Madara Uchiha se abrigó más y bajó el sombrero de paja, mientras salía. Bajó por el camino hasta la casa de los alcones, con el rostro entumecido por el áspero viento. El invierno acababa de comenzar y él ya estaba inquieto. La casa estaba silenciosa, alojando solo a él y a sus dos hermanos, hasta la próxima temporada de cosechas, cuando se llenaría de clientes. Durante diez años, protegió a los trabajadores que iban a la villa del remolino a través de la nación del fuego. Pero ahora se sentía nervioso. Insatisfecho.

Revisó los mensajes y salió de allí, unos pasos mas tarde como al inicio del bosque le llamó la atención un destello de color. Él parpadeó, volviendo a mirar. Allí, en el linde del camino, mitad cubierta por la nieve, había una persona. Dejando caer los pergaminos, se fue corriendo hacía ella y se arrodilló en la nieve. Atemorizado de lo que encontraría, agarró un pequeño hombro y le dio la vuelta. Sorprendentemente, era una mujer. Una hermosa mujer. Le buscó el pulso, aguantando la respiración hasta que sintió un débil temblor en el cuello. Le quitó la nieve de la cara y acarició su castaño pelo. ¿Cómo había llegado aquí?

La cogió en los brazos, se levantó y caminó hacía la casa. Miró su pálido rostro, sintiendo una punzada en la ingle. Le recorrió un escalofrió y se vio invadido por emociones desconocidas. Ira, posesividad, preocupación, pura y simple lujuria.

Su verga se estaba hinchando y los pantalones le quedaban cada vez más apretados. Fue conmocionado por el descubrimiento de que era ella, su mujer. Él nunca había reaccionado tan fuertemente a una mujer, y ciertamente no a una a la que no conocía, pero daba igual; sus hermanos podrían no sentir lo mismo.

De todos modos, no la podía dejar congelarse hasta morir. No pensaría en sus hermanos, hasta estar seguro de que no moriría.

Cuando entró en la casa, Obito levantó la cabeza del sofá, en donde estaba leyendo. Dejó caer el pergamino cuando vio la mujer de los brazos de Madara.

—¿Qué demonios está pasando? —exigió, levantándose.

—La encontré fuera, en el linde del camino —murmuró Madara, examinado a su hermano, para ver su reacción.

Obito acortó la distancia que había entre ellos y miró a la mujer.

—¿Está viva?

—¿Qué está pasando? —indagó Fugaku, cuando entró en el salón. Su expresión era impenetrable, una mirada que había llegado a ser su segunda naturaleza, desde que salió del AMBU raiz. Por la primera vez en mucho tiempo, Madara sintió esperanza. Daría cualquier cosa para poder sacar a Fugaku de su infierno personal, en el que vivía. Si ella fuera la mujer...

Madara volvió su atención a la mujer de sus brazos.

—Necesito calentarla. Ve a preparar un baño caliente mientras yo le quito esta ropa mojada —le pidió a Fugaku. Obito levantó una ceja.

—¿Vas desnudarla aquí?

Madara se encogió los hombros.

—Dudo que la modestia sea importante cuando te estás muriendo de frío.

Los ojos de Obito se apenaron y se acercó más a la mujer. La estudió y le acarició la mejilla.

—Es bonita —dijo él en voz brusca.

Cuando miró a Madara, sus ojos brillaban por múltiples emociones: deseo, ternura y posesividad. Madara sintió triunfo. ¡Obito sentía lo mismo!

—¿Qué están haciendo? —preguntó Fugaku cuándo volvió a la habitación.

—¿El baño está preparado? —inquirió Madara.

Fugaku asintió y Madara pasó rápidamente por al lado.

—Te explicará Obito —dijo animado.

Madara caminó hasta su cuarto y la acostó suavemente en la cama. Ni siquiera tenía un abrigo. Frunciendo el ceño, empezó a quitarle el top. Estaba helada. Cuando tiró el top por encima de la cabeza, se le cortó la respiración. El no tan pequeño sostén que vestía no cubría mucho. La segunda cosa que notó, fue una grande contusión que arruinaba su piel de porcelana. Era del tamaño de su mano. Y él tenía manos grandes. ¿Tuvo alguna clase de accidente? ¿Y qué estaba haciendo caída en el camino? Continuó su trabajo, quitándole el húmedo short. Mientras se lo quitaba, vio claramente los negro-azulados rizos, a través de sus bragas. Así que ella no era castaña natural.

Sintiendo culpa por un instante, le quitó tanto las bragas como el sostén, dejándola completamente desnuda y la miró. No pensaba que fuera posible ponerse aún más duro. Cada nervio de su cuerpo estaba en alerta roja, esta mujer era esquisita con senos enormes, caderas anchas, musculos firmes, cintura estrecha y vientre plano. Bastaría un toque y estallaría. Juro ardientemente y luchó para controlar sus furiosas hormonas. Estaba inconsciente y herida, y todo en lo que podía pensar era meter su polla tan adentro, hasta que convertirla en suya para siempre.

La examinó en busca de cualquier herida. Su piel estaba fría, pero no presentaba ninguna señal de congelación. El baño no debía hacerle ningún daño.

Con mucho cuidado, levantó su cuerpo desnudo y la llevó al enorme baño que compartía con sus hermanos. Era del tamaño de una habitación, con dos duchas y una bañera jacuzzi. Una pared tenía cuatro pilas. Una indirecta de que un día, habría una mujer para compartir sus vidas.

La bañera estaba llena y él la dejó en el agua templada. Ella gimió, pero no abrió los ojos. La sostuvo, para que no resbalase en la bañera. Se giró, cuando escuchó la puerta. Fugaku estaba allí, con los ojos oscurecidos.

—Obito dice que es ella.

Madara asintió, sin saber que decir. Sabía que Fugaku necesitaba aceptarlo. Fugaku miró a la mujer, pero no se acercó.

—Esperaré hasta que acabes. No quiero que se despierte y encuentre a dos hombres en el baño. Podría asustarse.

—No tardaré —dijo Madara, intentando interpretar las sombras de los ojos de Fugaku—. Hazme el favor de colgar las ropas.

Fugaku se encogió los hombros y salió del baño, cerrando silenciosamente la puerta detrás de él.

Madara volvió su atención hacia ella, para verla abrir los ojos. Ojos perlas y suaves, lo miraron fijamente con choque y confusión. Después, con miedo. En ese momento supo que ella era una Hyuga.

La primera cosa que sintió Mikoto era un calor delicioso. Después de haber sentido tanto frío, durante tanto tiempo, estaba segura de que había muerto y había llegado al cielo. O quizá al infierno, a juzgar por la temperatura.

Entonces abrió los ojos y decidió que era el cielo, porque el demonio no podía ser tan atractivo como el hombre que estaba inclinado sobre ella.

Después de mirarle fijamente por un momento, se dio cuenta de qué estaba desnuda. En una bañera. Con un magnífico extraño mirándola, completamente imperturbable ante su desnudez. Quizá en vez de babear, debería tener miedo.

—No voy a hacerte daño Hyuga-san—dijo el hombre con voz serena, mientras se alejaba de la bañera—. Te encontré en la nieve.

Cruzó los brazos sobre el pecho y unió las piernas, tratando de esconder su cuerpo.

—¿Dónde estoy? —preguntó, odiando el tono vacilante de su voz.

—En el Pabellón Uchiha Tres Hermanos —contestó él. ¿Tienes alguna herida?

Se apretó el pecho y negó con la cabeza.

—¿El Pabellón Uchiha?¿Dónde está mi ropa?

—Secandose. Le dejaré una camisa hasta que se sequen.

A pesar del calor del agua, sintió un escalofrío y sus pezones se endurecieron. El hombre era muy tentador. Tenía pelo oscuro y largo y hombros anchos. Era muy atractivo.

Él se levantó, y ella miró sus largas piernas, apretadas por el pantalón. Casi gimió en alto cuando vio su culo suculento. Siempre la atraían los hombres de buena musculatura por el entrenamiento shinobi.

Jadeó cuando él la sacó del agua. Antes de que pudiera protestar, la envolvió en una toalla enorme y la sacó del baño. Ahogó su sermón cuando él la puso sobre la enorme cama. Ella juntó las puntas de la toalla y las apretó contra ella.

Él le dio la espalda y desapareció en el armario. Segundos más tarde, regresó con una camisa de franela y un par de pantalones.

—Son muy grandes para ti, pero servirán hasta que se secarán tus ropas.

Se las dio, mientras que sus ojos le acariciaban el rostro. Debía tener miedo. Estaba en la casa de un Uchiha. Desnuda como el día en el que nació. Y aún así, no se sentía amenazada por él.

Casi se rió de lo ilógico de la situación. La mayoría de los hombres la asustaban. Había sido advertida cientos de veces de no acercarse al territorio de ese clan. ¿Entonces, porque no estaba gritando? Por qué continuaba allí, mirándolo fijamente, ¿como si quisiera desnudarle? Debería salir por la puerta, corriendo como una loca.

En vez de eso, cogió la camisa que le ofrecía, estremeciéndose locamente cuando sus manos se tocaron. El fuego llenaba sus ojos y ardía su carne, cuando su mirada recorrió su cuerpo.

—Te dejaré vestirte —dijo él. Cuando acabes, ve al salón a calentarte.

—Gra… gracias —tartamudeó ella.

En cuanto él dejó el cuarto, se levantó, se quitó la toalla y puso la camisa. Le llegaba hasta las rodillas, y se arremangó las mangas hasta tener las manos libres. Se sentó en el borde de la cama, poniéndose los pantalones. Cuando se levantó, le cayeron hasta los tobillos. Los subió otra vez, pero volvieron a caerse, irritándola.

Bien, él me vio con mucho menos. Por lo menos, la camisa era bastante bien. Esperaba que su ropa no tardara en secarse.

Echo un vistazo en el espejo de encima de la cómoda y se estremeció por lo que vio. Su pelo estaba hecho un asco y el tinte era espantoso. No había alcanzado el efecto deseado, lo de alterar su apariencia.

Se arregló la camisa e, indecisa, salió del cuarto. Atravesó el pasillo, echando un vistazo por todas partes. Al final, se paró y miró avergonzada.

La miraban fijamente tres hombres, no uno solo. Tres magníficos hombres. Y allí estaba ella, con nada más que una camisa. Empezó a retroceder, pero el hombre que la bañó, la agarró por el codo.

—No tengas miedo. A propósito, soy Madara —la hizo entrar en la sala, a pesar de su renuencia—. Ésos dos son mis hermanos, Fugaku y Obito.

Ella les miró, nerviosa e insegura, usando el cuerpo de Madara para protegerse de las miradas.

—No dijiste que estaban aquí tus hermanos y que son los líderes del clan.

—Yo te dije el nombre del rancho —contestó él, risueño.

Encontró su mano y la acarició.

—No te preocupes, mi lady. Nadie va a hacerte daño.

Ella se estremeció. No de miedo, si no del sex appeal de aquella voz. ¿Cómo podía sentirse segura con un Uchiha? Se lamió los labios.

—Soy Mikoto Hyuga —su voz era poco más que un murmullo.

Uno de los hermanos se levantó del sofá y la empujó hacía la chimenea.

—Acércate al fuego, para calentarte —su voz ronca, parecía chocolate derretido.

¡Oh, Señor! Debo estar soñando.

—¿Cuál de los hermanos eres tú? —preguntó, vacilando por un momento.

—Soy Obito —le sonrió ampliamente. Tiró ligeramente de su mano y ella le dejó acercarla al fuego.

Obito era tan grande como Madara. La única diferencia entre ellos era el cabello. Ambos tenían los ojos negros del clan. Pero Madara tenía cabello largo liso y Obito, corto y alborotado. El cabello de Fugaku era negro con destellos azules, y usaba gel para que se pareciera un poco al de Obito. Tenía una mirada salvaje, bárbara, era el tipo de hombre que una mujer quería domar instintivamente. Parecía el más joven, pero Mikoto no estaba segura. Todos eran atractivos, con edades cercanas, mientras que Madara debía ser el mayor.

Obito la hizo sentarse en una butaca, cerca del fuego. Después, estiró las manos al fuego, dejando al calor difundirse por el cuerpo.

Estaba nerviosa. Todos la miraban fijamente. Podía sentirlos. Todos la habrían visto desnuda. ¿Era por eso qué la miraban con tal intensidad?

Madara alimentó el fuego.

—¿Qué te pasó, Mikoto? ¿Por qué estabas caída en el camino? Para ser una kunoichi, no estabas preparada para este viaje.

Ella tragó, insegura de como contestar. Buscó rápidamente una disculpa admisible.

—Me emboscaron en el camino, iba a hacer una diligencia de mi clan para Konoha pero tuve que tomar este camino para tratar de perderlos. Realmente, no recuerdo como vine a parar a su territorio, cuando tenga mis ropas puedo retirarme si lo disponen de esa forma.

La mayor parte era verdad. Lo era todo, pero no quería dar más detallas.

—¿Segura qué estás bien? —habló Fugaku, por la primera vez. Sus ojos la examinaban, intentando arrancar sus secretos. Era el más tranquilo, más serio, más desconfiado.

—Estoy bien, realmente —miró a Madara. ¿Cuánto tiempo deberé permanecer aquí?, no creo que sea conveniente que me quede por mucho tiempo.

Fugaku frunció el ceño, Obito se tensó, la expresión de Madara se ensombreció.

—No creo que debes salir con ese tiempo y sin equipo—dijo Madara con firmeza.

Obito asintió.

—No hay razón para irte. Nadie del clan podría decirte nada porque somos los hijos de la matriarca líder del clan. Fugaku y yo iremos a dar una ronda en los alrededores a buscar intrusos.

La incertidumbre la hizo hesitar. Lógicamente, debía seguir lo más lejos posible, pero aquí se sentía segura, y estaba cansada de huir.

Se miró las manos e intentó controlarse el temblor. Estaba muy cansada y no conseguía recordar la última vez que había comido.

Madara se arrodilló a su lado y agarró su barbilla con su grande mano.

—No tienes que irte a ninguno lado, mi lady. Puedes quedarte aquí mismo. Cuidaremos de ti.

Si ella pensó que no podía excitarse más, se había equivocado. Aunque se lo dijo gentilmente, se sentía la orden. Quería que se quedara.

—Yo... yo no sé —cerró los ojos y se mareó; luchó para abrirlos de nuevo, pero la sala se movía a su alrededor. Y todo se oscureció.