenta de una ocasión en la cual fue arrojada (aparentemente por accidente) por un grupo de compañeras a las cloacas. Tardó dos días en aparecer, regresando de las aguas heladas del río, sucia, hambrienta y con una recién adquirida fobia por las cucarachas, ratas, gusanos y toda suerte de bichos rastreros y subterráneos con los cuales se vio obligada a departir durante sus días desaparecida.
Por supuesto, estos hechos parecen inconexos e irrelevantes si uno los mira ajenos al contexto, pero esos pequeños detalles de los que he hablado nos llevan a un pensamiento común: Perros diabólicos y salvajes, niños torturados y famélicos, bichos gigantes y ruidosos… tal vez estoy asumiendo cosas, pero me suena mucho a la proyección física de sus pesadillas… y si ese fuera el caso, ¿cómo es que dichas pesadillas no permanecen dentro de su mente, donde deberían estar?
—¿Has tenido alguna vez un sentimiento tan grande que no te cabe en el pecho?— Me preguntó Haruhi mientras se recargaba en el muro, ausente y todavía somnolienta. Asentí y ella continuó: —Al estar aquí, siento todas mis emociones magnificadas, y no sólo eso… es como si alguien por detrás de mí, a mi oído, me dijera cosas que me impulsaran a alimentar dichos sentimientos, en especial si es que son negativos… y mientras lo hace, crece, se hace más fuerte, se regocija en mí…
No respondí a su relato, y vi que sus ojos cedían nuevamente ante el sueño, y luego de pedirle que durmiera un poco más, miré reflexivo a través de las persianas de aquella oficina al negro cielo. Si Haruhi sentía que había algo ahí afuera, sin lugar a dudas lo había, aunque decir "afuera" era una aseveración peligrosa… el enemigo más bien podía estar adentro esta vez.
Cuando abrí los ojos de nueva cuenta, casi había recuperado todas mis fuerzas. Haruhi se estiraba perezosamente a mi lado y afuera podía observarse apenas perceptiblemente el cambio de luz, y según mi teléfono, cuyo reloj era fidedigno únicamente para comprobar el paso del tiempo, pero no la hora exacta, habíamos estado en total unas once horas en la estación de policía.
—Iremos al hospital—. Sugerí antes de que Haruhi me preguntara. —Ayer por la tarde vi a alguien más en las calles, y me parece que está en el hospital a un par de cuadras de aquí.
Ella aceptó en silencio mientras extendía sobre el escritorio de la oficina todo lo que encontró que pudiera sernos de ayuda en nuestra campaña, entre lo que se contaba poco más de un ciento de balas útiles, botellas que vació de sus contenidos originales para llenarlas luego con agua potable de grandes botellones de los pasillos, todas las golosinas que encontró y un arma de fuego funcional que me hizo prometer que usaría de ser necesario. Cargó con todo en un par de back packs, repartiendo entre ambos la carga y finalmente dando la orden de partir hacia el destino que yo le había propuesto.
La calle nos recibió con el mismo gris aburrido de los días anteriores, con tal precisión en los colores que podría jurar que era el mismo momento en que pusimos por primera vez un pie en ese pueblo maldito. Este pueblo me perturba por lo impredeciblemente predecible que puede resultar. En el momento mismo en que atravesábamos las calles, no parecía haber ningún peligro que nos acechase, y por lo mismo, no nos tomó más que unos cuanto minutos llegar hasta las puertas metálicas del abandonado hospital.
Dicho hospital no era la gran cosa desde afuera, sin embargo, el sitio parecía más deteriorado aún que el resto de los edificios circundantes, tanto así que el acceso nos lo garantizaba la antigua ambulancia que había atravesado con sadismo el portón de hierro hasta el ala de urgencias. Detrás de los altos muros de hormigón podía escucharse cierta actividad, lo que dedujimos por principio que serían monstruos como los que de cuando en cuando nos habíamos topado nada más de llegar aquí, y aunque expectante a iniciar una batalla, miré por arriba de los muros y la reja, donde una leyenda saltaba a nuestra vista a medida que nos acercábamos. Con letras grandes y sobrias, y seguidas de la cruz de cuatro brazos iguales en rojo casi invisible por el paso del tiempo, custodiado por ventanas de cristales sucios y opacos.
Alchemilla Hospital.
Faltarían quizás cincuenta metros para llegar al enrejado cuando, en uno de esos momentos oportunos, pude ver como un inmenso guijarro de hielo golpeó con brutalidad a una de las pasivas cenizas, que hacía las veces de pelota en el cruel juego que disputaban el aire contra la gravedad, haciendo ganadora a esta última, y sólo un instante después cayeron el resto de sus congéneres, desatando una de las más inesperadas y violentas granizadas sin lluvia que haya presenciado jamás. No diré que eran trozos capaces de desmayarte, pero ciertamente podían dejarte un par de marcas si de buenas a primeras te quedabas a su merced, así que ante cualquier eventualidad, corrimos para refugiarnos en las marquesinas de la entrada al hospital.
Anteponiendo su arma, Haruhi fue la primera en asomarse al interior del patio, cuyo único tramo cubierto era la unión entre la acera y la puerta de la nave principal del nosocomio, y que al ser de láminas se quejaba a rugidos del ataque del cielo, omitiendo casi cualquier otro sonido.
Mientras librábamos la distancia que nos separaba del acceso, miré al cielo congelado, y el pensar en mis compañeros solos allá afuera me hizo preocuparme por ellos como no lo había hecho antes… es decir: Haruhi y yo no sabemos cómo enfrentar a este lugar condenado y sus (nuestros) demonios, ¿cómo es que nos la vamos a arreglar para salvarlos a ellos?
Haruhi abrió las puertas con un empujón y entramos cerrando tras nosotros, y mis reflexiones fueron violentamente interrumpidas por un silencio tan denso que lastimaba los oídos.
Nos quedamos quietos de espaldas a la puerta por unos segundos, haciendo un profundo barrido visual del lugar. El lobby del hospital era una sala muy modesta que debió lucir igual de simple en sus años de uso. Había apenas unos cuantos sofás y una mesita de centro con los cristales pulverizados y la madera tan consumida por las termitas que daba la impresión de que se mantenía de pie gracias a la pintura. Las empolvadas persianas cegaban algo de la luz exterior, y los macilentos haces que se colaban entre ellas evidenciaban partículas de polvo que aparentaban tener años flotando en el mismo lugar, como si se hubieran mantenido estáticas por décadas.
Así como los ojos se van acostumbrando gradualmente a la obscuridad, mis oídos comenzaron a acostumbrarse al ambiente, regalándome al poco con el carácter del silencio en el cual estábamos inmersos… y ahí estaba de nuevo, ese sonido que crispa mis nervios como un silbato para perros… sonidos metálicos a una distancia indefinida, pero kilométrica sin lugar a dudas, en un canon repetitivo y chirriante de tal agudeza que constantemente me obligaba a apretar los dientes y extrañar el trino de los pájaros o el canto de las cigarras en mi lejano hogar. Haruhi y yo nos miramos y asentimos, comenzando finalmente a caminar a través de la sala. Al llegar a las ventanillas de recepción encontramos el plano del edificio pegado en uno de sus muros, y lo estudiamos unos minutos para memorizarlo, y de esa manera recorrerlo por completo.
—¿Ya viste esto?— Me preguntó Haruhi de pronto, acercando el rostro mucho al mapa y tocándolo en un punto específico.
La imité y noté que uno de los pabellones en la tercera (y más alta) planta tenía el nombre subrayado con bolígrafo, y dicha marca parecía muy reciente, quizás horas, y al lado había una leyenda en letra diminuta, pero legible:
ICU ← Here.
—¿Cuidados intensivos?— Pregunté más para mí.
—Quizás la persona que viste era Truqué…— Razonó Haruhi. —Y es probable que esté aquí entonces, y con un poco de suerte, haya encontrado un lugar seguro y tenga a resguardo a los chicos, ¿no crees?
—Sí… podría ser—. Me engañaba a mí mismo. El hombre que vi, definitivamente no era Truqué, yo vi a un hombre joven, y el cardenal debe superar al menos los cincuenta años, pero igualmente no perdíamos nada con probar suerte.
Siguiendo las indicaciones del mapa, debíamos atravesar un largo corredor que rodeaba todo el edificio, haciendo una procesión por los consultorios y dándonos finalmente acceso a las escaleras. En ningún momento Haruhi bajó su arma ni yo envainé el sable, afuera, la granizada había cedido casi por completo, y ahora una lluvia grisácea salpicaba con su agua sucia de cenizas el exterior de las ventanas que dibujaban fantasmagóricas figuras con nuestras sombras en la pared y sobre las cortinas de los pequeñísimos compartimentos individuales para chequeo.
Tal como había mencionado antes, el lugar lucía mayor deterioro que otros, no parecía sólo víctima del abandono, sino del vandalismo, el instrumental y consumibles médicos parecían haber sido regados por el suelo deliberadamente, tanto que teníamos que caminar de puntitas en algunos lugares por precaución a no pisar bisturíes o agujas, las cortinas de algunos consultorios estaban rasgadas, y nuestros pasos hacían crujidos sonoros al comprimirse bajo nuestros pies el material que alguna vez recubrió el techo.
Los teléfonos y el radio estaban silentes. Ni siquiera una señal de vida, absolutamente nada. Llegamos a las deterioradas escaleras y subimos escuchando únicamente el eco de nuestros pasos, mientras que la apagada luz del exterior iba quedando poco a poco detrás, a nuestras espaldas, diciéndonos un elocuente y monótono "regresen, quédense conmigo, no hay nada para ustedes ahí".
La ignoramos por supuesto, y después de abandonar el primer descanso de las escaleras, la obscuridad comenzó a ganar terreno, aunque languidecía un poco al llegar al primer piso, y así, en consecutivo a medida que íbamos subiendo. El ruido desquiciante que nos escoltaba iba reduciendo también de intensidad, tanto que en algún punto agradecí por no tener que continuar soportando esa extraña cacofonía baja que me tenía al borde de un colapso nervioso.
La tercera planta nos recibió con una luminosidad mayor a la que esperaba en un primer momento, luego de un ascenso tan sombrío como el que tuvimos, pero nada más de llegar, amplísimos tragaluces (ahora parcialmente traslúcidos por la ceniza acumulada) nos regalaba con tanta luz como si estuviésemos en el exterior. El pasillo era muy amplio y varios pabellones lo rodeaban, de hecho, aquél mismo que buscábamos estaba casi frente a las escaleras, pero con desazón descubrimos que la puerta estaba atrancada más allá de lo que la fuerza combinada de Haruhi y mía (qué sólo con la de ella era ya decir bastante) podía desafiar.
—Vayamos allá—. Dijo Haruhi entonces mientras señalaba el pabellón contiguo, cuyos colores, distintos al usual blanco y beige del resto del hospital, nos decía que era el área de pediatría, o probablemente una guardería.
Ese era, sin duda, el lugar más iluminado del hospital. Aún con lo deteriorado de los amplios ventanales y los tragaluces en el techo, el lugar parecía tener algo de vida, como un recuerdo que mantiene sonriente a un anciano. Había muchos juguetes viejos de felpa regados por el suelo, algunos sofás y piezas de juegos didácticos, todo evidenciando el inexorable paso del tiempo. El muro de fondo de la sala no era en realidad un muro. A decir verdad, mi primera impresión es que era un cristal transparente que dejaba ver un muy deteriorado pabellón contiguo, pero abandoné esa idea segundos después, al descubrir un hecho perturbador: Haruhi y yo estábamos reflejados en él.
—¿Qué diablos es esto?— Pregunté sin poder evitar exclamar. Mientras me veía de pie en el pabellón del otro lado, que luego de analizar descubrí que no era en realidad al otro lado del muro, sino que era nuestro propio reflejo, y el sitio donde estábamos era esa misma sala de pediatría… pero aquella versión post apocalíptica y macabra a la que ya habíamos tenido que enfrentar más de una vez.
Gracias a ese reflejo descubrí que justo detrás de nosotros era apreciable el ala de cuidados intensivos a la que íbamos en primer lugar, y me giré sobre mis talones para corroborar que efectivamente estuviera ahí. Y así fue, de hecho, estuve a nada de comenzar a caminar hacia ella cuando Haruhi me tomó del brazo, llamándome con la voz muy exaltada:
—¡Kyon, mira!— Exclamo señalando al espejo.
Por sólo un instante pude ver al sujeto que vi en la calle horas atrás, vestido en una pesada gabardina. Caminó del otro lado del espejo, justo detrás de nuestros reflejos, llegando hasta el acceso a cuidados intensivos y cruzando la puerta, perdiéndose en la obscuridad.
Sin terminar de comprender lo que acababa de ver, me abalancé sobre la puerta de mi lado del espejo, sólo para confirmar mi temor de que también estuviese atrancada… sin embargo, el tipo del otro lado del espejo había abierto su propia versión de esa puerta sin el mínimo esfuerzo. Traté de comparar mi apreciación con Haruhi, pero ella no se había separado del espejo, y en una especie de hipnosis estudiaba su propio reflejo, acercando lentamente su mano derecha hacia el frío cristal… eso no era bueno.
—¡Espera, Haruhi, no lo toques!— Grité sintiendo la corazonada de que algo terrible pasaría si los finos dedos de mi esposa entraban en contacto con el espejo.
Llegué y la tomé en brazos en el mismo momento que la yema de sus dedos tocó el vidrio, y tal como había pronosticado, algo terrible pasó. Traté de separar su mano de la de su reflejo, pero era imposible, estaba adherida como por una corriente eléctrica fortísima, y su rostro se descompuso al notar que el suelo comenzó a sacudirse bajo nuestros pies. Nuevamente era la transición… sólo que esta vez era peor. Incapaces de separarnos del espejo sentí como cada célula de mi cuerpo hacía un viaje… no podría describirlo con otras palabras que "cambiar de plano", mientras observábamos a nuestros reflejos ser víctimas de violentas convulsiones, y como el escenario que una vez fue el reflejo perverso se convertía en el mismo lugar en que estábamos de pie, todo esto aderezado por el estruendoso ruido de la sirena que escuchamos antes. Sin poder soportarlo más, metí el rostro de mi esposa contra mi regazo mientras que yo cerraba los ojos, tratando de protegerla lo más que me fuera posible.
Pudo haber pasado un segundo o un año, en ese tipo de cosas no podría decir que tengo una noción absoluta e inequívoca del tiempo, creo que nadie la tendría. El fino golpeteo de la llovizna sobre mi nuca acompañada del ruido pluvial me obligó a abrir los ojos de vuelta, sólo para que fueran golpeados por el contraste más irreal. Mi vista estaba clavada en el espejo, que me regresaba nuestros reflejos aún de pie en el abandonado pero luminoso salón pediátrico de unos minutos atrás, pero tanto Haruhi como yo estábamos en aquél suelo sarroso y apenas visible dada la obscuridad. Miré hacia el techo, donde el tragaluz roto permeaba las gotas de esa llovizna monótona que caía de un cielo negro que se antojaba infinito y absorbente. Sentí el cuerpo de mi esposa sacudirse de inquietud al ver a su alrededor, con la misma expresión de quien descubre que ha reprobado el examen a la universidad.
El ruido también era distinto esta vez, sonaba como un coro de barítonos, pero puede que esa fuera sólo mi percepción y en realidad sólo estuviese escuchando alguna vieja maquinaria retorcerse a la distancia, entre la inescrutable obscuridad del horizonte, única imagen visible desde los ventanales del tercer piso donde estábamos.
Una vez más, entre las cosas de las que estábamos rodeados, estaba un mensaje, en esta ocasión estaba escrito (aunque sería más correcto decir que estaba grabado) en el espejo que había hecho de puente con este otro pueblo. Y esta vez, a todas luces estaba dedicado a mí:
At your shade I grew,
Every time you didn't look at me.
And as your very own shade I have to stay
In order of keep existing.
Only walking where you walk.
And no matter how much I try,
I'm nothing but a simple shade.
—Espera aquí—. Indique a mi esposa mientras miraba con aprehensión el mensaje, mismo lugar en que se reflejaba la puerta del pabellón de ICU.
—Estás loco sí crees que vas a ir allá solo…— comenzó, pero la interrumpí.
—Será lo mejor, existe la posibilidad de que alguno de los chicos vuelva, además… dejemos de fingir, sé que tú también puedes sentirlo… lo que sea que está ahí adentro está llamándome a mí.
Se debatió por unos segundos mientras preparaba su arma para posibles confrontaciones, y finalmente accedió con la condición de que entraría en mi ayuda a la primera señal de peligro.
Haruhi apuntó hacia la puerta mientras yo caminaba hacia ella, sable en alto y listo para cualquier cosa. El pomo de la puerta, por supuesto, no hizo resistencia alguna y yo me colé al interior del recinto, diciéndole a la detective que podía hacerme cargo, y cerré detrás de mí, sintiendo que la dejaba a salvo.
Ojalá hubiese podido decir lo mismo de mí. El pabellón de cuidados intensivos estaba parcialmente vacío. El suelo, como era ya el patrón en la parte diabólica del pueblo, era de gruesa y ruidosa malla de acero, mientras que las paredes parecían pintadas con cal, y estaban sucias y cubiertas de óxido, y una luz que venía de algún lugar indefinido hacia visible todo el cuarto. Las camillas parecían haber sido adheridas a las paredes con los tubos de plástico para suero, cinturones e incluso alambre de púas, y junto con ellas pendían varios dummies de práctica, cuyos rostros falsos tenían expresiones de sufrimiento perturbadoramente realistas.
El teléfono en mi bolsillo comenzó a vibrar como poseído, y a unos pasos delante de mí, en el otro extremo de la habitación, un hombre yacía sentado sobre sus talones a la usanza japonesa. El cabello castaño que asomaba de su gabardina se me hizo muy familiar, pero no podía ubicar donde lo había visto.
—Who are you?— Me atreví a preguntar.
—Soy un gran guerrero—. Respondió en japonés, haciendo que se me erizaran los vellos de la nuca. —He sido iniciado en el camino de la espada y mis virtudes son muchas—. Se puso de pie lentamente mientras decía esas palabras, pero siguiendo de espaldas a mí.
—Veo que una de ella es la modestia—. Dije mientras comenzaba a moverme hacia mi derecha sin quitarle los ojos de encima.
—Y una de las tuyas el sarcasmo… no deberías utilizarlo tan a menudo, las personas lo detestan.
—¿En serio? ¡Pero si soy encantador!— Mientras decía eso, lentamente extraje la hoja del daito. —¿O crees que debería cambiar algo en mí?
—Sí—. Él desenvainó su propio daito, del mismo tamaño que el mío, incluso pensé que si los pusieran juntos no podría hallar la diferencia entre uno y otro. —Deberías ser más… como yo.
Apenas dijo esas palabras, se giró para encararme, casi arrancándome un grito. Mi rostro adornaba aquel cuerpo, aunque parecía más alto y corpulento que yo y sus rasgos eran más finos, tenía en la mirada una luz que más bien lucía irreal, y de alguna forma que no puedo explicarme parecía mucho más vivo que yo. Pensé en principio que sería algo como una imagen de espejo, pero no lo era. Era más como una versión diferente de mí, creada por alguien más… ¿quizás una visión de admiración…?
O sería otra cosa…
No pude seguir haciendo conjeturas. Ese "otro Kyon" se abalanzó contra mí utilizando mis mismas técnicas, pero ejecutándolas con tal pericia que me costó más trabajo del que pensé interponer la hoja de mi propia espada en el camino de la suya. Sin embargo, recuperándome de inmediato lancé una estocada que estuvo a punto de alcanzarlo, aunque sólo logre rasgar la hombrera derecha de su atuendo, devolviéndome él una sonrisa confiada como respuesta.
Volvió a la carga, y aunque podía hacerme cargo de evitar morir en sus ataques, mi concentración estaba más en pensar de donde había salido ese otro yo. Definitivamente no era obra mía, soy una persona sumamente consciente de quien es, tanto que conozco y lucho día a día con mis propios defectos, y el tipo que tenía enfrente no parecía tener ninguno de ellos, lo que hasta cierto punto se volvía molesto.
Pensé que estaba confiándome demasiado cuando uno de sus ataques bajos estuvo a punto de dejarme sin el pie derecho, ya después pensaría en el significado de ese enemigo, lo importante era despacharlo.
—¿Por qué eres tan odiosamente perfecto?— Preguntó una vez que vio que comenzaba a ponerme finalmente a su altura.
—¿Perdona?
—No tienes que esforzarte para hacer nada. Lo tienes todo, la vida ha sido sumamente bondadosa contigo.
Me mantuve en silencio luego de escuchar al ente… de eso se trataba todo entonces, él era el producto de un sentimiento muy específico que al parecer yo le provocaba a alguno de los miembros de la brigada, sólo que se había manifestado exactamente como la epítome misma de ese sentimiento, encarnado, tangible y peligroso: era la sombra misma de la envidia… pero vamos, ¿envidia?, ¿por qué?
—¿No es evidente?— Exclamó el tipo mientras daba un poderoso mandoble en vertical hacia mi cabeza que bloqueé resintiendo en mis brazos el esfuerzo. Podía escuchar lo que yo pensaba. —Eres talentoso y simpático, tuviste la oportunidad de elegir a la chica, y por supuesto, debías quedarte con Haruhi. Cualquiera hará lo que le pidas.
—Eso es ridículo—. Respondí tratando de ocultar que el aliento comenzaba a faltarme.
—¿Tú crees?— Retrocedió unos pasos dándome un momentáneo cuartel y levantó la mano derecha, chasqueando los dedos, al hacerlo una de las camillas atadas al muro comenzó a sacudirse con violencia.
Los cinturones cedieron finalmente dejando caer a una persona de entre las sábanas sucias, que no sólo se hizo daño al caer desde los cerca de tres metros que separaban la camilla del suelo, sino que sufrió varios cortes y raspones al pasar entre los fierros y alambres. Su cabeza completa estaba cubierta por vendas teñidas en marrón obscuro y negro propios de la sangre añeja, dejando únicamente a la vista algunos mechones de cabelló color caramelo. Se levantó dificultosamente del suelo entre gemidos y dando evidencia de no controlar del todo sus movimientos, y sólo cuando estuvo completamente de pie pude notar que era una nueva representación de Asahina a juzgar por las medidas de su cuerpo, vestida esta vez con el disfraz de enfermera, sucio y más vulgar en relación al de mis recuerdos. Ya de pie, recogió del suelo un tubo de hierro que fue parte de la camilla, y sin reflexionarlo siquiera un poco se lanzó contra mí en un rugido. El que fuera tan fuerte me tomó por sorpresa, con su primer intento casi logró sacarme la espada de las manos, así que aprovechando que sólo esa cosa me atacaba, exactamente cuando trataba de alcanzar mi cabeza con su rudimentaria arma hice un rápido movimiento alcanzando a hacer un corte profundo en su costado derecho, provocando una gran marejada de sangre negra y caliente junto con varias vísceras. Mi espada había llegado casi hasta su columna vertebral, lo hizo aún más grotesco el hecho de que continuara moviéndose, mientras que la mitad superior de su cuerpo se balanceaba peligrosamente. Retrocedí sin saber que hacer mientras sostenía una lucha titánica para no vomitar.
—¡No es Asahina! ¡No es Asahina!— Me repetía a mí mismo involuntariamente mientras me daba cuenta de que estaba aterrorizado.
Apenas sentí que tuve valor, corrí hasta ella y en un único corte brutal terminé el trabajo, con tal fuerza que el monstruo perdió la mano derecha, que salió volando a la distancia, mientras que el resto del cuerpo caía partido por la mitad, dando un espeluznante alarido, pero incapaz de moverse más.
No pude evitarlo. Caí sobre mis rodillas y vomité.
No tuve más que unos segundos de tregua antes de que un segundo chasquido sonara, haciendo que me levantara de inmediato, esperando que una segunda abominación saliera de su capullo diabólico. Y así fue. Otra camilla tembló y finalmente dejó caer a su inquilino. Esta vez, sin embargo, la criatura era famélica y débil, tanto que apenas junto fuerzas para sentarse, era un varón, sus manos, cabeza y pies estaban vendados, no así el resto de cuerpo desnudo, razón por la cual di cuenta de que era hombre.
—Eres un inútil. No puedes y nunca podrás hacer algo tan bien como yo, por mucho que te esmeres. ¡Quédate ahí y muere!— Gritó el otro Kyon con desdén, ignorándolo, y sin más hizo un tercer llamado.
Al caer el tercer monstruo, incluso el otro Kyon retrocedió un poco. A diferencia de los otros dos, el tercero cayó sobre sus pies sin problemas, vestía igualmente un traje de enfermera, y sus movimientos eran coordinados. Tampoco era visible ningún rasgo de su rostro, pero definitivamente era una representación de Nagato. Caminó con paso inexpresivo hacia mí, y su silencio hacia que las cosas a su alrededor también callaran. A menos de un metro de alcanzarme tire un mandoble hacia su cabeza, a lo que ella respondió interceptando el golpe a mano limpia. Hubo un salpicón de sangre negra, pero la hoja no penetró más de dos centímetros en la palma de su mano, y mientras yo trataba de recuperarme de la sorpresa, ella estiró su mano libre hacia mi pecho, golpeándome con fiereza y haciéndome soltar mi espada, la cual ella simplemente dejó caer al suelo.
Me reincorporé esperando tener algunos segundos antes de que aquella cosa me alcanzara y me golpeara de vuelta, pero sus piernas se movían como en cámara rápida, y un instante después la malla de acero sobre la que había estado tendido un momento atrás se abolló bajo la fuerza de su puño. Lo único en que pude pensar era que alguien más fuerte que yo debería someter a esa cosa… corrí con todas mis fuerzas hasta mi versión mejorada, que me observó perplejo. Obviamente me esperaba con un golpe de espada, el cual evité con mi sable corto y luego de un salto salí del camino. Tal como había previsto, la Anti-Nagato no se detuvo o le importó si era yo o él a quien atacaba, y por largos segundos estuvieron luchando el uno contra el otro, tiempo que aproveché para recuperar la espada perdida.
No pude presenciar el combate, al volverme hacia la batalla, la emulación de Nagato caía decapitada a los pies de él, y yo me preparé cuando levantó una vez más la mano.
—¡Basta!— Grité antes de que pudiera chasquear los dedos otra vez. —¡Esto es entre tú y yo! ¡Deja de involucrar a los demás.
—¡Pero si siempre necesitas de los demás!— Me respondió él.
No repliqué a su calumnia y simplemente corrí hacia él, reanudando nuestro duelo de espadas, ahora más rápido y certero. Este tipo creía que era una versión mejorada de mí mismo, incluso yo llegué a pensarlo, pero viéndolo bien, sólo estaba inspirado en un equivocado sentido de enaltecimiento. Él no era mejor que yo, porque a diferencia de él que creía que lo que hacía era perfecto, yo siempre puedo mejorar… y es precisamente eso haría. Piensa, piensa… y mientras lo haces, no dejes de luchar.
En algún punto dio cuenta de su debilidad: él siempre hacía los mismos movimientos y bloqueos "perfectos", y al cabo de algunas repeticiones comencé a ver patrones que se convirtieron en huecos en su defensa. Mi hoja comenzó al fin a hacer contacto con su ropa y su carne., hasta que finalmente retrocedió unos pasos. No dijo una palabra, simplemente se retiró la gabardina, haciéndome ver que no tenía nada más debajo de ella. Tal como había pensado, era sólo un yo idealizado. Era al menos diez centímetros más alto, tenía el cuerpo de un fisicoculturista, incluso la cicatriz que compartíamos en el pecho lucía bien en él… y ni hablar de su virilidad…
Ignoré todo eso y me concentré en seguir atacándolo, hasta que en uno de mis mejores movimientos amputé su brazo izquierdo, que cayó a su lado.
—¿Eso es todo?— Preguntó con desdén y cierto tono de burla mientras se agachaba al lado de su miembro cercenado.
—Lo es para ti… porque tú no eres en realidad mi enemigo. Ahora lo veo claramente.
Había resuelto el misterio. Sabía que ese falso yo no iba a seguir luchando conmigo, así que simplemente caminé hacia el segundo monstruo, aquel que se había postrado inmóvil y sin atacarme, que seguía en la misma posición e igualmente tembloroso e inútil.
—No debes sentir nada de esto—. Le dije. —De ninguna manera soy mejor que tú, Koizumi. Deja de ser idiota y ve la verdad tal cual es. No debes sentir envidia de mí, no tenemos tiempo para eso… y el único que puede quitarte la idea equivocada de que eres inferior, eres tú.
La cabeza de rostro cubierto por vendajes sucios se volvió hacia mí. Como si hubiese comprendido cabalmente lo que acababa de decirle.
La envidia es un mal sentimiento. Merecía ser erradicado. Y eso justamente es lo que haría.
Con mi espada larga di una estocada directo al pecho de aquella reducida representación de Koizumi, que no se resistió en absoluto mientras la hoja de mi espada le quitaba poco a poco la imitación de vida que tenía.
Me giré hacia mi otro yo para verlo tomar su espada corta con la mano que le quedaba y ejecutar el seppuku, terminando consigo mismo, matando en todo sentido la envidia que lo había creado en primer lugar. Y mientras ambos cuerpos se hacía polvo, cientos de mariposas negras nacidas de ellos volaron hacia el firmamento por las ventanas y las oquedades del techo, dando la ilusión de que su vuelo le devolvía el color gris al cielo que poco a poco comenzó a iluminarse junto con el ruido de la sirena de bomberos a la distancia.
Había vuelto al pueblo de la niebla. Desde mi lado de la puerta era posible ver porque no se abría desde afuera, varias tablas estaban clavadas al muro, atrancándola. Di un único corte haciendo saltar por el aire dichos obstáculos y abriéndola finalmente.
—No vas a creer lo que pasó, Haruhi…— Dije nada más cruzar el umbral. —¿Haruhi…?
Estaba solo… yo había vuelto, pero ella se había quedado en la obscuridad…
Capítulo 6 – The Shade Of Envy II.
Fin.
Y así termina este episodio. ¿Qué opinan? ¡Háganmelo saber! ¡Hasta la actualización!
