—¿Mi recompensa?— Pregunté en un hilo de voz mientras ella abrazaba mi cabeza contra su regazo, trémula.
—Sí, Kyon… Tu recompensa es la verdad.
Capítulo 10 - The End Of The Dream.
Y la vigilia regresa. Al abrir los ojos noto que el sol ya está alto en el cielo, y su luz inunda mi habitación, es una luz amarillenta y más bien violenta que desde unos minutos atrás quemaba mi nuca. La boca me sabe horrible, y al despegar la cara de la almohada di cuenta de que una cantidad importante de saliva (ahora seca) mantiene mi mejilla unida a la misma por un momento.
Dificultosamente me siento en la cama y hago un reconocimiento del lugar. Todo está desorganizado. Recuerdo que hace algún tiempo me hice el propósito de limpiar al menos un poco, pero no he hallado tiempo. Al final, ¿qué más da? Sin importar cuánto intente arreglar este desorden, no hay remedio.
Una vez tuve un sueño. En dicho sueño me vi ganando la lotería, y hacia montones y montones de cosas con el premio. Ese sueño podría ser catalogado como uno bueno, y realmente lo fue. Me vi a mi y a todos los que me rodean y aprecio felices en medio de la abundancia. Sin embargo, como sueño que era, tenía una característica común con otros: terminó.
Y al terminar, toda aquella felicidad se desvanece, dejándote solamente con un terrible sabor de boca, reforzando lo patético e infeliz que realmente eres.
Acabo de despertar de un sueño justamente, uno que igual podría caber dentro de esa categoría de sueños buenos a la que aludo, sólo que este no involucraba la lotería.
Apenas sí recuerdo algunas partes, pero era muy emocionante: yo era algo así como un héroe, los amigos que me acompañaban en aventuras extraordinarias eran tal y como me los imaginaba en mi adolescencia, antes de renunciar a las tonterías de los seres sobrenaturales y los extraterrestres, antes de la entrada al bachillerato, antes de las drogas y el accidente… y antes de Haruhi.
No me mal entiendan. Nunca consumí nada que no debiera, sin embargo, algunas de las personas a mi alrededor no tuvieron tanto cuidado.
La puerta de mi habitación se abre, mamá me mira con esa nostalgia combinada con indignación que ha acompañado su mirada de unos meses para acá, y yo suspiro.
—Buen día—. Digo por lo bajo.
—Buen día. El desayuno está listo.
—Gracias.
—¿Necesitas ayuda?
—Puedo hacerlo solo—. Respondo con un apenas perceptible dejo de fastidio.
—De acuerdo, no tardes mucho.
Se va dejando mi puerta abierta y yo busco el objeto que tanto me ha ayudado hasta ahora. Ese objeto alargado y bellamente tallado. Está justo a un lado de mi cama. El bastón.
Me apoyo en él para ponerme de pie, y puedo escuchar crujir los huesos de mi cadera, y aunque el dolor es intenso, estoy comenzando a acostumbrarme a él.
El desayuno es como cualquier otro. Papá por supuesto se fue antes del amanecer, y mamá y mi hermana comen en silencio.
Por cierto, ustedes ya han leído sobre mi acontecer, sin embargo, no les he dicho nada sobre mí. Mi nombre no importa mucho en realidad, y aunque a todo mundo le he repetido hasta el cansancio que detesto el seudónimo que cierta tía que casi no veo me puso, todos me siguen llamando así, así que siéntanse libres de identificarme como Kyon. Tengo dieciocho años y recientemente me gradúe de la preparatoria, y en una semana comenzarán las clases en la universidad de Tokio, aunque por desgracia para mí, ese hecho es completamente irrelevante, pues me han rechazado y al menos durante este año tendré que hacer alguna otra cosa.
Mamá inicia la conversación esa mañana.
—¿Y ya pensaste que vas a hacer?
—Supongo que conseguiré un trabajo y me prepararé para la próxima ronda.
—¿Por qué no intentas ingresar a otra universidad?
Sé que su pregunta es bien intencionada, pero me enoja. Mi promedio de término de la preparatoria fue más bien mediocre, y si no consigo una calificación perfecta en el examen, nunca entraré a la Toudai. Puedo hacerlo. Al menos me aferro a esa idea.
—Es tarde, perderé el horario de visitas—. Atajo para terminar la conversación. —Y hoy debo volver a mi casa. Está hecha un verdadero desastre.
—Deberías dejar de ir allá, y también dejar ese departamento. Está también es tu casa, aquí podríamos cuidarte—. Me dice mamá viéndome dejar la mesa.
—No puedo.
Tan rápido como puedo, abandonó el comedor y unos minutos después hago camino fuera de la casa.
Es un día caluroso, no tan raro considerando que es marzo, y camino tan rápido como la lesión me lo permite, sintiendo como el sudor baja por mi cuello y mi cadera amenaza con acalambrarse. Aprovecho el haber llegado a una tienda de conveniencia para entrar y descansar un poco, refrescarme con el aire acondicionado, y de pronto comprar algo como presente. Justo elegía una caja con chocolates que se ajustará a mi presupuesto cuando apareció una de mis personas menos favoritas, que curiosamente estaba conmigo dentro del extraño sueño que tuve y en el que éramos grandes amigos, y en realidad así lo fuimos una vez. Pero ya no más.
—Kyon—. Dice algo displicente, mostrando su sonrisa perfecta y contaminando mi aire con la colonia costosa que utiliza.
—Koizumi—. Respondo por cortesía sin volverme a verlo y haciendo lo posible por darme la vuelta cuanto antes e irme.
—¿Todo bien?
—De maravilla.
—¿Qué tal tu cadera?
Doy un suspiro hondo, sabiendo que era imposible eludir la charla. Después de todo, este es su negocio.
—Según el terapeuta, tardaré unos años en volver a caminar normalmente. Por fortuna para mí, no tenía planes de hacer una carrera como deportista.
—Ya veo—. Dijo fingiendo que miraba la mercancía de los estantes. Luego bajó un poco la voz: —Sí el dolor es muy fuerte, tengo algo que podría ayudarte a soportarlo…
—Ya habíamos hablado de esto, Koizumi, no voy a consumir…
—Nada ilegal, lo sé, y no es lo que estoy proponiéndote. Simplemente puedo facilitarte algunos calmantes fuertes, pero perfectamente legales, incluso puedo conseguirte receta para ellos… me inquieta ver a un amigo padeciendo dolor. Al menos dime que lo pensarás.
—Bien. Lo pensaré—. Respondí dándome la vuelta y dando por terminada la conversación.
¿Qué es lo que el sujeto había hecho para tener la vida que tenía? Era apuesto, carismático y popular, y aún cuando su no tan legítimo negocio era un secreto a voces, se las había arreglado para no meterse en problemas… en fin, supongo que algunos nacen con suerte, debo admitir que lo envidio un poco.
Pagado el importe, vuelvo a hacer camino. ¿Calmantes poderosos? Sí, el dolor es intenso y constante, sin embargo, es soportable. Mi mente y mi corazón, por otro lado, cargan un peso más difícil de llevar.
—¿Qué fue lo que nos pasó?— Pregunto a Asahina, sentados ambos en la banca del parque.
—No lo sé. Todo estaba muy bien, pero supongo que algunas personas tienen esta suerte. Gracias venir. Pensé que te habían prohibido verme.
—Y así es. Mis padres me han repetido hasta el cansancio que no debo ver a ninguno de ustedes, estoy aquí a escondidas.
—¿Me acompañarás a verla?
—No. Pero salúdala de mi parte.
Se levantó del banco, y luego de pedirme que no me levantara hizo una educada reverencia, concluyendo nuestra cortísima entrevista. La vi caminar con su agraciado y elegante paso de chica adinerada mientras trataba de conservar en la medida de lo posible el aroma de su cabello y la imagen de su hermosa figura. La frecuencia con que la veía iba reduciendo dramáticamente, y algo dentro de mí me decía que en breve no tendría más contacto con ella. Al final, su estilo de vida y lugar en una sociedad como la nuestra pronto la llevarían a rodearse de otro tipo de gente, no sé si mejor, pero ciertamente de otro tipo. Por culpa de sus celos, Haruhi había hecho bastante difícil el periodo de tiempo que compartió con Asahina, y era hasta cierto punto de esperarse, Asahina es muy hermosa, eso sin contar que su carácter también es mucho más apacible… aunque de vez en cuando era inocente e indecisa hasta lo irritante, y con franqueza dudo que pueda con alguno de los grandes problemas de la vida en el futuro.
Futuro. Palabra curiosa. En algún momento me imaginé que ella bien podría venir de ese tiempo verbal, pero en realidad no había nada más allá.
Tenía un poco de tiempo. Aún con los dolores de mi cadera y la premura por llegar a mi destino, tenía unos minutos para hacer una última escala. Caminé entre las calles de aquel exclusivo barrió residencial cargando sobre mis hombros el calor de aquel día tan antipáticamente soleado, y la mirada de algún vecino, seguramente extrañado de ver a un joven como yo caminando auxiliado de un bastón como si de un anciano se tratara. La lástima. La detesto desde lo más profundo de mi ser. Es quizás el peor sentimiento del mundo, no hay cosa sobre la faz de la tierra que sea más atroz que ser el objeto de la lástima de cualquiera. Así que endurezco mi gesto, como dando una advertencia sin palabras a los otros transeúntes, que vayan y sientan pena por alguien más.
Mi errático paso me lleva hasta la entrada de un lujoso bloque de apartamentos. Lo miro con aprehensión. Dentro de mí se alimenta la esperanza de encontrar a quien vive aquí y con quien desde hace tiempo no hablo, y no es que fuera precisamente parlanchina, pero había algo en su carácter reservado e introvertido que la hacia brillar aún cuando ese no fuera su propósito, además de esa inocencia sólo comparable a la de Asahina, que te provocaba una ganas legítimas de protegerla y proveerla. Me seco el sudor con el pañuelo mientras escucho el tumultuoso coro de grillos y bichos. Observo al hombre que custodia las puertas de cristal del edificio y me regresa una mirada igualmente curiosa, yo, casi derrotado, recargo mi espalda contra el muro.
Esperaría sólo un poco. Cinco minutos a lo sumo. Si no la veía, continuaría mi camino. Y como efecto de la coincidencia, justo por cumplirse el plazo. Ellas aparecieron.
Nagato se quedó petrificada por un instante al reconocerme a la distancia, y luego bajó la mirada, un instante después apareció Asakura. Son vecinas, amigas cercanas de hecho, así que no me sorprendió en absoluto verlas juntas llagando a casa. Y si bien la reacción de la primera fue evidente, la de la segunda fue aún más notoria.
La alguna vez delegada de clases durante la preparatoria oscureció su mirada mientras trataba de atravesarme con sus ojos negros, luego dio un ligero empujón en la espalda a Nagato para que continuara caminando, acercándola inexorablemente al encuentro conmigo. Yo hice lo propio, acercándome más a la puerta, donde inevitablemente quedaríamos frente a frente. Un par de minutos después, ambas llegan.
—Nagato…
—¿Por qué no la dejas en paz de una buena vez?— Pregunta furiosa Asakura. Bienintencionada, pero entrometida.
—No te ofendas, pero no es contigo con quien quiero hablar.
—Nagato tampoco quiere hablar contigo.
—Pues que sea ella misma quien me lo diga—. Terminada esa oración, literalmente salté interponiéndome en su camino, y en un arranque, la tomé de los hombros, obligándola a verme. —Nagato, necesito que hablemos… sé que pasaron cosas malas, pero…
Vi que sus labios se movieron, pero no pude oírla, así que guardé silencio y me incliné para escuchar lo que tenía que decirme.
—N-no… no tenemos nada de qué hablar.
La solté y di un paso atrás. Seguido de eso, ella continuó hacia la puerta que se abrió, dejando salir al vigilante, que desde algunos minutos antes observaba la escena y que ahora estaba convencido de que yo era una amenaza.
—¿No fueron suficientes tres años de abusos por parte de Suzumiya? ¿No te bastó a ti con rechazarla? ¿Qué más quieres de ella?— Volvió al ataque Asakura antes de entrar al edificio.
—Quiero enmendarlo.
—Si quieres enmendarlo, sólo sal de su vida.
Me dejó ahí, acompañado sólo del portero, que amenazante me miraba de arriba a abajo con los brazos cruzados sobre el pecho. Imagino lo que habrá pensado al verme recuperar el bastón e irme dificultosamente, relajó la guardia y me dejó partir como sí nada. Tenía ese mismo dejó de lástima en la mirada que podía sacarme de mis cabales. Hubiera preferido que me echara por la fuerza.
No podía eludirlo más. Era hora de llegar con ella finalmente.
El camino de mi casa hasta la clínica era largo. Tenía que caminar al menos cuarenta y cinco minutos e incluso llegando por tren el viaje era tedioso y tardado, porque no había forma directa de llegar, y un taxi cobraba lo suficiente para salir de mi presupuesto. Al final, luego de soportar el calor, el mal humor, la zozobra de las conversaciones previas, el dolor de mi cadera y un incipiente reflujo, vi los rótulos que indicaban mi llegada a donde debí estar en primer lugar.
Me abrí paso hacia la recepción de aquel nosocomio tan gris y sórdido que lejos de resguardarnos del clima, parecía potenciarlo. Me identifiqué como familiar, llené unas formas, y en silencio estuve por algún tiempo sentado en la apática sala de espera. Finalmente alguien me llama desde el internado con indiferencia, con impaciencia me observa mientras cojeo hacia él, y con displicencia me indica una ruta luego de cerrar tras él la puerta por la que llegué. Conocía el camino de todas formas, no es la primera vez que vengo. Sólo deseo no tener que volver.
El pasillo a través del cual paso tiene muchas habitaciones, cada una con un paciente. Al igual que yo, algunos vienen a ver a sus seres queridos, sin embargo, hay algunos cuantos pacientes que no gozan del favor de una visita, esta clínica no sirve únicamente como alivio a los dolores, sino como castigo y escarmiento a quienes por su padecimiento han provocado dolor a sus cercanos. De alguna forma retorcida y mórbida, esto es como un pedacito de infierno en la tierra, un lugar tan abominable como monótono, que roba el sueño de pensar en una vida entre sus muros.
Finalmente llegamos a la puerta. Era la última del lado derecho del pasillo, fiel a las costumbres. El enfermero, aburrido y hasta cierto punto grosero, sacude un pequeño recipiente de plástico frente a mí, indicándome sin palabras que vacíe el contenido de mis bolsillos, yo lo obedezco y terminan en dicho objeto mis llaves y el poco dinero que llevo encima.
Me hace un gesto y le extiendo el bastón, esta gente considera que podría ser un arma, así que queda decomisado junto con mis otras pertenencias. Le muestro el tributo que he traído. Por primera vez parece preocupado por no maltratar la caja de chocolates mientras la abre, aunque no hace mayor diferencia, el calor se encargó de derretirlos un poco durante mi trayecto. Finalmente examina mi ropa por palpación superficial, y con ello concluyen los controles, el enfermero da un asentimiento y toma de su bolsillo un juego de llaves que calculo pesará cerca de dos libras, selecciona una dando únicamente un vistazo, y por fin abre la puerta.
La atravieso dubitativo, como un niño pequeño enfrentándose a un padre que pretende castigarlo, incluso trago saliva mientras agudizo la mirada, pendiente de que nada salte sobre mí en aquella luminosidad cegadora del sol de marzo.
El cuarto es una habitación cuadrada y de apagados colores claros, predominan el cían y el blanco, hay una ventana muy amplia del lado derecho, que permite pasar con obscenidad a los cínicos rayos de sol, que ignoran con desfachatez las cortinas claras y el enrejado de seguridad detrás del vidrio. En el muro contrario a ese ventanal, yace un aburrido librero de madera casi vacío, a su lado hay una cesta de plástico repleta de ropa y sábanas sucias, hay cosas variadas regadas sobre el decolorado linóleo del suelo, y un buró en el que posan varios frascos de medicamentos. Al centro y pegada al muro contrario a la puerta por la que entré hay una cama individual desordenada, debajo de una larga lámpara (ahora apagada) que cuelga del techo.
Todo el reconocimiento mental que hice de la habitación fue en sólo el par de segundos en los que el enfermero cerró detrás de mí, dejándome encerrado.
Por un momento pensé que estaba sólo en la habitación. Ilusión que terminó cuando noté un apenas perceptible movimiento entre las sábanas desordenadas de la cama, pero que se hacía más constante y al poco rato era acompañado de gemidos graves y en voz muy baja.
Así, lentamente, entre aroma a desinfectante y esa esencia añeja que yo detestaba desde lo más profundo de mi ser, comenzó a emerger una desordenada y algo grasa cabellera castaño obscuro, otrora lustrosa y muy lacia, de un aroma a flores muy agradable. La banda amarilla desapareció hace unos meses, el mismo tiempo que lleva en confinamiento aquí, y aún a pesar de que su rostro quedó cubierto bajo la mata, puedo ver algunas de las angulosas y demacradas facciones de su rostro alguna vez hermoso… no, seguía siéndolo, pero entre la pérdida de peso y ese brilló ahora ausente en sus ojos, mucho de su encanto se había ido.
Nada volvió a ser igual desde que Haruhi Suzumiya llegó a esta clínica de rehabilitación.
—Hola—. Me atrevo a decir luego de que no viera reacción en ella.
—Necesito orinar—. Respondió tajante mientras se levantaba entre tambaleos de la cama y hacia un diminuto cuarto de baño. No se molestó en cerrar la puerta, así que puedo ver sus muy delgadas piernas mientras hace lo que debe.
Espero por un par de minutos mientras trato inútilmente de escuchar algún ruido del exterior, pero no hay nada. Incluso los cuervos y las cigarras han conspirado para guardar silencio mientras estoy aquí, me enerva su silencio, me desespero, hay cientos de lugares mejores que este para estar, pero siendo sincero conmigo mismo, sé que no pertenezco a ninguno de ellos.
Por fin sale. Está vestida únicamente con una camiseta sin mangas y pantaletas, lo que me permite ver algunas llagas en las coyunturas de sus brazos y piernas. Está descalza, se mueve torpemente y procura tener el rostro bajo todo el tiempo. Las fugaces miradas que me dedica están cargadas de cierto rencor, aunque ignoro que podría provocarlo. Vuelve a sentarse en la cama, cruza los brazos y no puede ocultar que sus manos tiemblan involuntariamente. Tratando de ignorar en la medida de lo posible estos síntomas, camino dificultosamente hasta ella y depósito el regalo sobre la cama y frente a ella, luego retrocedo de nueva cuenta y tomo la única silla del lugar, sentándome a una distancia más segura. Ella mira con ausencia las golosinas, y unos instantes después se anima a alcanzar la caja con sus manos temblorosas, la abre, toma uno de los chocolates y lo come a bocados pequeños. Desde que llegué, no ha levantado totalmente el rostro, y he visto sus ojos sólo por fracciones de segundo.
—¿Cómo has estado?— Me atrevo al fin.
—Encerrada—. Responde casi medio minuto después, tomando otro chocolate y aún sin volverse a verme. —¿Por qué estás aquí?
—Me preocupo por ti. ¿Qué tal va la terapia?
—De maravilla, ¿no se nota?— Revira con acidez. —¿No te mando nada para mí Koizumi?
Hago un ruido para sofocar mi molestia. ¿Es que no ha tenido suficiente? ¿No ha perdido bastante para este momento? ¿No nos ha hecho perder bastante a todos ya?
—¿En serio, Haruhi?
No se molesta en fingir arrepentimiento, de hecho, hay cinismo en lo poco que puedo ver en su semblante. No sé como es que permitió que cayéramos hasta esto, no se tampoco si es responsabilidad de Koizumi por inducirla o de ella por dejarse llevar, incluso no se si es culpa mía por dejar que todo pasara.
Al principio parecía muy convencida de no ingerir siquiera alcohol. Sin embargo, bastó con que diera paso a una sola de las golosinas que Koizumi le ofrecía, escudándose en el lema de "hay que probarlo todo al menos una vez" para que las cosas se salieran de control. Bastaron un par de años, desde que comenzó el segundo grado de la preparatoria, para que degenerara, para que aquella chica que terminó en algún momento por ganarse mi corazón, se convirtiera únicamente en una sombra, en un remedo, que pasó de ser egoísta a ser infame, de buena estudiante a astuta ladrona, de la cocaína a la heroína y más profundo aún. Era una adicta. Todo lo había perdido, yo era lo que le quedaba, pero no le importaba en lo más mínimo.
Ya antes de eso era abusiva, pero apenas comenzaron a cobrar bríos sus ímpetus, no hubo fuerza racional que pudiera desengañarla. Las cosas que para mí o para cualquiera obedecían a mera fantasía, ella las tenía por ciertas, y en algún momento dejó de ver las cosas tal cuales son, y comenzó a vivir de sus fantasías y alucinaciones, siendo aún más amenazante que antes, obligando a los que éramos sus amigos a ir más lejos, aún cuando sus indicaciones fueran en contra de lo moral, legal o hasta naturalmente correcto.
Así, Koizumi fue arrestado varias veces, sin embargo, por razones y amistades que desconozco nunca pasó una noche entera en la comisaría. Nagato no tuvo tanta suerte, y aquellos actos a los que era coaccionada en participar casi le costaron la expulsión de la escuela, y aunque pudo evadirla, si dejó una marca importante en sus calificaciones. En una confrontación callejera, Asahina fue ofrecida como pipa de la paz a maleantes, y poco faltó para que de verdad fuera violada.
Sólo un par de meses atrás a esta fecha, nos enteramos de que Haruhi estaba embarazada. Por un momento esa noticia fue una luz de esperanza, una soga que nos daba la promesa de sacarnos del agujero al que nuestras acciones nos habían arrojado, ella se mudaría conmigo al modesto departamento que recién había conseguido. Y el acabose llegó entonces.
En el que Haruhi tomó como el acto final y despedida de la vida libertina que había llevado hasta ese momento, me llevó junto con ella en un salvaje viaje a bordo de una motocicleta robada a uno de sus enemigos, miembro si no me equivoco del club para el estudio de la informática. Yo no tuve la fuerza para oponerme a su delirante capricho, así que ambos, ella al manubrio, montamos el aparato y dimos un paseo a casi doscientos kilómetros por hora en una carretera que no era vía rápida.
Lo inevitable, por supuesto, pasó.
Un invidente, guiado de su fiel perro lazarillo intentó cruzar la calle y la desgracia cayó sobre todos. Haruhi perdió el control de la motocicleta y volcamos, el hombre resultó ileso, sin embargo, su guía pereció casi de inmediato al quedar su abdomen bajó el neumático delantero, lanzando un lastimero aullido que golpeó mis oídos al momento mismo que yo volaba a muchos metros por la inercia.
Al caer, sentí como mi pelvis se partió limpiamente, haciéndome proferir un grito, sintiendo un dolor insoportable en mi espalda y piernas, y dejándome momentáneamente incapacitado para controlar mis esfínteres.
El dolor me dificultaba la respiración hasta el paroxismo, y aún así grité el nombre de Haruhi, desesperado por escucharla y comprobar que había sobrevivido, respuesta que llegó unos momentos después.
Ella también gritó mi nombre. Tuvo la fuerza como para quedarse aferrada al ahora inservible automotor y se levantó alterada, con feas raspaduras en su brazo y muslo izquierdos, sobre los que había derrapado por varios metros, y que sangraban modestamente. Como pudo corrió hasta mí, y tartamudeando me pidió no me moviera, y preguntaba si estaba bien. No pude responderle. Más allá del dolor, me enmudecía el horror, uno profundo y gigantesco, capaz de matar, de romper y destruirlo todo.
—¿Qué demonios te sucede? ¡Di algo, maldita sea!— La escuché pero no pude reaccionar. Era como si ella y su voz estuvieran en dimensiones distintas, cansada al fin de mi incapacidad de hablar, siguió el trayecto de mis ojos, que se concentraba en sus piernas… —¡No…! —Dijo aterrorizada como yo al notarlo.
Pequeños reguerillos de sangre bajaban por la cara interior de sus muslos, debajo de sus shorts raídos.
La madre de todos los terrores levantó su guadaña sobre los dos.
Los siguientes días fueron rápidos y confusos.
Estuve internado algunos días, hasta que el médico determinó que podía comenzar a rehabilitarme en casa. No había perdido la capacidad de caminar, pero mis huesos tomarían su tiempo antes de volver a ser lo que eran antes del accidente. Los padres de todos los miembros del club de literatura (o Brigada SOS) llegaron a la conclusión de que el tenernos juntos era un riesgo.
Todos tomaron medidas, y quien llevó la peor parte (junto conmigo) fue Haruhi. Siempre que crees que no se puede llegar más bajo, alguien saca una pala. Luego de pasar lo que acabábamos de pasar, ella fue en picada. Las adicciones demandan de una billetera fuerte, la heroína no es barata, y luego de que probó todos los sustitutos conocidos, no tuvo otro remedio que optar por la opción rusa, la desomorfina (krokodil), la más agresiva y peligrosa de todas, y la uso en grandes cantidades, lo que por supuesto, cobró su factura sólo un poco después.
Los padres de ella, viendo que su situación comprometía su vida misma, la sometieron y por la fuerza la ingresaron a esta clínica de rehabilitación. Sus primeras dos semanas fueron espeluznantes. Nunca la vi llorar tanto, nunca la vi tan desesperada y torturada por las alucinaciones de las que era presa a causa del síndrome de abstinencia. Y aunque pudo recuperar parte del sosiego, ya era tarde para revertir el daño.
Después de eso, se abandonó a sí misma. Nada la preocupaba ya. Al igual que yo sabía que ese aborto involuntario se había llevado lo único bueno que quedaba en nuestras vidas, que había superado el punto sin retorno en lo que a sus aspiraciones concernía… y que un usuario del krokodil tenía una esperanza de vida de menos de tres años. Y aún cuando yo la amo, la verdad es ineludible: no sólo se encargó de arruinar su vida, sino que tomó la mía en el camino.
Pensar en eso, me llena de ira. Sin embargo, no es ella la depositaria de ese enojo, sino yo mismo, por permitirle y permitirme llegar a esos niveles, y todas esas reflexiones se convierten al final en un impulso autodestructivo cada vez más difícil de ignorar.
—No, no tengo nada. Ni siquiera lo he visto—. Mentí.
—¿Y tú me has conseguido algo?
—¿Algo como qué, Haruhi?— Pregunté con la voz un poco más elevada y francamente exasperado.
—¿A qué viniste entonces? ¿A sermonearme? Pierdes tu tiempo, aquí lo hacen todo el tiempo—. Dijo ella desafiante, en el mismo tono irritado que yo tenía.
Era inútil. Venir aquí era un nuevo golpe cada vez, y creo que más allá de su necedad y desesperanza, está la mía, que no dejo de venir aún cuando todo lo que alguna vez tuvimos no existe más. Traté de relajarme y recobrar la compostura.
—Sólo vine a verte porque…
—No me interesa. No tienes nada para mí, no hay nada que puedas hacer por ayudarme… a menos que…
La miro suspicaz ante el cambio de voz. Puedo ver entre su cabello desordenado que sus ojos están clavados en mí, mientras que su respiración aumentó de ritmo casi imperceptiblemente. Un instante después, su temblorosa mano derecha alcanza el tirante de su hombro izquierdo y lo desliza hacia abajo… sé que es lo que está sugiriendo y me quedo petrificado.
Otro sentimiento espantoso me golpea de lleno en el estómago ante la obviedad de la situación. Ella pretende que mi llegada se convierta en algo parecido a una visita conyugal… y entonces recuerdo los efectos de sus últimos consumos, y la sola idea de intentarlo me parece repugnante… las llagas son sólo la parte más superficial de ese efecto, y es aún más triste porque recuerdo con emotividad las primeras veces que ella y yo estuvimos juntos, cuando éramos sanos, felices y no podíamos esperar a demostrarnos nuestro afecto.
Por supuesto, nunca dije esas palabras, sin embargo, la expresión de mi rostro es un libro abierto que ella puede leer incluso con los ojos cerrados.
Dándose cuenta de mi turbación, la ira vuelve a inyectar su rostro, junto con lágrimas que no se molesta en ocultar. Me mira con desdén y por primera vez levanta el rostro al mismo tiempo que se pone de pie, y con tanto aplomo como su condición le permite, camina hacia mí, decidida, mientras yo fracaso en el intento de levantarme y desvío la mirada hacia el suelo.
—¿Qué pasa? ¿Es que ya no me amas?— Pregunta con voz baja y desafiante, como quien contiene un grito, en tono de reproche. —¿Por qué no me miras y compruebas que soy el amor de tu vida, como tú mismo decías antes?
—Yo…— No puedo decir nada y sé que las piernas me tiemblan mientras aferro mi mirada a mis zapatos, sintiendo como queda de pie a pocos milímetros de mí.
—¡Mírame…! ¡MÍRAME!— Su grito es tal que mi tímpano derecho me lastima con un dolor instantáneo, pero agudo, su aliento hace un frufrú en mi cabello y un par de diminutas gotas de su saliva caen en mi sien y mi mejilla. Ella comienza a acomodar su cabello descubriendo por entero su rostro. —Ten al menos la decencia de mirarme mientras te hablo, cobarde.
Le hago caso y me arrepiento.
La adicción a las sustancias no es algo nuevo, ni siquiera para mí, aún cuando yo no la padezco directamente, y en la mayor parte de los casos, la muerte prematura es un común denominador, ya sea lentamente en tanto que quien la padece es consumido poco a poco presa de su dependencia, o rápida al ser golpeado por una sobredosis. La desomorfina es diferente, porque en cualquiera de los casos, el resultado no sólo es seguramente mortal, sino que te hará vivir el infierno en la tierra bastante tiempo antes del desenlace.
Veo sus enormes y bellos ojos ámbar, ahora hundidos e irritados en un par de cuencas ligeramente asimétricas, su cabello no es tan abundante como antes, y sus pómulos están demasiado pronunciados, lo que es muy acorde a su delgadez generalizada. Esta apariencia es esperada de alguien en su condición sin lugar a dudas, pero no era lo realmente inquietante del cuadro. La parte izquierda de su frente estaba cubierta por gruesas escamas de piel negra, seguramente necrosada, que amenazaba con caer y dejar la carne viva expuesta, la infección seguía en menor intensidad a través de la sien y hasta el ojo, lo que provocaba la asimetría de la que hablé momentos atrás; la mitad de su oreja izquierda ya había desaparecido, y la ennegrecida pieza restante amenazaba con alcanzarla pronto. A lo largo de su cuerpo se podían ver pequeñas llagas, que tarde o temprano degenerarían en lo mismo que atacaba su rostro, y en algún punto los efectos llegarían hasta sus huesos y eventualmente a los órganos, y entonces el juego habría terminado.
—No vengas más—. Dijo un minuto después, escudriñando en mis ojos el miedo y el desamparo al que la situación me exponía.
Se dio la vuelta y volvió a la cama, cubriéndose con las mantas, tirando en el proceso los chocolates al suelo, y fingiendo que yo no seguía más ahí. Derrotado al fin, comencé a caminar hacia la puerta. Pensé en volver otro día, uno en que tuviera mejor humor, pero me habló por última vez, haciendo que esa idea perdiera significado: —Al menos Koizumi me lo hace cuando viene.
—Estoy aquí—. Digo un par de días después, mientras espero fuera de la estación.
—Hola—. Responde Koizumi. —Es bueno ver que finalmente te animaste. No tienes que cargar con este dolor tú solo—. Dicho eso, me alcanza una pequeña bolsa de plástico. Alcanzo uno de los frascos y leo la etiqueta.
Un sedante potente cuyo nombre no era importante.
—Toma uno antes de ir a la cama y no tendrás de qué preocuparte hasta la mañana por el dolor.
—¿Y si el dolor es demasiado?
El apuesto dealer me miró con suspicacia.
—No será necesario, estos sedantes son muy poderosos… deberías tener cuidado con ellos.
—No tiene problema si te pago la próxima semana, ¿verdad?
—Para nada—. Dijo algo dubitativo.
La suerte estaba echada. No había nada más por hacer. El sueño había terminado. Me gustaría, de hecho, volver a tenerlo… y es justamente lo que me propongo a hacer.
Ya no importa, así que luego de beber hasta la mitad una botella de un buen whisky que compré con mis últimos ahorros, apuré diez de las píldoras. Sin duda una combinación ganadora. Habría tomado las treinta del frasco de un solo golpe, pero mi cuerpo las habría rechazado de inmediato y habría terminado intoxicado, pero vivo. Así que esperé a que el sueño me llegara de súbito unos minutos después, lo que quería decir que el riesgo de nauseas habría desaparecido, e ingerí otras diez.
Y entonces me llegó el recuerdo vívido de ese sueño que tuve hace unos días, antes de esa visita a Haruhi que me reveló lo inútil y penoso de mi existencia misma. En él, la Brigada SOS era en toda regla una asociación seria, ayudábamos a mucha gente en nuestra historia, éramos héroes diestros y nos mantenían unidos fuertes lazos de amor y amistad… Haruhi y yo teníamos una hija… una hermosísima niña muy parecida a Haruhi, que además era una geniecito, y entre todos salvábamos al mundo en más de una ocasión. Y entonces fuimos a un pueblo fantasma donde las cosas se pusieron feas de verdad… tanto que la conclusión me obligó a despertar.
Sueño maravilloso que al finalizar terminó de romper el último bastión de defensa de mi psique… una hija, una niña perfecta… y yo lloro ante el recuerdo del afecto que no pude darle ni recibir de ella, lloro por la impotencia de que mi vida y la de los que amo no haya significado nada al final. E imploro a un dios, si es que lo hay, que me llevé como último deseo hasta donde esas cosas maravillosas y extraordinarias pasan… este mundo es horrible… y es por eso que hoy firmo mi renuncia a él y me retiro.
Con el mínimo de fuerzas que me quedan entre los sedantes y el whisky, hago un último esfuerzo. Tomó las últimas diez píldoras y en dos tragos termino con la bebida, tumbado en el sillón, sintiendo cada vez menos el dolor en la cadera.
La libertad me espera. Voy hacia ella.
Capítulo 10 - The End Of The Dream.
Cacofonía Silente.
Fin.
