Madara sintió a unos dedos helados apretando su corazón. ¿Ya estaba comprometida? Vio el mismo miedo en el rostro de sus hermanos. Miró su mano, en busca de alianza, pero no había ningún anillo. Pareciera como si no hubiera sido anunciado al público en general.
El problema con los compromisos en los clanes era que si se hacían públicos eran totalmente imposibles de romper a menos que desearas entrar en una guerra de grandes magnitudes y peor por ser ella la líder del clan. Las manos de Obito estaban paralizadas en sus hombros. Fugaku apartó la mano, y él alejó la mano de su mejilla. ¿Cómo podía ser prohibida la mujer destinada a ellos?
No, él no aceptaría eso. No podía.
—¿Quién o quienes? —murmuró Madara, celoso.
Su trémula mano voló a la garganta, en un ademán defensivo. El pánico volvió a su rostro, fuera de control.
—Estás huyendo de ellos o de él —dijo Fugaku, con el rostro frío.
—Es el hombre que metió el miedo en tus ojos —agregó Madara, volviéndole a levantar la barbilla.
—No es lo que piensan, mi primo me ayudó a escapar, es el consejo quien nos tiene amenazados de muerte si no hacemos sus caprichos —dijo Mikoto.
—Entonces nos estamos enfrentando a un grupo de viejos que tiene aterrorizado a un clan extremadamente poderoso —agregó Obito.
Se podía manejar pero sería complicado, o buscarían generar un golpe interno en el clan o ingresar ellos al clan y destituir a esos ancianos.
—O los destituiremos o simplemente los mataremos —dijo simplemente Madara—. Nunca volverás a temerles a esos vejestorios.
—No lo entienden —susurró—. El consejo de ancianos se maneja por herencia y los futuros sucesores son o iguales o peores—. Las lágrimas chispeaban en los ojos perlados.
—Ellos no tienen elección —determinó Obito.
—Te harán daño, como me...
Su voz se desvaneció, pero Madara entendió lo que ella había callado. Te harán daño, como me lo hicieron a mí. Nunca sintió tanta rabia como en aquel momento. Temió perder el control.
Continuaba con la mano en la garganta.
—El problema radica en que el clan completo le teme al sello del pájaro enjaulado por el cual si desobedeces una orden, te matan. Si la orden es proteger a los ancianos, pocos irán en contra de esa orden para preservar sus vidas y las de sus hijos. Asesinar no significa nada para los del consejo. No puedo dejar que hagan eso.
—¿Y piensas qué hacerles caso como una marioneta es la respuesta? —cuestionó Fugaku, incrédulo.
Negó con la cabeza.
—No. Todavía no tengo idea de que hacer para que dejen de afectar a inocentes del clan. Pero tampoco puedo quedarme aquí; si estoy en otro lugar, ellos no podrán herir a ninguno de vosotros.
Una sonrisa surgió en la boca de Madara. La pequeña mujer estaba intentando protegerlos. Sintió una ola de orgullo. Su pareja probaba ser merecedora del lugar que ocuparía.
—Sé que nos conoces desde hace poco, cariño, pero debes aprender a confiar en tus esposos —dijo Madara.
Sus ojos se abrieron aún más.
—¡Pero no son mis esposos! ¿No me están escuchando? ¡Ya estoy comprometida!
—Un mero detalla técnico —dijo calmo—. Que pretendemos arreglar lo más rápido posible.
Hizo un ademán de frustración.
—¿No oyeron nada de lo qué dije?
Él sonrió.
—Oímos todo, pero tu preocupación es infundada. Podemos cuidar de nosotros mismos, más que eso, podemos cuidar de ti.
Su mano cayó, en un ademán impotente, que mostró que no sabía qué hacer o que decir. La estaban presionando demasiado, no podían continuar o la perderían.
—Ven a la cocina. Vamos a prepararte el desayuno —dijo Madara, alternando a un tópico neutral. Seguro.
Vio el alivio en sus ojos, cuando ella asintió.
—Estaré allí en un minuto —contestó con la voz ronca.
Madara se levantó y pidió a sus hermanos que lo acompañe. Segundos más tarde, Mikoto estaba sola en el enorme cuarto, los sentidos acelerados por lo que había experimentado.
Ellos la querían. Los tres. Y ella también los quería. Desesperadamente, quería ver en donde los llevaría. Pero había muchos problemas que lo impedían.
Primero, su clan la encontraría si continuaba allí. Lo sabía, como también sabía que ellos pasarían por encima de cualquier persona que se interpusiera en su camino.
Segundo, era su deseo de ser amada, protegida, lo que la había llevado a los problemas presentes, y ahora estaba cayendo en el hechizo de tres magníficos Uchiha. Ella había buscado bastante la felicidad en los de su alrededor.
Su esposa. Sacudió la cabeza, incapaz de comprender lo que le habían propuesto. El mayor problema era la rivalidad tan antigua de sus clanes para que pudieran disculpar los líderes de ambos clanes se uniesen en matrimonio.
¿Por qué debía preocuparse por los qué pensaran las otras personas? Ellos no habían pensado en ella cuando recibió todo el maltrato que fue víctima de manos de su propia familia.
Cerró los ojos y friccionó la frente. Necesitaba de una aspirina y una bebida caliente. Nada tenía sentido, y no conseguía entender, por más que intentara, la infinidad de emociones que la asaltaban.
—Mikoto —la llamó Fugaku, de la puerta.
Miró al hermano menor, inclinado contra el marco de la puerta, estudiándola calmadamente.
—El desayuno está listo.
Asintió, sin arriesgarse a hablar. Sin confiar de que no se lanzaría en sus brazos.
Como si estuviera leyendo su mente, caminó relajado en su dirección, y le extendió la mano.
Lentamente, ella la alcanzó y la aceptó, gustándole el calor que se extendió por su brazo, con una velocidad alarmante.
Él la atrajo hasta quedar a su lado. Su mirada se deslizó sobre ella, calentando cada zona por donde pasaba.
—No me besaste —murmuró él.
Sus ojos se abrieron, sorprendidos. No esperaba que dijera algo así.
—Besaste a Obito y a Madara, pero no a mí. Si fuera un hombre celoso, podría ofenderme por eso.
Su boca se abrió. ¿Qué quería decir con ello?
—¿Qué dices sobre rectificar eso? —preguntó con una voz ronca.
Se agachó, con la boca a una pulgada de la de ella. ¿Dulce Jesús, como podría resistirle? Su mano se deslizó por su cara, hacía la nuca. Sus dedos se hundieron en su pelo y la atrajeron para encontrar su boca.
Suspiró contra aquellos labios y se derritió al entrar en contacto con su pecho. El beso era lento, caliente y completo. No exigente como el de Madara, ni gentil como el de Obito. Caliente. Era la única palabra que le venía para describirlo.
Sus pezones se endurecieron contra su pecho; y sus tetas se hincharon y pulsaban de deseo. Un dolor se construyó entre sus piernas, y sentió una repentina humedad. Unió las piernas, intentando aligerar el fuego, pero solo creció. Sus grandes manos recorrieron su espalda y acariciaron su trasero empujándola contra su verga. Su polla dura, grande, hinchada dentro de los pantalones, empujaba contra su pelvis.
—¿Puedes sentir cuanto te deseo? —susurró.
No esperó su respuesta. En vez de eso, volvió a besarla, voraz, y esparció una lluvia de besos desde la oreja hasta el cuello.
Se arqueó y gimió cuando los dientes pellizcaron la delicada curva del hombro. Una mano continuaba sobre su culo, la otra viajó por su barriga y debajo del top, hasta alcanzar un pecho.
Se le cortó el aliento, y cuando él empezó a acariciar un pezón, corrientes de placer irradiaban del pecho en todas las direcciones. Su coño latió en respuesta. Su clítoris le dolió, excitado.
Se movió entre sus brazos. Estaba cerca de algo maravilloso. Él le quitó el top y bajó la cabeza. Ella apretó los dientes en anticipación. Su respiración caliente acarició el pezón, lo frunció, lo apretó dolorosamente, pero él no lo tomó en la boca.
—Por favor —jadeó ella.
—¿Por favor, qué? Dime lo qué quieres, Mikoto.
—Tu boca. Quiero tu boca. Allí.
—¿Aquí? —preguntó, besando la suave curva de su seno—. ¿O aquí? —besó la parte de arriba del pezón.
Perdiendo la paciencia con su broma, agarró su cabeza y la dirigió al pezón.
—Oh, quieres decir aquí —él se rió y chupó el pezón y su cuerpo estalló por el placer que sentía.
—¡Oh, Dios mío!
Lo agarró firmemente, exigiendo que su boca no abandonara el pezón. Corrientes de fuego corrían en su barriga y pelvis. La humedad salía a chorros de su coño. ¿Cómo podía estar tan cerca de correrse si solo le estaba chupando los pezones?
—Odio interrumpir, pero el desayuno se está enfriando —dijo Madara perezosamente, desde la puerta.
Las mejillas de Mikoto se tiñeron instantáneamente de rojo y se alejó de Fugaku. Se puso el top, intentando restablecer una apariencia de modestia.
Pero Fugaku no la dejó tan fácilmente; la abrazó y le dio un beso profundo.
—No le prestes atención. Está celoso porque él también quiere estar contigo.
—Verdad —admitió Madara, escogiéndose de hombros—. Pronto. Serás nuestra.
—¿Quieres desayunar? —preguntó Fugaku, acercándola a la puerta.
—Ve tú primero —le pidió, nerviosa. La idea de pasar por al lado de Madara era suficiente para derretir su rodillas. Prefería la protección del cuerpo de Fugaku, como una barrera entre Madara y ella.
Los ojos de Fugaku brillaban por la insatisfecha necesidad, cuando la tomó de la mano. La atrajo junto a él, mientras pasaban de Madara. Estaba casi fuera del cuarto, cuando Madara la agarró del brazo.
Para su desaliento, Fugaku liberó su mano y caminó despreocupado hacia la cocina. Ella se vio apretada contra el pecho fuerte y duro como una piedra de Madara, que la miraba fijamente con sus ojos negros.
—No hay ninguna razón de tenerme miedo —dijo serio—. No hay razón de esconderte detrás de Fugaku o de Obito, cada vez que hablo contigo. Me alegro de que te sientes segura con mis hermanos, pero ellos no tienen porque protegerte de mí.
Se mordió los labios, nerviosa.
—No puedes negar esto con las legendas que cuentan de ti
Arqueó la ceja.
—¿Y Obito y Fugaku no los consideras tan temibles?
Ella suspiró.
—No, sí, quiero decir sí, son fuertes y temibles como shinobis, pero no pienso que me harán daño.
Apretó los labios.
—Y piensas que yo lo haría.
—No intencionalmente —dijo poco convencida—. Mi padre era nada comparado contigo y aún así por complacer al consejo... —se paró bruscamente, no quería contarle la relación que tuvo con su padre—. ¿Si él pudo hacer tanto, porqué tú no lo podrías?
—Lastima que esté muerto ese bastardo —siseo Madara.
—No te apresures, era eso o nos mataban a los 3 el consejo y ya habían asesinado a mi madre —dijo Mikoto.
Madara suspiró y se pasó la mano por el pelo.
—Ven aquí, cariño —se sentó en la cama y la sentó en su regazo—. Una vez presentada al consejo de nuestro clan, no podrán tocarte esos demonios, ya suficiente tengo que destruyeron la confianza en ti misma. Y jamás toleraré es el miedo que veo en tus ojos, cada vez que te miro.
Su corazón latía dolorosamente. Madara parecía honesto. Duro, pero honesto. Ella se sintió tonta por sentir miedo cada vez que él la miraba, pero sabía sin dudar, que jamás sería la misma después de conocer a este hombre. Quizá por esto lo temía tanto.
—He sido muy honesto contigo —continuó—. Te deseo. Más que a cualquiera otra mujer. Alguna vez. No estaré satisfecho hasta que estés en mi cama. En nuestra cama. Con nosotros. Embarazada de nuestro niño. Perteneciéndonos en corazón y alma para siempre. No puedo prescindir de eso. No te dejaré ir sin pelear, estate segura de eso, pero jamás te haré daño y haré lo que haga falta para que nadie te lo haga.
Sintió sus palabras en lo más hondo de su alma. ¿Cómo podía no hacerlo? Nadie jamás, le había hablado con más honestidad o tanta emoción.
—Danos una oportunidad, Mikoto. Es todo lo qué te pido.
Sin escuchar la voz que le decía que corriera, asintió.
Una sonrisa lenta, triunfante, se extendió por todo su rostro.
—Ahora vamos a tomar aquel desayuno.
