Saludos, mis fieles y nunca bien ponderados internautas. Sí, ya sé, otra vez se tomó una vida entera, pero bueno... ya estamos aquí. Un nuevo capítulo para esta historia, que se acerca cada vez más a una conclusión.
¡Disfrútenlo y no dejen de comentar!
Capítulo 9 – Back To Normal.
Después de todo lo pasado, no encontraba la luz al final del túnel. Sí, Haruhi ya estaba conmigo, pero no había ninguna señal de los demás, y salvo por Sasaki, no había el mínimo indicio de la integridad o presencia de ningún miembro de la Brigada SOS o la antibrigada. Estábamos solos como al principio. Un poco deprimido por ese conocimiento me dejé caer en las escaleras, sentándome en la más alta y dejé caer mi espalda sobre el frío suelo de viejas y mohosas rocas, desgastadas por la brisa lacustre, con los ojos cerrados. Puedo escuchar a unos metros de mí a Haruhi acercándose a la puerta del faro, escenario de nuestra última batalla, y abro los ojos. La veo examinando el mensaje dejado por quien quiera que sea que trata de guiarnos. ¿Exactamente que estamos haciendo? Sea que esto es obra de un demonio o un hombre o espíritu o cualquier cosa, no puedo evitar pensar que nos está manipulando, y nosotros estamos haciendo justo lo que quiere, las pistas no representan un misterio en absoluto, la mayor parte del tiempo tenemos la certeza de qué es lo que se supone deberíamos hacer, y entonces la alarma se hace más escandalosa cada vez: estamos siguiendo el plan, y por tanto, existe la posibilidad que en lugar de estar peleando contra algo en Silent Hill, lo estemos alimentando, haciendo crecer, ayudando a nacer.
—Opino lo mismo—, dice mi esposa cuando le comparto mi inquietud, —¿pero qué más podemos hacer? Si sólo huimos y los chicos siguen aquí podríamos perderlos para siempre, y no estoy dispuesta a correr ese riesgo.
Dicho eso, me tendió la mano para ayudarme a levantar. Siempre he admirado la fuerza de mi esposa, y no sólo la moral, lo digo porque da de mi manó un tirón con la suficiente fuerza para levantar a una persona del doble de mi peso. La sensación me regresa parte de la calma y me da un sentimiento intrínseco de seguridad que desde que se fue necesitaba con desesperación.
El parque no era en realidad muy lejos. Estaba a no más de un par de kilómetros de nosotros, y la gris e impenetrable niebla sobre el muelle dejaban ver el suelo del dique por algunos cientos de metros, aparentando ser un camino viable.
Por un momento, mientras Haruhi y yo caminábamos en un agotado y frío silencio, sentí esa misma aversión que me había invadido cuando encontré a Sasaki, me sentía terriblemente incómodo, como si ella estuviera invadiendo mi espacio personal voluntaria y alevosamente como en nuestra adolescencia, y le lanzaba miradas furtivas a hurtadillas viendo su inamovible perfil mientras caminábamos apresuradamente.
—¿Sucede algo?— Preguntó sin volverse hacia mí y sin detenerse.
—Para nada—. Respondí menos amistosamente de lo que hubiera querido.
Tardamos unos quince minutos en llegar a la costa, dejando atrás las dársenas y a merced de la brisa y el sonido del oleaje del lago. Me indicó con un gesto hacia el noroeste, lugar donde ella, con aquella memoria privilegiada que tenía, sabía que estaba el parque de diversiones temático del pueblo. Sin embargo, no caminó. Se cruzó de brazos y se recargó en unos de los barandales que alguna vez hicieron las veces de mirador al lago. Ninguno dijo nada por un largo par de minutos. Ella comenzó la conversación:
—¿Por qué tú?— Preguntó con algo de amargura. Sin siquiera saber a qué obedecía la pregunta, me sentí agredido.
—¿El qué?
—Todo. Desde que nos conocimos era el supuesto que yo era el centro de todo, pero en realidad nuestra historia siempre ha sido sobre ti. Tú resuelves misterios, haces entradas heroicas, salvas el día sin siquiera proponértelo—. Hizo una pequeña pausa para tomar aire y continuó. —Y todos vitorean a nuestro valiente miembro no especial, el que no tiene poderes, el que desearía no ser parte de todo esto, porque no sólo es competente y poderoso, sino porque también en el más centrado e inteligente, aun cuando su IQ no supera los 120.
—Lo dices como si fuera mi culpa.
—No te comportes como un niño, obviamente no es tu culpa, sólo creo que a veces eres arrogante.
—Muy bien, Haruhi, ahora explícame cómo es que esta conversación nos ayudará a…
—¿Lo ves? ¡Ahí está de nuevo! ¡Demonios, dame un maldito momento para tener esta charla!
—Bien, tengámosla, y una vez que termines de autocompadecerte por no ser el centro del universo, tal vez podamos ir por los chicos.
—¿Autocompadecerme? ¿Ahora es sobre mí?
—¡Pero si siempre es sobre ti! No hay un sólo momento donde no descalifiques a quien quiera que pretenda tener algo de ingenio o iniciativa además de ti…
—Cállate.
—¿No decías que querías tener esta charla…?
—No, en serio, guarda silencio… ¿no ves lo que estamos haciendo?
Escuchar esas palabras fue como despertar de un sueño largo y confuso, y me sorprendí a mi mismo con el rostro a pocos milímetros del de mi esposa, prácticamente en posición de ataque, listo para trascender la discusión hasta donde tuviera que llegar.
—Démonos prisa—. Dije dándome la vuelta y masajeando mis sienes, aturdido.
Comenzamos a caminar nuevamente, pero aún seguía teniendo esa sensación de la discusión, amarga en la garganta, imposible de digerir. ¿Por qué sentía esa repentina e imperante necesidad de reprocharle cosas a mi esposa? No lo permitiría. Este lugar no iba a manipular mis emociones y hacerme volcarlas sobre las personas que amo.
Y aún con toda la convicción que tenía, me estaba costando mucho trabajo aterrizar esos razonamientos. Era complicado definir lo que sentía cada que miraba a Haruhi, era como mirar a un adicto, una asfixiante combinación de rabia y lástima… y en un momento en que cruzamos la mirada, pude sentir algo semejante en sus ojos al verme. Y haciendo un análisis más profundo de pensamientos y recuerdos, llegué a la conclusión de que dichos pensamientos no eran nuevos ni ajenos, sino que nunca se habían manifestado antes con tanta fuerza. Debía seguir luchando, seguir reafirmando mis pensamientos sobre el amor que le tenía a ella y a mi familia, pero era como tratar de caminar en línea recta estando muy, muy ebrio.
—Lo único que me faltaba—. Dijo de pronto mi esposa.
Instintivamente miré al cielo, pues algunos de los síntomas del pueblo al ir hacia la oscuridad se estaban dando, sin embargo, no escuchamos la sirena y la tierra no tembló.
En su lugar sólo comenzó a lloviznar y la niebla devino en una noche repentina y oscura, el aire se enrareció aún más, haciendo un cambio en el ambiente, uno que lo hacía aún más espeso y difícil de tolerar, y el común silencio se convirtió en un murmullo parecido al de un coro multitudinario de barítonos que cantaba a la distancia.
Estábamos quizás a medio camino hacia el parque, y de la única forma en que se me ocurre describir mi sensación, era que aquella entidad maligna que embrujaba al pueblo nos estaba permitiendo el paso a una zona más profunda de su propio ser, llevándonos a sus entrañas, donde la realidad se convertía en algo aún más torcido y perverso, donde corríamos el riesgo de perdernos nosotros mismos.
Incapaz de pensar adecuadamente para afuera de mi propia cabeza, resolví únicamente sacar mis espadas y prepararme para pelear.
El asfalto húmedo resonaba con más fuerza que otras veces bajo nuestros pies, mientras que yo me mantenía alerta de cualquier sonido ajeno a la lluvia o nuestros pasos, sin embargo, nada pasaba, incluso el radio y los teléfonos se mantenían renuentes a lanzar el mínimo ruido. Razón de más para ser cautelosos, y así, distraídos en la hostilidad del entorno, pudimos olvidarnos momentáneamente de nuestras diferencias.
Ignoro por cuánto tiempo o distancia habremos caminado a través de la penumbra húmeda y silente, si fueron minutos u horas, ya no había mayor diferencia. Por momentos incluso olvidaba que Haruhi iba conmigo, y terminaba asustándome de escuchar sus pasos. A medida que nos adentrábamos más en el camino hacia el parque, ese mismo objetivo parecía ir perdiendo relevancia, el viaje mismo que nos había llevado hasta allá comenzaba a perder significado… aunque, en un momento de lucidez, recordé lo que me motivaba… debía encontrar a todos los que entraron junto con nosotros y se internaron en las calles de este pueblo fantasma, debía devolverlos sanos y salvos, y con ello lograr que volvieran a sus hogares y familias. Yo mismo, junto con Haruhi tenía la urgencia de volver al lado de nuestra hija…
El parque temático del pueblo tuvo en sus mejores años una vista privilegiada del lago. Los antiguos árboles que custodiaban la entrada parecían haber crecido de más a pesar de la contaminación y ahora creaban una enorme cúpula natural de madera y hojas enfermas sobre la puerta de acceso, separando el parque del resto del pueblo, y aún cuando cada paso que doy hacia adentro me demanda más fuerza de la que poseo, no puedo dejar de andar, siendo atraído como una cigarra a la luz, sin saber que en ella está mi perdición. La leyenda sobre la entrada estaba extrañamente iluminada en neón como seguramente lo estuvo en antaño.
Lakeside Amusement Park.
La parafernalia era la que debía tener cualquier parque de diversiones. Había negocios a los costados de la entrada principal sumidos en un profundo olvido y deterioro, con la ceniza deslizándose de sus tejados a razón de la llovizna que no cesaba, dejando caer gruesos y obscuros goterones. El viento se había vuelto tanto más intenso y podía verse la estela que creaba al combinarse con la lluvia y lastimaba la piel con su frío, y se condensaba en el acero de mis espadas.
Auxiliado de la lámpara LED de mi bolsillo abrí un poco el panorama. Algunas decenas de metros adelante podían verse los juegos abandonados, cuyas estructuras se mecían entre rechinidos a merced del viento. Pude ver un carrusel, una rueda de la fortuna y unas tazas locas, aunque estaba convencido que había muchas más atracciones, seguramente ocultas en el cobijo de la obscuridad.
—¡Kyon!
El grito (porque eso fue), resonó a una distancia muy considerable de donde yo me hallaba, y había sido la voz de Haruhi. La poca lucidez que me quedaba me hizo buscarla detrás de mí, en el conocimiento de que ella debía estar justo ahí… en lo que, por supuesto, me equivoqué. Di una vuelta de trescientos sesenta grados y no pude ver a Haruhi, así que eso sólo podía significar que en el estupor que nos embargaba se había separado de mi involuntariamente y yo no fui capaz de notarlo. Iba a seguir reflexionando sobre cómo es que todo eso sucedió cuando un segundo llamado a mi nombre me sacó de mis apresuradas reflexiones.
—¿Dónde estás?— Pregunté en un grito también.
—N-no lo sé… ven…
Seguía pesándome cual piedra el escucharla tan desvalida y débil, así que sin pensármelo dos veces eché a correr detrás de su voz, adentrándome entre los abandonados juegos mecánicos, con la única guía de la lámpara. El camino pronto devino en un intrincado laberinto de pasillos, juegos y tenderetes que hacían muy fácil confundir un camino con otro, a medida que crecía poco a poco el clamor de la castigada sirena de bomberos que había escuchado antes, y conforme este ruido aumentaba, los juegos iban herrumbrándose más y más, el suelo sobre el que corría perdió poco a poco el asfalto, que caía por debajo de mis pies a un precipicio iluminado en el anaranjado de las minas de carbón eternamente encendidas algunos cientos de metros abajo, y del cual sólo me separaba la gruesa malla de hierro que había tomado el lugar del suelo en ocasiones anteriores. Algunos metros adelante de mí, la malla cedió bajo el peso de un juego mecánico en el cual ya retozaban algunos niños grises, y el conjunto entero cayó hacia el precipicio incandescente.
—¡Apresúrate!— Gritó con voz suplicante Haruhi, y pensé en que quizás estaba en peligro de caer, así que me apresuré a alcanzarla entre el incesante y desesperante ruido, que comenzó a ceder gradualmente como llegó, indicándonos que la transición estaba completa. —¡Date prisa!— Pidió una vez más, con la voz casi descompuesta de miedo, y yo apreté el paso…
Algo me tacleó con fuerza en el costado derecho, haciéndome caer y quedar tendido de pecho a tierra, haciéndome sentir el calor del incendio debajo del suelo en mi mejilla derecha. Por un momento pensé que sería una persona, pero pesaba al menos el doble de alguien de mi estatura, apoyó la mayor parte de su masa sobre mis caderas, mientras que con una de sus manos presionaba mi cabeza contra el hierro. El sonido que salía de su boca era semejante al de alguien que había perdido todos los dientes y la lengua, junto con su aliento fétido y los reguerillos de baba caliente que caían a milímetros de mi rostro, supe que estaba a merced de alguna de las criaturas de la obscuridad.
De la parte que dada mi posición identifiqué como su cabeza bajó un apéndice de varios tentáculos que entre espasmos hurgaban la piel de mi cuello, y luego de afianzarlo bien, adhirieron ventosas en el mismo, y claramente pude sentir como succionaban lentamente mi sangre, como si fueran sanguijuelas, y si eso era ya de por si espantoso, pude sentir claramente como un órgano semejante se revolvía contra mis caderas… esa cosa no sólo iba a matarme, iba a tratar de violarme en el proceso.
Haciendo acopio de todas mis fuerzas, levanté mi peso y su peso combinados con mis solas manos, y una vez incorporado pasé rápidamente la hoja de mi espada corta por los tentáculos de su órgano oral, haciendo volar la mayor parte de ellos, aunque quedando pegados algunos a mi piel que me provocaron un molesto ardor al derramar pequeñas gotas de su sangre corrosiva en mi cuello.
El monstruo mugía de dolor y yo no tenía tiempo para pelear, así que en un único movimiento pasé la hoja de la espada de un costado al otro de su cuerpo, y así como cayó al suelo di un último golpe. Convencido de haber derrotado a aquella cosa, reemprendí la carrera hacia el lugar del que procedía la voz de mi nuevamente perdida esposa. Corrí sin detenerme por cerca de un kilómetro entre juegos y tenderetes, sintiendo que enfermaría de las vías respiratorias por el contraste entre la fría brisa pluvial y los vapores calientes y tóxicos que manaban desde abajo, en el abismo. El camino, por supuesto, no estuvo exento de confrontaciones, y tuve que despachar a media docena de niños grises y un número semejante de perros deformes, además de un par de aquellos homínidos violadores como el que me atacó llegando al parque.
Al fin, agotado, pude ubicar el clamor de mi esposa, que me pidió la asistiera una vez más, pero esta vez con su voz cortada por el llanto. El bote de los enamorados estaba ahí finalmente, con los largos cuellos de los herrumbrosos cisnes de utilería formando un corazón sobre la entrada, donde yacía exánime y rota la pequeña barca de dos plazas en que se entraba al juego, y cuyo río artificial sólo tenía el agua que caía del cielo.
—En un momento estaré contigo…— Dije sintiendo en el pecho una vez más que nada de lo que estaba haciendo tenía sentido, que era una batalla perdida sin importar cuantas veces intentara salvarla.
Me colé al túnel y seguí el cauce del río artificial que en sólo unos cuantos metros había aislado todo el ruido del exterior, y que comenzaba a parecerme demasiado largo. Me detuve un instante luego de que sentí que había recorrido unos trescientos metros, con la linterna apunté hacia adelante, tratando de ubicar un punto de llegada o al menos de referencia, pero el túnel continuaba en línea recta, y apenas cabía yo ligeramente agazapado. Mirando hacia atrás, el panorama no cambiaba mucho, y de hecho, no era visible el punto a través del cual había entrado.
Reemprendí la marcha al escuchar algo que me pareció remotamente parecido al clamor de percusiones rituales, y el sonido iba aumentando a medida que me acercaba al final del túnel, que por cierto, mostraba cierta inclinación hacia abajo, y tanto me concentré en correr, que poco me faltó para caer al llegar a cierto punto del camino donde hacia una bajada completamente vertical, y cuyo fondo era invisible desde mi posición.
Hubo un nuevo llamado por parte de mi esposa, y esta vez me sentí totalmente derrotado. Tenía la necesidad imperiosa de ir en su auxilio, pero al mismo tiempo me cayó encima y de un solo golpe el peso del cansancio y el dolor de todo el camino hasta llegar aquí, cayó sobre mí la debilidad, la pesadumbre y el hastío, además de todos los dolores de los que fui víctima desde que llegamos a este pueblo infame… me dolían los pies de tanto caminar, las heridas que había recibido a lo largo del trayecto, y mentalmente estaba abatido… abandonar estaba por primera vez entre las opciones de mi misión.
Vencido al fin, me dejé caer sobre mis rodillas en tanto que un nuevo sonido venía a hacerme compañía, pero no era el radio ni el móvil, o los gritos de auxilio de nadie… era agua, un caudal importante, mientras que el suelo del túnel sobre el que estaba hincado se estremecía. Miré hacia atrás, allá de donde venía originalmente y no me sorprendió sentir la onda expansiva del agua que se acercaba potente y ruidosa. De cualquier manera, no había a donde huir, así que sólo la esperé hasta que impactó su ira contra mi humanidad, arrastrándome al fondo del abismo.
Desperté un tiempo después. No podría decir cuánto, aunque no debió ser mucho dado que seguía sintiendo con la misma intensidad todas las dolencias que llevaba conmigo antes de ser arrastrado por la corriente. Tardé poco más de dos minutos en incorporarme, y cuando finalmente pude hacerlo, noté que mis espadas estaban tiradas sobre la malla de acero que por las marcas en mi sien izquierda sabía que había detenido mi caída.
La luz venía desde debajo de mis pies, a través de las oquedades de malla era visible el carbón al rojo vivo del subsuelo. El espacio en el que estaba era octagonal, y por todo el lugar estaban regados trozos viejos del mobiliario de varios edificios que había recorrido. Pero mirando más detenidamente, no sólo eran piezas del menaje… cada uno de los ocho muros era en realidad una parte de los sitios recorridos en nuestro viaje, uno correspondía a los enormes e inamovibles muros de hormigón del túnel que nos llevó hasta el centro del pueblo, otro era aquel cubierto por los nichos mortuorios de la iglesia Balcan, otro más era aquel adornado con paysley y una puerta que nos llevó hasta la heroína ciega en la escuela Midwich, el enorme espejo del hospital, en cuyo reflejo podía ver el pueblo de la niebla, una de las asépticas paredes del faro, la entrada cubierta de follaje seco del parque, incluso uno lucía idéntico a uno de los pasillos de las oficinas del Vaticano. Finalmente, aquel que estaba justo frente a mí, que era una sólida pared de desnudo concreto, cuya única seña particular era una enorme inscripción hecha de herrumbre sobre su puerta, que rezaba:
Welcome to Nowhere
—¿Bienvenido a ninguna parte?— Repetí para mí mismo, confundido.
—Kyon…— Se escuchó débilmente a través de aquel muro.
Me acerque lentamente. Había mucho silencio. Esta vez silencio verdadero. No había ruido en el radio o el móvil, tampoco estaba el extraño murmullo en el ambiente que nos había seguido desde el principio, sólo estaba presente el sonido de mis pasos sobre el acero. Tomé mis espadas. Me cercioré de tener municiones en el arma que me proporcionó mi esposa, luego tomé un profundo suspiro. Seguramente la entidad que ha maquinado tan magistralmente todo este periplo me espera detrás del muro, ahí deben estar todos mis amigos, y yo sin más, camino hacia allá. De alguna manera no me sorprende o asusta saber que podría enfrentar una muerte horrible, dolorosa y segura.
Igualmente lo haré.
Haruhi.
Empujé la puerta y la atravesé. Detrás de ella estaba un nuevo cuarto octagonal, pero cuyos muros eran de malla tal como lo era el suelo, a través de la cual era perfectamente visible el incendio, como estar suspendidos en una enorme jaula que pendía sobre una fogata.
Al centro de la jaula, a sólo unos metros de mi, Haruhi. Pero no aquella con la que llegué a Silent Hill. Era la que conocí muchos años atrás. Cuando inició la secundaria, con su cabello marrón largo hasta las caderas, la niña que escribía mensajes para los extraterrestres en el suelo de las escuelas.
Estaba hincada y se abrazaba las piernas con el rostro oculto entre las rodillas, sollozando, aterrorizada.
—¡Haruhi!— La llamé envainando mis espadas y corriendo hasta ella, hincándome a su lado, tomando sus mejillas y haciendo que se volviera hacia mí. Gruesas lágrimas caían por sus mejillas, y al verme no pareció haberme reconocido. No dijo palabra. —Te sacaré de aquí cuanto antes.
—Aléjate de ella, Kyon…— Dijo otra voz a mis espaldas.
Al girarme me encontré a la Haruhi con la que llegué, vestida en la ropa encontrada en el pueblo, en la segunda mitad de sus veinte, con su obscuro cabello castaño apenas un poco por debajo de sus hombros. Haruhi Suzumiya, la agente de Interpol. Su rostro tenía una expresión determinada, y con ambas manos sujetaba su arma de fuego, apuntando sin titubear hacia nosotros.
—¿Por qué?— Pregunté sin terminar de entender por qué hacia esa pregunta, dejando que mis labios se movieran como dentro de un sueño, donde sé las cosas, pero no entiendo como es que las sé. —Ella… esta Haruhi aún puede salvarse… ya es tarde para nosotros, pero al menos ella…
—¿Y tú quién te crees para decidir eso? Tú elegiste este camino junto conmigo, es tu responsabilidad llegar hasta el final. Ahora apártate y déjame terminarlo todo de una vez si es que no vas a tener agallas para hacerlo tú mismo.
Era sencillo. Yo me apartaba sólo unos milímetros y le daba espacio para disparar. Con ello terminaría el sueño e iríamos al origen nuevamente, a confrontar al más perverso de los demonios, tan vicioso y taimado que se había ocultado en nosotros desde que nacimos, nos había hecho ver cosas a lo largo de nuestro camino, nos jugaba bromas pesadas acerca del concepto que teníamos de nuestros propios seres.
Sin embargo, a diferencia de lo que hubiera hecho en circunstancias normales, no obedecí a Haruhi. En su lugar, me erguí cuán alto era y desenvainé el sable largo. Del invisible techo del cuarto comenzaron a bajar jaulas más pequeñas, individuales para ser precisos, ocho de ellas. Dentro de cada una había algo parecido a una placenta, un saco amniótico dentro del cual estaba una persona, inmóvil, con los ojos cerrados. Los reconocí a todos de inmediato. La brigada y la anti brigada. Y alguien más. Truqué.
—Balas capaces de dar en el mismo blanco dos veces. Espadas capaces de repeler balas. Poderes paranormales, extraterrestres, viajes en el tiempo, vampiros, ángeles, pueblos embrujados—. Escuché justo detrás de mí. —Ha sido un sueño maravilloso, ¿no es así?
Haruhi sólo bajó unos milímetros el cañón del arma e hizo un disparo que pasó rozando mi costado, pero que pude escuchar claramente como impactó algo a mis espaldas, haciendo que la Haruhi niña lanzara un lamento de miedo, más no de dolor.
—Por supuesto, esa es la respuesta para todo lo que desconoces. Eres tan ordinaria…
Detrás de la Haruhi niña se levantó entonces otra figura, pequeña, lívida como un fantasma, con su raído atuendo de manta blanca sucio y desgastado, con la máscara hecha de corteza fracturada en la parte superior derecha por la bala recién disparada. Caminó sin miedo hacia Haruhi adulta, rebasándome, lenta, pero convencida, inamovible. Una nueva tanda de disparos se escuchó. La misma Haruhi que horas atrás se había resistido a disparar a un monstruo lejanamente semejante a un niño, ahora disparaba hasta vaciar el cartucho hacia la menuda imagen que caminaba hacia ella. Se que las balas la impactan porque las veo salir por su espalda entre pequeñas nubes de sangre.
Haruhi retrocede mientras tira el cartucho usado e inserta uno nuevo, que tardó sólo un instante en ser de nuevo vaciado en aquella criaturita que no parece notar siquiera que ha recibido una treintena de tiros.
—¿Por qué me atacas, Haruhi?— Pregunta ella, deteniéndose al fin. —Yo no soy tu enemigo, tú sabes quién está entre tú y la vida que deseas preservar.
Mi esposa se queda mirando fijamente hacia la faz cubierta de su diminuta interlocutora, y un momento después, baja el arma. Tiró el cartucho humeante y vacío, y con calma puso uno más.
—Tienes razón. Pero cuando lo logre, igual vendré por ti.
—Si lo logras, esa será tu recompensa—. Diciendo eso, la pequeña giró apenas un poco su rostro hacia mí y luego siguió su camino, dejándonos.
—Debes apartarte, Kyon… hago esto por los dos… por Ryoko… por nuestros amigos.
—No es verdad… una vez más lo haces por ti misma.
—Kyon… te lo suplico, sólo si acabo con ella, la pesadilla terminará.
—¡Eso es precisamente lo que quiero! ¡Que todo termine! Y sólo si ella sobrevive podremos empezar todo de vuelta, podremos corregir todos los errores.
—¿De qué errores hablas?
—Todos los que cometimos y que al final nos trajeron aquí… creo que no puedes verlo, pero esto no es un lugar, Haruhi, es más como un estado de conciencia… y esta parte de ti que resguardo con tanto afán tiene las respuestas.
—Kyon…
—Y si tienes la intención de matarla…
—No, por favor…
—Vas a tener que arrancar estas espadas de mis frías manos muertas.
No sabía que me hacía hablar o comportarme así, pero quemaba mi pecho y mi cabeza, como estar dentro de una pesadilla y saber que el siguiente paso te llevará de vuelta a la realidad, a la vigilia. Tenía que ser esa la respuesta, y el misterio quedaría resuelto. Quien quiera que esté guiándonos en este pueblo nos fue dando las pistas para llegar hasta aquí, y este era el destino último, la confrontación final que debíamos tener, en pos de nuestra realidad entera.
Me puse en guardia, espada en alto, paralela a mi mirada, ante una Haruhi incrédula que me observaba inmóvil. Retrocedí un par de pasos y tomé la mano de la pequeña, la hice levantar y la llevé detrás de una de las jaulas (la de Nagato), todo esto sin dejar de apuntar a Haruhi con el filo de la espada.
—No quiero lastimarte…— Susurró dubitativa, levantando por primera vez el cañón de su arma.
No respondí, sólo agudicé la guardia.
El primer disparo sonó. Me moví sólo milímetros a la izquierda mientras echaba a correr hacia ella, evitando la primera bala que buscó mi costado. Incluso ella, tan rápida y ágil, pareció sorprendida por la velocidad a la que la alcancé. Antes de que pudiera intentar un nuevo disparo, ya había dado vuelta al sable y conecté un fuerte mandoble con la parte de la hoja sin filo, lo que no la heriría, pero si que le dolería y eventualmente le dejaría una marca. No había necesidad de tener un combate mortal, con dar un buen golpe con la hoja en una clavícula, la espina o un muslo, el combate terminaría, en el peor de los casos, hacer un corte en los nervios de una pierna, pero nada permanente o fatal. Sin embargo, pensar como estaba haciendo era subestimar a mi contrincante.
Sin haber terminado de resentir el primer golpe, el arma de Haruhi apuntó directo a mi pie izquierdo, aunque logré quitarlo a tiempo y la bala se perdió en el incendio a cientos de metros abajo. Ella también estaba tomando sus precauciones. Aún en este panorama estábamos preocupados el uno por el otro.
Y aún así, vuelve aquella horrible sensación de intoxicación que me aplasta, mis manos manejan mi espada completamente fuera de la jurisdicción de mi mente, y la sensación de ira añeja penetra poco a poco mi juicio, haciendo que frente a mí dejé de estar la mujer que amo, mi esposa, la madre de mi hija y persona virtuosísima… sólo hay un enemigo que me está amenazando… y yo debo concentrarme en las cosas buenas de ella para no lastimarla…
—A ella no le importas… nunca ha sabido darte tu lugar…— Susurra la voz de Asahina, etérea, a través del lugar. Me vuelvo hacia su jaula y la veo sacudirse como en cámara rápida, como si fuera víctima de una violenta descarga eléctrica.
—¿Para qué querrías estar con ella de todas formas? Es caprichosa y sin una pizca de clase—. Resonó en el tono aburrido de Sasaki.
—Aún cuando te ha elegido, se cree superior a ti en todos los aspectos, y por eso de desdeña—. Musitó fantasmagóricamente la voz de Nagato.
Tuve que desviar la mirada un momento. Al poco rato, podía escuchar a todos exclamando razones para detestarla. Al volverme a verla en la peculiar tregua que nos estábamos dando, la vi cubriendo sus oídos, al parecer en medio de un conflicto igual al mío.
Escuché más disparos aún. Sabía que estaba moviéndome y evitándolos. Entre imágenes confusas vi a Haruhi por momentos y sentía en mis manos el movimiento de mi espada, pero no sabía lo que estaba haciendo, como si mi cuerpo estuviera siendo manejado por los hilos invisibles de un titiritero.
¿Qué era ese sentimiento que crecía cada vez más dentro de mi pecho? Una vez más tenía la impresión de que no era ajeno a mí, sino que había estado escondido en mi por mucho tiempo, quizás por años, y estaba emergiendo, cansado de ocultarse y ser reprimido por tanto tiempo. Era enojo, ira, depresión, desesperanza… todo estaba perdido, lo estuvo desde el principio… ¿qué es lo que había hecho…?
—¿Qué es lo que he hecho?— Resonó en mi voz al siguiente momento de lucidez que tuve.
Las piernas me dolían como si hubiese corrido una maratón y caían reguerillos de sudor por mis sienes. Mis manos dolían en tanto que la espada se mantenía tensa y temblaba entre ellas. Por pura inercia tiré de ella, pues parecía estar clavada en algo, de regreso vi con sorpresa que la hoja rebosaba sangre.
Mis ojos buscaron aquello de lo que extraje mi arma, encontrándome con Haruhi, que se sujetaba la boca del estómago, tratando de reducir la hemorragia. Ella también me miró.
—Perdóname…— Susurró antes de irse de espaldas.
Su cabeza no golpeó la malla que hacía las veces de suelo. Fue recibida por las rodillas de la Haruhi niña, que más sosegada acariciaba su cabello maternalmente.
Solté la espada. Por un momento me sentí sin fuerzas. Caí sobre mis rodillas y sólo entonces noté un dolor agudo en mi abdomen. Me toqué débilmente con las manos el sitio donde era más intenso el dolor, y al mirarlas, estaban empapadas de sangre también. El dolor venía desde adentro, calculé que tendría un par de balas alojadas, una en el pulmón derecho que al parecer había colapsado y me daba grandes problemas para respirar, y la otra debía estar muy cerca de la columna, pues cada vez sentía mayores dificultades para mover las piernas.
Un par de brazos pequeños se enredaron en mi cuello a mis espaldas afectuosamente, pero provocándome un miedo orgánico que hacía aún más difícil mi respiración.
—Estoy tan orgullosa de ti, Kyon—. Dijo la niña corteza dándome la vuelta para quedar de frente a mí. —Has llegado muy lejos, has vencido a todos los demonios en el corazón de tus amigos y seguiste tus instintos, los que te decían que algo siempre estuvo mal contigo y con Haruhi.
—¿Quién eres…?— Pregunté dificultosamente, con mi voz corrupta por mis heridas.
—El único y verdadero compañero de la humanidad a través de la historia y antiguo como la humanidad misma. Quien a lo largo de la historia le ha dado el conocimiento verdadero y que ha garantizado su evolución.
—¿S-Satanás?
—Eso es trillado, ¿no crees?— Dijo mientras se retiraba la máscara, revelando un rostro sucio y descuidado, pálido como el papel y de ojos enrojecidos y rebosados con lágrimas secas. Y aún con ese aspecto tan decadente, pude reconocer su cara: el rostro de mi Ryoko, que hoy parecía tan lejana. —Ahora que somos amigos puedes llamarme Samael. Has cumplido muy bien tu tarea, Kyon… ahora te daré tu recompensa…
—¿Mi recompensa?— Pregunté en un hilo de voz mientras ella abrazaba mi cabeza contra su regazo, trémula.
—Sí, Kyon… Tu recompensa es la verdad.
Capítulo 9 – Back To Normal.
Fin.
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