Alerta de lemon explicito
Madara se puso furioso cuando vio a Obito y Fugaku llegar con una Mikoto, visiblemente trastornada. La alzó en los brazos, acunándola fuertemente contra su pecho. Sus ojos relampaguearon por encima de su cabeza, exigiendo saber lo que sucedió.
—Ella... los detuvo en el barrio —murmuró Obito.
—¿Te encuentras bien cariño? —preguntó Madara.
Ella sacudió la cabeza contra su tórax.
—Lastimaron a unos guardias, nada de gravedad—dijo Fugaku—.Mikoto los frenó usando su doujutsu.
—¡Mierda!
Esto seguramente complicaba las cosas. Intercambió una mirada con sus hermanos. Todos concordaron silenciosamente. Tendrían que hacer algo con respecto al consejo Hyuga. No podían permitir que Mikoto continuara culpándose por cualquier cosa que le pasara a los clanes por esos vejetes.
Madara alejó un poquito a Mikoto y enmarcó su rostro con las manos.
—Escúchame, cariño. Nos haremos cargo que esos viejos paguen con sangre lo que hicieron a ambas familias. Te lo juro.
Ella lo miró durante un largo momento, y asintió lentamente.
El dejó salir un gruñido de satisfacción.
—Ve a llenar la bañera, Fugaku.
Fugaku se fue al baño, dejando a Obito y a Madara con Mikoto, en el cuarto. Madara recorrió su rostro con la mano, luego acarició la esbelta curva de su cuello, hasta el escote del top.
—Vamos a cuidarte —murmuró—. Primero un baño... —dejó que su voz se apagara, sugiriendo que había más por venir.
Ella se estremeció en sus brazos. Pero no pareció preocupada ante la idea de lo que estaba por venir.
—Madara, hay algo... hay algo que debes saber.
Elevó una ceja ante su nerviosa declaración... luego examinó a Obito, que se encogió los hombros.
Ella se alejó y él le permitió tener su espacio. Se levantó y se alejó varios pasos de Obito y Madara.
—Me siento tan estúpida diciendo esto —comenzó. Retorció sus manos mientras su agitación iba aumentando.
—Mikoto —dijo Obito—. Lo que sea, solo dínoslo. No puede ser tan malo. No importa lo que tú pienses.
Respiró hondo y los miró a ambos.
—Creo que deberían saber... quiero decir, de hecho, es que yo no sé como son esas cosas. Entre nosotros, quiero decir. Sobre sexo.
Se paró bruscamente, sus mejillas se sonrosaron.
Madara esperó pacientemente, para que les explicara cual era el problema. El hecho de que estuviera pensando en sexo era prometedor, pero parecía que no estaba segura de cómo serían las cosas. Él sonrió. Era encantadoramente inocente.
—Es solo que yo nunca he estado en estas situaciones —dijo rápidamente—. Quiero decir sexo en general.
¡No podía ser tan inocente! Su cabeza quedó confusa por la sorpresa y vio la misma emoción en el rostro de Obito.
—Repítelo —le pidió Obito.
Su rubor aumentó.
—¡Pero parte del anuncio es que debes perder la virginidad con tus prometidos! —argumentó Madara.
—Yo… lo dejé en nuestra despedida de soltería —murmuró.
Una lenta sonrisa se extendió por el rostro de Obito, y la misma sensación de satisfacción embargó a Madara. Ella sería algo más que solo de ellos. Solo les pertenecería a ellos. Serían sus primeros. Y los últimos.
—Quizá debas explicarte, cariño —le pidió suavemente. Necesitaban saber todo cuanto podían sobre ella. Cuanto más supieran, mayores serían las oportunidades de conservarla. Y dejarla ir no era una opción.
—El agua está lista —dijo Fugaku desde la puerta.
—Hablaremos en la bañera —dijo Madara. Se acercó y Mikoto intentó alejarse cuando él llevó su mano bajo su camisa.
—Confía en mí, cariño. No te lastimare. Necesitas quitarte la ropa.
Ella se lamió los labios y luego capturó su labio inferior con los dientes y lo mordió furiosamente. Era, en una palabra, adorable.
Mikoto echó un vistazo a los tres hombres, y casi se hiperventiló. Ella los quería, pero no estaba segura de si quería quedarse desnuda delante de ellos. La mera idea la hacía querer huir.
La mano de Madara se deslizó por debajo de su top, acariciando la base de su seno. La fina tela del sostén no hizo nada para amortizar el contacto. Sintió una llama abrasadora en todo su cuerpo.
¡Luz bendita! Sus dedos acariciaban su piel, hacia atrás, hasta el cierre del sostén, que, con un estallido, se abrió.
Otra mano se deslizó por debajo de su top, quitándoselo por encima. Se sorprendió cuando vio que Obito se había unido a Madara.
Obito empujó el top hasta su cuello, y Madara la sacó suavemente por la cabeza. Ella se cubrió inmediatamente lo que podía de sus senos con los brazos.
—No lo hagas —le pidió Fugaku, con voz áspera—. Eres hermosa.
Lo vio mirándola fijamente a través del cuarto, sus ojos la ardían.
Lentamente, ella dejó caer las manos hasta que se quedó delante de ellos solo en shorts.
—Jesús —suspiró Obito.
Madara le acarició el elástico.
—Si no se dan prisa, el agua se va a enfriar —les advirtió Fugaku.
—No podemos permitir eso —dijo Madara, en una voz que envió ondas desde su vientre a su vagina. Sus músculos se apretaron en una necesidad caliente, roja.
Empezó a bajar los shorts, hasta que se quedó solo en las bragas. Ansiosa por terminar con esa agonía, metió los dedos y las sacó rápidamente.
—Eres perfecta —dijo Madara.
La tomo en sus brazos y la llevó al baño. La puso en la enorme bañera, llena de espuma y ella gimió de placer, cuando el agua templada envolvió su cuerpo.
—Te daremos algún tiempo para relajarte —dijo Madara, cuando se levantó. Le dio un beso en la cabeza—. Volveré en unos minutos para lavarte y secarte el pelo.
Los observó mientras salían del baño, después se hundió más en la espuma y cerró los ojos. ¿Querrían tener sexo con ella, ahora qué sabían qué era virgen? Estaba nerviosa con la idea. No solo por no haberlo hecho antes, sino porque habían tres hombres que querían hacer el amor con ella. Y ella no tenía la menor idea de cómo planeaban hacerlo. Pero maldita sea si la idea no la excitaba.
—Esto cambia un poco las cosas —dijo Madara cuando entró con sus hermanos en el cuarto.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Fugaku.
—Mikoto es virgen —dijo Obito.
Fugaku irguió una ceja, pero no dijo nada. Simplemente lanzó a Madara una mirada interrogativa.
—¿Qué? —cuestionó Madara, sabiendo que habían muchas cosas en la mente de su hermano menor.
Fugaku suspiró y puso las manos en el bolsillo de sus vaqueros.
—¿Cómo sabemos qué no cambiará de idea? ¿Cómo sabemos que no seguirá las disposiciones de esos viejos y acepta como esposos a esos tontos?
Obito empezó a protestar, pero Madara lo silenció con una mirada. Podía ver la incertidumbre en los ojos de Fugaku, era el más desconfiado.
Una punzada de dolor se clavó en su corazón. ¿Algún día llegaría a saber que aguantó Fugaku en Konoha? La tristeza pesó en su mente. Dios sabía cuánto él y Obito intentaron hacer que Fugaku se abriera, pero desde su vuelta hacia un año, no dijo una palabra sobre el tiempo que pasó cautivo.
—Fugaku, nos necesita. No estoy diciendo que será fácil. Maldición, está amenazada para que se case. Está muerta de miedo y confusa por lo que siente hacia nosotros. Todo lo que podemos hacer es protegerla y mostrarle lo buenos que podemos ser para ella.
Se giró hacia Obito.
—Confía en ti. Ya estableció una relación contigo. Creo que tú deberías ser el primero.
—Ella no es un pedazo de carne para que decidamos por ella —dijo Fugaku, con disgusto. Giró y salió de la habitación antes de que Madara pudiera responder.
Obito se rió, suavemente.
—Está en lo cierto. No necesitas controlarlo todo, Madara. No hay ninguna necesidad de orquestar todo el acto sexual. Creo que podemos manejarlo.
Madara no contestó. No era eso lo que quiso decir, pero quizá tuvieran razón. Estaba intentándolo demasiado. Se pasó una mano por el pelo y se masajeó la nuca.
—Estaré fuera —dijo—. Puedes ocuparte de Mikoto.
La verdad es que necesitaba aire fresco. Necesitaba pensar.
El agua se enfrió y Mikoto no iba a esperar más por los hombres. Maldición, no era como si no se pudiera bañar sola. Aún así, se había sentado en la bañera como una tonta obediente.
Se levantó, el agua se escurrió por su cuerpo, agarró una toalla que colgaba del mueble, al lado de la bañera, y empezó a secarse.
—Déjame hacerlo.
La toalla resbaló de sus dedos, cuando Obito la tomó y comenzó a frotarle la espalda.
—Puedo hacer eso —dijo más alto de lo que pretendía.
Agarró la toalla, no se sentía cómoda estando desnuda delante de él.
Él la examinó por un segundo, antes de soltar la toalla.
—Estaré en la sala cuando quieras reunirte conmigo —dijo y salió del baño.
Se tomó su tiempo, su mente era confusa. Se engañaba seriamente si creyera que sería fácil iniciar una nueva vida con los tres hermanos. Lo único que sabía de ellos era que eran de clanes en una guerra tan antigua desde tiempos previos a la fundación de las aldeas ocultas y, había el pequeño asunto con el consejo de su clan que no permitirían que ella desarrollara su máximo potencial, el cual sería únicamente cuando ella diera a luz a su primogénito con su pareja de vida.
Vería en que casa se quedaba, podía escoger entre la privacidad que ofrecían los Uchiha o una mansión gigante para todo un clan. Si ella se quedaba aquí, sería porque quería hacerlo, no porque Madara lo dijo.
—Estás loca —murmuró a su reflejo del espejo. Los quieres tanto cuanto ellos a ti. Quizás más.
Sus pezones se endurecieron cuando les imaginó haciéndole el amor. Sintió un insoportable apriete en la ingle. Se extendió por su pelvis, haciendo latir a su clítoris.
Girando los ojos, se alejó del espejo, se vistió rápidamente y salió del baño. Caminó por el pasillo y por primera vez desde su llegada, miró a su alrededor.
La cabaña emanaba masculinidad. Todos los cuartos estaban escasamente decorados, en tonos terrenales. La sala estaba dominada por la chimenea de piedra y la luz se esparcía cálidamente sobre el rústico suelo de madera. Era, se imaginaba, como una cabaña de hace cien años.
Obito estaba sentado en un escritorio, a poca distancia de la chimenea. Estaba concentrado escribiendo en un pergamino que lo ató a la pata de un halcón. ¿Estarían planeando algo?
Buscó a los otros, pero la casa estaba silenciosa. Respiró hondo y cruzó la sala, hasta llegar tras Obito.
—¿Obito? —le llamó, con exagerada inseguridad de su voz.
Él se giró en la silla y la miró inquisitivamente.
—¿Puedo hacerte algunas preguntas?
—Desde luego.
Se levantó, la agarró por la mano y la hizo sentarse en el sofá.
—Vamos a ponernos cómodos.
Ella se sentó a su lado, cuidando de mantener una distancia segura. Un toque y probablemente se echaría en sus brazos e implorara que le hiciera el amor.
Lo miró fijamente por un largo momento, después reunió el coraje y preguntó:
—¿Eso va en serio?
Mirándola suavemente, él se echó hacia atrás, como si supiera que necesitaba espacio.
—Debe ser difícil para ti.
Movió la cabeza. Se tragó lo que iba a decir, y dudó. Contener sus emociones no era natural para ella, aunque fuera un problema. Algo le decía que podía ser sincera con Obito.
—Es difícil, estoy pensando en el bien de ambos clanes y de nosotros. —Se enrojeció y desvió la mirada.
Él no la forzó a hablar más, solo esperó.
—No lo entiendo —comenzó de nuevo, intentado exhibir sus pensamientos—. ¿Cómo pueden amarme a pesar de que nuestras familias son enemigas? Quiero decir, puedo entender que me deseen, que quieran tener sexo, pero Madara dijo... Lo hizo sonar que ustedes velarían también de mi clan.
Obito asintió.
—¿Pero cómo? Deberiamos de ser enemigos. ¿Cómo puede ser eso algo más qué lujuria?
Sonrió y alcanzó su mano, entrelazando los dedos. Levantando la mano, giró su palma hacia arriba, bajó la cabeza y depositó un beso en la piel.
Ella se estremeció, y sintió el beso como si un rayo atravesara su brazo.
—¿Lujuria? Oh, claro que la hay —dijo, bajando la mano—. Pero es mucho más que eso. Y jamás podría verte como un enemigo, solo puedo verte como la madre de mis hijos y mi amante.
Su mano cayó en el sofá, y ella quiso llevarla de nuevo contra su boca. La urgencia entre sus muslos la hacía moverse, para aliviar la inquietud.
—Si me estás preguntando si estamos enamorados de ti —continuó— bien, no puedo hablar por mis hermanos, pero no creo que sea tan simple. Te reconozco como la mujer de la que voy a enamorarme. Quizá ya esté medio enamorado. No lo sabré hasta que tengamos más tiempo para explorarnos uno al otro —destelló en una sonrisa torcida—. Y explorar, es lo que planeo hacer.
Por alguna razón, su simple honestidad la confortó.
—¿Qué quieres? —preguntó el suavemente.
—Quisiera que esos malditos vejetes no se metan en la vida de la gente—dijo, permitiéndose expresar el pesar de su alma. Con lágrimas en los ojos, desvió la mirada.
—Ah, muñeca.
Él se inclinó, la atrajo a sus brazos y le levantó la barbilla hasta que ella lo miró a los ojos.
—A pesar de la historia, creo que eres una gema que nace raras veces en el mundo shinobi para reencausarlo.
La tristeza llenó su pecho.
—Lo malo es que siempre esas gemas tienen dificultades serias para cumplir sus propósitos—dijo.
—Por eso tienes a tus grandes protectores
—Gracias—susurró—.
Obito la abrazó más fuerte.
Fugaku desde el marco de la puerta le pidió.
—Ven aquí.
Cruzó la sala, para quedar delante de él.
—¿Estas segura de querer ser nuestra matriarca y no la de esos?
—Seré la matriarca de ambos clanes pero mis únicos esposos serán ustedes.
Él la atrajo a sus brazos y la besó.
Gimió bajito. Dios, era muy bueno. Pasó los brazos por su cuello, y en aquel momento, no le importaba lo más mínimo lo que podía pensar de ella. Solo quería arrancarle la ropa.
Chupó sus labios y mordió eróticamente la parte inferior. No era gentil, su toque era exigente. Deslizó sus manos bajo su top, hasta tocar sus pechos con las palmas.
Titubeó cuando sus pulgares tocaron sus pezones. Se arqueó hacia él, queriendo más.
Su respiración estaba agitada. El dejó una hilada de besos en su cuello y clavó los dientes en la curva de su hombro.
Ella gritó, sus piernas no la sostenían.
Algo la agarró. Algo no. Alguien. Ella se encontró balanceándose entre dos duros pechos. Uno delante. Otro detrás.
Gentiles besos llovieron donde antes Fugaku la había mordido.
Ella se inclinó hacia atrás, queriendo más del tacto de Obito.
Fugaku empujó su camisa por encima, liberando sus pechos. Se inclinó y metió un pezón en su boca. Dios, estaba caliente. Ningún preámbulo. Ningún disfraz. Fue a por ello. Duro y rápido.
—¿Quieres esto? —preguntó Fugaku.
¿Si quería eso? ¡Si no lo obtenía, mataría a alguien!
—Si no lo quieres, ahora es el momento de decirlo —dijo Obito rozando su trasero contra su polla dura como la piedra.
—No, no paren, por favor.
—Nunca dejaré que se diga que rechacé a una hime —dijo Obito, su voz era espesa por el deseo.
Fugaku tiró de su camisa, sacándosela totalmente y lanzándola al suelo. Después, enganchó el dedo en los shorts y la atrajo contra sí, haciéndole sentir su dura polla.
Devoraba su boca, mientras su mano palpaba el elástico. En pocos segundos, le bajaba los shorts por las caderas, impaciente.
—Tienes demasiada ropa —protestó ella.
Los ojos de Fugaku relampaguearon.
—En el cuarto. ¡Ahora!
Ella se deslizó, pasando por delante de él y con las piernas trémulas, siguió por el pasillo, en dirección al cuarto de Madara. Tenía solo las braguitas, pero, por alguna razón, no estaba lista, aún, para deshacerse de esa última barrera.
Miró como Obito y Fugaku la seguían por la puerta. Fugaku arrancó la camisa de sus pantalones, mientras Obito retiraba lentamente los suyos.
Sus ojos se dirigieron hacia la ingle de Fugaku, cuando él había acabado. Se los saco y liberó su polla de su ropa interior.
Era magnífico.
—Ven aquí —dijo ronco, con la polla en la mano.
Sabía lo que quería, no necesitaba instrucciones adicionales. Fue hacia él y se arrodilló delante.
Él la agarró por la cabeza y le guió la polla en su boca. Lanzó un alto gemido cuando la deslizó en su garganta.
Tenía un olor almizcle y salvaje, y un sabor exótico.
—¡Dios! —se estremeció él.
Ella no esperó que le estableciera el ritmo. Estaba ávida por explorarlo sola. Hizo ruidos de succión, chupándolo más hondo en su boca. Era grande y duro. ¡No podía tragarlo todo, pero maldición si no iba a intentarlo!
Las caderas de Fugaku se balancearon y él empezó a empujar con más urgencia.
—¡Tu boca se siente tan bien! —dijo él.
Sintió la mano de Obito en su pelo, alejándola de Fugaku, solo para sustituir la polla de Fugaku con la suya.
Abrió la boca obediente, para aceptar su mayor circunferencia y él se deslizó rápidamente, fuera y dentro.
—Oh, mierda... así —dijo Obito, en un murmullo torturado.
Lo sintió vaciarse en su garganta. Penetrante, ligeramente salado. Tragó, esperando más. Pero él se alejó de ella.
Fugaku la levantó y la llevó a la cama. La parte de atrás de sus rodillas chocó contra el colchón y él la sostuvo hasta que tembló sobre la cama.
Se acostó sobre ella y apretó los labios contra su vientre, justo sobre la banda de su ropa intima. Entonces, empezó a empujar las bragas hacia abajo, mientras que sus labios dejaban un camino de fuego en la misma dirección.
Cuando se quedó libre de las bragas, él las lanzó por encima del hombro y separó sus rodillas. Se arrodilló entre sus piernas y pasó los dedos sobre los suaves pliegues de su concha.
Se sacudió. Dios, estaba mojada. Su clítoris palpitaba, esperando a ser tocado.
Acarició su entrada con un dedo, luego con dos. Después, se inclinó y en un movimiento rápido, pasó la lengua sobre su clítoris.
Ella casi saltó fuera de la cama. Obito la empujó suavemente, para volver a acostarla. El colchón se hundió cuando se sentó a su lado y empezó a hacer movimientos circulares en sus pechos.
Fugaku rodeó su clítoris con la lengua, y luego lamió su entrada.
Obito empezó a chupar un pezón. Luego el otro. Cerró los ojos y abrió la boca en un grito mudo.
Fugaku deslizó un dedo dentro de ella. Luego dos. Los deslizaba dentro y fuera, mientras chupaba su clítoris.
Su cuerpo entero estaba tenso, y entonces… el mundo estalló a su alrededor. Perdió la lucha de permanecer silenciosa y gritó, mientras su orgasmo arrasaba todo su cuerpo.
Sintió una erupción de humedad entre las piernas, pero Fugaku continuó atormentándola con la boca. Obito chupaba un pezón y atormentaba el otro con la mano. Increíblemente, sintió que la necesidad volvía. De nuevo, no, por favor. No podría.
De repente, Fugaku se alejó y ella sintió las piernas increíblemente pesadas. Obito movió sus labios sobre los suyos, capturándolos en un beso jadeante.
—Relájate, muñeca —susurró.
Entonces supo lo que se avecinaba. Anhelaba eso. Quería eso más que cualquier cosa.
La polla de Fugaku se apoyó en su entrada, y con un único y firme empujón, se deslizó dentro de ella.
Sus ojos se abrieron y una marejada de sensaciones la embargaron. Dolor, increíble placer, deseo, necesidad. Lo necesitaba desesperadamente.
Permaneció quieto por un momento, esperando que su cuerpo se adaptara a la invasión. Era tan grande. Y aún no había entrado completamente. ¿Podría aceptarlo ahora?
—No puedo esperar más —dijo Fugaku por fin, a través de sus dientes apretados. Salió y entró de nuevo, más fuerte que antes. Agarró la cabeza de Obito, atrayéndolo hacia su boca. Él la agarró con firmeza, cuando Fugaku empezó a empujar entre sus piernas.
Nunca había sentido algo como esto. Fugaku empujó sus caderas poderosamente.
—Oh —exclamó ella cuando él se acomodó completamente dentro de ella. Podía sentir sus testículos contra su culo.
—¿Te estoy haciendo daño? —Fugaku empezó a salir.
—¡Dios, no! ¡No pares! —suplicó.
Sus palabras parecieron empujarlo hacia la cima. Empezó a empujar, sus manos agarraban firmemente sus caderas.
En su letargo, registró otra presencia. Madara. La cama se hundió de nuevo.
—Parece que me estaba perdiendo toda la diversión —su voz profunda la cubrió como un manto, haciéndola casi llegar al orgasmo.
Madara puso la mano en su nuca y levantó su cabeza lo suficiente para poder deslizar su polla en la boca.
Cerró los ojos y lo chupó a fondo, con el mismo ritmo de las embestidas de Fugaku.
Madara agarró su cabeza con firmeza, empuñando su pelo con fuerza, impidiéndole controlar el ritmo. Hizo una pausa para permitirle tomar aliento y entonces se la metió hasta la garganta.
La boca de Obito estaba de nuevo en su pezón, sus dientes rozando los puntos sensibles. Entonces él lo chupó hasta introducirlo en su boca y ella perdió toda noción de tiempo y lugar.
No podía pensar. Solo reaccionar. Sentía a Fugaku montándola con urgencia, agitando la cama con sus embestidas. Entonces se tensó entre sus piernas y ella sintió los chorros calientes de su orgasmo.
Lloriqueó en protesta. Aún no estaba lista. Estaba cerca, muy cerca. No quería que Fugaku parara.
Madara se deslizó fuera de su boca y espero un momento. Entonces, enroscó su pelo en la mano y empujó toda la polla en su boca, se deslizó garganta abajo. Sus bolas descansaban en su barbilla, se mantuvo quieto, llenando completamente su boca.
Fugaku se separó y ella sintió intensamente su pérdida. Madara se alejó y empezó a bombear dentro y fuera de su boca. Estaba cerca del orgasmo. Podía sentirlo. Él se tensó, se hinchó, se volvió más duro en su boca.
Secreciones preseminales llenaron su boca y ella tragaba más deprisa, mientras él empujaba profundamente.
La cama se hundió y sus tambaleantes piernas cayeron, cuando Fugaku las dejó. Antes de que pudiera articular cualquier sonido de protesta, sus piernas fueron separadas de nuevo.
Obito se deslizó en ella. Gimió alrededor de la polla de Madara. Obito era distinto, pero tan bueno como Fugaku.
Comenzó un lento movimiento dentro y fuera, gentil, profundo.
Se estremeció ligeramente, cuando Madara la agarró más firme por el cuello.
—Oh, Dios, cariño, me voy a correr, prepárate.
Los sonidos húmedos de ella chupando, llenaron el cuarto y él agarró su polla en la mano y empujó, aún más hondo.
Un líquido caliente lleno su boca, sintió los chorros contra su garganta, derramándose por su barbilla. Tragó tan rápido como podía, pero seguía viniéndose. Él empujó una vez más, manteniéndola contra sí mientras él terminaba en su garganta.
Lentamente, dejó su cabeza hasta que ella se volvió a acostar en el colchón. Mikoto abrió los ojos para verlo mirándola, había deseo y aprobación en sus ojos. Bajó la mano para acariciar sus pechos, frotando sus tensos pezones.
Fugaku tomó el lugar de Madara, y giró su cabeza en su dirección. Volvía a estar duro. Deslizó su polla en la boca y gimió. Estaba sorprendentemente gentil, mucho más que la había follado.
Obito la acariciaba entre las piernas, el suave sonido de carne contra carne llenaba el aire. Acarició su clítoris, mientras iba más profundo y ella empezó a retorcerse, y su orgasmo se construía, fuera de control.
La polla de Fugaku en su boca, las manos de Madara en sus pechos, Obito profundamente en su coño. Era demasiado. Aguantó cuanto pudo.
Fugaku le llenó la boca de semen, Obito se enterró profundamente y se vació dentro de ella. Ella se arqueó salvajemente bajo ellos, espasmos mecían su cuerpo.
Obito se deslizó fuera de ella y se dejó caer sobre su vientre, su aliento salía en ráfagas entrecortadas. Fugaku sacó la polla de su boca y la abrazó.
Ella cerró los ojos, respirando hondo, intentando desesperadamente calmar sus furiosos sentidos. Temblaba de pies a cabeza, por la fuerza del orgasmo. Resumiendo, se sentía como gelatina.
Sintió que sus piernas eran alzadas y separadas. Una polla dura se deslizó en ella y gimió.
—No puedo más —susurró. No podía tener otro orgasmo como aquél. La mataría.
Madara se rió, un sonido ronco y erótico a sus oídos. Era la risa de un depredador. Uno que sabía que tenía a su presa en donde la quería.
—Oh, sí, cariño. Puedes. Solo recuéstate y siente.
Estaba muy dolorida, y aún así, cuando puso sus piernas en los hombros y empujó, sintió a su cuerpo reaccionar.
—Eso es, cariño. Así.
Fugaku y Obito pasaban suavemente las manos por su cuerpo, por su vientre, los pechos. Ambos bajaron las cabezas y tomaron sus pezones, prodigándoles con atención.
Su cuerpo se estremecía, mientras Madara empujaba fuertemente. ¡Estaba tan duro, tan grande!
Él se retiró y ella abrió los ojos.
—Gírenla —ordenó.
Obito y Fugaku la ayudaron a girarse, sus manos eran reconfortantes y cálidas.
—De rodillas —pidió Madara.
Se estremeció. ¿La tomaría por detrás? Era sin duda, la más erótica de sus fantasías. La cosa que más quería intentar. Era una posición que la hacía enloquecer.
Él agarró sus caderas con sus fuertes manos y con los pulgares, abrió sus nalgas, hasta sintió que un aire fresco bañaba su culo y su coño. Recorrió el valle de entre sus nalgas con un dedo, parándose en la entrada de detrás.
Ella titubeó y se tensó. Seguramente él no iría...
Él se rió, como si le leyera de nuevo sus pensamientos.
—No aún, cariño. Pero pronto. Muy pronto.
Se estremeció ante la idea de él penetrando su ano. ¿Sería tan bueno como lo imaginaba? ¿O sería una de esas cosas mejores en la fantasía qué en la realidad? No lo sabía. Pero quería descubrirlo.
Él se posicionó detrás de ella y la penetró, casi arrancándola de sobre las rodillas.
Gritó mientras una ola de placer, tan fuerte, la alcanzó. Estaba tan profundo. Más profundo de lo que imaginó que podría llegar. Él continuó, fijando un ritmo loco, llevándola al orgasmo. El choque de sus muslos contra su culo resonaba en el cuarto, y sonaba increíblemente erótico a sus oídos.
Obito se arrodilló en la cama y se puso delante de ella, su polla dura estaba a pocos centímetros de su boca. Ella la abrió obediente y él empujó dentro.
Los labios de Fugaku se deslizaron por su espalda, provocándole escalofríos, sus manos pellizcaban sus pezones.
—¿Te gusta? —murmuró.
Ella asintió, incapaz de hablar, con la polla de Obito empujando impaciente en su boca.
—Imagina como será cuando nos estés tomando a los tres juntos —continuó con la voz caliente de lujuria—. ¿Te gustaría? Madara en tu culo, yo en tu coño y Obito en tu boca.
Se estremeció y se arqueó, reaccionando a las provocativas palabras.
Madara empujó más fuerte, haciéndola gritar.
—Creo que quiero volver a joderte —susurró Fugaku—. ¿Te gustaría?
Dejó que la polla de Obito resbalar de su boca lo suficiente como para gritar ¡Sí! antes de que Obito reclamara de nuevo su boca.
Madara se retiró, pero aún no había acabado. Fugaku tomó su lugar y deslizó su dura polla dentro de ella.
—Oh, sí. Te siento tan malditamente bien —gimió Fugaku.
La penetraba. Dentro y fuera, ahuecando sus caderas, mientras Obito continuaba asaltando su boca. Nunca se sintió tan poderosa, tan deseable, y tan al control de su el propio destino. Daba tanto cuanto recibía.
Fugaku se detuvo demasiado pronto, pero Madara tomó su lugar. Entonces comenzaron a cambiarse, empujándola hacia la cumbre y deteniéndose antes de que consiguiera traspasarla.
Tres, cuatro, cinco embestidas y cambiaban de lugar.
Chupaba la polla de Obito con toda la intensidad de su furioso deseo. Quería correrse, maldita sea. Necesitaba correrse.
—Estoy acabando, muñeca —dijo Obito roncamente.
Se vació en su garganta, empujando vigorosamente. Ella tragó lo que pudo, mientras se arqueaba hacia la polla que se empujaba en su coño.
Finalmente, sintió a Madara tensarse contra su trasero. Se levantó sobre las manos, empujándose contra él. Él lanzó tanto esperma que la sintió escurrirse por sus muslos, pero ella aún no se corrió.
Se retiró y Fugaku, agarró rapidamente sus caderas y la penetró. El fuego en su coño ardía fuera de control. Se expandía por su pelvis, su estómago, tensaba sus piernas, hasta que se temió que se iba a desmoronar.
Él la follaba más duro, sabiendo lo que necesitaba.
Cerró los ojos y grito, mientras los duros muslos golpeaban contra su culo. Él alcanzó su clítoris y lo apretó con los dedos.
Puntos negros cubrieron su visión. El mundo se borró a su alrededor. Su coño pareció explotar, cuando el orgasmo, finalmente, la quemó.
Detrás de ella, Fugaku gritó. Empujó una vez y se estremeció contra ella.
Ella se desplomó, incapaz de aguantar su peso por más tiempo. Fugaku la siguió, cubriendo su cuerpo con el suyo, con su polla aún profundamente enterrada. Jadeaba, mientras que los escalofríos mecían su cuerpo. Después, simplemente se desmayó.
