Maldiciendo por lo bajo, Madara sosuvo la cabeza de Mikoto mientras ella se caía. La sacó de la silla y la agarró en los brazos. Estaba claro que estaba exhausta y probablemente hambrienta, como lo indicaba su delgadez.

—La pondré en mi cuarto —dijo, mientras se dirigía al pasillo.

—Iré con Fugaku a verificar el perimetro —dijo Obito.

Madara la puso en la cama y la cubrió con la colcha. Gimió suavemente, y una expresión de dolor cruzó su rostro, pero no abrió los ojos.

Sintió una punzada en la sien y rechinó los dientes. Estaba huyendo de algo. O de alguien. Estaba tan asustada como un zorrito recién nacido y en sus ojos había tantos secretos, que en algunos momentos era difícil distinguir el color.

La contusión de las costillas lo molestaba. Esta chica pasó por una batalla fuerte, estaba seguro y no parecía reciente. Asió un mechón de pelo, notando la desigualdad del color. Apostaría que era pelinegra. Del misma color que el pelo de entre sus piernas.

Con una ternura que no exhibía desde hace mucho tiempo, arregló la colcha en torno al cuello y caminó callado hacía la puerta. Necesitaba de un baño helado para calmar su dura polla, pero optó por salir y esperar a Obito y Fugaku.

Llegaron media hora más tarde. Madara caminó a su encuentro.

—¿Alguna novedad?

—Nada, como si fueran fantasmas o expertos en taijutsu —contestó Obito.

Madara levantó una ceja. Entonces el ángel escondió información. ¿No estaba pensando claramente, u honestamente creyó qué no lo descubrirían?

—¿Cómo ésta? —preguntó Fugaku.

—Durmiendo —contestó Madara—. Necesita comer.

Obito parecía preocupado. Un sentimiento que Madara comprendía. Que ellos hubieran encontrado a su mujer, era nada menos que sorprendente. Pero no pensaron que fuese de esa forma y parecía que traía problemas.

Fugaku pareció incómodo.

—Nunca pensé que la encontraríamos. Y ahora que la tenemos, todo lo que puedo pensar es: ¿Y si no quiere quedarse? Yo también lo sentí. Indra dijo siempre que lo sabríamos, pero hasta ahora, pensé que era una exageración.

—Lo sé —dijo Obito bajito—. Yo también lo sentí.

—Tiene problemas —dijo Madara—. Tiene una contusión del tamaño de mi mano en las costillas, y no me gusta ni imaginar como sucedió. Y no es castaña natural. Hizo un pobre trabajo para parecer así. Una señal de que tenía prisa.

—¿Algún motivo para hacer eso? —cuestionó Obito, con el rostro ensombrecido.

Fugaku cerró los puños.

—¿Quién quería lastimar una cosa tan pequeña?

—No sé, pero una cosa es cierta. No podemos dejarla ir, no importa lo que tengamos que hacer —dijo Madara adustamente.

—¿Quién va a abordarla primero? —preguntó Fugaku.

Madara se puso pensativo.

—Iré yo —dijo finalmente—. Es como tiene que ser. Es mi responsabilidad. Vosotros ayudarais en hacerla sentirse lo más cómoda posible. Vamos a tener que ir despacio o tengo miedo que pueda enloquecer.

—Ve con calma, Madara —le advirtió Obito.

Madara lo miró.

—¿Qué quieres decir con esto?

Obito no retrocedió.

—Sabes exactamente lo qué quiero decir. Domas. Es tu naturaleza. Vas a tener que limitarte con ella. No creo que vaya a confiar, si se siente amenazada.

Las palabras irritaron a Madara, pero sabía que Obito tenía razón. Era autoritario, tanto en su vida personal, como en la profesional, quería siempre las cosas de su manera. En su mente, Mikoto era suya, no importaba si lo aceptara o no.

—Lo recordaré —dijo secamente—. Ahora que hemos acabado, voy a verla. ¿Por qué no preparan la cena?

Madara se deslizó en el cuarto, para ver a Mikoto durmiendo silenciosamente. Después de quitarse los zapatos, levantó la colcha y se acomodó a su lado. Sorprendentemente, ella emitió un suspiro de satisfacción y se acurrucó contra él. Los senos se frotaron eróticamente contra su pecho, y su verga se hinchó contra los muslos. Cuando se movió contra él, su camisa se subió sobre las caderas, exponiendo su culo suculento. Incapaz de contenerse, levantó su mano para acariciar sus caderas y alzar la camisa hasta la cintura. Sus rizos oscuros lo atrajeron, le separó los labios del coño y resbaló el pulgar hacia abajo, sobre su botón. El dedo corazón bajó más, tocando su entrada, mientras que su pulgar continuaba acariciándola.

Ella gimió, cuando la penetró con un dedo y comenzó un leve movimiento circular. Estaba caliente y mojada y él estaba listo para estallar solo con tocarla.

Usando los dedos, apartó los labios de su coño y deslizó el pulgar por el clítoris. Su dedo medio se movió más abajo, acariciando la entrada y con el pulgar continuó el masaje. Respiró apresuradamente y se movió contra su mano. Sumergió un dedo, cerrando los ojos, fingiendo que era su polla. Era apretada. Condenadamente apretada.

Inclinó la cabeza y movió sus labios por el cuello de la camisa, hasta encontrar un tenso pezón. Cuando lo tocó, ella gimió. Movió su pulgar más rápido, mientras chupaba su teta. Se apretó contra su mano, cerrando las piernas en torno a ella, a medida que alcanzaba el orgasmo.

Captó su grito de placer con la boca. Lentamente, retiró la mano de su centro. Él podía sentir su esencia en su mano y quiso saborearlo. Estaba dolido por enterrar su eje entre sus piernas y amarla como nunca lo estuvo.

Sus ojos se abrieron somnolientos, los labios hinchados de sus besos.

—Dime que no estoy soñando —susurró ella.

—No estás soñando.

Con los ojos amplios, ella dejó salir un grito de sorpresa. Se alejó de él, cubriéndose con la colcha.

—¿Qué demonios está pasando? —exigió ella, con la voz aún carrasposa por la pasión.

Miró la confusión de sus ojos y su lucha entre el placer que sentía y su instinto natural.

—Te di un orgasmo —dijo simplemente.

—Yo... tú... —cerró la boca.

Le puso la mano en la nuca y la acercó.

—Por si te preguntas —le dio un beso largo y duro— planeo volver a hacerlo. Luego.

Ella lo empujó.

—Pero...

—Me deseas —él dijo con certeza—. Y yo te deseo más de lo que desee alguna otra mujer. Y voy a cuidarte.

Mikoto lo miró fijamente, en shock. Su corazón se aceleró. No solo había experimentado el mayor orgasmo de su vida —bueno, el único orgasmo de su vida, y si esto era normal, no tenía idea de cómo sobrevivían las mujeres— pero aquella declaración le llegó directamente a su corazón.

No podía creerle. Además, tenía tantos problemas para tener que añadir otro a la lista. La angustia y la preocupación, le dieron ganas de vomitar.

Su expresión estaba suave.

—¿Quién te hirió, cariño? ¿Quién metió el miedo en tus ojos?

Ella tragó, nerviosa. Ese hombre, sin duda, era demasiado perceptivo. ¿Cómo podía estar acostada, casi desnuda, con uno de los líderes del clan Uchiha? Cerró los ojos. Eso no estaba pasando. Era un sueño. Un sueño maravilloso, pensó, pero un sueño. En cualquier momento volvería al horror de su vida.

—Déjame traerte tu ropa —dijo Madara, saliendo de la cama—. Tienes que comer algo.

Instantes después, regresó con su ropa shinobi. Balanceaba su ropa intima en un dedo y ella se apresuró en arrancarla de su mano.

—Estaré en la cocina. Ven cuando estés lista.

Cuando él se fue, salió de la cama y rápidamente se puso la ropa interior. Su coño aún estaba latiendo por el explosivo orgasmo. Despacio, pasó los dedos sobre la seda de las bragas y deslizó la mano dentro.

Dudó cuando el dedo hizo contacto con el hinchado clítoris. Dios, el hombre era letal. Reacia, alejó la mano y vistió el short.

Cuando acabó de vestirse, se dirigió a la puerta y se quedó indecisa. ¿Cómo podría enfrentarlo después de lo qué había sucedido? Su cara se enrojeció de vergüenza. Debía de estar pensando que era una mujer ligera de cascos.

Inspirando profundamente, abrió la puerta y siguió por el pasillo, en dirección a la cocina. El maravilloso olor le dio muchísima hambre. Hacía mucho tiempo desde la última vez que tomó una buena comida. Los tres hermanos la miraron cuando pasó por la puerta. Se quedó con los ojos bajados, tenía miedo de que Madara les hubiera contado qué había pasado.

Fugaku se acercó y le pasó una mano en el hombro.

—¿Estás bien?

Ella asintió, horrorizada por su reacción. Seguramente, aún estaba bajo el efecto del orgasmo que tuvo hace poco. Estaba enloqueciendo. La matarían en su clan de haberse sentido atraída por unos Uchiha's.

—Estoy bien —dijo, alejándose de su toque.

Obito le puso un plato delante.

—Te sirvo en un segundo. ¿Tienes hambre?

Su estómago rugió en respuesta.

—Sí —admitió.

—¿Cuánto tiempo llevas sin comer? —preguntó Madara, con expresión pensativa.

—No lo recuerdo —contestó vagamente.

Intercambió miradas con sus hermanos y ella esperó no haber levantado más sospechas. Necesitaba desaparecer rápido, antes de que alguien descubriera donde estaba. O quién era.

Minutos más tarde, Obito le llenó el plato de huevos y jamón.

Sus manos temblaban ligeramente cuando empezó a comer.

Madara estaba a su lado, con los brazos cruzados. Asintió viéndola como comía: lo más rápido que podía, aunque con unos modales en extremo refinados.

—Baja la velocidad, cariño. Te vas a enfermar.

Acabó y dejó el tenedor en el plato. Obito le puso delante un vaso de zumo de naranja, y ella, sonrió en señal de agradecimiento antes de beber la mitad del contenido.

Una fuerte llamada se escuchó en la puerta y Madara frunció el ceño.

—¿Quién podría ser? —detuvo a Obito y a Fugaku, que caminaban hacía la puerta.

—Esperen —ordenó—. No sabemos quién está fuera.

Todos se volvieron hacía donde estaba sentada Mikoto, solo que ella había desaparecido. Madara maldijo. Había huido asustada cuando escuchó la llamada.

—Voy a encontrarla —dijo Obito. Su tono sugería que cuidaría a Mikoto, mientras que Madara y Fugaku resolvían la amenaza de fuera.

Sorprendentemente, la puerta se abrió y Kushina se asomó.

—¿Estáis adentro? —gritó ella. Paró cuando vio a Madara y a Fugaku.

Madara se relajó. Kushina era la representante de Konoha del pueblo, y solía aparecer de vez en cuando, para ver cómo les iban las cosas. Alta, delgada y pelirroja. Todo lo que Mikoto no era. Una vez, Madara pensó que Kushina podía ser ella, pero sus hermanos no compartieron su atracción.

Sacó su abrigo y entró en la cabaña. Le lanzó a Madara una sonrisa insolente.

—¿No estás contento de verme?

Fugaku carraspeó y se sentó en el banco.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Madara, cruzando los brazos y adoptando una pose intimidante. Normalmente, no le importaba bromear con Kushina, hasta coqueteaba un poquito. Pero eso fue en el pasado. Ahora quería que se fuera lo antes posible.

Kushina se deslizó en el banco, junto a Fugaku; levantó sus largas piernas y las apoyó en un taburete.

—¿Dónde está el tercer tonto? —preguntó, buscando a Obito.

—Cerca —dijo Madara.

Arqueó una ceja, pero no hizo otros comentarios.

—Vine para saber si vieron una joven, es la hime Hyuga. Estamos investigando un posible rapto, pero podría haberse escapado. Encontramos un pequeño kit de kunais y shurikens al pie de la montaña y verificamos el área. ¿No vieron nada?

Madara negó con la cabeza y desvió la mirada hacía Fugaku.

—¿No vieron nada, cuándo estuvieron fuera?

—Nada.

Volvió su atención hacía Kushina.

—¿Crees qué ella aún ésta por aquí?

—No estoy segura. Nadie sabe la capacidad shinobi de esta chica porque es la líder del clan. Se piensa que estaría por aquí.

—¿Necesitas rastreadores? —preguntó Madara, sabiendo que si no se ofrecía, parecería raro. Él y sus hermanos, ayudaban a localizar personas desaparecidas.

Kushina negó con la cabeza.

—No. Como os dije, solo quise verificar la posibilidad de que alguien vio algo. Ni sabemos de quien es ese kit. Puede ser que no haya tomado este camino.

Madara quiso hacer más preguntas. ¿Qué habría hecho Mikoto para que crean qué huyó y quién supuestamente la habría secuestrado? Pero sabía que esto solo despertaría las sospechas de Kushina, porque los hermanos Uchiha siempre se mantenían apartados de los problemas de los otros. No se metían en los problemas de nadie.

—Bien, nos avisas si te podemos ayudar —dijo brevemente.

Kushina se rió, enrojeciéndose.

—Hubo un tiempo en el que eras más receptivo —dijo suavemente mientras se le acercaba, rozándole los brazos con sus pechos.

El se alejó, ansioso de que se fuera, para poder hablar sobre Mikoto.

—Adivino que te veré por allí —dijo Kushina, decepcionada. Se puso el abrigo y caminó hacia la puerta—. ¿Me avisaran si ven algo?

—Te avisaremos —dijo Madara.

Cuando la puerta se cerró, Madara expiró profundamente.

—Estaba buscando a Mikoto —dijo, con las cejas fruncidas.

Giró y se fue rápidamente hacia el dormitorio, con Fugaku siguiéndolo. Cuando vio a Mikoto en la cama, abrazando sus rodillas, sintió una mano invisible apretando su corazón. Obito, sentado a su lado, le acariciaba la espalda, pero ella ni siquiera percibía su presencia.

Madara maldijo y se arrodilló delante de ella, cogiéndola por la mano.

—Cariño, escúcheme. Estás segura. Solo era la representante de Konoha.

Mikoto levantó los ojos alarmada, llena de miedo.

—Nadie de la alianza —murmuró aterrada.

—Nadie de la alianza —asintió él.

—Prométeme —le pidió en un patético grito.

—Puedes confiar en nosotros —dijo Obito, bajito—. No permitiremos que nadie te haga daño. Se relajó un poquito, inclinándose más hacia las caricias de Obito. Madara la tenía agarrada por la mano, y la acarició, intentando tranquilizarla.

—Escucheme, hime. Necesitamos hacerte algunas preguntas.

Ella dejó escapar un gemido aterrado.

—No. Porfavor, no quiero otro interrogatorio. Por favor, déjenme ir. Necesito irme.

La mano de Obito, que le acariciaba la espalda se paró, y al lado de Madara, Fugaku se tensó. Madara supo que tendría que ocuparse de todo. No podía dejarla escapar. No podrían mantenerla segura si huía.

Intercambio una mirada con sus hermanos. Estaban todos unidos en aquel caso. No la dejarían partir. Y no dejarían que alguien le haga daño.

Se sentó en la cama, a su lado.

—Hime, puedes confiar en nosotros. No vamos a herirte. Y tampoco dejaremos a alguien que te haga daño. Pero tenemos que saber que está pasando. Que te hicieron.

El pánico llameó en sus ojos. El miedo llenó su rostro.

—N... n... no lo entienden —tartamudeó—. Nadie puede ayudarme. Nadie puede detenerlos y... y... ellos... —lo dijo como si hablara del mismo demonio.

—¿Quienes, hime? ¿De quienes estás hablando? —susurró Madara.

Balanceó la cabeza, su agitación aumentaba con cada segundo. Del otro lado, Obito agitó la cabeza en una advertencia para Madara, que la estaba empujado demasiado. Parecía a punto de romperse.

—¿Por qué no descansas un poco? —dijo Madara, aunque quería saber más, quería tener las respuestas de todas sus preguntas.

Obito la acostó suavemente y la cubrió con la colcha.

—Estamos fuera, si nos necesitas —y le dio un beso en la frente.

Sus ojos estaban cerrados antes de que salieran del cuarto.

Los hermanos entraron en la cocina, los tres con expresiones feroces.

—¿Qué quería Kushina? —preguntó Obito.

Madara le contó rápidamente a Obito todo lo que dijo Kushina.

—¿Entonces, alguien la secuestró? —Preguntó Obito, incrédulo—. No tiene ningún sentido. Si la habrían raptado, estaría dispuesta a contarlo.

—Pero recuerda que no es cualquier mujer, al ser líder de ese clan es muy poderosa y capaz de tener un clan protegiéndola de lo que pueda sucederle. No tiene ningún sentido —dijo Madara. Es por eso que, no vamos a contar a nadie sobre Mikoto, por lo menos hasta que sepamos toda la historia. Alguien la asustó de muerte. Un grupo. Unos hijos de puta le hizo daño.

—Se siente atraída por nosotros —dijo Obito—. Por los tres. No quiere aceptar la atracción que siente. Creo que conoce la tradición por el puesto que tiene. Madara asintió, y la satisfacción llenó su cuerpo. Después de una larga espera, finalmente encontraron la mujer con quien pasarían el resto de sus vidas.