Mikoto se sentó en el banco, entre Fugaku y Madara, mientras que Obito servía los platos con jamón y huevos. Ella los analizaba frecuentemente, juzgando su humor, midiendo su reacción hacia ella, pero le parecían tranquilos.
Era como si ellos vivieran esta situación todos los días. Sacudió la cabeza mientras cogía con el tenedor otro trocito de huevo. ¿Cómo podía funcionar esa clase de relación? La dinámica familiar era diferente a la suya, los acuerdos en que llegaran podrían complicar toda la relación. Y las cosas serían más difíciles para ella que para cualquiera de ellos. Ellos no tenían expectativas y obligaciones tan grandes como las de ella. No solo tendría que satisfacer los requerimientos de tres esposos sino de dos clanes completos para las obligaciones de una matriarca.
Tres hombres para satisfacer, conocer, y todos diferentes. La mera idea de las complejidades involucradas en la situación, le dio un fuerte dolor de cabeza.
Obito, ciertamente, era el más fácil de los tres hermanos. Se sentía relajada a su lado. Era una reacción natural. Ella sabía que Madara era el mayor y que no había heredado el liderazgo porque no había evolucionado su doujutsu. Y, aunque hacía un gran esfuerzo para hacerla sentirse cómoda, sabía que él podía ser peligroso cuando estaba enfadado. Emanaba poder y autoridad, que lo cubrían como una manta.
Su mirada se giró hacia Fugaku. Era un enigma. El único de quien ella no tenía formada aún una idea. Sabía que era el único que se integro por una temporada en las fuerzas especiales de la alianza, a una subdivisión de los ambus lo cual demostraba su fuerza pero también que estuvo expuesto a misiones extremas. Era quieto y serio, pero aún más que eso, ella vio el dolor de sus ojos. Como ella, él había visto el lado oscuro de la vida.
—¿Estás bien? —preguntó Obito.
Ella lo miró.
—Estoy bien, es solo una jaqueca.
Caminó hasta uno de los cajones, encontró un frasco de medicina, sacó varias píldoras y se las entregó. Solo un ejemplo más de cuidarla. La calentó y asustó al mismo tiempo.
—¿Qué te preocupa, cariño? —preguntó Madara.
¿Era tan fácil de leer? ¿Podrían leer su mente y su alma? Sus dedos se tensionaron sobre el tenedor, y por un momento, ella pensó en negar que hubiera algo en su mente, pero la honestidad de Madara la obligaba a ser igual de honesta.
—La dinámica de esta relación que proponen es... es bastante problematica, me abruma todo lo que implica —admitió.
Percibió las sonrisas triunfantes de los hermanos. Ciertamente, para ellos eso era una señal de que estaban haciendo progresos. Y quizá tuvieran razón, aunque fuera una locura, incluso contemplarlo.
—¿Quieres discutir sobre algún aspecto en particular? —preguntó Madara.
Suspiró y dejó el tenedor.
—Me parece a como mis padres murieron, tantas obligaciones que cumplir, tan complejo y sin el apoyo de nadie para mitigar toda la información. Ni sé por dónde comenzar. Continúo esperando que me digan que todo es un chiste, que están bromeando.
Fugaku puso una mano en su rodilla activando su doujutsu a nivel del eternal mangekyo.
—No es un chiste, y estos ojos tampoco. Ahora, dinos lo que estas pensando.
Inspiró profundamente, se dijo a sí misma que estaba completamente loca y luego comenzó a decirles honestamente, lo que estaba pensando.
—Es lo siguiente: tienen una persona de la que ocuparse en esta relación. Yo tengo tres. Tres hombres dominantes, sobreprotectores, y bastante grandes. Y no veo como pueda ser remotamente posible que os complazca a todos al mismo tiempo. Además incluyan que ambas partes somos lideres de clanes, nos debemos a nuestas familias.
Sonrisas engreídas y seguras adornaban los rostros de los hombres.
—No creo que ninguno de nosotros espere la perfección —dijo Obito—. Aunque —agregó, recorriéndola con la mirada de arriba a abajo—no estoy descontento con lo que tenemos.
—Discutimos muchas veces el asunto —dijo Madara en tono serio—. Sabemos que no siempre será fácil. Ni siempre fue fácil para nuestra madre y padres, pero si todos trabajamos juntos, no existe ninguna razón para que no podamos vivir en armonía. Los clanes a lo interno sabrán aceptarlo debido a que las dos formas de tener estos doujutsus es asesinando a tu hermano e implartarte sus ojos o que seas la pareja de la matriarca.
—Entonces no importa entre ustedes de quien sean hijos, para tener el liderazgo del clan deben tener esos ojos —dijo Mikoto—. Vaya que es diferente a mi clan pues trata de la pureza de la sangre para asegurar una variante genética específica en el sello familiar.
Fugaku llamó su atención, haciéndola volverse hacia él.
—Entonces piensa lo siguiente. Tres hombres completamente dedicados a tu felicidad. Tres hombres adorando tu cuerpo con los suyos. Tres hombres amándote con completo abandono. Tres hombres protegiéndote y apreciándote... para siempre.
Ella lo miró con la boca abierta.
—Bien, cuando lo pones de esa manera… —murmuró.
—Maldita sea, Fugaku, ¿porque no hablaste antes? —dijo Obito divertido.
—Nuestra primera tarea es comprar algo de ropa para ti, y cualquiera otra cosa que necesites —declaró Madara, cambiando de tema.
—Pero yo no requiero nada —protestó ella. Bueno, eso no era del todo cierto, pero no quería que ellos le compraran cosas.
—Fugaku, te importaría repetir aquella parte de los tres hombres dedicados a su felicidad, adorándola, etc. —le pidió Obito—. Porque estoy seguro que asegurarse de que nuestra mujer esta vestida y abrigada, y atendida como la hime que es, entra dentro de esa categoría.
Mikoto se enrojeció.
—¿Obito, tu y Fugaku quieren llevarla al barrio? Necesito verificar los animales. Se supone que nevará de nuevo esta noche —se giró hacia Mikoto—. Hay una miscelánea en el barrio. No es mucho, pero podrás conseguir lo básico para unos días. Y un abrigo. Necesitas un abrigo decente. La semana que viene, iremos a las afueras de Konoha para comprar el resto de las cosas.
—Gracias —dijo suavemente. No pudo decir nada más, tenía un nudo en la garganta. Se sentía peligrosamente cerca de las lágrimas y luchó para contenerlas.
Madara se inclinó hacia adelante y le dio un suave beso. Fue sorprendentemente gentil. Por primera vez, ella levantó la mano para tocarlo, recorriendo su rostro con los dedos, sintiendo las ligeras puntas de su barba.
Cuando él se alejó, sus ojos ardían de pasión y ella se sintió embriagada por el conocimiento de cómo lo afectaba.
—Bien si vamos a ir a la ciudad necesitamos salir ahora mismo. No queremos volver tarde, si va a nevar —anunció Fugaku, levantándose de la silla.
—¿Es… es seguro para todos que vaya al barrio? —preguntó ella. La idea de que algún Hyuga de altas capacidades la encontrara y entrara al barrio Uchiha llenó su corazón de miedo, poco importaban las promesa de los hermanos de protegerla, ella no quería que lastimaran al resto del clan por ella.
—Alertaremos a los vigías que no permitan entrar a nadie al territorio, tomaremos el liderazgo en este minuto —dijo Obito—. La miscelánea esta en el centro del barrio, el clan estará de fiesta que tiene una matriarca y totalmente dispuesto a defenderla pues toda la sangre Uchiha responderá a ti, eres la salvación de nuestra sangre. No debes preocuparte que el clan entero será tu escudo, estatemos alertas a cualquier movimiento.
—Esta bien, solo déjenme verificar algo —dijo ella, soltando la respiración y activando su doujutsu—. Vaya que esto es extraño, mejoro la nitidez del rango y su alcance. No detecto escuadrones en el territorio, vienen en camino hacia acá pues ya peinaron los otros sectores. Necesitarían para detenerlos un buen Tsukuyomi, es el escuadrón más letal del clan y allí están mis prometidos Hiashi y Hizashi.
—Más motivo para no permitir que entren esos tontos —dijo Madara—. No los mataremos pero no vamos a permitir que te saquen de nuestro territorio.
Madara con las invocaciones avisó a todo el clan, el barrio estaba lejos y bajaron la montaña en silencio. Mikoto saltaba de rama en rama siendo flanqueada por Obito y Fugaku. Durante todo el viaje, Obito alcanzó y apretó sus manos.
Se sintió cómoda con ese gesto tan simple y pronto entrelazó sus dedos.
Rapidamente llegaron a las afueras del barrio donde se encontraron a una multitud del clan esperando a la matriarca. Madara tenía razón, el clan entero viviría desde ese segundo para protegerla y ella temía que salieran heridos por eso. Un grupo numeroso de kunoichis la arrastraron a la miscelánea del centro y dejaron a los hombres fuera.
Obito y Fugaku organizaron a todos los varones, los niños debían estar protegidos y hacer una buena defensa para cuando llegaran esos Hyuga.
Mientras tanto en la tienda Mikoto estaba angustiada de lo que podría suceder y dejo que las otras chicas escogieran por ella, lo hicieron lo mas rápido que pudieron para apoyar a sus hombres.
Decidio que era momento de hacer una segunda revisión con su byakugan y lo que encontró la aterro, Hiashi la tenía en la mira y estaba preparándose para ingresar al barrio. Corriendo fue con los hermanos y les suplico que llamaran a Madara pues iba a ser el único que podía hacer que su escape fuera limpio.
Mikoto llego con ellos agitada, con las venas de sus ojos hinchadas, mirando fijamente a un punto. Le preguntaron
—¿Qué está mal, muñeca? ¿Qué sucede?
—Están entrando, los están noqueando. Ya me vio uno de ellos, saben que estoy aquí —dijo con un gemido bajo.
Estaba rigida, ahogada de terror, con los ojos llenos de impotencia. Obito quiso en ese minuto estar delante de ellos y matarlos.
—Los mataré.
Durante un momento, Obito pensó que había dicho sus pensamientos en voz alta, pero entonces descubrió que fue Fugaku el que dijo los pensamientos de ambos.
—¡No! —protestó ella—. Los enfrentaré para ganar tiempo.
—No dejaremos que te lastimen, muñeca —la calmó Obito. Se giró hacia Fugaku—.
Ella los miró y les dijo –soy la única capaz de vencerlos a ellos en conjunto. Se les olvida que ellos esperaban a un Hyuga diferente para ser líder de clan y esa soy yo, por eso no querían que encontrara a mi pareja porque evolucionaria el sello familiar. – Hizo el sello del carnero y los miró, en ese segundo quedaron paralizados y con los ojos como zombies salieron de la villa Uchiha.
Mikoto se desmayo por el esfuerzo de implantar la orden en los cerebros de sus familiares lo cual impediría que el consejo los matase en el momento en que volvieran a la villa Hyuga.
Obito acarició el pelo de Mikoto, y su cólera creció cuando vio la sombra de la tristeza se instalaba en las facciones de Mikoto que con su byakugan escaneaba todo el barrio. Cuando salieron del barrio, la acomodó en su espalda para transportarla.
Ella se aferró a él, enterrando el rostro en su pelo. Ella lo hacía sentir mejor de lo que él imaginaba que una mujer lo pudiera hacer sentir. Era la mujer que los completaría. A todos. Y estaba más que seguro que no dejaría que un grupo de vejetes abusivos la alejara de ellos.
—¿Cómo está? —preguntó Fugaku, mientras aceleraba en dirección a la montaña, tan rápido como podía.
—Buena pregunta. ¿Cómo estas, muñeca? —preguntó, girando su cabeza.
—Estoy bien —dijo con voz trémula—. No debi permitir que llegaran a herir a los miembros del clan.
—Hime, hiciste bastante con alejarlos del lugar.
Continuó acariciándola, moviendo la mano por lo que pudiera tocarla.
—Estamos casi llegando. Dijo Fugaku
Obito la cambio de posición y la cargo en estilo nupcial y le besó el pelo. Gradualmente, ella se relajó, pero seguía abrazándole fuertemente; de hecho, no se quejaba de ello. Quisiera admitirlo o no, confiaba en él. Confiaba en los tres. Era un principio.
