Sí, ya lo sé… "seguramente ya no terminará…", "de seguro va a dejarlo a medias", etc… ¡Pues no! ¡Esta historia continúa!
Sí, sé que se llevó mucho rato, pero aún tenemos cosas que contar… ¡Disfruten el capítulo y no se olviden de dejar una reseña!
Capítulo 12 –The Evil Itself I.
El primer disparo de Haruhi abatió al momento a uno de los monstruos, aunque en realidad buscaba a Samael, y la criatura se había interpuesto. Yo corrí tan rápido como pude hasta la jaula de Nagato, haciendo un corte preciso en aquella estructura que parecía hecha de materia orgánica, y que se rompió dejando salir una gran cantidad de líquido lejanamente parecido al formaldehído, que arrastró a la alienígena por un par de metros en el suelo. Se levantó parcialmente con la mirada aún perdida y con problemas semejantes a los que yo tenía momentos atrás para mantener siquiera el equilibrio.
—Sé que estas confundida y débil, Nagato, pero te necesitamos…
—¿Qué…? ¿Qué está pasando? ¿Dónde estamos?— preguntó pareciendo bastante más confundida que nosotros mirando para todos lados mientras la ayudaba a ponerse de pie.
—Larga historia. ¿Recuerdas quien eres?
Antes de poder responderme se puso en el camino de un perro deforme que iba a atacarme por la espalda, tomándolo por el cuello con seguridad y apenas moviendo los músculos necesarios para hacerlo, luego recitó una rapidísima oración que paralizó a la bestia y la arrojo fuera de la jaula.
—Sí…— Dijo observándose las manos con aprehensión. —Pero… no estoy lista… hay protocolos interrumpidos y mucho ruido… debo de sincronizar y…
—Lo lamento, Nagato, estamos en una situación de emergencia, el reinicio tendrá que esperar.
La dejé ahí mientras corría hasta el capullo donde Koizumi era cautivo, escuché la indicación de Nagato a mis espaldas indicándome que continuara hasta Asahina y obedecí; abriendo su jaula y ayudándola a despertar al mismo tiempo que la alienígena hacia lo propio con su novio, y mientras dábamos a los recién despiertos torpes indicaciones, levanté la vista, donde Haruhi hacia toda suerte de pericias para contener a los monstruos, que parecían llegar desde todos lados.
No fue necesario que les indicara, apenas tuvieron fuerzas para estar en pie por sí mismos los tres fueron en ayuda de mi esposa mientras que yo seguía corriendo y abriendo las prisiones del resto. Al poco tiempo, Fujiwara, Suou y Tachibana ya ayudaban tanto como sus precarias condiciones se los permitían, para ilustrar lo mejor posible la situación podríamos decir que todos estaban en un letargo semejante a si estuvieran ebrios, aunque recobraban el aplomo poco a poco.
La jaula de Sasaki se abrió y ella se deslizó por el suelo como el resto habían hecho, sin embargo, sus ojos no se abrieron. Preocupado tomé su cabeza con la izquierda e intenté despertarla dándole leves palmadas en las mejillas, pero parecía desmayada. Me acerqué para tratar de escuchar su corazón, que para mi alivio aún latía. De cualquier manera, ¿qué clase de ayuda podría darnos al final? Quizás lo mejor sería terminar con el problema mientras ella se recuperaba.
—¡Fujiwara!— Llamé al socio de Sasaki, que viéndome con su líder en brazos corrió tan rápido como pudo hasta mí. —Cuida de ella mientras nos encargamos.
Se limitó a asentir, poniéndose en guardia a la espera de enemigos que buscarán dañar a mi vieja amiga.
El estar todos los involucrados juntos al final daba cierto nivel de esperanza a la escena, sin embargo, estábamos aún confrontados a un problema básico que no nos permitía terminar al fin con todo: Samael.
He conocido ángeles antes, sé que si bien no son fáciles de dañar o siquiera doblegar, no son inmortales, y Samael, al ser un ángel caído (única inferencia lógica a la que podía llegar), seguramente también tenía alguna debilidad alcanzable para los mortales. La naturaleza divina de Haruhi bien podría ser la respuesta, pero mi teoría se invalidaba al ver como cartucho tras cartucho de balas recetado por mi esposa contra el demonio aquél, no daban muestras de siquiera debilitarlo. Esa no era una opción entonces. Tendríamos que encontrar una respuesta rápido, porque las fuerzas tienen un límite, al igual que las municiones y poderes, e ignorando como nosotros ignorábamos la capacidad de aquel ente de sacar criaturas de nuestras pesadillas, la única opción era poner un punto final antes de que el cansancio terminara siendo nuestro peor enemigo.
Despaché al par de monstruos que estaban en el camino entre la última jaula cerrada y yo. Y mientras insertaba la punta de mi sable corto en el material pegajoso que mantenía cerrada la diminuta presión, noté que los móviles y radios hacían un ruido casi tan fuerte como el barullo de todo el combate a nuestro alrededor, una cacofonía que parecía la unión de las grabaciones más terroríficas sacadas de lugares supuestamente embrujados, haciendo el cuadro muy inquietante. Di un corte rápido sobre la película semi transparente que dejó salir aquel líquido pegajoso y Truqué se cayó al suelo de bruces. A diferencia del resto de nosotros, no le tomó más de medio minuto reincorporarse.
Durante la investigación pude ver algunas fotos de archivo del cardenal. Ya había entrado en sus setentas, y de muchas maneras era el arquetipo del hombre hispanoamericano, no era muy alto, su rostro era redondo y su piel oscura, había ya grandes entradas en su coronilla y sienes, y la mayor parte de su cabello y barba eran blancos. Aún así, su configuración general daba muestras de haber sido una persona de gran fortaleza física en su juventud, y sin lugar a dudas conservaba algo de ese vigor. Sin embargo, aún cuando su recuperación física fue sorprendentemente rápida, parecía estarle tomando más tiempo el ubicar sus pensamientos y miraba ensimismado hacia la malla bajo sus pies, completamente ajeno a la tribulación a su alrededor.
Tomando la iniciativa, lo arrastré por uno de sus brazos a donde Fujiwara custodiaba a Sasaki y con una mirada le indiqué que lo dejaba a su resguardo, después de todo, no podía negarse considerando que era su trabajo al igual que el mío la salvaguarda del cardenal.
—Lo que sea que nos haya salvado, lo hizo justo a tiempo—. Me indica agitada, pero cada vez más recuperada Nagato.
—¿Averiguaste algo?— Pregunto mientras parto en dos al monstruo que venía a mi encuentro.
—Pude sincronizar en segundo plano las últimas horas desde que fuimos capturados hasta este momento. No sólo nuestras vidas corren peligro en tanto que Suzumiya se encuentre en el rango de acción de la entidad auto denominada Samael. Durante los últimos minutos antes de que despertaran, Samael pudo hacer uso de las habilidades de Suzumiya para crear y editar datos. Aun cuando no pudo concretar el cambio de forma permanente, por doscientos dieciséis milésimas de segundo fueron editados los datos del estado completo de Virginia a una versión de sí misma a la que nosotros podríamos llamar "la obscuridad", eso en una ventana de tiempo de ochocientas treintas seis milésimas de segundo en las cuales toda la unión americana, el sur de Canadá, el norte de México y los cuerpos oceánicos circundantes fueron editados a una versión de sí mismos que podríamos denominar como "la niebla".
—Pues qué bien que lo evitamos…—Dijo mi esposa llegando junto con nosotros y haciendo algunos disparos, poniéndonos espalda con espalda y formando un semicírculo, al que pronto se unieron Koizumi y Asahina.
—Pero aún no ha terminado. Si Samael vuelve a entrar en contacto contigo, podría intentar repetir el proceso, y de tener éxito está vez, podría prescindir de ti después.
—¿Y cómo lo detenemos?
—Al confrontar a la criatura producto del ruido en mi base de datos utilizaron un compuesto químico con propiedades únicas, capaz de inhibir temporalmente las facultades de Samael, pero veo que no tienen más de él. Ese sería el único medio para tratar de neutralizarlo, con dicho elemento podríamos detener sus intentos de capturar a Suzumiya y al mismo tiempo garantizarnos un escape del poblado, el cual está enteramente bajo su influencia. Mientras estemos en estas tierras, estamos a merced de sus reglas.
Justo dijo esa última frase cuando notamos que los perros, los niños grises y las criaturas voladoras que nos acechaban comenzaban a ser sustituidas gradualmente por otros monstruos, en mi entender, Samael estaba comenzando a utilizar nuestros propios recuerdos una vez más contra nosotros, de tal suerte que Asahina dio un grito de miedo al ver a la heroína ciega emprender una frenética marcha en medio de alaridos hacia ella. Koizumi tuvo que hacer un único disparo de energía al pecho de la criatura para que esta cayera desmembrada y con las vísceras de fuera, muriendo entre quejidos guturales y aterradores. Estas perversas copias no parecían tener la fuerza de aquellas que Haruhi y yo tuvimos que confrontar en nuestro camino hasta aquí, pero eran muchas más, y al poco, los ocho presentes que éramos capaces de luchar hacíamos un auténtico baño de sangre con ellas, mientras que Samael caminaba en los bordes de la jaula, observándonos, esperando seguramente a que las fuerzas se nos terminaran y acabáramos siendo devorados o peor por aquellas desfiguradas copias sacadas de nuestros secretos y miedos más profundos.
—¿Tienes alguna forma de conseguir algo más de ese químico, Nagato? Nos vendría muy bien ahora mismo…—Pregunté sin dejar de luchar y mirando aprehensivamente a la distancia al demonio que había causado todo el problema.
—Quizás habría posibilidades si estuviéramos en alguna parte del pueblo…
—Qué mal… no creo que Samael quiera poner en pausa por un momento el juego… ¿y podrías…?
—IMPOSIBLE DUPLICAR—. Se adelantó a mi pregunta la robótica voz de Suou, apareciendo de la nada a mi derecha, despedazando sin mayor reparo a lo que parecía su propia versión, que irónicamente no era muy distinta a ella, aunque su cabeza vibraba y se inclinaba en ángulos inverosímiles y mantenía un inquietante y muy elocuente soliloquio aun cuando estaba completamente integrado por palabras al azar.
—Haz una búsqueda, Yuki, con un poco de suerte hay algo por aquí…— Comenzó Haruhi, pero se detuvo cuando vio a Nagato quedarse rígida y mirar hacia el centro del círculo que habíamos formado con nuestras espaldas, donde Sasaki y Truqué eran protegidos. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos y parecía asustada… no, no era susto, era la cara que pones cuando eres presa de una revelación, una epifanía… —¿Qué sucede, Yuki?
Ella no habló. En su lugar señalo a Truqué, que dejó de parecer ensimismado y ausente, y sus ojos habían ganado ese brillo característico que sólo poseen los dueños de mentes grandiosas, pero acompañado del matiz que da quién está a punto de hacer algo sumamente estúpido deliberadamente… ok, todo eso fue mero prejuicio mío, pero no tardaría en descubrir que no estaba tan equivocado.
Noté que el hombre estaba hablando, por un momento pensé que sería un delirio, pero sólo un momento después di cuenta de que en realidad rezaba, un padrenuestro para ser preciso, pero no podría decir con certeza si era italiano o latín. Su mano izquierda tomó su propia mandíbula, obligándola a abrirse lo máximo posible, mientras que el pulgar e índice de su derecha entraron bastante profundo en su boca, como buscando llegar a una de sus muelas. Dio un tirón firme que sacó con violencia lo que en un principio pensé que sería un diente, incluso había algo de sangre y saliva sobre él, luego caí en cuenta de que en realidad era una ampolleta plástica del mismo tipo que yo encontré en el consultorio veterinario cercano al muelle, aunque más pequeña, y el líquido parecía más concentrado que el que yo encontré.
Esta ampolleta, sin embargo, tenía una peculiaridad. Era muy parecida a las que se usaban en la Segunda Guerra Mundial para inyectar morfina, es decir que además de ser compacta tenía una especie de aguijón con el que se podía inyectar el contenido rápidamente sin necesidad de una jeringa.
Truqué no se molestó siquiera en fingir que había notado que todos lo mirábamos tanto como la batalla nos lo permitía. Sin muchas ceremonias llevó el aguijón hacia su cuello y lo sepulto en su yugular presionando al mismo tiempo la ampolleta y vaciando el contenido de la misma en su torrente sanguíneo, dejando salir un lamento gutural en el proceso.
El hombre se desplomó entre lamentos mientras continuaba sus rezos dificultosos combinando fragmentos en lo que no me quedaba duda que era latín, inglés y su natal español. Más allá de que aún tenía encima parte del limo en el cual estuvo suspendido minutos atrás, podía notarse que sudaba copiosamente, sus ojos derramaban lágrimas e incluso salivaba un poco. Se sacudía sobre sus rodillas golpeando eventualmente la malla y parecía tener serias dificultades para respirar.
—¿Consumió algún veneno?— Preguntó Haruhi alertada pensando que el efecto era obra del cianuro o algo semejante.
—No—. Respondió Nagato. —Es una concentración del químico que describí anteriormente como posible medida contra Samael, aunque no nos es muy útil siendo asimilado por el organismo de Carlos Arturo Truqué, a menos que…
Antes de que Nagato pudiera continuar su discurso explicativo, el cardenal se reincorporó como si un cable invisible hubiese tirado desde su coronilla, haciéndolo erguirse cuán alto era. Sus manos estaban lo suficientemente rígidas dar la sensación de estar unidas al suelo por cables invisibles, y las venas de su cuello y frente parecían estar a nada de reventar.
Y vi sus ojos. Sus globos oculares parecían haber sido sustituidos por la materia marrón que se había inyectado segundos atrás.
Como sí una pequeña detonación hubiese ocurrido en el justo lugar donde el cardenal sufría dicha transfiguración, el aire a su alrededor fue proyectado en todas direcciones, sacudiendo nuestra ropa y haciendo en algunos casos que cubriéramos nuestro rostro en un acto reflejo. Y dando paso finalmente a otro tipo de extraño silencio como ya antes habíamos experimentado entre las desoladas calles de esta ciudad; una vez más era un silencio que partía el ambiente por lo disonante y escandaloso que resultaba, tan atípico y violento que incluso las criaturas de la oscuridad se quedaron inmóviles a nuestro alrededor, tal como si alguien hubiera entrado en medio de una misa concurrida y hubiese hecho un disparo a mitad del templo.
—¿Cardenal…?— se atrevió al fin Haruhi ante el rarísimo estupor que parecía embargarnos a todos.
—El día de la promesa finalmente llegó—. Comenzó a hablar el sacerdote en inglés. Su voz parecía reverberar en todo el lugar. —Los caminos del señor son misteriosos, y las armas que ha creado para castigar a su creación y al maligno sólo pueden ser vistas por algunos iluminados. —La mano derecha del clérigo apuntó hacia Samael, de pie a varios metros detrás de mí. Por puro instinto salté del camino del señalamiento, agradeciendo haberlo hecho al ver que cada monstruo en esa línea fue desintegrado al instante, convertidos en desperdicios sanguinolentos como si un camión invisible los hubiera arrollado a todos. El hombre continuó: —¡Tú! ¡abominación que osaste despreciar los dones dados por el padre para satisfacer tus propios deseos perversos! ¡Teme, pues el día de la ira a llegado! ¡Tú y todos los pecadores han sido juzgados…! Y yo soy el ángel de la muerte…
A decir verdad, el discurso me pareció sumamente ambicioso viniendo de un cardenal, aun cuando fuera uno de los más grandes exorcistas de nuestros tiempos, en especial luego de haber visto los desviados milagros y prodigios de que Samael era capaz, aunque mis reflexiones se estrellaron una vez más contra la inamovible firmeza de la realidad, que por supuesto, se las había arreglado una vez más en superar a la ficción. Samael estaba petrificado, como si una fuerza invisible lo hubiera rodeado de pronto, discapacitándolo, rígido mientras se sostenía sobre las puntas de los pies de la niña que emulaba. Truqué tensó la mano que apuntaba al demonio, y atónitos vimos como la sangre se escapaba de su ahora muy presionado cuerpo, escuchando a la distancia el escalofriante crujir de sus huesos, mientras sus bestias daban alaridos de dolor alrededor nuestro y caían abatidas al suelo para no levantarse más.
—Cardenal…— comenzó Haruhi viendo que el hombre estaba sometiendo por sus propios medios al demonio—, ya ha hecho suficiente…
Sus palabras se interrumpieron ante el repentino exabrupto de violencia del que el cardenal fue presa, mientras que a todo pulmón gritaba lo que identifiqué como un salmo de exorcismo recitado (gritado) en latín, sus manos se sacudían de arriba abajo, mientras que el maltrecho cuerpo de Samael era azotado una y otra vez con brutalidad sobre la malla de acero, dejando sobre ella sangre, piel y carne, y haciéndonos saltar un par de centímetros a cada impacto.
La tortura duro poco menos de cinco minutos. Agotado, Truqué dejó que sus temblorosas manos se desmayarán a sus costados, mientras nosotros nos manteníamos de pie a sus espaldas, mirando la irreconocible masa sanguinolenta y temblorosa que había quedado del ángel caído. Aún sin haber presenciado el castigo al que fue sometido, por su sola apariencia podría deducirse que el dolor era inimaginable…
—Gracias por salvarnos, Cardenal… —retomó una Haruhi sorprendida como nunca antes. —Ya ha hecho suficiente, si nos permite, vamos a sacarlo de aquí cuanto antes… somos una comisión que fue enviada directamente del Vaticano para rescatarlo y…
—¿Rescatarme, hija?— Preguntó el clérigo sin mover un músculo y con un tono de voz tan sereno que resultaba inquietante dada la exacerbada brutalidad que había mostrado sólo instantes atrás. —Ciegos que guían a otros ciegos. Ovejas disfrazadas de lobos… entes corruptos que magnifican sus pecados al desvirtuar el santo propósito de servir como ministros de Dios… ¿cómo podrían intentar rescatarme, si sus almas no conocen la virtud…? No, hija, ni ellos, y por ende, ustedes no tienen la capacidad de rescatarme… porque no estoy cautivo, sino en una misión. —Se dio la vuelta para encararnos. No estaban más las muestras del loco frenesí que había mostrado, incluso sus ojos volvían a ser como los de cualquier persona, pero cargados de una determinación que intimidaba. —Y aun cuando su ignorancia no les permita ver eso, les puedo asegurar que la salvación es algo que no es para mí, o para ninguno de ustedes. Los humanos perdimos ese privilegió siglos atrás.
Por un extraño acto reflejo, todos retrocedimos un paso, y con movimientos casi imperceptibles Haruhi empuñó nuevamente su arma…
—Todo lo que ha pasado aquí debe tenerlo bastante confundido, cardenal… no lo culpo, nosotros mismos no reconocíamos quienes éramos al despertar…
—¿Confundido? De ninguna manera, hija. Nunca había sido capaz de pensar con semejante claridad. La única verdad de la que nosotros mismos nos hemos ocultado es la ineludible realidad de que nuestro tiempo terminó, que la obra de la que somos producto ha pagado con pecado y traición todo el amor y misericordia del creador… y ha llegado la hora de ajustar cuentas…— Llevó sus manos a su espalda y comenzó a caminar hacia el abatido demonio, que por un momento había olvidado que seguía ahí, pero su apariencia había cambiado. Todo rastro de su disfraz de niña corteza se había ido, en su lugar, un macho cabrío antropomorfo de gigantesca cornamenta y alado se revolvía dolorido y quejumbroso, incapaz de levantarse. El colombiano lo alcanzó y lo giro para que quedara tumbado sobre su espalda de un puntapié, y finalmente apoyó su pie derecho sobre el hocico de aquella bestia.
El cañón del arma de mi esposa ya apuntaba hacia el cardenal, llegando junto con nosotros al entendimiento de que de alguna forma él también representaba una amenaza.
—Por favor, cardenal… ya todos hemos tenido suficiente de este pueblo… y con todo respeto, también estamos cansados de personas que dicen tener el poder de salvar a la humanidad…
–Pero claro, sabía que tu rostro me era familiar, hija… fuiste tú la que derrotó a Miguel hace un tiempo, dándole más tiempo a nuestra raza…
—En efecto… y si pude con un arcángel, creo que me las arreglaré para llevarlo de vuelta al Vaticano.
—Creo que no lo estás entendiendo hija… el error de Miguel, la verdadera causa de que él no tuviera éxito, fue que no pudo ver la ineludible verdad de que él no podía salvar a la humanidad a través del dolor… porque no hay manera de salvarla en absoluto… yo no soy tan pedante para asumir que puedo salvarla y en el proceso encontrar mi propia redención. Yo sólo soy el instrumento del creador para ponerle punto final a nuestra especie en la agonía que merece… tal como mencioné hace un momento… —Comenzó a caminar con seguridad hacia nosotros. —yo soy el ángel de la muerte.
Nuestro intento de ponernos en guardia duró sólo un instante. Suou y Nagato fueron las primeras en caer al suelo con las manos en las sienes, la primera en su mutismo característico, pero con el rostro desencajado, y la segunda soltando un franco grito de dolor.
La malla bajo nuestros pies se cimbraba con ira, sincrónicamente con cada paso que daba el auto proclamado ángel de la muerte, Koizumi y Tachibana fueron los siguientes en resentir la ira del cardenal, ambos se habían lanzado a vuelo rasante del suelo hacia él, y como era de esperarse le alcanzaron en menos de dos segundos, que aun así fue más de lo que él había tardado en evadir a ambos y cruzando con indescriptible fuerza un puñetazo sobre la mejilla del aún volador ésper que detuvo en seco su vuelo postrándolo a sus pies y haciéndome temer que le había roto la mandíbula, y tomando de la pantorrilla a la segunda al pasar a su lado, levantándola sobre su cabeza y echándola con furia sobre el primero de los dos abatidos. ¿De dónde había sacado esa repentina y monstruosa fuerza que podía someter a demonios, aliens y ésperes por igual? ¿Era aquel químico que se había inyectado algún tipo de suero del súper soldado?
—¡Protejan a Sasaki!— Ordenó Fujiwara desvaneciéndose y reapareciendo a espaldas del colombiano, y aunque logró sorprenderlo y asestar un golpe contundente en su humanidad, apenas si lo aturdió.
Fujiwara logró desaparecer un instante antes de que el cardenal tomara su cuello con la izquierda, mientras que Asahina se materializó agazapada a los pies del religioso, recetándole un demoledor uppercut con la coronilla que hizo que el viejo trastabillara, aunque sin lograr que cayera, Asahina, seguramente confiada de que el golpe había causado el suficiente daño, intentó continuar su ataque, pero con el mismo impulso del golpe recibido, el cardenal devolvió el favor hacia la cabeza de la viajera del tiempo, estrellando su frente contra la sien expuesta de nuestra compañera. Estaba mirando hacia nosotros en el justo momento en que recibió el impacto, así que la vimos torcer el gesto mientras apretaba los ojos sólo un instante antes de que sus facciones se relajaran nuevamente y cayera totalmente desmayada a los pies del aparentemente imbatible exorcista.
Fujiwara apareció una vez más a un lado del cardenal, por desgracia para él, el viejo parecía tener alguna suerte de precognición que le permitió saber exactamente donde recibirlo. Al igual que había hecho con Asahina, lo golpeo directo en la cabeza, hicieron falta un par más de golpes para someterlo definitivamente.
Haruhi vio caer al bastardo burlón y no lo dudó más. Hizo un par de disparos y ambos vimos con asombro como el cardenal apenas si se movió unos milímetros, esquivando las ojivas, cambiando por primera vez su actitud relajada y emprendiendo una carrera a una velocidad no natural hacia nosotros.
Mi esposa se resguardó junto con Sasaki mientras que yo iba a confrontar al mata demonios con ambos sables en alto, por primera vez lo vi tener verdaderas precauciones mientras que hacia cortes en el aire tratando de alcanzarlo. Para ser tan viejo y tan… normal, era un oponente formidable aun cuando no estaba armado, con precisión milimétrica evadió cada uno de mis ataques, y a tan corta distancia, echando un vistazo a sus ojos pude validar la teoría que tenía respecto a sus recientes e impresionantes habilidades. Era lo que sea que se inyectó en el cuello antes de comenzar.
—Parece que ha descubierto mi secreto, señor—. Dijo retrocediendo un paso y poniendo en pausa momentánea la pelea. —Se estará preguntando como es que se lo que está pensando… en virtud a que usted ha sido no sólo el más competente, sino también el más honorable de su equipo, se lo compartiré: al momento en que llegué a este pueblo en busca de la verdad que lo tenía entre las sobras, descubrí al responsable. —Dicho eso, reinició el combate, pero no dejó de hablar. —Para ese entonces yo ya había llegado a una conclusión definitiva en mis estudios teológicos, y era que nuestra especie era el gran fracaso de nuestro creador, y que yo, siendo uno de sus ministros, tenía que tomar la estafeta y reivindicarnos ante él de una vez y en todo sentido. Tuve que echar mano de todos mis conocimientos, tuve que pasar mucho tiempo meditando para que la iluminación me llegara… y finalmente pude ver con claridad: la humanidad no tiene salvación… el nombre de ningún humano vivo o muerto estará escrito en el libro de la vida al final de los tiempos… así que recordando técnicas olvidadas en los orígenes de la historia de los credos mosaicos llegué hasta una de las fórmulas más poderosas para repeler demonios, pero que al mismo tiempo potencia las facultades de cualquiera que sea un santo.
—¿Esa es la droga que se inyectó?— Pregunté dificultosamente, apenas pudiendo seguir el ritmo del combate.
—No es una droga, señor… es Aglaophotis.
La mención de la sustancia hizo correr mi cerebro en frenética marcha atrás. Había escuchado del compuesto, supuestamente extraído de la flor homónima que sólo se puede recoger de ciertos lugares de Europa y Asia menor, aunque tanto la flor como su extracto son míticas, y ha hecho apariciones referenciales en la literatura cabalística, arcana y de ficción… y cualquier persona como yo pensaría en ella como se piensa en Excálibur o en la piedra filosofal… sin embargo, estar a mitad de un combate mortal con un usuario de dicha sustancia y todo el contexto en general me hizo crédulo exitosamente.
—Entonces creo que no lo entiendo, Cardenal… si cree que no tenemos salvación, ¿para qué venir aquí?
—¿No es evidente? ¿De verdad soy el único que lo puede ver en su obviedad? ¡Esta criatura grotesca tiene lo que hace falta para hacer el trabajo que el padre tanto tardó en hacer! ¡El hecho de que ellas dos hayan venido hasta aquí lo confirma! ¡Las coincidencias no existen para aquel que sabe interpretar las señales! ¡El día de la promesa ha llegado y es a través de estas mujeres y esa bestia que la deuda de la humanidad con su creador se saldará!
Comenzaba a tener sentido el discurso del Cardenal, por un lado tenía sometido a Samael y su diabólica facultad de hacer realidad tus más mórbidas pesadillas, y por otro, a Haruhi y a Sasaki, capaces de concretar en la realidad cualquier cosa… ahora mezcla todo eso con los delirios de justicia de la mente afectada del cardenal y tienes la justa receta para el desastre…
Tal fue la emoción del religioso mientras me describía su plan que terminó por no prestar atención a nuestra pelea, y ante la primera distracción, lancé el golpe que pensé sería definitivo. La estocada penetró sin ningún tipo de obstáculo el pecho de Truqué, se coló entre sus costillas a un lado de su esternón y atravesó de lado a lado su corazón, de tal modo que el sólo instante que nos quedamos quietos pude sentir la vibración de sus latidos en el mango de mi espada.
Sin embargo, su estupor fue brevísimo. Su puño izquierdo se movió a velocidad supersónica estrellándose contra mi costado, logrando que perdiera la cuenta de cuantas veces me ha roto las costillas algún tarado, haciéndome soltar la espada y volar lejos, cayendo a varios metros de él. Sin quitar su sonrisa confiada extrajo mi sable de su pecho lentamente. En otro movimiento demasiado rápido para ojo mortal como el mío retrocedió hasta Samael, tomándolo por la cornamenta, y apenas lo tuvo de pie, cortó con mi espada desde su entrepierna hasta su garganta, soltando mi espada y continuando algo que ya me parecía un espectáculo monstruoso. Con fuerza introdujo la mano izquierda en el pecho del íncubo, y con la derecha hurgó en su garganta y hacia adentro de su cráneo. Pensé mientras asimilaba aquella irreal y execrable escena que extraería el corazón y los sesos del monstruo, pero eso no pasó. De hecho, los que seguíamos conscientes esperamos estupefactos a que pasara cualquier cosa, hasta que caímos en cuenta de que Truqué no intentaba sacar nada de Samael… y que lentamente estaba él introduciéndose en la carne viva del ángel caído, poniéndoselo cual traje…
Creo que fue esa la primera vez que sentí un miedo como el que estaba experimentando, y aún si volviera a sentir un miedo tan profundo después, no creo que la vida me permita estar en presencia de algo tan abominable otra vez. El ruido se había vuelto ensordecedor una vez más, los ésperes seguían noqueados a la distancia, igual que los viajeros del tiempo y las alienígenas parecían en algo semejante al estupor catatónico. Un par de minutos después no era posible ver más a Truqué, mientras que la bestia se sacudía desde sus adentros lanzando eventuales bufidos.
Fue algo semejante a una etapa de transformación. Al final, las heridas de Samael cerraron con Truqué dentro de él, el íncubo mismo había crecido en cerca del cincuenta por ciento de su tamaño original, mientras los sonidos animalescos que escapaban de su hocico comenzaban a ser sustituidos por una respiración cada vez menos agitada… aquella previa forma de macho cabrío alado se hizo aún más antropomorfa, hasta que todo signo de dolor o ansiedad abandonó su cuerpo.
Truqué-Samael se irguió entonces cuan alto era, cerca de tres metros quizás.
Lo que fuera que sostenía la jaula en la que habíamos estado suspendidos desde que llegamos se soltó, vencido ante nuestro peso y el de aquella personificación del Mismísimo Mal, haciéndonos caer dentro del foso ardiente.
El monstruo abrió las manos y las alas en actitud mesiánica mientras caminaba hacia nosotros, como el auténtico heraldo de la muerte, para anunciar:
—Comencemos el ritual…
Capítulo 12 –The Evil Itself I.
Fin.
¡Estamos llegando al desenlace! ¡Dejen sus comentarios y teorías! Hasta la actualización…
